Después de la semana de pasión de Mbappé, la gran actuación de Vinícius cargó de munición a casi todo el espectro del vinagrismo ilustrado. Los que piensan que ambos arietes nunca cuajarán juntos asentían con cada gol del brasileño en la idea de que sólo brilla y se libera sin el nueve sobre el campo. Y qué decir de los que consideran que Kylian nunca debió pisar Chamartín. Para ellos, cada victoria sin él es un metro más de trinchera. Menos suerte tuvieron, eso sí, los que afilaban garras contra Vini por sus gestos y la amarilla del primer tiempo. Los tres puntos de autor en Cornellá les obligaron a volver a casa sin la presa.
Respecto a la escapada transalpina del francés, tenemos claras varias cosas mientras otra sólo la sospechamos. Resulta evidente que el momento elegido por el jugador para dejarse ver en otro país y con otros planes más allá de su club quizá no fuera el más adecuado. Igualmente cristalino es que lo de cumplir con la vida ociosa no lo ha inventado Mbappé. En otra época había fijos del vestuario en la Feria de Sevilla. Y ahí lo dejamos. Lo que ha cambiado es la exposición: hoy, quien tiene un móvil, tiene un arma. Pero sigamos. Más allá del ruido tuitero y dicharachero, la temporada no se tira en un barco de Cagliari. Los males del club, parafraseando a Aznar —si todavía no es delito—, “no están en desiertos remotos ni en montañas lejanas”, sino en un lugar mucho más a mano y visible que empieza por un despacho, prosigue en una planificación y termina por un espejo, el que deberían utilizar los jugadores para ver la realidad. Respecto a la intuición sobre la escapada, no es difícil concluir que algunas de las críticas más aceradas nacen de una lógica pizca de envidia. No les culpo. Y hasta aquí puedo escribir.
No hace falta una aguja para hilar estas enseñanzas con el circo de variedades que parece el Real Madrid.
Pero volvamos al balón. En ‘Esparta’, el historiador Andrew Bayliss revisa el verdadero protagonismo de la legendaria polis guerrera y apunta la verdadera razón de su declive: “los espartanos dejaron de ser temibles”. Así de simple. Así de rotundo. Sus triunfos, explica, se cobraron un precio muy alto: la pérdida de población y, sobre todo, de soldados de élite. Y si a esto le sumamos la soberbia de considerar a los pueblos conquistados como inferiores, el destino no podía ser muy amable.
No hace falta una aguja para hilar estas enseñanzas con el circo de variedades que parece el Real Madrid. Sin ambición ni orgullo, hoy ningún equipo es temido y cualquiera te mira de frente y te destruye, como se ha visto este año. Con los mejores hombres del pasado reciente retirados o en otros equipos, los actuales han caído en la vanidad, principal causa de las grietas en un vestuario. Repasen la lista de amigos de Alonso y Arbeloa y sabrán de qué les hablo.
La victoria contra el Espanyol sólo es el primer paso para emular las Termópilas y caer con gloria. El segundo será en el Camp Nou. No regalen ni un centímetro y al menos no serán borrados de la Historia.
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