Descarten cualquier intención oculta ni coincidencia buscada entre la magistral película —The Quiet Man (1952)— y las consideraciones que uno desgranará a continuación, a salvo, quizás, los rasgos de los papeles profesionales de ambos protagonistas —John Wayne, Paco Gento—, heroicos y pioneros de la modernidad. Como el madridista dando rienda suelta a su furia futbolística para conquistar el continente, el actor —que sirvió de incansable Ulises al Homero del Oeste, John Ford— recorrió como un centauro o en diligencia los desiertos, las praderas genesíacas y los horizontes magistralmente evocados por el director. Un universo de fronteras violentas, de salones, bourbon y anarquía al que Wayne llevó la ley, el orden y la democracia. Protagonista de epopeyas que marcaron la historia del celuloide como la del Real Madrid marcó la historia del fútbol.
En los últimos años, cada vez que quien escribe visitaba su vivienda o se sentaba con Paco en la cafetería Gonluis, el recoveco iluminado por el ingenio de Manuel Jabois, la conversación discurría pausada entre temas de actualidad, de familia y asuntos madridistas, incluido el baloncesto. A la hora de partir y volver con cierta premura a las obligaciones que me reclamaban, recibía siempre de Paco un consejo construido a partir de un concepto sutil, metafísico, ilustrador de su prioridad vital y de una peculiar manera de bautizar su universo con frases y palabras ingeniosas.
Paco Gento: “No tengas prisa, el tiempo es lo único que nunca se acaba”
“No tengas prisa, el tiempo es lo único que nunca se acaba”. La primera vez que se lo escuché me quedé unos segundos perplejo. Tardé en comprender que estaba refiriéndose al tiempo como realidad ajena al ser humano, como un elemento que fluye sin límite al que podemos acceder a nuestro antojo mientras existamos, aunque, con frecuencia, no acertemos en su administración correcta. “No te equivoques en las dosis”, nos decía con sorna y entre sonrisas, feliz de la ocurrencia que tuvo algún día y que nos repetía de cuando en cuando para que no cayera en nuestro olvido.
Quien tanto corrió por los terrenos de juego, protagonista de una carrera meteórica, se apaciguó apenas dejó el fútbol, frenó en seco, como también acostumbraba para sorprender a defensas y compañeros. Una forma de existir paradójica en apariencia, quizás de aplastante lógica interna. De carreras largas, Paco siempre fue más de distancias cortas, y terminó por refugiarse en su cercanía familiar y vecinal, en los placeres sencillos, en una vida llena de rituales íntimos, que cambiaba de tanto en tanto, cuando le asaltaba un relámpago residual de la celeridad de antaño para romper la monotonía.
De carreras largas, Paco siempre fue más de distancias cortas, y terminó por refugiarse en su cercanía familiar y vecinal, en los placeres sencillos, en una vida llena de rituales íntimos
No sabía que se había convertido en un discípulo de Epicuro, también hombre de vida sencilla y recogida. Había vuelto a sus raíces para disfrutar de la vida con prudencia, al modo cántabro y casi rural, de barrio limitado, por donde corrió mientras pudo y paseó hasta el final, gozando con la conversación desprevenida y recordando con frecuencia quién era el Real Madrid a los afines a otros colores. Eso sí, sin dejar de jugar su partida de baraja española vespertina ni de ojear el género alimenticio por las mañanas. Y de forma ocasional, al soplar el viento a favor de una voluntad impredecible, su paseo se alargaba hasta el templo en el que forjó su leyenda junto a sus formidables compañeros.
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Cuando el público despidió a Marcelo con una ovación, al final del Madrid-Granada del domingo, el Bernabéu se estremeció con el eco de un sonido antiguo. Marcelo se iba con 1 a 0 en el marcador, su equipo a seis puntos del segundo y la sensación general de haber esquivado una buena ráfaga de balas. El brasileño caminó lentamente hacia la banda y se apretó el escudo contra la boca. Más que besarlo, era como si lo mordiera. Le dio esa clase de besos que se dan a alguien muy querido en las ocasiones más sentidas y especiales: los besos con velcro de las despedidas, los besos fuertes y sentidos a los niños y a los padres en los reencuentros, los besos de sangre y alma de una última vez. Recordé a Míchel Salgado en el Camp Nou, en 2008 y por eso entendí lo que escribió poco después Hughes en ABC, que era una ovación de esas a través de las cuales el Madrid se recuerda y se proyecta desde el pasado hasta el futuro. Marcelo se quitó delicadamente el brazalete de capitán y se lo puso a Nacho. Luego se marchó. El Madrid ganó el partido, afianzó el liderato y él compareció ante la prensa con los ojos vidriosos de todos nosotros.
Tengo la certeza desde que empezó la temporada de que Marcelo está ya en ese tour homenaje que le tributan los equipos de la NBA a las leyendas que han anunciado su retirada, como pasó con Kobe Bryant cuando dejó los Lakers. Cada partido se detenía unos minutos y en cada pista se le brindaba un aplauso. No es tan fácil que ocurra eso en el fútbol, que es hijo de otra cosmovisión, un juego concebido como extensión de la guerra. Es aún menos fácil que ocurra en España, y que ocurra en el Real Madrid es directamente una quimera. Los dos jugadores más grandes de la historia contemporánea del club, Ronaldo y Ramos, se fueron abriendo un boquete en la pared de nuestros corazones, tarifando como buenas divas y enfrentados, de una manera u otra, con el presidente, que es un prócer como lo fue Bernabéu: no en vano eso es lo que suele pasar cuando chocan dos fuerzas de la naturaleza. Marcelo está en ese póker de los futbolistas vertebrales del Madrid moderno, sin lugar a dudas del Madrid del siglo XXI, pero también entre los tipos más importantes e influyentes que han vestido la camiseta blanca desde 1902. Su despedida está teniendo algo diferente que no tuvieron las demás y de alguna manera está anticipando la de Modric y la de Benzema, caballeros que hallaron en el Madrid su lugar natural en el mundo, el molde a la medida de su tamaño.
