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Benzema en lo de Valdano

Benzema en lo de Valdano

Escrito por: Antonio Valderrama13 octubre, 2020
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Aparecía Benzema en el Universo Valdano de Movistar con una sencillez en el atavío que ilustra su reconversión crepuscular como futbolista: una camiseta blanca de austeridad estoica, una delgadez que desprende salud (hay otra delgadez, la mala, la de la enfermedad, pero la de Benzema es la menudez del campesino, del hombre trabajado y fibroso) y una sonrisa brillante. Más beduino que nunca (el paso del tiempo acentúa los rasgos genéticos) Benzema parece un fellah egipcio, tiene el fenotipo y el tizne de la piel, aspecto subrayado además por la barba. Charlaba con Valdano y en el plano-contraplano era entretenido comprobar quién estaba más moreno, en una competición de la que sin duda sale ganador el madridismo, que rejuvenece su semblante a veces demasiado solemne y de una palidez de cuadro del Greco con la tez bronceada y alegre de estos dos iconos modernos. Se desenvuelve Benzema en un gran español, algo que siempre resulta agradable, signo inconfundible de aculturación con el Madrid y con España. Conserva todavía ese arañazo de gato en el flequillo con el que apareció por Madrid hace ya once años, con la piel mucho más blanca y la cara de un adolescente tímido asustado por la ocasión y el escenario.

Benzema presentación Real Madrid

Algo de esa timidez sigue manteniendo todavía cuando Valdano le interpela por el Karim íntimo que no habla mucho con la prensa y al que el gran público quiere conocer. «Yo hablo ahí» y señala el campo, risueño, a pesar de que por sus ademanes, por su forma de caminar por Valdebebas, tenga ya el porte del que se sabe con mando en plaza. Así es como uno se imagina a Puskas andando por la antigua Ciudad Deportiva. Hay un cierto simbolismo relacionado con eso en el hecho de que sea Valdano, quien lo ha sido todo en el club como decía hace poco Jesús Bengoechea, quien nos introduzca a ese Benzema personal (como si no se pudiera conocer a alguien por su manera de jugar al fútbol, claro, ya lo sabía Camus eso). Valdano, que es el hombre que mejor sabe contar el madridismo, invitándolo a su universo, lo presenta, lo avala ante el santo sínodo madridista: ecce homo, aquí hay un nuevo hombre que también pertenece a nuestro olimpo, señores. Así es como hay que interpretar también esta entrevista, como la legitimación definitiva de Benzema como parte integral de la tradición histórica madridista.

Así es como hay que interpretar también esta entrevista, como la legitimación definitiva de Benzema como parte integral de la tradición histórica madridista

Es curioso que la banlieue francesa que acomodó a la mayoría de los refugiados de la guerra argelina de independencia y que cobijó a aquellos nuevos franceses en la metrópoli haya dado a dos de las figuras fundamentales del Madrid del siglo XXI. Zidane y Benzema comparten origen étnico y sociocultural: La Castellane, arrabal de Marsella, y Bron, ciudad-dormitorio de Lyon, son lugares culturalmente abigarrados, con fama de violentos, relacionados con disturbios históricos recientes o con actos de terrorismo yihadista. Lugares «muy vibrantes y muy duros» como definía Zidane a Marsella, donde «aprendí el deseo de no parar de luchar, de pelear intensamente por cada partido, de jugar intensamente cada día». En ese entorno asimilado a la Nápoles de Gomorra, de narco-cultura urbana, polígonos industriales, vagones del metro pintarrajeados, arquitectura modernista dejada de la mano de Dios, rap, bandas y «danza con los lobos» con la policía como se dice en el argot de la calle allí, han surgido dos espíritus hipersensibles que entienden del mismo modo el fútbol. «Gigantes con pies de niña» como los definen los hermanos Del Riego en La Biblia blanca, «ágiles como montañeros del Atlas». Para estos dos hijos de la emigración beduina en Francia, el fútbol es una expresión del movimiento. «En la calle hay sólo un balón, pero mucha gente: tú tienes que aprender más que los otros», le dice Benzema a Valdano. «Tuve la suerte de jugar con los mayores. Aprendí a jugar a uno o dos toques, a mover, a mirar». Como Zidane, Benzema juega con el universo en la cabeza, por eso parece que no necesite ver para saber dónde están los compañeros y la portería. Es el «fútbol estrecho» como lo bautizó John Lichfield en un reportaje sobre Zidane para The Independent en 2002. Lichfield se fue a Marsella a indagar sobre los orígenes de ZZ y observó las alamedas de adoquines rosas y deteriorados abiertas entre filas interminables de bloques de pisos blancos. Eran espacios largos y angostos donde era imposible concebir el fútbol por las alas, el fútbol, por así decirlo, amplio: los niños tenían que aprender a jugar por dentro y a hacerse invisibles, atravesar paredes como fantasmas, zigzaguear escurriéndose como el agua por el medio de esas melés humanas que recordarían seguro al primitivo calcio de la Italia del Renacimiento.

