Las mejores firmas madridistas del planeta

28 de mayo de 2022. Liverpool-Real Madrid. Final de la Champions League. Instantes antes del minuto 60 de partido, el Madrid trenzó una combinación fantástica que culminó Vinícius con el gol de la victoria a pase —¿a pase?— de Fede Valverde.

La jugada la recuerdo más o menos así: Camacho sacó de banda hacia Jankovic, que se la devolvió de primeras al lateral izquierdo madridista para que este evitara la presión red centrando a Maceda, que hallábase en la frontal del área blanca. El de Sagunto se giró como una peonza para zafarse de los atacantes del Liverpool y abrió a la banda, donde ya corría un bravo Carvajal, cuyo partido fue quizá el mejor que ha jugado con el Real Madrid. Tras subir varios metros el balón, el lateral utilizó a Casemiro para que el balón rebotase hasta Modric. Lukita garabateó sobre el césped con la pelota hacia atrás para atraer hacía sí a los rivales y despejar el horizonte a Carvajal, que volvió a apoyarse en Case para que habilitase a un Fede Valverde con espacio para correr por la derecha. El uruguayo llegó al interior del área inglesa. Virgilio intentó defenderlo con el trasero en pompa, pero Valverde golpeó fuerte el balón, que no al trasero, y Vini lo remachó libre de marca. 0-1.

Ahora bien. Lo de Valverde, ¿fue pase o fue tiro? Tras la jugada, los madridistas ni nos lo planteamos, qué más daba si había sido pase o tiro, Jurado o Pantoja, Beatles o Stones. Pero no tardó mucho en comenzar el debate.

Entre otros motivos, el Real Madrid tiene otra Champions más porque Valverde acertó equivocándose

En un principio, yo no albergaba dudas de que había sido un pase, nunca me he caracterizado por acertar, aunque en el chat de La Galerna ya defendían que era un chut. Entonces, John Falstaff intervino de manera genial:

Tiro indirecto: dícese del disparo ejecutado por mediación de otro. Consiste en que Valverde, desde el pico del área, dé un pase tenso y con velocidad de tiro a la zona de peligro, donde Benzema y Vinícius se habrán colocado previamente con el arma cargada (how else, imbécil, estamos hablando de Benzema y Vinícius), para que uno de ellos coloque el balón en la portería con un toque suave, casi un putt, ejecutado con precisión y delicadeza, completando así el tiro iniciado por Valverde. También conocido en la doctrina clásica como <tiro en colaboración>, o <a cascarla, Ceferin>.

En esas andábamos, cuando Alberto Cosín nos informó que el propio Valverde ya lo había dejado claro: “Me acerqué bastante al área, le pegué al arco, me salió tremendo pase”. Le honra, otros no lo habrían reconocido.

Benzema, Vinícius y Valverde

Cosín añadió con acierto que era una jugada muy de Roberto Carlos, que solía pegar esos zapatazos diagonales a la línea de meta para que ora Morientes, ora Raúl, o incluso Mijatovic los empujaran a gol.

Tenemos claro pues que lo de Valverde no se trató de un pase al uso. Y un tiro solo lo fue en intención, porque no iba ni siquiera remotamente cerca de los tres palos. Podríamos definirlo como centro chut, aunque al no ir a puerta no sería correcto. La mejor definición es la de Falstaff: tiro indirecto. Aunque no pocos testigos y testigas de la jugada prefieren llamarlo centro Chus, centro Chus Lampreave, para ser exactos, porque era muy grande, igual que Fede.

Al final nos quedamos con que, entre otros motivos, el Real Madrid tiene otra Champions más porque Valverde acertó equivocándose.

Se equivocó el Pajarito,

pero acertaba.

 

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Hola a todos, amigos. Hoy hay portadas, como siempre, pero lo cierto es que nos importan (todavía) menos que siempre. Quizá por eso, lo confesamos, hoy sale un poco tarde el portanálisis. Y es que seguimos danzando lánguidamente, con la sonrisa alelada de la felicidad, por encima de los mares de Marte, ingrávidos y perfectamente dispuestos a perdonar al mundo sus agravios. Somos del Madrid y hemos ganado la Copa de Europa catorce veces. Ya sabéis, el Un, Dos, Tres… ¡Catorce! de U2 pero sin sentir el menor vértigo y doblando la cantidad de Champions del inmediato (es un decir) perseguidor que es el Milán, mientras el Barça sigue anclado en un empate a Champions con Isco o Nacho (5), sin alcanzar a Paco Gento (6), y mientras clubes como PSG, City o Atleti no han inaugurado aún su casillero. Por situarnos.

Y, ya que nos situamos, ubiquemos geográficamente la última cumbre de la junta directiva del Barça. Tiene lugar cerca de la frontera de Francia, en un centro comercial. Sí, habéis leído bien. El FC Barcelona, otrora grande del fútbol europeo, celebra la reunión de su junta entre paquetes de corn flakes de marca blanca, tubos de pasta de diente y pares de calcetines (ejecutivos, eso sí).

Os preguntaréis por qué. La explicación es filosófica, por más que alguien haya sugerido que se trata de un centro comercial propiedad de algún miembro de la junta: cuando la desesperación (financiera y deportiva) se apodera de ti, el único camino a seguir es el del dadaísmo extremo. Porque nos reconoceréis que esto de la junta directiva en un centro comercial (el autocorrector nos había puesto “vector clerical” para abundar en el surrealismo) es algo propio de una película de Leos Carax, por apuntar a un creador en la gama alta del cine independiente.

Por supuesto, la prensa cataculé no da mucha importancia al elefante blaugrana en la habitación y hace como si nada, es decir, como si reunir a tu junta directiva entre marujas que hacen la compra y niños que buscan la última versión del FIFA fuese lo más normal del mundo. Ellos a lo suyo, que si Lewandowski está enfadado con el Bayern, que si Nadal en semis de Roland Garros (¡enhorabuena, Rafa!). De lo importante, o sea, del Barça reuniéndose en la puerta del Caprabo, como quien dice, no hablan más que en mínimos faldoncillos, y por supuesto no os traen el documento gráfico relevante, el que nosotros sí os vamos a ofrecer después.

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Cosas de ellos. He aquí sin embargo el tema importante, las imágenes que de verdad os incumben, las que elevan la actuación de la junta directiva de Jan Laporta a la categoría de circo ambulante del teatro pánico.

Junta Barça centro comercial

Que sí. Que son fotos de verdad. La solemnidad de la estudiada pose grupal de la junta culé contrasta con la señora probablemente llamada Roser que sale de fondo empujando un carrito repleto de víveres y de cola-cao, que es el único chocolate de naturaleza indepe que se trabaja en los supermercados de Antoni Escudero, a la sazón vicepresidente del área social del més que un club. “Que si quiere bolsa, señora”, se oye gritar al fondo de la foto.

Organizar tu junta a la puerta de una suerte de Mercadona tiene sus ventajas, no creáis que no. El propio Laporta aprovechó para hacerse con una nueva talla de chándal para los ejercicios mañaneros con que nos obsequia en Instagram. Ferran Olivé compró el suavizante que le habían encargado en casa, dado que en la compra del lunes había adquirido detergente en su lugar. Jordi Llauradó i Conejero aprovechó para hacerse con la tarjeta del supermercado, cuyo sistema de puntos no tiene parangón, mientras Àngel Riudalbas i Codina arramblaba con tres paquetes de salchichas de la marca jamongus, la más valorada en el hogar. Faltó Jaume Roures, avalista de la junta, para hacerse con algún canal de televisión de última hora. Fue todo un ejercicio de pragmatismo y seny el complementar la celebración del encuentro oficial de la junta con la posibilidad de llenar la cesta de artículos de uso doméstico para los interesados.

Podríamos decir que el Barça está de compras si no fuera porque en realidad está de ventas. Lo que se plantea la junta en estos momentos es vender hasta el 49% de su área de retail y ceder hasta el 25% de los derechos de televisión futuros a través de CVC. Son operaciones más relevantes que la de la simple adquisición de un desodorante o de 100 gramos de lomo embuchado. La venta de los derechos a CVC supondrá para el Barça la adopción de una medida “cuyas condiciones condenan el futuro del FC Barcelona” en una “transacción ilegal que causa un perjuicio irreparable a todo el fútbol español”. Lo entrecomillamos porque eso es lo que opinaba el propio Laporta sobre CVC hace muy escasos meses, como nos recuerda en Twitter nuestro colaborador Tomás Rubio.

Y qué más contaros. Ah, sí, que parece, aunque vaya usté a saber, que estamos cerca de fichar a Rüdiger y a Tchouaméni. Por nosotros, después de lo que acaba de darnos —no sólo ahora pero sobre todo ahora—, Florentino puede fichar a Dani Güiza intoxicado con miguelitos de la Roda, que no solo nos parecerá pertinente, sino que llegaremos a preguntarnos cómo no se nos había ocurrido hasta el momento.

Pasad un buen día.

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Los fastos de la Catorce aparejaron la melancolía y hasta cierto punto el morbo de tres despedidas: Bale, Isco y Marcelo.

Este último se fue sorteando la sonora devoción de las masas, que entre aplausos y cánticos apenas le dejaban hablar cada vez que tomaba el micrófono. No le dejaban ni la afición ni las lágrimas, ya nos lo contó David Oller en La Galerna. Las lágrimas de Marcelo son las de todos, no porque estemos al mismo nivel, que no lo estamos, sino porque cuando las lágrimas de otro provocan las nuestras hay otra dimensión, no lejana, en que se mezclan y forman parte de la misma corriente lacrimógena.

Las lágrimas de Marcelo

A veces, sin embargo, la gente llora sin que el protagonista llore, y no descarto que se dieran cita pucheros por Bale e Isco, que también se despedían y cuyos ojos, en cambio, no parecieron humedecerse mucho. Es normal, pues era su despedida pero no lo parecía. Miki Nadal no mencionó lo de que se van, y tampoco se dio ningún adiós espontáneo por parte de los compañeros. Miento. A Isco lo mantearon, en una escena simpática, ya al final del acto del Bernabéu, que no obstante careció de gran repercusión entre el público asistente. Fue una especie de bis ejecutado por la banda del concierto sin que fuera reclamado por la concurrencia, y quizá fuera por eso, por cierto miedo a la reacción de la gente, por lo que el club no preparó despedidas específicas al galés ni al chichilindri pese a que era de todos conocido que no siguen.

