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Bale y los profesionales

Bale y los profesionales

Escrito por: Nacho Faerna18 septiembre, 2020
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Los detractores del galés no cuentan su palmarés ni sus goles en partidos clave

Cuentan que, rodando un episodio de Curro Jiménez, el director cántabro Mario Camus solicitó a producción que contrataran a un guitarrista para una escena que transcurría en una taberna. Quería empezar la secuencia con un plano del susodicho tocando flamenco, así que insistió en que no le valía un figurante al que le encasquetaran la guitarra e hiciese como que tocaba. Necesitaba un gachó que supiera tocarla. La escena en cuestión no había de rodarse hasta un par de semanas más tarde, pero producción tomó buena nota de las exigencias del director. Días después, Camus se preocupó por cómo iba el asunto del guitarrista. ¿Habían encontrado a alguien? Producción le dijo que aún no, pero que estaban en ello, que no habría problema. Que sepa tocar, insistió don Mario, un hombre serio, circunspecto, con una imponente voz, grave y profunda; y producción le tranquilizó: sabrá tocar. Llegó el día señalado y trajeron al decorado a un tipo con una guitarra y lo sentaron en el lugar indicado. El director se fijó en cómo sujetaba el instrumento, como si fuera un gato muerto. ¿Seguro que sabe tocar?, preguntó a producción. Es un primo del regidor, le contestaron. Una bellísima persona, añadieron. Camus sólo tuvo que ajustar la tesitura de su voz de bajo a la de barítono, sin necesidad de alzarla. ¿Y no había un hijo de la gran puta que supiera tocar la guitarra?, respondió.

Mario Camus.

No sé si la anécdota es real o apócrifa, pero ilustra muy bien lo que vengo a contarles. Hay muchos otros ejemplos en la historia del cine que habrían servido también. Es conocido que John Huston elegía sus películas, no tanto por las historias que contaran, sino por el lugar donde tendría que rodarlas, de manera que le permitieran tener una excusa para hacer lo que realmente le gustaba: cazar, beber, coleccionar esposas. John Ford hacía westerns para salir de casa, acampar en Monument Valley, muy lejos de Hollywood, y recuperarse de sus excesos con el alcohol en compañía de una troupe de amigos, disfrutando del aire libre y, de paso, rodando obras maestras. Woody Allen confiesa en sus memorias que no es muy sociable con sus actores; a pesar de haber trabajado en varias películas con la actriz Judy Davis, asegura que nunca le ha dicho hola. Seguro que es una exageración, aunque hay múltiples testimonios que confirman su poca comunicación con las estrellas de sus repartos. Rueda rápido y haciendo tomas largas porque quiere llegar pronto a casa para estar con sus niños, o a tiempo de ir a ver jugar a los Knicks al campo.

Las vidas privadas de las leyendas del Hollywood clásico eran cualquier cosa menos ejemplares, pero el público juzgaba su trabajo en la pantalla

Grandes actores como Bogart, Sinatra, Tracy o Burton bebían como cosacos antes y después de cada toma. En Lawrence de Arabia, a O’Toole y a Sharif los tenían que atar a los camellos para que no se cayeran; tales eran las curdas que se agarraban para aguantar el calor sofocante del desierto. Las vidas privadas de las leyendas del Hollywood clásico eran cualquier cosa menos ejemplares, pero el público juzgaba su trabajo en la pantalla, pagaba por verlos hacer aquello por lo que a su vez les pagaban a ellos. Eran profesionales, como el guitarrista que pedía Camus, como Huston, Ford o Allen. Ahora, sin embargo, el escrutinio constante de la prensa y el puritanismo imperante obligan a los profesionales a convertirse en esposas del César a tiempo completo. Esta exigencia es aún más acusada cuando hablamos de deportistas de élite, especialmente si se trata de futbolistas. Hay muchos niños que los idolatran, y deben ofrecer una imagen desprovista de sombras, pararse a hacerse fotos con todo el mundo, sonreír desde el autobús e irse a la cama sin postre tras las derrotas.

Lo que importa es que no quiere hablar con los periodistas, no quiere hacerlo en español, le gusta más el golf que el fútbol y se lesiona más de lo debido

Da igual que Bale llegara al Madrid haciendo gala de un madridismo que se remonta a su niñez, que se empeñara en jugar en el equipo de sus sueños para contribuir a ganar la Décima. Da igual que cumpliera su objetivo y que reeditara nuestra felicidad durante siete temporadas con otras tres Copas de Europa, dos Ligas, cuatro Mundiales de Club y unos cuantos trofeos más. No importa que haya marcado goles antológicos en partidos clave. Lo que importa es que no quiere hablar con los periodistas, no quiere hacerlo en español, le gusta más el golf que el fútbol y se lesiona más de lo debido. Los chiflados del Bernabéu no han parado de pitarle prácticamente desde que llegó. Y yo le pregunto a Florentino: ¿no había una bellísima persona, parlanchina, bilingüe, que se conformara con ver el golf en la tele y que no supiera darle una patada al balón?

Bartra y Bale.

Personalmente, lo único que le reprocho a Bale son sus declaraciones a pie de campo en Kiev después de la Decimotercera y que se negara a viajar a Manchester este verano. Dos minucias, si las pones en la balanza al lado de todas las alegrías que me ha dado. Con lo que ha tenido que aguantar, pocos desplantes me parecen. En mi recuerdo quedará para siempre inevitablemente asociado a esa tarde en Mestalla frente al Barça, cuando pegó una patada de rugby al balón y se dio un voltio por la playa de la Malvarrosa antes de regresar al césped, saludar a Bartra como un niño saluda a las vacas desde la ventanilla del tren y hacerle un caño a Pinto que nos valió una Copa del Rey. Lástima que Paco de Lucía, insigne madridista, nos hubiera dejado apenas tres semanas antes, porque estoy seguro de que, de haberlo visto, les habría dicho a todos ustedes que así se toca la guitarra.

Número Tres.

 

Fotografías Getty Images.