Buenos días, amigos. Ayer celebramos Navidad en La Galerna dándonos el lujo de entrevistar ni más ni menos que a George Karl, cuyo reencuentro virtual con su expupilo Joe Llorente, acompañado por Jesús Bengoechea, tiene que entrar por derecho propio en la galería de momentos imprescindibles en los siete años de historia de esta vuestra casa. En las palabras del Hall of Fame inductee, uno de los entrenadores más exitosos en la historia de la NBA, late una devoción por el Real Madrid de tal calibre que avanzamos un estadio más, si ello era posible, en el entendimiento de la enormidad que representa el club blanco. Karl otorga a su año y medio en la institución un papel esencial en su formación como técnico, y equipara la grandeza de la entidad española a la de los Lakers o los Celtics.
Karl ganó dos veces el Torneo de Navidad del Madrid, que tanto añoramos. La primera como jugador en la añeja edición de 1971, cuando era el base rubicundo de la Universidad de Carolina del Norte; la segunda exactamente veinte años después, ya como técnico vikingo. Esta entrevista fue para nosotros como retomar el viejo torneo, como volver a jugarlo de la mano del hombre de las 1.175 victorias en la mejor competición de baloncesto del planeta. Esperamos que el regalo de Navidad que os hicimos esté a la altura del que nos hicimos a nosotros mismos.
Ayer fue también un gran día porque revelamos al ganador de la III Edición del Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad, que es Pedro Lancha con esta absoluta maravilla de relato que te encoge el corazón. Pedro ya fue el ganador del año pasado, y aunque no queríamos repetir lo cierto es que no nos ha dado opciones. Parte de los finalistas fueron revelados el sábado, y el resto serán publicados hoy. Agradecemos a los participantes tanto la cantidad como la calidad de los textos presentados.
La prensa deportiva tradicional viene con sus brindis navideños. Honestamente, y con todos los respetos, nosotros nos quedamos con nuestro brindis con Karl. Dice As que Koke hizo historia en 2022, aunque luego no razona su respuesta, como nos pedían que hiciéramos en el cole. Da igual, hombre, es Navidad, y si hay que abrazar la idea de que Koke hizo historia en 2022, se la abraza y que salga el sol por Antioquía, como diría nuestro querido Rafa Moreno.
El que no brinda desde la portada de Marca es Mbappé, que irá o no irá algún día al Madrid. Recomendamos a Kylian que lea nuestra entrevista con George Karl y que aprenda, así, en general.
Pasad un gran día.
Relato ganador del III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad de La Galerna.
Para Pablo, a sus diecisiete, aquellas no iban a ser unas fiestas navideñas fáciles. Su época favorita del año era la Navidad. En ella solía dedicarse a pasear y jugar al fútbol con los amigos del barrio. Algunas noches trasnochaba jugando a la Play. Pero, sobre todo, era el momento de pasar ratos con su abuelo Vicente. El abuelo Vicente era un hombre de mundo. Fue empresario, culto, aficionado al cine y la lectura, y además un gran madridista. Cuando nació Pablo, asumió la labor de inculcar el madridismo como uno de los valores vitales de su nieto. Consiguió su objetivo. De hecho, cada 25 de diciembre nunca faltaba en casa de Pablo un paquete con la camiseta del jugador del Real Madrid que, a criterio de su abuelo, había sido el más destacado de la temporada.
Este año, en su época favorita del año tendría que enfrentarse por primera vez a la ausencia de su abuelo Vicente. Desgraciadamente les había dejado para siempre hacía tan solo tres meses. Aquel día, el último día, Pablo lo recuerda con especial intensidad. Aún es capaz de sentir el último abrazo que le dio a su abuelo cuando fue a visitarlo a su casa por última vez. Recuerda cómo aquel día, cuando él pensaba que el rutinario abrazo de despedida había llegado a su fin, notó como el abuelo le volvía a apretar con fuerza. Como si quisiera alargar el momento mucho más de lo normal. Como si supera que ese iba a ser el último abrazo que le daría a su querido nieto. Algo que le resultó extraño. Cuando unos días más tarde recibió la fatal noticia por parte de su padre, aquel abrazo se le vino de inmediato a la mente, y entonces lo comprendió todo.
Aquel año iba a ser muy diferente. Para evitar una cena de Nochebuena sumida en recuerdos, sus padres optaron por pasar unos días en un resort de República Dominicana. A Pablo no le pareció mal, siempre que le dejasen llevar en su maleta su Play. Temía que tendría que pasar muchos ratos a solas con sus padres. Por el huso horario, no podría ni siquiera chatear con sus amigos de Madrid y, por tanto, la consola sería su tabla de salvación
Su vida, más allá de echarlo de menos prácticamente a cada instante, no había cambiado mucho. Seguía con sus rutinas cotidianas. Asistía al colegio. Practicaba deporte con sus amigos. Veía a su Real Madrid y jugaba a la Play. Esta última era una actividad a la que dedicaba más tiempo del que les gustaría a sus padres. Aunque resignados, lo veían como algo inevitable al ser hijo único. Sin embargo, su abuelo disfrutaba mucho viéndolo jugar. En muchas ocasiones Vicente animaba a su nieto mientras jugaba a la Play. En alguna ocasión con más pasión que en un partido de Champions. A Pablo se le daba especialmente bien. Cómo no, su juego favorito era el FIFA. Su dedicación le había permitido tener cierto nivel. Además, gracias a ello, había conocido a algunos amigos gamers con los que incluso mantenía algunas conversaciones por chat de cosas más allá del fútbol. A pesar del anonimato que permiten las redes, de entre todas sus amistades destacaba “Junioor20”. Era bastante parecido a él en su forma de entender el futbol y la vida. Incluso le habló de la reciente marcha de su abuelo Vicente.
Aquel año iba a ser muy diferente. Para evitar una cena de Nochebuena sumida en recuerdos, sus padres optaron por pasar unos días en un resort de República Dominicana. A Pablo no le pareció mal, siempre que le dejasen llevar en su maleta su Play. Temía que tendría que pasar muchos ratos a solas con sus padres. Por el huso horario, no podría ni siquiera chatear con sus amigos de Madrid y, por tanto, la consola sería su tabla de salvación.
La llegada al hotel le sorprendió. Sus padres no habían escatimado en gastos. Nunca lo hacían cuando se traba de contentarle. El hospedaje consistía en un pequeño bungaló con vistas al mar, porche y pequeño jardín con hamaca atada al tronco de un cocotero. Y, sobre todo, una enorme televisión en el salón que era además el lugar donde él dormiría. Las partidas nocturnas estaban más que aseguradas. El primer día, lo dedicó a disfrutar de todo el ocio que ofrecía el resort. Cuando llegó la noche, decidió que era el momento de conectarse a su Play Station.
Suponía que, por el cambio horario, sus habituales rivales ahora estarían durmiendo. Pero le sorprendió ver que “Junioor20” estaba “online”. Pensó que estaría también de vacaciones. No tardó en retarle. Sin más, el partido empezó. A pesar de que no había goles fue uno de los más entretenidos que recordaban, con muchas ocasiones.
En el descuento, una jugada en el área de “Junioor20” hizo que el árbitro virtual señalara pena máxima. A Pablo se le escapó un “¡Siiiuuu¡” al más puro estilo Cristiano Ronaldo, que rápidamente atenuó para no despertar a sus padres. Le pareció curioso que justo al mismo tiempo un grito de rabia se escuchara en el bungaló vecino. No le dio más importancia. Atribuyó el hecho a la casualidad o alguien viendo futbol por la ESPN. Procedió a tirar el penalti, pero falló. “Junioor20” acertó la trayectoria. Una vez más su grito de rabia coincidió con el de alegría de su vecino. No podría ser tanta casualidad.
Dejó el mando sobre el sofá y salió al porche. Al mismo tiempo, vio que en el bungaló vecino alguien hacía lo mismo. No había mucha luz, no podía distinguir con nitidez aquel rostro de tez oscura de su vecino, que al momento preguntó, con un marcado acento brasileño:
—¿PabloGol?
—¿Junioor20? —Pablo respondió.
No podía ser. ¡Era demasiada casualidad! En ese momento, Junioor20 dio un salto con una agilidad sorprendente por encima de la barandilla de su porche. Se acercó al alojamiento de Pablo. Nuestro protagonista se quedó helado, no sólo porque estaba conociendo a su rival gamer con el que había compartido tantas horas, sino que además su oponente, su amigo en definitiva, era Vinicius Jr., jugador del Real Madrid.
