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Guardarredes ilustres: Ricardo Zamora

Guardarredes ilustres: Ricardo Zamora

Escrito por: Manuel Matamoros10 noviembre, 2020
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I. Una disculpa previa. Alguien a quien nunca vi parar

En su función editorial, ideó Jesús Bengoechea una serie sobre nuestro portero favorito, y en los ritos del reparto, Alberto Cosín, el que mejor escribe del fútbol pasado, me devolvió al Ricardo Zamora que le había tocado. Sé bien que el motivo fue su generosidad, y no mi edad, o cualesquiera otro azar capaz de inspirar ya compasión, ya temor reverencial. Con arreglo a mi propia inteligencia del encargo de nuestro editor, lo que sigue va de mi relación con la visión de Ricardo Zamora que he ido modelando a lo largo de la vida. O sea, de lo único que es capaz de explicar que alguien a quien nunca vi parar sea mi portero favorito.

 

II. Zamora, una evocación devota, cuando nieto

Mientras no podemos saber que se extingue la Edad de Oro del Madrid, porque nuestro equipo detenta el monopolio en Liga, y pelea siempre la exclusiva Copa de Europa, de la que pronto nos traerá la Sexta, los colchoneros buscan revancha hasta en las chapas. Los partidos de fútbol no son de la pandilla, como las vueltas ciclistas. Suceden en una intimidad morosa que facilita el acceso al conocimiento esotérico, que nos llega siempre de las fuentes familiares más autorizadas, padres, o hermanos mayores. Zamora pertenece entonces a esa clase reservada de saber.

Cuando aún ignoro que la vida son muchas vidas, no identifico al Zamora fabuloso con ese tipo que viste abrigo de lana y sombrero, de la edad y el aspecto de mi abuelo —la generación que va más o menos con el siglo, como el propio Real Madrid—, que entrena al Español. En fin, tampoco sé todavía que aquellos descampados, que abundan en el barrio, y acogen generosos nuestros partidos de verdad, serán un día autopistas urbanas, negándose a los que vengan, en nombre del sacrosanto desarrollo, pisar, siquiera, la tierra que hoy es campo sembrado de sueños infantiles que muchos atardeceres lanzamos a boleo, con prodigalidad, simientes de un futuro improbable. En esas lides, entreverado de ingenuas fantasías que son como amapolas del trigal, el saber acaba empapándonos a todos, y aunque puedas pedirte ser quien quieras, ya a nadie se le ocurre pedirse ser Zamora.

 

Zamora, a esas alturas, es melancolía de un mito. Una añoranza. Nadie le ha visto parar. Ninguno lleva en su cartera de cuero, perdida entre cuadernos y lapiceros mordidos, una chapa con la imagen de Zamora. Y sin embargo, como ese aroma a madera de cedro, que escapa, invisible, cuando destapas el plumier, allí viaja Zamora. De casa al colegio, y del colegio a casa, nos acompaña en nuestras aventuras. Uno a cero y Zamora de portero. Es esencia. Es misterio. Incumbe al espíritu del fútbol. Un héroe legendario. El inventor de la zamorana, parada que ninguno hemos visto practicar a ningún portero actual, porque debe ser una suerte imposible. Zamora es un dogma de fe: El único español, quitando a Franco, del que todos sabemos que es el mejor del mundo en lo suyo. El mejor guardameta del mundo. No de entonces, de antes de la guerra, que no me explico bien. De entonces y de ahora, porque después de Zamora no ha habido otro mejor.

Zamora, a esas alturas, es melancolía de un mito. Uno a cero y Zamora de portero. Es esencia

Vendrá el gol de Marcelino al mejor portero del mundo de los de ahora —Lev Yashin, la Araña Negra, es el mejor, aunque sea comunista—, casi medio siglo después de la plata de Amberes, con el que España gana su primer título —por los veinticinco años de paz, que algo así escucho a mi padre, justo antes de mandarme al bar a por pepsicolas, para celebrarlo—, y Zamora seguirá perteneciendo a un universo distinto al del resto de todos los jugadores que en España han sido y serán. Uno al que sólo entra Di Stéfano. Al portero de la selección recién campeona de Europa, del que dentro de unos años cantarán que es cojonudo —como Iribar, no hay ninguno—, los suyos le dicen El Txopo. ¿Hay algo más terrenal que un chopo, hundiendo sus raíces en el suelo? Zamora, amigo, era “El Divino”.

