Han pasado muchas cosas en estos últimos cinco meses. Demasiadas y casi todas negativas. Esto es fútbol y se puede perder.
Pero lo que me interesa es otra cosa. Una sensación que no es nueva, sino que arrastro desde hace bastantes años. Un nubarrón que a veces he dejado en un rincón de la mente, pero que siempre vuelve: la idea de que el club y parte de la afición han ido perdiendo de vista aquello que nos hacía distintos.
Esta no es una crítica global a Florentino Pérez. En estos días he leído y escuchado valoraciones desproporcionadas y conviene ser ecuánimes.
Mi visión del presidente, con sus aciertos y errores, es esencialmente la misma que el día en que ganamos al Borussia Dortmund la decimoquinta Copa de Europa. Florentino es quien devolvió al club la hegemonía económica y mediática mundial, y merece un respeto que en demasiados ámbitos no se le reconoce. Al mismo tiempo, es posible que algunos de sus errores hayan contribuido de forma indirecta a cierta despersonalización del club.
Mi intención es reflexionar sobre la continuidad espiritual del Real Madrid. El club nunca necesitó construir artificialmente su prestigio porque ya lo poseía. Lo que me preocupa es que, en el proceso de convertirse en una maquinaria global perfecta, parte de su identidad histórica se haya ido diluyendo. Esto no se explica solo por una mala temporada ni por decisiones deportivas discutibles, sino por algo más profundo: la sensación de que el club ha ido olvidando qué era exactamente lo que lo hacía diferente.
Para que algo así ocurra hacen falta muchos años de continuidad de errores que, en mi opinión, han ido socavando (que no borrando) nuestra identidad, memoria, símbolos y cultura institucional.
La conciencia histórica del madridismo, incluso en épocas de decadencia deportiva europea, siempre estuvo presente
Recuerdo perfectamente cómo, siendo niño y adolescente, discutía de fútbol con los guiris en los veranos que pasaba en Denia durante los noventa, cuando las seis Copas de Europa quedaban ya muy lejos y la situación del club, tanto económica como deportiva, no era la mejor. Mis respuestas a aquellos guiris estaban llenas de seguridad y orgullo, y con el tiempo siempre acababa percibiendo que sus críticas escondían una forma de admiración hacia algo que no podían comprar ni alcanzar. La leyenda del Real Madrid como cabeza del fútbol mundial estaba ahí. Podían criticarnos como se hace con el aristócrata venido a menos que sigue pasándose por el club, pero al que se le tiene envidia.
¿Cómo era posible? Este prestigio ha acompañado al club durante décadas. La conciencia histórica del madridismo, incluso en épocas de decadencia deportiva europea, siempre estuvo presente. Por eso se pudo sobrevivir treinta y dos años sin ganar la Copa de Europa sin dejar de sentirse el club más grande del mundo.
Por todo ello, es importante recordar que Florentino no creó el prestigio del Madrid. Recuperó la supremacía económica, mediática y competitiva contemporánea. Su visión potenció y proyectó la leyenda del Real Madrid hacia el siglo XXI, convirtiéndolo en la gran potencia económica, mediática y comercial del deporte mundial.
Cuando llegó a la presidencia en el año 2000, el club acababa de ser declarado mejor equipo del siglo XX en aquella ceremonia inolvidable en la que los madridistas sentimos un orgullo indescriptible viendo a don Alfredo Di Stéfano recoger el trofeo.
Lo que vino después fue la obra descomunal de Florentino. La dimensión que alcanzó el club habría parecido inimaginable apenas unos años antes. Para muchos madridistas de mi generación fue la constatación de un sueño íntimo: comprobar que aquella sensación de grandeza irrepetible que habíamos defendido incluso en épocas de decadencia no era nostalgia, sino una realidad histórica: los fichajes galácticos, la Ciudad Deportiva de Valdebebas, la expansión internacional de la marca Real Madrid, las giras mundiales, la capacidad de convertir cada movimiento del club en un acontecimiento planetario… Todo aquello transformó definitivamente al Madrid en algo todavía más gigantesco de lo que ya era. El hecho de que el Madrid haya conquistado siete Copas de Europa en veintiséis años eran literalmente ciencia ficción en el año 2000.
