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Veinte años de Florentino

Veinte años de Florentino

Escrito por: Antonio Valderrama21 julio, 2020
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Hace dos décadas todo empezó con Figo bajo el brazo. Lo revolucionario en Florentino Pérez siempre ha sido decir lo que se quiere hacer y luego hacerlo.

Se cumplen en estos días veinte años de que Florentino Pérez alcanzara por primera vez la presidencia del Real Madrid, haciendo verdad eso de que ya hace veinte años de todo, porque Florentino pertenece al paisaje emocional, al escenario de nuestras vidas. Como si llevara ahí todo el tiempo, desde que se desprecintó el mundo. Me acuerdo de dónde estaba el día que se hizo oficial lo de Figo, escuchando la radio, en el campo, una corriente eléctrica me sacudió de la cabeza a los pies. Aquel tipo con pinta de oficinista, verbo discreto, elegante, el polo opuesto de la carnalidad italoamericana del boss Sanz, escondía un carisma monstruoso dentro de su traje sencillo, sin brillo, corriente, modélico. Decía la letra de la famosa habanera que si las cosas que uno quiere, se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo, que 20 años atrás. Sin embargo, veinte años después, el amor es el mismo: un amor puro, sincero y honesto, por el hombre y por la idea, un amor que se renueva con el mismo vigor con que el florentinismo, fijado como sistema de comprensión y de explicación del madridismo, se rejuvenece a sí mismo. Que es la condición de lo clásico, como dice Garci.

Florentino celebró la efeméride siendo fiel a sí mismo, celebrando un título (lleva 46 entre el fútbol y el baloncesto) y ejerciendo de verdadero revolucionario. Anunció, sobre el mismo césped del Alfredo Di Stéfano, que este año no iba a haber grandes fichajes. “La situación es mala”, dijo para resumir con un hondo respeto por la mayoría de edad intelectual de los aficionados, el calciomercato que nos espera. El calciomercato 2020, el calciomercato del coronavirus, de la reducción masiva del gasto, de la austeridad, de la frugalidad, usando el término de moda. Una declaración sencilla, sin grandilocuencia, con esa castellanidad lacónica que en la tradición del Madrid convive sin paradoja ni contradicción con el alma barroca andaluza de las noches de éxtasis sensorial en el Bernabéu o con la música ligera y exuberante de los brasileños que engrandecieron el blanco. No habrá grandes fichajes, aseveró el presidente, lo que casi vino a confirmar que no habrá fichaje alguno, ni grande ni pequeño. Y ahí reside la grandeza revolucionaria de la última florentinada.

Florentino suele hablarle al socio, así como al hincha, como a un adulto, es decir, sin esconder la verdad ni tampoco edulcorarla

Lo revolucionario, en Florentino, siempre ha sido decir lo que se quiere hacer y luego hacerlo, concordando generalmente ambas cosas, cosa que en política (y los presidentes de los clubes de fútbol son políticos, políticos casi siempre de pueblo, como mucho de provincia, exceptuando a los directivos del Barcelona, que son regionales; los del Madrid no cuentan porque tienen rango de ministros) es tan raro como encontrarse de pronto con un cruyffista humilde. Florentino se le apareció a una generación de madridistas muy jóvenes y deslumbrados por dos Copas de Europa que todavía no tenían el valor emocional que adquirirían con la madurez, diciendo la verdad: tengo fichado a Figo, tómenme por loco, les digo la verdad y si me votan, aquí estará al día siguiente. Por eso el florentinismo se parece tanto a la vieja idea que el Madrid ha tenido de sí mismo toda la vida: probidad y audacia. Florentino suele hablarle al socio, así como al hincha, como a un adulto, es decir, sin esconder la verdad ni tampoco edulcorarla. No hay que irse muy lejos para compararlo con otros dirigentes de clubes con los que el Madrid compite entre iguales, basta con mirar las portadas, durante los meses de confinamiento, de los diarios deportivos que se editan en Barcelona. O acercarse a la rumorología que rodea al equipo al que el Madrid tendrá que remontarle dos goles el siete de agosto, en la Copa de Europa: lo último, que leí ayer, es que el City tiene pensado gastarse este verano, este coronaverano, otros trescientos millones de libras. No obstante Florentino, si no se ha anticipado cada vez al pulso del tiempo, al menos lo ha sabido ver en todo momento, acompañándolo. Cuando llegó, el mundo pedía gasto, keynesianismo, inyección de líquido y de emoción, recapitalización a mansalva de ilusión; era el año 2000, la felicidad se regalaba por las esquinas, el país iba como un tiro, la Humanidad afrontaba el primer siglo de un nuevo milenio sin amenaza de apocalipsis alguno, la gente quería bailar y eso fue lo que trajo aquel, por entonces, aparente hombre gris. A Figo debajo del brazo en un golpe de efecto que terminó recolocando al Madrid en el centro de la Tierra justo tras recuperar la gloria europea. A la cabeza del siglo XXI.