Vinicius abrazó sin vacilar a Pablo, que seguía inmóvil ante la sorpresa. Le contó que estaba allí pasando unas vacaciones después del Mundial junto con su familia. Sus obligaciones deportivas le forzaban a volver a Madrid antes del día 24. Le quedaba por tanto un solo día para disfrutar del sol caribeño. Estuvieron algo más de una hora hablando, como a veces lo hacían a través de la consola, y después se fueron a dormir.
A la mañana siguiente, último día de Vinicius en el resort, Pablo se despertó pronto y contó a sus padres lo acontecido la noche anterior. Al principio no le creyeron. Al terminar, vio sobre la hamaca del jardín un balón de playa con una nota. Salió raudo a ver de qué se trataba. Cogió el balón y leyó: “A ver si con los pies eres tan bueno como con el mando. Te espero a las 9:00 en la playa. Fdo: Vini Jr”. No lo dudó, se vistió rápido y salió directo hacia la playa. Allí estaba Vinicius junto con unos amigos dando toques al balón de forma magistral. Al verle, el jugador del Real Madrid se apresuró a abrazarle. Insistió en ser compañero de equipo suyo, y después de las presentaciones empezó el juego. Fueron cuarenta minutos de un juego divertido. Pablo participó mucho, corrió y disfrutó como nunca lo había hecho jugando al futbol. En la última jugada, Vinicius regateó con un sombrero a uno de sus amigos y directamente centró el balón hacia la posición de Pablo. Este se giró sobre sí mismo y realizó una chilena de enorme plasticidad. El balón entró después de dar en el larguero. En ese momento Vini corrió hacia él. Se unió al gesto que instintivamente le salió a Pablo. Era el de mirar hacia arriba con los índices apuntando al cielo. Vinicius sabía que aquel gol estaba dedicado a su abuelo Vicente.
Una vez terminado el partido, Vinicius, junto con su familia y amigos, se marcharon. Un nuevo abrazo bastó para sellar una amistad que hasta ahora era sólo virtual. Al día siguiente, Pablo celebró la Nochebuena con sus padres. Fue una cena algo anodina.
El 25 tampoco empezó como la típica mañana feliz de Navidad. El habitual amanecer con los regalos bajo el árbol debía esperar a estar en Madrid. De repente, alguien del servicio de habitaciones llamó a la puerta. Traía una pequeña caja para Pablo. Él la abrió, y sonrió. Era una camiseta de Vinicius con una nota escrita con letra que él ya conocía: “Amigo, tienes que enseñarme a hacer esas chilenas. Fdo: Vini Jr”. En aquel momento, todas las emociones de estos días brotaron de golpe. No sabía si estaba triste o alegre. Sentía que le faltaba el aire. Tenía ganas de llorar. Cogió la camiseta y les dijo a sus padres que se iba a dar un paseo. Finalmente, sentado en la arena de playa, se dio cuenta de que, un año más, había recibido la camiseta del jugador que más le había gustado a su abuelo. Ahora sí, rompió a llorar, pero la sensación era claramente de felicidad. Porque tenía la certeza de que alguien cuidaba de él desde el más allá y de que, además, lo haría durante el resto de su vida.
Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.
25 de diciembre de 2057
Santiago contemplaba embelesado a su padre mientras este dormitaba en la que siempre había sido su butaca favorita. Esa que le gustaba colocar frente al fuego, a la misma distancia aproximada de la chimenea que del televisor, desde el que no se perdía un partido de su equipo. Miguel abrió los ojos y se desperezó ligeramente. Miró con su acostumbrada cara de incomprensión y sus ojos, casi vacíos de vida, primero hacia la persona que le observaba y después a su alrededor, como si no entendiera dónde se encontraba.
—Feliz navidad, papá —dijo Santiago con una sonrisa amable.
—¿Ya es hoy? —preguntó confuso Miguel—. ¿Has dicho “papá”?
—Soy tu hijo, ¿recuerdas? —Repuso Santiago, cuya absurda esperanza de que su padre le recordara sólo porque era el día de navidad se acababa de esfumar como un grano de arena en un simún.
Estaba claro que no lo recordaba, pero aún así, Miguel preguntó:
—¿Mi hijo Alfredo? —Otro puñal a su corazón. Que su padre siguiera recordando a su hermano y no a él sólo empeoraba la situación. Era un pensamiento tan repugnantemente egoísta (al fin y al cabo ni su padre ni su hermano tenían la culpa) como inevitable. Se removió incómodo en su asiento, sintiéndose la peor persona del mundo, y trató de alejar aquella cavilación de su mente mientras componía de nuevo una máscara de amabilidad en su rostro.
—No, papá. Soy tu hijo Santiago. El mayor —dijo Santiago tratando de sonreír, no sabía si con éxito.
—Santiago, el mayor —repitió su padre. Y de repente se rio levemente, como si fuera un chiste. Miró a su hijo y, aunque Santiago creyó que seguía sin reconocerlo, dijo tímidamente—: pues claro, mi hijo Santiago.
Así era Miguel. O así había sido siempre. Una persona que siempre intentaba hacer que la otra se sintiera mejor aunque no supiera bien cómo.
—Tengo un regalo de navidad para ti, papá —anunció Santiago.
—Yo no tengo nada para ti —se apresuró a decir Miguel, avergonzado. Y luego se excusó—: la de los regalos es Estela.
Santiago sonrió con nostalgia ante aquella ocurrencia. Era cierto que en su familia, su madre siempre había sido siempre la encargada oficial de comprar todos los regalos. Si había que ir a un cumpleaños, Estela ya había pensado y comprado el regalo antes de que a Santiago, Lidia o Alfredo (o al propio Miguel) se les ocurriera siquiera que tenían que llevar uno. Cada vez que visitaban a alguien, su madre siempre llevaba como mínimo un detalle para los anfitriones. Le alegraba que su padre aún tuviera presente aquello.
—No te preocupes, papá. Es algo que vamos a disfrutar los dos juntos —aclaró Santiago. Y al ver que su padre ya empezaba a abrir la boca confuso, continuó—: vamos a ver al Madrid en el Bernabéu.
La sorpresa de su padre se acentuó más todavía.
—¡Pero si hoy es el día del boxeo ese de los ingleses! ¡Hoy sólo juegan ellos! —protestó airado, como si le indignara que le intentaran tomar por idiota.
A Santiago se le escapó una carcajada al comprobar que la memoria selectiva de su padre, agujereada por esa puñetera enfermedad que era el Alzheimer (en realidad era una nueva variante de esta enfermedad que había surgido hacía ya dos décadas y que actuaba de una forma un tanto diferente y más aleatoria que el primer Alzheimer), aún era capaz de recordar datos tan específicos como el Boxing Day.
—Tienes toda la razón, papá —y vio cómo se calmaba un poco—. Pero aun así, hoy vamos a ver al Madrid en el Bernabéu juntos. Si no me crees, puedes quedarte…
—No, no —se apresuró Miguel levantándose con un repentinamente revitalizado vigor. Aún desconfiaba un poco, pero en ese momento entró Lidia, la hermana de Santiago y Miguel la miró inquisitivamente, como si le estuviera pidiendo permiso. Lidia le asintió con una sonrisa y Miguel dijo—: me pongo algo apropiado y vamos.
—¿Te refieres a esto? —preguntó Santiago sonriente mientras sostenía una camiseta del Madrid con el nombre de su padre y el número 5 que acababa de sacar de una bolsa.
Miguel lanzó una rápida mirada evaluadora a la elástica blanca.
—Sí, eso está mejor que bien —dijo mientras se apremiaba a cambiarse.
Minutos más tarde, Santiago iba conduciendo con su padre de copiloto mientras en su cabeza resonaba la conversación que había tenido esa pasada Nochebuena con sus hermanos sobre el regalo navideño de su padre.
—¿De verdad te has gastado todo ese dinero en algo que no va a recordar de aquí a dos días?, es más ¿cuánto te has gastado? —había preguntado Alfredo indignado.
—Lo que me haya gastado —había zanjado a su vez Santiago.
Su hermana, Lidia, había sido más comprensiva, como siempre. Se limitó a mirarle con su habitual ternura y preocupación y preguntarle en voz baja:
—¿Te has planteado que a lo mejor no sale cómo crees que va a salir?
Santiago había mirado a su hermana pequeña con gravedad y le había asentido, aunque en su fuero interno era una posibilidad que ni siquiera contemplaba. Iba a salir bien. Tenía que salir bien.
