Cuento ganador del I Certamen de Cuentos Madridistas de Terror de La Galerna.
Perdíamos por dos goles cuando me marché del estadio, con ganas de darle una patada a algo.
—Me largo —le dije a Santi, arrancándome de cuajo la bufanda del cuello—. Tú haz lo que quieras, pero yo me voy.
Me siguió. Qué remedio. Habíamos venido en mi coche desde las afueras, así que Santi no tenía muchas opciones.
Estaba muy oscuro y llovía a mares. En apenas unos pasos me empapé de una manta de agua aceitosa, lo que no ayudo a mejorar mi humor. Al subirnos al coche, Santi comentó: “ha sido divertido a pesar de todo”, o algo similar. Menudo cretino. Me arrepentí de habérmelo traído. Santi ni siquiera era madridista, quiero decir, madridista de verdad. Por el amor de Dios, si tenía como oro en paño una camiseta firmada por Bale. La de veces que habré pitado yo a ese jeta en cuanto saltaba al campo.
Pensaba en ello mientras conducía a través del aguacero y me ponía aún de peor humor. Menudo fracaso de noche. A mi jefe del curro un cliente le había regalado aquellas entradas para el Bernabéu, pero como es colchonero me las dio a mí. Le ofrecí una a Santi porque sabía que le hacía mucha ilusión conocer el estadio. Ambos compartíamos piso en Toledo. Era un buen tío y me caía bien, pero a veces me sacaba de mis casillas. Como ahora, cuando me ponía la cabeza como un bombo diciendo que nos teníamos que haber quedado hasta el final mientras yo intentaba manejar el coche en medio de aquel aguacero del infierno. La visión del parabrisas era como la pantalla de un televisor estropeado.
Encendí la radio para no tener que escuchar a Santi. Roncero despotricaba contra el equipo por haber dejado escapar un partido que tenía que haber ganado de calle. Tenía más razón que un santo.
Se me fue pasando el cabreo. Además, el tiempo era tan malo que apenas podía concentrarme en otra cosa que no fuera la carretera. La lluvia arreciaba cada vez con más fuerza. En la radio, Roncero anunciaba el apocalipsis madridista con voz de predicador. Me dio la impresión de que llevaba horas hablando.
De pronto la luz de los faros mostró una furgoneta orillada en la carretera. Vi un triángulo de emergencia en el suelo y, a su lado un tipo nos hizo señas pidiendo ayuda.
La lluvia había remitido de forma sorprendentemente brusca. Me hice a un lado y detuve el coche. El hombre que hacía señas se acercó, nos dio las gracias por detenernos y nos explicó que su furgoneta se había quedado sin batería, ¿tal vez podríamos echarle una mano? Le dije que no había problema, que precisamente llevaba unas pinzas en el coche.
Ayudé a aquel hombre a conectar ambos vehículos. Mientras la batería se cargaba y Santi esperaba en nuestro coche, intercambié unas palabras con el conductor de la furgoneta. Lucía un equipo completo de hincha merengue: gorra con escudo, bufanda, camiseta… Pero, lo que más me llamó la atención fueron sus gafas de sol. Supuse que tendría algún tipo de problema en la vista. No me parecía buena idea que condujera de noche con aquellas gafas de sol, pero no quise meterme donde me llamaban, así que no hice ningún comentario al respecto.
Le pregunté si había visto el partido. Respondió afirmativamente y me contó que, de hecho, era presidente de una peña madridista. Hasta el final, se llamaba, me aclaró. Me dijo que estaban abiertos a recibir nuevos socios y que quizá podría interesarme.
¿Por qué no? Pensé. Hacía tiempo que le daba vueltas a la idea de apuntarme a una peña donde ver los partidos junto a madridistas de verdad, y no tipos blandos como Santi. Le pedí al hombre de las gafas que nos intercambiáramos los números de teléfono por si finalmente me animaba a unirme a su grupo.
—Creo que encajarás bien con nosotros. Lo creo de veras. Pero te lo advierto: aquí siempre animamos al equipo. Siempre. Hasta el final.
Sonrió. Fue una sonrisa extraña. No sé por qué, me hizo pensar en un gato hambriento.
Lo cierto es que apenas volví a acordarme aquel tipo hasta unas semanas después de nuestro encuentro. Entonces llegaron las semifinales de Champions contra el Manchester City. Era un partido donde nos jugábamos mucho y me apetecía verlo en compañía de otros merengues como yo, así que llamé al presidente de la peña Hasta el Final. Me invitó a ver el partido, que se jugaba esa misma tarde, junto con los demás socios en su local.
La sede estaba en un barrio bastante lejos del centro, donde había más solares que edificios, estos últimos de aspecto viejo y descuidado. Junto a un bar costroso con más moscas que clientes encontré la peña, en un establecimiento a pie de calle. Al entrar vi a unos diez o doce socios sentados frente a un viejo televisor donde se emitía la previa del partido. Su presidente me recibió con un apretón de manos. Llevaba la misma camiseta y las mismas gafas de sol que la noche que nos conocimos. El resto de miembros actuaron como si yo fuera invisible. Permanecían quietos y silenciosos, mirando al televisor profundamente concentrados. El himno de la Décima sonaba a un volumen bastante alto y el local olía raro, como a humedad y tierra removida. Notaba algo inquietante en el ambiente, pero no sabía definir qué era.
Tomé asiento en una silla al fondo del local. Veía las espaldas de los peñistas, tan quietos, tan silenciosos, con las manos sobre las rodillas y mirando el televisor igual que maniquíes.
De pronto el once del Madrid saltó al campo y fue como si una corriente eléctrica agitara el local. Los peñistas empezaron a aplaudir y a corear consignas y lemas. No desfallecieron ni un solo momento, al contrario: a medida que avanzaba el partido sus ánimos eran cada vez más exultantes. Arengaban a cada jugador, cada lance, como si les fuera la vida en ello. Apenas uno de los nuestros tocaba el balón, se volvían completamente locos de euforia. Al principio me dejé llevar por aquel espíritu, pero según pasaban los minutos y veía angustiado cómo el Madrid era incapaz de imponerse al City en el marcador, empecé a enfadarme. Tenía claro que íbamos a perder ese partido y, a pesar de ello, esa gente seguía animando como en el primer minuto. Eso me cabreó bastante.
Me negué a ver cómo el City de Guardiola nos pintaba la cara, así que me dispuse a largarme. El presidente me agarró del brazo y me miró a través de sus gafas de sol. “No puedes irte aún —dijo—. Nosotros siempre animamos al equipo hasta el final.” Lo mandé a tomar por saco y salí de allí dando un portazo. Menudos imbéciles: el equipo palmando en semifinales y ellos aplaudiendo como gilipollas. Aún se me revolvían las tripas de rabia cuando llegué en casa.
Al poner la tele me enteré de que, después de todo, el Madrid había remontado en los últimos minutos. Se me pasó el cabreo al instante y me sentí orgulloso de ser parte de la mejor afición del mejor equipo del mundo. Me avergoncé un tanto de mi abrupta salida de la peña y llamé al presidente para disculparme y felicitarnos por el triunfo. No me cogió el teléfono, ni siquiera dio señal. Imaginé que estaría celebrando la remontada con el resto de peñistas entusiastas.
Tenía la casa para mí solo porque Santi estaba fuera el fin de semana, de modo que me quedé despierto hasta bien entrada la madrugada viendo repeticiones del partido. A eso de las dos me sonó el móvil. La pantalla mostraba el número del presidente de la peña.
