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La perfección llegó en Cardiff

La perfección llegó en Cardiff

Escrito por: Athos Dumas15 junio, 2017
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2017 tenía que ser el año. Excepto el tropiezo en Copa del Rey ante el Celta, en el que en el global de ambos partidos el Madrid había sido superior en todo menos en el resultado, la temporada estaba transcurriendo de manera impecable.

Ni siquiera sufrió el equipo el consabido bajón en enero/febrero que se produce en todos los equipos que tienen que disputar el Mundial de Clubs en diciembre. Daba la impresión que Zidane había tomado buena nota del segundo año de Ancelotti, cuando el equipo se fue desmoronando poco a poco tras ganar en Marrakech al San Lorenzo de Almagro.

Varios jugadores, entre ellos el más destacado Cristiano, habían hecho una primera vuelta en la liga (y en la fase de grupos de la Champions) bastante gris. Aún así, el equipo mantuvo la punta de la clasificación durante casi todas las jornadas.

Varios jugadores hicieron una primera vuelta bastante gris

En Copa de Europa, el Madrid fue un vendaval desde la primera eliminatoria directa. Nápoles fue arrasado por nuestras tropas (6-2 en el global). Contra el Bayern fue LA ELIMINATORIA. Realmente se trató de la final anticipada, con una lección del Madrid en el segundo tiempo en el Allianz Arena, y un fabuloso partido de vuelta en el que los bávaros forzaron, sobre todo tras una prodigiosa actuación de Manuel Neuer, la prórroga. Finalmente el 4-2 en el Bernabéu, y un resultado global de 6-3, dio el pase merecidamente a los merengues, que entre ambos encuentros sumaron más de treinta disparos a puerta contra apenas diez de los muniqueses.

A punto estuvo de haber un punto de inflexión en la temporada el día de San Jorge cuando el FC Barcelona, tras un exceso de ambición y de voracidad del Madrid (con uno menos por expulsión de Ramos y cuando el empate le dejaba la liga en bandeja), logró vencer 2-3 en el Bernabéu. A mi entender, la ampulosa y a todas luces exagerada celebración de Messi al lograr el tanto de la victoria, fue clave principal para lo que pasó a partir de ese momento.

Esa imagen prepotente y grosera del astro argentino concienció al Real Madrid hasta tal punto que no volvió a perder un solo punto en liga, teniendo escollos importantes como el Sevilla en casa y, sobre todo, el partido “envenenado” de Vigo, que se celebró nada menos que un miércoles entre las jornadas 37 y 38 de la liga, tras los tropelías que padeció el Madrid por culpa de la LFP y también del alcalde vigués, quien no merece ser citado por su nombre en un medio tan digno como La Galerna.

Me puedo imaginar fácilmente el póster de Messi “tendiendo la ropa” allá en Valdebebas. A raíz de ese instante, cero fisuras en el equipo, pese a la murga constante de cierto periodismo que incordiaba con equipos A y B, con Isco titular o con James enfadado. Prueba de ello fue la magnífica eliminatoria de semifinales que nos brindaron, con un 3-0 indiscutible en la ida (y Oblak parándolo casi todo) y un partido de vuelta en el Calderón en el que Benzema apagó el infierno tras dejar retratados para siempre en la línea de fondo a tres defensores de cierta reputación como Savic, Jiménez y Godín. Los primeros veinte minutos de aquel partido fueron finalmente los únicos momentos de duda que tuvo el Madrid en todo el final de la temporada. Y eso que el penalti que marcó Griezmann debió ser anulado por doble toque tras su resbalón al disparar…

Tras sellar su pase a la final, el Madrid devoró sucesivamente a sus tres rivales ligueros, Sevilla, Celta y Málaga, lo cual fue definitivo para reponer la autoestima. Por fin, tras cinco años desde la consecución de la 32ª con Mourinho, el Madrid levantaba en la Rosaleda la 33ª de forma inapelable, al mismo tiempo que el Barça cometía un nuevo Aytekin (tan inservible como el del PSG) ante el Eibar. Desde abril, por cierto, Cristiano llevaba una racha espectacular, goleando a diestro y siniestro, a rivales europeos y españoles. La fórmula de ZZ había sido exitosa: era el CR7 más poderoso que nunca se había visto a final de una temporada. Y con 32 años cumplidos.

