Quizás perciban ustedes un atisbo de inocencia en este titular, a la vista de la irregular campaña de este nuevo y casi indescifrable Real Madrid. Pero uno tiende a pensar que, aun y con los errores repetidos, dominar al actual campeón en su cancha incendiaria durante treinta y siete minutos revelan una capacidad inusual, tantas veces mostrada y otras tantas evaporada. El premio indirecto de la jornada fue la salvaguarda de la cancha propia en los cuartos de final que se aproximan.
Como en un discurso emocional, empecemos por lo negativo para terminar en los factores que concitan la fe en el futuro. Quizás por repetido, lo peor fue el atascamiento de los últimos minutos, cuando la defensa rival se comporta con tal dureza que bloquea el pensamiento de los madridistas. Ayer, esta consecuencia devino palmaria —ante la imperiosa necesidad del oponente de conseguir su victoria—, pues el Madrid vencía por 74-84 en el minuto treinta y uno, y no fue hasta el treinta y ocho cuando el Efes se puso por delante en una jugada desgraciada. Micic cayó en su penetración y resbaló por la zona hasta arrollar y derribar a Deck para que el balón acabase en manos de Bryant que anotó su único triple. Uno piensa, en su inocencia, que el director turco pudo cometer una infracción, aunque ya sabemos que la vara arbitral fluctúa sin fundamento hasta volverse evanescente en algunas ocasiones.
Este humilde cronista siempre ha sospechado que en el club hay vasos comunicantes, corrientes permeables que van calando entre unos y otros de forma inconsciente. Ayer, a Laso le dio un ataque de Ancelotti y calcó la esencial fijeza del italiano, amigo de sus titulares hasta en el borde del precipicio y hasta con un pie en el abismo. Conste que uno ya escribió sobre esta costumbre del técnico en noviembre pasado, así que, si alguno está pensando en llamarme oportunista, que se ahorre los impulsos eléctricos neuronales y la saliva, que las energías están salidas de madre desde hace algún tiempo, aunque el gobierno se acabe de percatar. Disculpen el lapsus inevitable, por mor de una incontinencia cercana a la verborrea o charlatanería. Ahora sí, acepto el reproche con deportividad y me humillo ante el crítico.
El premio indirecto de la jornada fue la salvaguarda de la cancha propia en los cuartos de final que se aproximan
Retomando el hilo del discurso baloncestístico, Laso calcó a su colega y mantuvo en la cancha durante cuarenta minutos a Deck y casi tantos a Yabusele, magníficos, inconmensurables ambos en su hacer, aunque con la voluntad y las ideas mermadas al final del encuentro por el esfuerzo titánico de tantos minutos. Pero demos la vuelta a la moneda: obviemos los últimos lances y estaremos circulando ya por la positividad, pues la conexión entre ambos condujo al equipo al —con probabilidad— mejor encuentro de la temporada, fundamentado en la alternancia de los citados en las posiciones de tres y de cuatro, que desbarató la defensa ajena con su rapidez, tino y visión. El argentino, 23 puntos y 10 rebotes; el galo —para contento de nuestro mosquetero particular, Athos Dumas— 20 puntos y cinco asistencias.
Quizás la posición de Laso en este asunto esconda matices casi disciplinarios, o, al menos, de llamada de atención sobre actitudes fuera de lugar en el Real Madrid. El hecho fue que el equipo rindió de forma sobresaliente durante treinta y muchos minutos, con una defensa variable y con cambios directos que confundió al equipo otomano. A raíz de los errores contrarios, los blancos corrieron al contraataque y jugaron con movilidad y pases en el ataque estático, creando una fluencia general de la que se obtuvo mucho provecho. Que esta corriente se mantenga es el desafío de Laso, sus ayudantes y los jugadores, pues reposando en ella el equipo equilibrará su rendimiento entre los tres mejores de Europa. Fluir para permanecer, este es el asunto.
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Un poco de calma. Un equipo en racha ascendente desde el infierno, en el subidón de la fortuna, nos ha pasado por encima. Que hayan celebrado los tres puntos como si ganaran la Champions solo demuestra tres cosas: que su único alimento es el antimadridismo, que saben que no tendrán mucho más que celebrar este año, y que, en el fondo, ni ellos se creen el partido que les salió. O el partido que les regalamos. Porque se lo regalamos con un lacito.
No estamos en crisis. No hace nada le pintamos la cara al famoso PSG de las galaxias, y habríamos hecho lo mismo con el Barcelona si Ancelotti no hubiera sufrido un ataque de locura transitoria. En contra de lo que he escuchado a célebres madridistas, desde Roncero hasta los columnistas del Marca, no hay nada que reprochar a los jugadores, que fueron enviados a la guerra completamente desarmados por su propio sistema.
En contra de lo que he escuchado a célebres madridistas, no hay nada que reprochar a los jugadores, que fueron enviados a la guerra completamente desarmados por su propio sistema
Todas las decisiones que Ancelotti tomó antes y durante el partido fueron malas. De hecho, fueron malísimas. Fueron impropias de un entrenador de su experiencia, y aún resulta más asombroso que nadie en el cuerpo técnico que le rodea haya tenido la valentía de zarandearlo y preguntarle —gran obra de caridad cuando la ocasión lo merece—: “¿pero te has vuelto loco?”.
El cambio de sistema en un Madrid-Barça fue una imprudencia. Pero incluso cambiando el sistema podía haber elegido otra distribución y otros protagonistas más adecuados. Ver a Modric corretear impotente por la frontal del área rival como si estuviera haciéndolo en el mediocampo pero sin Casemiro ni Kroos al lado es, me atrevo a decirlo, el mayor esperpento que he visto provocar a un entrenador en el Real Madrid.
En estos partidos los diez primeros minutos son clave. Y fue en ese estúpido experimento donde resucitamos al Barcelona, que hasta hace tres días era el hazmerreír de la liga. Después, con la moral por las nubes ellos, y la moral por el suelo, nosotros, poco o nada se podía hacer. Si acaso, volver al sistema convencional y hacerlo con un maldito delantero centro que hiciera lo posible por no desmerecer por una noche a Benzema.
Cuando Ancelotti lo comprendió, con todo el pescado vendido, optó por la opción más estúpida y desquiciada: Mariano. En ese momento sentí que nuestro entrenador iba con el rival. Porque, incluso aunque sea una locura, equivocarse está al alcance de cualquiera y lo del sistema de salida podía ser un fallo, pero que una hora más tarde todo lo que se te ocurra para enmendarlo sea sacar a Mariano, teniendo en el banquillo a Jovic y a Hazard es una tomadura de pelo.
Por más que intentó avivar la casta, el Madrid nunca se recuperó de los errores de Ancelotti, y los impensables fallos de la defensa fueron provocados por la pérdida de concentración que trajo consigo el descalabro estratégico del equipo desde el primer minuto. En mis trece: no tengo nada que reprochar a los jugadores esta vez.