Descolgué y lo primero que escuché fueron gritos y voces, como millones de aficionados gritando gol. “¿Hola?”, repetí varias veces, sin obtener respuesta. El sonido llegaba a trozos hasta que la señal se perdió definitivamente. Colgué. Justo entonces recibí un mensaje de texto.
“SIemPre Annnim amos AL EQUiPO”
Pensé que los peñistas habrían celebrado la victoria con bastante alcohol. Empecé a teclear una disculpa (“siento haberme ido así, tío, pero enhorabuena por…”). El teléfono volvió a sonar. Descolgué. De nuevo solo pude escuchar gritos de fanáticos en un estadio. Colgué de inmediato, ya algo molesto.
Me metí en la cama. Fuera soplaba un vendaval. A los pocos segundos caí en un sueño dulce y satisfecho del que me arrancó de pronto el timbre del teléfono, con el himno de las mocitas. Descolgué y respondí con voz pastosa.
Al otro lado oí una multitud de gargantas rugiendo a su equipo. El sonido llegaba entrecortado igual que un disco viejo. En realidad, ya no me parecía tanto exclamaciones de júbilo como gritos de desesperación. Un escalofrío me recorrió la espalda.
— Vale, como broma ya está bien. ¡Dejad de tocar los cojones!
La señal se cortó y justo después recibí un mensaje:
“SmpRe anms l eqpo. Hst el FiNAL!!!”
Empecé a sentirme inquieto. Apagué el móvil, lo arrojé sobre la mesilla y me tapé con las mantas. Volví a quedarme dormido mientras el viento ululaba al otro lado de la ventana. No fue por mucho tiempo.
Me despertó otra vez el himno de las mocitas. Eran las cinco y media. Maldita sea, ¡habría jurado que apagué el móvil! Justo al cogerlo dejó de sonar y llegó otro mensaje. Esta vez no había texto, solo una foto de mi camiseta con el 7 de Raúl, que era mi mayor tesoro, extendida sobre una mesa.
—¿Qué coño…?
Salté de la cama. Descalzo y en calzoncillos salí al cuarto de estar. Allí estaba mi camiseta de Raúl sobre la mesa, con un corte en diagonal a la altura del estómago, como si alguien me hubiera acuchillado las tripas llevándola puesta. Exactamente igual que en la fotografía de mi móvil.
Aquello ya no tenía ni puta gracia. Sentía que había alguien en la casa, acechando, aunque sabía imposible que alguien pudiera esconderse en un piso tan pequeño. Lo recorrí palmo a palmo, encendiendo todas las luces a mi paso. No había nadie. Estaba solo.
Respiraba agitado cuando guardé la camiseta en el armario de mi dormitorio, junto a mi cama (¿cómo coño la han sacado de aquí sin despertarme? ¿quién has sido? ¿cuándo…?). El himno de las mocitas sonó de pronto en mi móvil. Me sobresalté como si una mano me hubiera rozado la nuca.
—¡Dejadme en paz, cabrones! —grité al teléfono. Le quité la batería y lo metí en un cajón de la cocina. Después me metí en la cama dejando encendidas todas las luces del piso. En cualquier caso, no pegué ojo hasta que salió el sol.
A la luz del día tenía claro que me habían gastado una broma pesada. Aquellos putos peñistas perturbados. Decidí presentarme en su sede para dejarles bien claro que estaban jodiendo al tipo equivocado. En eso pensaba mientras conducía hasta allí a toda pastilla.
Encontré la peña cerrada a cal y canto. Los cristales de las ventanas estaban rotos, salvo aquellos que habían sido sustituidos por cartones. La fachada repleta de pintadas y la puerta cegada con tablas, aunque solo quedaban dos o tres, medio podridas. Asomé la cara por un hueco y me golpeó una vaharada de olor pestilente a meados y basura. Joder. Ese lugar parecía abandonado desde hacía siglos.
¿Me había equivocado de dirección? No. Era el mismo sitio donde estuve anoche, sin duda. En la misma calle, junto al mismo bareto casposo y sin clientes. De pronto sentí el estómago revuelto y me metí en el bar para tomarme un café. Lo necesitaba.
Era el único cliente cuando me senté frente a la barra. El establecimiento estaba decorado con toda clase de fotos y recuerdos del Real Madrid. Atendía un tipo con edad suficiente para haber visto construir el Bernabéu que me sirvió el café de mala gana. Al coger la taza, las manos me temblaban. El camarero se me quedó mirando.
—¿Se encuentra bien? Está muy pálido.
—No me pasa nada, gracias —respondí, hosco—. Oiga, ¿en el local de al lado no hay una peña madridista?
—Válgame Dios, no —el tipo se metió un palillo en los dientes y se puso a limpiar un vaso con un trapo harapiento—. La hubo, pero hace años de eso. Buena gente, venían siempre aquí después de los partidos. El presidente era un tío simpático. Murió. Todos murieron, una tragedia. Regresaban de Portugal en una furgoneta, de ver la final de Lisboa. Tuvieron un accidente y se empotraron contra un camión, no sobrevivió ninguno. El presidente aún estaba vivo cuando lo llevaron al hospital, pero la palmó allí. Iba al volante, ¿sabe? Cuando reventó el parabrisas los cristales le destrozaron los ojos, eso he oído —el camarero agitó la cabeza, apesadumbrado—. Pobre hombre. Habría disfrutado con el partido de ayer, ¿lo vio usted?
—No… no hasta el final… —balbuceé.
Pagué la cuenta y salí del bar dando traspiés. El camarero mi miraba como si estuviera borracho. Aún oía su voz en mi cabeza (los cristales le destrozaron los ojos) cuando me metí en el coche.
Tenía la mente en blanco y sentía el corazón palpitarme por todo el cuerpo. Imagino que fue la conmoción lo que hizo que me distrajera por un instante y perdiera el control del coche, justo al dar aquella curva. Recuerdo caer desde una gran altura, luego un estruendo, un dolor atroz en el estómago, como si alguien me clavara un cuchillo, y un fogonazo de luz intenso.
Supongo que debieron encontrarme inconsciente en aquel lugar y que luego me trajeron aquí. Eso debió de ocurrir, ¿no es cierto? Porque lo siguiente que recuerdo es estar aquí sentado, con las manos sobre las rodillas. Llevo puesta mi camiseta con el 7 de Raúl, que tiene un corte a la altura del estómago rodeado de manchas oscuras, como de sangre seca.
A mi alrededor hay otros pacientes… Porque no cabe duda de que esto es un hospital, ¿verdad? Sí. Tiene que serlo. Es curioso, todos llevamos camisetas del Madrid. Todos sentados con las manos sobre las rodillas y todos miramos la pantalla del televisor. Acaba de empezar el partido. Benzema golpea el balón y lanzo un grito exultante. Tengo ganas de animar al equipo. Muchas ganas. No puedo pensar en otra cosa.
Ya tendré tiempo de averiguar qué hago aquí o cómo he llegado. De momento seguiré viendo el partido. Animando. Hasta el final.
Getty Images.
Ayer la tarde fue dura, para qué engañarnos, porque un juego que debería poderse disfrutar se sufrió durante 100 minutos y todos contribuyeron.