Faltaban dos semanas para Cardiff que se iban a hacer muy largas. Afortunadamente, lo más difícil –como de costumbre– de conseguir, las entradas, me cayeron del cielo por la generosidad de un cliente. Incluso conseguí alguna más que compartí con algunos de mis buenos amigos madridistas. Unos buscamos las entradas, otros el viaje y el hotel. Planificación perfecta. Una semana antes ya estaba todo claro. El último sábado de mayo pude disfrutar de la magnífica cena/compañía del segundo aniversario de La Galerna, donde conocí en persona a gente maravillosa, que ya me parecía maravillosa por sus escritos, y que me acogieron como amigos de la infancia. Todo lo que ocurrió aquella noche nos lo contó exquisitamente Mario de las Heras en  su “Noche de Reyes”, donde claramente Mario predijo la consecución de la Duodécima en Cardiff.

La semana previa a la final se hizo eterna hasta que finalmente, el viernes 2 de junio, los incombustibles Fonsi “Talismán” , Sir Edward (rescatado de alguna batalla en Escocia, quizás de la de Stirling o puede que de la de Bannockburn) y yo salíamos de la T4 en dirección a Bristol, buscando nuevas glorias. En la tienda del Real Madrid del aeropuerto acabamos de comprar las camisetas púrpuras de nuestra próxima victoria. Porque íbamos a ganar. Aunque yo, una vez más, tenía miedo a perder.

Nuestra fila era la número 12. Los augurios se alineaban. Aunque yo seguía pensando en la BBBC juventina (Buffon-Barzagli-Bonucci-Chiellini) y en Dybala. Algo en Pjanic también. En el avión, a diferencia del que nos llevó a Milán el año anterior junto con hinchas colchoneros, se respiraba confianza ciega en los nuestros. Llegada a Bristol, rápidamente al hotel y a pedir un Uber que nos llevase esa misma tarde a Cardiff, ya que estábamos invitados –mediante el Embajador Oficial del Real Madrid en Gales, Don Jesús Bengoechea– a la fiesta de inauguración de la Peña Madridista de Cardiff. Una hora de Uber, 75 libras esterlinas muy bien empleadas, ya que llegamos a tiempo para saludar y dar un abrazo a Roberto Carlos, que, por cierto, estaba más que confiado en el triunfo del Madrid debido a que había visto entrenar al equipo un par de horas antes y todos “estaban como toros”. La fiesta fue muy top, en PRZYM, el local más cool de Cardiff, y allí Jesús nos presentó a su encantadora familia (esposa, hermano, sobrino), y a mucha, mucha gente.

Cardiff –al menos su centro neurálgico– es pequeño, hay cuatro o cinco calles principales muy transitadas. A las diez y pico de la noche intentamos los tres mosqueteros buscar algo para cenar y, por desgracia a esas horas, aunque fuese viernes por la noche y víspera de final de Champions, no hubo forma humana de cenar algo decente. Eso sí, por las calles de Cardiff nos encontrábamos en cada esquina con amigos madrileños, o con Manolo Sanchís o incluso con el mismísimo presidente de la RFEF, Angel Villar. Las mocitas cardiffeñas empezaban a invadir las calles en busca de su “Thanks God it’s Friday”. Comimos algo en un fast-food que prefiero no recordar, unas tiras de pollo sospechosamente grasientas, en compañía de unos colegas de mi sector –IT– que también habían recalado por allí tras alquilar una caravana desde Londres.

