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Ganar sin pedir permiso

Ganar sin pedir permiso

Escrito por: Ice Landic3 mayo, 2026
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En el Real Madrid se convive con una circunstancia que a menudo me resulta incomprensible, y que a la vez define con precisión la exigencia, a veces autodestructiva, de su masa social. Existe una corriente de opinión entre el madridismo, azuzada por la prensa, claro, según la cual, en un alarde de purismo ético o quizás por un exceso de fatiga emocional frente a esa misma prensa incansable, tiende a vincular la justicia arbitral con el rendimiento estético sobre el césped. Es un argumento que se escucha con demasiada frecuencia en las redes sociales y también en el aficionado de a pie tras un resultado adverso: "no nos podemos quejar del árbitro porque hemos jugado fatal".

Esta premisa, que minimiza la importancia del error arbitral bajo la excusa de la mala praxis futbolística, es una falacia que atenta contra la propia naturaleza competitiva del club y, sobre todo, contra la lógica más elemental del deporte. El fútbol es un deporte resultadista, como todos aquellos que no necesitan un jurado ni criterios de evaluación. Vamos, que lo que cuenta son los goles. Parece mentira que haya que resaltar lo obvio; pero, por algún motivo, es necesario recordarlo: los méritos artísticos, sean estos del gusto que sean, no cuentan. Afirmar que el Real Madrid merece un atraco arbitral por no haber hilvanado tres pases seguidos o por haber sido sometido por el rival es comprar el relato al enemigo y, lo que es peor, validar la injusticia como herramienta de castigo. Si el fútbol fuera un deporte donde solo el que juega bien tiene derecho a que se cumpla el reglamento, la vitrina del Santiago Bernabéu estaría significativamente más vacía.

Afirmar que el Madrid merece un atraco arbitral por no haber hilvanado tres pases seguidos o por haber sido sometido por el rival es comprar el relato al enemigo y, lo que es peor, validar la injusticia como herramienta de castigo

Al revés que en otros clubes, la historia del Real Madrid no se ha escrito (únicamente) a través de la excelencia en el juego, sino mediante una capacidad de resistencia mística, un desorden hipnótico en momentos clave que le permite sobrevivir cuando el desodorante de la belleza le abandona. Cuando peor estamos, ahí es cuando aparece un tuerto, un cojo, un feo, es decir, Mendy bajo los palos, para ganarnos otra Champions. Pensemos, por ejemplo, en la Decimoquinta lograda en 2024.

La final de Wembley contra el Borussia Dortmund fue, durante una hora larga, un monólogo de ocasiones alemanas. El Madrid estaba siendo superado, se veía lento, desbordado y falto de ideas. Según la lógica del autoflagelo, si en ese tramo el árbitro hubiera concedido un gol ilegal al Dortmund o escamoteado un penalti clamoroso a favor de los blancos, el aficionado debería haberse callado por la pobre imagen ofrecida. En la rueda de prensa, la corrección política habría obligado a decir: "sí, era penalti, pero hemos perdido por nuestra culpa". La realidad es que habríamos perdido por el árbitro.

Afortunadamente, el fútbol, cuando no está corrompido, no funciona así. El Madrid resistió, mantuvo la portería a cero por pericia propia y falta de puntería ajena (que también cuenta), y terminó golpeando con la contundencia de quien sabe que los partidos duran noventa minutos. Y con la sobriedad de quien ya ha ganado 14, que estas cosas se retroalimentan. Ganar jugando mal es la mejor virtud del Madrid, lo que nos diferencia. Casi es lo que nos define y lo que nos separa... del Arsenal, con perdón. Gracias a la no injusticia tenemos 15 y no 14.

Pero es que este fenómeno alcanzó su cénit en la Champions de 2022, la de las remontadas imposibles. Si analizamos valdanísticamente los enfrentamientos contra el Manchester City o el Paris Saint-Germain, hubo tramos larguísimos en los que el Real Madrid fue inferior en el plano táctico y físico. Parecía que el City nos iba a arrasar, faltaba el remate que iba a jubilar definitivamente a Modric y Kroos. Si en aquel momento, previo al manicomio del Bernabéu, con el City teniendo ocasiones clamorosas cada minuto, se hubiera producido una injusticia arbitral flagrante contra el Madrid, ¿habría sido justo aceptarla solo porque Guardiola olía a colonia (aceptando el clásico) y propuso un fútbol más "efectista" durante 170 de los 210 minutos de la eliminatoria? Rotundamente no. El derecho a la justicia reglamentaria es inalienable y no depende del porcentaje de posesión ni de los disparos a puerta. Si no, en vez de 14, tendríamos 13.