El primero, el Madrid, al que esa especie de T.O.C. que les ha hecho no fichar a un Cavani o un Dzeko nos obliga a ver a Rodrygo haciendo de Benzema pero no de Rodrygo. Imaginemos qué hubiera pasado con un delantero suplente por un segundo, ¿no hubiera sido una buena idea que hubiera descansado Vinicius que no bajó una sola vez a defender? ¿No hubiera tenido sentido que hubiera jugado 30 minutos Rodrygo que se pasó la noche del viernes “indispuesto”? ¿No hubiera podido salir Valverde 30 minutos al que un mezquino, como el tal Papu, lesionó con intención?
Lo segundo es el cambio sin sentido alguno de Ancelotti de quitar al que estaba jugando mejor. Ayer Camavinga debió de entrar en la conciencia de Ancelotti mientras dormía y le debió de decir aquello que dijo Raúl cuando Valdano le quitó, “te mereces el empate por haberme cambiado”.
Un gol quizá crucial para esta liga PUTREFACTA y en 10 segundos les da para “arbitrar” que tiene el balón “agarrado”… ¡claro! Agarrado con dos dedos. ¿Les dio pereza hacer la revisión a cámara lenta o simplemente es mejor para LaLiga de Tebas que el Madrid pierda puntos aquí y allí?
Lo tercero, por qué no decirlo, es la actitud de mierda del Girona. Y ya sé que es legal, pero no loable en ningún caso, el fútbol necesita ser jugado por caballeros y que un portero finja 3 veces un calambre es aparentemente legal y claramente deleznable. ¿El problema es de la liga? Seguro que sí y tendría una solución sencilla, decirles a todos los equipos que será amarilla perder más de 15 segundos y roja en los siguientes 15. Es tan fácil como esto, pero Tebas se ha hecho emperador como aquel personaje que parece salido de un cuento de Kipling, Joshua Norton, que decidió un día que era "Emperador de los Estados Unidos y protector de México", ¡toma ya! A Tebas le pasa lo mismo que a Norton, que sabe que dejando perder tiempo tendrá más votos, al igual que repartiendo prebendas televisivas y, la más importante, plantando cara a Florentino. Tebas se ha aprovechado del sistema haciendo cada día “su” Liga peor, pero si él gana 3 millones de euros al año le pasa como a la Ministra, que está en contra de la OTAN, pero no tanto.
Y por último y más flagrante, la sala VOR. Pasando por alto la mano que será o no será, llegamos al gol anulado a Rodrygo y me centraré en el tiempo de ejecución de la decisión del VAR, ¿10 segundos? ¡Cómo es posible tan evidente robo! Ese maldito VAR estuvo 10 minutos revisando un gol de Jovic, por cierto anulado, que suponía un 3-0 en casa con Osasuna; otro VAR, el de la UEFA estuvo 7 minutos revisando el de Benzema en la final de Champions para anularlo porque el Madrid tiene muchas Copas de Europa, y etc., etc., etc. Pues bien, ahora llega un gol quizá crucial para esta liga PUTREFACTA y en 10 segundos les da para “arbitrar” que tiene el balón “agarrado”… ¡claro! Agarrado con dos dedos. ¿Les dio pereza hacer la revisión a cámara lenta o simplemente es mejor para LaLiga de Norton que el Madrid pierda puntos aquí y allí?
La culpa es de todos, sí, pero solo esto último es hacer trampa.
Getty Images.
El otro día, mi novia me sugirió como al descuido que fuese buscando alguna película entretenida para ver juntos en la noche de Halloween. Cualquiera podría pensar que el requerimiento era de naturaleza sencilla, pero de inmediato me invadió una intranquilidad de intensidad similar a la que debió de sentir Lope de Vega ante el encargo de la tal Violante. No exagero un ápice. Se trata de una elección mucho más complicada de lo que parece, habida cuenta de nuestra condición tiquismiquis: a saber, ella tolera difícilmente el terror psicológico mantenido y yo soy un enemigo declarado de la casquería, lo que elimina cualquier tentación gore. Tras un repaso infructuoso de los títulos que componen mi modesta cultura cinéfila, abrí el catálogo de todas esas plataformas audiovisuales que se supone me impiden ahorrar para la entrada de un piso y deambulé con desgana durante horas, como si fuera Messi en una semifinal de Champions. Con idéntico resultado frustrante.
Históricamente al Madrid le ha costado evitar un petardazo de mayor o menor envergadura alrededor de Halloween
Irritado, cerré el portátil y reflexioné acerca de cómo, de un tiempo a esta parte, la noche de Halloween no trae más que problemas. En primer lugar, suele venir acompañada de una de esas recurrentes polémicas plomizas que tan a menudo alimentan de combustible el iracundo motor de las redes sociales. Uno no sabe si puede celebrarla humildemente sin convertirse en un cosmopaleto que frivoliza con la solemne memoria de la Víspera de Todos los Santos. Por otro lado, hay que reconocer que a veces resulta difícil evitar el alzar la ceja ante el impostado entusiasmo de esos simpáticos —no tan— chavalillos, ávidos de encontrar una coartada para lanzar huevos a la puerta de tu casa. Travesura que se puede perdonar con indulgencia cuando se trata de preadolescentes, pero que cuesta más si la edad de la cuadrilla se asemeja a la de la tuna. Todos recordamos a Piqué y a sus adláteres lanzando bombas fétidas hace unos años en la sala de prensa del Getafe; cualquier espíritu noble se sintió impelido a agarrarlos de la pechera para explicarles concienzudamente el origen celta de la festividad de Samhain.
Tratando de hallar refugio y de despejar la mente de soliloquios estériles, me apresuré a recurrir al comodín de mi otro acompañante vital. Sin embargo, ni siquiera el Madrid puede compensar siempre un estado de turbación: hay momentos en que el cariz del equipo coincide inoportunamente con el del hincha, como esas mujeres cuyas menstruaciones se sincronizan. Quizá debiera haberlo previsto, pues históricamente a los blancos les ha costado evitar un petardazo de mayor o menor envergadura alrededor de este puente: tanto el Alcorcón como el Real Unión de Irún asestaron sus golpes aproximadamente por estas fechas, igual que aquel Mönchengladbach que casi nos envía a la Europa League —algo que a este paso de aquí a poco se conocerá como “hacer un Barça”—. El mismo Girona ya se había erigido en otra ocasión, justo hace cinco años, como un desconcertante enemigo insospechado que, a lomos de algún empujón arbitral, terminó infundiendo el pánico de manera inesperada.
Que te envíen a la Europa League de aquí a poco se conocerá como "hacer un Barça"
Y, tristemente, la coyuntura se repitió: un confiado protagonista que no toma todas las precauciones necesarias debido a una actitud indolente, un peligro súbito que va adquiriendo forma real, una ristra de improperios y advertencias gritadas inútilmente desde el sofá, unas fuerzas del mal que alimentan la amenaza hasta que se acaba descontrolando, una serie de infortunios que provocan que al héroe siempre le salga cruz en cada encrucijada, un último arreón final para intentar lograr la supervivencia y... En fin, todos los ingredientes canónicos de una historia de terror. Los tres pitidos del árbitro me dejaron abatido tras un parapeto improvisado de cojines. Desconsolado, me disponía a apagar el televisor cuando me percaté de que, una vez más, el Real Madrid me estaba ofreciendo generosamente la solución a un arduo contratiempo. Y no pude menos que esbozar una sonrisa irónica.
