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Camino de la Undécima

Camino de la Undécima

Escrito por: Andrés Torres28 noviembre, 2016
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CAPÍTULO  1

Como aquella noche de hace 18 años, de repente esa tensión. Lo había olvidado. Un frenesí infantil capaz de rivalizar con la expectación suscitada por la visita de los Reyes Magos tomaba posesión de mi ser en la nocturna víspera. En noches como esas, por definición, se duerme poco. Máxime si te acuestas tarde por estar inmerso en cierto consejo editorial furtivo de La Galerna hasta altas horas de la madrugada. Hubiera dado lo mismo. 18 años después de ver a Manolo Sanchís alzar la Séptima bajo el cielo de Ámsterdam, el destino -y los huracanados vientos de La Galerna- me brindaban la oportunidad de viajar a Milán hacia la conquista de la Undécima, empotrado con la grada cual reportero de guerra en un convoy de marines estadounidenses en algún secarral de Oriente Medio.

Resulta innegable que todos estos prolegómenos previos a la cita con el autobús de la muerte en el Santiago Bernabéu encierran muchos ritos, rituales y misterios. Me desayunaba yo solo en mi casa, con mi señora camino ya del trabajo y Clarita, chupete en boca, cometiendo sus habituales fechorías en la guardería, y no podía evitar sentir a mi alrededor cierta aureola torera, cual diestro embutiéndose el traje de luces antes de enfrentar, precisamente, a la oscuridad personificada en un morlaco de varias toneladas llamado Cholo. Me desayunaba yo solo en la quietud de mi hogar y me sentía cual caballero templario orando en capilla, rodilla al suelo y espada en firme, antes de partir hacia las Cruzadas. Revisé la mochila por última vez: no buscaba alimento, ni siquiera agua, tampoco una doble pareja de gayumbos o calcetines. Quería comprobar por enésima quincuagésima vez si mis amuletos madridistas estaban a buen recaudo. Efectivamente allí estaban, entre los torreznos, bollitos y kikos que mi bienhadada esposa había alojado en la bolsa. Llegaría su momento, el de ambos, los talismanes, heroicos en los momentos de zozobra, épicos para salvar la gloria. Pero cada cosa a su tiempo.

Antes de la hora señalada, pero ya depositado mi cuerpo serrano en los aledaños del Bernabéu, cumplí con una tradición milenaria que me acompaña cada vez que acudo a Chamartín cual mocita madrileña emocionada. No podía faltar el íntimo homenaje a mi amigo Choflas, el ángel artífice de que un servidor vea no menos de 10 partidos al año en directo en el Templo del fútbol mundial. En este sentido, todo rito tiene sus imprescindibles sagrados. Choflas lo sabe. Cualquier otra vianda hubiera traído sin remisión el mal fario. Así acudí a La Vienesa a por los bocatas que habrían de llevarme hasta Milano. Como siempre. Así lo dicta la tradición. Así debe ser. Así le gusta a Choflas. Así regresaron desde Milán a Madrid los kikos de mi pobre santa.

Sobrasada y queso era la única combinación posible, la única combinación ganadora.

Así, envuelto en hechizos y supersticiones subí al troncomóvil que habría de conducirnos a Milano a través de la piel de toro, los Països Catalans, la Cote d´Azur y la propia Italia. Lo hice después de asistir a una intensa arenga por parte de uno de los comandantes de la hinchada, patrón de mi autobús; un discurso épico y sincero, brotado desde las entrañas, que reducía las palabras de William Wallace en la campiña escocesa a bravata de patio de recreo cuando le roban la merienda a algún colchonero.

Subía las escaleras del vehículo mientras trataba de no perder detalle de todo cuanto sucedía a mi alrededor, que era mucho, desde un horizonte de camisetas merengues a las faldas del Bernabéu, hasta una caravana de aeronaves presta a partir en busca de un sueño, pasando por innumerables cámaras de televisión acompañadas de sus sempiternas reporteras deportivas de buen ver.

Así aposenté mis posaderas en el bus: levitando.

