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De qué manera y por qué soy mourinhista

De qué manera y por qué soy mourinhista

Escrito por: Jesús Bengoechea4 agosto, 2015
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Salvo error u omisión, hoy se cumple exactamente un lustro del primer partido (en este caso amistoso) que el Real Madrid disputó bajo las órdenes de José Mourinho. Fue en San Francisco, ante las Águilas de América y como parte de la gira estadounidense que precedió a la primera de sus tres temporadas en el club. Esta efeméride, puramente anecdótica, me sirve como excusa para hablar un poco de Mou.

-¿Y qué excusa necesita usted para hablar de Mourinho cuando su nombre no ha abandonado jamás el debate a lo largo de estos cinco años?

Pues es verdad. Casi habría que buscar excusas para NO hablar de Mou, cuyo legado permanece en permanente y enconada discusión. Me acusaba Antonio Hualde en un artículo publicado en esta misma revista, artículo del que disiento profundamente, de desear la vuelta de Mourinho al Real Madrid, tildándome de mourinhista en algún otro punto de su diatriba. Si bien tengo sentimientos encontrados sobre este particular (en el sentido de no considerar positivo para el club el que una parte de su afición, muy activa en redes sociales, ejerza un viudismo paralizante en relación a la figura del técnico de Setúbal), lo cierto es que estoy relativamente cómodo con el término o en el término, y que no vería con malos ojos una posible –aunque altamente improbable - vuelta de Mou una vez Benítez nos haya brindado la 11ª, 12ª y 13ª. Coincide la acusación de Hualde (no infundada, como explícitamente admito) con la publicación reciente, también en La Galerna, de una entrevista con Isidoro San José encabezada por un titular rotundo: “Mourinho no nos dio nada”. Se equivoca a mi juicio el que fuera excelente defensa en el Madrid de las remontadas ochenteras, y trataré de explicar por qué lo creo, subdividiendo mi explicación en dos: por qué me hice mourinhista primero, y por qué sigo siéndolo a continuación. Finalizaré tratando de acotar el modo en que profeso el mourinhismo, pues hay muchas formas de ser de todo, incluido esto.

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Si fui mourinhista durante el mourihismo fue, en primer lugar, por mi tendencia natural a ser del entrenador del Madrid en cada momento. No negaré, empero, que Mourinho me fascinó por circunstancias que le son propias e intransferibles. Nada tengo de extraño en eso. Hay audios de José Joaquín Brotons donde dicho periodista muestra su arrobo hacia la figura del técnico.

Muchas cosas me fascinaron y entusiasmaron sobre Mourinho. En primer lugar, se distinguía por una trayectoria previa de fulgurante éxito, lo que desde luego constituía un aval para un eventual éxito en el Madrid (éxito finalmente discutible, aunque me incluyo entre quienes piensan que no fue poco bagaje deportivo el que dejó en relación al poder sin parangón –tanto futbolístico como institucional- de su máximo rival).

Además, en medio de ese contexto de dominio barcelonista, venía con una propuesta que me sedujo por su inteligencia. Nada más llegar al Madrid, esto se recuerda poco, Mou estableció una buena relación con los medios, y concedió no pocas entrevistas en las que se hablaba de fútbol y nada más que de fútbol. En una de ellas, creo recordar que para ABC, venía a decir: “El Barça está seduciendo a todo el mundo y con toda justicia. Para qué voy a intentar jugar como el Barça si jamás voy a superar a quien lo borda de ese modo. Para qué quiero ser el segundo mejor equipo que juega como el Barça. Prefiero dirigir al equipo que mejor practica otro tipo de fútbol, distinto al del Barça”. Desde el principio quedé enganchado a la sabiduría de ese propósito, cuajado de sentido común.

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El comentario, además, era enormemente respetuoso con el club catalán. Era un comentario pleno de auténtico señorío, del de verdad, y fueron (aunque se pasen por alto) numerosas las perlas de este tipo que dejó durante su estancia en el Madrid. Hasta en la misma e iracunda rueda de prensa post-Obrevo (repasen) emitió Mourinho tantos elogios a la categoría del Barça como exasperados ¿Pur qué?s. Es esta una verdad que tienden a escamotearnos quienes seguían sacando a relucir el desgraciadísimo incidente del dedo en el ojo del malogrado Tito Vilanova cuando incluso este había pasado página públicamente, reconociendo incluso de manera implícita que su propio comportamiento en la noche de marras, antes de lo del dedo, tampoco fue de lo más edificante. Sin que esto sirva para justificar en absoluto el vergonzoso proceder del de Setúbal en aquel arrebato, como tampoco su falta de arrepentimiento público posterior.

¿Consiguió Mourinho llevar a buen puerto ese propósito de dar forma al mejor equipo del mundo en un estilo radicalmente distinto al del Barça? A mi juicio sí, y dicho logro se plasmó en la Liga de los récords. Le duró poco, es cierto, y las razones que explican el carácter efímero del éxito de Mourinho en el Madrid darían para otro largo y (nuevamente) enconado debate. Pero algo queda, y lo que queda es la belleza pasajera de un Madrid imperial cuya gloria desfiló ante nuestros ojos de manera tan fulgurante como uno de los contraataques que ejecutaba: cuando nos quisimos dar cuenta, no quedaba rastro de aquello. En su condición vertiginosa, tanto en su fútbol como en la rapidez con que se nos fue, aquel Madrid recobró también la impronta de quien por definición tiene que estar en la pomada final de Europa, lugar que habíamos lastimosamente perdido. “El semifinalista”, le han llegado a llamar despectivamente muchos de quienes previamente celebraban –en público o en secreto- el devenido carácter octavofinalista de nuestras huestes.