Como gran anfitrión, Jesús nos invitó a unas cervezas en un pub muy cerca del estadio –el Millennium Stadium está en pleno centro de Cardiff, justo al lado del mítico Castle del Dragón– e intercambiamos opiniones sobre el acontecimiento que íbamos a vivir en pocas horas. Alguno estaba inquieto incluso por el Pipa Higuaín, otros hablaban de Alves como poco menos que un ser invencible en las finales. De la defensa de tres con los laterales apoyando el centro del campo. Aún hacíamos cábalas sobre si finalmente ZZ pondría a Bale de inicio, en su ciudad natal. En general, se respiraba confianza pese a la fortaleza defensiva de la Juve; pese a algún posible despiste de los nuestros. Pero todos coincidíamos en la fuerza moral que Zidane había impregnado a este grupo desde hacía unos meses. Y también coincidíamos que iba a ser un partido más abierto que las anteriores finales contra el Atlético de Madrid.

Había que ir de nuevo a Bristol para descansar y, como en cada previa de final, imaginar cómo iba a ser el partido ya en la habitación del hotel, así que nuevo Uber y a soñar.

El día del encuentro amaneció con buenas nuevas: la camarera del hotel que servía los desayunos era no solo madrileña si no también socia madridista. Tenía total confianza en nuestra victoria. En el autobús hacia Cardiff empezaron a sonar los primeros cánticos de guerra. Curiosamente, al atravesar el puente que separa Inglaterra de Gales y atraviesa la desembocadura del río Severn, el cielo empezaba a despejar y por fin lucía el sol. La temperatura, más que agradable, unos 18 grados al llegar a eso de las once de la mañana al centro de Cardiff. Destacaré la amabilidad que todo el tiempo percibí por parte de la policía galesa, siempre dispuestos a contestar nuestras dudas con amables sonrisas. En el centro comercial The Capitol ya nos encontramos con Julián, veterano también de la Undécima en Milán, quien se unió a nosotros tres, cerca de la Fan Zone –que al final resultó no ser Fan Zone propiamente dicha– de los aficionados madridistas.

En dirección a Cardiff Castle, ya por Queen Street y Duke Street se empezaba a oler al napalm de las batallas decisivas europeas. Enfrente del Castillo, centenares de madridistas –y pocos juventinos, que estaban más al sur de la ciudad en su mayoría– se hacían selfies con el dragón galés que custodiaba una réplica de la preciada Orejona. Justo enfrente del castillo se sitúa el pub Eleven, propiedad de la familia Bale,  santuario de obligada visita, con una larga fila de adeptos merengues para entrar, puesto que el aforo estaba sabiamente limitado. Justo ahí me encontré con el mítico Manuel Matamoros y sus fieles acompañantes, curtidos en mil batallas e infalibles gargantas de animación, que apenas doce días antes habían contemplado el alirón en La Rosaleda malagueña.

“Eleven” era una prueba más de nuestro triunfo. Cardiff, cuna del mejor jugador galés de la historia, acogía nada menos que al Real Madrid en una final. Cardiff, residencia habitual del editor de La Galerna, no nos iba a fallar. Contemplar en “Eleven” las camisetas firmadas de los mejores jugadores de la historia, Pelé, Di Stéfano, Cruyff, Maldini, Cristiano añadía buenos presagios a esta final.

Más encuentros por las calles céntricas de Cardiff, con amigos de Madrid que no veo en Madrid sino en Marbella –y en Cardiff– , también un abrazo con nuestro Director de Baloncesto, Juan Carlos Sánchez, gran persona y todo afabilidad. Y por fin llegaron nuestros otros tres amigos, Juan y Carlos (amuletos en Milán para la 11) y también el gran Álvaro, venido nada menos que desde Sotogrande, recién aterrizados los tres, y con ganas de animar desde el primer momento.

