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Carvajal: el tanque que atravesaba trincheras de papel

Carvajal: el tanque que atravesaba trincheras de papel

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Se nos marcha Dani Carvajal a final de temporada, es decir, dentro de cinco minutos. Casi por inercia la mente nos lleva a esa imagen fundacional junto a don Alfredo que destila leyenda y albañilería. Pero yo no quiero recordar a Carvajal quieto, posando con los cimientos del club. Yo quiero recordar a Dani como a ese Bruce Willis tozudo que se niega a que la película tenga un mal final aunque ya haya terminado y, a pesar de ello, consigue modificar el desenlace.

Por tanto, mi homenaje al mejor lateral derecho de la historia del Real Madrid no puede guardar relación con la obra civil. Me quedo con un momento que define a Carvajal: la Supercopa de Europa contra el Sevilla de 2016.

El Madrid había comenzado ganando merced a un golazo de Asensio anotado desde Formentera, pero el conjunto hispalense volteó el marcador y no alzó el trofeo porque volvió a aparecer Ramos para forzar una prórroga europea contra un equipo que cuenta con el blanco y el rojo como colores principales.

La prórroga fue distinta a la de Lisboa, el 2-2 tenía aspecto de que iba a moverse menos que un coche de madera sin pilas.

Yo quiero recordar a Dani como a ese Bruce Willis tozudo que se niega a que la película tenga un mal final aunque ya haya terminado y, a pesar de ello, consigue modificar el desenlace

No recuerdo si llovía o no llovía ni el nombre del estadio. Solo que ese Madrid estaba tocado por ese magnetismo de Zidane y el de las cosas que aún tienen más potencial que éxitos. Se respiraba una certeza muy madridista de que lo imposible solo costaría unos minutos más que lo posible.

El Sevilla había levantado una sólida trinchera que no había manera de perforar a pesar de llevar bastantes minutos con diez jugadores a los que los penaltis no les parecían un mal trato. Entonces le cayó un balón a Carvajal. Quizá proveniente de un compañero, tal vez de un rival o, por qué no, de un señor que lo arrojó al campo como quien deja caer una bola de madera para comenzar una partida de futbolín.

Después de dos horas de batalla, los ejércitos estaban más agotados que un smartphone moderno a las once de la noche. En esa situación, la lógica habría dictado apoyarse en algún compañero o bombardear un balón al área roja y rezar porque causara el daño suficiente como para desplazar el marcador. Pero ni el Madrid ni Dani —para lo bueno y para lo malo— se han regido siempre por la lógica, y tampoco les ha ido tan mal. De hecho, el sentido común se erige como el mayor enemigo blanco en las noches grandes.

Carvajal, insensible al ácido láctico, ni centró ni pasó, sino que tiró por la calle de en medio —realmente la del centro derecha— y fue superando líneas enemigas. Aunque no recuerde si la lluvia había acudido a ver la final con objeto de imprimirle una pátina extra de heroísmo, para esta pieza la voy a colocar cincelando la camiseta contra la figura rocosa del lateral.

Fue un golazo para el recuerdo pero, sobre todo, un autorretrato de Dani. La constatación tan madridista de que no siempre el camino adecuado es el que lleva al mejor final

No se sabe muy bien si fue por el ímpetu de Dani, por la imprudencia de la elección o porque el agua comenzaba a deshacer las trincheras, cuya cualidad férrea tornaba en resistencia similar a la de la celulosa mojada.

Carvajal atravesó las defensas enemigas como un carro de combate, convencido de que los ladrillos de enfrente podían atravesarse. De hecho, los atravesó y, cuando se encontraba dentro del fuerte enemigo, lo derribó —ahora sí— con un toque sutil de exterior que nos levantó del sofá a todos los madridistas.

Fue un golazo para el recuerdo pero, sobre todo, un autorretrato de Dani. La constatación tan madridista de que no siempre el camino adecuado es el que lleva al mejor final.

Carvajal, en los dos o tres siglos que ha defendido la camiseta del Madrid, ha sufrido altibajos, no pocas veces a causa de las lesiones, ha tenido actuaciones acertadas y menos acertadas. Pero —otra virtud muy madridista— ha comparecido cuando tenía que comparecer. Y ha sido decisivo en los momentos más importantes, incluso haciendo gala de cualidades poco compatibles con su naturaleza física. Dani, en el campo, se dejó la vida por el Madrid exhibiendo esa mala leche competitiva que tanto desesperó a los rivales.

Pero cuando, dentro de un par de décadas, alguien pregunte quién fue realmente Daniel Carvajal Ramos, por favor, no solo enseñen la foto de la primera piedra, muestren también el vídeo del último minuto de la Supercopa de Europa de 2016. Allí, bajo la lluvia —tal vez— noruega, con ambas escuadras derretidas por el cansancio y el agua, apareció un tanque que atravesaba trincheras de papel.

Getty Images

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