Ver al club ocupando el lugar que le pertenecía y tanto tiempo había perdido me ha producido una satisfacción y felicidad indescriptibles. Tal y como le pasaba a la Cenicienta, se burlaban, pero en el fondo sabían que era especial. Es difícil explicarlo a tantos madridistas que no lo vivieron y que su realidad desde que tuvieron conciencia ha sido esta época de laureles. Del mismo modo, no es algo fácil explicarles por qué afirmo que la institución ha perdido capas de identidad.
Pero la personalidad del club, su identidad no es solo esto. La simbología, el escudo, el himno, el honor en la victoria y en la derrota, el blanco imperecedero de la camiseta y ese barro que no la manchaba, sino que ennoblecía la lucha hasta el final, la figura de Santiago Bernabéu como padre del Real Madrid, la ciudad deportiva y la cantera, Di Stéfano, Gento, los Yeyés, la Quinta… Son cosas que deben emanar del club de forma natural de una forma u otra.
Me produce mucha tristeza ver a tantas leyendas del club fuera, algunas casi perdidas en el olvido. El día de la vuelta contra el Bayern me dio envidia ver a Rummenigge y Hoeness uno al lado del otro disfrutando del partido. El club ha perdido cierta serenidad institucional y cierta relación natural con sus propias figuras históricas.
Un caso en concreto sirve de ejemplo para explicarlo: Del Bosque. Jugador del Real Madrid durante dieciséis temporadas, entrenador del Castilla, director de la cantera (hasta el punto de conocer prácticamente el número de pie de cada chico que pasaba por ella), entrenador del primer equipo durante cuatro años, campeón de Liga, Copa de Europa e Intercontinental, seleccionador nacional campeón del mundo y de Europa, y una persona de la que jamás he escuchado hablar mal a un compañero de profesión. No me cabe en la cabeza que después de tantos años no se hayan podido recomponer los lazos rotos entre Vicente del Bosque y el Real Madrid. ¿Cómo es posible? Es verdad que desde su salida del club la relación estuvo rota y durante su etapa como seleccionador fue a peor. El grado de polarización en el madridismo era insoportable. Todo parecía una guerra permanente: cualquier matiz era sospechoso, cualquier discrepancia se interpretaba como una traición y cualquiera que no abrazase completamente la lógica que instaló Mourinho terminaba señalado.
Y ahí Del Bosque representaba exactamente lo contrario: calma, institucionalidad, contención, madridismo clásico. Quizá por eso parte del mourinhismo más fanatizado acabó viéndolo casi como una figura hostil. Todo degeneró hasta el lamentable incidente de la insignia de oro. El club decidió dársela antes de un partido junto a Plácido Domingo y Rafa Nadal, quienes siendo grandes y admirados madridistas no fueron símbolos deportivos internos de la entidad. Por supuesto don Vicente la rechazó. Han pasado casi quince años y las relaciones siguen prácticamente rotas. Y eso, sinceramente, me parece impropio de la historia del Real Madrid
Durante muchísimas presentaciones de jugadores en los últimos años no ha sido Pirri quien entregaba la camiseta
Del mismo modo, el papel del presidente de honor del club me transmite desde hace años la sensación de una figura meramente decorativa. Durante muchísimas presentaciones de jugadores en los últimos años no ha sido Pirri quien entregaba la camiseta. Naturalmente, jamás hará una declaración pública sobre ello. Tampoco lo harían Del Bosque, Camacho o tantas otras figuras históricas del club. No les corresponde. Esta tendencia únicamente puede revertirse desde la propia dirección institucional del Madrid. En el Madrid, muchas de estas figuras históricas parecen habitar compartimentos separados del relato institucional cotidiano. ¿Cuántos jóvenes de la cantera conocen hoy realmente a muchas de las figuras que construyeron el Madrid moderno más allá de haber escuchado sus nombres de manera lejana?
