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Así viví la Decimotercera: Jesús Bengoechea

Así viví la Decimotercera: Jesús Bengoechea

Escrito por: Jesús Bengoechea26 mayo, 2019
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La última Champions League ganada por el Real Madrid debería ser siempre la preferida por el madridismo. O si no, al menos, una de las preferidas. Sucede sin embargo que a la Decimotercera se le ha aplicado una pátina de amargura, y esta vez el descrédito no viene tanto de los medios (tan proclives a restar méritos a las victorias blancas) como del propio madridismo.

Se diría que las desafortunadas declaraciones de Cristiano y Bale tras el partido hubieran desprovisto de brillo a esta Copa por lo demás plagada de fenómenos paranormales. Con todo, y por muy mal que me parezca lo que dijeron tanto el galés como el portugués al término del choque, no veo por qué esos dos desahogos individuales deben jugar en contra del cariño que la afición debería tener a este agónico trofeo. Tiene emoción, tiene casta, tiene dos chilenas para enmarcar en cuartos y en final (con lo raro que es eso) y tiene a dos porteros rivales cediéndonos amablemente goles tanto en la semifinal como en la final también (con lo inusual que es eso, que solo se ha visto ahí y en aquella Supercopa con Valdés y Di María). Keylor hace el partido de su vida ante el Bayern. La Juve casi remonta un 0-3 y lo impide en el último suspiro un penalti que, pese a ser nítido, desata las iras mundiales de los cristobalsorias. En casi todas las eliminatorias hay puro drama Real Madrid con elementos de poltergeist. La Trecena es la leche, oigan. Quiéranla más.

Sí el Atleti hubiera ganado una sola Copa de Europa, una sola, ya podían al final haber registrado las cámaras la confesión de Griezmann y Koke de su pertenencia a un grupo terrorista chií que los colchoneros la seguirían adorando sin remilgos. Este éxito, sin embargo, activa más que ningún otro el aguafiestismo disfrazado de señorío que aqueja a la afición vikinga. La falta de una respuesta pública de jugador y club a la tesis según la cual Ramos sacó deliberadamente del partido a Salah no ayuda tampoco. Sin un relato alternativo, el Madrid ha permitido que la Final de Kiev pase a la historia como aquella en la que Ramos lesionó adrede a la gran figura egipcia, y aquella (también) que se ganó por eso y por una presuntísima conmoción cerebral de Karius causada por el propio Ramos (vivo en Gran Bretaña y puedo asegurar que muchísimos fans del Liverpool creen a pies juntillas la pintoresca patraña). Añadan a eso el deseo vinagrista de extender una capa de desafecto sobre un momento histórico que por ley debe ser considerado el principio del fin de un ciclo, y tendrán la Champions del Madrid más maltratada por el madridismo.

No por mí, desde luego. Al carajo con todo eso.

Yo adoro la Trecena pese a que en mi recuerdo va indisolublemente unida a una tortícolis galopante. Nunca he asistido a un partido desde una localidad más mierda: en un asiento a ras de césped, detrás de una de las porterías y con la pista de atletismo en medio. La pista de atletismo estaba en medio para todos los espectadores, ya lo sé, no solamente para mí. Pero la falta de perspectiva del fondo se acrecienta si añades distancia entre el partido y tú. Me vi obligado a seguir su desarrollo en una de las pantallas gigantes del estadio, concretamente en la que estaba en mi fondo, puesto que las pantallas no eran en realidad tan gigantes y la del fondo opuesto me quedaba muy lejos. De ahí la tortícolis. Hay recuerdos que necesitan réflex.