Veinte años después el mundo es muy otro, un enorme páramo de color ceniza, en constante repliegue, donde no llueve café como en la canción de Juan Luis Guerra, sino incertidumbre. La pandemia del COVID ha mutilado gravemente la economía de todos los clubes del deporte profesional, aunque el Barcelona del ERTE y el petroCity parezcan vivir en una dimensión alternativa de la realidad. Pero una cosa es esa, la conciencia más o menos general de que el parón de tres meses de 2020 congelará una industria, la del fútbol, que llevaba un lustro inflada, llena de gases artificiales y de dinero extraño, y otra, como siempre pasa en España, es verbalizarlo. No es baladí esta cuestión, aunque lo parezca. No es lo mismo soñar con gastarse sesenta mil millones de pesetas en la estrella del archienemigo, pagadas a tocateja en un clausulazo, que decirlo; no es lo mismo que todo el mundo sepa que en otoño se volverá a acabar el mundo, que ser el primero en salir y afirmarlo. Al principio fue el Verbo, y es verdad, quizá la mayor verdad bíblica de todas, la más potente: las cosas empiezan a existir cuando alguien las nombra.

Y Florentino no es “alguien”. Si siempre se ha dicho que el palco del Bernabéu es más importante que el Consejo de Ministros, Florentino Pérez ha elevado la categoría de presidente del Madrid a la de jefe de un Gobierno. El primer ministro Pérez podría reivindicar la condición de nación del Real Madrid, al fin y al cabo, hombres peores, como decía Arcadi Espada, dependientes del Corte Inglés venidos a más, han hecho eso teniendo mucho menos de donde tirar. En estos veinte años, sus méritos son bien conocidos y loados: ubicar al Madrid en la vanguardia del mundo nuevo, recuperar ese sentido tan imbricado en la propia identidad del club, de ser pionero, de ir por delante; ganar muchas Copas de Europa, como dejó enseñado Bernabéu, estar en el mundo al modo en que el Real Madrid tiene que estarlo, que eso no lo enseñó Bernabéu, sino que lo aprendió de los padres fundadores, interpretándolo luego estupendamente.

Si Florentino siempre ha querido emular a Bernabéu, han de reconocérsele algunas cosas: es el hombre más importante de la Historia del club, tras el gran patriarca, y ha hecho suya esa filosofía bernabeuística de estudiar el mundo para anticiparse a él en beneficio de la institución. La visión. Por ejemplo, en el verano de 2003, con la decisión de hacer aquel primer y exuberante grand tour por el lejanísimo Oriente, Florentino estaba abriéndole los ojos al fútbol español ante la emergencia de China, hoy no ya potencia mundial, sino muy probablemente la primera potencia mundial. Con el nuevo estadio, por ejemplo, esa visión ha resultado incluso más certera, por el devenir abrupto e inesperado de los acontecimientos. Yo, partidario toda la vida de abandonar el Bernabéu y sustituirlo por un Wembley en V