La de veces que habremos oído eso de que el nacionalismo se cura viajando. Pocas cosas más enriquecedoras hay que conocer lugares y culturas diferentes a la propia, pues no hace sino engrandecernos a base de demostrarnos nuestra pequeñez dentro del mundo, valga la antítesis.
Centrándonos en el terreno puramente futbolístico, los jugadores españoles, especialmente en este mundo globalizado, deberían contar con un Erasmus obligatorio. El motivo es muy sencillo: hasta bien entrada la primera década del siglo XXI, la España futbolística había sido eminentemente perdedora, y los numerosos éxitos de clubes españoles, siempre encabezados por el Real Madrid, se habían sustentado en gran medida, nos guste o no, en talentos importados del extranjero. Huelga decir que hay honrosas excepciones, pero ¿alguien recuerda un Balón de Oro español tras el del coruñés Luis Suárez?
No puedo evitar pensar qué habría sido de gente como Ramos, Casillas, Raúl, Isco o Asensio si hubieran pasado alguno de sus años de formación en la Premier League
Los triunfos de la selección española en este siglo se han asimilado, sobre todo por la prensa, como lo haría alguien muy poco habituado a ganar: triunfalismo exacerbado -no es para menos-, ausencia absoluta de crítica a los futbolistas españoles y una mezcla de chauvinismo y complacencia que se ha probado dañina en extremo. Esa actitud cala entre la afición y acaba por reducirse al absurdo, de manera que se considera que un jugador es bueno por el mero hecho de haber nacido en España. Veníamos del extremo opuesto a mediados de los 90, cuando nuestro fútbol acomplejado fichaba a cualquier maula extranjero por mor de la ley Bosman, cuando había numerosos jugadores nacionales cuyas prestaciones superaban las del recién adquirido presunto talento foráneo. Ninguna de las dos vertientes extremas se puede probar como correcta, residiendo la virtud en el término medio. No lo digo yo, sino que así lo enunció Aristóteles.
Continuando con el aserto, y centrando el tiro aún más en nuestro equipo, es decir, en el Real Madrid, insisto en el Erasmus obligatorio. Cierto es que hay ejemplos en la plantilla actual que han demostrado no necesitarlo y contar con un nivel óptimo de madurez y saber estar aun sin haber jugado en el extranjero, sin ir más lejos don José Ignacio Fernández Iglesias, Nacho. El defensa pesimista, como lo definió Carletto, encarna no sólo los valores madridistas, sino muchos valores aplicables a nuestro día a día: profesionalidad, saber estar, no decir una palabra más alta que otra y una lealtad inquebrantable al club, al que no intenta mangonear.
No puedo evitar pensar qué habría sido de gente como Ramos, Casillas, Raúl, Isco o Asensio si hubieran pasado alguno de sus años de formación en la Premier League, o incluso en Alemania, como sí hizo Dani Carvajal. No sólo habrían vivido otra manera de jugar al fútbol, sino que podrían haberse alejado de determinadas manías o mañas fomentadas por una prensa palmera y tóxica que cambiaba elogios por filtraciones, y podrían haber aprendido algunos valores que, muy posiblemente, habrían mejorado su transcurrir, sobre todo en sus últimos años de carrera, por nuestro club. ¿Las renovaciones de Sergio Ramos habrían sido normales y no materia de sainete? ¿Habrían cuidado más y mejor su preparación física Iker Casillas o Isco? ¿El nivel de caciqueo de Raúl habría sido menor en su larga y notable decadencia? ¿Habría sido Asensio el fenómeno que apuntaba, descartando cualquier posibilidad de mutar en Ausencio? Nunca lo sabremos, pero experiencias como las de Xabi Alonso o Álvaro Arbeloa, en este último caso mucho menos dotado técnicamente que cualquiera de los referidos, pero intachable como hombre de club, indican que su estancia en la Premier los mejoró como jugadores y los agigantó como profesionales.
Estas preguntas resultan de aplicación a otros muchos jugadores de otros clubes, si bien hay casos que más que un Erasmus piden a gritos un paso por el programa Hermano Mayor.
No hay respuesta a las preguntas formuladas, pues las situaciones planteadas pertenecen al terreno de la ucronía, pero quién sabe si el Erasmus obligatorio no podría ayudar a atajar problemas que aún no se han producido. Sinceramente, espero equivocarme.
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Buenos días, amigos. El personaje que interpreta Alan Alda en la formidable Delitos y faltas dejó dicho para la historia aquello de que comedia es igual a tragedia más tiempo, mítica fórmula escrita por Woody Allen y ya lugar común que se aplica hasta cuando no hay tragedia alguna, por ejemplo hoy.
Sucede que la clave de la fórmula citada está en el tiempo, pues medirlo bien, dar con el momento adecuado y con el contexto preciso, distingue la comedia del bochorno. Quedarse corto en dicho tiempo es faltar al respeto, pues la tragedia sigue siéndolo y su herida supura sin que aún sea aceptable tratar de cerrarla; esperar demasiado es, por otro lado, caer en la irrelevancia, pues ya no duele la tragedia, o se ha olvidado, o se han adelantado otras comedias con mejor timing a las que simplemente esta nueva pretende sumarse sin mayor éxito y con menor mérito.
No es un tragedia lo de Vini, elevado hoy a los altares de las portadas deportivas madrileñas, pero parecía acercarse bastante a ella durante meses y hasta años en los que estas mismas portadas -y otras tantas tertulias y artículos y opiniones y juicios y columnas y radios y televisiones- no solo daban cuenta de su mejorable nivel futbolístico, sino que caían con frecuencia penosa en la ridiculización, en el escarnio y en la burla desvergonzada. No dada pie con bola Vini, anunciaba maneras que culminaban en vacío, tenía el punto de mira fuera de órbita, era una decepción, un fracaso, la enésima razón para hacer del Real Madrid motivo de crítica, de risa, de mala planificación y de todas esas cosas -todas malas y muchas veces peores- que ustedes ya saben.