Marcelo caminó lentamente hacia la banda y se apretó el escudo contra la boca. Más que besarlo, era como si lo mordiera. Le dio esa clase de besos que se dan a alguien muy querido en las ocasiones más sentidas y especiales
Con la baja de Mendy, Marcelo ha tenido que volver a representar de improviso un papel para el que ya no parecía capacitado desde hacía tiempo, el de protagonista. Él, que ha sido el lateral izquierdo más exuberante del fútbol mundial desde Roberto Carlos. Cuando escribió aquella emocionante carta en The Athletic, en el verano del 2019, estaba claro que su corazón, su mente «y su barba y su bigote», como le decía su abuelo, serían empeñados en la empresa de recuperar el prestigio perdido ante el madridismo tras la catastrófica digestión del threepeat, la huida de Cristiano y la primera fuga de Zidane. Dos años largos después también parece claro que no ha sido cosa del querer, sino del poder. A Marcelo le ha pasado un poco como le pasó a Raúl y un poco como le pasó también a Kaká, a Figo, a tantos otros superclases antes que a él: se le ha ido el físico pero no el don, y el físico en el fútbol de hoy lo es prácticamente todo. Por eso cada vez hemos visto más su melena de culto tirando de su cabeza hacia atrás en esos sprints desesperados para recuperar su sitio perdido en defensa, persiguiendo dorsales cada vez más randoms: señal inequívoca de que era incapaz de ofrecer lo que su nombre, su reputación y su trayectoria exigían.
En Bilbao y ante el Granada Marcelo fue el capitán porque él y Benzema se han quedado solos de repente, son los adultos, los viejos, los veteranos de la plantilla del Madrid. Me gusta pensar que de vez en cuando los dos se miran cómplices en el vestuario y se preguntan en silencio, ¿cómo ha podido pasar? Se fueron los emperadores y al frente del invento se han quedado los príncipes. La Edad de Plata del Real ha pasado ante nuestros ojos con la misma velocidad con la que estos dos muchachos tímidos, risueños e inmensamente talentosos se han hecho mayores y se han convertido en lo que fue Gento para la generación Yé-Yé: los portadores de la antorcha, los guardianes de la llama sagrada. En Bilbao el Madrid perdió y el domingo ganó, pero en ambos rindió bien Marcelo. No espectacular, no pura ambrosía como antes, porque ya no puede y esa es la tragedia del paso del tiempo, de que el tiempo nos obligue a contemplar las costuras de nuestros mitos, de que le veamos el cartón a los ídolos que se han hecho hombres al mismo paso que nos hemos hecho nosotros. Marcelo fue el capitán y la camiseta no se manchó del barro del deshonor, que es lo único peor que una derrota para el madridista. Al irse asegurando una pequeña gran ventaja con respecto al Sevilla en la tabla clasificatoria me acordé de aquel tackle angustioso a Messi en el último Clásico disputado en el Bernabéu, antes de la pandemia. Ahí Marcelo ya era este Marcelo reducido, pesado como un boxeador viejo, ángel con plomo en las alas que sin embargo apura la hez de la copa de su licor como Dostoyevski escribió en Los hermanos Karamázov que había que hacerlo. Ahí ese Marcelo ya puso una pica para ganar la Liga de 2020.
Marcelo está en ese póker de los futbolistas vertebrales del Madrid moderno, sin lugar a dudas del Madrid del siglo XXI, pero también entre los tipos más importantes e influyentes que han vestido la camiseta blanca desde 1902
Igualó a Gento en títulos con la camiseta blanca justo antes de que La Galerna se muriera y ahora está a cuatro meses de poder superarlo. La posibilidad más cercana es esta Liga que para el Madrid resulta algo difícil e infernal en su exigencia cotidiana, como la hoja en blanco para el novelista. Cada domingo el Madrid ha de enfrentarse con ella para sacarle alguna esquirla de provecho y en el camino se exprime el cerebro y agota sus años de vida, como decía Norman Mailer. Es curioso que Marcelo pueda culminar la proeza personal de ser el tipo con más títulos en la historia del club con más títulos del mundo precisamente ganando una Liga, que ha sido sin lugar a dudas la competición que más amarguras ha ido dejándole en su camino desde que llegara a España en la Navidad de 2006. Debutó formando parte del equipo que ganó la más bonita de todas, la trigésima y segunda de Capello. A partir de ahí su propio carácter como leyenda madridista se fue esculpiendo con los martillazos que daba el Barcelona de Guardiola, la década sin oler una semifinal de la Copa de Europa y la obsesión insana de todo el madridismo con la Décima, pensamiento que capturó todas las energías de toda la gente que amó siquiera un instante al Real Madrid Club de Fútbol entre 2002 y 2014.