—¿Cuánto dices que te han costado las entradas? —Preguntó su padre sacándole de su ensimismamiento.
—Lo que me hayan costado —contestó automáticamente Santiago.
—Te pago la mía —dijo Miguel sacando su cartera.
—Guarda eso, anda. No vas a pagarme un regalo —dijo Santiago con un aspaviento de mano.
—Me gusta pagar cuando voy al Bernabéu —protestó su padre, obstinado como él solo —por cierto, por aquí no es.
“—De eso si se acuerda el cabrón” —pensó Santiago con un deje medio de amargura y medio divertido.
—Hoy vamos por otra ruta. Ya verás —comentó despreocupadamente Santiago.
—Puede que no vaya al Bernabéu desde la liga de las remontadas con aquel gol del Pipita contra el Español, pero sé perfectamente que no estamos yendo a nuestro estadio —dijo su padre cada vez más alterado.
Una llama se encendió dentro de lo más profundo de su ser, pero se obligó a armarse de paciencia y, con toda la tranquilidad que pudo, le preguntó:
—Papá, ¿cómo puedes recordar la liga de las remontadas y no la Champions de las remontadas?, ¿Cómo puedes acordarte de Higuaín y no de Benzema?
Se arrepintió de haber dicho aquellas palabras nada más salir de su boca, pues sólo consiguieron confundir más a su padre.
—¿Quién?, ¿de qué Champions estás hablando? —y entonces empezó a balbucear–. Me acuerdo de lo que me acuerdo —y sentenció con amargura—: uno no elige de lo que se acuerda, igual que uno no elige con lo que sueña, supongo.
Santiago se le quedó mirando por un momento. Le agradó ese raciocinio. Era preferible pensar que el hecho de que su padre recordara a su hermano y no a él era algo puramente aleatorio en lugar de causal. Tranquilizó a su padre poniéndole el vídeo de aquel 4-3 contra el Español mientras llegaban a su destino. Sin embargo, cuando su padre vio aquella obra arquitectónica, volvió a alterarse.
—¡No me vais a meter en un hospital! —gritó, poniéndose el cinturón de nuevo y echando el pestillo de su lado del coche.
—Papá, no es un hospital —intentó tranquilizarlo Santiago con una sonrisa amable–, y el pestillo es automático: lo puedo abrir desde aquí —dijo mientras lo volvía a accionar.
Su padre no estaba nada convencido y ya estaba comenzando a hiperventilar y hacer esos aspavientos tan suyos con las manos que indicaban cuando se ponía nervioso, cuando Santiago le puso una mano en el hombro y lo miró a los ojos. Los dos tenían los mismos ojos, de un azul oscuro que bajo una luz tenue podían parecer más grises que azules.
—No te estoy llevando a un hospital, papá —le musitó suavemente—. ¿Confías en mí?
—No —le soltó su padre, con ojos asustados.
Santiago, que ya casi se esperaba esa respuesta, no perdió el aplomo. Su padre siempre había tenido dos debilidades en su vida. Una de ellas era su familia. Si una no funcionaba, habría que tirar por la otra.
—¿Y confías en esto? —inquirió Santiago señalándole el escudo de la camiseta que llevaba puesta su padre. Su padre tragó saliva antes de volver a responder.
Minutos más tarde estaban entrando por la puerta principal de aquel futurista recinto de sinuosas e imposibles formas en su plateada fachada.
“—Sí que parece una nave espacial esto” —pensó Santiago sonriendo.
Nada más entrar, un hombre con bata blanca y gafas de pasta les dio la bienvenida con una amplia sonrisa.
—Los señores Castillo, si no me equivoco —dijo abriendo uno de sus brazos como si quisiera mostrarles todo el edificio de una vez—. Mi nombre es Javier Bando. Bienvenidos a D.R.E.A.L. Es un honor que el joven señor Castillo nos haya honrado para proporcionarle a su padre su regalo de Navidad. Tengo entendido que tienen su cita concertada para las 11, si no me equivoco.
—Así es —confirmó Santiago, haciendo caso omiso del nervioso tirón de manga que le estaba dando su padre.
—Pues pasen por aquí, por favor —dijo Javier, en tono animado, mientras les mostraba el camino hacia un ascensor. Cuando entraron, él se quedó fuera con esa sonrisa de teleanuncio—. Van a la planta 56, allí les atenderá mi compañera Vera. Que disfruten mucho de su experiencia, señores Castillo.
—Planta 56 –dijo Santiago cuando la puerta del ascensor se cerró. Y mientras empezaba a ascender, su padre seguía tirándole nerviosamente de la manga.
—¿Dónde me has metido?, ¿qué es este sitio? —preguntó mientras comenzaba a temblar ligeramente—. Quiero irme a casa con mi Estela. Por favor —añadió, suplicante, mientras una lágrima empezaba a deslizarse por su mejilla.
“A mí también me gustaría, papá” —pensó Santiago, mientras elegía omitirle por enésima vez que Estela ya no estaba con ellos y que a quién estaba confundiendo con ella era o a su hija Lidia o a la propia mujer de Santiago. No pudo evitar sentir cierto remordimiento ante la idea de que, mientras él se sentía dolido por no ver el reconocimiento real en los ojos de su padre, Lidia debía de sentirse infinitamente peor al recordar a su madre cada vez que su padre la llamaba o la miraba, aunque al menos a ella sí que la reconocía como su hija a menudo y podía hablar de verdad con él.
—No te preocupes por nada, papá. Yo estoy contigo. Este lugar no es un hospital —. Empezó a explicarle Santiago—. Es una empresa de alta tecnología que ha conseguido desarrollar un sistema que permite revivir un recuerdo del pasado de una persona. ¿Ves como al final sí que vas a ver al Madrid el día de Navidad en el Bernabéu? —le dijo tratando de sonreírle.
Pero su padre no estaba del todo convencido.
—Pero yo no recuerdo partidos del Madrid. Y mucho menos completos. Sé lo que me pasa, aunque Estela se crea que no la escucho cuando habla de mí a mis espaldas— dijo Miguel, apesadumbrado y asustado a la vez.
—No tienes de qué preocuparte, papá. Ya estuvimos aquí hace un mes y los especialistas nos aclararon que tu situación no suponía ningún problema. Vas a ver un partidazo, confía en mí—. Dijo Santiago sonriéndole mientras el ascensor indicaba que ya habían llegado a la planta 56.
Allí estaba Vera, una mujer de unos cuarenta y tantos, con el pelo castaño recogido en una coleta y unas gafas estrechas, también ataviada con una bata blanca.
—Por aquí, señores Castillo, por favor –les dijo, dirigiéndoles a una habitación muy luminosa que tenía una camilla con un elegante casco dorado (dotado de unos extraños salientes) colocado en el reposacabezas. La luz blanca del techo era innecesaria, pues la habitación finalizaba en un ventanal que permitía ver el paisaje de la ciudad madrileña, preciosa y blanca por las nevadas de las noches anteriores.
—Antes de comenzar, ¿tienen alguna duda que pueda ayudar a resolverles? —les preguntó Vera.
—El envío de… —comenzó Santiago
—Tanto el recuerdo vivenciado como el experimentado aquí le serán enviados de manera telemática automáticamente en cuanto finalice su sesión en esta habitación, tanto a su correo como número de teléfono —se adelantó Vera—. También los puede obtener por este link— dijo pasándole una pequeña tarjeta.
Miguel parecía no entender nada de todo aquello, pero, para sorpresa de Santiago, accedió tranquilamente a ocupar su lugar en la camilla e incluso se dejó colocar el casco sin ni siquiera una protesta.
—¿Preparado? —preguntó Vera.
—Supongo.
—Vamos a hacer una pequeña prueba antes de comenzar la experiencia. ¿Recuerda cuantos años tenía en 2022? —preguntó Vera mientras manejaba con la mano una especie de mando de control remoto.
—No, pero puedo hacer la resta —repuso Miguel, provocando una sonrisa en Vera.
Santiago se removió incómodo en la silla en la que se había sentado junto a la camilla.
—Creía que estaban al tanto de la situación de mi padre. No puede rec…
—Estamos al tanto, señor Castillo— le cortó Vera, educadamente—. Como he dicho antes, es una prueba inicial antes de la vivencia. Si el casco funciona correctamente, será capaz de contestar a mis preguntas. Sólo serán un par de ellas, no se angustie— se volvió hacia Miguel de nuevo—. ¿Recuerda entonces cuántos años tenía en 2022?