Isco manteado

Considero que, de haberse organizado algún tipo de tributo explícito a Isco, el público habría reaccionado de manera positiva. Sigue teniendo el cariño de gran parte de la afición, y no es incomprensible pese al manifiesto abandono físico en que cayó durante un tiempo. Es un cariño justo. En términos de juego, el Madrid con Isco fue el más brillante de todas las variantes que conquistaron tres Champions consecutivas de la mano de Zidane. Antes, en la Décima, jugó un papel esencial saliendo desde el banquillo en Lisboa. La gente no olvida eso, y hacen muy bien en no olvidar a pesar de algunos pesares. Por eso creo que una celebración que hubiera incluido un apartado para el adiós de Isco habría sido bien recibida por los aficionados. Me extraña que no hubiera ningún compañero que, de manera espontánea, no usara su turno del micrófono para pedir una ovación para él en la hora de su partida. También me extraña que eso no pasara, asimismo, con Gareth, a menos que hubiera instrucciones específicas de ambos futbolistas para que no sucediera nada de eso.

En términos de juego, el Madrid con Isco fue el más brillante de todas las variantes que conquistaron tres Champions consecutivas de la mano de Zidane

Isco ha utilizado sus redes sociales para despedirse de la parroquia, y lo ha hecho con altura y madridismo. Hay que agradecérselo y desearle toda la suerte en lo que le quede de singladura profesional. Tenía calidad para haber sido más, igual que Gareth, con quien entró el sábado junto a otros compañeros en el exclusivo club de las 5 Champions, pero quién se pone a exigir el séptimo cielo cuando te han hecho rozar el límite inferior de la estratosfera.

Carta despedida Isco

Hoy mismo, por su parte, ha emitido Gareth Bale un mensaje de despedida más formal que el de Isco, más acorde con su carácter, pero no menos elevado y sentido.

Carta despedida Bale

A pesar de su muy discutible tramo final, el de Cardiff tiene el rango de leyenda y, por simple respeto al mismo, es de agradecer que haya emitido este adiós. Reconforta después de tanto sinsabor, en particular a quienes le hemos defendido. La historia de Bale es la de alguien a quien tanto acusaron de no implicarse que terminó por no hacerlo. Es la historia más triste jamás contada. Los medios generaron animadversión hacia él siglos antes de que él la mereciera. Yo me he despedido tantas veces de él que ya no puedo volver a hacerlo, cubrí mi cuota. Sírvale este texto global y melancólico a la espera de que alguien —ojalá yo mismo, que tanto he escrito sobre él— pueda de verdad ayudar a desentrañar el enigma Gareth Bale.

A pesar de su muy discutible tramo final, el de Cardiff tiene el rango de leyenda y, por simple respeto al mismo, es de agradecer que haya emitido este adiós. Reconforta después de tanto sinsabor, en particular a quienes le hemos defendido

En las celebraciones alternó momentos de seriedad, que permitían intuir un interior atormentado, con otros de alegría y sincera participación en la fiesta. Miraba las efusiones emocionales de y con Marcelo con lo que me parecía sana envidia. No sé si llegó a preguntarse si él merecía algo similar. Tampoco sé si lo hubiera querido para sí. Es imposible dar tantas vueltas en torno a un tema (el tema Bale) hallando menos respuestas que las que he hallado yo. Bale es el gran fracaso intelectual de mi carrera como opinador del Madrid.

Al final de los finales, con una alfombra de confeti en el césped y las luces del estadio a punto de apagarse, pude ver a Gareth firmando algunas camisetas y banderas en uno de los fondos. Un grupo relativamente pequeño de fans le otorgaba este postrero homenaje. Gareth firmaba con lo que me pareció avidez retrospectiva, como tratando de rebañar un cariño prescrito. Algunos fans cantaron “Bale, Bale”. Caí en la cuenta de que era, muy posiblemente, la primera vez que tal cosa sucedía.

 

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Mateo se encontraba de vacaciones. Esta vez había elegido como destino la ciudad de Madrid en marzo de 2022. Le gustaba viajar a las ciudades en las que había vivido en épocas pasadas y disfrutaba especialmente de los pequeños placeres ahora inexistentes en su época. Se sorprendió a sí mismo yendo a un bar aquella noche del miércoles 9 de marzo y presenciando a aquel grupo de ilusos madridistas animando a su equipo en una eliminatoria que él ya sabía de antemano que habían perdido. No recordaba exactamente aquella eliminatoria contra el PSG, pero si de algo estaba seguro era de que aquella Champions League la había ganado el Manchester City del gran Pep, en una final frente al Liverpool que había sido toda una oda al fútbol como los dioses mandan. Ya saben: fútbol gourmet, ritmo vertiginoso, gestos de calidad continuos, algún que otro perdonable pase horizontal, y bueno, para qué negarlo, algunas pérdidas de tiempo del equipo de un genio que ha sabido reinventarse a sí mismo cogiendo las más sabias técnicas de sus mayores enemigos.

Sonrió al ver que el juego que el Madrid desplegaba no tenía nada que hacer no solo con el de cualquier equipo de Pep, sino tampoco con el que estaba mostrando el equipo parisino y sonrió con verdadero placer cuando Mbappé arrancó la moto, dejó atrás al Madrid entero y batió a Courtois para poner el 0-1 en el marcador y el 0-2 en el global.

—Es que es muy bueno —oyó que se lamentaba un madridista en el bar—.  Menos mal que el año que viene será nuestro.

Mbappé y Militao

Mateo se permitió una risita de suficiencia ante ese comentario. “Ay, amigos, si vosotros supierais…” pensó para sus adentros con una sonrisa ufana. Qué bonito era ver caer al Madrid y a sus arrogantes aficionados, esos que tenían la costumbre de creerse invencibles como si no fuera el Barcelona el único equipo que ha ganado varios tripletes y hasta seis copas en un solo año. Ah, ese equipo sí que era una delicia y no el Madrid de Zidane y sus Champions robadas.

Pidió otra cerveza y se dispuso a disfrutar de lo que quedaba de partido. La verdad es que no recordaba el resultado, pero estaba disfrutando del “meneo” que le estaba pegando el PSG a los merengues. Fue a pegarle un trago a su recién servida rubia cuando un murmullo general se apoderó de aquella taberna. “Bah, solo es Benzema yendo a presionar al portero, se creerá que este es Karius o Ulreich…” y siguió apurando el trago de su cerveza. Cerveza que volcó al segundo siguiente, cuando el murmullo pasó a clamor. Todo el mundo de pie de repente. Donnarumma había perdido el balón y ahora se encontraba en los pies de Vinicius.

—¡PERO SI HA SIDO FALTA!— gritó Mateo indignado—.

Un instante después se maldijo a sí mismo y miró alrededor esperando las reprimendas de los madridistas, pero estos estaban demasiado concentrados en la jugada, chillando a Vinicius que tirara o la pasara. Un segundo después todos estaban gritando abrazados los unos a los otros celebrando el gol de Benzema. Su preocupación se tornó ahora en extrañeza. No recordaba en absoluto ese gol, y debería hacerlo: un robo así no se olvida fácilmente y él tenía una memoria muy experimentada, sobre todo en lo referente a los habituales atracos del Madrid. Recordó en ese momento el gol de Ramos en Milán en fuera de juego (para el cuál reconoció que necesitó llegar a la vigesimoquinta repetición para ver si había tocado el balón), el penalti contra la Juve a Lucas en el 90, el fuera de juego de Cristiano contra el Bayern (con la eliminatoria ya decidida, pero robo al fin y al cabo), los 5 minutos de descuento en Lisboa (vale que Ramos marcó en el 93, pero ¿5 minutos? ¡Qué barbaridad!).

Benzema Donnarumma

Pero el caso es que esa jugada en concreto no la recordaba para nada y estaba seguro de que la recordaría. En fin, qué más daba. El Madrid no había pasado de cuartos ese año así que por qué no seguir disfrutando de la futura amargura que aquellos inocentes vikingos estaban a solo unos 20 minutos de experimentar. Aquello le ayudó a volver a calmarse. Pero de repente, volvió de nuevo la vista al televisor y vio como Modric cogía el balón en su propio área y salía con él totalmente rodeado de jugadores del PSG (“¿por qué ninguno de esos ineptos metía el pie?”). Vio como la gente se levantaba de nuevo con emoción de sus asientos. “Sí, sí, ya os hemos visto, madridistas, podéis sentaros que no vais a met…” Pero Modric filtró el balón a Benzema y este hizo lo propio con la portería.

—¿Pero qué demonios es esto? —Volvió a hablar en voz alta—.

Mateo no entendía nada. No recordaba nada de esto. ¿Sería posible que el Madrid ese año hubiera perdido en la prórroga? No, no, imposible. Negó con la cabeza tres veces como si quisiera convencerse a sí mismo. Miró con despecho a aquellos idiotas felices que aún no entendían que estaban a punto de ser eliminados. “Bueno, cuanto más alto se vuela, más dura es la caída. Ahora cuando pierdan después de haber tenido la remontada tan cerca les dolerá más” Se serenó a sí mismo.

El PSG sacó de centro y la euforia se apoderó de nuevo de hasta el último rincón del bar cuando Modric robó el balón y Rodrygo lanzó a Vinicius. El balón sale rebotado y unos segundos después un Benzema extasiado está abriendo los brazos mientras los aficionados del bar hacen lo propio con sus compañeros parroquianos. Aquello ya no era un bar sino una explosión de alegría blanca en la que el único que no participaba en la misma se hallaba totalmente pasmado, con la boca abierta sin poder entender absolutamente nada de lo que estaba aconteciendo.

Estaba seguro de recordaría este partido si posteriormente el PSG hubiera vuelto a remontar ese partido. Pero más seguro estaba de que el Madrid había perdido en octavos ese año. Cada vez más dubitativo, se quedó para ver el desenlace del partido. “Tiene que marcar el PSG, tiene que marcar el PSG” pensaba más para convencerse a sí mismo que otra cosa. Pero el PSG parecía estar tan confundido o más que el propio Mateo. Los minutos pasaron ante el desconcierto de un Mateo que no veía como el equipo de Messi, Mbappé y Neymar iba a ser capaz de hacer un gol o dos en el tiempo que quedaba. Ya solo quedaba un minuto. Tenía que ser entonces. Un gol, prórroga y ahí gana el PSG, claro. Ya casi estaba preparando el grito de celebración de ese gol que los llevaría a la prórroga. Pero el que llegó fue el rugido de celebración del bar entero (camareros incluidos) cuando el árbitro pitó el final del partido. Mateo miraba a su alrededor sin entender absolutamente nada, intentando encontrar algún tipo de explicación para lo que acababa de presenciar. Trató de levantarse, pero lo hizo con demasiada premura y se mareó. Tuvo que volver a sentarse. El siguiente paso fue coger su dispositivo. La señal no era muy buena y las páginas no cargaban. Se levantó de nuevo, esta vez despacio y con mucho cuidado. Pagó al camarero de la barra y salió a la calle. Las páginas seguían sin cargar bien así que decidió cortar por lo sano. Pulsó el botón y se puso el dispositivo junto a la oreja. Al tercer ring oyó la voz de Ernesto.