No había pasado el tiempo necesario para medir con mesura, pero eso no importaba. No se podía desaprovechar la ocasión de poner el foco sobre el Real Madrid para censurar y reír, para criticar y reír, para denigrar y reír. Ahora que ha pasado el tiempo, nada ha cambiado en realidad. Sí, ahora Vini es elogiado y temido por las defensas rivales, ahora aparece como uno de los jugadores más desequilibrantes del fútbol mundial y ahora se anuncia su renovación de estrella, pero ¿han visto en este tiempo alguna petición de disculpas, algún arrepentimiento, algún "me equivoqué"? Nada, que siga la ruda girando, ya esparza mierda o aire fresco. Lo importante es que gire y que nuestra querida prensa deportiva, motor del giro, salga siempre indemne de su acción, de su comedia inoportuna, de su nulo sentido del ridículo, de su falta de decoro y de su no medir los tiempos, ya sean estos los de Vini, los de Bale, los de Militão, los de Hazard...
En Barcelona sí que hay tiempo, todo el del mundo, tiempo expandido y completo, tiempo pleno e infinito. De otro modo no se entiende que hace diez minutos estuvieran en la ruina y que ahora cuenten con 2oo millones para fichar. Será cosa de las palancas, que detienen el tiempo al antojo de la parroquia culé, tan de cantera como Lewandowski, Raphinha, Christensen y Kessié, algunos de ellos nacidos en Calella de Palafrugell y otros en Horta de Sant Joan.
Si algo tiene el tiempo es que no para, como el ritmo en el Camp Nou a decir de Mundo Deportivo. Todo en streaming, en riguroso directo, en acción vertiginosa y sin pausa, como las cifras que se ofrecen por el citado Raphinha, ya sean 50, 55 o 60 millones, porque otra cosa no, pero millones siempre sobran en este tiempo, un tiempo nuevo inaugurado ayer, hace diez minutos, ahora mismo si quieren. Nada por aquí, nada por allá, conejo de la chistera. Hágase usted cliente premium y elimine toda publicidad de sus reproductores, no vaya usted a perderse toda nuestra propaganda en la que le ofrecemos la posibilidad de disfrutar de nuestro siempre caer de pie.
El escándalo siempre es de otro, por ejemplo de Sergio Ramos, que aparece en los bajos de Mundo Deportivo. Las faltas y los delitos ni nos rozan, como no rozaba Luis Suárez a ningún rival cuando era delantero del Barcelona. Circulen, aquí no hay nada que ver, salvo nuestro ilusionismo.
Pasen ustedes un buen día, queridos, a ser posible lleno de comedia.
Hola a todos, amigos. Marca ha reunido a 74 expertos para confeccionar un Top 100 (“Los 100 de Marca”) con el centenar cumbre de los futbolistas de la temporada en Europa. Al cierre de estas líneas no sabemos quiénes son los expertos, pero el Top10 que llega a la portada del diario de los hombres de Juancho hace pensar que algo de esto saben. Queremos decir con esto que Eric García no está en ese Top10.
Lo primero que salta a la vista del podio de la clasificación de Marca es el modo avasallador en que lo copan jugadores del Real Madrid, lo cual no es de extrañar si consideramos que los hombres de Ancelotti han protagonizado la campaña de sus vidas y de las nuestras. Afrontémoslo: hemos sido tan perfectos que damos un poco de asco.
En el número 1 aparece Karim Benzema, lo que mueve a Marca a titular “Benzemagia”. Suena a juego de palabras facilongo aunque, para ser sinceros, tenemos la sorprendente sensación de que a nadie antes se le había ocurrido. Benzema es el indiscutible líder de esta clasificación, como no podía ser de otro modo después de haber protagonizado un año soberbio, el mejor de su vida. Una temporada en la cual el francés ha conciliado la eficacia devastadora del killer más implacable con el arte supremo del esteta.
En el 2 aparece Thibaut Courtois, y tampoco tenernos nada que objetar. Hay quien sostiene que Courtois es ya el mejor portero de todos los tiempos, y aunque pueda parecer una aseveración aventurada no nos parece necesariamente un desatino. Courtois ya lleva dos Ligas y una Champions de blanco, lo que nos permite, unido a su importancia capital en esos logros, colocarlo en lo más alto de, como mínimo, el ranking de porteros del Madrid. Recurriremos aquí a la antológica cita de nuestro colaborador Luis Montero Manglano. “A ver si el fútbol a quien le debía una Champions no era al Atleti sino a Courtois”.
Del número 3 para abajo aparecen algunos jugadores que no son del Madrid. Nos resulta intolerable
En el número 3 tenemos a Vinicius Jr., el jugador joven mas apetecido por jeques y petromagnates pero también el más comprometido con nuestro escudo. Este ha sido su año, gol decisivo en la Final de Champions incluido. Es el wonder boy del fútbol europeo, el mejor regateador del mundo y la bala más letal por la banda izquierda. Salpiquinho se nos ha hecho mayor, amigos, ha cogido por los cuernos el estulto toro de los memes y se ha puesto el Bernabéu (el antiguo y el nuevo) por montera.
