Las mejores firmas madridistas del planeta

José

Escrito por: Antonio Valderrama16 junio, 2026
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Ha vuelto Mourinho. Creí que lo nuestro con él se había acabado. En realidad, Mourinho está inserto para siempre en la Historia del Real Madrid, pues fue con él con quien se concibió la etapa más brillante de la trayectoria del club más exitoso del fútbol mundial. Con Mourinho, el Madrid recuperó la juventud. En aquella tormenta eléctrica, que duró tres años, el madridismo se renovó como en una catarsis. La purificación tuvo un sentido órfico, fue un gran misterio de Eleusis: bajamos a los infiernos y nos comimos a nosotros mismos, pero del subsuelo de la realidad emergió un titán que acabó con todos los viejos miedos.

Y sin embargo ahora, incrédulo, un poco cínico, ahora contemplo su regreso al banquillo del Real como uno de los grognards de la Guardia Vieja de Napoleón esperaría a Bonaparte en una playa de la Costa Azul francesa al enterarse de que volvía del primer destierro en Elba. Es una mezcla de confusión, nostalgia y alegría. Hay grandes posibilidades de que todo salga mal y, no obstante, ¿de qué modo se podría renunciar a intentarlo de nuevo?

Ha pasado mucho tiempo, muchos años. Todo lo que soñamos con Mourinho se hizo realidad, después, sin él. Pero sin él nada habría sido posible. La grandeza de José es precisamente haber torcido el curso del destino como uno de esos ingenieros que desvían el cauce de un enorme río y evitan que una crecida destruya toda una región. Si el Madrid, parafraseando al ficticio Papa Pío XIII de Paolo Sorrentino, es cimiento, Mourinho lo rellenó de hormigón para que se volvieran a construir los grandes palacios de antaño.

Los tiempos son, naturalmente, otros. Si hace dieciséis años Mourinho fue fichado con una misión de redención casi hollywoodiense, hoy regresa, gastado por los años y por los fracasos, para completar el carácter circular de la obra de Florentino Pérez. Queda patente que los mejores entrenadores para el Madrid son los que ya se conocen. Con Mou se dio comienzo a un proceso que trajo dos veces a Ancelotti y a Zidane y que dejó seis nuevas Copas de Europa en el museo del Bernabéu. Aun con sus cosas, el presidente Pérez sólo se fía de quien sabe más que él y lo demuestra. Era inevitable que, ante los prospects fallidos tipo Xabi Alonso, el tardoflorentinismo confiara en quien resucitó al Madrid y lo trajo de vuelta del mundo de las sombras para reconducir una dirección deportiva que lleva dos años apuntando al colapso total.

Hay grandes posibilidades de que todo salga mal y, no obstante, ¿de qué modo se podría renunciar a intentarlo de nuevo?

Y de momento, Mourinho, a lo Spengler, cumple lo que esperábamos de él y vuelve con un pelotón de soldados para marcar la última línea de defensa de la civilización en peligro: Cucurella, Dumfries, Konaté, quizá Bernardo Silva, tipos que parecen sacados de un casting de la Warner de los años 40 para acompañar a Bogart en una película de guerra.

Mourinho vuelve con la tarea de enseñar a ganar a un equipo que sólo hace dos años era el mejor del mundo. Hace tres lustros, en cambio, su faena era bien distinta: devolver el orgullo al enfermo de Europa, una organización secuestrada por un increíble complejo de inferioridad y a la que acechaba un país entero dispuesto, política, cultural y deportivamente, a completar la obra de sustituir al Real Madrid por su caricatura.

Mou lo impidió. Entonces era The Special One. Una mezcla de Don Draper, John Wayne en The Searchers y Bukele en El Salvador. Era Prometeo y nos iba a traer el fuego a nosotros, los hombres, robándoselo a los dioses. En su formidable trabajo, los doce de Hércules en uno, se consumió, se agotó como una vela. Desde el Madrid, su carrera fue un largo y lento declinar hasta la parodia de sí mismo, al mismo tiempo que lo que él sembró en la tierra sagrada de Chamartín daba todos sus frutos. Fueron dos líneas de tiempo paralelas: la de Mourinho y la del Madrid de los Jerarcas, nutriéndose la segunda de la savia que iba terminándosele a la primera. Quizá no haya un momento mejor para su regreso al Madrid que este: acabado, al otro lado de su propia leyenda, viejo y por eso más sabio que el mismo demonio. Omnia fui, nihil expedit.

Quizá no haya un momento mejor para su regreso al Madrid que este: acabado, al otro lado de su propia leyenda, viejo y por eso más sabio que el mismo demonio

El banquillo del Madrid es una dimensión del espacio-tiempo ajena a las reglas del Universo. En ella aplica mejor lo de lo malo conocido que cualquier otra cosa: para entrenar al Madrid es preciso estar por encima del Bien y del Mal, pertenecer a una saga especial de hombres que no se asustan fácilmente, individuos perfectamente conscientes de que hay que esperar y no cansarse de la espera, de que, como cantaba Kipling, se debe caminar entre reyes y no cambiar por ello de identidad… gente en la que habiten multitudes, por eso, como decía antes, los hombres del presidente son, y la Historia ya lo sabe, Mourinho, Zidane y Ancelotti.

Con José fuimos capaces de soñar cuando nos hacíamos hombres y hoy tenemos de nuevo la oportunidad de que nuestros hijos sigan soñando. Quien fue un padre llega hoy casi como un abuelo. Crecimos con él y gracias a él descubrimos la tramoya del mundo. Y, sin embargo, larga vida al material del que están hechos los sueños.

 

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