Las mejores firmas madridistas del planeta

Cuento ganador del I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad de La Galerna.

 

Julián sintió unos nervios para él desconocidos cuando el tren aminoró la marcha para detenerse en la estación de Astorga; no estaba seguro de si Damián aparecería. Apenas hacía diez días que le había enviado un telegrama tan breve como urgente del que no había recibido respuesta alguna.

El tren se detuvo casi al final de la estación. El hombre revisó concienzudamente todo el andén. A pesar de llevar dos años sin verle no tuvo duda: el muchacho alto y fornido con aire de despistado que se estaba subiendo a su vagón era él, su hijo. Había llegado el mensaje y Damián había podido acudir a la cita por sorpresa de su padre.

El reencuentro fue más emotivo de lo que él, un hombre hecho y derecho, había imaginado. Lloraron como dos chiquillos en ese abrazo que siempre dudaron que se produjera algún día. Se sentaron rápidamente a la orden del revisor y prosiguieron la marcha con destino a Vigo, de lo que se enteraría el chico de camino.

El telegrama no rezaba más que: “Reúnete conmigo. 24 de diciembre. 10:00 horas. Estación de tren de Astorga. Pide permiso para el día 25. Tu padre. Julián Alarcón”. Así, subido ya en el coche, el muchacho supo de qué se trataba todo aquello: su padre había conseguido dos entradas para el partido que jugaba el Madrid F.C., ¡su Madrid!, a las cuatro de la tarde en Vigo frente al Celta. Después, pasarían la noche en la ciudad gallega y volverían en el tren de la mañana, su padre al domicilio familiar de Madrid y él a León, donde estaba destinado.

Estación de Astorga

Fueron casi tres horas que volaron mientras se ponían al día de cómo estaban siendo sus vidas. El padre había encontrado un nuevo trabajo de lo suyo, el cuero, en una fábrica recién abierta. Damián, por su parte había comenzado a entablar amistad con una chica leonesa y esperaba que aquello fuera a más. A pesar de que la guerra había terminado hacía ya ocho meses, el joven tenía por delante un futuro estable en la ciudad realizando labores militares de control y organización.

Julián, que se sentía como un chiquillo, sacó de su gabardina dos ejemplares del MARCA, de los dos días anteriores, donde hablaban del encuentro que iban a presenciar. Abrieron ambos a la par y acabaron el trayecto comentando la posible, e indescifrable, alineación que elegiría Paco Bru.

Llegaron con el tiempo justo para dejar el poco equipaje en la pensión, situada muy cerca del estadio, y marchar rápidamente al partido. El Municipal de Vigo les sorprendió por su tamaño, ya que podría equiparase perfectamente con el del Madrid en cuanto a capacidad y dimensiones. Localizaron sus asientos, muy bien situados, y de repente sintieron que volvían a antes, a cuando nada había pasado e iban de la mano andando hasta su Chamartín comentando el MARCA y el boletín de la radio e imaginando. Fabulaban que Ciriaco y Quincoces no dejarían pasar a nadie, que Regueiro volvería a dar un centro imposible desde la banda y que Olivares o Lazcano o Emilín o Samitier, daba igual quién, remataba ese balón a la red. Y Zamora, cómo no. En algún despiste de la zaga, el delantero rival se plantaría delante de “El Divino” y éste se luciría como sólo él sabía para impedir el gol contrario.

Allí sentados vieron salir a los once culpables de que volvieran a verse: Espinosa; Mardones, Quincoces; Lecue, Triana, Leoncito, Sauto, Ipiña; Emilio, Alday y Masagué. Sería una alineación que padre e hijo ya no olvidarían nunca. Y eso a pesar de que apenas conocían a muchos de los jugadores. El Madrid, como todos los demás clubes (y como toda España) estaba en plena reconstrucción y bastante mérito era ya poder tener un equipo completo. Sólo Quincoces, Sauto, Bonet y Lecue se mantenían en las filas blancas desde antes de la guerra y todos los demás habían sido incorporaciones conseguidas, decían, llamando a cada una de las puertas y prometiendo lo que todos sabían que era imposible conseguir.

La vuelta de la Liga había reactivado enormemente la ilusión del país y los aficionados estaban respondiendo magníficamente en cada partido. Sin ir más lejos, un padre de Madrid y su hijo, militar destinado en León, estaban en Vigo el mismísimo día de Nochebuena animando al Madrid de sus amores.

El encuentro fue muy disputado y ambos equipos sorprendieron muy positivamente con su juego; parecía como si todos ellos llevaran años jugando juntos. Para el minuto diez ya se había marcado un gol en cada bando y el resultado final era imposible de predecir a tenor de las numerosísimas ocasiones. Fue la de Masagué, uno de los nuevos, que además debutaba de blanco. Anotó dos tantos antes del descanso y erró alguna ocasión más. Los Alarcón estaban encantados con la nueva formación tanto por su juego como por su entrega.

El intermedio fue como los de casa: con bocadillo y agua para reponer fuerzas después de tantos aplausos y gritos. El estadio en sí, a pesar del resultado, era una fiesta. Todos querían regresar a lo que fue, a que el fútbol volviera a ser tan importante en sus vidas como antaño. Ellos, por su parte, siguieron contándose sus nuevas rutinas: cómo era la nueva fábrica y cómo eran esas tareas de control. Ambos eran, en general, felices con su ocupación y ahora aún más, que estaban de nuevo viendo ganar a su Madrid. Y, por primera vez, en otro estadio.

Balaídos estadio muncipal Vigo

Se reanudó el partido, el Madrid se relajó y por ello llegó el segundo tanto gallego, obra de Agustín. Incluso vino bien porque el emocionante final hizo que la victoria por 2 a 3 les dejara un mejor sabor.

El partido finalizó poco antes de anochecer, así que decidieron recorrer Vigo para disfrutar de la decoración navideña de sus calles. Ambos estuvieron de acuerdo en que estaba engalanada en exceso, sin duda fruto del deseo común de retomar la normalidad y de volver a celebrar lo que fuera. Coincidieron en que Madrid y León pecaban de lo mismo. La ciudad era un bullicio inmenso, con mucha gente riendo y chillando. Era un exceso en sí mismo. Contrastaba con ellos, paseando y hablando tranquilamente, sin voces.

Siempre habían sido muy parecidos. Al margen del fútbol se comportaban de una manera sosegada, tranquila y pausada, era difícil alterarles. Con su Madrid era muy distinto ya que sufrían un continuo vaivén de emociones y vivían cada jugada como la más importante de sus vidas. No comulgaban con aquellos que, compartiendo la misma pasión, se desfogaban de mala manera con el defensa rival o el árbitro, que parecía siempre pitar en contra de su equipo; ellos lo entendían de otra manera. Como lo había entendido el padre desde que viera jugar a Aranguren y Machimbarrena, dos caballeros que anteponían la educación y la nobleza a todo lo demás. Y como lo había entendido el hijo tras muchas charlas de camino de ida y vuelta a Chamartín.

Siguieron el paseo de camino al mar, recorriendo el paseo costero mientras hablaban de esto y lo otro. No quisieron hablar, ahora que podían, de lo que sabían que por carta era poco recomendable y hasta peligroso; sólo querían disfrutar del momento. Desde que Rafaela se cruzó en el camino de una bala que no era para ella, viudo y huérfano habían tenido que aprender a vivir todo de nuevo. Por ello, entre otras muchas cosas, habían decidido de común acuerdo que al muchacho le iría mejor si se alistaba. Y Julián también había aprendido a vivir de otra manera, (y sí, peor sin duda). Pero ya habían pasado casi tres años y, qué remedio, habían seguido para adelante. Como estaba siguiendo todo.

Cuando estuvieron frente a la isla de Toralla decidieron volver porque al día siguiente tocaba un buen madrugón para estar en la estación. Salió a relucir, cómo no, el póster de Zamora con la fotografía de aquella inmortal parada en la Copa del 36. Damián se la había llevado a León para enfado de su padre y en León seguía, reinando en la pared de su habitación. Julián se había hecho con otra copia pero, como su Rafaela no le habría permitido ponerlo en su habitación, había decidido colocarla en la de Damián, sobre la marca que había dejado la primera.

En la pensión había una pequeña fiesta con todos los huéspedes. La casera, doña Francisca, les había ofrecido a su llegada en la tarde prepararles alguna cena especial si estaba dentro de sus posibilidades. Julián le había solicitado, si era posible, cenar una sopa de ajo, a lo cual ella no tuvo reparo en comprometerse. Padre e hijo se sentaron junto a los demás, bendijeron la mesa al unísono y tomaron cuenta de aquella comida, la misma que les preparaba Rafaela los días que debían comer pronto antes de ir al estadio a ver a su Madrid.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Mi animadversión por la Navidad nació cuando arrancaba mi negocio y los parones de días festivos me hacían facturar una miseria. Suficiente para no llegar a tiempo para pagar los impuestos de Enero. Una vez el negocio empezó a ir bien, me permitía el lujo anual de viajar hacia un lugar aislado en donde lo único que se escuchaba es el silencio. El Real Madrid era lo único que me hacía tolerar la presencia de gente. Mis dos amores eran mi negocio y el Real Madrid. El primero me daba de comer generosamente. El segundo, una vida plena que se podía vivir completamente solo. ¿Quién necesitaba a los demás para celebrar Copas de Europa?