Tras algunas visitas más a los pubs del centro, caímos en la cuenta, como si fuésemos primerizos, que no teníamos reserva para comer (¡me pasó como en Amsterdam 19 años atrás!). Recordé que mi amigo Ángel, famoso cirujano, que sí que es previsor y organizado, estaba por Cardiff y tuvimos la suerte que en el restaurante italiano Zizzi, donde Ángel estaba con sus once familiares (eran doce en efecto, doce), había un par de mesas libres con lo cual nos acoplamos los siete amigos.

Durante la comida, uno de los parientes de Ángel me comentó que las deportivas que llevaba puestas eran un regalo de CR7 y que desde hacía dos meses que se las ponía, Ronaldo había marcado en todos los partidos. Me pronosticó la victoria blanca en la final, así como predijo dos goles de CR. Aproveché esa comida para evangelizar a un par de seguidores colombianos, más fans de jugadores que de equipos, que no tenían claro por quien decantarse aquella noche, James o Cuadrado. Al final de la comida eran dos madridistas más, ahí lo dejo.

Al salir de Zizzi, Sir Edward y yo –hay pruebas gráficas– evangelizamos a tres entrañables ciudadanos de Singapur, hay que aprovechar el tiempo; mientras nuestros compañeros apuraban sus cafés y sus profiteroles. Todo me pareció que estaba cerca en la capital galesa, así que tras un paseo por Bute Terrace, doblamos por Churchill Way, donde nos encontramos de bruces con Jesús y su familia y sus amigos –entre los cuales uno con camiseta del Betis, con el 17 del mítico Robert Jarni, que estaba en todas partes– y aprovechamos para volver a la Fan Zone –No Fan Zone del RM– y dejarnos una vez el alma con nuestros cánticos y vítores y arengas varias.

Cero incidentes por las calles. En ese sentido hay que destacar que la organización fue buena, ya que prácticamente no nos topamos con seguidores del equipo italiano, así que no hubo lugar para ni siquiera leves escarceos. Última etapa antes del partido en el hotel “The Angel”, cerca ya del primer cordón de acceso al Millennium, y desde donde vi –y ella me vió– a la galernauta Lu, y allí desde treinta metros de distancia, nos enviamos mutuamente buenas vibraciones de cara a la final.

Tras pasar los tres cordones de seguridad, seguía la exquisita corrección de la policía local, al entrar en el estadio, cuyo techo ya se había cerrado en previsión de cualquier ataque aéreo, la impresión era como al entrar en un invernadero: la temperatura no era demasiado alta, pero al ser un recinto cerrado y tan cerca del mar, al borde del río Taff, había una sensación de cierto bochorno con elevado porcentaje de humedad relativa.

El partido, lo vimos todos. Intensidad altísima de la Juventus, presión alta, peleando cada balón y llegando ellos casi siempre antes que los nuestros. Como escribí un par de días antes del partido, mi mayor temor es que la Juventus se adelantase en el marcador. Por eso, cada vez que veo la repetición de la final, bendigo la hora del paradón de Keylor al tiro envenenado de Pjanic. Es indemostrable, pero creo que si ese balón entra, la final habría cambiado mucho. La primera mitad fue de poder a poder, quizás la Juve fue más ambiciosa, pero lo que es indudable es que iba a resultar imposible que los de Piamonte aguantasen ese infernal ritmo de pressing y anticipación durante todo el partido. Quien más quien menos, del lado madridista, respiró aliviado al silbar Brych el final del primer tiempo.

Cada vez que veo la repetición de la final, bendigo la hora del paradón de Keylor

Abro paréntesis para comentar en dos líneas la increíble y parcial actuación del colegiado alemán, que consintió absolutamente todo a los italianos, en particular las intimidaciones de Mandzukic a Carvajal y las constantes patadas y los gestos provocadores de Alves. No influyó en el resultado final, pero su criterio en cuanto a la permisividad con los bianconeri y su reparto en las tarjetas (en el minuto 53 había mostrado 3 al Madrid por tan solo 1 a la Juventus) fue totalmente desproporcionado.