También es paradójico que el entrenador que lo puede guiar hasta ese éxito sea Ancelotti, al que sólo el hecho de entrenar al Bayern, amo de la Bundesliga, hizo mejorar sus registros como técnico de torneos domésticos. La regularidad en el genio no ha sido lo que ha definido las carreras ni de Marcelo, ni de Ancelotti, ni tampoco la del Real Madrid moderno, transubstanciado en futbolistas excepcionales como Marcelo pero de ethos aristocrático. La principal diferencia entre los dos zurdos que abrochan sesenta años de crecimiento, gloria y universalidad madridista, Gento y Marcelo, es que el primero formaba parte de una concepción proletaria del juego, pues había que ganar, ganar mucho, ganarlo todo y ganar todos los días: el Madrid ganaba en España para acceder a la Copa de Europa, que sólo era jugada por los campeones nacionales; luego aprendió a acumular ligas como forma de seguir acrecentando la hegemonía del nombre del Real a medida que el trono europeo se alejaba con el auge del fútbol anglosajón y el de los países del norte. Marcelo encarnó un Madrid de pasión poética, pues se requería un esfuerzo divino para superar las adversidades, un esfuerzo que acumuló tanta potencia que terminó desparramándose en el trienio maravilloso de Zidane, Milán, Cardiff y Kiev. Sus últimos toros son un Sevilla formidable que amenaza en España y un PSG galáctico contra el que Marcelo cuajó su penúltima noche de fútbol inolvidable. Hay que decir penúltima porque como con Curro Romero, Morante y los toreros místicos, a Marcelo siempre hay que concederle esa inevitable esperanza que ningún análisis racional puede extinguir, y que se parece tanto a lo que sentíamos al acostarnos en la noche de Reyes.
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La tarde, la de ayer digo, fue muy excitante. Radios, teles, redes sociales, patios de vecindad, marujas desocupadas, varones variopintos, todos, todas y todes estaban con que el Barça le había metido cuatro al Atleti: ¡oh!
La cosa resultaba contagiosa. Un amigo me confesó que su niño había soltado la tablet. Cosa que sucede, lo he visto, quince minutos al día. Incluida la noche. Al final enfocaron a Adama y me pareció ver a Eto'o, más llenito, eso también. A Torres le vi un aire a Romario. Uno rubio me recordó a Kubala y Busquets, a Juanito Segarra, el Gran Capitán. Alba era Anatoli Vasilievich Demianenko. ¿Qué, cómorrr? Sí, Demianenko. Un lateral zurdo del Dinamo de Kiev que de haberse llamado Demianankinho ni les cuento. Créanme. Y Aubameyang, una mezcla entre Henry y el Bolo Zenden. Vamos, el Barça, una cosa mala. El Atleti también lo pareció, una cosa mala. Pero bueno, el fútbol…
Total. Me puse con el partido del Madrid con cierto complejo. ¿Estaría el Madrid a la altura del Barça? Hombre, que el Granada iba a estar mejor que el Atleti, seguro. Lo cual abundaba esa sensación complejil. Al minuto, Puertas se quedó casi solo y Courtois hizo una parada de balonmano. Y faltando lo que faltaba de blanco… Al final resultó que con Vinícius y Benzema no le metieron un gol a Cádiz y Osasuna, tampoco al Villarreal, y anoche sí vieron puerta. Una vez, tampoco es cosa de abusar. Un asensiazo. Por cierto: en su nuevo contrato, el de Marco, yo incluiría una cláusula: partido en el que no tire por lo menos cuatro veces a puerta, un millón de multa.
Por cierto: en su nuevo contrato, el de Marco, yo incluiría una cláusula: partido en el que no tire por lo menos cuatro veces a puerta, un millón de multa
No estuve en el campo, pero la temperatura del merengue medio la supe por mi colega, el del guapasp, que disparó al final.
—Triunfo que vale media Liga.
—¿Tanto? —dije yo.
— Sí. Y nos ahorramos una semana de coñazo.
Eso sí. El Madrid no gana ayer, más Bilbao, y hubiese sido tremendo. Ancelotti no rota. Ni prepara bien los partidos. Hay pocas piernas. Se van a caer. Juegan dos o tres jubilados. Sin Benzema no son nadie. Vamos, que hubiese peligrado la plaza Champions. Todo eso.
Triunfo necesario sí lo fue. Hubiese habido mucho de eso, mucho coñazo, y eso pesa. Fue una manera de espantar rollos camino de un doble compromiso como visitante lo que se dice de bigotes: Villarreal y París. Jugar, juega mejor el Villarreal: veremos.
A mí me gustó el Madrid de la segunda parte. Hace unos días les hablaba de la falta del Hombre del Mazo, detallito que explica muy bien por qué el partido acabó 1-0 y no 3-0, resultado que el del Mazo mediante hubiese sido lo correcto, visto lo visto. Valverde agitó el avispero, lo que echa sal a la herida de San Mamés: de la misma manera que deben jugar once sanos, es aconsejable poner once tíos descansados. Y no me refiero a Valverde, claro, que tendría las mismas piernas que Vinícius, Rodrygo y Casemiro aquella infausta noche.
Valverde agitó el avispero, lo que echa sal a la herida de San Mamés: de la misma manera que deben jugar once sanos, es aconsejable poner once tíos descansados
¿Si de haber salido el Madrid vamos a suponer con Courtois, Lucas, Militao, Alaba, Nacho, Camavinga, Kroos, Modric, Ceballos, Asensio y Hazard, o Isco o Jovic y tal su suerte habría cambiado en la Copa? Nunca lo sabremos. Sí me atrevo a asegurar que la dinámica del partido habría sido distinta. Si caminando la cosa estuvo 0-0 89 minutos, pues no sé. En fin…
Total, que ganó el Madrid y ya sólo quedan 15 partidos para el alirón. Presunto, vale. ¿Muchos? Pues depende cómo lo miren: con este Barça, quedan 30 y no quiero ni pensarlo.
Y un datito final. Contó mi amigo Pedro Martín en la Cope que Dani Carvajal, el chaval que puso junto a Di Stéfano la primera piedra de Valdebebas, lleva 36 partidos de Liga sin perder con el Madrid y el Madrid nunca he pedido si Mendy ha sido titular: 23 partidos, ninguna derrota. Miren, oigan. Para lo que viene, Benzema y Vinicius son fundamentales: Carvajal y Mendy, más. Buenos días.
Ruge La Tacita. El penalti que supuso su derrota en Palma es insuperable. El penalti no de nuestra Ligas, de las cinco grandes Ligas. Dos árbitros internacionales o tres o cuatro, entre el campo y el VAR. La rechifla que no cesa.