—37 o 38, según a qué altura del año—. Respondió casi de inmediato Miguel. Santiago lo miró sorprendido. Casi tanto como estaba el propio Miguel.
—Muy bien, ¿y recuerda cuántos años tenía su hijo mayor?
—6 ó 7 —contestó de nuevo al instante y en ese instante se quedó pensativo, como si estuviera recordando algo importante.
—Perfecto. Estamos listos.
—¿Qué voy a ver? —preguntó de pronto Miguel.
Vera lanzó una mirada de cortesía a Santiago, que contestó:
—Vamos a viajar a la primera vez que me llevaste al Bernabéu contigo, papá. A esa Champions de las remontadas de la que te he hablado antes. Feliz Navidad, papá.
—¿Tú vienes conmigo? —preguntó Miguel, algo confundido de nuevo.
—Yo voy a estar contigo —Le corrigió su hijo cogiéndole la mano, mientras su padre cerraba los ojos.
Miércoles, 4 de mayo de 2022
Miguel se sentía completo. Estaba en el Santiago Bernabéu con su pequeño Santi, con el que acababa de presenciar lo que él consideraba que había sido una “busiana” histórica, de esas que hacen madridismo. Si además hoy el Madrid remataba la faena en el campo, era imposible que su Santi no acabara siendo tan madridista como él.
Conforme pasaban los minutos el ambiente iba ganando en tensión. El resultado no se movía y el Madrid (y su hijo) necesitaban goles. Miguel intentaba mitigar la impaciencia de su hijo enseñándole los cánticos que entonaba a ratos el Bernabéu a coro, desde el “alé, Real Madrid…” hasta el “cómo no te voy a querer”… Pero el partido no se prestaba especialmente al aprendizaje de Santi, que veía con tristeza y nerviosismo como cada vez quedaba menos tiempo para el final y su equipo necesitaba dos goles.
Miguel se preguntaba si sería que la nueva generación de jóvenes y niños no estaban hechos de la misma pasta que la suya, si algún día serían capaces de apoyar al equipo en las grandes noches de la misma forma que ellos, de la misma forma incondicional. Y entonces, cuando apretaba de nuevo el público, llegó el jarro de agua fría: gol de Mahrez. Miguel se lo tomó con relativa tranquilidad. Todavía había tiempo para remontar, pero vio como su hijo se volvía hacia él con lágrimas en los ojos y le auguraba:
—¡Vamos a perder!
—Puede, pero yo creo que no —le contestó abrazándole su padre, mientras le secaba las lágrimas de esos preciosos ojos azules que había heredado de él..
—¿Y tú qué sabes? —le gritó enfadado Santi.
Miguel se quedó mirando a su hijo y le sonrió:
—¿Sabes eso que cantamos los madridistas de “Hasta el final, vamos Real”? — le preguntó. Su hijo asintió, sorbiéndose la nariz— pues cuando lo decimos, lo decimos en serio. Hasta el final, hijo mío.
Pero pasaban los minutos y ese final se veía cada vez más cerca. De hecho, se intuía más probable el gol del City. Esto se hizo patente cuando Grealish se quedó sólo ante Courtois y le dribló.
—Nos van a marcar —se lamentó Santi. Y tenía razón.
—No —dijo su padre mientras el pie de Mendy se la quitaba.
Observó como su hijo miraba al campo ojiplático sin entender cómo aquel balón no había acabado en el fondo de la red. Lo mismo sucedió un minuto después cuando esta vez fue el pie de Courtois el que salvaba un gol ya cantado.
—Vámonos, papá —dijo Santi tirándole de la manga.
—No —dijo inflexible su padre— nos quedamos hasta el final.
Miraba cómo su hijo se sentaba de nuevo sin querer mirar ni al campo ni a su padre, pero el murmullo creciente del estadio hizo que volviera sus ojos al campo justo en el momento en el que Camavinga mandaba un balón largo para Benzema, este se estiraba lo indecible para llegar a él y dejársela a Rodrygo y al Bernabéu para que la empujaran. Santi se levantó como loco a abrazar a su padre mientras se desgarraba la garganta gritando aquel gol. Cuando el City sacó de centro, vio como su hijo se había vuelto hacía el verde, totalmente concentrado como lo estaría si estuviera unos metros abajo, disputándolo en el mismo. En ese momento comprobó Miguel que quizás la nueva generación si estuviera preparada para dar el salto. Contempló con auténtico orgullo paternal cómo, mientras anunciaba la megafonía del estadio: “TIEMPO AÑADIDO, 6 MINUTOS”, su Santi iniciaba un rugido de furia que continuó el resto del público hasta convertirse en una explosión de júbilo ensordecedora que acabó de desalentar a los citizens. Su destino estaba escrito y terminó de plasmarse cuando, en esa misma jugada, Carvajal lanzaba un centro que acabó de manera inexplicable en la cabeza de Rodrygo y de ahí a la portería de Ederson. Y entonces el estadio estalló. Miguel supo en ese momento que ya habían pasado a la final, pero sólo había espacio en su ser para la felicidad que sentía por ver a su hijo viviendo aquella noche tan increíble. Abrazó a Santi y le llenó de besos en su pelo, mientras otros madridistas del público los abrazaban a su vez. Gente a la que ni conocían, pero que en ese momento eran más que hermanos. Eran uno.
—¿Y ahora qué, papá? —preguntó Santi, confuso por la nueva normativa de los goles fuera de casa.
—Ahora hasta el final, hijo mío —Le sonrió Miguel con una mirada cómplice.
Para Miguel, la prórroga transcurrió en un estado de inusitada calma. Mientras su hijo se mordía las uñas o lo que quedaban ya de ellas, él asistía ensimismado en sus pensamientos a lo que ya sabía que iba a suceder. Celebró como un gol el penalty y elevó a su hijo sobre sus hombros para que pudiera tener una buena panorámica de la consecución del mismo. Pero mientras celebraba con su hijo y el resto del público tanto el penalty, como el gol y posteriormente el final del partido, mientras gritaba y cantaba abrazado con su Santi “¡SÍ, SÍ, SÍ, NOS VAMOS A PARÍS!”, sólo podía sentir en cada folículo piloso de su ser el éxtasis por haber compartido aquella noche con su hijo y por saber que la primera vez de su hijo en aquel estadio había sido seguramente la noche más mágica de todos los tiempos. Se sentía verdaderamente flotando en una nube de felicidad. En aquel estado de obnubilada euforia en el que se encontraba, un pensamiento reinaba sobre todos los demás en lo más profundo de su mente: “nunca, jamás, olvidaré esta noche”.
Miguel abrió los ojos. Santiago observó cómo miraba con esos ojos vacíos suyos a su alrededor, confuso y perdido. Miguel miraba a un lado y a otro. De repente intentó quitarse aquel extraño casco que tenía en la cabeza y en ese momento pareció darse cuenta de que aún tenía su mano en la mano de Santiago. Santiago le ayudó a quitarse el casco con mucho cuidado, mientras su padre le miraba como si fuera un fantasma. Cuando colocó el casco en una mesilla que había junto a la camilla, vio que le seguía mirando y le devolvió la mirada. Hacía mucho tiempo que no veía una mirada como aquella en los ojos de su padre, una mirada tan… llena de vida. Creyó ver reconocimiento en ellos por un momento. ¿Sería posible? Miguel siguió mirándole a los ojos durante otro par de segundos y entonces sus ojos se abrieron más.
—¿Santiago? —preguntó dubitativo, mientras una lágrima partía de su párpado—. ¡Santi, hijo mío!
Y entonces se levantó a abrazarle. No con sus brazos sino con su alma. Empezó a llenarle el pelo de besos como antaño. Se detuvo de pronto para contemplarle de cuerpo entero, con el rostro anegado en tantas lágrimas que apenas le dejaban ver.
Santiago no se lo podía creer. Por primera vez en largo tiempo (ni siquiera recordaba bien cuánto) estaba viendo a su padre (¡A SU PADRE!), su padre en todo su ser, en todo su alma, en toda su mente. No pudo contener sus lágrimas y se abrazó a él con todas su fuerzas, abrazando también ese momento que tanto llevaba anhelando.
—No te imaginas lo que acabo de ver, hijo —sollozaba Miguel limpiándose la cara con la mano. —¿De verdad vivimos aquella noche?, ¿de verdad fue real?, ¿de verdad no fue un sueño?
Santiago se separó un poco de su padre y contempló de nuevo esos ojos llenos de vida que acababan de devolverle la suya. No sabía cuánto iba a durar aquello, pero en ese momento poco le importaba. Se limitó a mirarle, pleno de felicidad por primera vez en muchísimo tiempo y le contestó:
—Fueron ambas cosas, papá.
Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.
En algún lugar muy, muy lejano, más allá de las altas montañas, más allá de los anchos mares, más allá de los bosques verdes, hay un hermoso país. Aquí viven los mismos niños que en España: ruidosos, alegres y ruidosos. Pero hay una diferencia: están tratando de robar la Navidad.
Y no, esta no es una historia de Grinch. Un anciano malvado de un país grande y frío quiere hacer esto. Pero la historia no es sobre él. Una historia sobre los niños de este país y sobre el Real Madrid, jugadores que, aunque viven muy lejos de este país, aquí son muy queridos.
Aquí está el chico Sasha. Le encanta mucho jugar al fútbol. Hace tiempo que quería comprarse una camiseta nueva con su club favorito y espera que el sueño se haga realidad esta Navidad.
Aquí está Zakhar. Por supuesto, le gustaría pasar la próxima Navidad con sus padres, a quienes no ha visto en mucho, mucho tiempo. Él entiende perfectamente que se trata de una fantasía imposible, pero ¿quién puede prohibir que un niño sueñe?
Y este es Artem. Está orgulloso de su padre, quien, junto con sus amigos, lucha contra los malos tíos enviados por el malvado gobernante del país del norte. Artem cree que papá definitivamente ganará y regresará, pero realmente quiero que esto suceda lo antes posible.
Ellos y muchos otros niños a veces también tienen que esconderse en los sótanos cuando una sirena de repente comienza a aullar en las calles. Se dice que son los ladrones de Navidad del país del norte los que lanzan cohetes a las ciudades. Sucede que las sirenas no suenan; debido a estos cohetes, a menudo no hay electricidad. Por lo tanto, es probable que estos niños celebren la fiesta en apartamentos fríos y oscuros. Después de todo, están tratando de robar la Navidad.
Es una especie de triste historia de Navidad, ¿no? Un lector informado dirá que la Navidad es una fiesta brillante y aquí me gustaría leer algo bueno. No se preocupe querido lector, ¡ni siquiera hemos hablado del Real Madrid todavía!
En este lejano país hay gente que se hace llamar la “Sociedad de Madridistas Ucranianos”. Es decir, son los mismos madridistas que tú, querido lector. Pero de momento no pueden acudir a los partidos de su equipo favorito, corean en el estadio abarrotado “¡Hala Madrid!”. Después de todo, están tratando de robar la Navidad.
Pero no se desaniman, porque sea como sea, los jugadores del Madrid saben por experiencia propia que tienen que luchar hasta el final. Lo vieron en las grandes pantallas de televisión hace poco: cuando un francés con la mano vendada logró darle la vuelta al partido varias veces, cuando un croata a una edad en la que hace mucho tiempo que no se juega al fútbol da pases brillantes una y otra vez , cuando un joven brasileño hizo un remontado increíble y el 14 no es solo un número.
Mientras las explosiones retumbaban en este lejano país, Madrid regaló a sus habitantes unas vacaciones que les permitieron olvidarse de lo que ocurre a su alrededor.
Pero ahora los madridistas ucranianos se están ocupando de regalar la Navidad a los demás. La "Sociedad de Madridistas Ucranianos" visitó a los niños, en especial a los que ya se ha escrito, para regalarles la Navidad. ¿Qué más se le puede dar a un joven jugador del Madrid? Por supuesto, la nueva forma de su club favorito. Y también la calidez y el amor que todo niño necesita.
Aquellos que intentan quitarles la Navidad pueden destruir este país, pueden apoderarse de él, prohibir que la gente hable, o incluso posiblemente matarlos... y a los niños también... Pero no se puede matar el Sueño, y en ¡Madridista no puedes matar el madridismo! Incluso si intentan robarles la Navidad.
Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.
En Madrid, a 16 de diciembre de 1947
A Sus Majestades de Oriente:
No puedo sentirme más satisfecho y, por ende, agradecido. Todo cuanto he deseado y me he propuesto en estos 4 años, se va cumpliendo, incluso mejor de lo que esperaba. Acabamos de inaugurar el nuevo estadio y hemos alcanzado los 70.000 espectadores. ¡70.000! En unos días llegará el primer partido oficial y si seguimos con la misma asistencia podremos lograr el sueño que me acompaña desde que fui nombrado: traer aquí a los mejores jugadores y convertir a este club en el mejor de todos.
Pero siempre hay que rendir cuentas antes de pedir. En mi favor, puedo decir que he servido al club con honradez y dedicación, pero los hay que me suelen hacer un reproche: el fichaje de Luis Molowny. Pero, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre anunciar a los cuatro vientos que piensa intentar un fichaje y tomar un barco para lograrlo? Pues si el futbolista es uno de los mejores, yo mando a alguien en avión, que estamos ya en el siglo XX, y para el día siguiente lo tenemos fichado. Así que pienso que mal no me comporté, solamente fui el más rápido.
Y qué os pido, entonces. Pues simple y llanamente, que todo siga igual. Que cada domingo nos vengan los 75.000 espectadores que caben, un partido tras otro. Porque así podremos fichar a los mejores, y puede que demos con alguno tan bueno que no se haya visto otro igual. Y podremos ganar el campeonato y ser el mejor equipo de España. Y podremos enfrentarnos a los campeones de otros países de Europa, igual que van a hacer en Sudamérica, donde han organizado un torneo entre campeones nacionales. Y nos enfrentaríamos, si lográsemos ser campeones de Europa, al campeón americano…
Y no sigo, porque esto empieza a parecerse al cuento de la lechera. Pero creo que, si nuestros aficionados viniesen siempre al campo como hace dos días, en 50 años dirán del Real Madrid, que ha sido el mejor club del siglo.
Afectuosamente,
XXXXXXX
16 de diciembre de 1997
Queridos Reyes Magos,
Como cada año, aquí tenéis mi carta. Igual que un niño, mantengo mi confianza en vosotros, pero este año no os voy a pedir sólo para mí, porque yo ya lo tengo casi todo.
Sabéis que lo que más amo en esta vida es a mi familia y al Real Madrid y en ambos ámbitos he sido agraciado al máximo. Desde que soy presidente, y solo llevo dos años, el equipo de fútbol ha ganado la Liga y la Supercopa y el de baloncesto la Eurocopa, así que no debería quejarme. Pero hay una espina que tengo clavada, la de todo el madridismo, la Copa de Europa. En baloncesto las seguimos ganado, aunque haya épocas que se nos atasca, pero con el fútbol es distinto. Tal vez en el año 80 no estábamos a la altura del Liverpool, pero ¿y el equipo de la Quinta? ¿Acaso se ha visto algo igual? ¡Aquel equipo estaba destinado a ganarla! Había heredado la fortaleza y el coraje de los García, a la que añadía la alegría, la juventud y el desparpajo de unos chavales que cambiaron la sociedad española y el fútbol mundial. ¿Qué más faltaba?
Por eso os escribo hoy, para pedir “eso” que les faltaba. He fichado a los mejores que he encontrado y hemos formado un buen equipo. Quizás soy un poco padrazo y les consiento demasiado, pero es que me doy cuenta de que el trabajo y el talento no resultan suficientes. ¿Es actitud, lo que falta? ¿Es el deseo de ganar? ¿Es el espíritu de Di Stefano o de Pirri? Debemos volver la vista atrás y recuperar esas ganar de pelear, de ir a por todo y de pensar sólo en ganar el siguiente, nada más terminar cada partido.
Sé que sólo depende de nosotros. Nadie nos puede regalar un trofeo, pero necesito vuestra ayuda para recuperar el espíritu de lucha, de sacrificio y la convicción de que podemos ganar a cualquiera. Si llegásemos a jugar la final de la Copa de Europa, seguramente no seremos favoritos, pero este grupo se tiene que sentir capaz de ganar, esté quien esté en frente.
Nos dicen que nuestra Copas de Europa son en blanco y negro. Pues yo creo que, si recuperásemos el espíritu ganador, aquellas y las que vendrán, serán simplemente en blanco, el color de nuestra camiseta.
Con cariño,
XXXXXXX
Madrid, 16 de diciembre de 2022
Queridos Reyes Magos:
Deseo en primer lugar que os encontréis bien, allá en oriente, en estos días previos a vuestra particular Copa de Europa de cada inicio de año. No es fácil hacer felices a tantas personas, lo sé bien.