De ahí nace precisamente mi optimismo. El titular que mejor define lo ocurrido creo que era de ABC: “El doble invento suicida de Ancelotti”. Fuera del harakiri del entrenador, no hay ninguna otra cosa por la que preocuparse, porque todo sigue igual. Y lo vamos a ver en el próximo partido. Al contrario que el Barcelona esta temporada, nosotros no estamos en una crisis de sistema, o de calidad, o económica o de identidad. Lo nuestro es un espejismo de crisis autoinfligida durante 90 minutos, y convenientemente exagerada por la prensa antimadridista y el fuego amigo, que habla de destituir a Ancelotti con esa exageración tan propia del español en la barra del bar.
Fuera del harakiri del entrenador, no hay ninguna otra cosa por la que preocuparse, porque todo sigue igual. Y lo vamos a ver en el próximo partido
Sin duda, Ancelotti se está equivocando al no dar confianza a jugadores que sabemos que tienen talento. Sobre todo a los citados Jovic y Hazard y a Bale. De haber tenido más oportunidades, el entrenador no habría tenido que recurrir a una solución enloquecida tras la lesión de Karim. Pero sospecho que lo ha entendido. El mismo Ancelotti que recuperó al mejor Vinicius Jr. está más que capacitado para enmendar estos errores; y a propósito, Vini necesita una nueva sesión de hipnosis: primero, no hacer el payaso en el campo, segundo, no dar más tres golpes al balón sin tirar a puerta, y tercero, no tirarse jamás al suelo cuando estás a punto de marcar. Y, si lo haces, dignidad: al menos no protestes, si no quieres perder el poco crédito que te queda delante de los árbitros. A propósito, de los árbitros y de que al Madrid le puedan amputar extremidades impunemente en cada partido hablaremos la semana que viene, como Tip y Coll del Gobierno.
No ha pasado nada. Menos drama. A seguir. A ganarlo todo. A cerrar bocazas.
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Siento un poco de lástima por los chicos del Fútbol Club Barcelona. El domingo se fueron a la cama felices y contentos, convencidos de haber derribado a un coloso, después de haberse hecho fotos en cada rincón del Bernabéu. Eso es como el que va a visitar el Palacio de Versalles y se hace selfies hasta en los lavabos, sabiendo que en breve tiene que subirse al autobús y regresar a su piso de treinta metros cuadrados (“solución habitacional”, que se llamaba en mis tiempos, y ahora lo denominan Camp Nou). Yo le recomendaría a Laporta que mejor se haga las fotos en el Bernabéu cuando esté terminado del todo, que le quedarán más bonitas. Aunque igual para entonces le hemos quitado las ganas, quién sabe.
Yo le recomendaría a Laporta que mejor se haga las fotos en el Bernabéu cuando esté terminado del todo, que le quedarán más bonitas. Aunque igual para entonces le hemos quitado las ganas, quién sabe
En fin, como decía, el Barça regresó a su pisito de estudiante de la Calle Aristides Maillol número 12 pensando que había goleado a un gigante, sin saber que lo que había hecho era vacilarle a un ratón. “Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus”, que decía el adagio latino. “Parieron los montes y nació un ridículo ratón.” A quien goleó el domingo el Barcelona fue a un ridículo ratón vestido de negro, que correteaba por el césped como perseguido por una mucama armada por una escoba: una mucama en Xavineta; que, así dicho, parece una canción de Miliki. El Real Madrid de verdad no estaba. A saber por dónde andaría aquella noche, quizá recuperándose de la resaca parisina, metido en un futón de una buhardilla de la Rue des Estampes y tapado con un edredón nórdico. (“Nórdico”, ¿lo pillan? Guiño, guiño).
Que el Real Madrid no se presentó al partido del domingo no lo digo yo, lo dijo Nacho, su capitán en funciones, en un arranque de sinceridad. Nacho es un tipo ilustrado, que lo sé muy bien, porque lee a Santiago Posteguillo y sus novelas son un tocho importante. A mí una persona que se lee más una novela de Posteguillo más de una vez en la vida ya cuenta con todos mis respetos y simpatías. La vida es demasiado corta para leerse las obras completas de Posteguillo, que es un magnífico escritor. Yo reconozco que no he leído ninguna, de modo que, en ese aspecto, puedo asegurar que el 6 del Real Madrid es más ilustrado que yo, así que cuando dice que el domingo el equipo salió al Bernabéu a por uvas, yo le creo como si me hablara de las victorias de Julio César en las Galias.
Le creo y santas pascuas. Que un día tonto lo tiene cualquiera. Para llorar por el desastre ya están otros. Al madridista medio le gusta mucho llorar. El madridista medio es un poco “drama queen”, para qué nos vamos a engañar, y de todo hace un mundo. A veces me imagino al hincha merengue como un participante del Drag Race de Ru Paul, que es un concurso de drag queens donde las participantes lloran mucho y por cualquier cosa. A ciertos madridistas tanto les da llorar porque tiene que ponerse una camiseta negra que porque el equipo de un señor de Tarrasa le ha metido cuatro roscos en una jornada de liga; da igual. El caso es llorar. Y que se note.
Al madridista medio le gusta mucho llorar. El madridista medio es un poco “drama queen”, para qué nos vamos a engañar, y de todo hace un mundo
Una buena “drama queen” no solo llora: berrea, grita, destroza cosas… El merengue “drama queen” cuando se enfada chilla, llama “inútil” a todo el mundo, invoca espíritus de jugadores a los que en su día llamaba “despojos” y quiere romper cosas. Quiere romperlo todo: al entrenador, al equipo, al presidente, al estadio y al “sumsum corda”. Si en uno de sus berrinches al merengue “drama queen” le das una antorcha, te deja el Bernabéu reducido a cenizas, y luego, hale, a jugar en el polideportivo de Vallehermoso contra el Chelsea porque el “drama queen” nos ha quemado el estadio. Y con Chust, Guitérrez y Peter Federico de titulares, porque a los del primer equipo los ha tirado a la hoguera.
Pero no seré yo quien pida sosiego al “drama queen” porque, lo admito, el domingo también me agarré un cabreo serio. Pero me duró poco, eso sí. Lo mismo que me duran cuando a veces nos golea el Sheriff de No Sé Dónde o la Cultural Leonesa; que el Madrid es muy de eso, de tener pájaras enormes contra equipos “random” como el Barça de la Xavineta. Qué se le va a hacer.