Del número 3 para abajo aparecen algunos jugadores que no son del Madrid. Nos resulta intolerable. No vemos qué méritos ha hecho Salah que no haya hecho Valverde, Mbappé que no haya hecho Rodrygo o Van Dijk que no haya hecho la dupla Militao-Alaba, que además tiene la ventaja de que te llenan dos huecos del ranking en lugar de uno. No negaremos que nos pueda el madridismo al llevar a cabo esta serie de consideraciones, pero oigan, quién en La Galerna presume de objetividad cuando la Catorce y la Treinta y Cinco aún acumulan minúsculos restos de césped en la sala de trofeos. Nos hace gracia ver al magnífico Salah en el puesto cuatro, no porque no se lo merezca, sino porque nos recuerda su risible insistencia en volver públicamente, una y otra vez, sobre la Final de París, reiterando hasta la náusea que el Liverpool fue mejor, que ojalá pudiera volver a empezar de cero la Final. Pero a ver, querido Mo, que os hemos dado para el pelo en Kiev, en los Cuartos del confinamiento y finalmente en París. ¿Cuántos de esos partidos quieres que empiecen de nuevo?
Y qué más contaros, amigos. Que As habla de un “nuevo papel” para Hazard (nos conformamos con que tenga alguno, dado que el “viejo papel” se nos antoja poco menos que inexistente), que Sport habla de palancas (leed hoy en La Galerna a Antonio Vázquez sobre tan hilarante eufemismo) y que Mundo Deportivo nos trae el Top Secret del encuentro fortuito entre Lewandowski y Xavi en Ibiza. Parece ser que, rememorando lo sucedido en esa misma isla en 1988, ambos se encaminaron al Ku Club y entonaron a dúo el tema Barcelona emulando a Freddie Mercury y Montserrat Caballé.
Pasad un buen día.
La historia se construye en torno a consensos. Hubo una época en que todo el mundo estaba convencido de que, para ganar, resultaba imprescindible la inclusión de mediocentros físicos en los equipos. Potencia, músculo, fuerza. A principios de la década de los dos mil –mucho más ominosa que la de Fernando VII-, miles de niños y adolescentes madridistas, traumatizados por el derrumbe del Madrid galáctico, fuimos aleccionados acerca de la importancia de aquel rol, encarnado circunstancialmente en la figura de Claude Makélélé. Según los expertos, el tapón de la bañera que sujetaba aquel baño de espuma tan plácido, cuya ausencia lo arrastró por el sumidero, para nuestra desgracia. Posteriormente, el tsunami tiki-taka pareció sumergir cualquier otra alternativa, y el consenso viró hacia el juego de posición y las combinaciones. No obstante, cuando la marea ha bajado tras un par de lustros discursivamente agotadores, ha resurgido de nuevo la querencia por mediocampistas “de recorrido”, eufemismo empleado para referirse a colosos que aguantan el choque sistemático y poseen una capacidad pulmonar superior a la media.
Un vestigio de esta creencia podría explicar el reiterado empeño en determinados jugadores, aunque a veces se antoje incomprensible. Verbigracia, el caso de Paul Pogba. Durante muchísimos mercados veraniegos un considerable sector del madridismo ha jugueteado con -o incluso ha anhelado- su llegada al Bernabéu, y fíjense en lo que ha quedado. El futbolista francés tiene planta y calidad, de esto no cabe duda. Pero acaso la insistencia tan pertinaz en su fichaje haya tenido ecos de aquella obsesión. Hasta Zidane, icono por antonomasia de un tipo de centrocampista diferente, suspiró una y otra vez por la incorporación de Pogba. Aunque tiene su explicación: en primer lugar, Zizou se trata de un técnico mucho más italiano de lo que se quiere reconocer, y, por otro lado, el marsellés vivió en primera persona el galacticidio anteriormente mencionado. De ahí la preferencia por un coloso que corra y abarque, y las sospechas ante jugadores algo más discontinuos, menos dependientes de su físico que de su técnica. Como podrían ser los casos de Ceballos, inexplicablemente descartado desde el minuto cero –y no solo, ay, por Zidane-, o Fabián, inexplicablemente fuera de las quinielas en la lista de futuribles mediocampistas blancos. Ambos, cada uno con sus especificidades, representantes paradigmáticos de lo que podríamos llamar “jugador andaluz”, todo un concepto en sí mismo que merece la pena desarrollar.
El jugador andaluz no tiene por qué cumplir con las características que se atribuyen de manera tópica a la región, pero de alguna manera comparte una cosmovisión, en mi opinión más cercana al entendimiento del fútbol como un juego antes que como una profesión. Lo que no quiere decir que frivolice: nadie juega con más seriedad que un niño del sur. Tampoco es inmune a la disciplina, aunque intentará enmarcarla en las dimensiones que su intuición original le señala. Su fuerte puede ser el arabesco, la finta, el regate, el pase, la jerarquía o el disparo, resulta irrelevante: lo llamativo consiste en esa pátina de determinación, un punto primitiva, con que se obstina en llevar lo aprendido en la calle al campo. Además de una inteligencia, o más correctamente astucia, para desenvolverse en escenarios peliagudos. Por otro lado, el jugador andaluz es casi siempre capitán independientemente de portar o no el brazalete. Muchas veces sin saberlo.
Su fuerte puede ser el arabesco, la finta, el regate, el pase, la jerarquía o el disparo, resulta irrelevante: lo llamativo consiste en esa pátina de determinación, un punto primitiva, con que se obstina en llevar lo aprendido en la calle al campo
El Madrid de la próxima temporada no anda escaso de físico en el medio del campo. Casemiro, Valverde, Camavinga, Tchouameni… Todos seguramente fundamentales para competir en esta nueva deriva del balompié. Sin embargo, en año de Mundial, sin pretemporada adecuada, con la necesidad cierta de proteger a Modric y Kroos, quizá quede espacio para un séptimo centrocampista en la plantilla, sobre todo si tiene un perfil distinto. A estas alturas del texto, el avispado lector sin duda ha advertido ya por dónde voy. Al fin y al cabo, uno echa mano de los libros de historia y en todos los grandes Real Madrid ha habido al menos un jugador andaluz. Santisteban, Pineda, Juanito, Gordillo, Hierro, Sergio Ramos, Isco. Y es que no solo la historia del fútbol, sino también la de cada club, se construye en torno a consensos. Conviene recordarlo.
