Se acabó la fiesta en Valdebebas. Este lunes 13 de julio arranca oficialmente una nueva etapa en el Real Madrid, y lo hace de la única manera posible para lograr enderezar las malas dinámicas adquiridas: con disciplina, orden y un bendito madrugón.
Los jugadores están citados a las 8 de la mañana en la Ciudad Deportiva. A esa hora intempestiva en la que las calles están despertando, los futbolistas del conjunto blanco ya tendrán que haber cruzado la barrera de las instalaciones, lo que significa que a las 6:30 de la mañana, como tarde, el despertador de más de uno va a sonar con una estridencia que ya habían olvidado.
Personalmente, me alegro de una manera infinita de que les toque pegarse este primer madrugón en años. Era sumamente necesario.
Llevamos dos años asistiendo a un compadreo insostenible, dos temporadas en las que la plantilla ha vivido extremadamente bien, instalada en una zona de confort peligrosa, con concesiones continuas y unos niveles de exigencia que se habían ido relajando hasta diluir el gen competitivo que exige este escudo.
La autocomplacencia se había adueñado del día a día, y los futbolistas parecían más preocupados por sus vacaciones, sus redes sociales y sus prerrogativas individuales que por morder el césped en cada sesión. Esa era del bienestar se ha terminado por decreto y con efecto inmediato.
El regreso de José Mourinho supone un bofetón de realidad para un vestuario que necesitaba un líder absoluto en el banquillo. El técnico portugués no aterriza en Madrid con el hacha de guerra levantada de primeras; llega de buenas, con una energía desbordante y con ganas reales de charlar, de mirar a los ojos a sus nuevos pupilos y de conocer a todo el mundo de primera mano.
Pero que nadie confunda su cordialidad inicial con debilidad o con una invitación al consenso. Mourinho viene a escuchar y a presentarse, pero bajo ningún concepto viene bajo la premisa de preguntarles a las vacas sagradas qué horarios prefieren para ejercitarse, qué días les viene mejor librar o cómo les gusta organizar los viajes.
El regreso de José Mourinho supone un bofetón de realidad para un vestuario que necesitaba un líder absoluto en el banquillo
El club no es una democracia asamblearia y los entrenamientos no se negocian en función del bienestar vacacional de los jugadores.
La planificación de la jornada del lunes es el reflejo perfecto de lo que les espera a partir de ahora. Tras llegar a las 8 de la mañana para los obligatorios reconocimientos médicos de pretemporada y para tener esa primera toma de contacto con el luso, los futbolistas pasarán todo el día en la Ciudad Deportiva.
No habrá escapadas a mediodía, ni tiempo para el esparcimiento personal fuera del recinto. Compartirán dinámicas, charlas tácticas preliminares, comerán juntos y harán convivencia hasta que el reloj marque las 17:00 de la tarde.
A esa hora exacta saltarán al terreno de juego para vivir el primer entrenamiento real bajo los mandos del técnico portugués. Todo corrido, sin concesiones, asimilando desde el minuto uno el peso del nuevo régimen laboral que se implanta en la entidad.
Una de las premisas fundamentales que va a quedar meridianamente clara desde ese primer cónclave matutino es que Mourinho llega con la idea fija de ser transparente y brutalmente claro con cada uno de los integrantes de la plantilla. Desde el primer día, les va a comunicar el rol exacto que van a ocupar a priori en su proyecto para este año.
Con Mou no habrá dobles discursos ni falsas promesas para mantener a todos contentos de cara a la galería. Quien vaya a ser titular sabrá por qué lo es y qué se le exige, y quien vaya a calentar el banquillo conocerá su situación de manera directa, sin paños calientes.
Su manual de estilo especifica claramente que él no viene a Valdebebas a ser amigo de los futbolistas. El paternalismo mal entendido y las palmaditas condescendientes en la espalda que se han visto estos dos últimos años quedan desterradas.
La relación con el vestuario será estrictamente de jugador a entrenador, marcada por una línea jerárquica infranqueable y basada en el respeto mutuo a través del trabajo exigente.
Mourinho regresa además con más ganas que nunca, con el hambre renovada y consciente del tremendo reto que tiene por delante para devolver al club a la senda de la máxima competitividad. Ese entusiasmo y esa intensidad no admitirán medias tintas por parte de unos futbolistas que se habían acostumbrado a regular sus esfuerzos según el día y el rival.
El madrugón de las 6:30 de la mañana no es solo una anécdota horaria, sino un símbolo de que el Real Madrid vuelve a ponerse el mono de trabajo desde el primer segundo del verano
Lo más importante y verdaderamente diferencial de esta nueva etapa es el respaldo institucional que sustenta la figura del técnico. Se les ha acabado la buena vida que llevaban estos años atrás porque, por primera vez en muchísimo tiempo, el entrenador del Real Madrid cuenta con la confianza absoluta y ciega del presidente para tomar todas y cada una de las decisiones oportunas respecto al vestuario y a todo lo que lo rodea.
Atrás quedaron los tiempos en los que los jugadores utilizaban el teléfono para quejarse directamente a las altas esferas cuando no les gustaban los métodos del míster o cuando se veían relegados a la suplencia. El blindaje presidencial a Mourinho es total.
Si el luso decide apartar a una estrella por falta de compromiso, el club respaldará la medida de manera unánime. Si decide endurecer las multas por impuntualidad o cambiar drásticamente los hábitos de concentración, no habrá fisuras en la planta noble del Bernabéu.
Los futbolistas tienen que entender que el poder ha vuelto a cambiar de bando y que el mando de la nave reside única y exclusivamente en el banquillo. La comodidad del pasado reciente ha sido sustituida por un examen diario de rendimiento en el que los galones de temporadas pasadas ya no sirven para justificar la desidia sobre el verde.
Por todo ello, la jornada laboral del lunes trasciende el mero trámite de un inicio de pretemporada habitual. Es un cambio de paradigma social e interno en la plantilla blanca.
El madrugón de las 6:30 de la mañana no es solo una anécdota horaria, sino un símbolo de que el Real Madrid vuelve a ponerse el mono de trabajo desde el primer segundo del verano. La plantilla ha disfrutado de un estatus de privilegios excesivos que se ha traducido en un estancamiento evidente en el juego y en los resultados.
Ver a los jugadores ingresar temprano por la puerta de la Ciudad Deportiva, sabiendo que les espera un día entero de encierro profesional, disciplina y un entrenamiento de máxima exigencia física y mental es la mejor noticia posible para el madridismo que exigía un golpe de timón.
Mourinho ha vuelto para imponer su ley, para trazar las fronteras del compromiso y para recordarles a los jugadores que la gloria en este club no se hereda ni se mantiene por inercia, sino que se trabaja cada día.
Aquellos que pretendan seguir viviendo de las rentas y del confort como en las últimas dos campañas van a chocar de frente contra un muro de exigencia inquebrantable.
Se acabó la tregua, se terminaron las excusas y se cerró definitivamente el club vacacional en el que se había convertido el equipo. El lunes a las 8 comienza el verdadero fútbol.
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A la altura de los relatos de los Momentos Estelares de la Humanidad, claro que sí. De esas fechas que cambian el rumbo de los acontecimientos, y el texto en la línea del de Zweig.
Y hace un año vuestra recomendación era que había que madrugar por Xabi Alonso.