Empató uno, perdió el otro. Ni un gol metieron esta jornada Sevilla y Betis, lo que confirma que la Liga es complicadita y nadie te regala ni los buenos días. Tampoco marcó la Real. El que viene zumbando hacia la Champions es el Villarreal. La cuarta plaza es una hoguera.
Tres al Alavés tras el empate en Chamartín y eso, aire de equipo resultón. Ese Francisco sabe. Lo ha demostrado en muchas plazas y en esta, no precisamente fácil, confirma su buena mano de entrenador.
Asoma allá al fondo la Copa de Europa. Avancémonos. La portada de la Séptima. Lorenzo, su hijo Fernando, Seedorf, el Moro… Fue en Ámsterdam, no muy lejos de París. Queda nada, un suspiro.
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Federico Santiago Valverde Dipetta, apodado Pajarito, nacido en Montevideo, Uruguay, el 22 de julio de 1998, 1,82 m de altura, 76 Kg de peso, futbolista del Real Madrid Club de Fútbol, casado con Mina Bonino y relacionado futbolísticamente con Arquímedes.
Arquímedes de Siracusa fue uno de los mayores genios de la historia de la humanidad. Su biografía es apasionante y aportó múltiples conocimiento a diferentes campos del saber, aunque el principio por el cual es más recordado es por el que precisamente lleva su nombre, el principio de Arquímedes, que afirma que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso del fluido desalojado.
Fede Valverde está dotado de una característica que recuerda al principio de Arquímedes. Podríamos llamarlo el principio de Valverde, y su enunciado sería: todo equipo sumergido en un partido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al juego fluido de Valverde desatado.
Principio de Valverde: todo equipo sumergido en un partido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al juego fluido de Valverde desatado
En ciencia, un principio es un hecho que se toma como cierto y a partir del cual se elabora una teoría. Es un hecho que Federico Valverde es un futbolista que en los partidos ejerce la fuerza necesaria para transmitir movimiento al resto de compañeros y empujar al equipo hacia el campo contrario. Valverde es una especie de flotador con motor.
Ayer tuvimos una prueba empírica más de este hecho, el Pajarito fue el jugador que cambió el destino hacia el cual discurría el Madrid en su partido frente al Granada. La primera parte fue narcótica, salvo un par de fogonazos, el Madrid no se encontraba cómodo en el encuentro. Ancelotti había elegido a Camavinga para protagonizar el papel de Casemiro, pero la actuación del talentoso francés no fue de las mejores ayer, y al descanso el empate a cero y las pocas expectativas de mejora comenzaron a inundar el Bernabéu con el característico runrún de estas ocasiones.
Pero Carletto, a diferencia del partido copero frente al Athletic, cuando esperó a que concluyese el encuentro para realizar los cambios, decidió dar un golpe de timón y comenzó la segunda parte con Fede Valverde sobre el campo en lugar de Camavinga. “Fede va al verde”, probablemente diría Ancelotti en la caseta durante el descanso. ¡Eureka! Esta vez el acierto de Carlo fue mayúsculo, porque el rumbo del choque cambió completamente y tomó los derroteros precisos y necesarios para que el Madrid lograra la victoria. Importantísima, por otro lado, para poner tierra de por medio en la Liga.
El Madrid experimentó un empuje vertical y hacia arriba gracias a la inmersión del Valverde en el partido. Como si fuese un émbolo hidráulico, Fede impelió al equipo hacia la portería de Maximiano, que no era ningún soldado romano (como el que asesinó a Arquímedes), sino el portero del Granada, que como es habitual en los guardametas rivales, fue pisar el Bernabéu y convertirse en semidiós.
El concurso de Valverde fue, por lo tanto, fundamental en la mejora madridista y por lo tanto en la victoria, si bien es cierto que no podemos otorgarle el papel principal, reservado a Asensio, porque los madridistas aún pensamos que lo único imprescindible es ganar y, de momento, no existe otra forma de hacerlo (dentro del terreno de juego) que no sea marcar al menos un gol más que el contrario.
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Buenos días. El Real Madrid consiguió anoche una victoria que no será cantada a pleno pulmón por ser el rival un peso medio como el Granada, pero que tiene una importancia incontestable en el afán de levantar la Liga. Y lo tiene también por la recuperación de un orgullo y una determinación que parecían extraviadas tras la eliminación copera. Obviamente, siendo como fue un partido resuelto con un solo gol, y habiendo sido este un gol colosal, quien copa (homenaje a D. Raymond) las portadas del día es el autor de dicho gol.
Es entendible y es justo, porque Marco Asensio sacudió ayer uno de esos partidos que te permiten creer en él, y que a su vez te obligan a poner velas al santo que sea para garantizar que la corriente continúe, que no se apague.
Fue, en efecto, un misil que vale oro, un arma inteligente, un golpeo teledirigido que dejó a Maximiano convertido en estatua de sal. ¿Que quién es Maximiano? Si queréis os lo decimos, pero vamos, que quizá no os valga la pena porque quien ayer fue el mejor portero del mundo tal vez caiga ahora en el anonimato, poco más o menos. Esta película la hemos visto ya. Todos los porteros que vienen al Bernabéu son el mejor portero del mundo, a pesar de que muchos (le deseamos a Maximiano que sea la excepción) vienen de una bruma de perfil bajo y vuelven a sumergirse en ella, no bien el árbitro pita el final, para el resto de sus carreras. Es un fenómeno paranormal que ayer se plasmó en la figura de esta cancerbero como mañana se plasmará en el próximo portero random que pise el césped de Concha Espina.
Y esa resistencia la venció Marco.