El tercer aspecto era de orden anímico, y me producía una empatía inusitada. En todos mis años de madridismo, nunca he visto a otra persona en el club que me traslade de manera tan inequívoca hasta qué punto el hecho de que el Real Madrid pierda es para él tan inaceptable como lo es para mí.

-No se usted ingenuo. Mourinho, es verdad, odiaba perder, pero no por el Madrid. No le sublevaba el hecho de que el Madrid perdiera. Le sublevaba el hecho de perder él. Asimismo, no quería ganar por el Madrid. Quería ganar para satisfacer su ego.

De entre todos los argumentos antimourinhistas que proliferan, este me parece el más inane de todos, porque se resuelve con un simple “¿Y qué más da?”. El hecho es que perder le resulta intolerable, lo que sin duda le moverá a activar todos los resortes necesarios para que no suceda tan infausta cosa. Eso es lo relevante. Escudriñar en las razones por las cuales no aceptaba (y no acepta) perder supone un ejercicio de desgaste innecesario. Vendría a ser como si una pareja, en medio del refocile erótico, sufre un repentino parón por culpa del escorzo de uno de los interesados.

-No sigas. Me acabo de dar cuenta de una cosa. Nunca se me había ocurrido pensarlo. ¡Esto lo haces para obtener placer tú!

Claro que Mourinho adoraba ganar (y se lo llevaban los demonios al perder) primordialmente por razones de ego (y secundariamente, estoy seguro también, por apego a la empresa que le paga). No me parece en eso muy distinto a Cristiano Ronaldo, Raúl, Stielike u otros ganadores natos con los que hemos contado en nuestra Historia. La diferencia quizá es que él, en su característica sinceridad, lo dice abiertamente. Sí,  lo hacía sobre todo en su propio beneficio. ¿Y? ¿No te interesa encontrar algún aliciente en la búsqueda desbocada de su propio placer que tu compañera/o de quehaceres venéreos lleva a cabo? ¿No te interesa, como aficionado, beneficiarte del éxito colateral que te va a acompañar cuando Mourinho gane superegoísticamente? Es un egoísmo que, insisto, para nada excluye el afecto del egoísta por la entidad que le paga.

Esas fueron, en síntesis, las razones que me impulsaron al mourinhismo durante la era de Mou.

Las razones que hacen que siga considerándome mourinhista a día de hoy son sobre todo dos: la infinita torpeza y obsesión semi-paranoica que revelan la mayor parte de los argumentos anti-mourinhistas que se manejan en esta discusión, permanentemente abierta, y la conciencia creciente de la bondad del legado sociológico del portugués (si bien este tiene también, como se verá, un reverso negativo).

Una de las cosas que más inducen al pasmo en el anti-mourihismo es cómo, en medio de la abundancia objetiva de razones para criticar a un hombre no exento de máculas, escoge siempre las razones equivocadas. Todavía no entiendo cómo nadie le sacudió con dureza, y por las razones correctas, en la rueda de prensa que siguió al traumático partido de vuelta contra el Dortmund, cuando el equipo remó en el afán de una remontada épica para morir en la orilla de un 2-0 insuficiente. Haciendo gala de una falta de sensibilidad terrible, brillaron por su ausencia palabras de agradecimiento para los jugadores, o de aliento a una afición que se había comportado ejemplarmente en una de las noches más aciagas que se recuerdan. Pudiendo afearle cosas así, la prensa se empeñó siempre en ponerle a caldo por cosas tan nimias como su tendencia a pedir explicaciones a los periodistas que escriben cosas que le resultan injustas, y aún hoy hay quien le culpa de la salida, aparentemente bochornosa, de Iker Casillas dos años después de la partida del luso, como si fuese metafísicamente posible una alta correlación entre ambas variables.

Su legado sociológico, aunque ambivalente, me parece muy estimable. Hay en el madridismo un antes y un después de Mourinho. El madridismo actual es menos proclive a aceptar vejaciones, y me parece bien. Había (hay) un concepto rancio y denigrante del manoseado término “señorío” que básicamente consiste en no protestar nunca, no dar patadas nunca, no opinar nunca sobre los estamentos cuando todos tus adversarios alrededor no hacen sino protestar, dar patadas y opinar como cotorras sobre los estamentos y las madres de estos. Ese concepto erróneo del señorío ha quedado tocado de muerte, sociológicamente hablando, gracias a Mourinho, que es el único tipo que ha pasado por aquí recuperando el verdadero señorío: el de Santiago Bernabéu, un señor (ahí están los vídeos) que opinaba sobre los árbitros o los rivales sin pelos en la lengua. Y me adelanto: si Mourinho pensaba en Bernabéu cuando actuaba como él, o si solo lo hacía en sí mismo, es precisa y exactamente lo de menos.

Claro está que existe el reverso oscuro de tod