Año 2030. Dentro del despacho oval, la presidenta Lisa Simpson discute con sus asesores cómo sacar a los Estados Unidos de la ruina económica que le ha legado su predecesor; el presidente Trump. Se pretende anunciar un gravoso impuesto de emergencia, pero suavizando el golpe a los contribuyentes, poco dispuestos a pagar más. El secretario Van Houten sugiere un eufemismo como Ajuste temporal a reembolsar, aunque advierte de lo desvergonzado de la maniobra. El discurso televisado a la nación empieza con buen pie para Lisa; los ciudadanos acogen con agrado la idea del ajuste temporal. Pero todo se tuerce cuando Bart, el inútil hermano de la presidenta, irrumpe en medio del directo y acaba denominando la subida de impuestos como una estafa fiscal, algo que enfurece a los estadounidenses.
Más allá de destacar la capacidad de los guionistas de los Simpson para adelantarse a acontecimientos tan inesperados hace más de dos décadas como la presidencia de un personaje como Donald Trump, lo que sucede en ese episodio recuerda poderosamente a lo que está viviendo estos días el Barça. Gracias a ese eufemismo conocido como ‘palancas económicas’, la junta directiva que preside Joan Laporta, ayudada por los medios, ha transformado en algo positivo lo que no deja de ser una descapitalización de ingresos recurrentes. Una medida desesperada que da algo de aire hoy, pero que agrava la distancia en cuanto a ingresos anuales con sus rivales durante 25 largos años. Vender parte de tus activos para paliar las pérdidas de un ejercicio ordinario es una práctica de altísimo riesgo financiero. Liquidar aún más porciones del negocio para invertir en futbolistas es acelerar a todo gas en dirección al abismo. Como pagar a doce meses y con intereses una fastuosa cena, aunque el resto de ese año te veas obligado a comer chopped a diario.
Gracias a ese eufemismo conocido como ‘palancas económicas’, la junta directiva que preside Joan Laporta, ayudada por los medios, ha transformado en algo positivo lo que no deja de ser una descapitalización de ingresos recurrentes
El eufemismo es un mal endémico del periodismo, un atajo que logra mejorar la digestión del fenómeno al que se alude, evitando explicarlo en profundidad, siempre a costa de cambiar su significado. Así, se emplean expresiones como impuesto revolucionario en lugar de extorsión terrorista, mesa de diálogo en vez de proceso de negociación, o conflicto armado en lugar de guerra. Es obvio que el concepto de activación de palancas financieras suena mucho mejor que venta de ingresos recurrentes. Así que aquellos que deberían dedicarse a contar la verdad han abrazado con alborozo este término, a sabiendas de que pinta una artificial capa de optimismo sobre una operación que es a todas luces perjudicial para el F.C. Barcelona.
No sorprende que buena parte de los aficionados (y periodistas), obsesionados con el hoy, con la llegada del nuevo cromo y con ilusionarse cueste lo que cueste, estén encantados con el troceo y mercadeo de los activos del club para contratar nuevos futbolistas. Futbolistas que en ningún caso permanecerán en el club 25 años. Es bastante probable que dentro de muy poco tiempo, y con la situación agravada por el efecto de estas medidas, los hinchas vuelvan a reclamar más caras nuevas sin atender a excusas. Y quedará entonces poco o nada que empeñar. El infantilismo se cura con la realidad, no con maquillajes retóricos que mantengan viva una fábula que ya vivimos hace no demasiado. Los mismos que se burlaban de la falta de inversión del Real Madrid mientras alababan al presidente del Barça por fichar sin cesar, ahora se quejan de la herencia de esa etapa y diseminan la responsabilidad en cualquiera que no sean ellos. El Barcelona podría reconstruirse con la mesura que planteó un candidato presidencial que, por supuesto, perdió las elecciones. Venta de futbolistas, drásticos recortes salariales, apuesta por la cantera y salidas al mercado solo en busca de grandes oportunidades es una fórmula menos llamativa, pero más realista y ortodoxa en términos financieros. Y permitiría una recuperación rápida a una entidad muy importante, aunque posiblemente a costa de sacrificar el presente más inmediato.
Vender parte de tus activos para paliar las pérdidas de un ejercicio ordinario es una práctica de altísimo riesgo financiero
La realidad es tozuda y, por muchos escenarios fantásticos que se dibujen sobre ella, siempre acaba aflorando. Desde la perspectiva del madridismo también hay que sacar lecciones de lo que le ocurre al máximo rival. Durante años he leído y escuchado encendidas críticas al conservadurismo económico de Florentino Pérez, tras varias etapas de desinversión, con más ingresos por ventas de futbolistas que gastos en compras. El aficionado, de aquí y de allí, debería madurar para saber que por muchos eufemismos que quieran endulzar los hechos, ni el dinero es infinito, ni las deudas se pueden patear eternamente hacia adelante como si de una pelota se tratara. Lo esencial es la pervivencia de la entidad y toda iniciativa que la amenace se debe desechar. Afortunadamente, la actual directiva madridista se ha regido siempre con principios financieros rectos. Pero ninguna junta es eterna y mañana podemos ver (como ya hicimos en el pasado) procesos que conduzcan a lo que ahora sucede al otro lado del puente aéreo. Aficionados y, sobre todo, socios debemos aprender y prepararnos para detectar falacias vestidas de palancas u otros eufemismos. Necesitamos actuar como el Bart Simpson que desmonta la mentira y deja la verdad desnuda, aunque esta no sea agradable a la vista.