—Mateo, tronco, ¿no estabas de vacaciones?

—Y lo estoy, o lo estaba, ya no sé ni dónde estoy.

—¿Eh? ¿De qué hablas? ¿Va todo bien, amic?

—¡NO, NADA VA BIEN, MALDITA SEA!

—¿Pero qué te pasa, hombre? Tranquilo…

—¿Quién ganó la Champions en 2022?

—¿Eh?

—¿QUIÉN GANÓ LA CHAMPIONS EN 2022?

—¿Pero qué te pasa? ¿Necesit…?

—Tú solo dime quién ganó la Champions ese año.

—¿2022? Pues el City de Pep, ¿quién sino?

—Ah, menos mal. —Aliviado, respiró por un segundo, pero luego la duda lo siguió asaltando—.

—Espera un segundo, ¿cómo quedó el Madrid contra el PSG en octavos?

—¿Cómo? Pero si el Madrid ese año no jugó contra el PSG. Perdió en octavos contra el Benfica, ¿no te acuerdas de los memes que hicimos con aquello?

No supo si había soltado el dispositivo o se le había caído, pero el caso es que estaba en el suelo y Ernesto se había quedado hablando solo. Aquello no podía ser, era imposible…

—¿Se encuentra bien, caballero? Está usted pálido…

Levantó la mirada y la cruzo con un hombre de unos 60 años ataviado con la camiseta blanca del Real Madrid.

—Nada de esto tiene sentido… —alcanzó a decir—. Y a decir verdad, nada lo tenía.

—Jajajaja, pues claro que no lo tiene —repuso el hombre sonriente dándole una especie de apretón reparador en el hombro mientras le devolvía el dispositivo poniéndoselo en la mano—. Pero esto es el Madrid.

 

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Voy a tratar de transmitir lo que viví, lo que vi y lo que me ha contado mucha gente de total confianza, a la entrada y a la salida del Stade de France, en el fondo donde nos ubicamos los aficionados madridistas.

Mi testimonio, a mi juicio, tiene el valor y el plus de que no tengo en absoluto ninguna animadversión hacia Francia ni hacia los franceses, bien al contrario, ya que, como sabrán muchos de nuestros lectores, mis orígenes proceden del país vecino, y mi padre, a quien siempre he adorado, era de nacionalidad francesa y nacido en París. Toda mi cultura es francesa y casi todo lo que leo es en francés ya que la literatura en dicho idioma es mi preferida, con diferencia.

Dicho esto, y quizás por lo anteriormente descrito, el sábado 28 de mayo hubo varios momentos en los que sentí auténtica vergüenza de llevar en mis venas sangre francesa. Seguro que mi padre, caballero sin igual y socio madridista desde el lejano año 1929, también habría sentido la misma vergüenza por su propio país.

Nunca entendí muy bien por qué en su momento se construyó el estadio que iba a albergar la final del Mundial de 1998 en esa localidad. Está situado en el municipio de Saint-Denis (municipio totalmente distinto al de París, aunque mucha gente no lo sabe), en un departamento, Seine-Saint Denis, que es el de más baja renta per cápita de todos los que rodean a París. Un departamento con alto nivel de desempleo y con una mayoría de población joven local que no se integra en el modo de vida tradicional de la República Francesa y a regañadientes traga, sin convicción, con el sistema educativo francés.

Saint Denis

Puede que estas circunstancias hicieran pensar al gobierno francés que el construir un estadio que iba a albergar la Copa del Mundo, y también iba ser sede permanente de las selecciones de fútbol y de rugby, podía dar riqueza al departamento y servir como un cambio de tendencia en una zona que, claramente, no crecía a la par que sus departamentos vecinos, como por ejemplo el más próspero de Francia, Hauts de Seine, que alberga entre otras a la ciudad de Neuilly-sur-Seine, el Pozuelo de Alarcón francés, para entendernos.

Ya en la final de la Champions de 2000, la de la Octava, con un estadio recién construido, hubo algunos leves incidentes en los accesos al estadio, sobre todo cerca de las bocas de metro, en los que aficionados tanto del Valencia como del Real Madrid fueron molestados y algo agobiados por jóvenes de la localidad de Saint-Denis, pero en aquel entonces la seguridad existía y las zonas habilitadas para aparcar autocares y coches particulares no sufrieron prácticamente incidentes. La semilla maligna estaba ahí, pero en aquella ocasión desde luego no pasaron grandes anomalías reseñables.

Lo de 2022 ha sido, créanme, terrible. Al llegar a la fan zone del Madrid, ya a punto de cerrar, se notaba que no era una zona adecuada, por ejemplo comparándola con la de Lisboa, que tuvo lugar en la majestuosa y amplia Praça Dom Pedro IV, en pleno centro histórico. La de Saint-Denis estaba encajonada en una pequeña plaza con malos accesos, junto a la Basílica donde reposan los restos de los reyes de Francia.

Todos los que íbamos juntos pusimos nuestras mochilas en nuestro pecho, ya no en la espalda, y protegimos nuestras carteras y nuestros móviles. Los teléfonos móviles era el bien más preciado para los posibles rateros, ya que la mayoría de las entradas para acceder al campo eran digitales y para activarlas eran imprescindibles los móviles

Mucha suciedad, toneladas de vasos rotos en el suelo y junto a los árboles, y cuando yo llegué, había menos seguidores madridistas que chavales de la propia localidad. Todos los que íbamos juntos pusimos nuestras mochilas en nuestro pecho, ya no en la espalda, y protegimos nuestras carteras y nuestros móviles. Los teléfonos móviles era el bien más preciado para los posibles rateros, ya que la mayoría de las entradas para acceder al campo eran digitales y para activarlas eran imprescindibles los móviles.

Ya empezamos a encontrarnos con conocidos que habían padecido algún susto en forma de tirones de bolsos o robos de carteras. Los numerosos aspirantes a delincuentes se acercaban a nosotros con una cierta simpatía, diciendo que eran del Madrid o fans de Benzema. Así pues, no nos entretuvimos más por la fan zone, y nos dirigimos al estadio, mucho antes de la hora prevista del inicio, ya que en Saint-Denis ya no había nada que hacer, los bares y terrazas estaban llenos de gente y no era plan el hacer cola para beber una cerveza caliente y estando muy incómodos.

Ya llegando al recinto deportivo, se notaba un caos organizativo total. Ni un solo cartel indicando cual era la zona merengue o la del Liverpool. Suciedad por todas partes y policía absolutamente pasiva cuando alguien se acercaba a ellos para quejarse de un hurto o de un abuso (algo que fue muy habitual aquella tarde, muchas de nuestras mujeres y adolescentes eran molestadas por los franceses del pueblo de Saint-Denis). Lo más que hacían los policías eran el gesto de “¡Circulen!” para que no nos saliéramos del camino hacia el estadio.

Aficionados Real Madrid Saint Denis

De ese modo, llegamos a la primera zona de control, un caos absoluto en el que cientos de personas (y eso que apenas eran las 7 de la tarde) se iban apiñando para pasar por no más de 7 u 8 tornos. Por supuesto, también había aficionados del Liverpool mezclados con nosotros. Lo cual era otro grave fallo de seguridad. He de decir que ni durante la jornada en la que paseamos tranquilamente por París, ni en el estadio vi ni un solo mal gesto ni ningún incidente por parte de los aficionados Reds. Los incidentes, y mi testimonio coincide con el de todos los testigos, es que los incidentes los protagonizaron jóvenes franceses predominantemente de ascendencia magrebí.

Al pasar por los tornos, a más de un seguidor le robaron el móvil y se quedó sin poder ver el partido. Los miembros de seguridad, muy pasivos, como la policía, ante los atracos y los amedrentamientos, en cambio no pasaban una registrando las mochilas. A mí particularmente uno de seguridad me tuvo 3 minutos mirando mi mochila, pese a que solo llevaba otra camiseta del Madrid y un jersey, además de los cargadores del móvil. Como me puso las manos encima para que me echara para atrás, le dije que podía mirar lo que quisiera pero que en ningún caso le iba a permitir que me tocase. Así que también hubo malos modos por parte de la organización, que en ese punto ya era responsabilidad de la UEFA (y no de la policía o del ayuntamiento de Saint-Denis, como en los aledaños).

También hubo malos modos por parte de la organización, que en ese punto ya era responsabilidad de la UEFA (y no de la policía o del ayuntamiento de Saint-Denis, como en los aledaños)

Una vez superados los tornos (con varios aficionados teniendo que dar la vuelta ya que habían comprado entradas falsas, sin saberlo, obviamente), había que subir unos escalones (unos 20 o 25 peldaños), y no vi rampas ni accesos adecuados para minusválidos. Varios de mis amigos me contaron que habían tenido que ayudar a subir a aficionados con muletas o en sillas de ruedas. Al acabar de subir, llegábamos a un pequeño puente sobre un canal acuático.

El puente. Podría ser un lugar de pesadilla, de hecho, lo fue. Hablaremos de él más tarde. Por ahora decirles que TODOS teníamos por allí, un puente estrecho de unos 10 metros de ancho, con barandillas muy bajas a ambos lados. Estamos hablando que por allí pasamos al entrar (y al salir) más de 30.000 personas.

Tras cruzarlo, una interminable fila para acceder a la puerta N, puerta por la que debían de pasar muchas personas, entre ellas los miembros de la grada de animación, pero no solo ellos. Yo, particularmente, tenía que ir hacia la puerta J (el córner contrario a la puerta N), pero para ello tuve que pasar delante de las puertas L y K, completamente saturadas de gente a esas horas ya.

tornos Saint Denis

Una vez en mi localidad, noté que la wifi del campo había sido deshabilitada, o, simplemente, que no funcionaba. Al comprobar que en el Stade de France empleaban la más que obsoleta tecnología 3G, no me lo podía ni creer, era otro aspecto, uno más, de tercermundismo. El fondo del Real Madrid se iba llenando, mientras que el del Liverpool aparecía con muchas calvas y huecos. La explicación, o, mejor dicho, la no explicación, llegó cuando UEFA anunció por las pantallas gigantes que el inicio del encuentro se retrasaba porque había mucha gente que estaba llegando tarde. No se dijo la verdad, un clásico de la UEFA, organismo que se retroalimenta de mentiras y de verdades a medias.

Más tarde, cuando tímidamente volvía a funcionar la cobertura 3G, supimos lo que estaba pasando fuera del estadio, los jóvenes delincuentes locales escalando vallas, los ingleses nerviosos porque no entraban (las entradas falsas del lado inglés eran mucho más numerosas que en el nuestro) y algunos también tratando de colarse, varias cargas policiales y el reparto indiscriminado de gas pimienta para hombres, mujeres, adolescentes y niños.