Zidane y Benzema

Esto de aprender de los mayores también es importante porque remite a esa meritocracia primitiva que se da también en la calle. Para evitar «los palos» de los mayores, como dice Valdano, el niño tiene que ser rápido, intuitivo y escurridizo, cualidades con las que tiene que ganarse el respeto espontáneo de los viejos. El respeto, que lo es todo en el mundo analógico y antiguo, es un valor sagrado para esa primera y segunda generación de emigrantes norteafricanos en Francia, «condenados a la excelencia» para ascender en la muy rigurosa y clasista sociedad de acogida. «Mis padres me enseñaron que cuando habla alguien mayor hay que callar y escuchar», le dice Benzema a Valdano. «Mi familia es muy grande y no sólo importa Karim, que juega en el Madrid. Cuando voy a Francia me quedo con ellos y vivo como viven ellos, nada de relojes, de coches…» Son historias de humildad, «gerontocracia» y respeto a las raíces muy parecidas a las que se cuentan de Zidane (padres exigentes, rigurosos, pero justos) y aquí puede estar una de las claves de la asombrosa vinculación de estos beures (término peyorativo con el que se conoce a los franceses de origen magrebí) con la identidad madridista: esto es puro bernabeuísmo, el formarse como hombres antes que como futbolistas o como cualquier otra cosa en la vida. «Un futbolista tiene que ser una buena persona», decía don Santiago. Es imposible no recordar la anécdota aquella de Bernabéu mandando retirar con una grúa el coche de lujo de una de sus estrellas internacionales del aparcamiento de la Ciudad Deportiva, por ostentoso. Familia, trabajo, tradición, sacrificio (una palabra que Benzema no para de repetir en la entrevista) raíces y ese desapego exterior por el dinero y el lujo: el viejo Madrid.

«Mi familia es muy grande y no sólo importa Karim, que juega en el Madrid. Cuando voy a Francia me quedo con ellos y vivo como viven ellos, nada de relojes, de coches…»

Lo que dice de su padre («mi padre me exigía mucho, me decía muchas cosas para que diera más, que metiera más goles, goles, goles») me recuerda a lo que también escribieron del Bernabéu los hermanos Del Riego: «el Bernabéu es el estadio más poderoso del mundo porque marca a fuego a sus jugadores hasta doblegarlos y convertirlos en madridistas, por eso el Madrid nunca es un equipo perfecto». Benzema no es un delantero perfecto, sencillamente es un delantero que ha establecido un nuevo paradigma, el del fútbol contemporáneo. Si la concepción clásica del 9 puro era la de un llanero solitario que habitaba un territorio fronterizo con la locura, como el del portero de toda la vida, reyes sin tierra, Benzema inaugura una estirpe de delanteros comunitarios, socialistas, «multidisciplinares»: «si no te llega el balón, y no sabes hacer nada más que meter gol, tenemos un problema, ¿no?». Delanteros que no son delanteros para que el equipo pueda sacar agua del desierto cuando lo necesite. «El fútbol ha cambiado mucho», le dice a Valdano, y es verdad: para que un equipo pueda sobrevivir enganchado a un capocannoniere, tiene que un Cristiano Ronado, y aún así es casi imposible sobrevivir en la era de la velocidad, la precisión y la presión a todo campo durante 90 minutos como la Grecia de Otto Rehagel. Es decir, más allá de un torneo corto. Igual que en Roma el Estado estaba hecho a imagen y semejanza de la familia, Benzema tuvo que convencer antes que nadie a su padre, y luego al Bernabéu, que es el Gran Padre del cosmos balompédico: el Madrid se asemeja siempre a todas las superestructuras que en el mundo han sido.

Benzema Atlético Calderón

«Confianza y a trabajar», le dijeron en las categorías inferiores del Lyon. Porque el talento sin más acaba siendo una flor marchita. Con 17 años tenía ya la ética calvinista del esfuerzo («trabajar más que otros») y la audacia («sólo me puede sentar Ronaldo») de una leyenda del Real Madrid. Al cliché por antonomasia («Benzema es un nueve y medio») responde con el fútbol estrecho de la calle, de la banlieue: yo soy toque, movimiento, las claves del fútbol del siglo XXI. Cuando habla de su madridismo infantil es cuando uno comprueba los frutos de la evangelización florentinista a través del galacticismo, aquella política de expansión simbólica que los tontos del lugar ridiculizaban, pidiendo Sergios y