Una vez que vi perderse en la distancia -con una hora de retraso, eso sí- todo aquel delicioso y bullicioso guirigay  madridista, estreché las manos de mis compañeros de viaje como si de un primer día en la oficina se tratara. Al fondo, como los malos de la clase en las excursiones del colegio, se sentaba la chavalería de una expedición en la que toda edad, clase, pelaje y condición tenía su más que digno -e incluso- heroico representante. Así conocí al hombre que habría de sentarse a mi derecha en la grada de San Siro en la hora final. Sin embargo, en aquel autobús me pareció un humano sensato, ecuánime, tranquilo, sabio. Su transformación posterior, una metamorfosis digna de Kafka, entraría en la leyenda. Lo leerán ustedes más adelante.

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Así, observando,  compartiendo, riendo y comentando, los expedicionarios nos fuimos conociendo a través de un interminable palique que en mi caso acabó cobrándose la factura, el peaje, de una noche loca con mi familia de Los Galernni. Ya saben ustedes, amigos galernautas, que se trata de tipos extremadamente peligrosos cuando cae la noche y la famiglia e la famiglia.

De repente me dormí.

El despertar resultó en verdadero susto. No todos los días uno duerme en paz y despierta en territorio comanche. Allí estaba yo, somnoliento, mirando con ojitos orientales de recién despertado por la ventana, cuando comprobé que las esteladas ondeaban en los campanarios de los pueblos catalanes, saludando desafiantes la llegada de los autobuses del madridismo camino de la Undécima. Para conjurar el hechizo, agarré fuerte mis dos amuletos. Y volví a degustar, una vez más, aquellas garrapiñadas artesanales que una pareja de madridistas hacía rular en un bote entre todos los pasajeros de aquel autobús majadero. Por alguna extraña razón, aquel bote siempre volvía a mi vera, como un amor envenenado del que no puedes prescindir aunque te rompa el corazón. Como el propio Real Madrid, que siempre vuelve, aquellas garrapiñadas regresaban a mí una y otra vez, formando un tan dulce como sólido bolo alimenticio cuyo tránsito intestinal era tan sensible y sensorial como la volea de Zizou en la noche de Glasgow.

Aquel garrapiñado atracón no fue óbice para que, junto a mis nuevos y ya eternos camaradas, degustara una hamburguesa en la frontera entre banderas azulgranas, pins, muñequitos y demás iconoclastia y parafernalia culé que presidía aquella estación de servicio de La Junquera. Sin embargo, los hados estaban de nuestra parte y mis amuletos comenzaban a surtir efecto. Así, mientras los muchachos se afanaban por servir su correspondiente Whopper a la jauría de madridistas hambrientos -incluido algún garrapiñado- volvió a brotar aquella magia que nos indicaba en cada nimio detalle que no volveríamos de Lombardía sin la Copa.

-No nos escupáis en la hamburguesa- bromeó cierto e ilustre madridista.

-¡Pero si el cocinero es madridista!- respondió un dependiente como si el chef resultara una figura imprescindible en un Burguer King. Y después llegaron los cánticos, a los que se sumó aquel cocinero de hamburguesas fast food y parte de su plantilla, sintiéndose por fin liberada del yugo azulgrana tras la llegada de los libertadores merengues procedentes del Viejo Mundo.

Tras agradable velada y después de departir con la chavalería aposentada en la parte trasera del bus y de comprobar los imposibles surcos del laberinto de sus peinados, caí de nuevo en los brazos de Morfeo. Francia siempre me dio sueño. Tanto que desperté en Italia.

Una dama trató de despertarme con ternura en cierta parada en la Costa Azul, en las postrimerías de Marsella. Todos mis compañeros bajaban a estirar las piernas, la noche era oscura y albergaba horrores. Agradecí el detalle pero decidí mandar a aquella hadita madridista con viento fresco para seguir con mis propios sueños blancos. Mientras toda la expedición pisaba suelo francés, yo decidí no variar un ápice mi postura: cabeza sobre el asiento, cuerpo dispuesto en forma de L y piernas en ángulo de 45 grados apoyadas en la ventana. Otra señal: mis piernas en alto como las de nuestro entumecido Gareth Bale en la prórroga. ¿Casualidad? No lo creo. Pasé un dedo de nuevo,  just in case, por mis amuletos.

Despertar en Italia habiéndote ahorrado una nación entera, créanme, no tiene precio. En la localid