La segunda parte quedará para siempre grabada como la mayor lección de fútbol que yo recuerde en una competición de tan alto nivel. Navas apenas fue inquietado. Higuaín, Dybala y Mandzukic desaparecidos. Los centrocampistas blancos, los cuatro (Casemiro, Modric, Kroos e Isco), dieron una exhibición de manejo del balón, movilidad, criterio, desmarque y pundonor. Los laterales Carvajal y Marcelo fueron muy incisivos arriba e infranqueables valladares atrás. Ramos y Varane ejercieron de eje inexpugnable, mejor que la Ligne Maginot. Benzema dejó pinceladas de maestro, además de abrir espacio tras espacio, y Cristiano fue letal de nueve pero también fue extremo generoso y trabajó como el que más. Asensio puso la guinda final demostrando su condición, ya mismo, de crack indiscutible mundial. El Madrid fue una apisonadora de potencia, calidad, posesión, dominio, jerarquía, disparos, ocasiones, centros al área…

Algunos comparan la final de Cardiff con la Octava en París, pero, futbolísticamente, no hay comparación posible. La lección que dio el Real Madrid ante todo el universo, donde derrumbó a un equipo prácticamente imbatible y perfectamente organizado hasta ese momento, fue una clase magistral para reafirmar de una vez por todas la superioridad que está ejerciendo en esta época el Real Madrid a nivel mundial. Nadie puede poner una sola objeción a la exhibición de Cardiff; al día siguiente toda la prensa especializada en el mundo mostró su admiración por la nitidez de la victoria y por la calidad del juego desplegado. Ninguna campaña de marketing puede resultar más convincente que el visionado de esta final, eso sí que es madridismo proactivo y de efecto inmediato.

Festejos, abrazos y lágrimas en las celebraciones. Por cierto, que me funcionaron nuevamente mis amuletos: la camiseta de Di Stéfano dedicada, la foto de mi querido padre, el San Pancracio. Todo era dicha en el Millennium. Fotos y vídeos por doquier. La batería del móvil se estaba gastando muy rápidamente, era el único problema para mí en este mundo.

Al salir del estadio, nos abrazamos largamente con todos aquellos que partían hacia Madrid esa misma noche, dichosos pero un tanto estresados por tener que recorrer varias millas en busca de sus respectivos autocares. De los 7 magníficos nos quedamos los fieles mosqueteros Sir Edward, Don Alfonso (después de 3 Champions en 4 años ya no era Fonsi) y yo. Habíamos quedado en vernos con Jesús tras el partido pero había que esperar que acabase su intervención en RMTV. Y había hambre. Mucha.

No era cuestión de hacer como en la víspera. Estábamos eufóricos por el espectáculo contemplado pero queríamos cenar como los campeones que éramos. Si algo tengo que reprochar a las buenas gentes de Cardiff es su poco afán comercial. Ningún restaurante “decente”, y eso que apenas eran las 10 y media allá, nos quiso dar una mesa ya que para ellos era tarde. ¡Tarde! 40 o 50 mil personas saliendo del estadio, la mayoría hambrientas, y ¡no había forma de cenar! Lo más que nos indicaban los policías era una pequeña calle peatonal, quizás era Caroline Street, donde encontraríamos hasta altas horas de la noche varios puestos de kebabs, pizzas o fish’n chips, para comer de pie. Y no era el plan. Seguimos deambulando por St Mary Street y Canal Street, con decenas de restaurantes donde siempre nos negaban la entrada ya que era too late.

Frustración, bajón. La Duodécima era nuestra y ¡no podíamos celebrarla con una cena medio aceptable, ni siquiera sentarnos! A todo esto, Jesús no me cogía el teléfono. Mis compañeros ya no tenían batería en sus móviles. Tocaba de nuevo Mc Donalds… No exagero nada al decir que con un 1% de batería en mi móvil, a eso de las 23h, me llamó Jesús al fin. Le insté a que me señalara rápidamente donde estaban y juro que no más me lo dijo mi móvil se apagó. ¡Pero tenía el nombre y la dirección del bar! Estaban en el – para mí – ya mítico Curado Bar, justo enfrente del Millennium Stadium, ¡habíamos pasado 2 o 3 veces delante sin enterarnos de su existencia!