Que lo disfruten los culés, pobrecillos, no les despertemos de su ensoñación que bastante oscura es su realidad. Color camiseta del 120 aniversario. El Barça de la Xavineta goleando en el Bernabéu es un poco como los ingleses cuando se hundió la Armada Invencible, que se creyeron poderosos por haber aniquilado a la colosal Armada Española. Ciertamente, la flota prácticamente se hundió sola debido a un mando incompetente (al cargo del duque de Medina Sidonia), y aquella pifia monumental no tuvo ninguna consecuencia importante a largo plazo. El poderío español en los mares siguió siendo incontestable durante al menos otros doscientos años, durante los cuales los barcos ingleses (y de todas partes) siguieron poniendo rumbo en dirección contraria tan rápido como les permitía el velamen en cuanto atisbaban un pabellón español en lontananza. En fin, un sofoco sin trascendencia.
el Madrid es muy de eso, de tener pájaras enormes contra equipos “random” como el Barça de la Xavineta. Qué se le va a hacer
Pero héteme aquí que todavía hay gentes que creen que el desastre de la Invencible fue una especie de punto de inflexión en la historia de ambas naciones. Igual que hay merengues que creen de veras que el Real Madrid ha hundido la temporada porque la troupe de la Xavineta le hundió los barcos a un Ancelotti con cara de duque de Medina Sidonia. Y así están los pobres, convertidos en “drama Queens” del madridismo. Estoy seguro de que pronto, más bien hacia finales de mayo, se les habrá pasado el berrinche.
Lo única duda que me queda es si lo de la Armada Invencible ocurrió justo antes de un parón de selecciones. Habrá que consultar a los expertos.
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Buenos días. Hoy es una de esas mañanas, cada vez más frecuentes, en que el portanálisis no tiene más remedio que empezar por tratar precisamente sobre aquello que las portadas del día ignoran, y en esta mañana de parón de selecciones lo haremos echando mano de la psicología. El Catedrático en Psicología Gaal Van Louis, con una amplia y reputada obra, ha catalogado el horterismo laportiano en tres grados distintos, dependiendo de la gravedad de sus manifestaciones.
-Horterismo laportiano en grado 1: se engloban en esta primera categoría, la más leve de todas, acciones como abrazar a un maniquí con el nombre de Messi, botar junto a otros directivos por haber eliminado al Nápoles en el Trofeo de la Consolación Europeo o hacer ojitos públicos a actrices varias.
-Horterismo laportiano en grado 2: conforman este apartado hazañas como ducharse en champán en Luz de Gas o consumir kilométricos cigarros puros en traje de baño blanco a bordo de yates ostentosos, rodeado de rubias neumáticas.
-Horterismo laportiano en grado 3: se incluyen en este último capituló clásicos laportistas como contratar una fachada en el Paseo de La Habana madrileño para dar rienda suelta al proverbial complejo culé con la capital, o el que ahora nos ocupa, un clásico instantáneo en el más grave horterismo marca de la casa, a saber, bajar con toda tu junta al césped del Santiago Bernabéu para hacerte fotos como un hooligan acartonado y ochentero, marcando cuatro dedos mirando a cámara con el provincianismo más enternecedor. Y todo para celebrar una victoria (rotunda y ampliamente merecida, pero tan solo una victoria) que no permite al Barça más que quedar a 12 puntos del Madrid.
Las portadas del día ignoran esto último pero ¿podéis imaginar el ruido ensordecedor caso de haber sido Florentino Pérez el protagonista de una actitud parecida? Qué tontería. ¿Cómo vais a imaginar ese ruido cuando lo que es inimaginable es precisamente Florentino bajando al césped para celebrar nada? Y por último: ¿no hay nadie ahí fuera capaz de denunciar tanta impresentabilidad?
Para el próximo Clásico en el Bernabéu, abogamos por el envío de la siguiente nota para la administración culé: “Recordamos a nuestras contrapartes en el FC Barcelona que la asistencia de su Junta Directiva no es obligatoria para el Clásico. Una no asistencia al mismo por su parte no será en modo alguno considerada una muestra de hostilidad. Sí lo sería en cambio cualquier gesto que revelara falta de clase o no estar a la altura, aunque descontamos que nada de esa naturaleza tendría lugar caso de escoger venir al Bernabéu, opción que (repetimos) es potestativa y no reglamentaria. Saber perder y saber ganar con cierta altura son condición imprescindible para asistir, siendo el asistir deferencia que puede llevarse a cabo si se desea, pero también puede hacerse lo contrario sin por ello horadar la excelente relación bilateral”.
Ahora ya sí. Vamos con las portadas. Y vamos a hablar en serio.
Gareth Bale. Qué pereza pero, sobre todo, qué dolor. Todo el maltrato mediático a Bale desde su llegada, tantísimas veces condenado por La Galerna, podría a estas alturas, en todo caso, servir al galés de atenuante, pero ya nunca de eximente. Nos duele lo indecible dar la razón (ahora y solo ahora, sin que esto tenga carácter retroactivo) a la infinita sorna de la portada de Marca.
Lo de Bale no tiene un pase, sencillamente. Esta vez sí que parece claro, por mucho que nos hiera el admitirlo, que Bale se borró de algo tan trascendente como un Clásico. Junto a la bochornosa cacería a la que ha sido sometido, empiezan a acumularse los episodios de genuina impresentabilidad en la actitud de Gareth. Es una profecía autocumplida de manual: tanto le dijeron que se estaba aprovechando del Real Madrid descaradamente que, al final, terminó haciéndolo. Es la historia más triste del mundo.
Qué pena, Gareth. Qué pena. Nos has dejado cada vez más solos en la tarea de reivindicar lo que has sido. Con tu pan te lo comas, la verdad.
As, por su parte, complementa a Bale con el otro gran lastre financiero/deportivo que sufre esta plantilla, y que no es otro, por supuesto, que Eden Hazard. Lo de Bale tiene triste solución pero la tiene y es de “muerte” natural, porque su contrato expira y el problema quedará finiquitado en pocos meses (alabado sea Dios) de manera orgánica.
Pero lo de Hazard tiene más difícil solución teniendo como tiene contrato por dos temporadas más. Desgraciadamente, a estas alturas solo queda suspirar por que, en un alarde de orgullo, Eden quiera salir para buscar otros ámbitos donde se le permita dar lo que aún pueda dar sobre un campo, y que de este modo, voluntariamente, opte por dejar de ser una rémora. Menos triste que lo de Bale pero con más complicado apaño.
La prensa cataculé destaca la sufrida victoria de su sección femenina sobre la del Real Madrid en la ida de los Cuartos de Champions. Donde se escribe “sufrida” hay quien leería “robada”, y si nos atenemos a la dudosísima intervención del VAR en el partido no resultaría del todo improcedente. Las futbolistas de Toril dieron toda una exhibición de fútbol en la primera parte, y de resistencia en la segunda ante el mejor equipo del continente. La incorporación de esta dudosa victoria femenina que ya está haciendo a su narrativa el amplio y proceloso entorno proculé está a la vista, y no sería posible de no haber mediado el espantoso ridículo de los hombres de Ancelotti en el otro Clásico, el de los varoncitos.