Acabo de colgar con mi novia, tras informarla de que ya tengo una película para esta noche que cumple todos los requisitos. Ignoro si este recurso encaja más en el truco o en el trato. Lo que sí sé es que el que no se consuela, es porque no quiere.
Getty Images.
Vayan destinadas estas palabras a todos aquellos que quieran saber, a quienes no se conformen con los arrebatos iracundos o ingeniosos que se vierten en las (más) redes (que) sociales cada vez que un lance peculiar concita todos los ojos y las voces de la polémica. Las cosas son bastante más sencillas de lo que hacen ver esos ojos y de lo que gritan esas voces. Las cosas, como ocurre en todos los ámbitos del conocimiento, se desvelan claras y distintas cuando se arroja sobre ellas la sana razón y el docto juicio, si bien para ello se hace necesario un sosiego del que suele adolecer la verbena de la Paloma en que se convierte casi cada postpartido.
Leerse el reglamento también ayuda, así como conocer las reglas anteriores, precisamente para saberlas anteriores y, por lo tanto, ya no vigentes, y así entender que las reglas cambian y que no cabe buscar en justicias pasadas lo que en este momento se ha consensuado como injusto. En ejemplo inverso, vayan si no a demandar a Zeus por el castigo infligido a Prometeo, por considerarlo anticonstitucional o por vulnerar los Derechos Humanos. Anacronismo se llama eso, queridos niños, y eso no es legítimo, no encaja, no debería tener lugar. Y, sin embargo, lo tiene en exceso. Nadie parece conocer las reglas actuales de este noble deporte y nadie parece tener una perspectiva clara del lugar en el que estábamos hace apenas unos años en cuanto a justicia se refiere y del lugar, sin duda mejor, al que estamos destinados si decidimos dejar atrás la senda del ciego forofismo y optamos por la mirada aséptica del aficionado cabal.
Vayamos a las cosas mismas. El revuelo con las manos dentro del área es enorme, y también la confusión de propios y extraños, que en nada ayuda a gozar de las bondades de las nuevas reglas al respecto. El punto principal es claro en el reglamento actual, que dictamina lo siguiente: «Todas las manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor serán sancionadas como penalti, salvo en el caso de aquellas manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor que no sean sancionadas como penalti». Con esto se va a misa, a Roma y a Girona si es preciso. Nada que ver con la regla anterior, según la cual —recordemos— todas las manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor eran sancionadas como penalti, salvo en el supuesto de aquellas manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor que no eran sancionadas como penalti. Como ven, la diferencia es abismal, y también la mejora, el avance y el progreso que debemos a la implementación —oh, qué bella palabra— de la tecnología en el fútbol, que ha venido a resolver todas nuestras cuitas, pese a tanto agorero antediluviano que se empeña en ver árbitros cuando lo que hay son pantallas 4K, Alexa y Siri.
«Todas las manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor serán sancionadas como penalti, salvo en el caso de aquellas manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor que no sean sancionadas como penalti»
Pasa lo mismo con los fueras de juego, antaño dirimidos a ojo de buen cubero por personas vestidas de negro y ahora, muy al contrario, dirimidos a ojo de buen cubero por personas vestidas de colores. Lo que antes era o no fuera de juego por centímetros (a veces muchos), hoy lo es o no por nanomilímetros, por una mota de polvo, por el pelo de una gamba, por una brizna de tabaco de liar, por todo aquello que se interpone en el camino de una carrera y que antes, tan miopes, éramos incapaces de ver. Cuánta realidad se nos escapaba, queridos niños. Puede que ahora se nos esté escapando el fútbol mismo, pero a quién le importa desde la apacible distancia de los frames y las cámaras superlentas, ellas tan llenas de vida y realismo como la oveja Dolly.
Capítulo aparte merecen las posibles futuras reglas que está estudiando la International Board. Resulta incuestionable el notable avance civilizatorio para todos los pueblos de la Tierra que ha producido la pausa de hidratación, por no hablar de la llegada a nuestras vidas de las palancas, así que por qué no profundizar en la audacia y proponer la abolición del gol como unidad de medida de las victorias en un mundo que debiera ser más cualitativo que cuantitativo, más de toque y posesión que de balón en red, más de preliminares que de orgasmo. Sin duda es arriesgada la propuesta, pues llevamos mucho tiempo valorando al ganador por encima del resto, pero eso debe acabar si queremos que el Manchester City sea el mejor equipo del mundo, así que hágase aunque se escandalicen los anquilosados, aquellos casi fascistas que siguen pensando que ganar es marcar más que el rival. Qué poca vergüenza.
Por qué no profundizar en la audacia y proponer la abolición del gol como unidad de medida de las victorias en un mundo que debiera ser más cualitativo que cuantitativo, más de toque y posesión que de balón en red, más de preliminares que de orgasmo
Por último, algunos panenkitas avezados han logrado acceder a informes aún en fase de estudio según los cuales se está estudiando prescindir de los brazos de los jugadores durante los noventa minutos de los partidos, a cuyo fin la inteligencia artificial puede aportar enormes ventajas, transfiriendo el carácter, la personalidad y el modo de jugar de un futbolista a un robot que fuera puro tronco, cabeza y extremidades inferiores y que jugara por él, evitando así que haya penaltis por manos dentro del área. Once robots contra once robots arbitrados por Hal-9000 y a campeonar, queridos niños. Ya sabemos que el fútbol es de la gente, pero es que a veces la gente se pone insoportable con eso de ser gente y los robots no tienen ese defecto. Le pasa lo mismo al fútbol, que resulta muy cargante cuando quiere emular a la vida, pudiendo convertirse en una pizarra digital que haga las delicias de los habitantes de Alfa Centauri.
De los chicles de Ancelotti hablaremos otro día, porque su ingesta será próximamente sancionada con tarjeta roja directa por banalizar la hiperglucemia infantil, salvo que los chicles sean sin azúcar, en cuyo caso la acción acarreará cinco partidos de sanción porque ya se sabe que los edulcorantes son aún más perniciosos que el azúcar para la buena salud de las niños, de los robots y de la madre que nos parió.
Getty Images.
Me espanta lo sabio que soy. El Madrid deberá sumar 110 puntos si quiere revalidar su título de Liga. Se lo escribí a ustedes no hace tanto. 110. Es obvio el por qué —el Barça los sumará seguro— y da para otra reflexión: ¿le merece la pena el esfuerzo?
Cada día que pasa me voy convenciendo de que para el Madrid, técnicos, jugadores, afición, la Liga se está convirtiendo en un acompañante engorroso. Cabreo dos o tres veces por semana a cambio… ¿de qué? Desde Courtois al socio más infantil lo que les pone es la Champions, cosa de nivel y jerarquía. Me dirán: eso, de toda la vida. Y les contestaré: sí, pero me temo que nunca como ahora. Creo que paran la Liga tras el Mundial y no vuelve y el madridismo fuma en pipa.
La Liga se le está haciendo bola, algo difícil de tragar. Un día son tres goles anulados, al otro el rival que patea y no ve la roja, al siguiente… lo que toque
La Liga se le está haciendo bola, algo difícil de tragar. Un día son tres goles anulados, al otro el rival que patea y no ve la roja, al siguiente… lo que toque. La Superliga es una amenaza para nuestro campeonato, se oye por ahí. Vale, Pero más peligroso me parece que el madridismo acabe tomándose a chirigota este y cualquier torneo nacional. Si lo ganamos, bien. Y si no, también. Fueron varios los mensajes de amigos que, ayer y sin conocerse, iban en la misma dirección: les ponía más la tomadura de pelo arbitral, pues así lo consideraban, que el haber perdido dos puntos. Significativo. No entro en si fue o no penalti, si el gol anulado o si la roja que la víspera no vio Marcos Alonso. Reflejo lo que va sintiendo el madridismo. Desapego a lo de aquí, Miau.