As también nos despierta con la imagen de Asensio en topless, que no es como la de Cristiano en Lisboa porque al lado del mazado portugués el mallorquín es un alfeñique, pero que le sirvió para ver una tarjeta amarilla exactamente igual que CR7 entonces y exactamente igual que cualquiera que se quite la camiseta, ya sea para celebrar un gol, ya sea para celebrar que uno es joven e inconsciente. Queremos decir, así como de paso, que no entendemos esta moda, ya sea Asensio en el Bernabéu, ya sea Valverde en Riad. Cargarte con una amarilla es cargar a tu equipo con una amarilla. Intentar explicar esto en mayor profundidad nos produce algo de rubor.
Por lo demás, Asensio estuvo sensacional, no solo en el gol sino en todo un segundo tiempo en que el Madrid tocó a rebato, liderado tanto por Marco como por un Valverde que emergió del banquillo para dar energía y brío a un equipo que en la primera mitad se mostró esclerotizado. Acertó Ancelotti con este y el resto de cambios (eléctricos minutos de Hazard) tras haber cabreado a la parroquia tuitera alineando a Isco como falso nueve (“falso jugador y, en concreto, falso nueve”, proclamó algún whatsappero desaprensivo), pero lo cierto es que el chichilindri no estuvo mal, protagonizando incluso el mejor remate de la primera mitad. Pero todo cobró más sentido con la aparición en el campo de Jovic, no porque el serbio jugara especialmente bien, que no fue el caso, sino porque siempre está bien tener un delantero que fije a las defensas rivales. Somos gente de orden y nos gusta que los nueves no sean falsos sino reales, y lo mismo podríamos decir de tantas cosas de la vida que tal vez no proceda enumerar aquí. Viva lo genuino, amigos, no a lo impostado. “Well, you lied to me ‘cause I asked you to / Baby, can we still be friends?”, cantaba U2. Nosotros podemos decir que nunca pedimos a Carletto que nos mintiera, y aunque nos haya colocado nueves fraudulentos en los últimos partidos queremos seguir siendo sus amigos.
Marco Asensio sacudió ayer uno de esos partidos que te permiten creer en él, y que a su vez te obligan a poner velas al santo que sea para garantizar que la corriente continúe, que no se apague
Porque alguna responsabilidad tendrá Carlo en la estupenda reacción del segundo tiempo, con un Carvajal tirando del carro como el líder que es (cuando las lesiones le permiten estar sobre el mismo); con un Militao imperial, como viene siendo costumbre; con una nueva lección de Kroos y Modric; con la referida inyección de vitalidad del Pájaro. Fue un segundo tiempo que, aparte de la excelencia de Asensio, nos regaló abundantes argumentos para creer que de aquí al final podemos hacer algo grande, entre otras cosas culminar con éxito una Liga en cuya cúspide hemos puesto tierra de por medio.
Gocemos (re)leyendo la crónica de Andrés Torres.
Siendo todo esto digno de celebración, no lo es tanto, por supuesto, como ganar a un Atleti paupérrimo y estar a quince puntos del líder. Imaginamos que lo que ayer hizo el Barça es algo de rango superior al liderato si atendemos a las muestras de euforia desatadas en la Ciudad Condal y satélites madrileños afines.
A Canaletas, amics, y sin mucha dilación. Tan acentuada es la euforia culé por encontrarse a quince puntos del líder que no solo Sport titula que vuelve la ilusión, sino que Jordi Jota proclamó ayer en El Chiringuito la firme candidatura del Barça al título de Liga y allí arriba, en la barra de tareas, anuncia el título de un artículo de Lluís Miguel Sanz que “el Barca ha vuelto”. “Que se preparen”, añade dicho título, sin que a ciencia cierta se adivine quién debe hacerlo ni qué trámites de preparación demanda la aceptación de la discreta mejoría culé (peor era imposible). Sugerimos al bueno de Lluís que al próximo artículo agregue un prospecto de farmacia, “Cómo prepararse para el resurgimiento (¿?) del FC Barcelona” o algo, porque estamos pez en esta materia. ¿Es necesario recibir en ayunas al nuevo Barça? ¿Debemos purgarnos, tal cual fuéramos a ser objeto de una colonoscopia? Habrían de contar con un mango bien largo para practicárnosla desde la insondable distancia de quince puntos, pero bueno. Que usen la máquina que hace PING, como los Monty Python, pero sobre todo que nos aclaren cómo tenemos que “prepararnos”. Que el prospecto sea claro a ser posible y que se identifiquen con claridad las contraindicaciones.
“Renacidos”, suelta Mundo Deportivo, así, de buena mañana. Resulta que no era una colonoscopia sino un parto. Es confuso esto, y ver a Dani Alves arrojándose en los brazos de Araujo al son de Up Where We Belong de Joe Cocker no ayuda a aplacar el estupor. Se conoce que es una colonoscopia de larga distancia pero con cariño, aunque Alves no se comportara precisamente con amor en la criminal entrada a Carrasco que le costó la expulsión que él evidentemente protestó. El partido dejó además el enésimo fingimiento bochornoso de Busquets, ese tipo que da tantísima vergüenza pero no se puede decir porque ganó un Mundial.
Tampoco aplaca el pasmo el que las redes sociales del Barça hayan difundido un vídeo de Xavi celebrando el triunfo con los suyos en el vestuario, como si hubieran ganado la Sexta, es decir, la que el Real Madrid ganó en 1966. Que esta gente es propaganda ya lo sabíamos, pero los niveles de ridiculez que están alcanzando en la entronización de la misma están alcanzando cotas realmente tristes. Como oportunamente respondió a este vídeo Juanma Rodríguez en El Chiringuito, el Real Madrid solo ha metido cámaras en el vestuario en el vestuario en cuatro ocasiones, y el resultado son cuatro documentales titulados “En el corazón de la Décima”, “En el corazón de la Undécima”, y así sucesivamente.