Bien hecho, Carlo and company.
Y así finaliza este amargo y a ratos cáustico portanálisis de hoy. ¿Días de mierda? Titúlenlo así si quieren, no nos quejaremos.
Pasad un buen día.
Apreciados caballeros: quien les escribe estas pocas líneas es un socio del club que ha ido más de 800 veces al estadio Santiago Bernabéu desde que tenía 10 años de edad.
En este tiempo, y tan sólo mencionando los títulos grandes, he podido asistir a las coronaciones de 20 ligas (desde aquella lejana de 1971-72), 8 copas de España, 2 copas de la UEFA (cuando ganarla era mucho más difícil, por la entidad de los rivales, que la actual Europa League), y, sobre todo, 7 Copas de Europa, todos ellas contempladas un situ. Además de supercopas varias, copas de la Liga o Mundiales de clubes.
Mi apetito de títulos está por tanto bien saciado, aunque para ganar más siempre es posible hacer un hueco en la mente, ya que se trata de manjares espirituales que no engordan, ni amplían tripa, ni perjudican al estómago por peligro de empacho.
En los últimos tiempos, hemos recibido demasiadas heridas por parte del Barça, que se convierten en cicatrices y se quedan a vivir permanentemente en nuestros cuerpos
El club de mis amores y de mis entretelas me ha dado por lo tanto muchísimas satisfacciones, tardes y noches de éxtasis, innumerables recuerdos grabados cuidadosamente en ambas retinas. Le debo mucho, muchísimo al Real Madrid, me llena de orgullo formar parte de él y, teniendo muchos otros hobbies, no encuentro en ellos mayor placer que contemplando a mi club.
Tengo que poner un pero a este cuento de hadas. De niño, de adolescente y de joven, no recuerdo que, quitando aquel 0-5 del equipo de Cruyff en 1974, que fue casi aniquilado 4 meses después en un 4-0 de final de Copa, el FC Barcelona nos superara ampliamente en el marcador, al menos en nuestro estadio. Si en cambio un par de 0-4 infligidos por el Atleti de Hugo o el de Futre.
Pero desde hace unos 15 años, y ciñéndonos tan solo a los partidos jugados en Chamartín, recuerdo sin tener que esforzarme mucho, un 2-6, tres 0-3, y dos 0-4, el último de ellos hace apenas dos días.
Evidentemente, el Madrid no es un club que se juega la temporada, como hace la totalidad de nuestros rivales, a ganar un único partido a sus más cercanos contrincantes. Pero quiero que reflexionen —si llegan a leerme—, querido entrenador y queridos jugadores, que no se puede jugar un Clásico saliendo relajado al terreno de juego.
Ni aunque tengamos 15 puntos de ventaja antes del partido. Los socios, simpatizantes y aficionados que vamos al estadio (o los millones y millones que lo ven por televisión) soportamos todo a nuestro equipo, menos que no se mantenga una actitud intachable.
Quiero que reflexionen —si llegan a leerme—, querido entrenador y queridos jugadores, que no se puede jugar un Clásico saliendo relajado al terreno de juego
Y, en los últimos tiempos, hemos recibido demasiadas heridas por parte del Barça, que se convierten en cicatrices y se quedan a vivir permanentemente en nuestros cuerpos.
No es normal lo que pasó este pasado domingo. No puede quedarse en una mera anécdota como vengo leyendo, no era “un partido más”. Por primera vez en toda mi vida (y he vivido un par de 1-5 patéticos ante Zaragoza o Mallorca, o bochornos como ante el Odense, por ejemplo), me fui del estadio en el minuto 55 porque no podía soportar, no ya el resultado, sino el bochornoso espectáculo de los míos actuando como peleles ante un equipo crecido, que simplemente sabía a lo que quería jugar y que luchaba por ello.
Las estadísticas del Barcelona, equipo que, en los años 70 y 80, solía perder casi siempre en nuestro estadio, en los últimos 15 años han volteado completamente y, en muchos casos, goleando a los madridistas sin piedad.
Para este viejo socio, lo del 0-4, más allá de que ganemos la liga, que la ganaremos, le ha supuesto una nueva y amarga cicatriz, que duele incluso mucho más que el célebre 2-6 de Guardiola. Aquel día, al menos, hubo corazón y alma, pese a la superioridad futbolística culé. Lo del 20M, por favor, que sirva para reflexionar —nunca un parón de selecciones más oportuno que éste— y, sobre todo, que no se vuelva a repetir jamás. No vuelvan a mancillar ustedes, se lo ruego, de nuevo nuestra camiseta —aunque sea la negra gafada ya de por vida—. Háganlo por ustedes y por los millones de merengues que recibimos un inesperado y doloroso estigma que, sinceramente, no nos merecíamos. Ya saben: aquello del sudor, las lágrimas, la sangre, pero jamás la vergüenza. Puede que derrotados, pero no se admiten las humillaciones.
Dicho esto, a mirar para adelante y, por supuesto, a muerte con la mejor fábrica de sueños, de ilusiones y de felicidad jamás creada en este planeta.
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Espero que el cartero no tenga problemas para hacerte llegar esta nota. Como ya te adelanté, ahora te escribo acomodado desde un nuevo remite, si bien la intención de las misivas no cambia respecto a la original; es decir, la de contrastar la visión del club y sus anexos de un madridista millennial, apenas asomado al abismo de la treintena, con una perspectiva como la tuya, algo más veterana aunque no menos pasional. Reconocerás que hubiera supuesto una inconveniencia suspender la correspondencia tras la tragedia del Clásico —en tus tiempos mozos este impostado término aún no había hecho fortuna, n'est-ce pas?—, y además podría haberse identificado como una muestra de cobarde dejadez. Bastantes acusaciones ha de soportar ya la generación millennial, la mayoría exageradas o directamente inmerecidas, como para añadir la irresponsabilidad a la lista de cargos.
Me gustaría recalcar, en primer lugar, que el discurso y el ambiente en las vísperas de este —a la postre ominoso— partido parecían corresponder más a tu época que a la mía. No hace falta que te la recuerde: aquellos maravillosos años en los que el Madrid acumulaba campeonatos de liga casi por inercia y el Barcelona, tras un doloroso discurrir entre el crujir de dientes y las pañoladas, había de conformarse con la victoria ante los blancos en el enfrentamiento directo. Existía una expresión que entonces hacía fortuna en el entorno culé, siempre fútilmente afanado en el inverosímil ejercicio de la equiparación de méritos. Hay que salvar la temporada, decían. En aquel período resultaba hasta de mal gusto restregarles el carácter ficcional y autocomplaciente de la frase; hubiese sido tan cruel como desilusionar al niño justo en la noche de Reyes. Es cierto que posteriormente, con el paso de las décadas, el Barça creció hasta constituir no solo un molesto adversario sino más bien una pesadilla de tintes mefistofélicos. Sin embargo, el otro día en el Bernabéu se encontraban de nuevo en la situación de antaño, la que buscaba con ansia voraz un triunfo redentor, una coartada con la que justificarse al calor del antiguo sintagma, prácticamente olvidado.