Ayer, un buen Girona, que sí juega la Liga con los cinco sentidos, mereció el empate. Es justo y necesario valorar los méritos del rival que no tienen que ver con lo que hagas tú o dejes de hacer; el Madrid de ayer, poco. Ni lo que decidan o no el árbitro, el VAR, el tío que tira las líneas o su señora madre. Un partido es por lo menos cosa de dos. Uno, el Girona, jugó y empató. Pudo ganar y pudo perder. Hizo en el Bernabéu lo que el último visitante paisano, catalán o sea, no pudo: puntuar. Perfecto.
El jugador del Madrid sospecho también cree que en cuanto se ponga de verdad, después del Mundial o sea, ganará esta Liga con diez puntos de ventaja. Arriesgada apuesta. El rival, tan apurado, estará en la pelea. El Barça nunca caminó solo y menos ahora. El vestuario blanco lo sabe
Luego está el Madrid al que volví a verle también con síndrome de Mundial. Más guindas al pavo, Apuestan por hacer poco y exponer menos. Muy humano si pensamos que en tres semanas arrancará lo de Qatar y un miserable tironcito te deja fuera. El problema es que con el freno puesto no le ganas a nadie. Dominando el coche con la marcha correspondiente y pisando el pedal adecuado, no hay rival aquí: ver partidos contra Atleti y Barcelona, Jugando al ya te pillaré te puede pasar lo que ya le pasó ante Osasuna. Que te pones 1-0, te empatan y no hay manera de arreglar en 10-15 minutos lo que en hora larga ha sido un sí pero no. El jugador del Madrid sospecho también cree que en cuanto se ponga de verdad, después del Mundial o sea, ganará esta Liga con diez puntos de ventaja. Arriesgada apuesta. El rival, tan apurado, estará en la pelea. El Barça nunca caminó solo y menos ahora. El vestuario blanco lo sabe. Al Madrid puede estar convirtiéndose en un nuevo Sísifo, ya saben: el condenado a arrastrar una enorme piedra hasta la cima de una montaña… que se le venía encima una y otra vez cuando estaba a punto de coronarla. Malo si el Madrid se cansa.
Getty Images.
Buenos días, amigos. El colegiado Melero López se convirtió ayer, con ocasión del Real Madrid-Girona del Bernabéu, en un auténtico pionero. Consiguió dos cosas que no había logrado nadie hasta la fecha. Ambas tienen indudable mérito, no sabríamos decir cuál de las dos en mayor medida.
En primer lugar, se convirtió en el primer árbitro que expulsa a Toni Kroos en toda la carrera deportiva del alemán. 381 partidos con el Real Madrid, 206 con el Bayern, 106 con Alemania, 48 con el Bayer Leverkusen. Ni una sola expulsión. Melero ya tiene algo que contar a sus nietos.
Pero no solo eso. Los nietos de Melero escucharán embelesados las batallas del abuelo. El segundo logro es tal vez más impactante aún. Es el primer trencilla que saca de quicio a Carlo Ancelotti, a quien hizo decir cosas que no estamos acostumbrados a oír decir a Carletto. Cuando alguien tan moderado y ejemplar como el italiano pierde el temple, mucha gente debería empezar a pensar que algo sucede.
Hay que felicitar a la selección sub-17 de fútbol femenino, que salomónicamente comparte honores de portada con la controversia del Bernabéu en los diarios deportivos de hoy. Y a continuación hay que preguntarse hasta cuál de sus célebres canas (las tenía ya a los 30) está Ancelotti del factor arbitral para quejarse tan amarga y frontalmente como refleja Marca. Para ser sinceros, en una segunda toma lateral a este portanalista la mano de Asensio le parece eso, mano y por tanto penalti. No es la mano derecha sino la izquierda, que se activa de manera instintiva, para protegerse, y desvía la trayectoria del balón. Pero existen tantas normas y circulares al respecto, a cual más abstrusa y peor redactada, que ya nadie sabe a qué atenerse. Atención a lo que decía sobre esto John Falstaff, abogado de profesión, ayer, tras el escándalo, en el chat de La Galerna.
“Esto recuerda mucho a los ordenamientos jurídicos comunistas: una confusión de innumerables leyes y normas, deliberadamente contradictorias, como forma de justificar la arbitrariedad de la autoridad, cuya actuación, sea en el sentido que sea, siempre estará amparada por una norma jurídica. Es la prostitución del principio de legalidad, no mediante la negación del mismo, sino a través de su hipertrofia”.
En cuanto a la otra jugada polémica, el gol anulado a Rodrygo, nos parece discutibilísimo el que el portero del Girona tenga realmente el balón retenido, como se supone que tiene que pasar para anular el gol, cuando Rodrygo mete astutamente la puntera para enviarlo a la red. La norma, de nuevo, es tan incomprensible en su literalidad que lo mismo da para anular que para no anular. En ese contexto, con esa discrecionalidad vía ininteligibilidad, puede pitarse lo que se quiera, lo que invariablemente va a coincidir con lo que quieran Roures y Tebas, claro.
¿Y qué quieren Roures y Tebas? Pues una Liga con un Barça fuerte para mantener el nivel de su producto, muy depauperado. Es una forma artificial y repugnante de mantenerlo con vida, claro. La gente no es tonta y se da cuenta. Como tampoco hace falta ser una lumbrera para darse uno cuenta de que en la redacción de As triunfó anoche la aversión a meterse en líos: portada casi completa para las niñas de la selección y trocito de faldón para el lío del Bernabéu, donde volvió a triunfar esa extraña alianza entre un indepe y un señor de Fuerza Nueva que rige en España los destinos no sólo del fútbol sino de su relato, que es tan importante como el fútbol mismo. Estos dos, y no la tecnología, son el verdadero problema. No lo dudéis.
En cuanto a la prensa cataculé, pues tan contentos, claro. Mundo Deportivo adopta una postura pancatalanista, por así decirlo, y se felicita por lo que llama el “gironazo” no en tanto favor al Barça (que también), sino per se, digamos, siendo como es el Girona un equipo de Cataluña (y de Emiratos, o sea del City, o sea de la órbita Roures). El Girona juega bastante bien en general. Lástima que ayer, en el segundo tiempo, decidiera arruinar su buena reputación con un festival de pérdidas de tiempo bastante lamentable. En la rueda de prensa, en cambio, estuvo muy bien Míchel, su entrenador, admitiendo que lo de Rodrygo era gol legítimo.
Y llegamos a la paletada del día, amics. Qué mejor manera de cerrar por hoy esta sección que con un buen agradecimiento sin coma del vocativo. Otras veces ponen en diferentes colores el mensaje y el receptor para escudarse en eso, pero hoy no se toman ni la molestia. “Gracias Girona” por “Gracias, Girona”. La coma ha ido a parar al mismo limbo que el gol de Rodrygo.
Pasad un buen día.
Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Terror.
