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El Madrid vuelve a la Final Four

El Madrid vuelve a la Final Four

Escrito por: Pablo Rivas8 mayo, 2026
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En el instante en que Dan Oturu metía su tercera canasta consecutiva, desnudando a un asustado Len, prácticamente todos los madridistas que estábamos ante la pantalla compartimos el mismo augurio penoso: igual que en el tercer partido de la serie, la ausencia de Tavares iba a constituir el agujero por el que se iban a colar las opciones del Madrid. Su suplente ucraniano retrocedía como quien entra tarde en una pesadilla, lo que, sumado a su falta de explosividad para corregir, hizo que Oturu oliese la sangre. Teniendo en cuenta las dificultades del equipo fuera de casa en esta temporada, los más timoratos ocultaron sus caras tras los cojines, y hasta hubo algún pipero que jugueteó con el mando a distancia, queriendo evitarse el exceso de sufrimiento.

Sin embargo, en la vida hay momentos cruciales en que una decisión especialmente acertada varía el rumbo establecido de una manera portentosa. Scariolo dio entrada a Garuba y, aunque no lo sabíamos entonces, finiquitó el partido. La actuación de Usman, que quedará para la historia del Madrid en la Euroliga, fue inconmensurable, y si utilizo ese término es con toda la intención: aún más importantes que los guarismos fueron los intangibles. Garuba se multiplicó en cada ayuda, llegó a todas partes, cambió tiros, puso tapones… En definitiva, dio un golpe en la mesa con esa energía salvaje que no siempre puede sostener durante meses pero que, cuando emerge, transforma el escenario más difícil en una trinchera personal y victoriosa. El final del primer cuarto, 21-23, parecía incluso corto para las sensaciones que transmitían los blancos.

La segunda unidad sostuvo una obra coral defensiva meritoria. Deck, usado casi de forma quirúrgica, con el cuidado que exige un físico alejado de aquel toro cimarrón de hace varias temporadas, se mostró aguerrido e incómodo, y volvió a demostrar que entiende el baloncesto competitivo mejor que la mayoría. El argentino tapó a Bryant hasta convertirlo en una sombra del jugador dañino del tercer encuentro. Abalde también aportó lo suyo en la intendencia, si bien la serie deja por encima del resto de secundarios la consolidación de Feliz. El dominicano, sin grandes aspavientos, ha encontrado su rol: suma, ordena, aprieta atrás y toma decisiones maduras. Por otro lado, el mismo Len, después de aquellos minutos en que Oturu lo trató como a una puerta giratoria, logró recomponerse poco a poco. A pesar de su vulnerabilidad evidente cuando enfrente tiene un interior físicamente superior y dinámico, enmendó sus dudas, protegió alguna acción importante y, sobre todo, resistió un contexto que había amenazado con devorarlo.

Porque Oturu continuaba imponiéndose en la pintura -terminaría con un tremendo 14 de 21 en tiros de dos-, pero el esfuerzo colectivo madridista convirtió ese dominio en una circunstancia insuficiente. Junto a él, Micic parecía más vivo que en las otras citas de la eliminatoria, y aprovechó un pequeño apagón merengue mediado el segundo cuarto. No obstante, el Madrid logró salir del bache sin perder estructura, mordiendo el partido con una convicción física que fue desgastando lentamente al Hapoel. Cuando se llegó al descanso con el 36-46, la diferencia transmitía algo más importante que los puntos: autoridad. Los muchachos jugaban con confianza porque dominaban, y dominaban porque jugaban con confianza. Si Hezonja transitaba dejando jugadas muy esporádicas, Campazzo otorgaba el temple necesario para dirigir con inteligencia, y Maledon, en una de sus mejores actuaciones del año, atacaba el aro con una valentía magnífica. El francés está teniendo una difícil adaptación, pues le cuesta sincronizarse con el ritmo emocional del equipo, pero en la cancha búlgara-israelí demostró la personalidad necesaria para justificar la apuesta por él.

El equipo ha conquistado algo previo a las victorias y mucho más difícil de explicar: el derecho íntimo y legítimo a creer que todavía puede escribir otra página imposible

La segunda parte derivó pronto hacia un ecosistema de contacto durísimo, muy permitido por los árbitros. El Madrid no se amilanó -miedo da pensar lo que puede ocurrir en Atenas, eso sí-, ni siquiera cuando Micic aprovechó el contexto propicio para pegar un arreón y colocar a los de Tel Aviv a cinco puntos. Entonces volvió a aparecer Garuba, cuya actuación alcanzó tintes épicos con varias postales para la foto: cogió rebotes hasta desde el suelo, y jugó lesionado varios minutos del último cuarto. Cojeando, visiblemente agotado, fue capaz de anotar seis tantos consecutivos que terminaron de abolir cualquier reacción del Hapoel. El impacto emocional que tuvo su concurso resultó decisivo, compensando en un día clave su borrón en la final de la Copa del Rey. Su capacidad de mantener ese nivel se convierte en fundamental: por esa sensación de revolución permanente pasan muchas de las opciones restantes de esta temporada.

Desconozco qué será capaz de hacer el Madrid en la Final Four. Si finalmente el cruce de semifinales es contra el Panathinaikos, nadie podrá colgar la vitola de favoritos a los de Scariolo. De hecho, es probable que las apuestas coloquen al Real como el último aspirante de los clasificados. No en vano, si volviera Tavares a tiempo, lo haría con muy poco ritmo competitivo. Pero hoy no es día para el pesimismo. El equipo ha conquistado algo previo a las victorias y mucho más difícil de explicar: el derecho íntimo y legítimo a creer que todavía puede escribir otra página imposible.

 

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