Desde hacía muchos años, en el Bernabéu, a aquel hombre mayor lo tuve sentado a dos asientos a la derecha. Su única labor era animar sin parar a los nuestros, al límite de sus cuerdas vocales. En derbies valía por una grada de animación entera. Gesticulaba y daba instrucciones a Mourinho, a Ancellotti, a Zidane y hasta a Chendo. Nunca cruzó palabra alguna conmigo ni con nadie. Por ello, no supe reaccionar cuando el día del Clásico contra el Barcelona a finales de Febrero, me habló:

—Le invito cenar en mi casa.

Sentí el barullo de la afición desvanecerse de golpe, como en un partido de entrenamiento. Mi vecino insistió:

—Tome mi tarjeta. Llámeme cuando se decida.

En esos momentos llegó el abonado del asiento del medio. Solamente venía a los derbies y eliminatorias de Champions. Di mil gracias porque no jugábamos un domingo tarde contra el Osasuna. Vencimos al Barcelona con goles de Vinicius y Mariano y rápidamente
olvidé el incidente. Pero al llegar a casa, no podía dejar de pensar en lo que había dicho mi vecino y en qué le diría cuando volviésemos a la grada dos semanas después.

Grada Santiago Bernabéu

No tuve la oportunidad. Como millones de personas, me vi encerrado en casa por un virus, sin poder desempeñar mi profesión y con la persiana de mi negocio bajada. Para cuando se pudo salir a la calle, mis cuentas estaban a cero y mis clientes habían huido a corporaciones que tiraban los precios. Pude subsistir una temporada a base de arroz hervido, pero la fecha en la que vencía el último alquiler que aún podía pagar estaba próxima, y como si fuese una broma del destino, era en la execrable Navidad. Mientras hacía limpieza en mi monedero con el fin de encontrar alguna moneda que me ayudase a comprar el pan, cayó la tarjeta del anciano, totalmente arrugada. El papelucho me hizo recordar aquel gol de Mariano trastabillándose que hizo enloquecer el estadio. La última vez que pude ver al Real Madrid en directo. El último partido antes de tener que solicitar mi baja como socio por no poder cumplir con las cuotas.

Caminé bastantes manzanas para encontrar una cabina telefónica y empleé el dinero para el pan en la llamada. Mi vecino de dos asientos a la derecha no pareció sorprenderse y me dijo que fuese a visitarlo en Nochevieja. El 1 de Enero sería el primer día que yo dormiría en la calle, así que por qué no prolongar al máximo mi anterior estado de prosperidad, aunque fuese de prestado.

Fui recibido a las ocho de la noche en un noble piso, al lado del mismo Retiro. Noté a mi vecino mucho más avejentado. La mesa estaba dispuesta y llena de exquisiteces. Mi estómago rugió.

—Esto lo ha preparado mi asistente para usted. Yo sólo puedo comer purés de verdura, sin sal —dijo el anciano. Me hizo señas para sentarme en uno de los sillones del estar.

—No voy a andarme con rodeos —dijo—. Le he visto ir al estadio de niño con su padre. Después, con amigos suyos. Luego, acompañado por una bella mujer, después se sumó un niño, después vino usted sólo con el niño, después el niño desapareció. Usted fue subiendo de peso a medida que se iba quedando sin acompañantes. Sé toda su vida porque he escuchado miles de conversaciones suyas en directo y por móvil. Por ello creo que es usted la persona más adecuada para juzgarme.

—¿Juzgarle?

—Sí. Pero antes, tengo que contarle mi historia.

Afuera se oían los primeros petardos. No pude evitar una mueca de desagrado.

—Sé que odia todo este ruido y que preferiría estar en Groenlandia. Y también intuyo que ahora no puede viajar allí... y estoy seguro de que ha venido porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Escúcheme y después, márchese si quiere.

Resolví aguantar la charla del tipo con tal de poder hartarme de comer para dos o tres días.

—Hace muchos años viví en Barcelona por razones de trabajo. Me costó horrores aclimatarme porque no tenía ni idea de catalán y pese a mis esfuerzos por entender lo que decían en el Gol a Gol, me entró pánico. Y para compensar mi nula adaptación al idioma, cometí una atrocidad.

El hombre permaneció segundos en silencio. Fijó la vista en la ventana.

—Decidí manifestarme públicamente como seguidor del Barcelona —dijo, sin mirarme a los ojos. Definitivamente, me las estaba viendo con un loco.

—Usted bromea.

—No bromeo. No conocía a nadie y mi única manera de integrarme era encontrar otro lenguaje común: el del fútbol. Así que empecé a convertirme en un impostor. Corría 1995 y no pude manifestar abiertamente mi alegría por el 5 a 0 que les propinamos. Fue terrible. Ese año el Zaragoza de Víctor Fernández ganó la Recopa y ese gol de Nayim fue una válvula de escape de toda la rabia que tenía dentro. No me sentía avergonzado de gritar un gol del Zaragoza, tal vez porque el Zaragoza no caía tan mal en Cataluña como el Real Madrid. Lo que comenzó siendo una pura impostura de supervivencia acabó nublando mi cerebro. Muchos culés empezaron a hablarme del fichaje frustrado de Di Stéfano o del dudoso origen de nuestras primeras Copas de Europa y, como yo apreciaba a esa gente porque fueron mis primeros amigos allá, sembraron la duda. De repente me vi actuando como un culé verdadero, sin tener que impostar. Al principio fueron tonterías como una porra en un derby que nos ganaron por 3 a 0. Acerté el resultado por apostar en contra del Real Madrid. Aquel gol de Kodro en el último minuto me dio 20.000 pesetas de premio, más dinero que en cientos de sorteos de Primitivas anteriores en los que había participado. Lo celebré como un loco. Me habían comprado. Acabé hablando mal del Real Madrid en cada ocasión que podía, confiando en más pelotazos de porra. Incluso asistí invitado a bastantes partidos en el Camp Nou, en los que ¡celebraba los goles blaugranas!

El hombre mayor parecía muy cansado, pero siguió.

—Cuando el Real Madrid había pasado a ser una neblina difusa entre un montón de trabajo, de súbito apareció la Séptima. No sabía describir lo que ocurrió esa noche. Pero semanas antes, cuando el Real Madrid consiguió clasificarse para la final de Ámsterdam después del incidente de la portería, sentí algo raro. Algo nuevo. Algo genuino. No estaba acostumbrado a aquello. Me había estrellado contra Eindhoven y Sacchi y las finales las ganaban siempre otros. La tarde antes del partido ultimaba una presentación con un grupo de trabajo y todos, absolutamente todos mis compañeros, no paraban de hablar de la final. “Espero que todos vayáis con la Juventus”, decían. Yo callaba. No recuerdo cómo vi el partido. Ni siquiera tengo recuerdos de estar sentado frente al televisor. Lo que sí puedo decir es que cuando acabó el partido me dirigí a la ventana, que daba a una manzana interior de edificios y me puse a vociferar un “Hala Madrid” como jamás había hecho. Esa misma noche me propuse reparar toda la inmundicia que había vertido en tres años de impostura y decidí volver a la capital.

El anciano fijó su vista en mí.

—¿Cree que soy un buen madridista? —preguntó.

No supe qué responder.

Parque de El Retiro Madrid

—Tengo que saberlo. El día anterior del último Clásico contra el Barcelona, me diagnosticaron una enfermedad incurable. Un año, quizás dos. Usted es el único que me conoce de verdad. En la salsa del estadio, sin tamices. No, no se compadezca. Me llevaré todas las alegrías de los títulos conmigo, a la otra vida.

Los petardos atronaban el ambiente fuera. También alguna algarabía a destiempo, repleta de risas tamizadas en alcohol. La casa estaba caliente y me acomodé en el sofá.

—¿He sido un buen madridista? —insistió el anciano.

Sonreí por primera vez en muchos meses. Al hombre mayor le brillaron los ojos. Permanecimos en silencio, mientras la fiesta se disparaba en la calle. Aunque durante las noches siguientes esa calle se convirtiese en mi habitación y el Retiro conformase mi jardín, yo también seguiría llevándome conmigo todas las alegrías de los títulos del Real Madrid.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

—¿Y de qué es el cuento?

—De la Navidad y del Madrid.

—¿Hay premio?

—Sí, pero…

—Qué bien —me interrumpió—. Ojalá ganes. ¿Qué premio es?

—Una camiseta de Gento.

—¿De quién?

—De Francisco Gento, uno de los jugadores más grandes de la historia de nuestr…

—Está bien, amor —me dijo, rodeándome con los brazos para distraer mi atención de la hagiografía de Gento y concentrarla toda en ella—. Pero no te acuestes muy tarde.

Me sonrió, me dio un beso que era de novia pero que bien podía haber sido de madre, y se fue a la cama.

Cuando volví de abrirme la tercera lata de cerveza y me senté de nuevo frente al ordenador, la pantalla seguía igual de blanca que antes de levantarme. Se me ocurrió una mala metáfora con el color del equipo, que por suerte no escribí, y retomé la meditación donde la había dejado.