Pasad un buen día, y preparaos, que el Barça ha vuelto.
Uy, qué miedooooooo...
Marco Asensio aparece hoy semidesnudo en la mayor parte de las portadas de la prensa deportiva. Si tal cosa es posible es porque el joven delantero mallorquín, que sigue siendo joven pero ya no tanto como para hacer esto, se quitó la camiseta al anotar el que finalmente sería el único gol del partido. Como todo el mundo sabe, quitarse la camiseta supone recibir una tarjeta amarilla inmediata, y Marco la recibió, como la vio también Fede Valverde (curiosamente, el otro gran destacado del partido ante el Granada) en la semifinal de la Supercopa ante el Barça y por idéntico motivo.
Inicio con este bufido de viejo gruñón la correspondiente loa individual al mejor hombre del partido porque soy por encima de todo un gran aversor a la creación de problemas, y ganarse innecesariamente una tarjeta amarilla es acción que cae de forma descarada dentro de ese catálogo de cosas. Ganarte una inexorable tarjeta amarilla por una acción tan rotundamente evitable como esa me parece indefendible desde cualquier punto de vista. Lo siento, soy un señor de otra época. Si yo fuera Ancelotti —que tal vez sea un señor de otra época también pero en esto parece posmoderno, porque no sigue la política que estoy a punto de proponer—, dejaría establecido desde el primer día de la pretemporada que quien se deje llevar por arrebato tan estúpido tiene una cita ineludible con el banquillo en cuanto se haya vuelto a poner la camiseta. Si yo fuera Ancelotti, tanto Valverde ante el Barça como Asensio ante el Granada se hubieran ido a la ducha nada más marcar sendos goles. Afortunadamente, por muchísimas razones, yo no soy D. Carlo. Razones que atañen al Madrid en general, y a Asensio y Valverde en particular.
Ganarte una inexorable tarjeta amarilla por una acción tan rotundamente evitable como esa me parece indefendible desde cualquier punto de vista. Si yo fuera Ancelotti, tanto Valverde ante el Barça como Asensio ante el Granada se hubieran ido a la ducha nada más marcar sendos goles
Los hombres rancios y viejunos somos así: no nos gustan las niñerías que ponen en peligro el rumbo adecuado de las cosas. Afortunadamente, también tenemos nuestro corazoncito y somos capaces de extasiarnos ante lo que hizo Marco Asensio un segundo antes de hacer también el cimbel, por el mismo precio e incluido en el de la entrada. Vaga golazo, oigan. Un gol donde la belleza se da por añadidura la mano con la relevancia. El Madrid se jugaba ayer, en ese partido aparentemente random contra un rival aparentemente menor (este año ninguno lo es), gran parte de sus aspiraciones ligueras.
Fue la quintaesencia del golpeo asensista. Sus latigazos tienen una tensión especial, como de tiro con arco. Aquellos dos goles supercoperos al Barça, o aquel otro tremebundo de Trondheim, tienen desde ayer un acompañante de lujo en la vitrina. Pudo marcar otros dos si Jean Marie Pfaff no se encarnase por defecto en todos y cada uno de los guardametas visitantes en el Bernabéu, y metió a (otra vez) Valverde un balón tan de gol que Mateu no tuvo más remedio que interpretar que el uruguayo había hecho falta. Demasiado riesgo de camisetas al aire.
Fue la quintaesencia del golpeo asensista. Sus latigazos tienen una tensión especial, como de tiro con arco
Más allá del golazo, estuvo el juego. Asensio se desempeñó ante el Athletic tan malamente como casi todos sus compañeros, y aun así tuvo diez minutos hacia el final en que se enajenó de pulsión victoriosa, empezó a reclamar el balón con ansiedad y puso la zurda a trabajar. Ayer el afán le duró todo el segundo tiempo, y fue como pasar de lo intrascendencia más absoluta al Mr. Brightside de The Killers. A veces Marco la pide como presa de un trance, tanto que no parece él mismo, y a lomos de esa cosa histéricamente brillante, que tanto contrasta con lo otro, sigue destinado a ser nuestro hombre.
No olvidemos que hay destinos que se cumplen.
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Arbitró Antonio Mateu Lahoz del Comité valenciano. En el VAR estuvo Medié Jiménez.
Dirigía el choque el de Algimia de Alfara y eso supone no saber qué te vas a encontrar. Porque tiene un criterio y un reglamento propio. Hoy, en alguna acción volvió a hacer gala de esas decisiones extrañas.
La primera parte fue la del periodo de perdonar amarillas. Primero a Quini en el 26' por derribar a Marcelo en el pico del área y luego a Kroos en el 44' por cortar un ataque prometedor a Gonalons.
La segunda parte comenzó con otra amarilla al limbo a Torrente y un minuto después, en el 49', Mateu cortó el juego cuando Valverde se iba solo al marco rival. La razón: un supuesto golpe del charrúa a un defensa granadino. Las repeticiones no dejaron nada claro este hecho. Un error importante. Las dos primeras amarillas del partido fueron a Modric por protestar en el 69' y a Asensio por quitarse la camiseta en el gol. También la vio Germán por empujar a dos ocasiones a Hazard con el cuero detenido en el 91'. En el 77', el trencilla señaló penalti sobre Hazard, pero desde la sala VOR le avisó acertadamente Medié Jiménez de que era fuera del área. Más tarde, en el 83', hubo quejas de los locales por una posible mano de Germán. Es cierto que le toca, pero estaba deslizando con el brazo en el suelo y es uno de los supuestos en que no es pena máxima. Los añadidos en ambas partes fueron cortos para el tiempo que perdió durante una hora el cuadro visitante con su arquero Maximiano a la cabeza.
Mateu Lahoz, REGULAR.
