Hay hazañas que remiten a la historia. Hazañas inesperadas. Hay victorias que merecen reconocimientos aparte. Pero solo hay una institución capaz de repetirlo con naturalidad, como si fuera sencillo. Tal vez porque su propia historia brotó de lo inverosímil, de lo que nadie podía imaginar.
El viernes, un grupo de baloncestistas aguerridos y con inmenso talento superó las bajas en sus filas. Un ejército diezmado en su columna vertebral; un ejército sin artillería pesada, sin tanques, sin hermanos de la caballería ligera, pero con unos generales astutos como Aníbal. Sin excepción, las tropas respondieron al unísono: bloque compacto, flexible, certero.
Tras derrotar al Valencia, hoy juegan la final contra el Olympiakos. Pedirles que ganen sería pedirles demasiado. Pedirles que compitan sería lo justo. Aunque, en realidad, no hará falta pedirles nada, porque son soldados que conocen su oficio; porque son hombres que defienden un escudo que simboliza el corazón de millones de aficionados, y unos principios y virtudes que exigen ser respetados.
Así que esperemos este encuentro definitivo, esta nueva final, que llega en el momento más merecido y, quizá, en el más injusto por las circunstancias. Aun así, nunca se sabe lo que puede ocurrir cuando el que juega es, ladies and gentlemen, el Real Madrid.
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Ánimo Madrid, ante la baja de pívots Scariolo se hace más necesario aún, se como fuerte, un gran año en Europa que los primeros meses no pensaba que podrían llegar a la final.