Como es sabido, el partido empezó con 40 minutos de retraso. Mucha gente estaba nerviosa ya que el metro en París y alrededores no cierra muy tarde y no se había ampliado suficientemente el horario. Y en Saint-Denis hay pocos taxis. Los taxis parisinos parece que no estaban por la labor de acercarse al estadio para recoger a miles de personas. Por algo sería.

Mientras tanto, la máxima autoridad francesa, el presidente de la República Macron, ha estado llamando prácticamente cada mes a Kylian Mbappé para convencerlo de aceptar la oferta de renovación del PSG, cuando tiene a su país patas arriba en términos de seguridad

Lo peor estaba por venir. Una vez acabado el partido, los madridistas, en su mayoría, salimos al mismo tiempo, después de asistir a la entrega de la Copa y ver los festejos sobre el campo. De ese modo, imaginen unas 20.000 personas saliendo prácticamente a la vez, con apenas 5 o 6 minutos de intervalo. HABÍA QUE PASAR POR EL MALDITO PUENTE. Yo había quedado precisamente allí con mis amigos. En mitad del puente. En mala hora.

No había forma de contactar con ninguno de ellos porque no había cobertura. Me metí dentro de la marea humana y me encaminé hacia el puente. Si en ese mismo momento a algún descerebrado se le hubiera ocurrido tirar una bengala, o si hubiese habido un momento de pánico tras el que se hubieran producido carreras o una simple caída, les juro por lo que más quiero que en ese funesto puente se habría producido un segundo Heysel, o un segundo Hillsborough, o un segundo Madrid Arena.

Caminábamos cientos de personas, apelotonados, apiñados y empujados por los que venían detrás, hasta que este servidor, con sudores fríos, llegó a la mitad del puente, por su parte derecha. Como no podía ser de otra manera, habíamos quedado en la parte izquierda. Imposible atravesar el puente de lado a lado, ya que el tsunami humano hacia las salidas parecía no tener fin. Mientras, seguía intentando llamar a los míos, sin lograrlo. Tras 15 minutos esperando, ya cruzaba menos gente y pude cruzar a la parte izquierda. Les recuerdo que las barandillas eran muy bajas, apenas 1 metro de alto, podía haberse caído al canal más de una persona por encima de ellas. Me cuesta trabajo recordar una situación con más inseguridad, estamos hablando de un acontecimiento de primer nivel mundial de audiencia y de interés. El puente era una auténtica y peligrosa ratonera indigna de una final de Champions.

Hinchas Liverpool

Veía a muchas personas mayores, a padres con niños adormilados en sus brazos, a gente con dificultades de movilidad y pensaba que todavía tenían que bajar por los 25 peldaños de camino a la salida. Por hablar de todo, tampoco la UEFA había previsto poner suficientes tiendas de souvenirs de la final, y además las pocas que había estaban cerradas al acabar el partido. Tampoco en el estadio había suficientes bares, el ir a comprar agua había supuesto hacer una cola interminable de 20 minutos. Otro “acierto” más de la bochornosa e indignante organización del evento.

Por fin me pude juntar con mis amigos. El partido había acabado hacía más de una hora y cuarto. Yendo hacia la salida, decenas de policías colocados como en el Paseo de Estatuas del Retiro de Madrid, con cara de pocos amigos, sin ayudar a la gente con minusvalías e indicando únicamente el camino de salida, camino que, por cierto, estaba infestado de cristales rotos y de basura por toneladas.

Volvían a verse a los jóvenes y muy molestos chavales locales, vecinos de Saint-Denis, incordiando a cada mujer y a cada niña, acercándose peligrosamente para ver si todavía podían hacerse con alguna cartera o con algún móvil de los asistentes al partido. Varios aficionados estaban asustados por tener que atravesar de nuevo las calles de ese infierno en busca de los autocares (que tenían hora fija de salida) o de sus vehículos particulares. Los muchos que tenían que tomar el metro (a punto de cerrar sus puertas), no las tenían todas consigo, ya que eran seguidos por las hordas de delincuentes que no se despegaban de ellos.

Testimonios de lo que pasó antes y después de la final ya habrán leído muchos. La inseguridad había sido absoluta, y la negligencia fuera del estadio era responsabilidad total de las autoridades francesas, no lo olvidemos. Insisto en que no vi ni percibí malos modos por parte inglesa. Muchas familias pasaron miedo, protegiéndose unas a otras, y, para colmo, cuando pudieron llegar hasta sus vehículos, cientos de ellas contemplaron horrorizadas cómo sus coches habían sido destrozados: lunas rotas, retrovisores por el suelo, arañazos, ruedas pinchadas, maletas y mochilas robadas, objetos personales desaparecidos. Todo ello en aparcamientos de pago (al aire libre) supuestamente vigilados.

Se encontraron con auténticas escenas de después de una batalla, y aquellos que iban a pedir explicaciones a la policía se encontraban con que estos se encogían de hombros y les remitían a denunciar el hecho en la comisaría del distrito o a llamar a sus respectivos seguros automovilísticos.

Actos vandálicos coches

Todo eso no me lo tiene que contar nadie. En la ruta de regreso en coche hacia Madrid, en cada gasolinera o cafetería en la que parábamos, numerosos madridistas nos enseñaban el estado de sus coches, de sus caravanas, de sus furgonetas. Hice muchas fotos y a muchos les prometí escribir un artículo como este, que espero que llegue al club, para que nuestro Real Madrid eleve una encendida y contundente queja a las autoridades francesas y a la UEFA, para denunciar alto y claro el maltrato absoluto que todos los que fuimos pacíficamente para asistir a una final, en mayor o menor grado, hemos padecido en una jornada aberrante de terror, malos modos e inseguridad absoluta en la ciudad dormitorio de Saint-Denis.

El sacrificio económico (y laboral, y familiar y personal) que hemos hecho casi todos para poder ver a nuestro Madrid levantar la Catorce (y que siempre hemos hecho muy a gusto por el club de nuestros amores) ha quedado lamentablemente muy empañado por todas estas incidencias, vejaciones e incomodidades, por estos asaltos, destrozos, miedos, sinsabores, robos, en definitiva, por unas situaciones vividas en un país que presume de ser la cuna de las libertades y de la democracia.

A muchos les prometí escribir un artículo como este, que espero que llegue al club, para que nuestro Real Madrid eleve una encendida y contundente queja a las autoridades francesas y a la UEFA, para denunciar alto y claro el maltrato absoluto que todos los que fuimos pacíficamente para asistir a una final

Vergüenza máxima para Francia, tengo que decirlo bien alto. No ha estado el país ni sus autoridades a la altura mínima exigida. Mientras tanto, la máxima autoridad francesa, el presidente de la República Macron, ha estado llamando prácticamente cada mes a Kylian Mbappé para convencerlo de aceptar la oferta de renovación del PSG, cuando tiene a su país patas arriba en términos de seguridad. Pues que sepa Macron que el supuesto prestigio de su país ha caído en picado por la aberrante imagen del pasado sábado. En 2 años, los Juegos Olímpicos en París y yo, particularmente, aconsejaré a todos mis allegados que no se acerquen ni a sus alrededores. Lo de intentar acusar a los ingleses, y menos aún a los españoles, no puede colar esta vez. Francia tiene un problema muy grave con la inseguridad y esto se ve reflejado cada vez más en partidos de fútbol, no hay más que ver que allí se concentran cada semana imágenes lamentables, como muestra el pasado domingo con la invasión del campo por los hinchas del Saint-Etienne que agredieron con bengalas a los jugadores del Auxerre. Nada es por casualidad, Monsieur Macron.

Vergüenza máxima para la UEFA, organizando una final en un lugar que no estaba preparado (¡han sido incapaces de organizar algo medianamente bien teniendo tiempo para ello!), cuando, como decía por Twitter mi querido Paul Tenorio, Madrid fue capaz de organizar a la perfección y en solo NUEVE días, una final de Copa Libertadores Boca-River, dos aficiones complicadas y con enorme rivalidad, sin que ocurriera NI UN SOLO INCIDENTE. ¿No había otro estadio, de verdad? Wembley, San Siro, el Olímpico de Roma, el Allianz de Múnich y tantos otros sin duda lo habrían hecho mucho mejor.

 

TRADUCCIÓN AL FRANCÉS

 

Ce qui s’est passé á Saint-Denis le 28 mai

 

Je vais essayer de vous transmettre ce que j'ai vécu, ce que j'ai vu et ce que beaucoup de personnes de confiance m'ont dit, à l'entrée et à la sortie du Stade de France, dans le décor où nous étions les supporters du Real Madrid.

Mon témoignage, à mon avis, a une valeur et un surplus car je n'ai absolument aucune animosité envers la France ou les Français, bien au contraire, puisque, comme beaucoup de nos lecteurs le savent, mes origines viennent du pays voisin, et mon père, que j'ai toujours adoré, était de nationalité française et né à Paris. Toute ma culture est française et presque tout ce que je lis est en français puisque la littérature française est de loin ma préférée.

Cela dit, le samedi 28 mai, j'ai ressenti une véritable honte d'avoir du sang français dans les veines. Mon père, un gentleman hors pair et socio du Real depuis 1929, aurait sûrement aussi ressenti la même honte pour son propre pays.

Je n'ai jamais vraiment compris pourquoi le stade qui allait accueillir la finale de la Coupe du monde 1998 avait été construit dans cette ville à l'époque. Il est situé dans la commune de Saint-Denis (une commune totalement différente de celle de Paris, bien que beaucoup de gens ne la sachent pas), dans un département, la Seine-Saint Denis, qui a le revenu par habitant le plus bas de tous ceux qui entourent Paris. Un département avec un taux de chômage élevé et une population locale majoritairement jeune et non intégrée au mode de vie traditionnel de la République Français et qui n’accepte pas (ou bien peu) le système éducatif français.

Peut-être que ces facteurs ont fait penser au gouvernement français que la construction d'un stade qui allait accueillir la Coupe du monde, et qui allait aussi être le siège permanent des équipes nationales de football et de rugby, pourrait donner de la richesse au département et servir pour changer cette situation tendance négative dans une zone qui, visiblement, ne progressait pas au même rythme que ses départements voisins, comme le plus prospère de France, les Hauts de Seine, qui abrite, entre autres, la ville de Neuilly-sur-Seine.

Déjà lors de la finale de la Ligue des champions 2000, la Octava, avec un stade nouvellement construit, il y a eu quelques incidents mineurs aux entrées du stade, en particulier près des entrées du métro, dans lesquels les fans de Valence et du Real Madrid ont été dérangés et quelque peu débordés par les jeunes de la ville de Saint-Denis, mais à cette époque la sécurité existait et les aires aménagées pour garer les autocars et les voitures particulières ne subirent pratiquement aucun incident. La semence maléfique était là, mais à cette occasion, bien sûr, il n'y avait pas eu d'anomalies notables.

