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Los domingos por la tarde (caminando a Chamartín)

Los domingos por la tarde (caminando a Chamartín)

Escrito por: Athos Dumas12 septiembre, 2017
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Ah, but I was so much older then, I'm younger than that now”. Bob Dylan, My back pages.

Que yo recuerde, en los años 70 los partidos de Primera División se jugaban siempre los domingos por la tarde, no más tarde de las 16:30. En alguna temporada ponían un único partido por televisión (TVE1)  que solía jugarse a las 20:30.

En mi casa, los domingos eran un día muy estresante. Familia numerosa de nueve hermanos y hermanas, por las mañanas íbamos a misa en San Luis de los Franceses y luego a comer en casa de mi abuela Manuela o en el domicilio familiar. Cuando había partido del Madrid en el Santiago Bernabéu, además del guirigay que se organizaba durante la comida con tantos comensales, teníamos que apañárnoslas para, por supuesto, no perdernos el capítulo semanal de “El Virginiano” (o años más tarde de “La casa de la pradera” ) y, acto seguido, los hermanos futboleros salíamos corriendo hacia la plaza de Manuel Becerra para coger el autocar que nos llevaba al estadio. “¡Al fúrbol! ¡Al fúrbol!”, se desgañitaba el conductor que aparcaba su viejo autocar delante de la parroquia de Nuestra Señora de Covadonga para atraer a los hinchas y aficionados y, posteriormente,  apelotonarnos en él como sardinas en lata de escabeche. Si tenías suerte, hasta a veces podías ir sentado. Recuerdo bien el olor a bocadillos de chorizo y el de la tinta de los ejemplares de Marca que hojeábamos los seguidores. Cuando el Marca era el Marca…

Aquellos domingos por la tarde eran gloriosos. Toda la semana yo estaba esperando ese momento. Desde la Plaza de Lima, donde nos “soltaba” el autocar, corriendo con la lengua fuera hacia el Fondo Norte, donde nos ubicábamos donde podíamos, preferentemente tras la portería, y por supuesto de pie. Si ese día había atasco de tráfico, a rezar para poder ver algo. Ni tornos ni historias. Mucha gente se colaba por entonces, y no sólo los niños. Recuerdo los porteros del estadio, con sus gorras pasadas de moda y normalmente malhumorados ante las avalanchas de espectadores ante cada puerta.

En las tardes de invierno, pasaba antes y durante el partido un vendedor con copas de plástico microscópicas y las rellenaba por 4 pesetas con el brandy 501. “¡Su calorcillo! ¡Hay copas de coñá!”. En aquel entonces no había marcador electrónico en el Santiago Bernabéu. Si no llevabas radio al estadio (y en aquella época las radios portátiles pesaban de a kilo), era prácticamente imposible saber lo que estaba ocurriendo en otros campos. Tenías que haber sido previsor y llevar encima una chuleta con el “Marcador simúltaneo Dardo” de esa jornada y adivinar por ejemplo que si la clave Reloj Radiant ponía 0-1,  eso significaba que la UD Las Palmas acababa de anotar un tanto en la Nova Creu Alta de Sabadell. Vamos, que para ir al fútbol había que ser un experto en Código Morse.

Los espectadores podían consumir durante el partido varias toneladas de pipas, además de los consabidos bocadillos caseros de calamares y salchichón. Equipos hoy en día casi olvidados en divisiones inferiores, como el Pontevedra, el Burgos o el Salamanca , venían a ponernos en dificultades con sus planteamientos defensivos.

Muchas veces, ya empezado el partido, mi amigo Pablo y yo saltábamos a la tribuna para ver el partido cómodamente sentados. Y en el descanso, recorríamos el trayecto hacia el Fondo Sur para poder ver el segundo tiempo desde allí y poder ver de cerca los goles de Santillana o de Roberto Martínez, Pipi. A poder ser, también en la tribuna. Aunque bien es cierto que el Fondo Sur solía estar bastante más lleno que el Norte y, sobre todo, en las segundas partes atacando esa portería nuestro equipo.