Otro ejemplo paradigmático de esta pérdida progresiva de identidad es lo ocurrido con el himno del club desde el año del centenario. En aquel 2002, Plácido Domingo interpretó un himno conmemorativo para celebrar los cien años de historia del Real Madrid. Y sí, era majestuoso. En su momento me pareció una idea magnífica. Lo que ya no me produjo la misma sensación fue comprobar cómo aquella composición empezó poco a poco a ocupar el espacio central de la megafonía del Santiago Bernabéu cuando los equipos saltaban al campo. Recuerdo perfectamente mi sorpresa y decepción.
Y así se llegó hasta el año de la Décima, cuando el proceso terminó de completarse. En aquella ocasión se compuso una nueva canción: “Hala Madrid y nada más”, con música del productor RedOne y letra de Manuel Jabois. No entro a valorar si la canción es más o menos emocionante o más o menos adecuada para ser coreada por un estadio. Además, es evidente que la pieza quedó asociada emocionalmente a una de las etapas más gloriosas de la historia reciente del club. El problema no es ese. El himno clásico estaba ligado a la continuidad histórica del club, al Madrid de Bernabéu, a cierta solemnidad castiza, a la idea de una institución eterna que atraviesa generaciones sin necesidad de alterarse para seguir siendo admirada. Estas cosas construyen imaginario. ¿A alguien le entraría en la cabeza que Inglaterra sustituyese el “God Save the King” por “We Are the Champions” de Queen? Evidentemente no.
Y ya puestos, una última petición personal: si el himno histórico no va a sonar antes del partido, casi prefiero que no lo haga tampoco al final. Porque escuchar el verdadero himno del Real Madrid únicamente cuando el estadio empieza a vaciarse produce una sensación difícil de explicar. Como si algo esencial hubiese quedado desplazado silenciosamente hacia un rincón.
Pero la identidad de un club no solo se proyecta desde los símbolos. También se transmite desde el comportamiento. Y ahí creo que el Real Madrid también debería marcar diferencias. El comportamiento de nuestros jugadores sobre el césped importa. Mucho. Evidentemente el fútbol admite momentos de tensión, expulsiones, peleas o cruces de cables. Nuestro amado Juanito podría dar buena cuenta de ello, aunque también de la rápida y sincera rectificación posterior. Una cosa es la pasión desbordada o el error humano en mitad de la competición y otra muy distinta determinadas conductas teatrales que se han ido normalizando en el fútbol moderno.
Porque lo que sucede hoy en muchos partidos con la simulación de golpes en la cara resulta sencillamente grotesco. El Madrid debería intentar marcar una línea diferente. No como gesto de superioridad moral artificial, sino como coherencia con la imagen histórica que el propio club proyecta de sí mismo. Que se trasladase internamente esa cultura desde la cantera hasta el primer equipo, en que determinados comportamientos fuesen vistos como algo impropio de la imagen del Real Madrid y que tuviesen consecuencias disciplinarias. Escribiendo me acuerdo de Camacho en la vieja ciudad deportiva de La Castellana dirigiendo al Español contra el Castilla. Roberto Fresnedoso se acercó al banquillo españolista por una herida en la mano y el de Cieza le mandó a tomar viento con unas hermosas y sentidas palabras. Búsquenlo en YouTube.
El himno clásico estaba ligado a la continuidad histórica del club, al Madrid de Bernabéu, a cierta solemnidad castiza, a la idea de una institución eterna que atraviesa generaciones sin necesidad de alterarse para seguir siendo admirada
Del mismo modo, el club debe defender sus intereses con contundencia cuando considera que se han producido situaciones gravísimas, como el escándalo arbitral relacionado con los pagos del F. C. Barcelona al señor Negreira durante casi dos décadas. Es un asunto enormemente serio y probablemente el Madrid tardó demasiado tiempo en reaccionar públicamente.