Ce qui s’est passé en 2022 a été, croyez-moi, terrible. En arrivant à la fan zone du Real Madrid, déjà sur le point de fermer, il était clair que ce n'était pas un endroit approprié, par exemple si on compare avec celle de Lisbonne, qui s'est déroulée dans la majestueuse et spacieuse Praça Dom Pedro IV, au cœur du centre historique. Celle de Saint-Denis était encaissée sur une petite place peu accessible, à côté de la Basilique où reposent les anciens rois de France.

Beaucoup de saleté partout, des tonnes de verres cassés par terre et à côté des arbres, et quand je suis arrivé, il y avait moins de supporters madrilènes que de jeunes Français du quartier. Tous ceux d'entre nous qui sommes allés ensemble nous avons mis nos sacs à dos sur notre poitrine, et non plus sur notre dos, et nous avons protégé nos portefeuilles et nos téléphones portables. Les téléphones portables étaient l'atout le plus précieux pour les voleurs potentiels, car la plupart des tickets pour accéder au terrain étaient numériques et les téléphones portables étaient donc essentiels pour les activer.

Nous avons rencontré des amis madrilènes qui avaient subi une peur des vols de sac à l'arraché car les pickpockets étaient très nombreux. Des délinquants potentiels s’approchaient de nous avec certaine sympathie, en nous disant qu'ils étaient des fans du Real Madrid ou de Benzema. Du coup, on ne s'est plus attardé dans la fan zone, et on s'est dirigé vers le stade, bien avant l'heure prévue, puisqu'il n'y avait rien à faire à Saint-Denis, les bars et terrasses étaient bondés.

En arrivant sur le site sportif, le chaos organisationnel total était évident. Pas un seul panneau indiquant quelle était la zone merengue ou celle de Liverpool. De la saleté partout et des policiers absolument passifs quand quelqu'un s'approchait d'eux pour se plaindre de vol ou d'abus (chose très courante cet après-midi-là, beaucoup de nos femmes et adolescentes ont été harcelées par les Français de la ville de Saint-Denis). Tout ce que les policiers ont fait, c'est le geste de "Circulez !" pour que nous ne nous écartions pas du chemin vers le stade.

Nous arrivâmes ainsi à la première zone de contrôle, c´était déjà un chaos absolu dans lequel des centaines de personnes (il était 7 heures de l'après-midi) se pressaient pour franchir pas plus de 7 ou 8 tourniquets. Bien sûr, il y avait aussi des fans de Liverpool parmi nous. Ce qui était une autre faille de sécurité grave. Je dois dire que ni pendant la journée où nous nous sommes promenés tranquillement dans Paris, ni dans le stade, je n'ai vu un seul mauvais geste ou un quelconque incident de la part des supporters des Reds. Les incidents, et mon témoignage coïncide avec celui de tous les témoins, c'est que les incidents ont été perpétrés par des jeunes français majoritairement d'origine maghrébine.

En franchissant les tourniquets, plus d'un madrilène s'est fait voler son téléphone portable et s'est retrouvé dans l'impossibilité d’assister au match. Les membres de la sécurité privée, très passifs, comme la police, face aux braquages et aux intimidations, n'ont en revanche pas passé un seul instant à fouiller les sacs à dos. En particulier, l'un des agents de sécurité m'a fait regarder mon sac à dos pendant 3 minutes, alors que je ne portais qu'un autre maillot madrilène, en plus des chargeurs de téléphones portables. Alors qu'il posait ses mains sur moi pour me faire reculer, je lui ai dit qu'il pouvait regarder ce qu'il voulait mais qu'en aucun cas je ne lui permettrais de me toucher. Il y avait donc aussi des mauvaises manières de la part de l'organisation, qui à ce moment-là relevait déjà de l'UEFA (et non de la police ou de la municipalité de Saint-Denis, comme aux alentours).

Une fois passés les tourniquets (avec plusieurs fans devant faire demi-tour car ils avaient acheté de faux billets, sans le savoir, évidemment), il y avait des marches à monter (environ 20 ou 25 marches), et je n'ai pas vu de rampes ou d'accès adaptés aux handicapés. Plusieurs de mes amis m'ont dit qu'ils avaient dû aider les fans en béquilles ou en fauteuil roulant à se relever. À la fin de la montée, nous sommes arrivés à un petit pont sur un canal d'eau.

Le pont. Ce pouvait être un endroit cauchemardesque, en fait, ça l'était. Nous parlerons de cela plus tard. Pour l'instant, sachez que TOUS on devait traverser un pont étroit d'environ 10 mètres de large, avec des balustrades très basses des deux côtés. Nous parlons du fait que plus de 30 000 personnes y sont passées en entrant (et en sortant).

Après l'avoir franchi, il y avait une file vraiment longue pour accéder à la porte N, une porte par laquelle de nombreuses personnes ont dû passer, dont les membres de la tribune d'animation. Moi, en particulier, je devais me rendre à la porte J (le coin opposé à la porte N), mais pour ce faire, je devais passer devant les portes L et K, complètement saturées de monde à ce moment-là déjà.

Une fois dans mon siège, j'ai remarqué que le Wi-Fi du camp avait été désactivé, ou tout simplement qu'il ne fonctionnait pas. Voyant que le Stade de France utilisait la technologie 3G plus que désuète, je n'y croyais pas à mes yeux : c'était un autre aspect, un de plus, du tiers-mondisme. Le fonds du Real Madrid se remplissait, tandis que celui de Liverpool apparaissait avec de nombreux sièges vides. L'explication, ou plutôt la non-explication, est venue lorsque l'UEFA a annoncé sur les écrans géants que le début du match avait été retardé car de nombreuses personnes étaient en train d’arriver en retard. La vérité n'a pas été dite, ceci est un classique de l'UEFA, une organisation qui se nourrit de mensonges et de demi-vérités.

Plus tard, alors que le 3G fonctionnait timidement à nouveau, nous avons appris ce qui se passait à l'extérieur du stade, les jeunes criminels locaux escaladant les clôtures, les Anglais nerveux pour ne pas pouvoir entrer (les faux billets côté anglais étaient beaucoup plus nombreux que chez nous) et certains d’entre eux essayant également de se faufiler, diverses charges policières et la distribution de gaz poivré à des hommes, des femmes, des adolescents et des enfants.

Comme on le sait, le match a commencé avec 40 minutes de retard. Beaucoup de gens étaient nerveux car le métro de Paris et de ses environs ne ferme pas très tard et les horaires n'ont pas été suffisamment prolongés. Et à Saint-Denis il y a peu de taxis. Il semble que les taxis parisiens n'aient pas été à la hauteur pour s'approcher du stade pour prendre des milliers de personnes.

Le pire était encore à venir. Une fois le match terminé, la plupart d'entre nous madridistas, nous sommes partis en même temps, après avoir assisté à la présentation de la Coupe et après avoir vu les festivités sur le terrain. De cette façon, imaginez environ 20 000 personnes sortant pratiquement en même temps, avec seulement 5 ou 6 minutes d'intervalle. ON DEVAIT TOUS TRAVERSER LE FICHU PONT. J'avais rendez-vous justement là, avec mes amis. En plein milieu du pont. Au pire moment.

Il n'y avait aucun moyen de contacter aucun d'eux car le 3G ne marchait pas. Je suis entré dans la marée humaine et me suis dirigé vers le pont. Si à ce moment-là un insensé aurait eu l’idée de lancer une fusée éclairante, ou s'il y avait eu un moment de panique après lequel il y aurait eu une simple chute, je vous jure pour tout ce que j'aime le plus au monde que sur ce pont désastreux il y aurait eu un deuxième Heysel, ou un deuxième Hillsborough, ou un deuxième Madrid Arena.

On été des centaines de personnes à marcher ensemble, entassées et poussées par ceux qui venaient derrière. Finalement j’ai réussi, avec des sueurs froides, à atteindre le milieu du pont, sur son côté droit. Evidemment, mon rendez-vous était du côté gauche. Il était impossible de traverser le pont d’un côté à l’autre, car le tsunami humain vers les sorties semblait interminable. Pendant ce temps, j'ai continué à essayer d'appeler mes copains, sans succès. Après 15 minutes d'attente, il y avait moins de personnes déjà qui traversaient et j'ai pu aller au côté gauche. Je vous rappelle que les balustrades étaient très basses, à peine de 1 mètre de hauteur : plus d'une personne aurait pu tomber dans le canal au-dessus de la balustrade. Je ne me souviens pas d’avoir vécu dans toute ma vie une situation avec plus d'insécurité. Il s’agissait en effet d’un événement (la finale de la Coupe d’Europe) de taille mondiale ! Le pont était une véritable et dangereuse souricière tout à fait indigne d'une finale de Ligue des champions.

J'ai vu beaucoup de personnes âgées, des parents avec des enfants endormis dans leurs bras, des personnes handicapées et j'ai pensé qu'il leur fallait encore descendre les 25 marches pour arriver à la sortie. Pour tout dire, l'UEFA n'avait pas prévu de mettre assez de boutiques de souvenirs de la finale, et aussi les 2 ou 3 qu’il y avait ont été fermées à la fin du match. Il n'y avait pas assez de bars dans le stade non plus, pour aller acheter une bouteille d’eau il fallait faire la queue pendant 20 minutes. Encore un "succès" de l'organisation désastreuse et scandaleuse de l'événement.

J'ai enfin pu me retrouver avec mes amis. Le match s'était terminé il y a plus d'une heure et quart. En allant vers la sortie, des dizaines de policiers faisaient l’effet de statues, avec leur visage froncé, sans à aucun moment ayant l’intention d’aider les personnes handicapées et en indiquant seulement la sortie, sur un chemin qui, soit dit en passant, était infesté de verres cassés et de tonnes de déchets.

Les jeunes et très agaçants jeunes hommes du quartier, des habitants de Saint-Denis, ont été revus, harcelant toutes les femmes et toutes les filles, s'approchant dangereusement de tous les spectateurs pour voir s'ils pouvaient encore mettre la main sur un portefeuille ou un téléphone portable. Plusieurs madrilènes ont eu peur de devoir traverser à nouveau les rues de cet enfer à la recherche de leur bus (qui devaient partir à une heure fixée) ou de leurs véhicules privés. Beaucoup de ceux qui devaient prendre le métro (sur le point de fermer ses portes), n'étaient pas du tout tranquilles, puisqu'ils étaient suivis par des groupes de criminels qui ne se séparaient pas d'eux.

