El otro día Hermel, que hasta un reloj averiado da la hora bien dos veces al día, dijo algo interesante a colación del 5-4 con el que terminó el primer partido de semifinales de la Copa de Europa entre el PSG y el Bayern. Dijo que había sido un encuentro paradigmático de la cultura tiktokera en la que vivimos, la propia de nuestro tiempo: «intensidad constante, velocidad constante, sin pausa, sin tiempo para pensar». Y es verdad.
Es decir, que la «intensidad» es un artefacto retórico que, en el fútbol moderno, sirve para disfrazar muchas cosas. Es un recurso muy conveniente. La «intensidad» suele aludir a las patadas y al juego sucio, lo que antes se decía cancherismo. Intensidad también es correr mucho, de un lado para otro y todo el tiempo. Pero, verdaderamente, ¿es eso fútbol? Correr está muy bien, pero con sentido. Decía Pirelli en su anuncio famoso que la potencia, sin control, no tiene sentido. ¿Y la intensidad? ¿Es un fin en sí mismo?
Hermel añadió que el fútbol se compone de portero, defensa, mediocampo y ataque. Que, como símbolo de la época absurda en la que vivimos, donde se rinde culto desmedido al ruido y a la apariencia, un 5-4 en la ida de la eliminatoria-umbral del partido más grande del año resulta, de todo punto, ridículo. Pues evidencia que sólo existe, en efecto, ataque, pero un ataque infantil y callejero, más propio del fútbol amateur que de la alta, ¡altísima!, competición.
Resulta obvio que, como ya no cuentan doble los goles fuera de casa, importa menos recibir. Eso ha abierto, digamos, el panorama general de las eliminatorias: antes, las idas solían ser más feas, eso es cierto, pues se jugaban con el culo apretado, sobre todo si eran en casa. Pero… reconozcámoslo: era un fútbol mucho más serio, más adulto. ¿Cuál es la característica fundamental de la adultez? Diría que la conciencia sobre uno mismo y las cosas. Este fútbol de ahora, tan juvenil que se diría pueril, adolescente, ligero, frívolo, se parece mucho más al circo que a cualquier otra cosa y, pensando sobre ello, he reflexionado sobre los últimos grandes equipos del Madrid que dominaron en Europa.
la «intensidad» es un artefacto retórico que, en el fútbol moderno, sirve para disfrazar muchas cosas
En términos de tradición madridista, ser campeón de Europa está muy relacionado con el control. Es decir, con la seriedad. No tanto el control del balón como del tempo, del compás del partido. Cuando el Madrid ha tiranizado la Copa de Europa lo ha hecho siendo un equipo eminentemente centrocampista. Empezando por la Séptima: Redondo-Karembeu-Seedorf parecen, con los ojos de hoy, un antecedente directo de la CMK.
Los datos hablan por sí solos: un gol recibido en cuartos y ninguno en semifinales ni tampoco en la final, jugadas ambas contra campeón y subcampeón de Europa el año anterior.
La Octava es el ejemplo clásico de mediocampismo: en torno a Redondo, dos interiores con vocación de aventureros, Raúl y McManaman, como alas desplegadas a los costados del argentino, que tenía, por detrás, una línea de cinco exuberante, líbero incluido. El Madrid recibió 4 goles en los 4 partidos eliminatorios y ninguno en la final.
En la Novena estaban la dupla Makelele-Zidane como yunque y martillo. Pero es que Solari, de interior, por la izquierda, doblando un carril zurdo asombroso, de una capacidad ofensiva única gracias a la presencia de Roberto Carlos, y la caída de Raúl por ese lado, configuraban un 4-4-2 más o menos canónico que servía para que el equipo asegurase la posesión. No era aquel Madrid el más fuerte de todos en términos defensivos, pero.
el fútbol se ha puerilizado. El tiktokerismo que «prioriza» los highlights por encima del fondo y la forma —es decir, el instante «viralizable» y «monetizable» sobre la esencia del juego— ha llegado a lo que ocurre sobre el mismo terreno de juego
Es manifiesto que el fútbol se ha puerilizado en todo. El tiktokerismo que «prioriza» los highlights por encima del fondo y la forma —es decir, el instante «viralizable» y «monetizable» sobre la esencia del juego— ha llegado a lo que ocurre sobre el mismo terreno de juego. De modo que se da un supuesto espectáculo «legendario» entre dos equipos que se marcan 9 goles contando, como contaban PSG y Bayern, con excelentes centrocampistas como Vitinha, Fabián o Kimmich.
Todo es hipérbole, trazo grueso y vulgaridad. Los futbolistas, sobre todo las estrellas, juegan a menudo pensando en la celebración y no en los goles, con la cabeza puesta en las stories de Instagram.
Del mismo modo que la democracia no es sólo votar, el fútbol no consiste sólo en meter goles. No recibirlos o recibirlos en una medida residual da una idea muy poderosa de todo un trabajo hecho antes, de una concepción misma del juego. Entendiéndose como un todo orgánico, el equipo con vocación de campeón fluye dominando casi todo lo que pasa, incluso cuando sufre. Saber parar es saber sufrir. Dominar la pausa, o forzarla, es lo que, en términos taurinos, llaman temple. El fútbol de hoy no tiene temple, pero los mejores ejemplos de esto que se me vienen a la cabeza son precisamente dos partidos en los que el Madrid de Zidane, tricampeón de Europa de manera consecutiva, estuvo contra las cuerdas y recibió bastantes goles: la vuelta contra el Atlético de Madrid, en las semifinales del 17, y la vuelta contra la Juventus del año siguiente, cuando los italianos remontaron el 0-3 de la ida.
En los momentos más peliagudos de ambas eliminatorias surgieron hombres de tamaño colosal como Luka Modric, Casemiro, Toni Kroos o Isco para detener la hemorragia apropiándose del balón. El «defenderse con el balón» puede que suene a culerío en la mente colmena del madridismo pero resulta ser la clave de casi todas las Copas de Europa del Madrid. Desde luego que tiene peor prensa que el supuesto «rock´n’roll» del que, por otra parte, nunca supimos, en realidad, nada. Pero el sino de los tiempos no va con la tradición de este club, al menos con su mejor tradición competitiva, y la inevitable refundación ha de pasar por volver la vista a los tiempos en que, como dice la canción de Loquillo, fuimos los mejores.
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