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Memoria sentimental de Gareth Bale

Memoria sentimental de Gareth Bale

Escrito por: Jesús Bengoechea18 septiembre, 2020
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Dudo que haya alguien en España que haya escrito más artículos sobre Gareth Bale que yo. He escrito tantas veces sobre él que hasta me he despedido ya, pues no en vano ya ha sido puesto con los pies en la frontera por el furor de la turba, la actitud de su entrenador y/o sus propias torpezas (Kiev). De manera que esta nueva despedida que ahora ensayo no es más que un triste ejercicio de redundancia. Pero qué no es triste cuando se trata de hablar con la gente de Bale, de escribir para la gente sobre Bale.

Ya me despedí de él, por ejemplo, en esta pieza publicada en El Español y acunada por la voz de Sinatra. Es de marzo de 2018. Repito: marzo de 2018. Yo ya le había dicho adiós y el tío todavía me reservaba lo de Kiev. Pero llegaremos a Kiev un poco más tarde, pues apenas acabo de empezar a redactar estas líneas melancólicas sentado en una cafetería de la ciudad donde Gareth nació y donde resulta que yo vivo, una ciudad cuyas legendarias sonrisas callejeras amputa ahora el Covid a punta de mascarillas.

Todo el mundo tiene una memoria sentimental de Bale. Incluso Antonio Hualde la tiene.

noche en la playa

No sé dónde vio Antonio Hualde el célebre gol de Mestalla, el de los isquios de Bartra. Yo lo viví en un chiringuito a pie de playa en la costa granadina. También he escrito mucho sobre ese gol, como lo han hecho otros autores de La Galerna. Es un gol en blanco y negro coloreado. Es Paco Gento 2.0. Es el Madrid más vintage reencarnado en los 2000, y por eso mismo puede ser el gol más madridista jamás marcado. Salté de mi silla de plástico, abandoné el chiringuito corriendo y seguí corriendo en dirección al mar -imitando al expreso en pos de los dominios de Pinto- hasta encontrarme con que había corrido con tanto ímpetu hacia el agua que me encontraba dentro de ella y ya no corría sino que nadaba, tarea a la que en nada contribuían ni el jersey ni la camisa ni los vaqueros ni los zapatos ni el reloj ni los calcetines ni los calzoncillos pero sí lo que acababan de ver mis ojos y que ya solo verán los Spurs, si tienen esa suerte. Esto se contó en alguna web, pero no recuerdo que haya sido contado en La Galerna. Hay testimonios gráficos de ello, voy a ver si los encuentro en el entendido de que aquello que no está en YouTube no ha sucedido realmente. De hecho, hay cosas que no han sucedido realmente ni siquiera aunque estén en YouTube, tal y como pasa con este y otros tantos goles increíbles e increíblemente importantes de Bale: no tuvieron lugar. Si hubieran tenido lugar, ¿cómo sería posible que a este hombre se le odie así?

esos goles increíbles e increíblemente importantes de Bale no tuvieron lugar. Si hubieran tenido lugar, ¿cómo sería posible que a este hombre se le odie así?

Y sin embargo juraría que le vi en Lisboa marcando de cabeza el gol que soñaron Butragueño y Míchel y Juanito y Santillana y Hugo Sánchez y Van Nistelrooy y Ronaldo Nazario y que nosotros soñamos con ellos, pero que ni Butragueño ni Míchel ni Juanito ni Santillana ni Hugo Sánchez ni Van Nisteltooy ni Ronaldo Nazario (leyendas descomunales del club) pudieron marcar nunca. Nosotros en cambio sí lo marcamos, aunque el giro de cabeza en el aire fuera de Bale. Fue además el mejor jugador de la Final y uno de los mejores del épico 0-4 al Bayern. Todo esto lo vi (o creí verlo) en casa de mi hermano, que es donde celebré también el penalti cojo de Milán, donde también fue el mejor junto a Casemiro tras haber sido asimismo el más destacado de la semifinal ante el City. O yo creí que lo había sido.

bale en lisboa celebrando gol

Dos temporadas más tarde llega la Final de Cardiff, que tanto soñó pero no pudo conquistar más que con una presencia testimonial al término del partido. La Final en su ciudad natal, donde resulta que yo vivo. Quizá haya llegado el momento de contar que pocos días antes conocí a su madre, Debbie, en el pub de la familia, el Elevens, y que tuve la oportunidad de preguntarle si creía que la lesión de su hijo  le iba a permitir llegar a tiempo de jugar. Debbie se puso muy seria antes de responder.

-Como comprenderás, nadie más que yo desea que eso suceda. Pero ahora mismo sólo pienso en que el Real Madrid, el equipo más grande del mundo, va a jugar en mi pequeña ciudad, en mi pequeño país, el partido más importante que el fútbol es capaz de dar al mundo.

Somos como nos han hecho nuestros padres por mucho que el adolescente que llevamos dentro quiera negarlo: el niño prevalece por detrás, un niño orejudo cuya célebre foto con la blanca de Teka sería desempolvada y ampliada el día de su presentación, ese niño al que el tiempo trataría más adelante de explicar que en realidad ser del Madrid consiste en hablar en español con los periodistas y en no jugar al golf. Al escuchar a Debbie decir eso, supe que me tocaría seguir defendiendo a Gareth de muchas cosas, incluso al final -cuando todo estaba tan en ruinas que ya nada parecía importar- de sí mismo. Pero esto qué más da ahora. Os podéis meter la foto de la banderita con la famosa leyenda por el agujero negro de vuestra amargura, si de verdad es esa torpeza lo que ahora os pide el cuerpo recordar.

bale chilena kiev

Después de unas cuantas victorias y goles en torneos que para el Madrid son menores, pero que en la era preCovid llenaban de gente eufórica los alrededores de Neptuno, llegamos a Kiev, como antes insinuábamos, y aquí casi prefiero pedir el comodín de Lucía y de Jorgeneo y del mismísimo Richard Dees, sentado a mi izquierda y llorando como una magdalena cuando Gareth, que acababa de entrar al campo, hizo lo que en un primer momento pensamos que había hecho Cristiano. Estábamos justo en ese fondo, lo que significa que, por timidez, Gareth hubo de darnos la espalda para rematar, como hacía Lou Reed con su público a la hora de ejecutar un solo. Le daba corte. El mejor gol jamás marcado en una Final de Champions con el permiso del anotado en Glasgow por el hombre con el que ya entonces mantenía un conflicto que nadie entiende y por eso, porque no lo entiendo, mi memoria va a ignorarlo. No te aferras a lo que te es inasible. Los dos últimos años han podido ser culpa de Gareth, culpa de Zidane, culpa del entorno irrespirable, me da absolutamente igual. Quiero verlo en Londres sonriendo, triunfando y jugando al golf tanto como le indique su libre albedrío testicular. Ya le he perdonado incluso que prefiriese no viajar a Manchester, como le perdono a Zidane que fuera capaz de asegurarle que no iba a contar con él ni un minuto, pasase lo que pasase en el partido (¿cómo puede asegurarse eso?). 

Tengo también el testimonio de cómo vivió Debbie la Final de Kiev, pero eso lo dejamos para otro día.

Esta es, a vuela pluma, mi memoria sentimental de Gareth Bale. Dejando de lado el poco relevante factor de nuestro cuasipaisanaje, no tengo ninguna razón para creer que todo el disfrute que acabo de narrar sea en mi caso mayor que el que haya podido tener con Bale cualquier otro madridista, y es aquí donde no comprendo. Es aquí donde sufro y sufriré por siempre un cortocircuito. Porque todos esos m