Beaucoup d’entre vous, chers lecteurs, vous avez sans doute lu des témoignages sur ce qui s'est passé avant et après la finale. L'insécurité avait été absolue, et les négligences à l'extérieur du stade relevaient de l'entière responsabilité des autorités françaises, ne l'oublions pas. J'insiste sur le fait que je n'ai pas vu ni perçu de mauvaises manières de la part des Anglais. De nombreuses familles ont eu peur, se protégeant les unes les autres et, en prime, lorsqu'elles ont pu rejoindre leurs véhicules, des centaines d'entre elles ont vu avec horreur leurs voitures qui étaient abimées : des vitres brisées, des rétroviseurs au sol, des griffures, des roues crevées, des valises et des sacs à dos et des objets personnels volés. Tout cela s’était passé dans des parkings payants (en extérieur) soi-disant gardés.

Ils se sont retrouvés dans des scènes semblables à celles d'après une bataille, et ceux qui sont allés demander des explications à la police ont constaté que ceux-ci haussaient les épaules et les renvoyaient au poste de police du quartier pour signaler les incidents ou à appeler leur compagnie d’assurance automobile.

Personne n'a à me raconter tout cela. Sur le chemin du retour en voiture vers Madrid, à chaque station-service ou cafétéria où nous nous sommes arrêtés, de nombreux madrilènes nous ont montré l'état de leur voiture, de leur caravane, de leur camionnette. J'ai pris de nombreuses photos et j’ai promis à beaucoup d’entre eux d'écrire un article comme celui-ci. J’espère que les dirigeants de notre Real Madrid le liront et que le club lèvera une plainte énergique auprès des autorités françaises et de l'UEFA, pour dénoncer haut et fort la maltraitance que nous avons subi dans une journée aberrante de terreur, de mauvaises manières et d'insécurité absolue dans la ville dortoir de Saint-Denis.

Le sacrifice économique (et de travail, et familial et personnel) que nous avons presque tous consenti pour pouvoir voir notre Madrid soulever la Quatorze a malheureusement été très terni par tous ces incidents, ces humiliations et ces désagréments, dus à des agressions, des destructions, des peurs, des déceptions, des vols, bref, dus à des situations vécues dans un pays qui se veut le berceau de la liberté et de la démocratie.

Honte énorme pour la France, je dois le dire haut et fort. Le pays et ses autorités n'ont pas été à la hauteur minimale requise. Pendant ce temps, la plus haute autorité française, le président de la République Macron, a passé les mois derniers à appeler Kylian Mbappé pour lui convaincre d'accepter l'offre de renouvellement du PSG, alors que son pays a des problèmes très graves en termes de sécurité. Eh bien, que M. Macron sache que le prestige de son pays s'est effondré à cause de l'image aberrante de samedi dernier. Dans 2 ans, il y aura les Jeux Olympiques à Paris et moi, en particulier, je vais déconseiller à tous mes proches de s’approcher de Paris. La tentative d'accuser les Anglais, et encore moins les Espagnols, des incidents n’a pas marché, personne n’a cru cela hors de France. La France a un très grave problème d'insécurité, j’insiste, et cela se ressent de plus en plus dans les matchs de foot, il n'y a qu'à voir que des images malheureuses s'y concentrent chaque semaine, comme le montre dimanche dernier l'envahissement du terrain par les supporters du Saint -Etienne qui ont attaqué les joueurs d'Auxerre avec des fusées éclairantes. Rien ne se passe par hasard, Monsieur Macron.

Honte énorme aussi pour l'UEFA, en ayant organisé une finale dans un lieu qui n'était pas préparé, alors que, comme l'a dit mon cher Paul Tenorio sur Twitter, Madrid a pu organiser à la perfection et en seulement NEUF jours, une finale de la Copa Libertadores Boca-River, deux clubs très compliqués et avec une énorme rivalité, avec comme bilan PAS UN SEUL INCIDENT. D'autres stade, comme Wembley, San Siro, l'Olympique de Rome, l'Allianz de Munich et tant d'autres auraient certainement fait beaucoup mieux.

 

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Buenos días, amigos. Se acabó lo bueno. Sin el Madrid solo hay tedio. Terminó la temporada de nuestras vidas, esa que iba a ser de transición, esa que dejaba claras las carencias del Madrid en materia de planificación deportiva, esa que mostraba una y otra vez la negligencia de Ancelotti a la hora de plantear los partidos y gestionar la plantilla. Cuánto tenemos que aprender y qué poca paciencia, y en ocasiones respeto, mostramos por el trabajo ajeno.

Y una vez concluido lo mollar, todo lo que viene hasta que en julio comience la pretemporada del Madrid provoca una pereza terrible. Para empezar, y según informa As en un recuadrito abajo a la derecha de su portada, tenemos eso de la selección española, eso que sirve para que los amigos de Luis Enrique fogueen a sus representados e incrementen su valor de mercado. En ese equipo está Eric García. Ayer no pudo entrenar, padecía amigdalitis. Tal vez provocada por tragarse sin anestesia el gol de Vinícius que supuso la decimocuarta Champions para el Real Madrid después de haberse mofado de él en el clásico.

Portada As

Al parecer, los chicos de Luis Enrique el jueves juegan un partido de un torneo que se llama algo así como la Liga de Naciones, o Nations League, para los políglotas. Dicen que el año pasado la selección ya jugó la final de esa competición y la perdió. Contra Francia. Cuentan que en ese partido sí dieron por válido un gol francés en circunstancias similares al que anularon a Benzema en la final de la Champions. Qué curioso.

Otro de las recuadritos de As informa de que seguidores presuntamente del Atleti han arrancado la placa de Courtois del suelo de los alrededores del Wanda. A los atléticos, la placa del belga por soleares (como le llama Manuel Matamoros) les resulta extraña como un pato en el Manzanares, pero también es cierto que cuando hay educación se nota y cuando no la hay también. Casualmente, horas antes Enrique Cerezo, aka Henrry Cherry, había realizado unas declaraciones en las que manifestaba: “Si quieres quitarla (la placa de Courtois), coge pico y pala”. Dicen que no podemos entenderles, pero se les entiende todo perfectamente. El Atleti siempre va de “Frente”.

Y el tercer recuadrito de AS, el central, anuncia que Rubiales se asigna un sueldo fijo de 675.000 euros anuales. El hombre lo hace de buena fe, para que no le acusen de lucrarse con negociaciones y acuerdos (al menos) poco éticos, sacrifica las comisiones que gana con ellos y se pone una mísera remuneración. ¿Quién puede vivir con 675.000 euros anuales? Es injusto que no se le reconozca a este hombre lo que está haciendo por el fútbol y por ¡España!

Portada Marca

Marca viene sin los tres jugosos recuadritos de AS, pero su noticia principal es la misma, Tchouaméni, ese futbolista que cuando escuchas su nombre pronunciado por un francés parece que está votando en Eurovisión.

Según RMC Sport, Aurelien Tchouaméni fichará por el Madrid en los próximos días. A ver, los madridistas nos encontramos en un punto vital donde, por decirlo suavemente, estamos hasta las gónadas de rumores de fichajes. El joven francés es un fantástico futbolista, al equipo blanco le vendría de perlas para reforzar la posición de Casemiro en el centro del campo, que conviviese un tiempo con el brasileño y cuando el titán paulista no esté, que ocupe su lugar, pero después del reciente culebrón (de años) vivido, hasta que no firme su contrato, si lo termina haciendo, no existe.

Es humano querer saber los movimientos de futuro del club que amas, aunque por definición el futuro no se pueda saber. Pero es más útil y saludable dejarse la vida apoyando a los que sí están, los que acaban de regalarnos un temporadón, y dejar trabajar a quienes tienen que hacerlo en el club para poder seguir aspirando a todo.

No viene en las portadas, pero ayer Isco se despidió del Madrid publicando un hermoso texto en su cuenta de Instagram. En el mismo recuerda que al Madrid no se le puede ni se le debe decir que no, aunque haya excepciones. Afirma que “me lo he pasado de puta madre y que me quiten lo bailao” y termina con una frase que es madridismo: “Ayer le decía a un amigo que no entendía para qué estaban recogiendo la fiesta de Cibeles si la 15 está en camino”. Señorío, clase y educación. Solo podemos desearle que sea muy feliz allá donde vaya. Gracias, Isco, por todo lo bueno, que ha sido mucho, que has dado al Madrid.

Pasad un buen día.

Portada Mundo Deportivo Portada Sport

Pues no, no me acostumbro. Acabamos de ganar nuestra decimocuarta Copa de Europa y aún sigo con la sensación de haber vivido algo único e irrepetible. Soy de esa generación que creció escuchando de sus padres las historias de los Di Stéfano, Puskas, Gento, “los ye-yé”… Historias y leyendas que convirtieron al Madrid en el club más grande del mundo. Sin embargo, atravesé mi infancia y adolescencia con la sensación de que aquellos logros eran irrepetibles, con el anhelo de poder vivirlos aunque fuese una única vez en la vida así le tuviese que dar mi alma al diablo como pago.

Así llegó Ámsterdam en 1998. Atrás quedaron grandes desilusiones como aquel fatídico día en Eindhoven, o aquellas duras noches europeas contra el Milán de Sacchi. Aquel gol de Mijatovic desató la locura. 32 años de travesía por el desierto acababan y sentí que alguien había cumplido su parte del trato por lo que ya no podía pedir nada más. Todos sabemos lo que ha llegado después, pero vivo cada Champions como si fuese la última, como si en cualquier momento tuviésemos que volver a marchar otros 30 años por las vías secundarias de la gloria.

Aparte de tener al mejor portero del mundo, al mejor delantero del mundo, de que Vini haya sido el jugador más desequilibrante, de la CMK, de una gran pareja de centrales, de haber derrotado a todos los grandes… Aparte de todo eso, ¿qué ha hecho el Madrid para ganar esta Champions?

Y no, no me acostumbro. Intento guardar en mi memoria cada segundo de cada final, saborear cada previa, cada entrevista postpartido, cada viaje a Cibeles… Lo guardo muy adentro, como quien llena un búnker subterráneo para sobrevivir a los malos tiempos. Desde la final, intento quedarme con esa sensación de plenitud que sólo los madridistas sabemos apreciar. ¡Y ya he vivido ocho! Ocho Champions… Ni siquiera me atrevo a decirlo muy en alto por si todo ha resultado ser un sueño y me pudiese despertar de golpe.

Como diría Robert Duvall (Teniente Kilgore), “me encanta el olor a antimadridismo por la mañana”. ¿Cómo acostumbrarse a eso? Despertar y ver los lloros de David Bernabéu o Dani Senabre. No puedo dejar de imaginar a Iván San Antonio dentro de una cueva (a lo Brando como el coronel Kurtz), pasando un paño mojado por su cabeza intentando comprender qué ha podido fallar o a qué árbitro poder acosar. No puedo dejar de imaginar un cónclave antimadridista como las asambleas del Frente Popular de Judea (Monty Python). Imagino su resumen:

—¿Qué ha hecho el Madrid para ganar esta Champions?