Los analistas tácticos me reconvendrán, argumentando que la derrota madridista no puede explicarse únicamente desde la disparidad de estados de ánimo a la hora de encarar el choque. Tienen razón, sin duda: el descalzaperros táctico planteado por nuestro técnico ante la ausencia de Benzema no debe quedar en el olvido, ni tampoco las desastrosas actuaciones individuales de un puñado de futbolistas que pusieron la alfombra a Pedri y De Jong y casi convirtieron en balón de oro a Aubameyang. Pero uno no puede pasar por alto la desgarradora asimetría que, de un tiempo a esta parte —y ya van muchos cursos—, existe entre ellos y nuestros muchachos cuando afrontan la posibilidad de apuntillar al eterno rival. El desolador reflejo se percibía con claridad en las palabras de Nacho Fernández, canterano de sentimiento indiscutible, mon semblable, mon frère. “Quizá hemos salido relajados, con esa ventaja en la clasificación”. ¿Acaso es necesario recordar en la previa de cada cita la ausencia de piedad del Barcelona en el reguero de lacerantes fechas con que nos han obsequiado a poco que se les ha presentado la oportunidad? ¿De veras resulta preciso rememorar el 2-6, el 5-0, el 0-4, el 5-1… antes de cada Clásico? En contra de lo que sostienen algunos, lo peor del destrozo del fin de semana no proviene del oxígeno aportado para la recuperación del proyecto azulgrana; al fin y al cabo, su rearme siempre hay que darlo por descontado, la esperanza de que no se produzca son vanas ganas de descansar. En realidad, lo más lastimoso es el alargue de la cuenta que les debemos en este siglo en el tanteo particular. Y sobre todo que, a diferencia de lo que ocurría en tus años, en los que siempre había un Zoco dispuesto a devolver las butifarras a los cuatro meses, hoy el cargado calendario parece haber difuminado esa inquietud a ras de césped. En la grada me temo que, ay, no tanto.
¿Acaso es necesario recordar en la previa de cada cita la ausencia de piedad del Barcelona en el reguero de lacerantes fechas con que nos han obsequiado a poco que se les ha presentado la oportunidad?
Sobre las consecuencias de la debacle, impera la división. Hay quien pide la cabeza de Ancelotti sin esperar siquiera a volver del parón de selecciones, como medida preventiva ante un supuesto derrumbe de la plantilla, que ya vislumbran similar al del desenlace de la primera etapa del italiano. Personalmente, me parecería un grave error cambiar de caballo a mitad de este río. Aunque reconozco que incluso los que más hemos apoyado a Carlo, hasta el punto de perdonar su irritante conservadurismo —posiblemente reconfortados por su agradable pose de bon vivant, su mano izquierda y su finezza—, no hemos podido evitar un mimético alzamiento de ceja. Uno solo puede guarecerse en el nulla ethica sine aesthetica si comprende que los términos de la relación son obligatoriamente intercambiables. Por otro lado, llegados a este punto, los experimentos apenas tienen cabida. De modo que le conminaría a urdir lo imprescindible para blindar la maltrecha confianza de sus pupilos de cara a las nueve finales restantes en la Liga, y al mismo tiempo afilar las espadas para un ejercicio de pragmatismo en la revancha contra el Chelsea. Dicho de otra forma: a hacer lo que sea menester para salvar la temporada.
Volveré a escribirte pronto.
Pablo.
Un 0-4 en el Bernabéu ante el eterno rival es duro, muy duro. Pero a veces es bueno dar un paso atrás para dar dos adelante. A veces es bueno un baño de realidad para encarar el futuro.
Si lo del domingo ha servido para que Florentino y JAS vean la realidad, pues bienvenido sea. Al fin y al cabo, la triste derrota frente al Barça supone 3 puntos que no nos deben alejar del título de Liga. Sin embargo, una debacle de tal magnitud sí puede hacer que se tomen decisiones importantes y estratégicas que, de no haberse producido, seguramente no se iban a tomar.
La superioridad en La Liga son los árboles que no nos dejan ver el bosque. Recordemos que somos líderes ante el peor Atlético de la era Simeone, el Barça de la Europa League y un Sevilla que ha empatado 7 de sus últimos 9 partidos ligueros. Reconozco que no pertenezco al madridismo del "bueno, pero somos líderes". Yo soy más del grupo de madridistas exigentes que va más allá de los resultados, porque estos esconden muchas veces la realidad. Lo del Sheriff en el Bernabéu fue un accidente, uno de esos días que la diosa fortuna te da la espalda una y otra vez. Pero ha habido al menos 3 encuentros que yo recuerde (Bilbao, París y ayer) en los que hemos hecho soberanos ridículos, siendo aplastados por el rival y ni siquiera habiendo pisado el área contraria en los dos primeros. Además, aunque sólo 15 minutos nos sirvieron para noquear al PSG en una noche histórica, de las más emocionantes que recuerdo, debemos ser conscientes de que el rival fue superior durante mucho tiempo.
Una debacle de tal magnitud sí puede hacer que se tomen decisiones importantes y estratégicas que, de no haberse producido, seguramente no se iban a tomar
La realidad es que, ante los grandes rivales, no nos da. Hay que aceptarlo. Es triste, pero es así. Nuestro centro del campo ya no tiene la capacidad de competir contra equipos que nos ganan en intensidad. Casemiro se apagó hace 2 años, Kroos está perdiendo fuelle poco a poco y Modric es el único de la CMK que está dando más de lo que le podemos pedir. Valverde y Camavinga nos van a dar muchas alegrías, pero Ancelotti no les ha dado los minutos que necesitaba el equipo. Tranquilos, luego iremos con Carletto, que no se va a ir de rositas. Por otro lado, cuando Benzema y Mendy no están se genera un vacío imposible de llenar. Y qué decir de Carvajal. Bueno, mejor no diremos nada. Cuando alguien da todo lo que tiene no se le puede pedir más. El problema es haberle renovado hasta 2025.
En resumen, tenemos más nombres que buenos jugadores. Si no reaccionamos a tiempo podemos volver a vivir el vacío que dejó Cristiano en la delantera, pero esta vez en el centro del campo. Hay que saber anticiparse a lo que viene, al declive lógico de la edad. Hay un evidente problema de plantilla. Dando por fichado a Mbappé, Florentino tiene que fichar al menos dos grandes centrocampistas, un lateral derecho, otro central y quizá otro lateral izquierdo.
