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Pichabrós en entredicho

Pichabrós en entredicho

Escrito por: Antonio Valderrama10 noviembre, 2020
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Escribir de fútbol, o mejor dicho del Madrid (el fútbol no existe) después de que te metan cuatro es algo que cuesta. Es difícil. Escribirlo después de la manera en que se sucedieron esos cuatro goles del Valencia, en semejante partido inenarrable, provoca dolor físico. Vino a mí, al rescate de la inspiración, una musa adormilada que me sugirió algunas buenas ideas, siempre apreciables en noches frías como la del pasado domingo. Cuando pierde el Madrid todo se vuelve desagradable, hay un vacío, uno necesita una rebeca, esa es la verdad, para abrigarse. Hace más frío y hasta se respira peor. Del partido en Mestalla se podría decir de todo pero yo quisiera hablar de dos tipos en concreto, Isco y Asensio. Por distintas razones ambos han recorrido un camino semejante en los últimos tres años, un descenso pedregoso asfaltado de ilusiones perdidas y expectativas defraudadas, con breves intervalos de esperanza. No siendo de los peores contra el Valencia, la mera presencia corpórea de ambos en el tiempo que estuvieron sobre el césped constituyó un símbolo. Verlos deslizarse perezosamente con la camiseta rosa por el verde valenciano tenía algo de la desasosegante contemplación de la sangre derramada por el suelo. Eran un símbolo, sí, un símbolo de algo. Voy a intentar desentrañar aquí, para mí mismo, de qué.

Isco y Asensio celebran gol

Porque el Madrid, hoy, es un equipo, una realidad, que hay que desentrañar. No es un equipo que se manifieste de forma meridiana, por bueno o por malo. Se podría fundar una escuela talmúdica alrededor de este Madrid de entreguerras, de entretiempo, ni de izquierdas ni de derechas, un Madrid veleta y Ciutadans. Por ejemplo, uno ve al Bayern y no tiene ni que pensar: es un equipazo, un rodillo. Ve, por ejemplo, al Valencia, y piensa, qué porquería de equipo, ¿cómo puede crearle cuatro ocasiones de gol al campeón de Liga? Vale que dos de sus cuatro goles no debían haber subido al marcador, el 2-1 y el 3-1, pero al final lo que cuenta es que merodearon la guarida de Courtois. Al Madrid de Zidane, ahora, hay que pensarlo y descifrarlo, como si fuera un precepto de la ley hebraica. Es un equipo ubicado en diferentes planos de la realidad, un Frankestein a medio hacer que mantiene la compostura mucho mejor de lo que asegura el hincha medio pero que también camina cogido por los pelos y se prodiga en petardazos con mayor generosidad que de costumbre. La semana pasada, por ejemplo, se pudo ver la mejor versión y días después, la peor. El Madrid bueno se vio contra el Inter: un equipo motivado, corajudo, con limitaciones, que con una disciplina defensiva tan férrea como la mostrada la temporada anterior, sus jugadores-nación en plena forma y más dosis de Hazard, debe aspirar a repetir la Liga y a rondar los cuartos de final de la Copa de Europa. De esa segunda versión del Madrid de Zidane, de la mala, los “Pichabros”, como se bautizaron a sí mismos Isco y Asensio en vídeos que hacían gracia cuando se ganaban muchos títulos, sobre todo en Europa, son la fotografía perfecta: representan al Madrid anticompetitivo.

Isco contra Valencia

Los Pichabros se han convertido en un dúo cómico de segunda fila. Pienso en el Dúo Sacapuntas. Ahora, Isco y Asensio son dos jugadores muy pequeños. Ni tan siquiera alcanzan el nivel de unos Faemino y Cansado. Son Super Mario y Luigi sin poderes: el mono azul, los bigotes, los rizos y la camiseta de colores se presentan en toda su cutrez. Este drama personal coincide en el tiempo con la necesidad que tiene Zidane, entrenador del equipo de un club en modo Troika que además atraviesa una pandemia, de recuperarlos para la “segunda unidad”. Sin embargo, las rotaciones, este año, se antojan insostenibles, al menos de momento. En la cuenta de la lechera de los goles que el Madrid tiene que meter, a Asensio le corresponde un buen puñado, pero contar con eso es contar con que mañana se encontrará un yacimiento de petróleo bajo el desierto almeriense que convertirá a España en una superpotencia económica.

coincide en el tiempo con la necesidad que tiene Zidane, entrenador del equipo de un club en modo Troika que además atraviesa una pandemia, de recuperarlos para la “segunda unidad”. Sin embargo, las rotaciones, este año, se antojan insostenibles

Isco, por ejemplo, se dice que se ha hecho vegano. No sé cuánta influencia puede tener esta enfermedad de la abundancia que asuela nuestro decrépito Occidente en su bajón físico y moral. Lo cierto es que tras la apendicitis que sufrió hará ahora dos años, parece la sombra del futbolista de culto que fue. Me gustaba mucho Isco, en esta tribuna he dado sobradas razones de ello. Pero el Isco que vemos ahora no es ni siquiera el operario del “endofútbol” que fue hace unos meses, en aquel sistema necesario para ganar la Liga número 34. Robin Lane Fox, uno de los más célebres biógrafos de Alejandro Magno, apunta en su libro que fue el hecho de disponer de carne en abundancia, en la dieta de su ejército, lo que permitió a los macedonios gozar de la resistencia necesaria para alcanzar el confín del mundo conocido, guerreando durante años, sin parar. Isco, sin apéndice y sin carne, se ha mimetizado con la caricatura que hicieron de él hace mucho tiempo. Entonces no la merecía. Ahora incluso se queda corta. Abandonado en el reino del meme, su tiempo en el Madrid parece finito, como parecía el de Bale hace dos temporadas. Son evidencias que tardan en materializarse, y cuanto más tardan, mayor es la degradación. Quizá en otro equipo recupere el fondo y la forma, aún no tiene ni treinta años. Pero en el Madrid se ve con nitidez cuando un futbolista ya no tiene nada más que darle a la institución. Es una fuente que se seca, que ya no da más agua. A veces pienso en la camiseta blanca como un súcubo que roba la energía vital del que se la pone, tras engrandecerlo por encima de sus posibilidades naturales durante el tiempo que se precisen sus fuerzas. El Madrid, que sí que es más que un club de verdad, no como el Barcelona, se me presenta en ocasiones de este modo inquietante y perturbador, como un Demiurgo que usa a los individuos y los sacrifica por la consecución de un bien mayor. Le pasó hasta a Mourinho, que llegó luciendo como Don Draper y se fue como un mendigo, no le va a pasar a Isco. Sólo los más fuertes resisten, como Cristiano, como Ramos, como Di Stéfano.

Asensio contra Valencia

Lo de Asensio es diferente y quizá más doloroso. Es un jugador extraño que no para de menguar. Cada vez, la sensación de que ya ha jugado los diez mejores partidos de toda su carrera s