Quedan apenas 3 semanas para cerrar una calamitosa temporada de nuestro primer equipo de fútbol.
En enero voló primero la Supercopa de España en Arabia, que le costó el puesto a Xabi Alonso.
Unos días después, Arbeloa inauguró su mandato con una derrota sonrojante en Albacete. La Copa del Rey se iba también por el sumidero.
Tras el parón de selecciones de finales de marzo, empezó el “mensis horribilis” de abril, con derrota en Mallorca y sendos tropiezos ante Girona y Betis. 7 puntos que se sumaron a los 4 de desventaja que ya llevábamos (entre otras cosas por una derrota en casa ante el Getafe de Bordalás): 11 puntos eran ya completamente insalvables contra el equipo que tuvo en su nómina durante décadas al vicepresidente del CTA.
En abril, tras un mes de marzo que había traído la esperanza y el buen hacer de la eliminación en octavos de final del City de Guardiola (5-1 en el global), vimos cómo los nuestros compitieron, por una vez, a la manera de nuestro ADN, contra un Bayern de Múnich superior, y cayeron apenas faltando 5 minutos para que se llegase a la prórroga de los cuartos de final de la Copa de Europa.
Ahora mismo, haciendo balance de esta temporada decepcionante y lamentable, me siento más o menos como se podían sentir los seguidores del club que pagó a Negreira en los años 60 y 70: se conformaban con ganar una vez al año al Real Madrid. O como se sienten año tras otro los seguidores colchoneros, gozando con los males acaecidos a su exitoso rival y vecino de la misma ciudad.
Y es que —es triste reconocerlo— los madridistas tan solo hemos recibido alegrías este año gracias a las actuaciones —a veces sobresalientes, otras veces patéticas— del Atlético de Madrid.
No seamos como nuestros rivales. No nos conformemos con ganar al Barça este año o al Atleti jugando 10 contra 11 en los últimos minutos
En febrero, un 4-0 propinado en el Metropolitano a las huestes de Flick, que supuso un mazazo irrecuperable para su equipo, que quedó apartado de la final de la Copa del Rey. En abril, un 0-2 en el Camp Nou en Champions, que tampoco lograron levantar los azulgranas en el partido de vuelta en Madrid. A esto podemos añadir, en el mismo mes, la derrota por penaltis en La Cartuja ante la Real Sociedad, cuando todo el mundo pensaba que los de Simeone volverían a levantar un título tras muchos años de sequía.
El último capítulo —insisto, triste consuelo para los merengues que no puede hacer borrar una temporada para olvidar— lo firmaron anoche los rojiblancos al caer, tras un pésimo partido de fútbol, en la vuelta de las semifinales europeas ante un aburrido Arsenal.
Los madridistas estamos acostumbrados —quizás demasiado mal acostumbrados— a gozar con nuestros propios triunfos, sobre todo en los escenarios de toda Europa. Tan solo hace 2 años estábamos a punto de levantar la decimoquinta conquista del bien más preciado, no lo olvidemos. Pero aún no hemos podido superar los traumas que supusieron, por ejemplo, las salidas de Toni Kroos y, posteriormente, de Luka Modric.
Por eso llevamos 2 años en blanco en Europa —de la mugrienta liga local casi es mejor ni hablar—. Y es por ello por lo que nos hemos tenido que consolar con eliminaciones como la del Barcelona ante el Inter, el año pasado, o como la de anoche del Atleti en el Emirates Stadium.
No sigamos por ese camino, por favor. No seamos como nuestros rivales. No nos conformemos con ganar al Barça este año (en el principio del fin de Xabi Alonso como primer entrenador) o al Atleti jugando 10 contra 11 en los últimos minutos.
El Atleti nos ha conseguido poner una sonrisa en estas últimas semanas. No dejan de ser las migajas tras un banquete opíparo. Somos el —puto— Real Madrid, no admitamos de ningún modo ser como nuestros vecinos.
Getty Images














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