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El fútbol de antes

El fútbol de antes

Escrito por: Roberto Albáizar Pérez22 mayo, 2026
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Viendo que se acaba una nueva temporada como seguidor del Real Madrid, hoy me apetecía escribir sobre las que ya se nos fueron hace muchos, muchos años. Me refiero a las que ni siquiera pude vivir como aficionado. Aquel fútbol del que he leído, pero no he disfrutado. El fútbol de antes, el que vivieron nuestros padres y abuelos, y los de más allá, poseía una mística y una pureza que hoy, en la era de los algoritmos y las pantallas, parece casi mitológica para quienes nacimos a mediados de los noventa.

Mi generación ha crecido más cercana a estar rodeada de cámaras tecnológicas, repeticiones en ultra alta definición desde veinte ángulos distintos y futbolistas que viajan en aviones privados con todas las comodidades imaginables. Por eso, asomarse al Real Madrid y al balompié de antaño resulta un ejercicio de fascinación absoluta, al descubrir un deporte humano, imperfecto y, precisamente por eso, infinitamente más romántico y cercano que el espectáculo industrializado que consumimos hoy en día. Aquel fútbol de antes no se medía en millones de seguidores en redes sociales ni en contratos de televisión multimillonarios, sino en la pasión analógica de unos estadios que vibraban con el crujido del graderío y el olor a puros y bocadillos envueltos en papel de aluminio.

Esto último se mantiene en gran medida, y menos mal, porque pocas cosas se hacen más eternas que un descanso sin comida. Entrar al Santiago Bernabéu en aquellas décadas dicen que era una experiencia sensorial completamente distinta a la actual. El fútbol se escuchaba a través de miles de radios de transistores que los aficionados pegaban a sus orejas para saber qué pasaba en otros campos, creando un murmullo eléctrico y colectivo único.

Aquel fútbol de antes no se medía en millones de seguidores en redes sociales ni en contratos de televisión multimillonarios, sino en la pasión analógica de unos estadios que vibraban con el crujido del graderío y el olor a puros y bocadillos envueltos en papel de aluminio

No existían los asientos de plástico numerados en todas las zonas; la gente se apretaba de pie en las gradas populares, hombro con hombro, compartiendo el frío del invierno castellano y el calor de la emoción compartida. Los estadios no eran teatros silenciosos ni centros comerciales con césped, sino calderas humanas donde el rugido del público empujaba de verdad a los jugadores. En ese ambiente, el Real Madrid forjó su identidad de las noches europeas y las remontadas épicas, no por una superioridad física de laboratorio, sino por una comunión mística entre la grada y el césped que parecía capaz de alterar las leyes de la física.

El Madrid, los romanos y las remontadas

Para alguien de mi edad, acostumbrado a tener acceso a ver los partidos fuera de casa con un solo clic en el móvil y en calidad 4K, la forma de consumir el fútbol clásico parece sacada de una novela de aventuras. Las retransmisiones de antes eran un bien escaso y preciado, lejos de la saturación actual donde hay partidos a todas horas. Las salidas europeas del Real Madrid a campos helados de la Europa del Este o a las islas británicas eran, a menudo, batallas invisibles. Muchas veces no había señal de televisión y la única conexión con el equipo era la voz rota de un locutor de radio que luchaba contra las interferencias de la onda corta, o la crónica de papel impresa al día siguiente que los madridistas devoraban en su bar de confianza.

los futbolistas Eran hombres comunes que compartían el día a día con la gente del barrio, que celebraban los goles abrazándose con una fraternidad genuina

Los propios viajes de los jugadores eran una odisea humana: nada de vuelos chárter exclusivos con menús personalizados. El equipo viajaba en autobuses de línea o trenes ruidosos, compartiendo andenes y estaciones con los trabajadores de a pie, acumulando un cansancio real que luego se reflejaba en el barro del campo. La estética de aquel fútbol de antes tenía una belleza sobria y artesanal que hoy se ha perdido por completo. Las camisetas eran de algodón pesado, sin marcas de agua, sin publicidad agresiva en el pecho y con los números del uno al once rústicamente cosidos a la espalda. No había nombres impresos porque el equipo estaba por encima del individuo; la camiseta blanca era un lienzo sagrado que se oscurecía con el sudor y se manchaba de tierra.