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Hay veces que la vida nos arregla los sueños. Raúl quería triunfar en el Calderón y lo logró con 19 años, pero la realidad le quitó las rayas rojas que sobraban en su fantasía. Ese Raúl de enero de 1997 era primitivo, brillante, genuino, desafiante y políticamente incorrecto. Ya llevaba dos años demostrando su carácter y había dejado imágenes icónicas, como aquella en la que bailaba frente con frente con Pietro Vierchowod, de la Juventus, 18 años mayor que él. Era insolente y gracias a ello despegó tan rápido. Sus mejores recuerdos están en sus primeras temporadas, como la noche del Calderón.
El Madrid, líder, se marchó perdiendo al descanso. Raúl volvió del vestuario con un gol bajo el brazo y lo celebró besándose el escudo. Ese gesto era un grito al mundo para constatar que ahora se encontraba en el lado bueno de la historia. El partido estaba igualado en el marcador y también en la intensidad de ambos equipos, con una asfixiante presión en la salida de balón, un invento que muchos creen reciente. En ese exceso de revoluciones, Mijatovic, de carácter balcánico y volcánico, insultó al juez de línea tras una pugna con Santi Denia y fue expulsado. A falta de algo más de 20 minutos para el final, quizás alguien pensó que el empate era un buen resultado en la casa del campeón. Ese alguien no era Raúl.
Es su gran noche hasta el momento y quedará como una de las más recordadas de su carrera. Su consagración en la élite, la primera piedra de lo que acabó llamándose Raúl Madrid
Aquella noche, Raúl se alzó como la gran figura de un equipo que reunía estrellas como Mijatovic, Suker, Redondo o Hierro. Siguió creando problemas a la defensa del Atleti y eso contagió a sus compañeros: ni un paso atrás. La jugada que acabaría en memorable arranca con un balón largo de Fernando Hierro buscando la juventud de Víctor Sánchez del Amo. El canterano no llega, pero inicia la presión para incomodar la salida de balón atlética. A esa misión se unen Seedorf y Redondo. El argentino, omnipresente, se expande para minimizar los espacios y provocar el fallo de Vizcaíno sin tocar el balón. La estadística dará el balón recuperado a Seedorf, pero quien extrajo el oro fue del 6 blanco; para que sigan contándonos el fútbol a través de los números.
Comienza de nuevo el ataque del Madrid con Víctor, que no había dejado de correr, conectando con Redondo. Raúl tira un desmarque, pero el pase del argentino va en otra dirección, por lo que el 7 se ve obligado a hacer uso de la flexibilidad de los jóvenes para cambiar de planes. Raúl coge el balón y ya no lo soltará hasta depositarlo dentro de la portería, pero en el trayecto dejará una de las jugadas más recordadas de su carrera. El control es un regate que deja a Geli prácticamente fuera de la jugada con un solo toque. El delantero blanco avanza hacia el área y, ante la presencia de Juanma López, frena en seco, como si hubiera sido poseído por el espíritu de su predecesor, Butragueño. Deja rehacerse a su oponente, porque lo quiere entero para partirlo por la mitad: le enseña que el fútbol es como bailar salsa, una cuestión de caderas. La de López, en ese momento, parece la de un octogenario a punto de quebrarse. El defensa atlético intenta una última maniobra, mientras cae al suelo, pero Raúl pone su liviano cuerpo para proteger la posición con la misma contundencia que un fornido de 90 kilos. El éxito no es creerse uno mismo lo imposible, sino que se lo crean los demás. Ese es el misterio de la fe madridista.
Ante la salida de Molina, sin apenas ángulo para ejecutar, Raúl marca por el único hueco que queda libre entre el poste y el portero. Es su gran noche hasta el momento y quedará como una de las más recordadas de su carrera. Su consagración en la élite, la primera piedra de lo que acabó llamándose Raúl Madrid. Lo entendió perfectamente pero era joven y estaba libre de artificios. Por eso, arrancó a correr por detrás de la portería, gritando gol como un loco por delante del Frente Atlético, cerrando los puños y subiendo las rodillas, dejándose llevar por el éxtasis, huyendo de festejos prefabricados. A nivel personal, me encantó tanto esa celebración, que la he elegido como ilustración de portada de ‘Fondo blanco: Una crónica sentimental del Real Madrid’. Porque es así, como ese Raúl pueril y enloquecido, como me gustaría vivir siempre el fútbol.
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Capítulo 1: Puskas al Atlético
Capítulo 2: Roberto Carlos al Tenerife
Capítulo 3: Zidane en la Novena
Capítulo 3: La volea de Van Nistelrooy al Valencia
Buenos días, amigos. Por si os habéis despistado, hoy es el último día para presentar la declaración de la Renta. La campaña comenzó el 6 de abril, justo el día que el Madrid le endosaba tres goles al entonces campeón de Europa, el Chelsea, en Stamford Bridge. Si por lo que sea os toca pagar al fisco y además sois autónomos, recordad que hoy también detraen, realmente ya habrán detraído, de vuestra cuenta corriente la cuota de la Seguridad Social. En definitiva, hoy os sentiréis como Mendy —el portero del Chelsea— después de que en el citado encuentro Benzema le robase la cartera.
Pero como vivimos en un país maravilloso con una economía que va viento en popa, tanto que la inflación está de subidón, seguramente los ahorros aún os permitan adquirir uno de los “cracks de la última década” —así los denomina As— que terminan contrato y quedan libres hoy a las 00:00.
Al parecer, la idea es colocarlos todos en la planta séptima, la de oportunidades, de El Corte Inglés bajo un cartel gigante que rece: “Las rebajas del fútbol”. Como medida excepcional, hoy a las 00:01 abrirá sus puertas el conocido comercio y todo el mundo podrá acceder en tropel para rebuscar su ganga en el cajón de cracks de la última década y atosigar a preguntas a los desbordados dependientes.