—Que la muerte es el olvido, dicen. ¿Y entonces qué es el recuerdo, sino una forma más acabada de exterminio? Pensadlo un momento, por favor. ¿No lo veis? ¿No? Tratad de imaginarlo. Esas imágenes portadoras de memoria que reptan desde el subsuelo de tu conciencia y que, de borrosas, terminan adhiriéndose nítidas a tus ojos como fragmentos de realidad desprovistos de sentido; los sonidos, aquellos sonidos viejos, que poco a poco se te filtran por las paredes del cerebro y se mezclan, se impregnan del resto de moho que te crece dentro; la alegría vacía, los abrazos sin fuerza, las sonrisas flotantes en el hipocampo, carentes de alma, de esperanza, de toda fe, como tú mismo. Ese recuerdo, pensadlo os pido, ¿no es peor que el olvido, una y mil veces? Decidme.
Miró a los niños frente a él. Los de la primera fila asentían levemente con el sufrimiento en la cara de no haber entendido nada de nada. Los de más atrás, a su vez, trataban a duras penas de disimular su impaciencia. Los ojos al reloj de la pared, los ojos al cuaderno, los ojos a los de la fila de más y más atrás, que se llevaban los dedos a la sien y apuntaban con el mentón al maestro, más viejo hoy de lo que lo sería nunca. Nunca hasta mañana.
Por fin sonó el timbre y los niños salieron disparados. El maestro quiso balbucear unas palabras, “visitad a vuestros muertos, este puente no es para…”, pero ni uno solo le prestó la menor atención en su huida. Me lo merezco, se dijo. Son bárbaros, bárbaros celtas. Recordó aquel pasaje de la Guerra de las Galias en el que Julio César crucificaba a un druida al que poco antes había visto hundir una piedra en el cráneo de un hombre simplemente para averiguar si llovería o no al día siguiente en función del lado en el que el desgraciado se desplomara muerto. No había mayor ejemplo civilizador en la historia de la humanidad. Ni lo habría.
—¿Te esperamos? —le dijo una voz, la de un compañero, desde la puerta del aula.
—No, no, id sin mí. Tengo que hacer unos recados.
Recados. ¿Qué recados? Mi único recado es no emborracharme con vosotros a las tres de la tarde del viernes del fin de semana de Difuntos, así, con mayúscula. Fiesta, alcohol, disfraces… disolución. Desde cuándo hemos adoptado estas costumbres de pueblos ágrafos hasta antes de ayer. Que celebran la muerte, vociferan, que se ceban y se ahogan en alcohol con el muerto todavía de cuerpo presente. Mientras tanto, los cementerios se desmoronan a un ritmo aun superior al de los recuerdos. Error. Nadie visita ya a sus muertos, pero, Dios mío, de los recuerdos nadie escapa. Y menos él. Menos yo. Recogió a toda prisa sus bártulos, llegó a casa y se echó a dormir sin quitarse siquiera los zapatos mojados de lluvia sucia.
Volvió temprano de la Almudena. En el buzón, por fin, el sobre que llevaba semanas esperando. Se lo metió en el bolsillo del abrigo y subió sin darle tiempo a la portera de reñirle por no restregar bien las suelas contra el felpudo. Papá, dijo en voz alta. Y se sintió estúpido. Papá se quedó allí, muy atrás, en algún lugar de la línea del 110, en el nicho en el que vivía hacía un millón de años o quizá más. Lo echaba tanto de menos. Mentira. Echaba de menos echarle de menos. Tenía que confesarse que ya se había acostumbrado, al menos mientras pudiera mantener a los recuerdos a raya. Papá gritando de júbilo, papá abrazado a mí, papá entonando canciones que trato de no olvidar, por más que eso me parta en dos. ¿Cuántos años tendría papá hoy? Muchísimos. Seguramente estaría muerto si no se hubiera muerto entonces. Poco consuelo. Recalentó unas lentejas verdosas que llevaban varios días al borde de la fermentación y dejó que se lo llevara la siesta.
Despertó poco antes del partido. Los sueños, sueños eran, pero habían vuelto a azuzarle con cortometrajes de su propia vida, una existencia cada vez más y más lejana, más y más real. ¿Volverían aquellos días? No, no lo harían, afrontémoslo, nada vuelve. Él lo sabía bien. Las civilizaciones nacen, florecen y se extinguen. Leed a Polibio, siempre les aconsejaba a sus alumnos. La historia no es historia, sino biología. Y nosotros ahora nos extinguimos, no hay retorno, el retorno nunca fue ni será eterno. Nos estamos muriendo. Pero ay… Y si… Maldito “y si”, siempre él. Era en realidad aquel “y si” que no hacía más que agitársele molesto en el órgano de la desesperanza y que de ella le arrancaba el des- por un rato. Por eso seguía viendo los partidos, por si “y si”. Estaba cansado de cansarse, sin embargo. De creer, de que se le agostase la fe. Nada se parecía ni remotamente a los asaltos de sus recuerdos. A papá como loco, extático, seis veces en cosa de una década. Y desde entonces, el silencio. El silencio y la muerte. Como si fueran dos cosas distintas, pensó, y se sentó frente al televisor.
Dos horas más tarde, se levantó. Caminó hasta la cocina y abrió el sobre que aquella misma mañana había sacado del buzón. Era verdad, aquello olía a almendras. Vació la solución en un vaso de leche y volvió al salón. Sorbo a sorbo, apuró hasta la última gota. Y mientras que, fotograma a fotograma, se le iban los recuerdos junto con todo lo demás, se decía a sí mismo que aquella era no ya la mejor decisión tomable, sino la única posible. Lo sucedido de nueve a once de la noche se lo había demostrado, por la infinitésima vez, más allá de toda duda. ¿No estás de acuerdo? Por supuesto. Qué razón tengo. Perdón, tienes. Perdón: tiene.
Y así, en la más absoluta inopia, se le fueron escurriendo uno a uno por el desagüe de la vida hasta el más famélico de sus maravillosos e insoportables recuerdos.
Aquello ocurrió al filo de la medianoche del primero de noviembre del año 1997. El Barcelona acababa de ganar 2-3 en el Santiago Bernabéu, Luis Enrique había marcado el segundo de los culés y, en su celebración, dejaba una orgía de improperios y cortes de manga que, con el andar del tiempo, se volvería icónica. Cundía entonces el desánimo entre el madridismo y, según Polibio, nos amenazaba la extinción. Nunca volveríamos a ganar la Copa de Europa. Y nunca, nunca jamás, como el hombre de más arriba bien intuyó, volveríamos a vivir de nuestros propios recuerdos.
¿Y por qué no? Todo hubiera podido ser así, en realidad. Todo. De no ser este, y he aquí nuestra gracia y su desgracia, tan solo un cuento más de la noche de Halloween.
Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Terror.
Rodrygo y Vini habían sido convocados a las puertas de un caserón destartalado en un bosque en medio de ninguna parte el 31 de octubre al filo de la medianoche. Ambos recibieron la misma carta: un papel de textura extraña y un olor aún más peculiar, como a pipas tostadas, manuscrito con una caligrafía vacilante y una firma consistente en dos iniciales: R.C. Ellos creían conocer a qué respondían esas letras. A quién sino a un compatriota suyo, leyenda madridista, al mejor lateral izquierdo que los siglos hubieran visto, pero no había nadie esperándoles en el acceso al siniestro inmueble.