La alegría al entrar en Curado Bar fue, sin exagerar, como ganar, qué sé yo, una Copa del Rey. Alegrón. Era un bar español, con jamones ibéricos colgados, con carta de tapas, con vinos de Rioja y cerveza Estrella de Galicia. Un auténtico oasis/paraíso. El lugar ideal para una celebración y para que volviese la euforia que había quedado latente al ver los tristes puestos de fish and chips. Allí estaba, una vez más, nuestro bético Jarni. Y los Bengoechea al completo.

Más abrazos. Más risas y carcajadas. El Curado Bar estaba repleto, parecía la sucursal de Casa Juan en Cardiff. Rápidamente, una amabilísima camarera de Elche (madridista también), nos trajo a los tres peregrinos jamón ibérico, pulpo a la gallega, tapas de boquerones y un chuletón magnífico. Regado todo con un buen Rioja. Y allí mismo, en aquella mesa del Curado, se gestó un histórico Portanálisis tras ver la portada de Sport del dia siguiente, la inolvidable “Valverde da el ok a Bellerín”, que todos los galernautas recuerdan y que fue Hit Top 1 en Cardiff durante varios días seguidos.

En el Curado Bar se gestó un histórico Portanálisis

En ese momento me di cuenta, realmente interioricé la suerte que La Galerna le ha dado al Madrid desde que existe (2 años, 2 Champions más Liga + Mundial …) y, particularmente, la que me ha dado a mí desde hace unos meses. El Madrid arrasó en la Copa de Europa, ciertamente. Pero, ¿habría sido igual sin existir La Galerna? Ahí dejo la pregunta.

Qué noche, qué velada fue aquella. Cuanta gloria. Cuanta dicha. A la mañana siguiente, dando un paseo de campeones por Bristol, los tres amigos, orondos por el éxito, en una mañana magnífica, aún tuvimos la oportunidad de seguir evangelizando varios bristolenses (que eran madridistas pero no lo sabían), entre ellos una maestra en el arte del origami, un californiano (al que no le gustaba el soccer pero sí el Madrid). Y conocimos a una encantadora palentina (sí, hay gente de Palencia), llamada Sherezade, pero que le gustaba que le llamasen Jeyva (por sus padres, Jesús y Vanessa), y que también era más madridista que la calle Concha Espina, que nos sirvió unas Coronitas mientras un grupo de Jazz amenizaba el brunch bristoleño aquél glorioso domingo.

Y sí, en el vuelo de vuelta a Madrid, nos volvió a tocar la fila 12 del avión. Y sí, créedme, el embarque lo efectuamos por la puerta 12 del aeropuerto de Bristol.

Un comentario en: La perfección llegó en Cardiff

  1. Quede esperando esta ultima crónica (por ahora!). Magnifica una vez más, ha sido como estar otra vez en cada sitio, nos lo hace vivir. 🙂

    Sin sorpresas sobre lo de cenar a las horas normales, en estos sitios es imposible, y ya ve que ni con la salida de la gente del estadio cambian nada. Cenan a la hora de la merienda...

    Coincido también en la impresión del partido, desde la vital parada de Keylor, hasta como estuvo el arbitro. Lo vi muy mal con aquel reparto de tarjetas, en particular afectando a nuestra defensa, mientras que daba "barra libre" a la Juve. Pudieron ponerse las cosas muy mal rápido. Pero no le funciono la estratagema, nadie esperaba como cambio todo en la segunda parte.

    Por cierto que suerte la suya haber podido ver estas ultimas 6 en persona. Y que siga! 😉

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