Lo del domingo puede ser una derrota dura que nos escocerá durante un tiempo. O puede ser una derrota dura de la que aprender
Digo lo de "quizá", porque no sabemos lo que dará de sí el prometedor Miguel Gutiérrez que vimos hace tiempo. Mira que me parece buen hombre y me cae bien el bueno de Carletto, pero el italiano no puede ser el entrenador del Real Madrid la próxima temporada. Ancelotti es el entrenador más conservador que existe, no sabe gestionar los minutos de los diferentes jugadores de la plantilla, sólo confía en unos pocos, no aporta nada tácticamente… El baño que le dio Xavi en el clásico fue antológico. Seamos claros, Ancelotti no da el nivel Real Madrid. No suma. Es un buen hombre que fue un gran jugador, que nunca hizo nada grande como entrenador fuera de Madrid. Florentino tiene que ir buscando un técnico ya. Y no, hemos visto que Pochettino no nos vale, por favor…
En resumen, lo del domingo puede ser una derrota dura que nos escocerá durante un tiempo. O puede ser una derrota dura de la que aprender, que suponga un punto de inflexión que le haga abrir los ojos a Florentino para empezar a planificar cambios importantes de cara a la temporada que viene. Si ocurre lo segundo, este 0-4 no habrá sido tan malo.
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Buenos días. Aún no han pasado ni 48 horas del oprobio del domingo y la digestión de la vergüenza está costando. Lo peor es que la deshonra pública sucedió de la peor manera posible, por falta de actitud. Al Madrid sirvió la victoria al Barcelona en bandeja de plata, y no nos referimos a la película de Billy Wilder. Le faltó recibir a los culés con un pasillo, aplaudir sus goles y luego darle a “me gusta” a sus publicaciones de la celebración en redes sociales. Ah, perdón, esto último sí sucedió, algún jugador madridista lo hizo.
Es difícil recordar un encuentro tan funesto que socave de tal manera la imagen del Real Madrid y que ayude de este modo al rival. Gravísimo. Sí, porque lo que el Madrid hizo en el clásico fue mostrar ante todo el mundo la peor cara posible y además favorecer al rival con una fuerza que ni Tebas ni el estamento arbitral juntos soplando a dos carrillos a favor del plan culé.
Había millones de personas ilusionadas, deseosas por ver competir al equipo de su alma, ansiosas por ganar y, si era posible, derrotar al fin con rotundidad al Barcelona. Y el equipó —incluido Ancelotti, con una cuota de responsabilidad nada desdeñable— defraudó como pocas veces a su afición, les falló, no compareció en el partido porque estaban relajados, como reconoció después el capitán Nacho. Una de las consecuencias, y no la peor, es que ahora toca zamparse las portadas de los medios culés y aguantar su matraca y su supremacismo de garrafón.
¿Duele ver las celebraciones culés? ¿Fastidia la resaca del tostón azulgrana? Pues no es ni más ni menos que la consecuencia del suicidio futbolístico del domingo. A poco que el Madrid hubiese jugado con la mínima responsabilidad esto no habría sucedido. ¿De verdad nadie pensó que lo que estaban realizando/planteando tenía como principal consecuencia resucitar al Barcelona y darle argumentos al relato?
Hay un hecho execrable que sin embargo dota al Barça de un arma que el Madrid no tiene. Ellos son criados social y futbolísticamente en un entorno de odio hacia el Madrid —y todo lo que representa— que imposibilita un comportamiento en un clásico como el del club blanco en la negra noche del domingo. Además, ese veneno les permite humillar al rival en cuanto tienen ocasión, actitud contraria a la mostrada por el Madrid habitualmente, que evita rematar al Barcelona cuando tiene oportunidad. Es más, el Madrid no solo no fulmina al Barça cuando debe hacerlo, sino que le insufla vida. Imperdonable.
Hemos llegado a tal punto que, si es cierto que Línea Directa baja 100 € tu seguro del hogar, toda la portada de Mundo Deportivo es cierta. Inaudito. Atinan hasta al afirmar que Ancelotti está señalado por el madridismo.
El barcelonismo estaba esperando una victoria como la que le sirvió en bandeja de plata el Madrid en el clásico para erigir sobre ella la iglesia de su nuevo profeta, Xavi Hernández. A Sport le ha faltado tiempo y ya lo pone a la altura de señores como Cruyff y Guardiola, que algo más de bagaje y títulos tienen que Xavi, pero el culerismo funciona así, por eso no hay que espolearlo. No aprendemos.
As trata otra de las consecuencias del ridículo del domingo: el Madrid se ha metido en un berenjenal. Los blancos tienen 9 puntos de ventaja a falta de 9 partidos, pero cuando tenía todo a favor ha permitido que llegue un punto en el que un tropiezo puede añadir una emoción nada deseada a esta Liga. El Madrid ha de visitar, entre otros campos, el Wanda y el Pizjuán.
La foto de portada es para Vinícius, que con su piscinazo en el clásico cargó de argumentos a quienes no los tenían. Comportamiento poco inteligente y poco ético el del brasileño. Vinícius merece que se le defienda de agresiones y ataques gratuitos, pero el domingo se equivocó y es justo reconocerlo.
Pero a pesar de la ignominia, de la obscenidad de la derrota, de la torpeza del equipo, del desacierto de Ancelotti, estamos hablando del Real Madrid, C. de F., señores, y eso son palabras mayores. Somos los primeros en reconocer los errores propios (aquí no ponemos excusas), somos los primeros en exigir responsabilidades y en demandar soluciones, pero también somos los primeros en animar, en empujar y en apoyar a nuestro equipo, contra viento, marea y relato. Precisamente el Madrid es el Madrid debido a que si se cae diez veces se levanta once. Hay que ser inteligente y utilizar el dolor de la derrota como estímulo para sentenciar de una vez por todas la Liga y para salir como una moto a devorar al Chelsea en Champions.
“Como una moto” precisamente es el titular de Marca, pero referido a Mariano García, oro en los 800 metros lisos en el mundial de atletismo en pista cubierta de Belgrado.
Pasad un buen día.
El Barcelona de Xavi laminó al Madrid de Ancelotti en la noche del pasado domingo. La derrota fue tan total y aplastante que el cuerpo se me quedó como en los viejos tiempos de Guardiola y Messi. Lo agudizó aún más lo inesperado del vapuleo. El Universo, que nos había regalado a los madridistas una alegría tan salvaje, desmedida y pura el día del PSG, nos pasó la factura de golpe y con muchos porrazos, porque nada es gratis en esta vida y mucho menos, lo bueno. Lo bueno siempre hay que pagarlo. Lo de la camiseta negra no auguraba nada bueno. Jugar de negro en el Bernabéu era una incitación a la tragedia, una burla al dios del fútbol, y más en ese negro japonés que conectaba directamente con 2015, el año del gran desplome carlettiano. Las sensaciones no eran buenas, flotaba en el ambiente una mezcla de euforia post-peseyé y de relajación por la ventaja en la tête-de-la-course. Todo parecía conducir en la previa a la catástrofe y la catástrofe se consumó para pasmo de todo el mundo, especialmente de los barcelonistas, que ya tienen un equipo con apodo (La Xavineta), la moral por las nubes y el sentido de la predestinación de los náufragos devueltos de súbito a la tierra por una ventolera.
