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El caso Jovic

El caso Jovic

Escrito por: Antonio Valderrama19 mayo, 2020
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Me ha gustado mucho The Last Dance, la fantástica serie documental sobre los Chicago Bulls de Michael Jordan. Entre otras cosas, también por la oportunidad que le brinda al gran público de entender que el deporte profesional al más alto nivel no se reduce a las andanzas de un grupo de niñatos frívolos y multimillonarios. Ahora, por fin, gracias a una gran producción de Netflix, se puede atisbar algo de todo lo trágico y literario que tiene la aventura de unos tipos especiales que libran su guerra de Troya particular cada día de cada mes de cada año, a lo largo de carreras profesionales que siguen, en el caso de los elegidos como Jordan, el arco argumental del héroe clásico. De entre tantas cosas de interés que caben en este documental, me ha llamado la atención la inteligencia emocional del entrenador, Phil Jackson. En particular, el modo en que condujo a Dennis Rodman, hombre difícil cuya leyenda de extravagancia e imprevisibilidad es bien conocida. Y con Phil Jackson, quien me ha venido a la cabeza ha sido Zidane y su manera de afrontar este año los problemas que ciertos futbolistas jóvenes, como Luka Jovic, Vinícius o Rodrygo, están teniendo para adaptarse a la vida en el Real Madrid.

Hay una frase, pronunciada por Jordan en el primer capítulo, que, de memoria, venía a decir algo así como que él jamás permitiría que “ningún tipo en traje” estableciera las normas dentro de la cancha. Que eso era cosa de ellos, de los jugadores. Me trajo a la mente aquello que se hizo célebre con una portada de Marca, en el principio del final del mourinhato, un supuesto choque dialéctico entre Sergio Ramos y el entrenador en el que el defensa le dijo “Míster, al final, si no has sido jugador, es muy difícil”. Ramos aludía a la comprensión por parte del que manda de la psique del deportista. Aquello produjo un ruidoso alboroto porque el momentum era terrible: empezaba a revelarse la fractura interna entre el capitán del equipo e icono madridista, Casillas, y un entrenador al que España le había proclamado una fatwa. Ramos, expresándose con espontaneidad en medio de un entrenamiento, se convirtió en algo así como en un proscrito para legiones de aficionados que desde entonces, ni siquiera con cuatro Copas de Europa (tres, seguidas, levantadas por él, de por medio) le han levantado el castigo de su infinito desprecio.

Eran aquellos los días de la meritocracia, una teoría que, como la del igualitarismo en la ciencia política, ha causado estragos, generalmente por las adhesiones doctrinales que suscita. La teoría meritócrata, en esencia, elimina la diferencia entre los individuos, reduciéndolos, si se la lleva hasta el final, a meras unidades reemplazables. El Nuevo Hombre del Mérito nace así como producto de un orden de cosas cuya regla fundamental, diría que única, es un esfuerzo entendido como algo a medio camino de la disciplina marcial y la asunción robótica de unas directrices predeterminadas por la única cabeza pensante. Que naturalmente, es la del entrenador. Gente como Rafa Benítez o el mismo Mourinho han sido los últimos exponentes de esta idea, que, en particular desde el trienio mourinhista, se ha convertido en el Nuevo Testamento para buena parte del madridismo en Internet.

En The Last Dance se nos ilustra el estilo de dirección técnica de Phil Jackson con una anécdota: en mitad de la última temporada de aquel equipo memorable, Rodman le pide a Jackson unas insólitas vacaciones. A punto de colapsar emocionalmente, el jugador requiere una licencia que, desde el punto de vista estrictamente meritocrático, suponía un agravio comparativo con respecto al resto de sus compañeros. Pero Jackson se la concedió. 48 horas en Las Vegas, dos días de desconexión salvaje, un carnaval personal antes de la cuaresma. “Phil me entendía”, confiesa Rodman, años después. “Sabía que yo era diferente”.