En aquellos años, el Real Madrid solía seguir dominando la competición doméstica. El bloque del equipo lo seguía formando la vieja guardia ganadora de la VI Copa de Europa, con Pirri, Grosso, Amancio, Zoco y Manolo Velázquez, el jugador más talentoso de la época, intermitente y genial como pocos. Muchas veces cuando el partido estaba aburrido (o ya decidido en el resultado), yo me entretenía contemplando la forma de jugar de Velázquez, cómo templaba, miraba a su alrededor y lanzaba un pase majestuoso a 35 metros. Cuando llegó Günter Netzer en 1973 me ocurrió algo parecido. Era el talento ante todo lo que yo iba a ver, además de ver a los nuestros ganar.  También recuerdo que cuando aquellos genios fallaban un pase o no se marcaban una carrera “tribunera” , eran castigados con la clásica sinfonía de viento tan propia del Bernabéu. Los silbidos actuales a Benzema, Keylor o Danilo no son nada novedosos…

Se me quedó grabado en la memoria un gran disgusto cuando mi padre no me dejó ir a ver el Madrid-Barcelona de la temporada 73-74, ya que se jugaba por la noche y al día siguiente había que madrugar para ir al cole como cada lunes. Fue la nefasta noche del 0-5, que por suerte no tuve que ver in situ. Pero al final de aquella temporada, mi padre me compensó ampliamente al llevarme a la final de Copa –al estadio del Manzanares– para contemplar uno de aquellos partidos imborrables como fue el 4-0 (Santillana, Rubiñán, Aguilar y Pirri) del Madrid al Barça, esta vez sin jugadores extranjeros por ambas partes (era el reglamento de la época en la Copa, ni jugaron Netzer, ni Pinino Mas por el Madrid, ni tampoco Cruyff ni el Cholo Sotil por parte azulgrana). El mítico Ramón Moreno Grosso fue sustituido casi al final del partido para que el gran capitán Ignacio Zoco recibiese la copa de campeón en su último partido en el Madrid.

En febrero de 1974, el Barcelona ganó 0-5 en el Santiago Bernabéu

Siempre recordaré aquellas tardes de domingo, con frío, con lluvia o con un sol abrasador (en los días calurosos se vendían viseras de cartón en los puestos callejeros por 50 céntimos de peseta, junto con aquellos caramelos Saci y las bolsas de pipas), con un ambiente muy familiar y siempre festivo, tan diferente de hoy en día.

Al terminar el partido, otra situación clásica: la tercera parte del aforo ya estaba vacío, esa mala costumbre de nuestro público de no aguantar hasta el pitido final, fuese el resultado que fuese. Y en ese instante, nueva carrera para buscar pr Concha Espina el autocar que nos llevaría a “¡Manuel Becerra! ¡Manuel Becerra y Ventas!”, de nuevo con apiñamiento  humano, de nuevo trayecto de pie con los debidos tropezones debido a los frenazos y acelerones consabidos. Y escuchando por la radio del autocar a Vicente Marco y a Joaquín Prat en el Carrusel Deportivo de Radio Madrid, amenizado con los comentarios de Juan de Toro hablando de “Anís Castellana, su presencia siempre agrada”, y con las conexiones con los estadios de Altabix, Pasarón o El Arcángel.

Y llegar a la plaza de Manuel Becerra, a eso de las 7 de la tarde, normalmente con la satisfacción por la victoria de nuestro equipo, y ver a unos chavales vender por 1 peseta en la boca del metro una hoja, del tamaño de medio folio, llamada “Goleada”, en la que a esa hora ya estaban impresos los resultados de la jornada de Primera y Segunda División, a falta del partido nocturno y televisado (por la única cadena y lógicamente en blanco y negro) , con lo cual ya podíamos consultar como iba nuestra quiniela semanal hasta ese momento.

Y volver a vivir el partido, ya en casa. El pundonor de Pirri, los paradones de García Remón, las fintas del brujo Amancio, la sobriedad defensiva de Benito, la velocidad de Aguilar…

Y empezar a pensar en el partido de la siguiente semana, aquella bendita rutina.