—Oiga, me se ha muerto el rottweiler, pero ya de viejo, no se crea, que yo lo cuidaba como si fuese mi hijo, y estoy buscando en las rebajas algo que imponga, pero que luego sea cariñoso con los niños, como lo era mi Manolo, mi marido.
—Vaya, lo siento, señora, ¿también se le murió el marido?
—No, se fue a por tabaco y no volvió. Mi vecina la Patro, que es más mala que un dolor, dice que me abandonó porque yo hablaba mucho. Fíjese usted qué tontería. Y entonces…
—Sí, sí, señora, no es necesario que siga, la entiendo y sé lo que usted necesita; llévese un Pogba, lo tenemos regalado de precio, solo tendrá usted que mantenerlo.
Escenas como estas se vivirán esta madrugada a porrillo. Argentinos nostálgicos en busca de un Di María o un Dybala, estetas regateando por un Isco, hosteleros vampíricos a la caza y captura de un Luis Suárez al que hincarle el diente…
Hay quien dice que a Mariano, aunque no termine contrato, lo tienen colocado en un lugar preferente para lograr su venta, pero cada vez que un potencial comprador entra por la puerta al delantero le entran ganas de ir al baño y desaparece.
Mientras tanto, los diarios catalanes dan buena cuenta de los viajes de Lewandowski, que bien podrían ser los de Gulliver por la diferencia de altura con Xavi Hernández, con quien “coincidió” en un restaurante de Ibiza, según informa Mundo Deportivo.
Ojo, “coincidió”. Yo también coincidí con el Rey de España una vez. Ambos estábamos en el mismo estadio presenciando la final de Copa. Él en el palco y yo en el último asiento de la grada alta. Información de calidad la del diario de Godó.
Pero como Lewandowski lleva mucho tiempo en Alemania, se le ha pegado la afición por las Baleares, y Sport asegura que donde realmente estaba no era en Ibiza, sino en Mallorca, bello lugar en el cual espera su fichaje por el Barça.
O bien Lewandowski tiene el don de la ubicuidad o viaja más que Willy Fog antes de que el combustible costase más que el Champagne.
Con la excusa de que mañana 1 de julio se cumplen diez años de la conquista en Kiev de la tercera Eurocopa por España, segunda consecutiva y entre medias el mundial, Marca dedica su portada a la selección, personificada en un Vicente del Bosque que sostiene una elástica española con el número doce.
Aunque la verdad, el mejor recuerdo que nosotros guardamos de Kiev es la Decimotercera.
Pasad un buen día.
Comentaba el compañero Tomás González Martín en sus líneas en El Debate que, parece, Ancelotti tiene decidido variar de sistema de cara a la próxima temporada. Lo que hace unos meses era una negativa rotunda a introducir el 4-4-2 como esquema, ya no habitual, si no tampoco excepcional en algunos choques de la temporada que precisaran de más fuerza, músculo y presencia en el centro del campo, ahora ha pasado a ser la primera opción para la 22/23. Este cambio de opinión de Carletto obedece, sin duda, a la incorporación de Tchouaméni. Su alto coste puede condicionar su titularidad pero, sobre todo, se debe al paso del tiempo que es un monstruo que devora implacable.
Me alegra la información de Tomás porque soy un convencido de que el Real Madrid ha desplegado su mejor juego cuando ha colocado a cuatro buenos futbolistas en el centro del campo. Casemiro, Modric y Kroos tienen el respeto de todo el planeta fútbol pero —y nadie me podrá discutir esto— la próxima temporada serán un año mayores y protegerles debe ser una obsesión para el técnico italiano. Liberar a Luka de correr tanto hacia atrás para robar balones, que Toni se pueda ahorrar algún sprint y que Carlos Henrique no sea la única figura capaz de acudir a las coberturas de los laterales será fundamental para que todos ellos alarguen su carrera.
El 4-4-2 como esquema habitual ha pasado a ser la primera opción para la 22/23. Este cambio de opinión de Carletto obedece, sin duda, a la incorporación de Tchouaméni
Por tanto, la lógica invita a pensar en que Casemiro y Tchouaméni podrán formar el doble pivote defensivo. Al carioca le conocemos todos, también su capacidad para aleccionar a los nuevos, por ello no se me ocurre mejor forma para pulir al joven galo que compartiendo infinidad de minutos con el brasileño. El recién llegado es una mala bestia (en el buen sentido de la palabra): espigado para ganar balones por alto, de zancada imponente para perseguir al rival y de colocación sublime, lo que ha hecho de él uno de los mejores ladrones de Europa durante la temporada pasada y le ha afianzado en el once que Deschamps ha diseñado para la selección francesa con el Mundial de Catar en el horizonte. Solo con su presencia en el césped, el rival ya mirará con cierta inseguridad y desconfianza la meta de Courtois.
La idea de Ancelotti es, por tanto, rotar mucho en la medular, porque Fede Valverde y Camavinga no pueden quedar relegados lo más mínimo después de lo demostrado en esta temporada de ensueño. Y, si me apuran (y se acaba quedando), tampoco Dani Ceballos o Lucas Vázquez. Carletto tiene la intención de ampliar la gama de posibles titulares a 17 o 18 jugadores si añadimos a Nacho, que al final siempre acaba jugando y demostrando que podría ser titular perfectamente y, por supuesto, a Rodrygo (uno de los héroes de la Decimocuarta), a Hazard, al que se espera en su enésima resurrección futbolística y a Marco Asensio, una vez se resuelva su futuro para la próxima temporada.