Siempre he intentado llevar adelante mis ideas, tanto en la empresa como en el Club. Para ello me he rodeado de profesionales competentes que me han ayudado a afrontar los desafíos. En la empresa, siempre ha bastado con cumplir las previsiones y presupuestos, y tener contentos a accionistas, clientes, proveedores y empleados. Pero con el Real Madrid todo está sobredimensionado. Empezando por los “accionistas” y “clientes”, tenemos más de 90.000 socios, casi un millón y medio de madridistas de carné, y muchos millones más de aficionados por todo el mundo. Y en cuanto a empleados, casi 900, de los que al menos el 10% (las plantillas de las tres secciones, JAS o Juni Calafat), son la élite de su profesión a nivel mundial. Y por si esto no fuese suficiente tenemos una legión enorme de “antis” en todos los ámbitos, algunos muy influyentes, atacando a diario. Pocas empresas habrá que manejen cosas parecidas.
Y a pesar de ello, las cosas van bien. La última década está a la altura del Madrid de la Edad de Oro. Incluso, y sin querer pecar de falta de modestia, podríamos ganar 6 Copas de Europa en menos tiempo que aquellos, si lográsemos la próxima Champions. En unos meses finalizaremos la reforma del estadio, que a sus 75 años será el mejor del mundo. Y en baloncesto, acabamos de culminar una década comparable al equipo de Ferrándiz, quien, desgraciadamente, nos dejó hace unos meses.
Pero tenemos por delante retos apasionantes. Por un lado, la estabilidad económica de la institución, que espero podamos lograr con la explotación del estadio y los triunfos deportivos. Por otro, recuperar el interés y la pasión de los aficionados, en estos tiempos en los que los jóvenes parecen perder interés por el deporte rey. Y, por último, conseguir que la sección de fútbol femenino encuentre la senda del triunfo, como sus hermanas mayores.
Y os escribo por eso. He querido lograr todo en la vida con mi propio esfuerzo y el de mis colaboradores, pero hay cosas que no he conseguido alcanzar. Necesitamos mantener nuestro nivel de excelencia, a través del inconformismo y la exigencia que nos caracteriza, pero también el apoyo, el cariño y la confianza de nuestros seguidores. Jamás he conseguido que uno de mis colaboradores trabaje mejor, diciéndole que es un mal profesional. Tampoco lo conseguí comparándole con nadie, porque su único rival a batir siempre era él mismo. Y tampoco he conocido a una empresa que triunfe con recursos ajenos; los suyos son los que dispone y, sin mirar lo que tienen otros, debe saber utilizarlos para alcanzar sus objetivos.
Así que solo os pido eso, la confianza y el apoyo incondicional de los madridistas con el Club. Cuando ganemos y cuando no lo hagamos. Cuando triunfemos y algunos digan que jugamos mal. Cuando fichemos promesas y no sean superestrellas desde el primer día. Cuando busquemos mejorar el fútbol y muchos digan que queremos acabar con él. Cuando nos comparen con los clubes estado siendo unos de los pocos que todavía es de sus socios.
Yo creo que, con esa confianza y apoyo, cuando el Bernabéu cumpla 100 años, seguiremos siendo el mejor club deportivo del mundo.
Un fuerte abrazo,
XXXXXXX
Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.
Emiliano se cansó de dar vueltas sobre su abrigo y su macuto con los ojos cerrados. Notaba el frío en los huesos.
La noche era clara, como son a veces las noches de diciembre en la sierra de Madrid, brillaba la luna, se veían las estrellas, comenzaba a helar.
Ni sabía cuántas horas de la noche llevaba dando vueltas sin conseguir dormirse, esa sensación que tienes cuando los pensamientos sin control cruzan tu mente sin que puedas fijarte en uno y agarrarlo como si fuera la almohada.
La almohada. Ja. El recuerdo de cómo era agarrarse a una almohada le hizo sonreír. No reía desde hace mucho, hacía varios meses que todo había cambiado tanto que no se creía lo que había pasado, de maestro en un pueblo de Toledo al frente de Madrid, pasando por la muerte de su padre en aquel accidente de autobús, qué hacía yo en Algete, si ya no había nada que hacer.
El caso es que aquí estoy —se dijo— un maestro de pueblo con un uniforme y un arma en la mano, pero si no sé ni dormir al raso, nunca he sabido hacer todas esas cosas que hacían los demás, qué hago yo aquí. Pues aquí estoy sin poder dormir, muerto de frío, los otros enfrente, y mañana Nochebuena.
La visión de la pronta Navidad le llevó a su madre, no supo por qué, sería por lo que recordaba de ella, esa amorosa y dulce mujer que se quedaba ciega la última vez que se vieron, qué sería de ella, cómo estaría, ¿habrá puesto el Nacimiento? ¿Tendrá para comer?
Ese pensamiento sí se quedó, y se puso tan triste que se decidió a pensar en algo que le gustara mucho para intentar dormirse; a ver, Emiliano, qué fue lo último que me alegró mucho, a ver, empezó a dar vueltas, ¿qué había antes de estos días de mierda, de toda esta confusión y cansancio, del hambre, de la muerte?
Empezó a intentar imaginárselo, llegó un recuerdo alegre: aunque él nunca estuvo en el campo, creó la escena en su mente gracias al transistor, y cuando lo leyó en el suplemento deportivo del ABC creó la jugada en su cabeza, el Madrid ganaba 2-1, minuto 88, final de Copa, Escolá chuta desde fuera del área ante el grandísimo Zamora, según el locutor era imposible que viera el balón, porque el tiro había sido muy esquinado, pero el tío se marcó una estirada inmensa. Vamos, que ganó el Madrid. Qué paradón, qué será de Zamora, había leído en algún sitio que estaba detenido, en la Modelo.
Así llegó a la alineación, qué alineación tenía el Madrid, que yo no soy del Madrid, pero qué alineación tenía eh, a ver si me acuerdo, que esta noche no se acaba nunca. A ver: Zamora, Ciriaco, Quincoces, Pedro Regueiro y su hermano ¿cómo era? Si, Luis, Bonet, Sauto, Eugenio, Sañudo, Lecue y Emilín. Se lo repitió a sí mismo bajito, como si estuviera rezando el padrenuestro.
Es que tenían un equipazo.
Ahora ni fútbol ni radio ni nada. Ahora sólo tenemos zanjas, tiros y muy mala leche. Y sólo he ido una vez al Bernabéu, vamos, ¡que ni siquiera he tenido novia! Y nos han quitado todo lo que nos gustaba, a todos, porque ese día que fui de casualidad a ver el Madrid-Arenas de Getxo invitado por el veterinario de Torrijos ¿cuándo fue? ¿En mayo? Ese día el campo estaba lleno, la gente estaba alegre, preocupada pero alegre, con ganas de olvidar la situación, pero no me creo que todos fueran de unos, o de otros, o de los de más allá. Que ahí estábamos sólo muchos a los que nos gusta el futbol, que a mí no me gusta la política, sobre todo la que consiste en dividir a las personas, vamos, que se podrá hacer de otra manera, soy republicano, pero esto se ha desmadrado.
En estas cavilaciones estaba cuando se dio cuenta de que empezaba a clarear el día. Era el 24 de diciembre de 1936, frente de Madrid, en algún punto kilométrico junto a la carretera de La Coruña.
Emiliano se incorpora, mira al horizonte por dónde ha empezado a salir el sol y ve al otro lado de los sacos de tierra, en el lado nacional, un balón chutado por alguien en la trinchera, el balón vuela hacia el sol que está enfrente, entonces, sin pensarlo ni un segundo, grita:
- ¡¡Camaradas!! ¿Hacen unos tiros?
(Inspirado en la tregua del 24 de diciembre de 1914 entre ingleses y alemanes, en territorio belga, Primera Guerra Mundial, como si eso pudiera haberle ocurrido a mi abuelo Emiliano en el frente de Madrid. Inspirado en todos los amantes del fútbol).
Buenos días, amigos. Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad, saca la copa, María, que la voy a abrillantar.
Si el fútbol se hubiese inventado dos mil años antes, seguramente este habría sido uno de los villancicos de la temporada navideña porque el Madrid habría ganado una nueva copa, probablemente al Belén F. C., y San José estaría celebrándolo. En la actualidad también podemos cantarlo y bruñir la copa, la Catorce, hasta que refulja y con suerte emane de ella un genio, quizá Luka Modric, acaso Benzema, tal vez Vini, o el mismísimo Florentino y de ese modo pedirle que se cumpla el deseo de otra temporada como la pasada.