Achacaron las circunstancias a una broma que Roberto quería gastarles, así que, entre risas y chanzas, decidieron entrar en el juego empujando una pesada puerta de cuarterones. Como la fecha y las circunstancias exigían, las bisagras y la propia madera chirriaron de forma siniestra, dando lugar a una enorme estancia, envuelta en una oscuridad casi pastosa y tan vacía como el palmarés de Maffeo.
Un súbito chasquido de los listones que componían el viejo y desgastado suelo logró sobresaltarlos. No había nada de natural en ese ruido, y en seguida supieron que no estaban solos. Quizá de manera casual, quizá de forma intencionada, los ojos de ambos, ya habituados a esa oscuridad, se posaron en un rincón de la pieza, donde de manera en absoluto casual, reposaba doblado un ejemplar del diario Sport.
En esas circunstancias era de esperar encontrar un grimorio, un bestiario medieval, un tractatus alquímico o, incluso, un ejemplar del maldito Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred, pero nada más lejos de la realidad. Era un ejemplar del Sport sin fecha. La portada tenía caracteres cuasi ilegibles y dibujos y diagramas aún más indescifrables, lo cual, no nos engañemos, poco tiene de inhabitual. Lo preocupante era el mensaje que sí se entendía: Sólo saldréis de aquí si no sucumbís a los 12 fantasmas del madridismo. Vini y Rodrygo se miraron subiendo una ceja como les había enseñado el míster, sin un atisbo de miedo en su ánimo, sino una mezcla de curiosidad y, ante todo, resolución. Tenían ganas de superar ese aparente reto, exactamente igual que habían hecho con otros tantos antes.
Un nuevo chasquido, en este caso de una puerta que no parecía estar allí, pues estaba integrada en la pared del gran salón, dejó paso a un pasillo de piedra muy tenuemente iluminado. Sin dudarlo un segundo, pasaron ese umbral para adentrarse en un corredor abovedado. Parecía físicamente imposible que el caserón que se veía desde el exterior pudiera albergar una construcción así, pues las dimensiones del pasaje eran ciclópeas. La leve iluminación existente parecía proceder de esas paredes de piedra, en la que se sucedían relieves complejos, con escenas aberrantes y blasfemas que parecían tener movimientos palpitantes. Sí, esa pared LATÍA, y eso empezó a incomodarlos. Como tantas otras veces, Rodrygo y Vini decidieron no mirar hacia los lados y continuar caminando de una manera resuelta que difumina la delgada frontera entre la valentía y la inconsciencia.
Esos andares salpicados de swag y chulería juvenil los llevaron a una habitación más amplia. Una figura colosal apareció ante ellos. Su sola visión resultaba repugnante y terrorífica. Se trataba de un ser cerúleo, con una obesidad que lo hacía casi informe. Emitía un hedor mefítico y corrupto, como a croquetas podridas, e insectos de todo jaez se aplastaban entre sus lorzas. Cambiaba de cara de manera constante, sucediéndose los rostros y pelos de Joan Poquí, Óscar Zárate, Alfredo Relaño y Roberto Gómez. El ser emitía sentencias ora en lenguas muertas, contra los dos jugadores, ora contra Florentino Pérez. En el momento en que el ser adoptaba la apariencia y voz de éste, Rodrygo blandió ante él una factura impagada del Asador Donostiarra. El efecto fue inmediato, pues la criatura emitió un gañido del averno, en absoluto humano, pero que denotaba un sufrimiento infinito y comenzó a derretirse hasta reducirse a un charco de un icor indecible. Vini dio una palmada en la espalda a su compañero, lo felicitó por su brillante reacción y le instó a seguir el camino por un pasadizo al otro lado de la sala.
No habían andado ni 20 pasos cuando el pasillo se ensanchó hasta otra pieza mucho más amplia. Los relieves extraños de las paredes empezaban a distinguirse. Eran portadas de periódico deportivo, solo que animadas, y emitían una ligera fluorescencia enfermiza que parecía ser lo único que rompía la oscuridad imperante. Se toparon frente a frente con una pizarra blanca. Ante ella hablaba de manera vehemente y atropellada un ser presa de un frenesí sin tasa. Tenía el pelo grisáceo y un perceptible acento argentino. Mientras peroraba, hacía diagramas y flechas en la pizarra dibujando con ellos unos arabescos tan complejos que resultaban imposibles de comprender. Tan llamativos como sus visajes y gesticulaciones eran los perdigones que soltaba al hablar, que en varias ocasiones llegaron a mellar algunos puntos de la pared. Frente a él se arrodillaban unos tipos alopécicos, aparentemente más jóvenes y que parecían sus feligreses, y que alternaban su devoción al histrión de la pizarra con miradas a complejísimas hojas de cálculo. Su parla era igualmente peculiar, pues parecían abominar del uso de artículos determinados. Igualmente, su capacidad memorística estaba fuera de toda duda, no en vano recordaban las plantillas con nombres, apellidos y dorsales de todos los equipos del fútbol del mundo, incluyendo los de todas las escuadras de Oliver y Benji y los jugadores inventados de los videojuegos clásicos, así como sus estadísticas. A fuer de sinceros hay que reconocer que Vini y Rodrygo salieron huyendo del lugar, no por temer por su integridad física o su alma inmortal, sino porque aquello tenía pinta de ser uno de los lugares más aburridos de la dimensión. Ese y no otro fue su error.
La rauda huida se demostró una mala idea, pues el impulso y velocidad de sus piernas hicieron que no vieran una pronunciada pendiente que llevaba a los madridistas a un nivel inferior. Cayeron ambos rodando y, al intentar levantarse, vieron una sencilla mesa sobre a que se encontraba pequeña caja de madera formada por varias piezas móviles como si de un puzle se tratara. Vini, cinéfilo empedernido, recordó que algo así había visto en una película inglesa de 1987, cuyo éxito dio lugar a una secuela. El brasileño sabía que existía una forma de colocar las piezas de la caja que daba lugar a la aparición de unos terroríficos seres interdimensionales con siniestras intenciones. Esa manera de fijar las piezas se llamaba la Configuración del Lamento en la película, radicando la diferencia con el caso que les ocupaba en que aquellas sólo podían encajarse de manera que conformaran el escudo del Atlético de Madrid. De la caja brotaban unos sonidos que recordaban a cantos átonos, siniestros, que repetían la palabra “ciervos” con una insistencia rayana en la obsesión, emitidos por seres que nada tenían de humanos y que, nuevamente, parecían padecer una desazón infinita. El canto cesó y aparecieron de la nada una figura vestida entera de negro, con un peculiar peinado. Gesticulaba mucho y sólo parecía saber decir frases que sonaban a excusas. Un segundo vistazo hizo que Rodrygo y Vini lo identificaran como el Cholo Simeone. Detrás de él surgieron una pléyade de tipos mal encarados vestidos con varios uniformes del Atlético de todas las épocas, desde el aquél patrocinado por Mita hasta el actual, pasando por aquellos con publicidad de Marbella, Bandai o Electrodomésticos Idea. Los rostros de esas recién aparecidas entidades fueron revelándose. Estaban Radek Bejbl, Koke, Diego Costa y un tipo portador de un apéndice nasal que le permitía fumar en la ducha si así lo desease. Se llamaba Juan Vizcaíno, pero los jóvenes madridistas, unos niños, no lo reconocieron, pues se trata de un futbolista ante todo olvidable. Se aprestaron Rodrygo y Vini a enfrentarse a esa recua de adversarios, que, por su lado, afilaban los tacos de sus botas y mostraban un ánimo inequívoco de partir las tibias, peronés y, si se terciaba, vértebras de los dos jóvenes brasileños, cuando Diego Costa se revolvió contra el Cholo de manera súbita y se enzarzó con él y con el resto de componentes de la siniestra escuadra en una pelea sin cuartel. Los madridistas decidieron que aquello no iba con ellos y salieron de la sala en el momento en el que alguien parecía haber sufrido una fractura de vómer.
