Rodeado de una enfervorecida muchedumbre que celebraba la victoria de España en los octavos de final del Mundial, le hice un gesto silencioso al camarero para que me acercase la cuenta. Sin embargo, al contemplar su atribulado rictus, acuciado por un sinfín de peticiones, me resigné a un compás de espera y volví la mirada hacia la pantalla gigante donde se había retransmitido el encuentro.
De repente, me encontré con el primer plano de las lágrimas de Cristiano y sentí una punzada de congoja. Desde luego, no era la primera vez que servidor veía llorar a un futbolista: algo tan banal no hubiese captado mi atención ni un instante. Pero aquellas no eran únicamente las lágrimas por una eliminación mundialista: entendí que acaso se estaba retransmitiendo en directo una íntima toma de conciencia de que el tiempo, auténtico rival invicto, siempre acaba encontrando nuestros tobillos para morderlos.
Durante el partido me había resultado chocante ver a Cristiano deambular por el campo a varias velocidades por debajo de los demás. Caminaba por Dallas como un pistolero en un wéstern crepuscular, una especie de héroe antiguo que se afana en conservar el halo de su leyenda mientras el paisaje lo expulsa, inmisericordemente. Estaba allí y, al mismo tiempo, parecía fuera de sitio. Costaba reconocer en aquel delantero al otrora representante futbolístico de Aquiles. Aquel hombre que durante más de una década convirtió cada partido en una declaración de guerra aparecía reducido a una tentativa que, por improbable, ya ni siquiera inspiraba el miedo que concede el recuerdo. Su sola presencia había bastado durante años para alterar eliminatorias antes del pitido inicial, hasta el punto de dar la impresión de haber firmado un pacto para escapar del tiempo.
Nada más lejos de lo que se vio la otra noche. Ahora que la vuelta de Mourinho sirve de alimento para nuestra perpetua hambre de nostalgia, me parece inevitable recordar los comienzos de la relación entre Cristiano y el Madrid. Ronaldo abandonó el mejor equipo de Inglaterra -instalado en aquella época en su plenitud y que, por cierto, desde entonces no levanta cabeza- para desembarcar en una entidad blanca deprimida y acomplejada por saberse inferior al mayor rival de su historia. Cristiano no vino a administrar una herencia: acudió a participar de una reconstrucción compartida. Con sus dejes de divo, con sus gestos destemplados, con esa teatralidad que tantas burlas e infamias provocó y, por encima de todo, con un valor a prueba de los retos más complicados. Se partió tantas veces la cara por el Madrid como éxitos acabó regalándole. Cuando, tras hercúleos esfuerzos para hacer virar el timón del fútbol europeo, el viento empezó a soplar a favor y el club enlazó una Champions tras otra, él continuó siendo el mismo fanático de la victoria que había llegado años antes, dispuesto a recibir todos los golpes. Y trasladó esa fiebre competitiva a una selección históricamente modesta, elevándola también hasta conquistas que durante décadas parecieron patrimonio exclusivo de otros. Su partida del Madrid fue folclórica, casi operística. Entonces hubo quien la interpretó como un movimiento lógico. Hoy, con la perspectiva que concede el paso de los años, cuesta mucho no pensar que supuso un error para él. Suele considerarse un cliché aquello de que hace mucho frío al salir del Madrid, pero si exceptuamos los casos perversamente espoleados por la gasolina del resentimiento -Eto’o, Luis Enrique...-, comprobaremos que marcharse del Bernabéu puede parecer una liberación durante un instante, mas rara vez ofrece un escenario mejor. Hasta un fenómeno como Cristiano hubo de contemplar cómo su carrera descendía lentamente después de aquel precipitado adiós: Italia, Inglaterra, Arabia… Cada destino se hallaba un poco más lejos del centro del mundo. Desprenderse de la felicidad suele constituir una mala decisión, incluso cuando uno sospecha que el reloj empieza a correr demasiado deprisa. Al fin y al cabo, las últimas gotas también se beben. De hecho, son las que más añoras cuando vuelves a tener sed.
Según tengo entendido, Cristiano persigue ahora los mil goles, cifra menos estadística que símbolo. Da la impresión de erigirse como una nueva montaña inventada por la necesidad humana de seguir encontrando horizontes. Apuesto a que muy probablemente la coronará, pues nadie convirtió la obsesión en método con tanta disciplina como él. Pero sus lágrimas reflejan que su realidad está más allá de esos goles, y viene marcada por el dolor al comprobar que el fútbol empieza a dejar de necesitarte. Durante más de quince años, todos los partidos pasaban, de un modo u otro, por Cristiano Ronaldo, gravitando alrededor de su amenaza. En Dallas sucedió exactamente lo contrario: Portugal jugó largos tramos como si su capitán no estuviera. Ronaldo esperaba un balón que nunca llegaba mientras los demás corrían a una velocidad distinta y resolvían las urgencias pertinentes. La figura del siete se diluyó hasta convertirse en una presencia casi fantasmal. Peor que un mal partido: un partido ausente. El verdadero final de las leyendas consiste, antes que en perder títulos, en descubrir que el mundo continúa girando sin esperarlas. El relevo no pide permiso; simplemente, el protagonista entra en escena y nadie contiene ya la respiración. De manera simultánea el tiempo derrota las piernas y deshabita los escenarios.
aquellas no eran únicamente las lágrimas por una eliminación mundialista: entendí que acaso se estaba retransmitiendo en directo una íntima toma de conciencia de que el tiempo, auténtico rival invicto, siempre acaba encontrando nuestros tobillos para morderlos
Experimentar de manera cruda semejante certeza explica perfectamente la amargura que desemboca en unas lágrimas. No obstante, y sin ánimo de consuelos espurios, convendría señalar que hay figuras a quienes la decadencia no consigue arrebatarles la grandeza. A pesar de no intimidar ya, conservan la dignidad de los que un día obligaron al fútbol a cambiar de escala. Cristiano pertenece a esa estirpe de elegidos. Aquella que incluye a los héroes que, incluso derrotados por el tiempo, siguen venciendo al olvido. Cuando el camarero me trajo al fin la cuenta, eché un último vistazo a la pantalla. Cristiano ya no estaba llorando.
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