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Treinta años después la luz aún brilla

Treinta años después la luz aún brilla

Escrito por: Juan Escudero3 diciembre, 2019
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Las instituciones recuerdan a sus héroes, el deporte rinde homenaje a sus mitos. Así fue siempre y así debería seguir siendo mientras los aficionados guarden memoria de los momentos en los que disfrutaron de una forma especial. Si nos ceñimos exclusivamente al deporte de la canasta muchos jugadores únicos han existido a lo largo de su ya larga trayectoria, pero en España la nómina de notables se reduce a un puñado de nombres entre los cuales Fernando Martín debería ocupar un lugar destacado.

No son pocas las personas que esgrimen la evidencia de que Fernando murió siendo muy joven, y que esta circunstancia debería dificultar el hecho de que fuera colocado en el imaginario Olimpo de los deportistas sobresalientes, pero si únicamente reducimos su valor a este factor creo que estaríamos cometiendo un grave error. No cabe duda de que su fallecimiento después de un terrible accidente automovilístico añade una montaña de dramatismo y eleva su carisma hasta una altura considerable, sin embargo soy de los que piensa que si Fernando aún estuviera vivo el reconocimiento hacia su persona tendría necesariamente que ser muy parecido. Se han escrito libros sobre él, multitud de artículos, notas informativas, se editaron videos homenajeándolo, programas de radio, especiales en formato podcast, y cada 3 de diciembre no son escasos los aficionados que lo recuerdan en foros deportivos y redes sociales. La aparición de estas nuevas publicaciones son siempre bienvenidas porque muestran puntos de vista alternativos y aportan visiones acaso más amplias que nos ayudan a entender la magnitud del personaje.

No por repetido deja de ser una verdad como un templo; la importancia de Fernando Martín para el deporte español (no sólo el baloncesto) radica en el salto abismal que se atrevió a dar el jugador cuando las circunstancias no lo aconsejaban. Durante los años 80 si existía un deporte global en el que la distancia entre Europa y América constituía un abismo similar a las fosas oceánicas ese era el baloncesto. En los deportes olímpicos de equipo arraigados en España, léase fútbol, balonmano, hockey sobre hierba, voleibol, waterpolo, las ligas nacionales quizá no fueran las de mayor nivel mundial, pero sí que competían con las demás e incluso en algunos casos las superaban. En España la NBA comenzaba a ser conocida aunque tanto profesionales como aficionados por estos lares eran conscientes de que más allá del Atlántico simplemente se jugaba a “otra cosa”. Fernando Martín se rebeló como el pionero que desafiaba aquella realidad palmaria.

De esta guisa demostró que, aunque con ligeros matices, un jugador nacido y criado deportivamente en un modesto –para los estándares americanos- equipo español podía codearse con los mejores, no ser superior a ellos, pero si al menos igualar su rango. Y aquel viaje sin retorno, en mi opinión, lo protagonizó una persona que sospechaba que toda el aura, todo el carisma que había logrado aquí no le valdría absolutamente para nada en la jungla competitiva que era -y que sigue siendo- la National Basketball Association.

Después de treinta años aún permanece en el imaginario colectivo el eterno debate acerca de si Fernando fracasó en la NBA o no. Para mí estas disquisiciones rozan el absurdo. Podremos debatir si se equivocó yendo a una escuadra de primer nivel como los Blazers habiendo tenido la oportunidad previa de recalar en los Nets, o si no hizo bien volviendo al Real Madrid cuando aún le quedaba la opción de quedarse un par de años en franquicias algo menos potentes donde habría gozado de más oportunidades, pero lo que jamás deberíamos hacer es poner en duda la valía de su hazaña. Sería como decir que Neil Armstrong fracasó en su viaje a la luna porque tan sólo permaneció allí unas horas y no fue capaz de traer una roca lunar con la suficiente densidad para ser estudiada en condiciones. Un pequeño paso para el hombre y un gran salto para el deporte patrio.

Hace relativamente poco tiempo, durante una charla trivial sobre deporte y sobre el impacto mediático de ciertos deportistas, salió a la palestra por casualidad el nombre de Fernando Martín. Un par de personas de alrededor de entre 25 y 30 años confesaron que nunca habían oído hablar de él. Lo que para los que ya sobrepasamos los 40 constituiría una herejía aparenta ser moneda común para gente más joven. El carisma en su vertiente del mundo del espectáculo (y el deporte queramos o no entra de lleno en la definición) se podría definir como la capacidad de cierta gente de trascender su actividad, es decir, alguien conoce o ha oído hablar de tal jugador aunque no le interese para nada su deporte. Fernando Martín ha pertenecido por derecho propio hasta ahora a los mitos carismáticos de este país, pero quizá el paso del tiempo comience a desvirtuar o debilitar su legado. Es el deber de textos como éste intentar de forma muy modesta revertir la situación. Las nuevas generaciones redescubrirán un pasado no tan remoto mediante la propagación de una llama eterna que nunca será extinguida.