¿Cómo podría mezclar Navidad y Real Madrid? Sobre todo, ¿cómo podría hacerlo sin caer en tópicos o en clichés? Todas las ideas que se me venían a la cabeza estaban plagadas de lugares comunes, de historias que fluctuaban peligrosamente entre lo lacrimógeno y la vergüenza ajena, fantasías que nunca había vivido y emociones que jamás llegaría a sentir. ¿Qué querrían los miembros del jurado, además? Y en realidad, me decía una y otra vez, ¿por qué me importaba tanto? No, por más que me empeñaba, la conexión entre la Navidad y el Real Madrid me resultaba imposible. ¿Y no sería por mi propia desconexión? La pregunta no estaba mal, pero era del todo inservible para mi objetivo, así que la deseché inmediatamente.

En el dormitorio, Rhona apagó el aire acondicionado. Aquello significaba que estaba a punto de dormirse. De ahora en adelante, debería ser cuidadoso, y si en algún momento de la noche bajaban las musas a verme, teclear con suavidad. Sin embargo, lo único que por el momento me bajaba era una gota de sudor por la espalda y encendí el ventilador. Suspiré. ¿Qué Navidad era esa? A doce mil kilómetros de casa, de Madrid, cuatrocientos grados de día y solo unos pocos menos de noche. ¿Cómo podía hablar de Navidad si ya casi ni recordaba lo que era? Al menos tal y como la gente la recuerda, con frío fuera y mucho calor dentro, aunque luego casi nunca sea realmente así. Más aún cuando tratas de echar la memoria atrás y ni siquiera visualizas con nitidez las caras, tantos años hace que las viste por última vez. Y peor aún si ya jamás las volverás a ver, como es el caso de mis caras.

Una de esas caras y de esas voces es la del dueño de la bufanda que cuelga de la estantería. Me la regaló el primer madridista que conocí: mi padre. Yo me preguntaba si todos los demás concursantes escribirían también de sus padres. También me preguntaba si eso contaría como cliché. Sospechaba que sí, pero, bien mirado, tampoco estaba escribiendo, solo pensando. Y pensaba en que de mi padre solo me quedaba una pluma de oro, una bufanda del Madrid de los años ochenta, como yo mismo, y su voz encapsulada en la primera frase que siempre me decía cuando hablábamos por teléfono: “¿Qué tal, hijo?”. Pues mal, papá, te echo de menos, estamos en diciembre aquí en Manila, cociéndonos de calor, solo tengo a Rhona conmigo, y no se me ocurre nada sobre lo que escribir del Real Madrid y de la Navidad. Solo tópicos, papá. El otro día, que no se me pase, le ganamos 1-3 al Barça en su campo y llevé tu bufanda todo el partido. Solo la uso en ocasiones especiales. Cada vez huele peor, se nota que va para los cuarenta, y por mucho que la laves ya no parece la misma. Yo tampoco, si te digo la verdad.

Solo me di cuenta del tiempo que llevaba embebido, o embobado, por el fundido a negro de mi portátil. Rocé el cursor y la pantalla se iluminó tan inmaculada como la fiesta del 8 de diciembre, que fue ayer, por cierto. Me dije que si en algún momento de la noche empezaba a redactar, ese símil más me valía no incluirlo. “Inmaculada como la fiesta…”, Dios, ¿pero en qué estaba pensando? Ah sí, en ti, papá, y en las Navidades, y en el Real Madrid. Menuda ensalada. Ensalada fría, como la Navidad, o tu cuerpo, o la sensación que me coge cada vez que por estas fechas recuerdo las vacaciones de diciembre allí en tu casa, que no la de mamá. Huy, me sorprendí de nuevo hablando conmigo mismo, ser hijo de padres divorciados en los ochenta no era ni es un cliché. Eso pasaba poco entonces. Por suerte o por desgracia, a nosotros nos pasó. En general, no estaba tan mal, nada de dramas. Pero echaba de menos ver más partidos contigo. En verano no había más que fútbol amistoso, aunque nos veíamos cualquier cosa en la que participara el Madrid, y en Navidad solo compartíamos el baloncesto y el partido de Reyes, día antes, día después. Después, al coche y al punto de encuentro con mamá en algún lugar de la Nacional VI. Quizá por eso recuerdo tanto los pocos partidos que vimos juntos: la final de la Copa de Europa de Sabonis, la primera victoria en Alemania, en el campo del Leverkusen, ¿no?, los Teresa Herrera, conmigo en el hotel María Pita esperando a los jugadores, y algunos más que como no me acuerdo bien creo que me los he inventado. Qué quieres, son muchos años que ya no hablamos ni hablaremos.

No había manera, me lamenté, nada más que tópicos e historias que no podían interesarle a nadie. Miré la hora: las dos y cuarto. Rhona roncaba dulcemente entre la nube de aire caliente y viscoso que se había pegado a las paredes del apartamento y me entró un poco de sueño solo de pensar al ritmo de su respiración. Si cerraba el ordenador y me acostaba, aún dormiría cinco o seis horas antes de salir para el aeropuerto. Pensé un momento en el viaje, dos semanas en la playa, Nochebuena en la playa. Y sí, claro, me apetecía, pero era solo que… Tres, me iba a perder tres partidos del Madrid. Y otras tantas posibles debacles del Barcelona. Dios mío, me dije, venga no, no podía ser así, tenía que crecer, madurar de una vez, y, por encima de todo, ponerme a escribir el cuento. Si no era ahora, no sería nunca. Rhona me había prohibido llevarme el ordenador a la isla.

Durante unos minutos, el ordenador y yo nos miramos. El a mí, fijamente; yo a él, un poco menos, por la cerveza. Finalmente, cuando ya estaba a punto de pulsar mi primera tecla, la letra “Y” mayúscula, dieron las tres y recordé que Zidane ya le habría pasado a la prensa la alineación del partido contra el Gladbag. Me despedí hasta nunca de mi carrera literaria, cerré el archivo de texto intacto y me dispuse a pasar la enésima noche en vela, seguramente perder también algún que otro año de vida, y todo por ser incapaz de reconocer el verdadero orden de prioridades de la vida adulta. Como si me faltara el órgano de la adultez o algo así. En fin, que, pese al bochorno, me puse la bufanda sobre los hombros, encendí la televisión y me olvidé para siempre del cuento. Hacía demasiado calor para ser Navidad y yo, la verdad, no tenía nada más que tópicos y sensiblería barata para hablar de mi amor por el Real Madrid.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Don Alberto se giró desde el portal, a escasos metros del chófer que le esperaba ya con la portezuela del coche abierta. Llamó a Julián y con la mano le hizo un gesto para que se acercase.

Julián, se me olvidaba… Tenga esto, para que le compre algo a su mujer y a los niños.

Julián apretó con fuerza en su puño cerrado el billete que le ofrecían.

—Muchas gracias, Don Alberto. Se lo agradezco mucho. Que tenga usted unas Felices Fiestas.

—Felices Pascuas, Julián. Y no vaya a olvidarse del partido de mañana. Ya que no puedo ir, me lo tendrá que contar todo el lunes, y sobre todo qué le ha parecido el Nuevo Estadio.

¿Olvidarme del partido? No, descuide, que no se me olvida. ¿Cómo se me iba a olvidar, Don Alberto? Si desde que me dio la entrada la llevo en la cartera a todos lados, la saco y la miro todos los días.

—Muchas gracias, Don Alberto. Descuide, que no se me olvida.

Nunca había ido a ver al Madrid. Bueno, nunca había entrado al campo, se entiende. Ni al Nuevo Estadio, ni al “viejo”. En realidad, al campo sí que había ido, claro, muchas veces, pero nunca había entrado. Nunca había tenido el dinero que hacía falta para acercarse a la ventanilla y cambiarlo por una localidad, ni por la más barata de las de pie. Ganas no faltaban, había tenido muchas. Así que, hablando con propiedad, al campo sí que había ido. A los dos. Muchas veces. Desde chaval había ido, con la bicicleta de su padre primero, desde Atocha, donde había nacido, con la bicicleta por la Castellana para arriba y para abajo, casi todos los días que había partido. Y luego, cuando unos años después ya no existía la bicicleta, él seguía yendo. Para ver el ambiente que había, qué ambiente, chico, y la gente, que llenaba los alrededores horas antes del partido, y cuando hacía bueno se sentaban en el suelo a merendar, o a leer el periódico, y le daban buenos tragos a la bota. Y qué felicidad en las caras, chico, porque estaban todos felices, y el que más él, porque al campo al final no entraría, pero fuera se veía, como en la canción, a las mocitas risueñas, y luego se metía en un bar y se pedía un vino, y por la radio escuchaba con los que allí estuvieran el partido, y el rugido de las ocasiones y el bramido de los goles del Madrid le llegaba antes del campo que del transistor.

Y al volver caminando a casa le quedaba esa sensación de haberle ganado unos momentos, de haberle arrebatado unas horas a la vida, a esta mierda de vida. Porque vaya vida de mierda, chico, no sé qué va a ser de nosotros, pero ese gol de Di Stefano, figúrate, chico, como habrá tenido que pegarle, que por un momento creí que se hundía el suelo y el mundo entero.