—Vale, aparte de tener al mejor portero del mundo, al mejor delantero del mundo, de que Vini haya sido el jugador más desequilibrante, de la CMK, de una gran pareja de centrales, de haber derrotado a todos los grandes… Aparte de todo eso, ¿qué ha hecho el Madrid para ganar esta Champions?

No me acostumbro a que el fútbol cambie tan rápido con jeques, emires y oligarcas jugando con otras reglas financieras, haciendo trampas ante la vista de todos. Nuestro Real sigue siendo de sus socios y ese es un tesoro que hay que mantener a toda costa porque, cuando los dueños se aburran de sus juguetes (y lo acabarán haciendo), sólo dejarán escombros y ruina. Hemos ganado contra todo y contra todos, y estoy seguro de que aún no tenemos noción de la magnitud de nuestro éxito.

Por último, no me acostumbro a celebrar una Champions sin que él esté, mi padre. Como tantos madridistas tras la pandemia, hemos tenido que celebrar con seres queridos en nuestro recuerdo pero sin que estuviesen a nuestro lado. Estoy seguro que ellos volaron con Courtois en París e hicieron temblar el suelo bajo los pies de PSG, Chelsea y City. Fueron ellos y fuimos todos. No, definitivamente no me acostumbro a ser del Madrid, del puto Real Madrid.

 

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Ganó el Madrid la Copa de Europa en París, la edición número 66 del torneo más bonito de todos, del torneo que todo lo merece y justifica. Ganó el Madrid su Copa de Europa número 14 en su final número 17, en la misma ciudad en la que todo echó a rodar en el mes de mayo del año 1956, en la ciudad de la Primera y de la Octava. París siempre está en el Madrid como un horizonte de grandeza que no se marchita nunca, aunque ni esta Francia sea ya aquella otra Francia ni tampoco este París sea ya aquel París que irradiaba su luz de libertad a todo el mundo a través del sepia dorado de Casablanca. Ahora parece una ciudad de película de terror y la República Francesa, otrora faro de la civilización, un Estado fallido que se ha dejado crecer dentro del estómago un tumor maligno que ha metastatizado comprometiendo lo mejor que tiene Occidente, que es la seguridad, la integridad de las calles por las que tienen que vivir y caminar sus ciudadanos. Ganó el Madrid una final que fue puro símbolo: en el lugar donde estaban enterrados los viejos reyes de Francia, hoy transformado en un estercolero multicultural, impuso el sagrado blanco de su camiseta sobre la ignominia de la UEFA. El Madrid, con su proeza de leyenda, finiquitó una Copa de Europa delirante, una Copa de Europa que ha sido la síntesis de toda su grandeza, el compendio de su leyenda imperecedera. Derrotó al Liverpool, preservó la inocencia con que fue gestada en la misma París la competición del orgullo europeo libre y comunitario; obligó a Ceferin a un trágala memorable, teniendo que darle a Marcelo ese trofeo bellísimo y aún no corrompido por las manos llenas de sangre de quienes tienen el mundo hoy en una ratonera de oro.

Y ganó el Madrid con gol de Vinicius a pase de Valverde. También tenía que ser así. Esta Copa de Europa ha sido el camino de unos niños que nacieron para ser reyes a hombros de unos gigantes que serán por siempre emperadores

Ganó el Madrid y lo hizo porque tenía que ganar. Tenía que ser así, de lo contrario el anticlímax de las remontadas dadaístas se habría llevado por delante muchas cosas, sobre todo la emoción, ese pellizco bajo los pliegues del corazón con que este equipo forjado en el material del que están hechos los sueños nos ha ido llevando a todos a través de océanos y de tempestades. Y sin emoción, no hay amor. Y sin amor, ¿qué somos sino una carcasa vacía? Esta Copa de Europa ha sido la Copa de Europa del amor: del amor de un club por sí mismo, del amor de un club a una competición que es el alfa y la omega de todas las cosas, que es su conversación íntima, ininterrumpida desde hace ya más de seis décadas, con la otra vida. Del amor de un equipo irrepetible por la búsqueda agónica del más allá. Del amor apasionado por la vida de una institución cuya existencia misma es un puro milagro.

Ancelotti

Y ganó el Madrid con gol de Vinicius a pase de Valverde. También tenía que ser así. Esta Copa de Europa, la Catorce, la Catorcena, ha sido el camino de unos niños que nacieron para ser reyes a hombros de unos gigantes que serán por siempre emperadores. Valverde y Vinicius, Camavinga y Rodrigo, recibieron en París el testigo generacional de Modric, Benzema, Casemiro, Kroos y Marcelo. La Catorce no sólo fue la consecución de algo para lo que el adjetivo histórico parece hasta insuficiente. Además de igualar lo que nos contaban los libros, la fábula fundacional, las cinco copas seguidas de todos esos nombres que retumban en nuestra cabeza con el eco inefable de grandeza misteriosa y terrible con que se pronuncian los de los antiguos faraones egipcios (Di Stéfano, Gento, Puskas, Rial, Kopa, Santamaría, Muñoz), los jerarcas contemporáneos consumaron la transmisión de los atributos de poder a esa generación de chavales que vieron la Décima por la tele siendo apenas unos niños. El valor que tiene un relevo en la cima, un relevo ganando, ganando además de la manera en que se ha ganado este año, es incalculable, y un triunfo incontestable del presidente Florentino Pérez, esa es la verdad.

Esta Copa de Europa ha sido la Copa de Europa del amor: del amor de un club por sí mismo, del amor de un club a una competición que es el alfa y la omega de todas las cosas

Hace 4 años el Madrid de Cristiano, Ramos y Modric completó su dinastía formidable. Luego Europa empezó a rifarse a una serie de jovenzuelos marca Ajax por los que en las grandes ligas pagaban fortunas, considerándolos los dueños del futuro. A la vez, entre estertores, el Madrid comenzaba a reciclarse. En torno al esqueleto grandioso del equipo que tiranizó Europa durante un lustro fueron creciendo niños traídos de Sudamérica, algunos como Vini o Rodrigo a un precio sospechoso que dio que pensar a los malpensados. En estos cuatro años ha habido multitud de risas. El sábado, dos de esos muchachos sudamericanos dieron otra vuelta de tuerca al campeón infinito, como tituló ABC en portada al día siguiente. El tercer chaval iberoamericano, un brasileño que juega como un alemán, fue el que picó el billete a París a principios de mayo. ¿A cuánto cotiza en este momento la chatarra holandesa que compraron a precio de oro Juventus, Chelsea o Barcelona?

Este Madrid campeón de franceses negros y beduinos, de rioplatenses y de cariocas, es el equipo de los españoles de ambos hemisferios, el equipo de la iberoesfera

Cuando todo indicaba que el fútbol viraba de nuevo hacia el centro y el norte de Europa, el Madrid lo endereza otra vez hacia el Atlántico. El Madrid de Modric, Benzema y Vinicius está lleno de brasileños, tiene un pulmón uruguayo por el que la Premier League vendería hasta las joyas de la Torre de Londres: el Madrid le ha torcido el puño a un fútbol europeo que se afrancesaba. Si todo el talento parecía venir de Francia, si todo el fútbol se ideologizaba a la alemana, si hasta Noruega empezaba a parecerse a una potencia mundial, vivero de talentos, y si la escuela holandesa revivía bajo las premisas acostumbradas, llega el Madrid y hace que el mundo mire otra vez a donde antes. A Brasil y a Uruguay, los viveros primigenios del talento, un talento puro y sin desbastar al que el Madrid saca y pule a martillazos como Miguel Ángel sacaba sus esculturas de los bloques de mármol de Carrara; a Italia, pesca también en la francofonía y se lleva no sólo a un supertalento en ciernes, sino a un tipo jovencísimo, Camavinga, cuya cara de anciano risueño deja adivinar una persona de otro tiempo ajena a los miasmas pestilentes que desprende la charca qatarí del PSG, que lo encenaga todo en Francia. La victoria del Madrid en París frente al Liverpool, epítome del panenkismo, hace que el viejo mundo no sólo ruja sino que entone una canción antigua cargada de futuro.

Real Madrid multicultural

En las celebraciones, en La Cibeles, hubo un reflejo de todo eso. Muchas banderas de España, sí, pero también de Honduras, camisetas de Colombia, rostros mestizos por doquier, chavales cuyos rasgos delatan razas andinas, mayas, caribeñas, vestidos de blanco, cantando el himno de Jabois. Este Madrid campeón de franceses negros y beduinos, de rioplatenses y de cariocas, es el equipo de los españoles de ambos hemisferios, el equipo de la iberoesfera. Si Madrid sucede a Nueva York y a Miami como capital mundial de lo latino, como enorme y abigarrado crisol de la emigración hispana, este equipo blanco de chavales llenos de alegría dirigidos por un sabio viejo con espíritu de niño es el equipo de todos ellos. El equipo del nuevo lenguaje urbano desacomplejado y libre que se opone a la menadización y al chándal del Peseyé. El equipo del reguetón y de la cumbia, de las latinas con la camiseta blanca anudada al ombligo y de los panas que perrean hasta el suelo en gafas de sol mientras esperan que llegue su equipo a saludar a la diosa con una nueva orejona debajo del brazo.

Sólo el Madrid puede pensar en la 15 mientras está celebrando la 14, esa es la diferencia con otros gigantes que festejan con rúas por la calle subcampeonatos de Europa

La victoria del Madrid fue la de los jerarcas veteranos y la de los jerarcas noveles. Militao, Valverde, Camavinga, Rodrigo, Vini, hasta Ceballos, adquirieron el sábado un poso diferente. Por ejemplo, el propio Modric, o Benzema, o Sergio Ramos, tardaron casi hasta los 28 en aprender lo que estos chavales aprendieron sobre el césped de Saint-Dennis: a ganar, a ganar como los viejos zorros, a sufrir, a controlar el tempo de los partidos a vida o muerte. Hay instituciones centenarias que todavía no tienen eso, véase por ejemplo el Atlético de Madrid. A lo mejor este equipo todavía no está preparado para repetir título a corto plazo como hicieron los jerarcas que hoy comparten la gloria con ellos como si fueran abuelos cebolleta, pero ya están en el camino. Ya han probado la sangre, ya saben jugar finales, minutos sin retorno, partidos de vuelta con Dios mirando. Sólo el Madrid puede pensar en la 15 mientras está celebrando la 14, esa es la diferencia con otros gigantes que festejan con rúas por la calle subcampeonatos de Europa. Y aunque esa obsesión insana ahogue el aliento en ocasiones y muchas veces convierta al madridismo en un manicomio, sin esa monomanía ciega e implacable nada de todo esto habría sido posible. Estos niños ya lo han aprendido, la transmisión de la identidad y de la tradición se ha efectuado ante los ojos de todo el mundo. Estas son las armas con las que el Madrid afronta la pelea del mañana, la pelea que empieza hoy mismo, que ya ha empezado. La pelea contra los monstruos del petróleo a los que ha derrotado en este asalto, un primer asalto que sólo es el comienzo de un enfrentamiento sin cuartel entre dos mundos incompatibles entre sí. Esto sólo ha comenzado, pero el Madrid está listo.