Cuando a uno le cae encima semejante chaparrón de mierda como el que le cayó el domingo al Madrid sólo tiene dos opciones: sumergirse en una espiral autodestructiva, flagelarse y clamar por un fuego que lo purifique acabando con todo, o limpiarse y seguir adelante. Esta opción “resiliente” me parece la más correcta dadas las circunstancias: a falta de 9 jornadas para el final del campeonato, el Madrid es líder con 9 puntos de ventaja con respecto a sus tres inmediatos perseguidores, Xavineta incluida. Lo cierto es que el domingo por la noche desperdició una oportunidad extraordinaria para segar de raíz la resurrección moral de una institución que lleva meses viviendo en un estado febril, en un delirio laportiano que no obstante la está llevando en volandas hacia alguna parte aún incierta, pero prometedora. Ese éxtasis de Laporta, la verdad, ha sacado al Barcelona de la catalepsia económica, deportiva y espiritual en la que estaba anonadado tras descubrirse el pastel de la bancarrota, la huida de Messi y la caída en la Europa League. Laporta ha articulado una respuesta a todo eso, una respuesta atrevida y desvergonzada, cierto es: una respuesta procaz, así como es él, como su propia naturaleza dionisíaca: pleno de entusiasmo irreal, lenguaraz, manirroto, ha contagiado a todo el mundo de su devaneo suicida. Su histrionismo está funcionando de desfibrilador, con él está levantando a un muerto. Eso hay que reconocérselo, por eso yo temía su vuelta. El tipo tiene algo, baraka, manderecha como se decía antes, lo que se quiera: su equipo, en diciembre, era un vertedero, y hoy emboca un título europeo y pone los ladrillos de una reconstrucción deportiva a medio plazo. Como la Liga española está prostituida, se le ha permitido endeudarse todavía más con el objeto de salvar la clasificación para la Champions, es decir de salvar en esencia los ingresos del año que viene. Pero eso no es culpa suya, sino del Gran Patrón, Tebas, y también del camellero de la Federación, el sheik Rubiales de la abia Saudí y feminista. Y en fichando de entrenador a una leyenda y en refrescando el ataque con mucho, mucho gol (gol barato y de segunda mano pero en efecto gol, y gol del bueno), Laporta ha invertido la dinámica. ¿Y qué es el fútbol sino un fluir continuo del ánimo? Ya lo dijo Valdano, ¡todo lo ha dicho ya Valdano!
Cuando a uno le cae encima semejante chaparrón de mierda como el que le cayó el domingo al Madrid sólo tiene dos opciones: sumergirse en una espiral autodestructiva, flagelarse y clamar por un fuego que lo purifique acabando con todo, o limpiarse y seguir adelante
Se dice hoy, cuando la herida está abierta, que el partido dejará huella. Que no importa lo que ocurra al final de esos 9 partidos que el Madrid-tiene-que-ganar, pues Ancelotti se inmoló ayer: que ya no puede ser nunca más entrenador de este equipo, que todo lo que haga a partir de ahora no vale para nada, que está más acabado que Pablo Iglesias. Bueno, con las tripas abiertas se dicen muchas tonterías. La derrota, además de inapelable, fue muy dolorosa. No hay palabras, el Madrid fue un espanto. La culpa, prácticamente siempre en la vida y por supuesto también en el fútbol (que es la vida reducida a la unidad mínima, la vida comprimida o representada, mejor dicho, a cámara superrápida), nunca es de uno solo. En el Madrid de Florentino, cuando se trata del entrenador, suele ser sin embargo casi siempre así: las debacles tienen nombre y apellidos de DT, algunas pocas veces también de jugadores, pero las responsabilidades jamás trascienden la frontera de la caseta. Hay un cordón sanitario que protege el palco de las enfermedades deportivas. Ahora bien: Ancelotti estuvo para correrlo a gorrazos y eso también hay que consignarlo. Jamás había visto a un hombre como él, uno de los entrenadores con más experiencia del mundo, sino el que más kilometraje acumula en la élite del fútbol internacional, perder el control del partido de una manera semejante, desarbolado por el dispositivo táctico de un novato que está debutando en Primera División. Era como si estuviera borracho y se hubiera tomado a broma el partido. Algo de eso también hubo y no sólo en Ancelotti. Nacho reconoció que salieron “relajados” por “la ventaja” en Liga.
La ventaja no es infinita ni tampoco eterna y ese debería ser el principal punto a abordar por el staff de Ancelotti en este parón de selecciones. Se trata de no perder la cabeza. Nunca una fecha FIFA le vino tan bien al Madrid ni fue tan bien recibida. El Madrid necesita este respiro. Dice Ángel Del Riego, que es el mejor exégeta que tiene el Madrid, que el Madrid está hecho para alcanzar los clímax al final de las temporadas, nunca en el medio de éstas, y que a momentos álgidos, espiritualmente hablando, como el de hace dos miércoles, suelen seguir petardazos memorables. Éstos actuarían como una especie de homeostasis: regulan el equilibrio emocional del madridismo, lo calibran, por así decirlo. En este sentido, el Madrid tiene dos semanas para utilizar esta paliza y convertirla en gasolina con que alimentar la máquina para el definitivo sprint. El segundo Madrid de Ancelotti, por su perfil más bajo que el primero y su particular hibridación entre veteranos a punto de finiquitar su carrera en la aristocracia del fútbol y jóvenes explotando o por explotar, ha mantenido también cierta regularidad (mucho más gris que la de los años 13, 14 y 15) durante esta temporada, regularidad paquidérmica: ha encadenado varias series de solventes y pírricas victorias ligueras interrumpidas por inesperados batacazos: el Getafe, la Copa en Bilbao, contra el Barcelona, el peor de todos precisamente porque vino después del atracón de ilusión y serotonina más poderoso de lo que va de año. Con el mejor delantero del mundo, y el mejor portero de todos, un equipo cualquiera sumaría puntos a machamartillo aferrándose a cada partido como Gabriel Rufián a su escaño en el Congreso. El Madrid sigue siendo el segundo equipo menos goleado del campeonato y, todavía, el más goleador. De la última serie de 5 partidos en Liga, ha ganado 4: sólo Barcelona y Atlético de Madrid han hecho pleno. Juega fuera 4 de los 9 partidos que restan, y si bien tiene que visitar el Metropolitano y el Pizjuán, sus rivales también tienen que jugar entre sí.