Desde la Galerna deseamos que paséis un gran día y una feliz Nochebuena, que disfrutéis con la familia o con los seres queridos, incluso si ambos coinciden. Que llevéis lo mejor posible la compañía de ese cuñado del Atleti con aire de Proyecto Hombre, o del primo del Barça de gafas de colores, americana disoluta y discurso huero. Ellos las copas solo se las pueden beber, nosotros, los madridistas, las gozamos.
¡Feliz Navidad y hala Madrid!
Finalizó el Mundial de Qatar. Ese que según la prensa del ramo ha estado muy bien. Como aquel poema de Luis Sánchez Polack “Tip”: “En la boda de Senén / hubo pastas, dulces, frutas, / maricones y hasta putas; / en fin, que estuvo muy bien.”
El Mundial de Qatar ha sido lo contrario a la boda de Senén: ni estuvo bien ni hubo maricones porque allí están prohibidos. Tampoco puedo asegurar que hubiera putas, aunque la prostitución ética y moral de todo lo que rodeaba al evento era más que evidente. Para algunos, no obstante, este mundial será recordado por consagrar a Leo Messi como mejor futbolista de la Historia.
A mí eso sí me parece bien, qué quieren que les diga. Messi es el mejor de la Historia. Es cierto que Pelé tiene más mundiales, que Cristiano Ronaldo ha marcado más goles y, ya puestos, que Gareth Bale tiene más Copas de Europa; pero líbrenme Dios y Maradona de negar que Messi es el mejor de todos. Me encuentro henchido de espíritu navideño y no quiero negarle a nadie la ilusión de aceptar a “Lio” como el más grande de todos los tiempos pasados y futuros.
Me siento como ese padre que en la noche del 5 de enero se toma el vino y las galletas que sus hijos han dejado amorosamente preparados para los Reyes Magos.
— ¡Mira, papá! ¡Han venido los reyes y se han bebido todo el vino!
— Claro que sí.
— ¡Y Messi es el mejor futbolista de la Historia!
— Por supuesto, hijo mío. Y que nadie te diga lo contrario.
Entonces padre e hijo se abrazan, suena una campanilla y un ángel se gana sus alas; pero esto último a nadie le importa porque el ángel se apellida Di María y el Mundial de Qatar lo ha ganado solo Messi y nadie más que Messi.
La Navidad, en fin, es una época de deseos cumplidos donde se escriben cartas a seres poderosos que entregan obsequios al amparo de las sombras, como Papá Noel, los Reyes Magos o el emir de Qatar; que le ha traído a Messi un mundial y ha dejado un montón de dinero en los zapatitos de varios eurodiputados.
En cada país tienen su propio espíritu navideño de los regalos. Santa Klaus es el más popular. A Santa Klaus se lo inventó Washington Irving en 1809 para su novela “Una historia de Nueva York” mezclando la tradición inglesa del Father Christmas y la nórdica de san Nicolás. Irving secularizó al personaje para no ofender a los protestantes neoyorkinos. Santa Klaus es como el PSG de la Navidad: una aséptica imitación de tradiciones antiguas, un producto cocinado en salsa de marketing para gustar a unos señores muy creyentes de lo suyo y que tienen mucha pasta.
En Finlandia los regalos de Navidad los trae la cabra Yulipuki, que la noche del 25 de diciembre se transforma en un anciano que reparte presentes a los niños. En España no tenemos a la Cabra Yulupuki pero sí a Javier Tebas, que es su reverso en negativo: un señor mayor que eventualmente se transforma en cabroncete para quitarle cosas al Real Madrid.
Luego están a los Jolasveinar de Islandia. Los Jolasveinar son 13 duendes traviesos que, durante la Navidad, van a tu casa y te roban cosas a cambio de obsequios. Uno de ellos es Stufur, roba cacharros de cocina, otro Skyrgaumr, que roba cubiertos, otro Pottasleikir, que roba velas… En el resto de Europa a los Jolasveinar los llamamos Fútbol Club Barcelona, solo que en vez de regalos te dejan un pagaré o, en islandés, “phälankjha.”
Los madridistas de bien a quien le pedimos los regalos cada Navidad es a los reyes magos, como no podría ser de otra forma. Los reyes de Europa no podemos rebajarnos a pedirle chucherías a extrañas cabras antropomorfas ni a duendecillos amigos de lo ajeno. Ni mucho menos al gordo barbudo del PSG.
Yo este año a los Reyes Magos solo les pido una cosa. Dado que en poco más de un año se le acaba el contrato a Ancelotti, yo lo que le pido a Melchor (que siempre ha sido mi rey favorito) es que cuando llegue ese momento aciago, me traiga a Xabi Alonso como entrenador. Las razones que justifican esta petición son varias.
Primera razón: Xabi Alonso es lo más parecido a Mourinho que hay hoy en día sin ser Mourinho. De hecho, nadie ha descrito de forma más certera al Madrid de Mourinho que Xabi Alonso. Rock and Roll, así fue cómo lo llamó. El Madrid del Rock and Roll. Yo quiero eso. Un Madrid que al atacar sea ritmo y locura; once tíos que, cuando corran la banda, hagan temblar el suelo del estadio como si fueran las paredes del Crawdaddy Club de Richmond cuando allí tocaban los Rolling Stones. Solo hay un hombre que pueda lograr algo así, y es el mismo que bautizó a esa manera de hacer fútbol. Con Xabi Alonso tendríamos en el banquillo a un Mourinho donostiarra. Fado y galerna. El Bernabéu sería el Pecquod y Xabi Alonso el capitán Ahab cabalgando un equipo en forma de ballena blanca. No sé ustedes, pero yo lo veo.
Xabi se formó como jugador tanto en la escuela guardiolesca como mourinhana, que eso es como ser escolástico y nominalista al mismo tiempo
Segunda razón: de la época gloriosa del Madrid de las 4 de 5 tengo dos carreras grabadas para siempre en la memoria: una de ellas es la cabalgada de Xabi Alonso cuando, durante la final de la Décima Copa de Europa, saltó de la grada y atravesó el campo en traje y corbata para celebrar un gol del Madrid. Por cierto, pocos recuerdan que el gol que hizo enloquecer a Xabi Alonso en aquella final no fue el de Ramos, sino el de Gareth Bale, que era el de la victoria.
El fútbol le debe una Champions a Xabi como entrenador del Madrid. Si aquella fue su reacción como mero espectador, imaginen cual sería en la banda, habiendo liderado al equipo hasta la victoria. Los madridistas nos merecemos contemplar tal espectáculo.
Tercera razón. Si Javier Teba aka. Cabra Yulupuki dedicara tanto tiempo a la promoción de la Liga como el que dedica a putear a Florentino Pérez, se daría cuenta del gran reclamo que supondría un Real Madrid entrenado por Xabi Alonso. Imaginemos que, para entonces, Xavi Hernández siguiera en el banquillo de Barça. Sería La Liga del Xabi vs. Xavi. El Xabi con B de “bueno” contra el Xavi con V de “villano”. La Liga de los X-Men. Cada Clásico un espectáculo digno de Marvel Studios. Veo tazas, camisetas, gorras y frisbees y hasta una serie en HBO-MAX. Imposible no hacer que suceda.
Cuarta razón. Muchos me dirán que sí, que todo esto está muy bien, pero, ¿qué ha demostrado hasta ahora Xabi Alonso como entrenador? El Bayern Leverkussen está siendo su debut en las grandes ligas y, a tenor de las cifras, no parece un debut espectacular (aunque sacara al Atleti de la Champions League). Como tampoco lo fue el de Zidane en el Castilla, y eso que aquella liga no jugaba el Bayern de Múnich.
Por otra parte, no olvidemos que Xabi se formó como jugador tanto en la escuela guardiolesca como mourinhana, que eso es como ser escolástico y nominalista al mismo tiempo. Su primer título como entrenador lo ganó con el Real Madrid al hacer campeón al equipo infantil. Y, más tarde, al filial de la Real Sociedad lo ascendió al Segunda División por primera vez en seis décadas. No son malos precedentes.
Quinto motivo. He querido dejar el más importante para el final. Xabi Alonso se enfrentó y salió victorioso contra la organización más poderosa, voraz e implacable de nuestro tiempo: la Hacienda Pública Española. Yo, como autónomo que soy, no puedo por menos que admirar un logro semejante. Un tipo así es lo que quiero para el banquillo del Madrid. Si ganas en los tribunales hasta en tres ocasiones al fisco español, ganar Copas de Europa en comparación es un juego de niños. Xabi Alonso se ríe en la cara del peligro y en la calva de Ceferin, y por sus venas flotan casquetes polares. Con él en el banquillo habrá que habilitar un edificio anexo al Bernabéu solo para albergar trofeos. Estoy seguro de ello.