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Courtois (8)
Seguro. Su pie cambió el rumbo del partido en la mejor e inicial ocasión del Granada.
Marcelo (5)
Voluntarioso. Dejó una autopista a su espalda en los primeros compases y se quedó asustado para el resto del partido.
Alaba (8)
Desde el eje de la defensa se echó el equipo a la espalda llegando con bravura a posiciones de ataque y atreviéndose incluso con bicicletas.
Militao (8)
Impecable. Buenos cambios de juego.
Carvajal (7)
De más a menos. Acabó cansado. Siempre ofreció una salida al juego cuando peor lo pasó el Madrid.
Camavinga (4)
Insustancial y despistado. Sustituido.
Kroos (7)
Sereno.
Modric (5)
Parece algo cansado. No tan lúcido como acostumbra.
Isco (7)
Excelente actitud. Buena lectura del juego en los peores momentos del Madrid. Dejó alguno de sus arabescos.
Rodrygo (4)
Flojo. No le salió nada.
Asensio (8)
Sólo sabe marcar golazos. Lo buscó durante todo el partido. No obstante, muy intermitente.
Valverde (6,5)
Oxígeno, empuje y fuerza.
Hazard (6)
Actitud y detalles.
Jovic (5)
Actitud, ganas y poca puntería.
Nacho (-)
Sin tiempo.
Ceballos (-)
Sin tiempo.
Ancelotti (7)
Le salió lo de Alarcón. No le tembló el pulso para relevar a Camavinga al descanso y sustituirlo por el empuje de Valverde. Supo reactivar al equipo y movió el banquillo con una cierta alegría desconcertante. Conservador con el once.
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Comparecía el Madrid en el Bernabéu ante el Granada tras el fiasco de la Copa en San Mamés con Le Revenant Alarcón como gran enigma de la alineación. Cuanto menos para arquear una ceja. El partido habría de mascarlo, como uno de los innumerables chicles que engulle Carletto, a lo largo de noventa minutos dolientes.
La puesta en escena del líder del campeonato fue digna de una película de Ed Wood. Al primer minuto, Camavinga, despistado, perdió un balón arriesgado; al cuarto, la vanguardia del Granada encontró a la espalda de Marcelo —otro viejo rockero— los seis carriles de la A6 a la altura del túnel de Guadarrama. Puertas no vio puerta gracias al pie salvador, una vez más, de Thibaut Courtois.
Tuvo que ser sorprendentemente Isco quien tomara el timón del equipo en unos compases iniciales llenos de zozobra. Alarcón, arabesco, generalmente barroco y en ocasiones churrigueresco, templó gaitas madridistas mientras la estadística en televisión nos mostraba a Marcelo ganando una carrera. El Granada se sentía tan cómodo como en tu sofá con pantuflas. No obstante, a la media hora, una falta sobre Marcelo en la frontal del área en la que, como de costumbre, el trencilla Mateu permitió sacar la hoz, fue el toque de corneta de la razzia del Real Madrid.
El partido habría de mascarlo, como uno de los innumerables chicles que engulle Carletto, a lo largo de noventa minutos dolientes
Kroos abrió para Carvajal, fugaz en su penetración, que al primer toque descargó para Asensio, pero el defensor granadino en escorzo contorsionado envió la pelota al larguero. Animado por la primera jugada meritoria del líder, Rodrygo caracoleó en el área, hizo la pared con Camavinga y disparó creando ciertos apuros. Kroos recogió un rechace de su propio córner, sacó el periscopio de su batiscafo y disparó un torpedo que rozó el travesaño de Maximiano, que se luciría poco después con una fenomenal estirada a latigazo de Asensio tras jugada ensayada a la salida de otro saque de esquina.
Isco, hasta el momento, y es justo decirlo, de los mejores madridistas sobre el verde por voluntad y lectura de las necesidades del encuentro enganchó una fenomenal volea con la zurda a centro de Asensio que el arquero visitante despejó con problemas.
Fueron los mejores minutos del Madrid en el primer tiempo, pero se diluyeron como dos peces de hielo en un whisky on the rocks que diría Sabina. Un espejismo, un oasis en el desierto. El Granada, siempre bien posicionado y afilado arriba con Luis Suárez, ariete colombiano homónimo de uno de nuestros más queridos villanos, y molesto como él cual mosca cojonera, bajaba el soufflé madridista, voluptuoso pero volátil, con cierta solvencia. Al filo del descanso se adivinaba música de viento en el Santiago Bernabéu.
Lo sospechó también Carletto en los vestuarios y sustituyó a un insustancial Camavinga por el oxígeno y los pulmones de hierro del Pajarito Valverde. El Madrid buscaba más acción, pero no lo permitió Mateu, el árbitro de frontispicio inconfundible, en unos primeros compases del segundo tiempo sacudidos por faltas sancionados con tanto criterio como un chimpancé con pistola. De nuevo, le costaba asentarse al Madrid en el campo.
Se adivinaba música de viento en el Santiago Bernabéu. Lo sospechó también Carletto en los vestuarios y sustituyó a un insustancial Camavinga por el oxígeno y los pulmones de hierro del Pajarito Valverde
Pudo no obstante descorrer el cerrojo granadino a los 52 minutos si Asensio hubiera rematado un buen centro de Militao en lugar de dejarla pasar para Isco, que no llegó. Pichabros fail.
En eso estábamos a falta de media hora para la conclusión.
El Granada comenzaba a emitir síntomas de acogotamiento, mérito de un Madrid más incisivo que aplacó los ánimos de los piperos en la grada y comenzó a recibir cierto calor del Bernabéu.
Maximiano, a disparos de Rodrygo y Asensio y haciendo honor a su nombre, comenzó a postularse como héroe del partido y lágrimas de Boabdil madridistas. Hazard y Jovic entraban en detrimento de un inspirado Isco y un desdibujado Rodrygo. Tardaron medio minuto en combinar y disparar, el serbio, con peligro al arco del Granada.