El domingo, después de comer, se despidió de su mujer, se puso el abrigo y salió de casa. Cuando pasaba junto a la garita del portero, como siempre hacía, empujó el manillar de la puerta para comprobar que estaba bien cerrada. Al abandonar la oscuridad del zaguán, recibió con alegría el tibio calor de una tarde soleada de invierno. Faltaban tres días para Navidad. Subiéndose un poco el cuello del abrigo, enfiló José Antonio abajo y tomó la calle de Fuencarral. Bajo el tendido de cables que jalonaba su camino, con sus pequeñas bombillas aún dormidas, y unido a los viandantes que a esas horas comenzaban ya a llenar las calles, llegó Julián a la glorieta de Alonso Martínez un tanto emocionado. Después de casarse con Teresa no había vuelto al estadio. El partido, eso sí, lo escuchaba todas las semanas, religiosamente, en la taberna más próxima a su casa. A medida que se acercaba al campo sentía cómo su corazón se iba encogiendo más y más. Se puso a pensar en la Nochebuena que tan cerca estaba. Desde que nacieron los niños, y al mirarla a través de sus pequeños ojos, la Navidad había cobrado para él una importancia que nunca tuvo, pero al mismo tiempo sentía una profunda tristeza al no poder celebrarla como a él le hubiera gustado. Y es que con los dos críos y ahora que no podía contar con la faena de los domingos, la cosa no estaba para tirar cohetes. Vamos, que no sé qué va a ser de nosotros.

Pero hoy no era día para preocupaciones. Las inmediaciones del estadio, que ya veía Julián a lo lejos, estaban atestadas. Y en la esquina donde habían quedado andaba ya esperándole su amigo Paco, con una sonrisa tan grande como el imponente edificio que tenía a sus espaldas.

—Pero hombre, Julián. ¿Qué tal te va? No se te ve mal.

—Vamos tirando, ¿y tú? Oye, chico, qué recuerdos me trae volver aquí, la de tardes que hemos echado… pero bueno, tú vienes más a menudo…

Julián sacó la cartera, desdobló cuidadosamente la entrada y se la dio a Paco.

—¿Cuánto le vas a sacar?

—Pues no te pienses que me va a quedar mucho… Las cuarenta pesetas tuyas y tres duros que le endiño yo al pájaro… Que la entrada es maja, pero por poco más se va ya a la taquilla y elige.

Viendo la cara de Julián, que ya está llegando a Cibeles, podría asegurarse que está de un humor espléndido. Las luces de Navidad ya se han encendido y ahora tiene que darse prisa porque quiere llegar a casa y escuchar donde siempre la segunda parte. Mañana, cuando cierre la portería a la una, aún le dará tiempo a ir a la tienda donde vio la pelota que quiere comprarle a los niños para los Reyes. A lo mejor le sale uno futbolista y le consigue un asiento en el palco y se acaban las miserias y las tonterías. Sólo falta un pequeño detalle: que Don Alberto no sospeche que no ha estado dentro del campo. Claro, que siempre podrá contarle esa sensación que tan bien conoce, cuando el Madrid mete un gol y por un momento parece que va a hundirse el suelo y el mundo entero. ¿A que sí, Don Alberto?

—Vale, entonces quédate aquí, Fer, pero no te muevas, por favor, no vayas a hacerme una de tus trastadas, ¿eh?

Aquellas palabras las pronunció mi abuelo con su firmeza habitual, severo, pero no exento de cariño. Que me quedara quieto frente al escaparate de aquella tienda de televisores de la que era imposible separarme mientras él se iba a comprar unas palmeras de chocolate a La Mallorquina con mi hermano pequeño Juan. Juanito para mi Abuelo, como ese futbolista que tanto le gustaba. Aquellas palmeras suponían el mejor final posible al paseo que dábamos todos los años con mi abuelo por el centro de Madrid, un paseo que Juan y yo esperábamos con ilusión y que comenzaba con el viaje en Metro.

—¡Veinte mil leguas de viajes de subterráneo!

Así anunciaba siempre mi abuelo la llegada del Metro, con ese aire aventurero que casi nos trasladaba a una novela de Julio Verne, “y ahora, ¡viaje al centro de la plaza!”. Recuerdo muchas de las frases de mi abuelo con precisión, hasta viendo su cara y sus gestos, con la precisión con la que grabas las cosas en la memoria cuando tienes nueve años. Salíamos del Metro corriendo, cogíamos una de las octavillas que nos ofrecían, hacíamos una pelota y nos íbamos raudos a la papelera más cercana:

—¡Canasta de Fernando Martín!

Mi hermano me imitaba en casi todo y lanzó su bola de papel con alguno de los nombres que le sonaban ahora que empezaba a leer y a ser capaz de identificar esas letras que veía en las espaldas de los jugadores:

—¡Lanza Lituriaga…!

Pero “Lituriaga” falló, así que yo cogí el rebote, me giré sobre mis pies y…

—¡Fernando Martín machaca la canasta rival!

Juanito empezó a protestar cuando mi abuelo, siempre el abuelo presto al rescate para calmar su incipiente rabieta, le dio otra octavilla de papel convertida en improvisada pelota de baloncesto:

—Toma, Juanito, demuéstrale lo que sabes hacer.

Del Metro nos dirigíamos a la Plaza Mayor, veíamos algunos belenes, la iluminación, entregábamos la carta a los Reyes Magos y nos divertíamos con los disfraces de la gente que nos ofrecía globos. El pequeño Juan y yo estábamos fascinados, aquel momento era la Navidad, representaba la Navidad con mayúsculas y con todas las letras. Porque la Navidad solo
comenzaba cuando el abuelo venía a casa a pasar esos días con nosotros.

Le recuerdo con su abrigo negro, ese abrigo al que nos agarrábamos para no caernos en el vagón del Metro, y con un sombrero que le daba un aire de actor de Hollywood de los cincuenta. No sé quién disfrutaba más en aquellas tardes del frío diciembre madrileño, si él o nosotros. “Huy, frío, frío es lo que tenemos en Burgos, ¡o en Siberia!”. Mi abuelo tenía muchas virtudes y entre ellas recuerdo cómo era capaz de contarnos cada año alguna anécdota nueva de los belenes que nos llevaba a visitar, pequeñas historias o chascarrillos que escuchábamos con atención y con los ojos aún más abiertos que los oídos. Nos compraba una figura en alguno de los puestos para llevar al belén de casa, una figura por la que casi siempre discutíamos Juan y yo, prefiero la pastorcita, no, que tú elegiste el año pasado, quiero esa oveja, o mejor un paje… Mi abuelo zanjaba siempre la discusión con un argumento que nos convencía o al menos tranquilizaba a ambos.

Tras el paseo y según empezábamos a quejarnos del frío, volvíamos hacia el Metro para regresar a casa a tiempo para la cena, no sin antes pasar por La Mallorquina para saborear una suculenta palmera o una napolitana de chocolate. Pero aquella tarde yo me quedé delante de un escaparate repleto de televisiones en las que se podía ver el final de un partido de baloncesto del Torneo de Navidad del Real Madrid. El abuelo quiso que le acompañara a por la palmera, pero enseguida entendió que no iba a lograr moverme de allí hasta que acabara el partido, así que optó por las palabras con las que comencé este relato.

Escaparate

A los pocos minutos regresaron ambos con las palmeras, la mía sujeta en una servilleta por donde la agarré sin apartar los ojos de la pantalla.

—¿Cuánto queda? -me preguntó algo nervioso por la hora de llegada a casa.

—Solo tres minutos, no queda nada.

—¡Tres minutos! Eso es un mundo en el baloncesto, pueden quedar tres días todavía —respondió con una media sonrisa.

Mi hermano empezó a leer el marcador con esa manera de leer de principiante y su característica dificultad para pronunciar la erre fuerte:

—Real Madrid, u, ere, ese, ese. ¿Quiénes son esos, Abuelo?

—Los rusos —me adelanté a contestar.

—¿La ere es de “Rusos”, Abuelo?

—Por supuesto que sí —contestó con euforia—. ¡Unión de Rusos… con Súper Salto!

El pequeño Juan se quedó boquiabierto y yo miré al abuelo, que me guiñó un ojo de modo cómplice.

—Abuelo —le pregunté con esa insistencia en desgastar su nombre—, ¿sabes que este año si metes canasta desde esa línea del suelo vale tres puntos?

—Por supuesto que sí, ¿y a que tú no sabes que si la metes desde tu campo vale cuatro?

—¿En serio?

—Claro, por eso al final de los partidos siempre tiran desde muy lejos.

El partido había estado igualado, pero en los últimos minutos los rusos que no eran rusos se habían escapado a catorce puntos.

—Abuelo, ¿sabes que los rusos tienen a un tío de dos metros veinte?

—Qué tío, a saber qué le daban de comer en casa. ¿Cómo se llama, Grandovski, Gigantov o algo así, no?

—¡Tachenko! —dijo Juan, que me había escuchado muchas veces en casa.

—No, Tachenko es otro. Este año tienen a uno joven que se llama Sabonis. ¡Lleva veintidós puntos! Dicen que es buenísimo, que se lo quieren llevar a la NBA.

—¡Los americanos!

Aunque mi abuelo no sabía mucho de baloncesto, se quedaba con lo que yo le contaba y pronunció “los americanos” con ese tono berlanguiano que imprimía a muchas de sus expresiones: “Siberia, Di Stéfano, ¡los americanos!”.

