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Rebobinando a Raúl González

Rebobinando a Raúl González

Escrito por: Mario De Las Heras26 mayo, 2019
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Ayer, a falta de tres minutos para el final de la Copa del Rey, con el Barcelona destruido e incapaz, Guedes corría en solitario desde el medio campo con el balón en los pies en dirección a la portería de Cillessen. Todos vimos en el delantero valencianista a Raúl González hace diecinueve años corriendo en solitario hacia la portería de Cañizares en el Stade de France de París, con la diferencia de que el madridista sí marcó ese tercer gol para pasar a la historia.

El gol de Raúl en la Octava me ha despertado sensaciones dormidas. He vuelto a verle, a él, como lo veía entonces. No sé por qué dejé de verlo así. Es como esas personas a las que se trata a lo largo de la vida, que durante una parte de ella son importantes y luego surgen algunas diferencias que son como resfriados mal curados y después se alejan o se difuminan poco a poco, casi como si no hubieran existido.

Ahí hay mucho de enfado insalubre. Uno antes de perdonar y continuar, se decanta por el olvido progresivo. No sé cuándo dejé de ver a Raúl como entonces. Si no se sabe por qué uno se enfadó con otro, será porque el motivo no fue demasiado serio. Aunque yo no me enfadé con Raúl. Ni que nos conociéramos. Fue una suerte de íntima y lejana decepción posterior que caía gota a gota hasta que rebosó el vaso. Debía de ser un vaso muy pequeño.

He visto el gol de la Octava y he sentido resurgir dentro de mí las sensaciones de antes, como si toda rencilla hubiera quedado olvidada. Como si el primer amor hubiera triunfado sobre todo lo demás que no sé bien qué es: quizá alguna declaración chirriante, o una mirada turbia, quizá la primera mirada madura sobre él. Ese paso de Ecuador entre la adolescencia y la edad adulta, cuando uno ve al adulto en el que se ha convertido su admirado adolescente.

Lo que yo sentí al volver a ver su gol de la Octava fue mi joven corazón palpitando al ritmo de entonces. Eso siempre trae alegría. Tiene que ser la primavera, y en ella la primavera del Madrid que siempre trae aires de juventud incluso en años como este, para los que el madridista tiene buenas reservas de gloria.

En esos aires, en esa brisa que te coge y que te viste de veinte años por un instante dichoso, he sentido la felicidad antigua de saber que McManaman era del Madrid, y que Raúl, de mi quinta casi, al que yo vi saltar al escenario con diecisiete años pletóricos, estaba con él y era el jugador franquicia, el chico de Villaverde que hacía de ancla en cuyo barco bailaban las estrellas que venían del extranjero.

Todo eso lo hacía corriendo detrás de la pelota como un niño en el patio del colegio. Zidane admiraba a Raúl. Y se reía cuando lo decía. Cuando dijo que era fantástico. Con la risa floja de cuando algo te da regusto. Raúl tenía algo que no tenía nadie, y no sé bien qué era (como no sé bien cuál fue el motivo por el que me alejé de él), pero probablemente fuese algo parecido a tener cojones. Esa misma cosa de la que hablaba Nadal cuando le preguntaron sobre su preparación mental: la no frustración, la aceptación, no quejarse, no conformarse...

Raúl era algo cómodo para todas esas figuras que iban llegando porque les daba la oportunidad maravillosa de ser secundarios lujosos en el mejor club del mundo. De no tener que asumir el papel de líder y con ello poder dedicarse, relajados, a mostrar su talento. Y cómo se mostró. Raúl era el jefe y eso era bueno o al menos lo fue durante un tiempo irrepetible. Su manera de jugar, su manera de entrenar, marcaban la pauta. Era fácil.

zinedine zidane admiraba a raúl gonzález

Como jugaba Raúl era como entrenaba. Y ese era el camino. Raúl encontró su sitio preponderante a fuerza de trabajo y de inteligencia. Raúl quería ser el mejor y lo logró. Hay un Balón de Oro que le pertenece y sin embargo tiene escrito un nombre inglés, como el de un pirata que lo robara en medio del mar. Pero no creo que Raúl buscara premios. Yo creo que Raúl sólo buscaba ser mejor cada día, incluso cuando ya no era posible.

La carrera de Raúl se desvirtuó cuando se le acabó la frescura y sólo le quedaron las ganas, el mismo carácter indómito. Era un porfiar admirable y absurdo al mismo tiempo. Tan admirable y profundo y pesado que cuando marcaba, ya de tanto en tanto, siempre era como si se volviera a creer en él. Y eso que adoptó otro papel en el campo, se echó atrás intentando, una vez más, encontrar su sitio.

Al volver a ver el gol de la Octava he vuelto a sentir a Raúl como entonces. Huele igual que antes y hace el mismo calor agradable de principios del verano, cuando todo parece posible, como ser el máximo goleador de la historia de la Copa de Europa hasta la llegada de los monstruos. Raúl era un niño muy listo y muy liviano correteando por los mejores estadios del mundo detrás de una pelota como si no existiese un mañana.

Raúl hacía regates de niño y movimientos de niño. Raúl parecía colarse por debajo de las mesas y entre las piernas de los mayores en medio de una boda. Y todo le salía. Raúl era el triunfo diferido de los que éramos como él. Raúl era Peter Pan vestido del Madrid. Raúl era nuestro líder, el ídolo de Wendy, y de John y de Michael. El líder de los niños perdidos que marcaba goles de Lazarillo, tan universal como el de Tormes y a veces, sólo a veces (a su pesar, intuyo), tan anónimo como su autor.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.