Porque el Real Madrid posee una capacidad de influencia mundial que muy pocos clubes han tenido jamás en la historia del deporte. Debería actuar de otra manera además de, por supuesto, la judicial. El club tiene en su mano mecanismos muchísimo más poderosos para trasladar este tipo de cuestiones al debate futbolístico internacional. Porque ese debería ser el tono del Madrid cuando decide defender algo tan grave: el de una institución histórica explicando al mundo un problema de integridad competitiva en el fútbol europeo. Valiéndose de la televisión del club mediante cuidados reportajes o de los propios embajadores del club. Desde la dimensión histórica y moral que posee la institución.
El club sigue ocupando una posición incomparable con cualquier otro club del mundo. Y precisamente por eso puede permitirse detenerse, mirarse a sí mismo y reflexionar. Porque sigue estando a una distancia sideral del resto. Porque aquí el verdadero peligro no es perder partidos. El verdadero peligro es olvidar quién eres.
Tampoco hablo aquí de si el nuevo Bernabéu es más o menos espectacular, ni de si los conciertos son buenos o malos para el club, que si el parking sí o no. Pero sí hay algo relacionado con todo ello que me parece importante plantear: si el Real Madrid pertenece realmente a sus socios, ¿por qué nunca se les consulta sobre determinadas cuestiones profundamente simbólicas? Evidentemente, no tendría sentido preguntar cada temporada por el diseño de una camiseta. Pero asuntos como el himno del club, determinados elementos de identidad visual o incluso un cambio tan gigantesco como el diseño definitivo del estadio quizá merecían algún tipo de consulta, aunque fuese orientativa o simbólica. Porque precisamente la fuerza histórica del Madrid siempre residió también en esa idea de pertenencia colectiva.
Estamos entrando además en un momento en que se ha abierto un escenario nuevo dentro del madridismo con la convocatoria electoral y la presentación de una candidatura rival a la de Florentino Pérez. Sobre el señor Riquelme apenas puedo opinar porque acaba de empezar la campaña, pero será interesante escuchar qué visión tiene para el Real Madrid del futuro.
Todos los temas que he tocado son síntomas que vistos individualmente quizás no dejen ver la profundidad del problema, pero en conjunto creo que ilustran con claridad cuál es esa extraña sensación que me persigue desde hace años. La ausencia de determinados jugadores en la despedida de Carvajal fue otro síntoma de algo que va más allá del descuido puntual y que es un claro ejemplo de lo que estoy tratando de explicar.
En cualquier caso, más allá de nombres concretos, es muy importante que el Real Madrid pueda detenerse algún día a reflexionar sobre sí mismo.
Porque todavía estamos a tiempo:
A tiempo de recuperar presencia institucional de nuestras leyendas.
A tiempo de reforzar los símbolos históricos del club.
A tiempo de volver a transmitir ciertas formas y ciertos códigos.
A tiempo de recordar que el señorío no era simplemente una palabra vacía ni una campaña de marketing.
A tiempo de comprender que la grandeza del Madrid nunca consistió únicamente en ganar, sino en la manera en que representaba el poder, la autoridad y la continuidad histórica dentro del fútbol mundial.
El Madrid seguirá ganando. Pero precisamente por eso sería una pena inmensa que, en mitad de esta era de éxito gigantesco, el Madrid fuese perdiendo lentamente partes de sí mismo sin apenas darse cuenta. Y el Real Madrid nunca fue únicamente un club que ganaba. Fue también una manera de estar en el fútbol y en el mundo.
El problema no es perder: es olvidar quién eres.
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Todo ésto está muy bien, pero el himno del Madrid tiene que ser el que se hizo para la décima, no hay color con el histórico de las mocitas o el del centenario.
Me gustaría que Del Bosque y el Real Madrid se entendiesen. Lo veo muy difícil.
Solo hay que ver los comentarios de Del Bosque so
bre negreira. Se le ve el plumero.