En los monitores vimos una canasta de Wayne Robinson tras una buena circulación entre Corbalán y Martín. Vamos, dije, mientras soñaba con una remontada épica metiendo varias canastas desde nuestro propio campo. En la jugada siguiente, el ruso alto que no era ruso, pero sí muy alto, recibió de espaldas, se giró y la clavó hacia abajo con fuerza, con violencia. De repente el tablero cambió de color, se oscureció. Al principio pensé que era un reflejo de la luz, pero cuando acercaron la cámara desde atrás pudimos ver que lo había destrozado, que estaba hecho añicos.

—¡Se lo ha cargado, Abuelo, se lo ha cargado!


Repitieron la jugada varias veces. Sabonis se daba la vuelta y atacaba con virulencia el aro, mientras del Corral intentaba taponarlo, si bien desistía de la locura de jugarse el brazo en el último instante.

—¿Y ahora qué va a pasar, Abuelo? ¿Cómo termina el partido?

—Ahora se lo llevarán detenido, para que lo pague.

—¿De verdad?

—Claro, ¿qué pasaría si tú rompieras este escaparate? Pues lo mismo.

Quiso la casualidad que en ese momento un coche de policía pasara por la calle Mayor con la sirena puesta.

—¿Ves? Ya van a por él al Palacio de los Deportes.

Aquello me dejó impactado, en un estado de shock que mantuve mientras volvíamos a casa. Juan tenía restos de chocolate en la comisura de los labios y mientras, yo seguía preguntando al Abuelo por lo sucedido, por qué no terminan los dos minutos de partido que quedaban, ¿no hay tableros de repuesto?, en mi cole hay tableros así, por qué no van a cogerlo... No callaba.

—Me da pena lo de Sabonis, Abuelo, ¿no podía ficharlo el Madrid para que no lo detengan?

—Si es de los buenos, como dices, terminará jugando en el Madrid. ¡Y con los americanos también!

—Abuelo, ¿y crees que Fernando Martín también acabará jugando en la NBA?

—Seguro, es tu favorito, ¿no?, ese que dices que es tan bueno. Pues si es tan bueno, Fer, seguro que sí. Además, se llama como tú y como yo, y con ese nombre nada puede frenarte en la vida.

Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes… Ya estábamos cerca de nuestra parada.

—Fer, ¿te gustaría ir el año que viene al Torneo de Navidad? Yo te llevo.

Mis ojos se abrieron como nunca en mi vida lo habían hecho, aquello era un sueño, el mejor regalo que jamás podría recibir. Porque todo lo que decía mi abuelo se cumplía, pero, por desgracia, no ocurrió con todo lo que me dijo aquella tarde.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

—A ver si lo he entendido bien. ¿Pretende usted pagarme para que cometa su propio asesinato en el día de Navidad?

Los copos de nieve caían sin cesar sobre el cobertizo, de manera insultante, formando una capa blanca inapelable. Allí estaban ellos dos, un coleccionista de fracasos y un sicario cobarde que temblaba con la sola visión de un tenedor. Era la historia de todas las navidades.

—La nieve blanca, los villancicos blancos, el vino blanco, los piñones blancos... ¡Hasta el turrón es blanco ahora!

El sicario se quedó mirando al vacío con la boca tan abierta como una rosquilla, contemplando la maravillosa obra de la creación, aunque sin entenderla, como el paleto que llega a la gran ciudad con la gallina debajo del brazo y se tiene que quitar la boina en señal de admiración. Llegados a este punto, debemos aclarar que incluso los sicarios pueden sumergirse, de vez en cuando, en sus propias inquietudes morales, y estas pueden tener un profundo calado filosófico.

—¿Tengo que matarle o esa era la lista de la compra?

—¡Tente, malandrín! No tienen bastante con teñir de blanco toda Europa, no, ahora también me persiguen en mi propia casa, mira...

El avaro Scrooge señalaba el cielo. El sicario miraba el dedo.

—Escucha, presta atención: ese copo de nieve de ahí es Raúl abandonando nuestra cantera; ese otro de ahí es Sergio Ramos saltando como un león en Lisboa; por ahí veo venir a Cristiano Ronaldo con el torso desnudo, y aun así, de un blanco resplandeciente; ahí está Zidane, ese mago malvado, haciendo hechicerías para derrotar al Cholo y malograr su estrategia en el campo de batalla.

—Cada año está usted peor, señor Scrooge.

—Por eso quiero que me mates, necesito ofrecerme como chivo expiatorio y de ese modo revertir la situación. Solo así mi Atleti ganará la Champions. Es muy sencillo: al teñir de rojo la nieve se formarán los colores rojo y blanco, y el cielo entenderá que se está cometiendo una injusticia aquí abajo. El fútbol nos debe tanto...

—¿No ha pensado en el sufrimiento que va a causar a su esposa e hijos?

—Eso es lo mejor de todo... Verás, en la familia de mi mujer, todos son madridistas. Por eso, intenté inculcar a mis hijos mi amor hacia el Atleti, equipándolos con el uniforme prácticamente desde que nacieron. Pero mis malvados cuñados, esos pérfidos merengones, pronto comenzaron a influir con sus malas artes. El mayor retiró de su habitación los pósters de Juanma López y del Mono Burgos, y en su lugar tiene ahora a Modric, incluso se está dejando la melena rubia. El pequeño dice ahora que quiere ser ingeniero de caminos, he perdido el control sobre mis hijos. No me queda otra salida, el dolor es insoportable.

—Es posible que ese dolor sean gases, producidos por un exceso de...

—¡Calla! Mientras estamos aquí de cháchara no han dejado de llegar más enemigos. La afrenta es cada vez mayor, ¿cómo se atreven a venir aquí, a mi casa?

—Son sus cuñados, que vienen a comer a casa, como cada Navidad.

—¡Haga su trabajo de una vez! No podría soportar otra Navidad llena de chistes y cánticos vikingos. Por favor, se lo ruego, apiádese de este pobre colchonero.

Al sicario le temblaba la mano, como cada año. Con extrema dificultad sacó la pistola, una magnum 44 que el propio Scrooge le había hecho llegar, de su época en el Frente Atlético. Un solo disparo bastaría para que sus propios huesos se convirtieran en metralla secundaria esparcida por todas las tripas y rebanasen los órganos que encontrasen a su paso. Y eso era mucha presión, parecida a la que sintió Juanfran al tirar su penalti en Milán. O a la que siente el Cholo cuando ve aparecer la calva mágica de Zidane. Finalmente, como todos los años, Scrooge se arrepintió en el último momento, cuando se sabía encañonado.

—Pue-pue-pue puede que este sea nuestro año. S-s-s-sí, sí señor, este año tenemos bu-bu-buen equipo. El Cholo ha evolucionado... Eso es, el fútbol al final se cobra sus deudas. ¿Cómo voy a morir yo en el año de la Champions? Jamás me lo perdonaría, ni siquiera en el más allá.

—¿Anulamos entonces el encargo?

—Ya veo Neptuno teñido de rojo y blanco. Por Aragonés, por el Niño Torres, por Abel Resino, por Solozábal... Efectivamente, anulamos el encargo. Ya te puedes ir.

—¿Y qué hay de sus cuñados madridistas?

—Déjalos que rían... Además, mi cuñado Paco trae todos los años jamón ibérico de calidad. Y Manolo viene de Huelva cargado de gambas blancas. En el fondo siempre lo pasamos bien.

—Pensé que usted los odiaba, que eran sus enemigos.

—Tú no lo puedes entender...

 

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

…ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos…

-¡Pst!

caminito de Belén…

 -¡Eh!

…olé, olé, Holanda, olé…

-¡Despierta!

…Holanda ya se ve….

 -¡Eh, Antonio! ¿Te vienes?

La bola enorme color plata con la efigie de Zidane haciendo una ruleta le estaba hablando. Regalo de su abuelo, no podía dejar de mirarla. ¿Qué era aquello? El ruido de fondo en la habitación lo arrullaba como una nana: la tele, los villancicos, sus padres bebiendo y charlando, las risotadas de su tío, el frufrú de su abuela desliando polvorones. Y delante, las lucecitas, guirnaldas de colores que parpadeaban guiñándole el ojo, seguían atrayéndolo. Una voz lo reclamaba desde el centro del árbol de Navidad.

-Estamos a punto de empezar la prórroga. Nos falta uno. ¿Te vienes, o no?

En pijama sobre la vieja manta de cuadros que llevaba en su casa desde que desprecintaron el mundo, se balanceaba cada vez más cerca de las ramas de plástico verde que lo abrazaban con la calidez de su madre. Cerró los ojos un momento. Lo envolvió la vaharada que forma el agua caliente en el cuarto de baño después de la ducha, en invierno. Sólo era un momento, luego se iría a la cama, era demasiado tarde, no podía más.