La idea de Ancelotti es rotar mucho en la medular, porque Fede Valverde y Camavinga no pueden quedar relegados lo más mínimo después de lo demostrado en esta temporada de ensueño
Inevitablemente, la presencia de cuatro centrocampistas reduce a dos las piezas que podrán entrar en la delantera. No hay ninguna duda en que, salvo lesión, esos dos puestos serán para Vinicius y Benzema, la pareja de moda en Europa. Los 90 goles generados entre ambos sumando dianas y asistencias les avalan, por lo tanto, de entrada, Hazard, Rodrygo y Asensio tendrán que esperar su oportunidad desde el banquillo porque ninguno ha cuajado como posible centrocampista capaz de entrar en la rotación de Kroos y Modric. Quizá el belga, pero eso significaría renunciar a su mordiente y habilidad cerca del área.
En principio no me parece mala idea regresar al 4-4-2 que tantas alegrías ha dado al madridismo históricamente, aunque ello suponga perder algo de verticalidad de tres cuartos de campo en adelante. Ahora bien, si el doble pivote acerca la clarividencia, el disparo y, en su conjunto, el exterior de Luka Modric al área rival, ya habrá valido la pena al menos probarlo. Del ‘9’ ni me pronuncio porque quedó patente que el técnico transalpino no le tiene ninguna fe ni a Jovic ni a Mariano, suponiendo que alguno de los dos sigan vistiendo de blanco, lo que es mucho suponer a estas alturas de verano. Tener mucho fondo de armario es una gran suerte y un verdadero quebradero de cabeza para un entrenador experto en las relaciones personales y en conducir vestuarios ganadores. Ancelotti, de golpe, tendrá la oportunidad de escoger alternativas y soluciones cuando gire el cuello hacia el banquillo entre Mendy, Odriozola, Nacho, Valverde, Camavinga, Ceballos, Hazard, Asensio o Rodrygo, entre otros. Bendito problema. Al final, habrá que dar gracias por no tener a Mbappé.
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Buenos días, amigos. Hoy me he lewandowski dando un salto mortal, he puesto un par de huevos en mi sartén, dentro de una hogaza he preparado un żurek, y en Spotify he descargado a Chopin. Porque hoy algo me dice que el Barça va a fichar de una puñetera vez a Lewandowski y nos va a permitir dejar atrás esta obsesión con Polonia que nos subyuga como consecuencia de la brasa que nos dan cada mañana tanto Mundo Deportivo como Sportify con la pretendida contratación del bueno de Robert por el comedido Laporta. Hace un mes que solo vemos películas de Kieslowski y que no necesitamos, como le sucedía a Woody Allen, escuchar a Wagner para poder desear fervientemente invadir Polonia. No lo necesitamos porque tenemos a Lewandowski hasta en el susodicho żurek, sopa polaca que se consume en el interior de pan de pueblo y a la que no vemos más que ventajas.
Como destaca Mundo Deportivo, la operación será (o no) posible merced a la activación de la palanca —palabreja financiera— correspondiente a la venta del 10% de los derechos de TV culés por 205 millones. Decimos que se hará o no porque las posturas siguen estando muy lejanas con o sin palanca. Esta palanca se activa merced al acuerdo con la empresa Sixth Street, con la que curiosamente (o no tanto) también ha trabajado el Real Madrid en otras ocasiones.
El vikingo medio desearía ver al Barça hundido en los abismos procelosos de Segunda B, descendido por un juez a instancia de los acreedores y fichando a Wesley Snejder como gran estrella tikitakesca para su medio campo. Nada de eso va a suceder, amigos galernautas. Recordemos que al Madrid le interesa un Barcelona relativamente fuerte por mor de la Superliga, y que nuestros bajos instintos deben someterse a los designios de la Alta Política. El nuevo enemigo es el petroclub y al Barça, si acaso, hay que lanzarle el salvavidas con tanto altruismo como condescendencia.
—¡Un salvavidas pinchado! —ya oímos a alguien dar ideas desde el fondo de la sala portanalítica.
No, amigos, no. Sabemos que es mucho pedir, que son muchas las afrentas que se acumulan en el pasado, pero tratemos de trascender con altura de miras el inevitable afán revanchista.
El que pueda.
Nos calma Sport al comunicarnos que Laporta llamó “personalmente” a Lewandowski para tranquilizarlo respecto a la marcha de la gestión. Nos encanta lo de llamar “personalmente”, como si Laporta fuera un hombre de estado que se aviene a bajar al barro a pesar de que estas son menudencias que no casan con su enorme estatura moral y pública. “Te quiero personalmente” es el título de una novela del Gran Wyoming. Parece que el bueno de Jan quiere a Lewan personalmente también, en lugar de quererle a través de intermediarios. Está la cosa en Can Barça como para que el amor acarree comisiones.
Y de Lewandowski a Rodrygo, amigos. Uno de nuestros brasiniños de oro concede una entrevista a As desde la playa de Copacabana. “Ganamos por juego y corazón”, asegura en referencia a la temporada de nuestras vidas, que acaba de finalizar. Nada que oponer estando como estamos completamente de acuerdo con el análisis. En la foto, Rodrygo juega al fútbol sobre la arena y controla un balón entre el hombro y el cuello. Nos consta que en ese momento apareció en lucebolas, de detrás de un puesto de frigopiés, el mismísimo Hernández Hernández para pitar mano, no fuera a ser que la cosa acabara en gol. El gol ha sido la especialidad del joven delantero en este año, en particular el gol decisivo con pocos minutos sobre el campo. Esta modalidad la ha practicado de manera antológica en la temporada finalizada hace ya un mes, con resultados que pueden corroborar transatlánticos como el Chelsea y el Manchester City.
Queremos tanto a Rodrygo, y sabemos que en la temporada que entra se va a salir, confirmando todos los pronósticos de megacrack que, además, no nos puede caer mejor. Llaman la atención sus dos tatuajes, que habitualmente no tenemos ocasión de ver por permanecer ocultos bajo la blanca camiseta que lleva pegada al corazón. Un ave rapaz planea majestuosa sobre su costado, simbolizando tal vez sus innegables condiciones para la cetrería del gol.