El fútbol no tiene nada de racional, las supersticiones, como en los toros, son fuertes y decisivas
La Liga parece maldita para Ancelotti y eso aumenta el desasosiego, es una sospecha que ronda el buen campeonato doméstico de su Madrid desde el principio. El fútbol no tiene nada de racional, las supersticiones, como en los toros, son fuertes y decisivas. La Xavineta es una pompa de jabón que no para de crecer, desde el domingo parece un zepelín invulnerable, pero como oí hace poco “también se caen los aviones”. Lo estrictamente fáctico dice que el Madrid emboca la recta final de la temporada en los cuartos de final de la Copa de Europa y con el pelotón liguero a 9 puntos, faltando 9 partidos. También que Ancelotti ha llegado hasta aquí con apenas 13 futbolistas: las dos grandes fichas de la plantilla, por salario, reputación y expectativas, son dos exjugadores; el capitán está haciendo la gira de despedida de los toreros viejos y la cara b del equipo (Isco, Ceballos, Jovic, Mariano, Vallejo) es la quinta del cojo: ni siquiera hacen bulto. Que sea el mejor entrenador posible para el Madrid, nadie lo puede saber: el mejor parecía Zidane, lo más próximo a un “Ferguson” madridista, y se encargaron de quemarlo desde dentro, a pesar de su hoja de resultados. Si es cuestión de psicología y de supersticiones, al mando está un hombre que después de perder una final de la Copa de Europa en la que al descanso ganaba 3-0, volvió al mismo lugar y frente al mismo verdugo, dos años después, para desquitarse.
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Veamos. El Madrid será campeón de Liga. Eso pienso. Tanto como que el papelón de ayer no hay quien se lo quite. ¡Qué espanto!
La distancia sigue siendo sideral y no creo que repita esperpento, tendría mucho mérito… No fue el Madrid. Cuando vuelva a serlo acabaremos pensando que una malísima noche la tiene cualquiera. El pueblo es generoso… Pelillos a la mar y a ver cuándo presentan a Kylian. A Kylian y tal, digo.
¿Que cosas raras hemos visto y veremos? Cierto y ayer, otra. 0-4. Es una de las gracias del fútbol. ¿Puede haber cataclismo total? No lo espero. Lo de ayer… Mi amigo el del guasap lo bordó otra vez.
—Voy a zumbarme una botella de Dom Perignon para celebrar el resultado. Pudo ser 1-14.
Dicho lo cual, apúntenselo: el Madrid debe ganar en Vigo. Ganar y espantar fantasmas. Sí, sostengo que será campeón. Pero que le gane al Celta. Luego hablamos de eso.
Y bueno, les confieso que me costó entrar en el partido. Era el Bernabéu, sí, pero jugaban unos tíos vestidos de amarillo y otros de negro pese a que en los carteles ponía Real Madrid-Barcelona. En esa pelea estaba y no tardé en percatarme que la rareza iba más allá de los uniformes. En cosa de minutos vi, vimos, que el Madrid no estaba y los de amarillo, sí.
No me voy a extender por bien explicado aquí en el planteamiento carlettico y esas cosas. Bueno, sí digo que a Ancelotti se le corrió el rímel. Matizo a quienes dicen que Xavi le ganó la partida. Xavi y su equipo estuvieron perfectos. Un diez para ellos. Pero Ancelotti perdió solo. Y tampoco le acompañaron sus jugadores. El Madrid salió como salió, y se comportó, por decisión propia. Nada tuvieron que ver Xavi y su equipo. Ellos salieron, vieron lo que había y se montaron su verbena. Les faltó dar las gracias. La crónica de Torres Rubio y el lo-de-ayer-es-intolerable galérnico explican tan bien lo que pasó táctica y estratégicamente que huelga insistir.
Matizo a quienes dicen que Xavi le ganó la partida. Xavi y su equipo estuvieron perfectos. Un diez para ellos. Pero Ancelotti perdió solo. Y tampoco le acompañaron sus jugadores
Huelga. Palabra mágica para definir al Madrid de anoche en dos direcciones. El equipo hizo eso, huelga en todo lo relacionado con un partido de fútbol, una. Y otra, fue como la UGT y Comisiones en una sola pieza: no apareció. El pollo era enorme, como enorme es lo que está pasando en nuestras calles, y el Madrid decidió fumarse un puro, mirar al tendido. Así, en plan sindicatos ausentes. A mí, que me registren. Al rato quedó claro que ni estaba ni se le esperaba.
Nada que recordara la tropa desatada, aguerrida, feroz que en su última aparición por el estadio se zampó al PSG. Igual fue cosa del negro. Que confirmó que es la otra cara del blanco. No sé. ¿Entonces estuvo Benzema? Ya. Tanto que metió los tres goles. Pero estuvo el equipo entero, además. No ayer. El Barça ganó: claro. Si a este 0-4 le añade la Europa League se van quince días a Canaletas todo incluido.
¿Y esa desaparición por qué? Pues no sabría decirles. Fúmbol es fúmbol decía el gran Vujadin Boskov. ¿Pero tanto? Total, que lo que pudo ser la puntilla a la Liga, con un triste empate valía, abre la puerta a la especulación. Hombre/mujer, 9 puntos de ventaja —damos por ganador al Barcelona en su choque pendiente con el Rayo— a falta de 9 jornadas es ventaja superconfortable. Firmable cada Liga de aquí a 2099. Pero el trompazo ha sido morrocotudo. Habrá que ver si deja secuelas, claro.
El Madrid debe ganar en Vigo, tras el parón les decía. Ganar y eso: una malísima noche… Pero como no gane y sí lo haga el Barça en su cita con el Sevilla, oigan, el ambientillo se va a poner más que raro. Normalmente el Madrid reacciona bien tras una derrota dolorosa. La reacción ahora es imprescindible. Ganar y espantar. A horas del viaje a Londres. El numerito de anoche lo exige. Ganar en Balaídos y espantar. ¿Que Iago Aspas les parece Lewandowski? Y el Torpedo Müller… No llamen al médico: ahora mismo es muy normal.
Por la mañana, el buen Manresa tomó el Wizink y por la noche, un mellado Nadal perdió la final americana. Entre una cosa y otra, en los coches, Alonso tampoco… ¡pero sí Carlitos Sainz que hizo segundo! Hay días que casi mejor no levantarse.
El todavía segundo clasificado no encuentra la manera de ganar un partido. Tampoco a la Real. Como estará la cosa por allí que hay voces por Nervión ahora que firman la cuarta plaza, el billete Champions. Sí, la Liga es muy larga.
Me topo con un libro escrito por Luis Miguel González y Juan Ignacio Gallardo, Las mejores anécdotas del Real Madrid. Vamos a ser positivos y pensar que lo de anoche quedará en eso, en un anécdota más, lado oscuro. Libro divertido para estos días…
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