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Gareth Bale: el hombre que pudo reinar

Gareth Bale: el hombre que pudo reinar

Escrito por: Emil Sorel18 septiembre, 2020
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El galés lo tenía todo para ser un mito en el Real Madrid, pero no funcionó

Hay una escena mítica en la película Cuando Harry encontró a Sally en la que ella (Meg Ryan: adorable) le pregunta a él (Billy Crystal: adorable) que si la va a recoger al aeropuerto. Él dice que no, a lo que ella, extrañada, le pregunta por qué. “Mira -dice él-, llegará un momento de nuestra relación en la que me cansaré de irte a recoger al aeropuerto y te enfadarás. Así que mejor no voy nunca y así no nos enfadamos”. La cosa entre ellos nunca fluye del todo, pero va saliendo adelante porque la vida es así: imperfecta, un poco cretina.

¿Cómo se explica que un hombre que ha protagonizado varias de las imágenes icónicas del real madrid de nuestro tiempo jamás haya sido unánimemente querido por la afición?

La historia entre Bale y el Real Madrid pudo ser una comedia romántica, pero ha acabado en telefilme malo de sobremesa. ¿En qué momento se fue todo a la mierda? ¿Por qué no hubo reencuentro feliz? Quizá nos empeñamos en un amor para el que nunca hubo verdadera química. ¿Cómo se explica si no que un hombre que ha protagonizado varias de las imágenes icónicas de los éxitos de nuestro tiempo jamás haya sido unánimemente querido por la afición? Gareth lo tenía todo para ser un mito -quizá lo sea-, pero no, el tema siempre fue difícil.

Chilena de Gareth Bale en Kiev.

Llegó como el último de los fichajes galácticos de 31 de agosto. La Última Gran Florentinada de fin de mercado. Todo el verano con el tira y afloja del amigo Levy. La sensación de que vendría seguro, con el gusanillo de “¿Y si no?”. Apareció con raya al lado y cara de buen chico. Un volcán en erupción encerrado en una cara de chaval sencillo de los valles galeses. No tenía la chulería de Cristiano Ronaldo, ni el carisma de Özil. Muchos arquearon la ceja ante su potencia: la imagen prerrafaelita de Mesut era poderosa. Ofelia en el río. La épica del fallo frente a la simplicidad del triunfo.

El Madrid jugaba mejor sin él, decían. Quizá era verdad. Con Bale se limitaba a ganar. Cosa que, como todo el mundo sabe, es lo de menos.

Los periodistas le pusieron la cruz desde el principio, vaya usted a saber por qué motivo. Él tardó en coger la forma aquel primer año, aviso de lo que estaba por llegar. Un superdotado técnico que sin embargo no lo parecía. Hasta tal punto que un entrenador argentino dijo que lo había hecho mal tras recorrer 60 metros en una final de Copa en los que le dio tiempo a subirse al gallinero a apurar una caña, bajar y marcar el gol del triunfo, no sin antes dejar un surco en el verde con su miembro viril. En el insulto de todos los tiempos, Guardiola le llamó “atleta”, tremenda ofensa. El Madrid jugaba mejor sin él, decían. Quizá era verdad. Con Bale se limitaba a ganar. Cosa que, como todo el mundo sabe, es lo de menos.

Gareth Bale se duele del tobillo.

Los meses pasaron entre fogonazo y lesión. Cada pretemporada, un peinado estrafalario luchando contra la única batalla que se sabe perdida de antemano: el tiempo. Más músculos, buscando una salud que quizá no estaba en los gemelos, sino en su cabeza. Decían que hablaba castellano en la intimidad. Por lo que sea aquello enfadó al personal. Un día se lesionó y ya no volvió: cuando se quiso dar cuenta el equipo giraba en torno a una peonza llamada Isco y aparecieron tres Champions. La última la ganó él y ni siquiera se dio cuenta. Quiso reclamar su momento diez metros al lado de Cristiano Ronaldo trastocando el mundo del fútbol, ya es mala suerte. Otra vez intentó hacer un corte de mangas y no le salió. Hay cosas para las que hay que valer.

Un día se lesionó y ya no volvió: cuando se quiso dar cuenta el equipo giraba en torno a una peonza llamada Isco y aparecieron tres Champions

Bale se fue enroscando en sí mismo, como la boa que se traga su propia cola. Un juego de autoasfixia que nadie entendió (los juegos de autoasfixia nunca se entienden) en el que él se quedó persiguiéndose a sí mismo mientras la vida seguía por su propio camino. Enfadado con el mundo, sintió el Real Madrid como una cárcel de la que, sin embargo, quizá por agorafobia, se negaba a salir. Le sobraron dos años en los que se dedicó a golpear una puerta -la de salida- que parecía menguar y que quedaba más en el cuarto de atrás. No entendió que el Madrid puede ser injusto con uno, pero que uno no puede ser injusto con el Real Madrid. Así son las reglas, no las he hecho yo, Gareth.

Gareth Bale con Gales.

En su lucha denodada por despeñar su propia figura, entendió que era buena idea agarrarse a una carcajada detrás de una bandera que se choteaba del club que le pagaba con puntualidad británica, estuviese lesionado o no. Ya tienes que estar mal de lo tuyo para considerar que el Real Madrid es tu enemigo. Eso no lo piensa ni Joan Gaspart, hombre. Se hizo con el Mr. Bean de los representantes futbolísticos, en esa huida hacia adelante en busca de la pata metida.

Se va por fin. Era lo mejor para todos. Sobre todo, para él. Dentro de 40 años nos preguntarán por aquel Bale y no sabremos muy bien qué decir. Lo tuvo todo y aun así no funcionó. El amor, la vida, el Real Madrid.

 

Fotografías Getty Images.