Lo despertó bruscamente un fragor surgido del centro de la tierra. Abrió mucho los ojos, no se lo creía. ¿Era de verdad? Se pellizcó, miró a su izquierda, luego a su derecha, después levantó los ojos hacia el cielo, y el cielo no se acababa: una muralla de flashes y diminutas cartulinas blancas, que tremolaban como banderas al viento, se elevaba hasta un cordón de focos blancos que iluminaban con fulgor de mármol el inmenso tapete verde del estadio Santiago Bernabéu. La Luna, una uña plateada, colgaba del techo del cielo como la estrella del árbol de Navidad. Bajó la mirada, deslumbrado y aturdido. Se vio a sí mismo vestido de blanco, un blanco sin mancha. Sus pies, calzados con unas ligeras botas negras, lo hicieron caer en la cuenta de lo que estaba pasando. Se tocó la ropa, los brazos, sintió un escalofrío con el tacto del algodón suave de la camiseta blanca. Sus dedos nerviosos pasaron por encima del escudo en el pecho, de hilo bordado, exactamente sobre donde le latía el corazón, a mil por hora. Oyó un silbido muy fuerte y sus ojos miraron al frente. Diez tipos de blanco le hacían señas para que se acercara. Un tío todo de negro movía irritado el silbato en el centro del campo mientras aplacaba a voces a otros diez gigantes vestidos de rojo sangre que agitaban los brazos enfadados y le señalaban el círculo central, con ansia viva.

Era el Madrid. Es decir: él jugaba en el Madrid.

En el Madrid.

—¡Hombre, por fin!

—¡Venga, que me dejas solo defendiendo! ¡Vente aquí!

—¡Señores, que sepan que todo este tiempo perdido lo añadiré en el descuento!

A su lado, Fernando Hierro lo miró de arriba abajo con el ceño de un emperador contrariado.

—¿Listo? No pasa ni Dios, ¿EH?

Antonio tragó saliva, escuchó el silbatazo y luego, nada: la realidad se disolvió en un rugido tan intenso como el bramido furioso de una criatura mitológica, que ocupó todo el espacio físico entre los hombres y las cosas hasta dejarlo completamente sordo. Un momento después, la burbuja explotó con el crepitar de cientos de miles de lenguas de fuego. El Bernabéu estalló en pedazos de ruido y luz justo cuando sin que supiera de dónde, la pelota cayó del cielo a un metro de donde él estaba y un alemán rubio de cara colorada y deformada por el odio se le echaba encima con sus tres metros de plomo.

—¡FUERA!

¡Nunca había imaginado que pudiera ser tan veloz y ágil como los futbolistas que veía por la tele! Un resorte se accionó dentro de él; saltó como un gamo y chocó con toda su fuerza con el titán, que echaba espuma por la boca. Para su asombro, el rubiasco salió despedido, rodando por el suelo como un barril rojo, y él se quedó con el balón. Lo pisó, se irguió en toda su increíble estatura, hinchó el pecho con el aire misterioso de la noche, que olía a yerba mojada y a leña, como la calle después de la lluvia, y de un rápido vistazo vio a Figo moverse como un rayo allá lejos, por la banda derecha. Qué sensación tan extraordinaria, su pie izquierdo lo obedeció como si lo manejara con el mando de la Play, la pelota salió zumbando y describió una parábola maravillosa hacia el punto exacto en el que había fijado su mirada.

—¡Buen pase!

Hierro pasó por su lado felicitándole con un palmetazo en la espalda que le cortó el aliento y le hizo toser. ¡Qué tío! En seguida vio a Roberto Carlos subir la banda como una flecha color café y a Zidane caracoleando junto a él: desde su posición podía distinguir su tonsura franciscana bailando entre una red tupida de camisetas rojas que no paraban de entrelazarse persiguiéndolo, en vano. Antonio miraba embobado el discurrir de la pelota por entre las piernas de los contrarios, movida como si los pies de Zidane y de Roberto fuesen los hilos de un titiritero monstruoso. Le parecía que el balón era un gato escapando grácilmente de una jauría de perros rabiosos. En un parpadeo, sin embargo,  dejó de verlo. El Bernabéu resopló y una corriente de aire acompañó a Figo hasta el banderín de córner.

—¡Sube a rematar, que eres alto!

Como empujado por una ola invisible se encontró de pronto atravesando la inmensa pradera verde. Los pies lo llevaban volando como alas ligeras y la vista, empañada por la fina capa de lluvia que empezó a caer de improviso, sin anunciarse, como un efecto de las películas, sólo le permitió ver una melé blanquirroja fluctuando ante la portería rival. Se hizo carne dentro de la masa justo a tiempo para ver salir el balón golpeado por Figo desde la esquina. Intentó saltar…y unos brazos rojos fuertes como garfios lo atenazaron clavándolo al suelo. La bola blanca surcó el cielo sobre su cabeza, impotentemente mansa. Logró soltarse de las cadenas que lo amarraban con un zamarreón violento, en el momento en el que un filamento blanco se escurrió por entre los huecos de una mole roja: la coronilla de Raúl impactó con la pelota, que fue bajando como una lágrima hasta el palo más alejado del arco. Se maravilló de la estirada del portero adversario, un simio rubicundo y bajito capaz de levitar sobre la línea de gol. Empujado por alguien que lo arrollaba desde atrás, Antonio sólo intuyó que el balón no había entrado por el estadio, que le gritó al oído.

—¡¡¡UY!!!

Trastabillando, el codo de uno de rojo le golpeó en la ceja, enderezándolo con brusquedad mientras el hálito del Bernabéu se le condensaba en la cabeza. El portero contrario seguía racheando por la hierba mojada y sólo entrevió la pelota rotando sobre sí misma, directa hacia su cara. Abrió los brazos lo justo para impulsarse en el aire con una brazada de escualo que huele la sangre. Remató el balón con la ceja ensangrentada. Sintió un pinchazo de fuego en la frente y cayó de pecho dentro del área chica. Un instante después la tierra tembló.

—¡GOL!

Lo despertaron las risotadas en el salón. Tenía la boca pegada al suelo frío de mármol.

la Virgen se está peinando….

Paralizado todavía por el sueño, sólo pudo comprender que el balanceo lo había arrojado contra el árbol en el momento en que perdió del todo la consciencia.

 ….sus cabellos son de oro…

A su lado, dentro de la bola de plata, descolgada por su cabezazo, Zidane le guiñaba el ojo. Sonreía.

y el peine de plata fina…

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Me quedé embelesado mirando por la ventana. La araña bajaba por la columna de madera del porche, en la esquina que daba al norte. Era grande. De patas interminables. Ella sería mi portero. Lo había decidido.

Desde hacía unos días, desde que llegué al pueblo para pasar las Navidades con mis abuelos, decidí que tenía que encontrar un entretenimiento y comencé a formar un equipo con todos los bichos que veía por la casa y sus alrededores. Mi hermana se entretenía con la abuela haciendo todo tipo de postres en la cocina, pero yo, sin la Play y sin poder chatear con mis amigos, por la escasa cobertura del pueblo… ¿Qué hacer cuando tienes 10 años y la única compañía es un señor de 70 con el que apenas has hablado durante años?

Los abuelos vivían en un pueblo pequeño en las montañas de León. Apenas los veíamos. De hecho, aquellas fueron las primeras Navidades que pasamos junto a ellos, desde que regresamos a España para vivir en Madrid. Mi madre decía que ahora no estábamos tan lejos, pero a mi padre esas 4 horas de viaje no le parecía que fueran tan poca cosa. Además, mi abuelo y mi padre no hablaban mucho. Sólo discutían. Yo creo que el abuelo no le perdonó a mi padre que se fueran a vivir a Miami cuando se casó con mi madre. Quizá por eso no se quedaron con nosotros esos días previos a Navidad. Decían que tenían que trabajar, pero yo estaba seguro de que no era por eso…

—No vas a poder cazarla —dijo el abuelo mientras leía el periódico que acababa de traer de su “viaje” al pueblo de al lado. Allí sí me gustaba estar, porque había más bullicio. Y muchas motos de turistas a los que les encantan las curvas de las carreteras de aquellas montañas.

—¿Qué? —respondí distraído.

—La araña que estás mirando, que no la vas a cazar.

—¿Y por qué no? —dije entre sorprendido e indignado—. Cuando empiece a tejer la “teleraña” la cazo.

—No hay “teleraña” —respondió él entre risas—, ¿y sabes lo que quiere decir eso? Qué mañana va a llover, o peor aún, nevará, y te tendrás que quedar con este viejo tooodo el día dentro de casa.

Me había pillado. Sabía que me aburría y encima parecía disfrutarlo.

—A ver, ¿para qué quieres tú una araña?

—Para mi equipo de fútbol. Estoy montando un equipo con los bichos que me encuentro.

El abuelo soltó una carcajada que retumbó como si tronara un estadio después de un gol.

—¿Tanto te aburres, chaval? Así que te gusta el fútbol, ¿eh? ¿Y de qué equipo te ha hecho tu padre?

—Papá es del Atleti, pero yo soy del “Madrí” como mamá —respondí ufano.

—Menos mal que tu madre te quiere… Yo también soy del Madrid, ¿no lo sabías?

Al día siguiente nevó, como predijo el abuelo, pero no me importó. Me contó por qué se hizo del Madrid y que fue jugador de la “Cultu” (la Cultural Leonesa) durante los años ochenta. Según me dijo él, fueron unos años «donde la música sí era música y se bailaba con la cabeza por encima del culo y no cómo ahora». Me contó que durante dos veranos seguidos el Madrid hizo la pretemporada por allí y que jugó contra Míchel, Valdano, Hugo Sánchez, Butragueño, Chendo o Camacho, que yo no sabía quienes eran, pero que «de no ser por ellos, el Madrid no habría ganado más tarde las Champions que ganó». Me dijo que yo tenía mucha suerte de haber podido disfrutar de las Copas de Europa de estos últimos años, pero que «aquellos jugadores mantuvieron encendido el orgullo de una afición durante una época en la que jugar por Europa era casi como viajar por el espacio». En aquel momento no entendía mucho de lo que me contaba, pero no me importaba. Le empecé a coger cariño a aquel señor de 70 años y aquellas Navidades fueron las mejores que recuerdo. El verano siguiente volvimos en verano, a pesar de las quejas de mi padre.