Luka Jovic llegó al Madrid el pasado verano precedido por la fama de ser una de las promesas del fútbol europeo. Su precio no se lo ponía fácil, porque ya se sabe la importancia que este detalle tiene sobre la conciencia de los futbolistas: han pagado 60 millones de euros por mí, tengo que demostrar de inmediato que los valgo. Sin hablar una palabra ni de español, ni de inglés, Jovic es un veinteañero serbio que a pesar de su breve trayectoria ya ha conocido la miel y la hiel: su debut como profesional fue marcar, tres minutos después de entrar en el partido, el gol que daba el título de liga al equipo más grande de Serbia, el Estrella Roja de Belgrado. Cuando fichó por el club, siendo un niño, sus padres no tenían el suficiente dinero ni para establecerse en la capital ni para ir y volver entre partido y partido de los juveniles. Naturales de Batar, a seis kilómetros de la frontera serbia, pero en Bosnia, en la república autónoma serbobosnia, el pueblo quedaba demasiado lejos. Así que Jovic se tumbaba entre mantas y almohadas, en la parte posterior del coche, y dormía. Su padre se quedaba fumando toda la noche para calentar el vehículo, aparcado frente al Pequeño Maracaná. Quizá por el recuerdo de aquellas estrecheces, cuando el Benfica se lo llevó a Lisboa, a Jovic se lo tragó la noche. En Frankfurt, la paternidad y los goles lo devolvieron a la senda del futuro al que parecía predestinado como la siguiente estrella del firmamento yugoslavo.

De los goles de Jovic dependían, sobre el papel, muchas de las posibilidades del Madrid en tanto que aspirante renovado a ganarlo todo, después de un año nefando. Su aparente incapacidad para conectarse al juego del equipo, así como su frialdad, algo que tradicionalmente ha gustado muy poco en el Bernabéu, y su bloqueo de cara a portería (un síndrome tan viejo como el mundo entre los nueves de corte clásico como él) han coincidido en el tiempo con dos circunstancias de pésimo augurio: la emergencia del fenómeno Haaland y la dificultad terrible del Madrid para convertir su caudal ofensivo en goles, por lo tanto en puntos. Jovic, una apuesta personal de Zidane, confronta una situación en la que gran parte del madridismo, analógico y digital, en otra muestra más de su veleidad pueril tan conocida, ya lo ha desechado como a un kleenex y clama por un trueque por el delantero noruego del Dortmund.

Cuando decía que Phil Jackson me recordaba a Zidane era porque el francés no ha parado de repetir, desde que es entrenador, que él conoce a los jugadores. Sabe cómo sienten, cómo respiran y cómo funcionan esas cabezas, tan expuestas a la corriente que regurgitan los medios todos los días. Su trabajo psicológico en esta misma temporada con Vinícius es la última prueba de su liderazgo emocional. Atrapado por los memes en Instagram y por los silbidos de su propio estadio, el brasileño se liberó en parte gracias a unas “vacaciones” concedidas por Zidane: Vinícius desapareció de las convocatorias, sin motivo aparente, entre el final del otoño y enero, momento en el que la irrupción de Rodrygo deslumbró a todo el mundo y las comparaciones se dispararon. Algo semejante le estaba ocurriendo a Rodrygo antes del parón coronavírico. Casualmente, Vinícius llevaba un mes siendo el mejor jugador del equipo, racha triunfal coronada por su gol ante el Barcelona.

De Jovic sólo se puede especular. Pero conocemos a los protagonistas de un drama que todavía no ha terminado. El Madrid no es famoso por esperar a nadie, pero Zidane sí. También hay antecedentes, Higuaín o Marcelo, por ejemplo, dos niños que llegaron juntos y que tardaron mucho en arrancar. Cuando lo hicieron, debieron superar la animadversión y la burla de muchos de sus propios aficionados. Es probable además que el entorno financiero del fútbol después de la pandemia ayude a concederle a Jovic más tiempo. Hace poco reconoció en una entrevista con un medio serbio que se ponía vídeos de cuando jugaba en el Eintracht para entender por qué ahora no mete lo que antes metía con una facilidad tan pasmosa que en el vídeo de su presentación con el Madrid, se vieron ramalazos de Hugo Sánchez. El trabajo mental del “estilo Jackson” (aunque tras lo que ha hecho como entrenador del Madrid, Zidane se ha ganado que diga “estilo ZZ”) no acapara portadas, más bien al contrario: la opinión pública siempre acabará seducida por el aroma dictatorial de los cirujanos de hierro, porque en el fondo de todo aficionado siempre late un pequeño déspota que soluciona todas las malas rachas con cojones y poniéndolos a todos a dar vueltas, sin parar, a un estadio olímpico. Pero si de algo puede servir The Last Dance, en clave madridista, es en hacer ent