El balón era un esférico de cuero marrón, pesado y con costuras gruesas, que cuando llovía se empapaba de agua y se transformaba en una auténtica piedra implacable. Los futbolistas salían al campo con botas negras de cuero rígido, lejos de los diseños fosforitos y ultraligeros de la actualidad, y los terrenos de juego no eran alfombras perfectas, sino auténticos campos de batalla que a partir de noviembre se convertían en barrizales donde la técnica pura tenía que aliarse con el coraje y la picaresca. Precisamente esa picaresca era parte del ADN de un juego que los de mi generación apenas podemos imaginar en la era del VAR. Hoy en día, con treinta cámaras vigilando cada pestañeo, cualquier mínimo roce es analizado al milímetro por una pantalla fría en una sala remota. Antes, el fútbol era un arte de pillos, de astucia callejera. Los defensas sabían cómo intimidar al delantero con un empujón invisible en el córner, los delanteros buscaban el desmayo oportuno en el área y rascar unos segundos al reloj era una coreografía de picardía que la grada celebraba como un gol. El árbitro, vestido estrictamente de negro, flotaba sobre el césped como la única y suprema ley humana. No tenía ayudas tecnológicas ni pantallas a las que consultar; se equivocaba y acertaba a golpe de silbato, intuición y pura personalidad.

Los jugadores protestaban, pero acataban, y el gol se celebraba al instante con una explosión de júbilo salvaje que nacía de las entrañas, sin el miedo actual a que una línea de tiralíneas tres minutos después anule la alegría. Los futbolistas de esa época no vivían en burbujas inalcanzables ni estaban rodeados por ejércitos de asesores de imagen. Eran hombres comunes que compartían el día a día con la gente del barrio, que celebraban los goles abrazándose con una fraternidad genuina y que, al terminar el partido, se daban un apretón de manos sincero con el rival sin importar la dureza de la batalla previa.

El respeto y la caballerosidad eran códigos de honor no escritos. Cuando acababa el partido, no había programas analizando cada palabra o gesto de los jugadores con el objetivo de crear crispación y comercializar con acciones esporádicas y normales que se dan en un terreno de juego. Para los jóvenes que hoy rondamos la treintena, evocar ese fútbol clásico del Real Madrid es entender que la verdadera grandeza del club no se construyó en los despachos ni en las campañas de marketing global. Se cimentó en una época donde el fútbol pertenecía legítimamente a la gente común y a los románticos, un tiempo en el que cada partido era una aventura impredecible y el madridismo era una herencia emocional que se transmitía de viva voz, de padres a hijos, como una hermosa leyenda de orgullo, barro y camisetas blancas inmaculadas. Inmaculadas, al menos, hasta la primera caída en el charco más profundo del estadio.

 

Getty Images

Roberto
Construyendo mi Torre de Babel. Escribo cuando estoy inspirado, casi siempre, sobre fútbol.

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2 comentarios en: El fútbol de antes

  1. Roberto, estoy de acuerdo, el fútbol ha cambiado, pero no creo que sea peor. Es verdad que el Bernabéu ha cambiado. Yo he viví alguna de las remontadas de los años ochenta. Era muy pequeño pero nunca olvidaré ese ambiente. Sin embargo, he decirte que el día de la remontada ante el City, PSG o el Bayern fue algo muy similar. Cuando los jugadores transmiten, ese estadio es increíble. No hay nada igual. Nadie puede explicarlo. No hemos perdido esa conexión, lo que hemos perdido son otros valores que antes eran inexcusables: humildad y sacrificio.

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