—Mañana va a llover —sentenció mi abuelo desde la mecedora del porche.

Dejé de jugar y le miré con tanta admiración como sorpresa.

—¿Por qué, abuelo? Hoy hace sol.

—“Aire solano, agua en la mano” —mi abuelo dejó de leer y me sentó en su regazo—. ¿Ves bañarse a aquellos palomos y ves orejear a la mula?

—Sí.

—Pues eso quiere decir que mañana lloverá.

—¿Y tú cómo sabes esas cosas? —preguntó el crío. Su abuelo sonrió afable.

—Por viejo. Cuando seas como yo tú también las sabrás.

Me quedé pensativo.

—… ¿Y de qué hablaremos entonces?

Mi abuelo esbozó una media sonrisa y se le humedecieron los ojos. Se quedó unos instantes pensando hasta que supo qué contestar.

—Del “Madrí”, ¿de qué si no?

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

¡Que arrancada desde la banda izquierda! El “lobito Carrasco” había cogido la pelota en campo propio y se lanzó como un poseso y a toda velocidad por su banda. Debo precisar que su nombre real era Carlitos Fuertes, no levantaba más de metro y medio del suelo y supongo que le apodábamos “lobito” por ser moreno, zurdo y del Barça... Ahora que lo pienso, creo que primero vino el mote y luego su filiación blaugrana. Atravesó la línea de medios, o lo que es lo mismo, sorteó la pequeña fuente que presidía la plaza, y siguió con la cabeza baja hacia la portería. Allí lo esperaba yo, con unos guantes de lana oscuros que me servían tanto para evitar la congelación de mis falanges como para imbuirme del espíritu del mejor portero del momento, Paco Buyo.

El “lobito” por fin levantó la cabeza y miró en mi dirección. El estruendo provocando por la estampida de tan nutrido grupo de niños retumbaba en la plaza. ¡Pásala!, ¡Aquí!, ¡Sólo!... Pero Carlitos sólo tenía una cosa en mente y no era otra que estampar aquel balón “Mikasa”, duro y frío como una piedra, contra la puerta metálica con la que echaba el cierre la “Cafetería Girasol”. Lo que no sabía aquel niño moreno era que entre aquel balón y su gloria me tenía a mí, al mismísimo Paco Buyo y, lo que era aún más de temer, debería sortear nada más y nada menos que a Rubén “Augenthaler” (creo que ni entonces ni ahora lo hemos sabido pronunciar).

Permítame un pequeño paréntesis para hablarles de Rubén Ledesma, como se hacía llamar cuando iba al colegio de incógnito. Su verdadera personalidad se revelaba cuando íbamos a formar los equipos en la plaza o en el colegio. Rubén era repetidor de séptimo de EGB, y ese año de diferencia que nos llevaba le convertía en un superdotado físico a ojos del resto. Él y “lobito Carrasco” eran los encargados de hacer siempre los equipos, ventajas de ser los mejores del grupo. El resto nos colocábamos contra la pared y esperábamos a que nos fuesen eligiendo. Yo, de naturaleza torpe pero voluntarioso, siempre era el último o el penúltimo en ser elegido. Lo de penúltimo se podía dar si nos obligaban a jugar con el hijo de la boticaria. El pobre debía llevar un corsé por no sé qué problema en la espalda así que sólo podía moverse en línea recta. Aún así, en más de una ocasión lo eligieron por delante de mí. En fin, el hecho es que consciente de mis limitaciones y con el ánimo de no dañar más mi autoestima, en las últimas semanas me ofrecía voluntario para jugar permanentemente de portero. Esto me hizo escalar posiciones en la elección del muro ya que mi presencia en el equipo liberaba a todos los demás del aburrimiento de la portería, los morados de las caídas y el calor que dejaba en el cuerpo un buen punterazo de aquel balón Mikasa. Mi sacrificio me hizo merecedor de la amistad de Rubén, cuyo aspecto agrandado e imponente para la edad le colocaban como líder natural de nuestra defensa. En aquel año 1986, había llegado a sus manos un número de la revista “Don Balón”, y en él aparecía una foto de un fornido central alemán llamado Klaus Augenthaler. Tanto presumió Rubén de aquella publicación que fue inevitable que se quedara con el apodo.

Pero volvamos a aquella mañana de diciembre en la plaza, en el momento en el que la zurda de oro de Carlitos Fuertes se iba tensando para rematar. Yo ya había flexionado las piernas y el viento a través de la puerta metálica de la cafetería me recordaba que mi sagrada misión era mantener aquel balón lejos de ella. Fue entonces cuando sucedió. Debemos entender que se había declarado estado de guerra total, es decir, se había proclamado a los cuatro vientos que ¡el que meta gana!. En esa tesitura, ante mí emergió repentinamente Rafael Augenthaler, se lanzó con los zapatos por delante a por el “lobito” y juro que, por un segundo, pensé que la tragedia era inevitable. Se deslizó por las grandes baldosas de piedra de la plaza con saña pero, justo antes de que se produjera un atropello de época, nuestro oponente realizó un regate extraordinario presionando la pelota entre sus tobillos y saltando como un poseso, llevándose así el esférico y dejando atrás a nuestro gran líder. A partir de aquí sólo adrenalina, me fui decididamente hacia delante para cerrarle huecos pero aquel moreno endiablado giró su tobilo y se adelantó la pelota dejándome atrás. Todo parecía perdido pero entonces, y sin saber de dónde saqué las fuerzas, me lancé en plancha colocándome entre el disparo y la portería. Me estiré sin pensar en que la gravedad es una fuerza implacable.

Primero el balón me golpeó de lleno en la cara y poco después el resto del cuerpo se estrelló contra el suelo frío, casi helado, de aquella plaza de nuestra infancia. Aturdido por el dolor, con el cuerpo helado y la cara ardiendo por el impacto, tardé en entender que había evitado el gol. Lo había conseguido. “Lobito Carrasco” me miraba con resquemor mientras Rubén y otros compañeros me levantaban del suelo y me abrazaban... A mí, al que siempre elegían último, me abrazaban a mí...

De camino a casa paramos en el portal del edificio en el que vivía Rubén. Seguíamos extasiados hablando del partido. Yo apenas podía disimular que me encantaba que hablásemos de mi parada, de mi momento heroico. Tanto nos demoramos que los padres de Rubén, los señores Ledesma, mandaron a su hermana menor a advertirle de que debía subir inmediatamente para prepararse para la nochebuena. Aquel robusto central alemán subió con miedo a un severo castigo paterno y yo me quedé, aún con sonrisa de felicidad, frente a Aurora. Aquella niña con un parche en el ojo derecho bajo unas gafas de pasta era un año menor que yo. Me miró, me sonrió y quedó unos segundos contemplándome sin yo saber muy bien por qué.

—¿Por qué mi hermano te llama Buyo?- me preguntó.

—Bueno, es un portero que ha fichado el Madrid este año y es muy bueno.

—¿Eres del Madrid?- volvió a preguntar.

—Sí, ¿y tú?

—Ahora sí.- Sonrió y se marchó.

Al llegar pregunté si mi carta a los Reyes Magos ya estaba en el buzón o si podía modificarla. Cogí la carta y añadí rápidamente “equipaje de portero del Real Madrid”.

Llegó la mañana de Reyes, y no podía esperar para ver los paquetes. La magia hacía que aparecieran al pie de la cama. Los abrí con decisión uno tras otro sin detenerme, desbordado por la emoción. Entonces palpé un paquete blando. Estaba seguro de que era ropa. ¿Sería mi equipaje de portero? Los Reyes se habían mostrado proclives los años anteriores a equiparme con un elevado número de camisetas térmicas y mi corazón se encogía sabiendo que era el último paquete, la última oportunidad. Tomé aire y rasgué el papel... ¡Sí! ¡Ahí estaba mi equipaje de portero del Real Madrid! Ahora sí sería por fin Paco Buyo.

Curiosamente, el equipaje era igual que un pijama que había visto en esas semanas en el escaparate de la tienda de Doña Clara, sólo que contaba con unas almohadillas en los codos y un escudo del Real cosido en el pecho. Me lo puse y me lancé calle arriba hasta el hogar de los Ledesma. Augenthaler debía saber que jugaría con el auténtico “Gato de Betanzos” a su lado. Toqué el timbre una vez. Nadie contestó. Repetí varias veces sin éxito. Me retiré hasta el otro lado de la calle para poder mirar hacia arriba buscando alguna luz en su casa pero nada. Una ventana se abrió y una anciana sacó la cabeza para preguntarme quién era. Le expliqué que buscaba a Rubén pero que ya pasaría en otro momento. La señora negó con la cabeza. “Se han ido”, dijo. Al parecer la familia de Rubén se había trasladado a otro pueblo. Nuevo destino para su padre que quería acercarse a su Valladolid natal.

