Buenos días. En octubre de 1989, Fernando Arrabal se puso el mundo por montera y nos regaló una de las mejores escenas de la historia de la televisión. El dramaturgo de oratoria torrencial vaticinó: «¡El milenarismo va a llegaaaaaaar!».
Arrabal: ¡Hablemos del milenarismo, cojones, ya! Estamos hablando del Apocalipsis y hablemos del milenarismo. ¡El milenarismo va a llegaaaar!
Contertulio: Siempre va a llegar.
Arrabal on fire: ¡Va a llegar! ¡Déjame hablar! ¡Deja hablar a la minoría silenciosa!
Interviene André Malby, una suerte de André el Gigante, pero más enfocado a las letras. Arrabal lo escucha sentado en la mesa.
André Malby: Lo siento, me voy a oponer con toda mi fuerza a los guruísmos. Porque, si se te deja, vas a montar una secta. Y, si tienes éxito, como todos los heréticos que llegan detrás del marketing, vas a fundamentar una religión.
Arrabal: Pero todos los españoles están a favor de mí, querido amigo.
Tras levantarse con un equilibrio un tanto peculiar, Arrabal besa a André.
En aquel momento, casi nadie sabía qué era el milenarismo, ni si vendría por la autovía o por la nacional, ni siquiera si era conveniente tener papel higiénico en casa cuando llegara.
Al final, el milenarismo no ha llegado. O, si ha llegado, no nos hemos enterado. Del mismo modo que no notamos el supuesto bienestar que nos traen los políticos de todos los colores cuando gobiernan.
Hoy, casi 37 años después, podemos afirmar que el laminarismo va a llegaaaaaaar.
Lamine Yamal: Mi gran partido va a llegaaaaaar.
Estamos convencidos de que Lamine no ha emitido estas declaraciones tras un incidente inopinado en el que se mezclaron por error medicamentos y chinchón, pero el laminarismo comparte con el milenarismo su naturaleza profética.
El laminarismo consiste precisamente en eso, en engalanar el altar antes de que se obre el milagro. No vaya a ser que luego el chico multiplique los panes, los peces, los goles o las chicas de imagen y haya que montar el pedestal aprisa y corriendo.
Luego, cuando llega la realidad, no hay problema: si es determinante, se confirma el vaticinio; si juega regular, está madurando; si juega mal, es joven y tiene que gestionar las emociones; si no aparece, está aprendiendo a aparecer; si aparece demasiado, el fútbol se le queda pequeño. La ventaja del laminarismo es que nunca pierde, como Parker Lewis.
La escena de Arrabal en el programa de Dragó hoy sería algo similar a:
Periodista del sistema: ¡Hablemos del laminarismo, cojones, ya! Estamos hablando del éxtasis y hablemos del laminarismo. ¡El laminarismo va a llegaaaar!
Aficionado crítico: Siempre va a llegar, sí…
Arrabal on fire: ¡Va a llegar! ¡Déjame hablar! ¡Deja hablar a la minoría silenciosa!
Aficionado crítico: La minoría silenciosa es la nueva mayoría ruidosa. Lo siento, me voy a oponer con toda mi fuerza a los guruísmos. Porque, si se te deja, vas a montar una secta. Y, si tienes éxito, como todos los heréticos que llegan detrás del marketing, vas a fundamentar una religión.
Lamine: Pero todos los españoles están a favor de mí, querido amigo.
Tras levantarse con un equilibrio un tanto peculiar, Tebas besa a Lamine.
Por supuesto, es una parodia. Cualquier parecido con la realidad es una faena, como el disclaimer de la última de Santiago Segura.
Lamine Yamal es un futbolista extraordinario. El problema es el laminarismo.
As viene con una primera plana peliculera, pero no la primera plana de Wilder, sino la de Unai Simón. Con todo respeto, no es lo mismo.
Además del asunto de la renovación de Tchouaméni, hay una frase de Unai cumbre: «Sobre Joan García se dijeron cosas que eran ciertas y otras que no lo eran». Algo así como que unos días llueve y otros no, aunque no te gusten los pimientos de Padrón.
Por aquí dejamos la portada de Sport, por si se os ocurre darle uso.
La foto del frontispicio de Marca nos gusta más: un imponente Teobaldo ataviado con uniforme y botas en tonos Calippo de Frigo.
Esta noche, Francia-Marruecos. Ocurra lo que ocurra —incluso si Argentina gana el duelo franco-marroquí—, es probable que en Francia acaben multitud de calles, coches y negocios destrozados. Quizá en eso consista el milenarismo previo al fin del mundo.
Pasad un buen día.
















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