 

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Que levante la mano quién, en enero de 2007, cuando el Real Madrid anunció de forma oficial de una tacada los fichajes de Fernando Gago, Gonzalo Higuaín y Marcelo Vieira, intuyó que entre esos tres futbolistas imberbes y casi en edad adolescente acababa de aterrizar en el Santiago Bernabéu una futura leyenda del club. Dos argentinos y un brasileño con cara de pillo, pelo corto y muy, muy parecido físicamente a Robinho. Llegaba para opositar a la banda izquierda del Real Madrid que, en pocos meses iba a quedar huérfana de quien había sido su dueño durante más de diez años. Roberto Carlos iba a abandonar el club y su legado iba a ser inabarcable. O eso parecía. Marcelo, por aquel entonces, atacaba con mucha más magia y contundencia de lo que defendía. Esa característica le ha acompañado durante toda su carrera. Y no es ninguna desconsideración ni a su trayectoria ni al tipo de fútbol que pregonaba y representaba.

Roberto Carlos era todo potencia, da igual la zona del campo en la que actuara. Igual para cortar el avance de un rival que para reventar el balón en un libre directo. Marcelo, en cambio, era otra cosa. Mucho más técnico, menos veloz, más blando en el choque y despistado en los marcajes, pero su imaginación en ataque para encontrar huecos en defensas cerradas fue plenamente comprobable desde el primer día. Pero esas aptitudes no compensaban su relajación defensiva, o al menos no lo hacían para quienes lo tenían que hacer, que eran los entrenadores. Capello, Schuster y Juan de Ramos optaron primero por Heinze o incluso por cambiar de banda a Miguel Torres (mucho más limitado por izquierda que por derecha) en lugar de darle varias oportunidades consecutivas al joven carioca. Drenthe también le comió la tostada en ciertas ocasiones.

Presentación Marcelo

Pero lejos de mostrar una personalidad débil y blanda acorde con su edad, Marcelo se sobrepuso, esperó su momento y demostró de lo que era capaz cuando llegó la oportunidad. Con Pellegrini, el brasileño disfrutó de la ansiada regularidad. Mostró su talento, conformó una banda izquierda de ensueño junto a Cristiano Ronaldo y se empezó a forjar el futbolista que conocemos.

Sin embargo, Mourinho era mucho más expeditivo y con él llegó Coentrao, y la titularidad, sobre todo en partidos muy trascendentes, fue para el portugués. Pero Marcelo fue un compañero ejemplar, trabajó y nunca mostró enfado por jugar menos de lo que seguro hubiese querido. Su primer gran momento deportivo, en el que comenzó a ser una figura inolvidable dentro del madridismo, fue en la final de Lisboa. Autor del tercer gol, su tanto llevó la tranquilidad a la afición madridista en la prórroga y también al propio Ancelotti, que recurrió a él e Isco avanzada la segunda mitad para intentar atravesar la muralla rojiblanca.

Lo que vino después ya es historia. Tres Copas de Europa consecutivas en las que Marcelo fue parte esencial. Protagonista indiscutible en la de 2018, marcó en los octavos de final frente al PSG, en cuartos ante la Juventus (uno de los goles más bonitos que recuerdo) y en semifinales contra el Bayern de Múnich en tierras alemanas. Fue clave en la consecución de esas Champions.

Marcelo se marcha a sus 34 años y siendo el jugador que más títulos ha ganado en el mejor equipo del mundo. Se va con 25 trofeos —entre ellos cinco Copas de Europa— con lágrimas en los ojos, siendo un capitán ejemplar y tras haber levantado la decimocuarta

Ruletas, caños, paredes, pases medidos, centros que parecían teledirigidos y un gran sentido del humor. Marcelo siempre se ha mostrado feliz jugando al fútbol y ese carácter se ha reflejado también en el césped. Nos ha regalado las mejores filigranas, por lo que muchos pagaban una entrada, propias del lateral izquierdo técnicamente más talentoso que se le recuerda a este club en sus 120 años de historia.

Ahora se marcha a sus 34 años y siendo el jugador que más títulos ha ganado en el mejor equipo del mundo. Se va con 25 trofeos —entre ellos cinco Copas de Europa— con lágrimas en los ojos, siendo un capitán ejemplar y tras haber levantado la decimocuarta. El final soñado. El Bernabéu venera su leyenda, representa un trocito del escudo porque tan importante es ser humilde en el aterrizaje, cuando apenas eres mayor de edad, como en la salida, siendo toda una institución en el mundo del fútbol.

Marcelo Cibeles

Marcelo siempre puso al equipo por delante de sus intereses personales y profesionales. No se le recuerda un movimiento desestabilizador a la hora de renovar sus contratos. Siempre simpático, bromista pero a la par didáctico con los más jóvenes. Se ha encargado de que los nuevos conocieran los valores y el significado del Real Madrid, la grandeza de ese escudo y de esa camiseta blanca impoluta. Una semblanza de su trayectoria en el Real Madrid son los tres últimos gestos (a falta del homenaje por parte del club) que ha tenido de blanco: levantar la Copa de Europa al cielo de París, besar a la Cibeles y arrodillarse en el Bernabéu ante el público. Su público. Ese que le ha aplaudido en cada gesto técnico, que se ha quedado boquiabierto con cada taconazo, con cada control. El mismo que va a echar de menos esa melena alborotada, icónica, justo encima del número ‘12’ el que, para siempre, será su dorsal. Gracias por tu fútbol, por tu ejemplo y por tus lágrimas, leyenda.

 

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Como Alí contra Foreman en el inolvidable combate de Kinshasa, el Madrid se valió de la astucia, de una táctica inesperada que nunca la empleó tan férrea, de la capacidad bien mostrada de derribar adversarios con un solo arrebato de clarividencia.  De inmortal a inmortales, para obviar que las piernas no eran las de antes, el legendario boxeador se refugió en las cuerdas, igual que la vieja guardia madridista se puso en modo ahorro de baterías durante la primera parte, en la que apenas avanzaron con intención ofensiva.

Eso sí, pasada la primera media hora de opresión, el equipo comenzó a bailar con el balón. Piezas interminables de varios minutos sin objetivo concreto en apariencia, una divagación inoperante en las formas. Sin embargo, las largas combinaciones inofensivas tenían sustancia. Enfriar el partido, alejar el balón de su área, buscar un resquicio por el que doblegar al Liverpool, seguir guardando los esfuerzos de mayor solera y, sobre todo, amasar el tiempo y la ocasión. Amasar la victoria.

Modric y Thiago

Porque una de las grandes cualidades de este equipo de la decimocuarta es su gotero envenenado. No necesitan más que una cápsula o dos dosis de oportunidad para liquidar a rivales, no importa los jeques y jequesas que los aderecen. Así lo hicimos, y para demostrar que no fue por casualidad, lo repetimos cuantas veces fue preciso hasta conquistar la Liga de España y la Liga de Europa. Hasta demostrar que el Real Madrid siempre regresa, que los ciclos están a la vuelta de la esquina en una órbita irregular a la que no se atisba su fin.

Seguirá sin atisbarse mientras el espíritu madridista se alimente de millones de corazones que percuten con fuerza sus paredes con sólo escuchar la palabra madridista. Mientras las plantillas se comprometan con ellos y con la estela de un club que encontró en Europa la razón de su existencia. Mientras los nobles veteranos muestren al ímpetu de los jóvenes que ningún jugador es mejor que el equipo junto, bien junto.

Porque una de las grandes cualidades de este equipo de la decimocuarta es su gotero envenenado. No necesitan más que una cápsula o dos dosis de oportunidad para liquidar a rivales, no importa los jeques y jequesas que los aderecen

Más juntos no pudieron estar en París, defendiendo un portero como una torre, aunque ágil como un gato, con la intuición propia de los que dominan su oficio tras muchos años de ejercerlo con dignidad y, últimamente, con genialidad. Más unido no pudo estar su entrenador con sus jugadores, unidad que crecía con la separación de sus cejas. Porque lograr lo impensable, aquello en lo que nadie confiaba, aquello que ni ellos mismos se proponían cuando comenzó el curso, requiere de compromisos indisolubles, emocionantes, que generen atmósferas que multipliquen las cualidades individuales y los infinitos detalles que genera no ya una temporada, sino cualquier partido de fútbol. Cuanto más una final de la Liga de Campeones.

Estos encuentros no están hechos para temperamentos endebles, sino adamantinos. Por fortuna, la dimensión de los últimos ocho años ha fraguado el carácter individual y colectivo de un grupo que ha tocado el cielo con sus dedos, que también se ha calentado acercándose a los infiernos. Éste de París, la competición entera, requerían la firmeza en el actuar, la imperturbabilidad ante el peligro, la transmisión gestual de la certeza en la victoria. Apenas trascendían las maniobras ajenas, sus embates en vano, porque la suerte del partido se escondía en la actitud de los nuestros. Rostros severos, mirada firme, confianza ilimitada en sus acciones y en sus compañeros. La compostura máxima en el escenario más escurridizo.

Parada Courtois Liverpool

El ejercicio ha sido de una magnitud antes nunca vista, quizás sólo el Madrid de los yé-yé, jóvenes tiernos, sin el curtido necesario para una hazaña de este calibre, puede equipararse a este Madrid de transición, con noveles que fueron decisivos en las eliminatorias y en París, con la experticia de quienes pasaron antes por el trance. Ambas Copas cayeron del cielo tras rachas inalcanzables, y supieron casi mejor que las otras, tal vez por la osadía que acompañó a quienes avanzaban en su empeño, imposible de no admirar, inevitable no conmoverse. Quizás porque llegaron de forma inesperada, como el viejo amigo que siempre vuelve sin fecha fija al cabo de los años.

Así, a golpe de eximia y empeño, de elevación y terrenidad, la forja que comenzó hace más de un siglo sin grandes pretensiones, como quien esboza un borrador de un mapa que un navegante atrevido y visionario utilizará algún día para dar la vuelta al mundo, sigue su curso. Porque aún quedan rutas que trazar, marinos que descubrir, gloria que iluminar.

 

P. D. Esta es la primera Copa de Europa sin Paco. Tampoco nuestro maestro Antonio Escohotado pudo disfrutarla como antes. Seguro que hubieran sonreído con el logro.

 

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