El otro tatuaje está en la cara interna del bíceps, donde intuimos lo que parece un poema, acaso una cita bíblica. Desde nuestra lejana posición de portanalistas no alcanzamos a desentrañar las palabras tatuadas para siempre en la piel de nuestro hombre. Siendo de alta resolución la foto de As, y habiendo contratado a un experto en estas lides, hemos logrado descifrar el enigma.
De hecho, sí uno aguza la mirada, como lo haría el águila real del otro tatuaje sobre una presa montesa desprevenida allá abajo, puede llegar a intuir lo que el experto nos confirma.
“Y ya un día le toca los huevos al Mourinho, que tiene mucha gracia, y le dice: —Oye, esto… Ozil, ¿me dejas que yo te hable en confianza, como si fuera tu padre? Y el otro: —Sí, sí, claro. —Mira, esa tía con la que sales se la ha follado todo el Inter, todo el Milán, incluido el cuerpo técnico de ambos equipos. La terminó dejando. Pero fíjate si es animal de bellotas que le dice: —Incluido el cuerpo técnico”.
Pasad un buen día.
Hace exactamente un mes, el 28 de mayo de 2022, el Real Madrid ganó su decimocuarta Copa de Europa. Después de la espectacular singladura madridista en las eliminatorias previas, había que ganarla sí o sí, estaba de Dios. Las milagrosas remontadas —realmente no fueron tan milagrosas, sino muy meritorias y trabajadas, pero eso es otra historia y hay quien no quiere verlo— no podían quedar sin colofón, broche de oro o como quieran llamar a eso que en el Madrid se conoce como victoria. No era justo que nos privasen de disfrutar de la liturgia de Florentino colocando otra Champions más en el estante con más sobrepeso de la sala de trofeos del Bernabéu.
El mes de mayo es cuando los madridistas lloramos más, y no por la conjuntivitis alérgica precisamente. Tampoco son lágrimas quejumbrosas como las que asoman de los ojos culés ni el llanto envidioso que emiten los atléticos. Son lágrimas de felicidad, de liberación, de alivio de la presión tras meses de la más dura competición. Y debido a que el Madrid se ha empeñado en ganar más Champions que nadie, entre mediados y finales de mayo no es raro ver llorar a madridistas incluso de esos con aspecto de Clint Eastwood.
Yo nací de pequeño, como todo el mundo, y aún sin edad. Vine al mundo entre mediados y finales de mayo, época de celebración madridista. Por aquellos años, el Madrid, con seis Copas de Europa, era el club que más veces había ganado el torneo. De hecho, siempre ha sido el club que más Copas de Europa ha tenido. Aún ni siquiera había perdido la final del 81 frente al Liverpool, viejo compañero de fatigas en esto de disputarse el tesoro más preciado. Sin relación alguna con las Copas de Europa ni con el Liverpool, mis padres decidieron llevarme a la iglesia para que me bautizaran a las pocas semanas de nacer. El cura procedió, entiendo yo que como proceden los curas en estos casos, e imagino que llevó a cabo su tarea como Dios manda. Que yo sepa, no hubo quejas, aunque es cierto que con días de vida uno se entera poco más o menos de lo mismo que un lunes antes de tomar café.
Yo nací de pequeño, como todo el mundo, y aún sin edad. Sin relación alguna con las Copas de Europa ni con el Liverpool, mis padres decidieron llevarme a la iglesia para que me bautizaran a las pocas semanas de nacer
Al poco tiempo del sacramento, empecé a llorar más que antes, pero ya era tarde para echarse atrás y mis padres decidieron no desprenderse de mí. Incluso me llevaron con ellos durante sus desplazamientos veraniegos. Uno de esos destinos fue el pueblo de una de mis tías, San Martín de Castañeda, localidad zamorana conocida por estar situada junto al Lago de Sanabria y por servir a Madrid como proveedora oficial de taxistas de pescuezo grueso.
Desde la terraza de aquella casa sanabresa se veía el futuro, ya que las vistas daban al cementerio del pueblo. En aquel momento yo tenía dos meses y lloraba más que un atlético en el minuto 93. Tanto, que comencé a ser objeto de los comentarios de las ancianas del lugar.
Debido a la inmadurez propia de un bebé, no recuerdo a aquellas señoras en aquel preciso momento, pero sí pocos años después. Su aspecto era el habitual de las mujeres rurales mayores del Noroeste español de hace más de cuarenta años. Cara curtida, como surcada por los anillos de un tronco de madera, pelo blanco-amarillo, pañuelo en la cabeza y vestidas de negro. Normalmente vestían de negro porque a los maridos les daba por trabajar mucho, beber y morirse, mientras ellas tenían que seguir trabajando porque seguían vivas. No era raro que desprendiesen un olor dulzón, pero en aquella época la supervivencia —y la falta de costumbre— no dejaba mucho tiempo libre para lavarse.
La abuela de mi tía, cuando observó que yo no dejaba de llorar, emitió su veredicto: “Este niño está mal bautizau”
Una de esas mujeres era la abuela de mi tía, que cuando observó que yo no dejaba de llorar, emitió su veredicto: “Este niño está mal bautizau”.
No hubo lugar a réplica. Las abuelas del pueblo me tomaron en brazos y me bajaron a la iglesia del pueblo. Una vez allí y en un rito poco ortodoxo, procedieron a bautizarme con agua bendita ellas mismas, sin presencia del cura. Al carecer de oficialidad, podríamos catalogar este segundo bautismo como amistoso, por lo que probablemente para la FIFA carezca de validez.
Los caminos del Señor son inescrutables —menos aquella vez frente a Malta cuando todo el mundo sabía que iba a chutar a puerta— y después de ser bautizado por segunda vez, dejé de llorar.
Ahora ya solo lloro cuando el Madrid gana la Champions.
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