De modo que, querido rey Melchor, no me niegues este pequeño deseo. Cuando Ancelotti nos diga adiós, tráeme un Xabi Alonso por Navidad.
Y que todos ustedes pasen unas felices y madridistas fiestas.
Buenos días, amigos. ¿Qué es ser el mejor? Y, sobre todo, ¿a qué viene esta pregunta casi metafísica en un portanálisis ya casi navideño, cuando el cuerpo y con él la mente se preparan para poco más que una ingesta desorejada de peladillas bañadas en champagne?
Sin embargo, no nos negaréis que lo de “el mejor” es la comidilla futbolística de los últimos tiempos. El ejército messiánico, a resultas del mundial peligrosamente preparado y finalmente alcanzado por Argentina, lleva días tratando de compulsar como dogma de fe que Messi es el mejor futbolista de todos los tiempos. Ya lo hemos dicho otras veces: las verdades resplandecen; los dogmas no.
Hoy, a la portada de Mundo Deportivo, vienen varios de “los mejores”. Viene el propio Messi, sobre quien el culerío, debido a su proverbial complejo de inferioridad con el Madrid, siente la necesidad de que reciba el título oficial (por desgracia no existe) de mejor futbolista de la historia, el premio Nobel de la Paz, el Óscar de Hollywood y el trofeo al ganador del torneo Tigres vs. Leones del mítico Torrebruno. De otra manera no habrá paz para el culerío, tan perentoriamente necesitado de reafirmación. Dice Mundo Deportivo que Messi no solamente ya no es del Barça sino que se aleja la opción de que vuelva a serlo, lo cual resulta sumamente lacerante para un culerío sociológico abonado a la nostalgia. Es lo que les queda.
El otro protagonista de la portada del diario de Godó, grande de España, es Laporta, no porque también sea “el mejor”, sino porque le atribuye tal condición a Xavi, de quien dice eso, que es el mejor. Pero no el mejor de cualquier lado, oigan, sino el mejor del mundo. Hace falta tener un concepto descarnadamente subjetivo de eso de “el mejor” para decretar que Xavi Hernández lo es en lo suyo, porque suponemos que Laporta se refiere a lo suyo, a lo de Xavi, es decir, a entrenar, aunque bien podría estar diciendo que es el mejor en la jardinería o, por esquivar el chiste fácil, en el macramé, la taba o la sexación de pollos, dado que no especifica y, al fin y al cabo, Xavi reúne los mismos méritos (es decir, títulos homologables al fútbol de élite) en la disciplina del entrenamiento futbolístico que en las muy honrosas que acabamos de detallar.
Pero esto de los decretos que especifican quién es el mejor en lo que sea tiene algo de serie de muñecas rusas, porque el propio Xavi tiene opiniones fuertes sobre quién es, por ejemplo, el mejor extremo del mundo.
Ved, ved.
Otra opinión respetable sin duda, pero cargada asimismo de brutal subjetividad. Dembélé, que es como un peluche entrañable que lleva seis años (¿o son más?) a la sopa boba en Can Barça. Dembélé, que salvo ocasiones contadísimas en las que muestra su indudable calidad es una rémora financiera de pésimo rendimiento deportivo para la entidad que le paga. Dembélé, cuya indescriptible actuación en la final de Catar aún llevamos en la retina. Ese Dembélé (¿o hay otro?) es el que Xavi llama “el mejor extremo del mundo”.
No cabe duda de que el concepto “el mejor” es siempre discutible, amics. Siempre salvo cuando te refieras a Rafa Nadal. Ahí la subjetividad adquiere ciertos caracteres científicos. As y Marca nos traen a Rafa, lo que supone un modo idóneo de cerrar la sección por hoy, y de hacerlo con los mejores deseos navideños.
Pasad un buen día.
Buenos días, amigos. Como cada año, hoy se celebra el sorteo de la Lotería de Navidad que, por suerte, no lo organiza la UEFA. Lo que realmente es una lotería es el lugar en el que se nace, hecho sobre el cual no se tiene influencia alguna. En ocasiones se nace en un país civilizado, incluso algunos tienen la suerte de venir al mundo en el seno de alguna familia privilegiada y la vida les resulta más sencilla que al resto. Sin embargo, el reverso de la moneda es nacer en un país como Irán, si no se es de los que mandan, claro está. Este es el caso de Amir Nasr-Azadani, a quien Marca le dedica su portada.
Amir Nasr-Azadani es un iraní de 26 años que juega al fútbol y lleva más de una semana detenido por defender en su país los derechos de las mujeres y las libertades básicas al apoyar las protestas populares surgidas tras la muerte de Mahsa Amini, kurda de 22 años que fue detenida por llevar mal colocado el velo islámico y mostrar parte del cabello, y que poco después falleció por “causas naturales”, según las autoridades iraníes.
Al joven Amir Nasr-Azadani se le acusa de moharebeh, enemistad con Dios, y de pertenencia a un grupo armado al que se le atribuye la muerte de varios paramilitares de la Guardia Revolucionaria, el cuerpo destinado a salvaguardar a la República Islámica y a sus mandatarios del pueblo al que someten, pero diferentes fuentes sostienen que el detenido no se encontraba ni siquiera en la zona donde se produjeron estos disturbios. Según IranWire, Amir habría sido condenado a muerte, aunque Masadollah Jafari, presidente del Tribunal Supremo de Isfahán, afirma que todavía no hay veredicto sobre él. Es difícil conocer la realidad porque en Irán no hay transparencia, un velo de vergüenza opaca la información.
Amir no es el único, unos 39 deportistas iraníes se encuentran detenidos por manifestarse a favor de la libertad. El régimen se está ensañando especialmente con este colectivo que sirve de ejemplo a los jóvenes. El patrón se repite: detienen a un joven deportista, se le acusa de un delito y se le condena a muerte en base a una confesión extraída mediante tortura. Así ocurrió con Mohsen Shekari, ejecutado hace unos días. Y con Majid Reza Rahnavard, ahorcado en una grúa en la vía pública.
En su portada, Marca afirma que “no hay nada más importante que esto”, en referencia a la posible ejecución inminente de Amir, y estamos de acuerdo, felicitamos al diario por ello. Sin embargo, tal vez habría sido más oportuno publicar esta primera plana cuando se conoció la condena a muerte del futbolista iraní hace más de una semana. En La Galerna sí nos hicimos eco en este artículo de Francisco Javier Sánchez Palomares el 14 de diciembre, por lo que vosotros ya estáis al tanto desde entonces.
Esta reacción de Marca habría sido más efectiva y valiente cuando se conocieron los hechos, pero entonces nos encontrábamos inmersos en el mundial del oprobio, la muerte y la corrupción, y, por lo que sea, los medios deportivos, no solo Marca, no estaban por la labor de publicar noticias incómodas para el desarrollo del campeonato. Los propios compañeros de profesión que más peso mediático tienen tampoco alzaron la voz para defender al iraní. Es todo de una podredumbre y cobardía que enerva.
Como dice Marca (ahora), no hay nada más importante que esto, ni siquiera el posible fichaje de Bellingham por el Real Madrid, que es la noticia principal de As, que no hace mención a Amir.
Este diario sostiene que el inglés prefiere al Madrid, quien tendría como plan B a Enzo Fernández y como tercera opción a Locatelli.
Sport tampoco informa sobre el futbolista condenado a muerte y se centra en Messi. Recordemos para los despistados que el argentino hace tiempo que no milita en el Fútbol Club Barcelona. Dicen que Laporta insiste en su sueño de recuperar al crack argentino, pero que Al-Khelaïfi está a punto de cerrar su renovación. Para la economía del Barça es más saludable que Jan siga abrazando maniquíes.
En el faldón, Iniesta declara: “Veo movimientos y gestos míos en Pedri”. No sabíamos que el bueno de Andrés era también un friolero.
Mundo Deportivo también da protagonismo a Laporta con un titular jocoso: “Prioridad Liga”. Escrito así literalmente. Como explicarlo, presidente Laporta, no es que sea prioridad, es que no tenéis otra cosa medio decente que ganar. La Liga es el segundo premio, el resto es la pedrea.
Terminamos por hoy. Felicitamos a los ganadores de la lotería de Navidad ya que podrán pagar la luz y el gas sin recurrir a las palancas.
Pasad un buen día.