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Emilio Butragueño, Patrimonio de la Humanidad

Emilio Butragueño, Patrimonio de la Humanidad

Escrito por: Federico Garcia "Lurker"29 junio, 2019
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Debió de ser hacia el año 1983 ó 1984 cuando supimos de su existencia. El Castilla marchaba en los puestos de cabeza de la segunda división, a base de un juego vistoso, divertido y eficaz. Ahí descubrí (y me atrevo a decir que descubrimos unos cuantos aficionados) al delantero que iba a cambiar muchas cosas en el fútbol de los años siguientes, un muchacho menudo y habilidoso que marcaba goles como si fuera la cosa más fácil del mundo: Emilio Butragueño.

Cuando leí su nombre en la prensa por primera vez, se adivinaba que iba a terminar esa temporada como máximo goleador de segunda división, al contar con una notable ventaja sobre el segundo: el delantero centro del Bilbao Athletic, un chaval desgarbado, patilargo y algo torpe llamado Julio Salinas. Al final, el trofeo fue para Salinas, debido a que Butragueño dejó de jugar varios partidos en el Castilla para hacerlo en el Real Madrid. Curiosidades y ligeras injusticias de la vida, que parece complacerse en esas pequeñas aberraciones.

El fogonazo que supuso la llegada de Butragueño al primer equipo está demasiado cercano como para que sea necesario gastar unas líneas en su evocación. Otro tanto cabe decir de los años exitosos que siguieron y de la parte que a Emilio le corresponde de esa tarta; todo eso aún se conserva fresco en los archivos de la prensa y en el de nuestra memoria, y no hay que insistir en ello.

Lo que pretendo resaltar en estos párrafos es lo que significó el fenómeno Butragueño en un aspecto quizá accesorio (y sin embargo central) del fútbol: la recuperación de su sentido original como un juego. Viendo al muchachito rubio, parecía que de pronto el fútbol era eso a lo que se jugaba en el patio del colegio Calasancio, una diversión químicamente pura, un disfrute elemental e infantil; las diabluras que Emilio realizaba con el balón (los regates, los amagues, las pillerías) eran como unas travesuras entre compañeros de juegos que tratan de burlar al rival con el que tomarán un refresco y reirán al final del partido.

Quiero decir, en una palabra, que Butragueño recuperó para nosotros (para mí, al menos) la alegría de jugar al fútbol. Un partido ya no era un combate agónico, una actividad entre física y bélica de la cual uno sale agotado y con un gesto feroz u hosco, sino una pelea divertida que le deja a uno sin fuerzas pero con una sonrisa, sensación de plenitud y ganas de volver a ello cuanto antes.

parecía que de pronto el fútbol era eso a lo que se jugaba en el patio del colegio Calasancio, una diversión químicamente pura, un disfrute elemental e infantil; las diabluras que Emilio realizaba con el balón (los regates, los amagues, las pillerías) eran como travesuras entre compañeros de juegos que tratan de burlar al rival con el que tomarán un refresco y reirán al final del partido.

Temo que se pueda malinterpretar lo que quiero decir: no estoy hablando de jugar al fútbol con tutú y que el lugar del árbitro con su silbato lo ocupe una orquesta interpretando el Cascanueces; al fútbol se juega, antes y después de Butragueño, con todas las ganas del mundo, y del partido sale uno a menudo magullado, sudado y hasta con alguna pequeña herida o un chichón, eso no se discute. Pero Butragueño nos recordó que se puede disfrutar del juego con una alegría adolescente que se nos estaba olvidando. De alguna manera, es similar a lo que ha hecho Pablo Laso con el baloncesto, recuperando el juego vistoso y divertido que parecía enterrado.

Es una lástima que hiciera fortuna el apodo de “buitre” que se le adjudicó, seguramente por semejanza fonética con su apellido. Pocas imágenes hay más alejadas de la alegría de su juego que la del antipático carroñero. Deberían haberle bautizado con el nombre de algún pajarillo simpático, o de algún cachorro juguetón, como los de los felinos, cuyas peleas pueden causar heridas por arañazos o mordiscos, pero sin salir del ámbito festivo.

Yo guardo una gratitud enorme a Butragueño, a quien me gusta llamar para mis adentros cariñosamente “Emilín” como homenaje a un chavalín eterno, con mirada pícara, al que le encanta hacer diabluras con el balón. Por eso, me duele que el papel que desempeña ahora en el Real Madrid (seguramente, a las mil maravillas, porque le tengo por persona bien preparada) lleve el pomposo nombre de director de relaciones institucionales; a mí me presentan a alguien con ese título y me dan ganas de ponerme una corbata negra. Debe de resultar muy difícil sonreír con malicia o guiñar un ojo con picardía cuando uno es el circunspecto director de relaciones institucionales del Real Madrid. Y es cruel que quien nos ha proporcionado horas de luminosa felicidad cargue con esa ominosa denominación. Propongo que alguien en la cúpula directiva se apiade de él y de nosotros y busque un nombre menos abrumador para ese puesto.

Se dice que Mendoza recriminó a Leo Beenhakker por no alinear a Butragueño en un partido de la copa de Europa, y calificó al jugador de “patrimonio del club”. Yo me atrevo a ir un paso más allá: el futbolista que nos devolvió la alegría infantil del juego puro debería ser declarado patrimonio cultural de la humanidad. Que alguien lo haga llegar a la UNESCO. Ya están tardando.