Nada de lo que acontecía en la portería contraria me resultaba distinguible, oteable, inteligible. El gol de Karim me pilló distraído mirando la repetición de una jugada anterior en la pantalla. Para cuando, con un crujido del esternocleidomastoideo, me giré para preguntar a Lucía Corregel y Jorgeneo qué había sucedido, el Madrid ya ganaba 1-0 y Cristiano se las prometía muy felices pensando que nadie podría hurtarle la gloria de su chilena triunfal en cuartos con una chilena triunfal en Kiev. Ya digo que todo en la Trecena es raro raro raro, pero de un raro encantador y onírico. Puesto a innovar, el Real Madrid viste a su épica, en Kiev, de una ornamentación surrealista. Nunca antes en la historia de la literatura se dieron la mano el dadaísmo y el cantar de gesta. La Trecena, amigos, es denodada y pasmosa. Lo sabe todo el mundo.

Lo saben también Lucía y Jorgeneo y el mismísimo Richard Dees, sentado a mi siniestra, que acabaría el partido llorando como una magdalena barbuda. Espero, Richard, que no te moleste que haga pública esta revelación que en nada afecta a tu virilidad. Si yo no lloré fue solo porque la perplejidad va siempre de la mano con la emoción en la Trecena, aplacándola en ocasiones.

El empate de Mané me agarró en el fondo opuesto y seguí sin enterarme de mucho. Yo aún no lo sabía, por supuesto, pero estaba sentado precisamente donde tenía que estarlo para enterarme bien de lo que había que enterarse. Llevaba una camiseta de Bale, y (aunque tampoco lo sabía todavía) ésa era precisamente la camiseta que correspondía llevar puesta. La Trecena es de Bale y también por eso se la quiere menos, pues no en vano el galés capitaneó en Brecon Beacons aquella secta que secuestró y ajustició uno a uno al sacerdote y los 54 fieles de una iglesia metodista, sin emplear para ello ni una sola palabra del idioma castellano y eso es lo grave. En cuanto acabó el partido grabamos un vídeo para La Galerna el que yo me señalaba el dorsal y le pedía a cierta afición del Madrid que aprendiera, como si tal cosa fuese posible. En la Trecena pasaron muchas cosas raras pero no esa.

Y qué más deciros. Si acaso, quizá, que al principio no me di cuenta de que había sido Bale, y mira que esta película sí la vi de cerca. Lo vi de cerca pero en una pantalla con red. Pensé que se lo merecía y que a partir de ahí la gente le querría un poco. Hay también mucha ingenuidad en la Trecena. Parece que hubieran caído sobre ella cuarenta años de escepticismo.

El segundo gol de Bale estropeó un poco la cosa. Fue como una distracción, como si la conmoción cerebral de Karius hubiera afectado también la marcha de los acontecimientos en el cosmos. El partido se tenía que haber acabado con la chilena de Gareth. Gareth no tenía que haber hecho ninguna cosa más esa noche, ni marcar un segundo gol por cagada del rival ni hablar ante la prensa. Me pregunto qué habría pasado si Gareth hubiera sabido a tiempo de las declaraciones casi simultáneas de Cristiano. Tal vez él no hubiera hecho las suyas y la gente le habría querido un poco más, por lo menos esa noche, aunque volvieran a denostarlo después porque no habla español y su padre se llama Frank, quién puede luchar contra eso. En ese momento, cuando Gareth se deslizó sobre el césped en la euforia de la celebración, y durante décimas de segundo, el mundo fue sencillamente perfecto.

 

ÍNDICE, ASÍ VIVÍ

Así viví la Primera: Paco Gento

Así viví la Segunda: Andrés Amorós

Así viví la Tercera: José Emilio Santamaría

Así viví la Cuarta: José Emilio Santamaría

Así viví la Quinta: Canario

Así viví la Quinta: Luis Miguel Beneyto

Así viví la Sexta: “Pirri”

Así viví la Sexta: José Araquistain

Así viví la Séptima: Pedja Mijatovic

Así viví la Octava: Steve McManaman

Así viví la Novena: Roberto Carlos

Así viví la Novena: Luís Alberto de Cuenca

Así viví la Décima: Juanma Rodríguez

Así viví la Décima: Vicente Ruiz

Así viví la Undécima: Álvaro Arbeloa

Así viví la Duodécima: Antonio Esteva

Así viví la Decimotercera: