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Por qué soy valdanista

Por qué soy valdanista

Escrito por: Jesús Bengoechea3 octubre, 2020
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Hoy cumple años Jorge Valdano. El personaje puede caer bien, mal o regular, como todos los personajes, pero estaremos de acuerdo en que a muy poca gente se le puede negar la deferencia de felicitarle en su día. Yo se la brindo con satisfacción porque a mí, adelantémoslo con el paraguas semiabierto, la balanza de desinformados pros y contras que siempre conforman tu juicio de un personaje público me sale francamente favorable.

Pocas personas han tenido un papel destacado en tantas áreas del club como Jorge Valdano. Para encontrar a alguien que también haya sido jugador, técnico y alto directivo te tienes que remontar al predistefanismo (el propio Bernabéu o el criminalmente olvidado Hernández Coronado son casi los únicos que vienen a mi mente). En otras palabras: Valdano te puede caer bien, mal o regular, pero le tienes que reconocer que ha sido alguien en el Real Madrid, por no decir que ha sido no menos de tres álguienes con muy dispares competencias.

Valdano con Hugo

Valdano fue un jugador mejor de lo que la gente dice o cree, y desde luego mejor de lo que él mismo ha opinado. A mí me gustó especialmente el tramo final de su carrera, antes de que le retiraran entre la hepatitis y Bilardo. Por entonces había evolucionado en su juego de un modo encomiable aun no perteneciendo a ninguna de las dos quintas (la del Buitre y la de los machos) que se disputaban el cetro de la brillantez de aquel Madrid ochentero. Valdano era un pánzer clase media, un gregario de lujo, un nexo de unión entre ambas camarillas, una bisagra en el ataque. Pero al final se convirtió en más que eso, no sabemos si por exigencia del entrenador o por voluntad propia (apostamos más a lo segundo), desarrollando una labor de media punta mucho más abnegada y creativa a la vez, que se desmarcaba del mero papel de rematador o chupagoles. En esa interesante transformación se encontraba cuando aquella enfermedad truncó el proceso, no sin antes permitirle ganar un Mundial con Maradona.

Pocas personas han tenido un papel destacado en tantas áreas del club como Jorge Valdano. Para encontrar a alguien que también haya sido jugador, técnico y alto directivo te tienes que remontar al predistefanismo.

Ya como jugador dejó varias de las perlas dialécticas que hoy son de uso común en el mundo del fútbol. Tal vez tu hijo no sepa que lo del famoso “miedo escénico” lo inventó él. Es una expresión que en buena lógica debería haber parido algún intelectual futbolero (los hay) desde su tribuna en el lateral de Castellana. Aquí no fue así. La expresión, que hizo fortuna para describir el ambiente de las noches europeas del Bernabéu, flotó de abajo a arriba, del césped a la grada, entregada al mundo por uno de los protagonistas directos de esa alquimia. No se conformó con remontar al Anderlecht y al Borussia y al Inter, sino que tenía que explicarla también. Tenía que ser cronista. Algunos escribimos con la secreta ilusión de convertirnos en personajes literarios, así que puedo entender tamaño afán acaparador más allá del hecho de que Valdano sea argentino. José María García, de cuya enemistad siempre se ha preciado, dijo de él que era “demasiado inteligente para ser futbolista”, sin que el ilustre periodista especificara el cociente mental necesario para sentarse ante un micrófono en la Hora Cero.

La expresión, que hizo fortuna para describir el ambiente de las noches europeas del Bernabéu, flotó de abajo a arriba, del césped a la grada, entregada al mundo por uno de los protagonistas directos de esa alquimia. No se conformó con remontar al Anderlecht y al Borussia y al Inter, sino que tenía que ser cronista también.

Como entrenador siguió dejando perlas, antes incluso de llegar a Concha Espina, siendo la más célebre la expresión de aquel deseo profético emitido después de privar de dos Ligas y una Copa, desde el banquillo del Tenerife, al equipo de sus sueños. “Algún día espero devolver al Madrid todo lo que le he quitado”. Nunca antes ni después, como aficionado vikingo, he sentido algún alivio ante el hecho de que fuera uno de los nuestros el que nos desposeyera de un título. Nunca antes ni después el sindiós de verme perjudicado por uno de los míos ha alcanzado un cierto sentido apenas balsámico, allá donde el corazón hace las paces con la profesionalidad y el forofo no suele entenderlo.

valdano entrenador real madrid

En honor a la verdad, hay que decir que como técnico no pudo devolver al Madrid tanto como le había quitado, no tuvo tiempo suficiente, pero ahí estuvo. La Liga que logró al mando de los Redondo, Zamorano, Amavisca o Laudrup pervive como una de las páginas más vistosas y memorables de la historia deportiva y estética del club. Pocos madrides han jugado mejor, y aunque así no fuera merecería Valdano un lugar primordial en la gratitud del aficionado por el simple hecho de haber apostado por Raúl siendo este un mocoso de diecisiete años. Muchos años después, Ancelotti confesaría su aversión a la idea de convertirse en el hombre que jubiló a Casillas. A Valdano no le tembló el pulso para ejecutar la condición imprescindible para dar a Raúl su oportunidad: jubilar a Butragueño. Ser lo suficientemente viejo para haber vivido lo del Buitre como fenómeno sociológico no da para entender los arrestos necesarios para hacer algo así, porque se da la circunstancia de que Butragueño era además su excompañero y su amigo. El valor que demandaba esa decisión está al alcance de muy pocos. Imagínate si además aquello le hubiera salido bien. (Nota: le salió bien).

Muchos años después, Ancelotti confesaría su aversión a la idea de convertirse en el hombre que jubiló a Casillas. A Valdano no le tembló el pulso para ejecutar la condición imprescindible para dar a Raúl su oportunidad: jubilar a Butragueño.

Su aproximación tradicionalmente amigable con los medios -salvo con García- no debe ocultar los palos que recibió de la prensa. En gran alarde de honestidad, aseguró no contar con Zamorano al comienzo de aquella temporada, para recular después ante el rendimiento del chileno. En movimiento precursor de las críticas al VAR (por acertar) que vivimos hoy, se le criticó esa afortunada reconsideración de sus ideas, y se le recordó una y otra vez con acritud. ¿Y qué tiene de malo cambiar de opinión si es para ganar? “No me pagan por tener siempre razón”, replicó. Cierto. Le pagaban para meterle cinco al Barça, fuera con un hat trick de Zamorano o de la gallina Caponata, pese a que ninguno de los dos entrara en sus planes iniciales.

Hasta que llegó el Madrid de Cristiano, Zidane y las cuatro de cinco, fue sistémico en el Madrid que sus grandes equipos no duraran mucho . El Madrid del Valdano entrenador también fue fugaz, como lo sería no tanto después la Quinta de los Ferrari. Está la fuerza de la gravedad, y luego está la fuerza de autodestrucción del Madrid en el éxito. Al año siguiente, con parecidos o mejores mimbres, se fue todo al traste. El ambiente del equipo se enrareció, como lo hizo su relación con algunos jugadores muy importantes, sin que el aficionado tuviera elementos de juicio suficientes para dilucidar si Valdano había dado muestras imprescindibles de autoridad o de falta de mano izquierda. En una de sus primeras decisiones como presidente, Lorenzo Sanz lo despidió.

La Liga que logró al mando de los Redondo, Zamorano, Amavisca o Laudrup pervive como una de las páginas más vistosas y memorables de la historia deportiva y estética del club. Pocos madrides han jugado mejor.

Tienen que pasar un par de Copas de Europa antes de que volvamos a verlo en la Casa Blanca, esta vez de traje y corbata. Hay dos fases. En la primera gana la importantísima Novena en el año del Centenario. Más tarde termina echando a Del Bosque y trayendo a Queiroz. Entre los grandes misterios de la humanidad figura la maldición de reproches sempiternos que este movimiento acarrea para Florentino todavía hoy, mientras el prestigio mediático de Valdano sufre una merma solo temporal. Hay también mérito en ese irse de cuasi-rositas, supongo.

Hay, claro, una segunda fase, si es que cabe ese eufemismo para designar una tormenta. Su primer año como directivo en esa segunda fase le sirve a Pellegrini para poder presumir para los restos de puntaje, lo que bien mirado constituye un prólogo lo suficientemente inane y simpático a lo que está por llegar. Lo que está por llegar pondrá al Madrid patas arriba, a Valdano contra las cuerdas y a muchos de nosotros en las fauces tenebrosas de la llamada yihad. Nos hicimos mourinhistas, lo que de súbito implicaba, no se sabe muy bien por qué, denostar a Valdano.

Yo no entendía la razón. La lucha entre ambos se advertía a leguas, pero ¿era necesario aborrecer a uno para apoyar al otro, desde la grada o nuestras cuentas de Twitter? ¿No era posible ser a la vez mourinhista y valdanista, a la manera en que un amigo que está en medio reza para que los otros dos hagan las paces? A pesar de la imposibilidad metafísica de ser a la vez valdanista y mourinhista, yo milité en ese equipo. Hasta la fecha no he encontrado a nadie más a bordo, y mira que he revisado todas las escotillas. Voy solo en el barco. Estas cosas van así, en bloques. Pasa con el fútbol, pasa con la política, pasa con el arte. Es imposible ser a la vez mourinhista y valdanista por las mismas razones por las que si eres de derechas eres proisraelí y antieutanasia, y lo contrario si eres de izquierdas. Por las mismas razones por las que es imposible ser de Fincher y de Nolan. No está contemplada mi opción, ni siquiera en estos tiempos de severo respeto a las minorías. Señor, no tenemos esa casilla. Ello no me impidió, en su momento, escribir un “Por qué soy mourinhista” para continuar un “Por qué soy capellista”, prometiendo que algún día despacharía un “Por qué soy valdanista” que no llegué a escribir, por esas cosas de la