Lo celebraría pocos minutos después Mateu con una insólita amarilla sobre Modric por protestar que sancionó ¡un regate! de Hazard sobre un defensor granadino. Habíamos visto arder galaxias más allá de Orión, pero esto no lo habíamos visto.
Quedaban apenas veinte minutos. Tic, tac. De nuevo, drama en el Bernabéu. Se deslizaba peligrosamente el Madrid al abismo de la atonía cuando en el 75, Asensio recogió un rechace en la frontal e hizo lo que mejor sabe: disparar. “Pureza de golpeo”, que diría Jorge Valdano en la retransmisión. Un latigazo seco, duro, teledirigido, ante el que nada hubiera podido hacer una legión de Maximianos.
Merecía el gol el líder. Carlo e hijo se fundían en un abrazo en el banquillo y Asensio, a la cristiana, enseñaba sus pectorales a un público entregado.
En plena efervescencia, a los dos minutos del tanto, Hazard aprovechó un resbalón de Torrente, digno de Misión en Marbella, para provocar un cuasi penalti que Mateu señaló entre torero y Pet Shop Boy. Maximiano, omnipresente, ocho paradas en el encuentro, detuvo el disparo de falta de Kroos. Pudo ampliar la renta de nuevo Asensio, trallazo mediante, para lucimiento de nuevo de Maximiano, en su octava parada —paradón en este caso— del encuentro.
Supo sufrir el Madrid, tejer el juego con paciencia para sobreponerse a las sensibles bajas de Vini, Benzema, Casemiro y el propio Lucas y reforzar la autoridad del líder en el campeonato.
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Los socios del Real Madrid tuvimos ayer el privilegio de ser invitados por el club a ver el primer capítulo de la serie de Prime Amazon “La leyenda blanca”, dirigida por Hugo Stuven.
Consta de 6 episodios de unos 50 minutos de duración, parte de una idea original de Iñigo de Carlos, nieto del ilustre presidente del Real Madrid don Luis de Carlos, sucesor en el cargo de don Santiago Bernabéu, y también constan como productores Gonzalo Sagardía e Iñigo Fernández-Tapias.
Tras ver el primer capítulo, lo inmediato es desear ver los sucesivos. Lo primero que llama la atención es el propio título de la serie, La leyenda blanca, atinado título para etiquetar la gloriosa historia de la mejor entidad deportiva jamás creada en el planeta Tierra.
Tras ver el primer capítulo de La Leyenda Blanca, lo inmediato es desear ver los sucesivos
Destaca desde el primer momento el buen gusto en la realización, con una puesta en escena exquisita acompañada por una banda sonora musical elegante en todo momento. Por supuesto, las imágenes históricas cedidas por el club son un inmejorable decorado, sobre todo cuando se trata de rememorar efemérides e hitos imborrables del Real Madrid, como por ejemplo la emisión de bonos entre los socios allá por 1943 que permitieron erigir en 1947 el nuevo Chamartín, joya de la corona del escudo del club.
Junto con una gran selección de jugadores que han sido leyendas en diferentes etapas (Camacho, Gallego, Míchel, Hugo Sánchez, Mijatovic, Fernando Sanz, Iker Casillas, Roberto Carlos, Arbeloa), el hilo conductor en esta primera entrega lo lleva Emilio Butragueño, con su distinción habitual a la hora de narrar. Se combinan recuerdos de la primera Copa de Europa en el Parque de los Príncipes con los hijos de Luis de Carlos, Jaime y José Manuel, que fueron bien jóvenes a la final, con el magisterio erudito del gran Andrés Amorós contándonos la hazaña de eliminar al Partizán en cuartos de final en unas condiciones meteorológicas tremendas enlazando con las más recientes emociones de Lisboa 2014, con Pedja Mijatovic de espectador en la grada de Da Luz rodeado de colchoneros, y con el apunte atinado de Manuel Jabois (a la sazón, letrista del himno conocido como de “La Décima”), cuando dice que aquel 24 de mayo en Lisboa se pudo haber firmado el certificado de defunción del Real Madrid de no haber sido por el testarazo salvador de Sergio Ramos en el minuto 92 con 48 segundos.
Todo el documental respira por sus poros buen gusto, rigor y calidad en sus imágenes y en su producción. No olvidaré mencionar las brillantes intervenciones del periodista Julio César Iglesias, creador de la célebre denominación de “la Quinta del Buitre”, del mejor reportero gráfico español, Raúl Cancio, autor de tantas y tantas maravillas fotográficas, y del editor de esta querida web madridista, Jesús Bengoechea, narrando con tino y credibilidad anécdotas como la de la expulsión del palco de autoridades de Millán Astray por el propio Bernabéu tras la impresentable actitud del militar durante un partido de fútbol.
Queremos más, queremos más intervenciones como la del gallego sabio Amancio Amaro hablando de Don Santiago o como la emoción que sintió Chendo tras el gol liberador de Ramos que precedió a la conquista de la Décima. O como las del propio Florentino Pérez narrando sus primeras impresiones al acudir de la mano de su padre al estadio desde que tenía cuatro años. O como las de Luka Modric.
Ningún madridista puede por lo tanto perder la oportunidad de ver esta serie, que promete muchas más anécdotas e imágenes increíbles
Ningún madridista puede por lo tanto perder la oportunidad de ver esta serie, que promete muchas más anécdotas e imágenes increíbles. También deberían verla muchos de los que hablan sin ningún conocimiento de “equipo del Régimen” y similares sandeces. Atentos pues en las próximas semanas a Prime Amazon y a esta verdadera joya audiovisual que debe formar parte desde ya como documento imprescindible y perfectamente diseñado en todos los corazones merengues.