Minuto 102 de la prórroga. Hay jugadas que no pertenecen al fútbol sino a la biografía de cada uno. Marcelo presiona a Messi en la banda izquierda, le roba el balón, y Xabi Alonso lee la jugada antes de que ocurra: pase atrás a Pepe, que toca a Marcelo, que busca a Di María.
Yo no sé dónde estaba en muchas noches felices del Madrid. En esta sí. Lo recuerdo todo. La luz de la televisión, el cuerpo inclinado hacia delante, esa fe absurda que aparece medio segundo antes de que pase algo. Di María centra y Cristiano salta. Pero no salta solo Cristiano. Saltamos todos los que hacía meses escuchábamos en los medios que aquello se había terminado. Y es GOOOOOOOOOOOOOL. ¡Gol del Madrid! ¡Vamooooos! Se oyen gritos en los balcones de la gente que sale a la terraza a festejar como si no hubiera mañana.
¿Es la final de la Champions? No. Es la Copa del Rey. Esa que los madridistas no solíamos tomarnos muy en serio. Pero es el año 2011 y en la final de Mestalla de aquel 20 de abril no estaba en juego solo una Copa del Rey.
Veníamos del 5-0 en noviembre, de los años del triplete. Veníamos de escuchar que el Barcelona era una inevitabilidad histórica, que Guardiola había descifrado el fútbol, que Messi era el destino y que al Madrid solo le quedaba aceptar la pedagogía del enemigo. Los mejores periodistas y analistas deportivos del país nos lo explicaban todos los días con esa paciencia condescendiente con la que se explica a un niño que los Reyes son los padres: aquello era el futuro y nosotros éramos el pasado. Había madridistas que empezaban a pedir perdón por serlo. Otros, no. Otros descubrimos entonces que nuestro sitio no estaba en el consenso, sino en la trinchera. Formábamos parte del madridismo de la resistencia, lo que después llamaríamos “el madridismo underground”. El que no aceptaba que esto había terminado. El que encontraba motivos para seguir creyendo cuando casi nadie más creía. El que todavía no se había familiarizado con Negreira, pero ya se olía cosas raras.
El añorado David Gistau lo describió con precisión en aquellos días: hay un Real Madrid contracultural que “no va a aceptar ser corregido por el enemigo ni las interpretaciones sociopolíticas […]. Va a luchar contra todos esos complejos y además va a volver a ganar al fútbol”. No éramos los autodenominados madridistas de la prensa. Éramos nosotros. Era Mourinho.
Bienvenido a casa. Nos merecemos este último baile
Mou había entendido lo que necesitábamos antes de que nosotros lo supiéramos. Alguien que dijo, en palabras de Gistau: “Dadme vuestra pelea, que yo la libro”. Fueron tiempos salvajes y los vivimos con felicidad. El Madrid de Mourinho ganó esa Copa del Rey que no era solo una Copa del Rey. Ganó la Liga de los cien puntos en 2012. Hubo momentos duros, claro. Sobre todo en Champions, con arbitrajes polémicos y con aquella maldita semifinal que se escapó en los penaltis. Pero valió la pena y si volviéramos a nacer lo viviríamos con el mismo orgullo, la misma intensidad y la misma pasión.
Después de la marcha de Mourinho en 2013 llegarían cosas que entonces no podíamos imaginar. La Décima. El 93 de Ramos. Seis Champions en diez años. Pero el madridismo underground sabe —sabemos— que nada de eso hubiera sido posible sin los años que Mou pasó sembrando en este club algo que no se ve en los títulos pero que estaba en la raíz de todo: la convicción de que podíamos.
Y ahora vuelve.
Puede que salga mal. Quizá se rían de nosotros quienes siempre encuentran motivos para esconder su mediocridad detrás de la palabra “señorío”. Pero el madridismo underground sabe que vale más intentarlo que no intentarlo. Que el Madrid es rock & roll. Y aquel Madrid, más exactamente, era “Going Underground” sonando a todo volumen.
Bienvenido a casa. Nos merecemos este último baile.
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