Aún extrañados y sin entender qué acababa de pasar, continuaron su camino por otro pasillo eterno. Al final del mismo, se intuían varios personajes que no les resultaban desconocidos. Había uno bajito con ojos saltones y cara de asco que sólo sabía borbotear la cacofonía “lamantapla” junto con algunos conceptos propios de la estancia anterior. Otro era más alto, rodeado de un halo de santidad y un persistente tufo a colonia. Llevaba la cabeza rapada y barba de varios días y su voz ronca se veía interrumpida de manera constante por unos regüeldos que nunca parecían terminar de culminar la expulsión del aire. Parecía objeto de una maldición. Un tercer ser los acompañaba y, aunque en un principio, Rodrygo y Vini creyeron estar en presencia de Casper, el fantasma amistoso, la galopante falta de carisma del susodicho, así como el hecho de portar una botella de vino con una etiqueta que rezaba “minuto 116” les reveló inmediatamente de quién se trataba. El más alto parecía llevar la voz cantante, aunque más bien podría considerarse la voz eructante. Como por ensalmo, un balón se materializó de la nada en sus manos y, con una prepotencia y condescendencia que contradecían los valors que rezumaba cada poro de su piel, dio a entender que los madridistas sólo saldrían con bien de ahí si lograban arrebatar la posesión del esférico. Acto seguido, los tres entes empezaron a pasárselo en horizontal. Vini y Rodrygo no tardaron ni tres segundos en percatarse de que esos tipos sabían lo que hacían, pero la suerte, la flor o como queramos llamar al azar, pareció acudir en su ayuda. El bajito de los ojos saltones y la cara de asco iba a recibir un pase medido enviado por el trasunto de Casper, que había cambiado el vino por un helado Kalise sin que nadie se diera cuenta. En el momento en que el balón iba a contactar con su pie, tropezó con una caca de mosca que había en el suelo, lo que desvió la trayectoria lo suficiente para que el receptor perdiera el equilibrio. El traspié fue de época, cayendo a plomo cuan corto era y perdiendo la pelota, que llegó mansamente a los pies de Rodrygo. Los adversarios adoptaron un gesto de incredulidad. El paliducho se limitó a desaparecer con una facilidad que sólo resultaba achacable a la práctica reiterada. El caído profirió una letanía de anacolutos, venablos, juramentos y blasfemias sobre el estado de la superficie en el que se estaba jugando, y el alto se dio media vuelta y emprendió la huida cabizbajo mientras se acariciaba la calva y repetía para el cuello de su jersey negro de cuello alto un lamento del que sólo se comprendía la palabra “atletas”.
Vini y Rodrygo empezaban a estar hartos de tanta cosa rara, por lo que se propusieron salir de ese lugar extraño lo antes posible. El último pasillo que transitaron los condujo al salón a través del cual habían entrado, por lo que vieron que su aventura tocaba a su fin. Ya de camino a la puerta, oyeron una voz rasposa a sus espaldas. Poniendo los ojos en blanco y no esmerándose lo más mínimo en ocultar cuán estaba siendo puesta a prueba su paciencia, se dieron la vuelta y fue entonces cuando se asustaron.
Ante ellos se erguía un tipo de estatura mediana, pelo escaso y cano, unos ojos muy azules y un parecido más que notable con el abuelo de la familia Monster. Tras él estaban un hombre que ni siquiera con la escasa luz imperante en el lugar podía tener un mínimo parecido con Nicolas Cage por mucho que llevase una camiseta que tenía tal nombre estampado, y un tercero del que sólo se veía el fular y un bloque de tickets de copas de la discoteca Pachá. Al fondo, había una entidad indeterminada con un barco de Playmóbil y que sólo parecía saber pronunciar la palabra “chorreo”.
Empezó a hablar el canoso en un idioma que él creía que era portugués y que más bien parecía una mezcla entre albanés y cacahuetes masticados: “Fui yo quien os convocó en esa carta. No lo sabréis, pero también fui presidente del Madrid. Os felicito por haber superado el enfrentamiento contra los doce horrores del madridismo. Sois libres de marchar y continuar dando gloria al Real Madrid aún a pesar del presidente que os fichó”.
Vini y Rodrygo pusieron cara de indiferencia absoluta, se dieron media vuelta y salieron justo cuando empezaba a despuntar el alba. Había terminado todo, y sólo entonces, se comenzaron a alejar bailando.
Getty Images.
Arbitró Mario Melero López del Comité andaluz. En el VAR estuvo Iglesias Villanueva.
La asignación del malagueño produjo escalofríos. ¿Por qué? Porque es más malo que Caín.
Saltó al campo en la primera mitad y no vio nada. O lo que es peor, lo veía y se hacía más el sueco que Thomas Ravelli. Dos obstrucciones en la frontal de defensas catalanes. Nada. Una mano de Yangel en el mediocampo y otra de Castellanos en tres cuartos. Nada. Pecho, señaló. Dos faltas a Carvajal (Castellanos y Valery) en oportunidades que acabaron en serio peligro para el marco blanco. Nada.
En la segunda parte se armó la marimorena.
El penalti de Asensio en el 80' requirió la asistencia del VAR. En la nueva norma ya no se habla de rebote y se incide en que será penalti venga rechazado o no si la mano esta en posición antinatural, abierta, ocupando un espacio o por encima del hombro. La gran duda queda en si después del pecho le toca en el brazo al balear. Ninguna toma parece lo suficientemente clara para estar seguro de ello. La otra gran jugada polémica del partido fue el gol anulado a Rodrygo en el 88'. Gazzaniga llega a completar la posesión del cuero al poner su mano sobre el balón y ya no pierde control del esférico cuando el brasileño mete el pie.
En cuanto a la labor disciplinaria en el segundo acto, hubo un cúmulos de amonestaciones. López, Gazzaniga y Arnau en los visitantes y Modric y Kroos en los visitantes. El germano fue expulsado por doble amarilla de forma justa con dos acciones en las que llegó tarde sin opción se jugar el balón.
Melero López, MAL.
Getty Images.
Courtois: 7. Tuvo una intervención de mucho valor.
Carvajal: 5. Sufrió mucho en defensa.
Rudiger: 6,5. El más seguro de los centrales.
Alaba: 5,5. No ha empezado bien la temporada.
Mendy: 6. Sin grandes errores.
Camavinga: 6,5. El mejor del equipo en la primera parte. Sobre todo en los primeros 20 minutos.
Kroos: 5. Acabó expulsado. No estuvo cómodo.
Modric: 5. Se le vio justo físicamente.
Valverde: 6. Volvía de lesión. Dejó una asistencia.
Rodrygo: 5,5. Tuvo el partido en sus botas.
Vinicius: 6. De menos a más. Marcó.
Asensio: 5. La jugada del penalti desluce su partido.
Militao: casi sin tiempo.
Mariano: casi sin tiempo.
Ancelotti: 5. No logró imponer el ritmo de partido que le convenía.
Getty Images.