 

III. El Divino

Ricardo Zamora fue dueño de una vida literaria. Debutó, contra el Madrid, con quince años. Al titular del Español, Gibert, viajar se le hizo incompatible con algún negocio. Así que echaron mano del niño, y se lo trajeron a Madrid. El 21 de abril de 1916, en su asiento de tercera del tren correo, Ricardito vestía el pantalón de su primera comunión. Era el único que tenía para no viajar a Madrid en pantalones cortos. Su debut concluyó empatando a uno. Esa noche pidió a su compañero Armet que se quedara a dormir con él. La pensión de la calle Carretas le daba miedo. Al día siguiente, el equipo de Ricardito venció 0-2 a un Madrid en el que jugaba Santiago Bernabéu.

Ricardo Zamora fue dueño de una vida literaria. Debutó, contra el Madrid, con quince años

Por respeto a su padrastro, en 1919 se retiró por primera vez del fútbol, para estudiar medicina. No pudo el respeto con el anhelo, aliado con las extraordinarias cualidades que en los tres años anteriores había acreditado. Enterado el Barcelona de su retirada, y aún faltando muchos años para la legalización del futbolista profesional, le ofreció un sueldo suficiente para vivir sin necesidad de otro oficio. Durante su etapa en el Barcelona formó en la primera selección española, conquistando la plata en los juegos de Amberes de 1920, en los que despegó su legendaria proyección internacional, y ganó las copas, campeonatos de España, de 1920 y 1922. Tras esta última, recibió una oferta del Español, que estaba a punto de inaugurar Sarriá, y aspiraba a formar un equipo acorde a su nuevo estadio. No dudó en volver al que siempre fue el equipo de su corazón. Con el Español ganaría la Copa del 29, precisamente ante el Madrid, sobre el barrizal de Mestalla. Según relata Iván Molero, Ángel Zúñiga, corresponsal de La Vanguardia en Nueva York durante casi treinta años, contó en sus memorias, “Mi Futuro es Ayer”, que varias décadas después, cenando con Santiago Bernabéu en América, habían alzado sus copas para brindar por aquella victoria de El Divino.

Zamora Español

Cuando “la Final del Agua”, hacía años que Zamora había adquirido verdadera notoriedad mediática en España. Fue el primer futbolista en lograrlo. En 1926 protagonizó la película “Por fin se casa Zamora”. Interpretaba los temores de un futbolista que, como condición de heredar la fortuna de su tío, ha de casarse por poderes con una prima de América, a la que no conoce más que por fotografía. Un dilema. Lo cuenta, en su blog Fútbol y Cine, Carlos Marañón, director de Cinemanía. Como el argumento revela, no se trataba de cine de fútbol, sino de aprovechar la celebridad del futbolista para vender cine. Faltando mucho aún para que el fútbol y sus protagonistas desplazaran a los toros y los toreros en el aprecio popular, este hecho da idea de la singularidad excepcional del portero.

Fue el primer futbolista en lograr verdadera notiriedad mediática en España

La directiva de Luis Usera, elegido presidente poco después de aquella final de Mestalla, impulsó el programa de reunir un equipo capaz de optimizar la ventaja de Chamartín —el campo, por fin, en propiedad, que la de Pedro Parages inauguró en 1924 con uno de los mayores aforos de España—, multiplicando su recaudación. Su secretario técnico, Hernández Coronado, pergeñó un Madrid capaz de arrebatar la hegemonía a vascos y catalanes con los ricos productos de sus tierras. La rapiña madrileña, ya se sabe, como se dirá, ya entonces, al estar abierto a dar oportunidades de crecimiento a todos, cualquiera sea su cuna, que es mi forma de ver los mismos hechos. Ese Madrid deberá construirse a partir de la defensa más sólida de la Liga. Su piedra angular será el portero Ricardo Zamora. En 1930, recién estrenado el ciclo presidencial de Luis Usera, se produce el primero de todos los fichajes galácticos de la historia del Madrid. O sea, el de un jugador de técnica fuera de lo común a la que aúna una inusitada proyección mediática.