La pasada navidad nos hemos vuelto a encontrar. Nuestro Carlos Fuertes, el “lobito Carrasco”, organizó una reunión de antiguos alumnos a la que acudimos todos. Allí nos vimos, reímos y recordamos aquel partido de navidad en el que Buyo, Augenthaler y Carrasco jugaron en el mismo estadio. Nos pusimos al día. Yo les dije que era comercial farmacéutico y que actualmente vendo un nuevo fármaco, el “Timufil” con excelentes propiedades frente al estreñimiento crónico. Sí, seis años de licenciatura en Farmacia dieron sus frutos... Lo que no les dije es que aún conservo aquel equipaje que mi madre bordó en 1986, y que nunca me sentí tan vivo como el día que paré aquel balón con mi cara. Definitivamente aquella navidad me acompañará siempre, como siempre me acompañará aquel escudo que mi madre bordó en un pijama, el escudo del Real Madrid.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro I Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad. Recordamos que el ganador se dará a conocer el día 24 a las 5 de la tarde.

 

Dios se aburría. Eran las 8 de la tarde de un domingo y el tedio reinaba en el cielo. Miguel, uno de sus ángeles de confianza, se atrevió a decir:

—Perdona la expresión, Señor, pero esto no hay Dios que lo aguante. Ya nos sabemos de memoria todo el teatro, de Eurípides a Lope de Vega, pasando por Shakespeare; ya estamos de cantatas de Bach hasta los órganos esos que no tenemos porque somos ángeles. Que la eternidad se hace muy larga, Señor. Hay un runrún y un disgusto entre los serafines y los querubines que no sé yo si no se estará incubando un motín como el de Lucifer; que aunque lo sofoqué (y bien orgulloso que estoy de ello) no me apetece repetir. ¿No podrías inventar algo, tú que eres omnipotente?

—Ya sabes, Miguel, que una vez que acabé la creación decidí que me jubilaba para siempre, y dejé en manos de los hombres continuar la tarea.

—Pero podrías mandar algún profeta o algo que nos animara las tardes de los domingos, ¿no te parece?

Dios comprende que Miguel tiene razón. A su infinita sabiduría no se le escapa que no hay nada más aburrido que un domingo sin fútbol, así que decide intervenir discretamente en la Historia:

—Que venga Gabriel, que tengo una misión para él.

—Lo siento, Señor, Gabriel se ha cogido unos moscosos y se ha marchado al pueblo de su familia. Como le quedaban unos días…

—Quizá no fuera buena idea la de hacer funcionarios a los más capaces. En fin, que venga su sustituto.

Al suplente de Gabriel, un novato con pocas luces, le entrega un cuadernillo con unas instrucciones y le encarga:

—Lleva esto a España, a la dirección que está indicada y diles que inventen el juego que está ahí descrito, que te lo he dicho yo personalmente.

El pobre interino justificó su bajo estatus errando el destino: las instrucciones del juego acabaron en Inglaterra, y así fue como lo que estaba predestinado a ser un deporte impecable tuvo el peor inicio posible, naciendo en medio de una nación hereje. El invento cuajó entre los británicos y poco más; apenas algunas sucursales en aquellos lugares en que había presencia suya. Los domingos celestiales seguían sin chispa.

La bronca que le cayó al mensajero fue de las de “Padre y muy Señor mío” literalmente. Tras degradarlo, Dios se dijo: está visto que no se puede confiar en subalternos; si quiero que algo funcione tengo que hacerlo yo personalmente o encargárselo a uno de mis generales de confianza.

Así fue como, unos cuantos años después del fiasco inicial (en el cielo, los años se pasan volando), Dios envió a Gabriel a Madrid con instrucciones precisas:

—En primer lugar, no delegues en nadie: tienes que ir tú, Gabriel, per-so-nal-men-te a fundar una sociedad que heredará mi gloria. En segundo lugar, ajústate estrictamente a lo que te ordeno: el club tiene que nacer humildemente, sin que nadie sospeche su alto linaje ni su excelso destino; de hecho, al principio no se llamará “Real Madrid”, sino “Madrid”, para no revelar su estirpe. En tercer lugar, debes quedarte en la Tierra unos años para asegurarte de que se cumplan los planes que he diseñado. Y espabila, que a lo tonto se nos han ido pasando los años y ya ha empezado el siglo XX.

Gabriel, cuya lealtad y capacidad habían sido sobradamente probadas antaño, cumplió perfectamente su misión. Con el siglo recién estrenado, nació el Madrid Fútbol Club. Fiel al deseo de su padre Dios, su inscripción en el registro civil deja dudas acerca de quién fue el tutor legal del neonato (se habla de Palacios y de los hermanos Padrós), pues la discreción con que se desarrolló el alumbramiento fue más que notable. El papel de pastores lo representaron unos cuantos deportistas (quijotes e iluminados) de la vecindad. No consta que hubiera bueyes ni acémilas presentes. Para la llegada del oro, la mirra y el incienso aún faltaban años. El club crecía sano y se iba fortaleciendo en su Chamartín (que es como se dice Nazaret en castellano).

Un tiempo después, Gabriel se puso en acción de nuevo: se dirigió a un antiguo jugador del club y le dijo “Santiago, tengo un mensaje para ti de parte de Dios: presidirás el Real Madrid y lo llevarás al lugar que le corresponde, el más alto, el mejor club del mundo de este siglo (y de los que vengan). Construirás un templo al que darás tu nombre y que será foco de peregrinaje para todos los fieles del planeta”.

Santiago se asustó al oír el mensaje. Pensó “me ha venido a visitar un loco de atar”, pero dijo “¿cómo voy a hacer eso, si soy de Almansa?” Gabriel le contestó “no te preocupes, que esto es cosa del Jefe”, así que Bernabéu pensó “que sea lo que Dios quiera” y dijo “¡vamos allá!” Gabriel le profetizó “se postrarán ante ti todos los clubes de la Tierra”.

Poco después de esta escena (magistralmente plasmada por Fra Angélico), empezaron a llegar los magos de oriente y de occidente, del norte y del sur, de cerca y de lejos, cargados con sus tesoros. De América recibimos oro (Di Stéfano), de Hungría arribó el incienso (Puskas), y de Francia, la mirra (Kopa); el Cantábrico aportó su galerna, que llegó de Guarnizo para arrasar todo a su paso. Así fue la epifanía del Real Madrid, que se manifestó a todos los países del orbe con una fuerza irresistible, dominando Europa, ganando con autoridad y estableciendo récords insuperables; arrasando a sus rivales como nadie antes lo hiciera. Durante años, la hegemonía del Real Madrid fue indiscutible, y parecía que estaba a punto de instaurarse su reino, per… Herodes estaba moscatel. Temía perder su poltrona y decidió intervenir con audacia y sin piedad. No tenía soldados, pero disponía de árbitros y federaciones; ellos serían la herramienta que acabaría con ese insolente club que ni siquiera era inglés. En noviembre de 1960, Ellis y Leafe escenificaron la matanza de los inocentes ante la mirada satisfecha de sus amos. El joven equipo tuvo que huir a Egipto, y sufrir una penosa travesía del desierto; los enemigos eran poderosos y las federaciones nacionales e internacionales estaban al acecho. El club, indómito, siempre dio la cara, volviendo a alzarse con fuerzas o sin ellas: para volver a ganar en el 66, para caer in extremis en el 81, para llorar en Eindhoven en el 88 y para reír en Amsterdam diez años después.

A lo largo de los años, nunca faltaron figuras de aquí o de allá que incorporar al belén: pastores, lavanderas o artesanos. Pirri, Amancio, Santillana, Butragueño, Raúl; Stielike, Figo, Beckham, Ronaldo, Zidane. Tampoco escasearon los soldados de Roma y de Herodes: Villar, Arminio, Iturralde; Platini, Stark. La reacción madridista ha sido siempre la misma: resistir, apretar los dientes y afrontar los desafíos.

Los acontecimientos de los últimos años son arduos de interpretar, por cuanto aún se está construyendo la historia y sería prematuro aventurar su sentido. Entre los escribas y doctores se sigue debatiendo si Gabriel intervino una última vez para exhortar a Florentino como antes hiciera con Bernabéu o no ha habido nuevos “Deus ex machina” que referir. Hay discusiones enconadas no exentas de insultos entre uno y otro bando, que se acusan mutuamente de heresiarcas. Los hechos, sin analizar (toda exégesis eludo), parecen dejar claro que se produjo un resurgimiento del club y que Sevilla aportó a Ramos, Croacia nos dio a Modric, de Gales llegó Bale, y de Madeira vino Cristiano para restaurar el imperio de nuestro equipo, que volvió a dominar Europa como nadie lo había hecho desde que el propio Real Madrid la sojuzgara medio siglo atrás. En pocas palabras, se reinstauró el orden natural de las cosas.

Celebramos la Navidad, que es blanca, como cantó Bing Crosby. Cada año festejamos el nacimiento de un rey (de los cielos) al que también cada año se entierra a finales de marzo o principios de abril, como sucede con el Real Madrid, temporada tras temporada, para asombro de incrédulos. Algo indefinible nos provoca, y nos encontramos tarareando una musiquilla que igual puede ser “noche de paz” que “we are the champions”.

Porque el Real Madrid siempre está naciendo y renaciendo. Porque no es que sea un club “real”, sino que es el rey de los clubes.

Y su reino no tendrá fin.

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