Benzema City

Lo mismo sucede con aquel episodio icónico del penalti de Benatia sobre Lucas Vázquez en 2018. La Juventus había logrado igualar un 0-3 de la ida, y el Madrid estaba ofreciendo una imagen paupérrima, al borde de una de las mayores humillaciones de nuestra historia moderna. El penalti fue penalti, por mucho que el ruido mediático intentara convertirlo en un robo. De errar el árbitro y no pitarse, la narrativa de ciertos aficionados habría sido que "no merecíamos pasar por lo mal que habíamos jugado". Es un planteamiento absurdo porque ignora que el fútbol también es saber sufrir. De hecho, en la Champions, sobre todo se trata de saber sufrir. Si aquel día el árbitro no pita lo que vio por miedo a las consecuencias o por castigar el mal juego madridista, se habría cometido una injusticia que habría alterado el curso de la historia. Y otra Champions desaparecida. Ya no tendríamos 13, sino 12. Así podemos seguir hacia atrás lo que queramos, porque yo rara vez he visto al Madrid ganar sin sufrir.

Si retrocedemos a los años 80, a la mística de las grandes remontadas de la Quinta del Buitre, encontramos el mismo patrón. Las remontadas solo eran necesarias porque en el partido de ida se había jugado rematadamente mal. Eran la consecuencia directa de un mal día, de un planteamiento fallido o de una superioridad temporal del rival. Si aceptamos que el equipo que "no hace los deberes" en la ida merece ser atracado por su incompetencia previa, estaríamos eliminando de un plumazo la épica, el espíritu de superación y la posibilidad de redención que hacen del Real Madrid un club único. De nada habría servido el "en la vuelta les metemos cinco" de Camacho y Santillana tras perder contra el Anderlecht si un autoflagelador hubiera asumido con resignación un penalti injusto en el minuto uno de la vuelta, y nuestra eliminación. Y es que el fútbol permite corregir errores sobre el campo, pero no debería verse obligado a corregir injusticias arbitrales bajo el pretexto de que "no jugamos a nada".

El derecho a la justicia reglamentaria es inalienable y no depende del porcentaje de posesión ni de los disparos a puerta

Al final, creo que este discurso de la autocrítica mal entendida revela una inseguridad profunda. Inseguridad que, tengo la sensación, se ha creado desde la prensa, indicando al aficionado cómo se debe ganar y cómo no. El Real Madrid ha ganado algunas veces siendo superior de principio a fin, pero su leyenda viene de los días en los que, estando contra las cuerdas y sin fútbol en las botas, ha sabido mantenerse en pie. Nadie sabe cómo, pero hemos ganado. El reglamento debe ser el mismo para el que da una exhibición que para el que achica balones en su área pequeña. No hay una cláusula en las leyes del juego que diga que el derecho a un arbitraje justo se pierde al fallar un pase o al recibir diez saques de esquina.

Además, es una deriva peligrosa, porque si lo estético, que por definición es subjetivo y manipulable, empieza a entrar en juego, ya sabemos hacia dónde se van a dirigir los elogios y hacia dónde las críticas, porque todos sabemos que lo importante no es el qué, sino el quién. En la acera contraria, hemos visto atracos siderales a equipos pequeños, justificados porque, de todas formas, el rival había tenido más ocasiones (aunque, por supuesto, las habían fallado). Exigir justicia no es incompatible con reconocer que el equipo ha estado mal; de hecho, es en los días malos donde más se necesita que el juez sea imparcial, porque es cuando el margen de error es mínimo. El madridismo debe entender que se puede ser crítico con el entrenador y los jugadores sin por ello entregar las armas ante la injusticia externa, venga esta de árbitros, televisiones o comités. Porque, al final, los trofeos se levantan por saber ganar cuando no se puede jugar bien, no por jugar como... el Arsenal, con perdón.

 

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