Las mejores firmas madridistas del planeta

Buenos días, amigos. Como escribió ayer Tomás Guasch en La Galerna, tenemos ganas de Zorrilla, muchas ganas de Zorrilla. Afortunadamente apenas restan tres días para que el Madrid visite el estadio que porta el nombre del dramaturgo vallisoletano cuyo segundo apellido era Moral, por si algún despistado cultural se había ofendido con el primero.

El viernes 30 vuelve a jugar el equipo de Ancelotti en competición oficial, que al fin y al cabo es lo que nos apasiona, porque la vida sin pasiones es menos vida. La vida sin el Madrid es posesión sin victoria. Así que nos asomamos a las portadas con ganas de que nos cuenten cómo se presenta este reinicio liguero después de semanas de travesía por el desierto.

Portada Marca

Ojeamos la portada de Marca y parece que seguimos en periodo sabático, el propio de rumores de fichajes, porque lo más destacado es que el Atlético se fija en Borja Iglesias. Pues muy bien. Dicen que el bético llegaría al Atleti en enero si Joao Félix se marchase. El fichaje de Joao por el Atleti siempre fue un misterio, proporcionar al Cholo un jugador así es como darle un micrófono a un mudo.

Marca hoy se ha levantado poseído por el espíritu de Lopera y también resalta que 17.000 personas acudieron al entreno (sic) del Betis. Muy interesante también este dato. Casi tan ilusionante como la proliferación del término “entreno” en lugar de “entrenamiento”.

En la parte superior Marca nos recuerda que el Madrid no se olvida de Fran García, ahora en el Rayo, para el lateral izquierdo.

Portada As

Precisamente otro lateral izquierdo es portada de As. En concreto Alphonso Davies, del Bayern Munich. Y curiosamente también anda el rayo involucrado, aunque en esta ocasión no es el equipo de Fran García, sino el propio Alphonso, que corre mucho y por eso se refieren a él de este modo.

Sin noticias tampoco de la vuelta del fútbol.

Portada Mundo Deportivo Portada Sport

En los diarios catalanes tampoco encontramos novedades de interés, ver sus portadas es como acudir el último día a las rebajas y volver a toparse con las mismas prendas que no se han vendido durante la temporada.

Sabéis que el rasgo distintivo de Sport es publicar cinco de cada siete días de la semana la fotografía y el nombre de un futbolista que no pertenece al Barça afirmando que es el objetivo, o está fichado, o ha llegado a un acuerdo, o ha elegido, o se incorporará casi seguro, si quieres te lo miro, al club que preside Laporta. Hoy toda Moukoko. Mañana puedes ser tú, no pierdas la esperanza.

Aunque debemos confesar que sí nos ha llamado la atención ver a Dembélé troncharse de risa al leer un titular en el cual se le menciona: “Dembélé, máxima implicación”. Felicitamos a Sport por trolearse a sí mismos.

Dembélé, máxima implicación

Hay un asunto que no viene en las portadas, pero ayer causó estupor en el madridismo. En el madridismo y en cualquier ser humano con un funcionamiento cerebral no aleatorio ni afectado por algún problema incapacitante.

Ranking UEFA

Sí, amigos, para la UEFA y su ranking de 2022 el Real Madrid se encuentra en el 6º lugar.

Liverpool, 0 - Real Madrid, 1: La Decimocuarta ya está en casa

¿El Madrid eliminó a Chelsea y PSG en la pasada edición de la Champions, a la sazón máxima competición de la UEFA? Sí. Pues los colocamos justo por encima del equipo blanco, debieron de pensar. ¿El Barça es un equipo que se caracteriza en los últimos años por caer eliminado en la Europa League? Sí. Pues lo ordenamos inmediatamente después del campeón de la Champions.

Realmente daría igual quiénes son los tres primeros clasificados, podrían ser el Carabanchel, el Atleti y el Venta de Baños y no cambiaría mucho las cosas, pero resulta que el tercer equipo es el Liverpool, quien entendemos que se encuentra en ese lugar porque durante la última final de la Copa de Europa que perdió con el Madrid creó muchas ocasiones de gol que en un hecho cruel y sin precedentes en el fútbol Courtois se dedicó a abortar sin tener en cuenta ni la posesión ni la decencia. En segunda posición se encuentra en Bayer. Merecido, aquel 2-8 debe tener recompensa. Y el primero está el City, lógicamente, porque nunca ha ganado una UEFA Champions League y esto es un ranking de la UEFA.

Habrá quien alegue que se trata de una clasificación sobre el desempeño de los equipos durante las competiciones europeas de los últimos cinco años que otorga una serie de puntos en función de sus victorias, logros, etc., y es por tanto un resultado matemático y no fruto de una decisión de los sabios que rigen el fútbol de nuestro continente.

Perfecto, pero un método para ordenar por méritos a los equipos participantes en una competición que da como resultado que el campeón de la misma en cinco de las últimas nueve ediciones acabe en sexto lugar no es un método adecuado y es necesario replanteárselo. Si se tiene un mínimo de decencia intelectual, claro. Y de la otra.

Se nos ocurre una manera mejor para dirimir quién es el mejor club de Europa: el que gane la Champions. Suena raro, tal vez revolucionario, habrá quien no lo entienda, pero creemos que podría funcionar.

Pasad un buen día.

Con el fin del mundial catarí regresa de golpe la realidad. La Liga, por fin. El pan nuestro de cada día, el alimento de la imaginación para la clase servil. Al contrario de lo que sucede, por ejemplo, con las vacaciones, una ruptura de la servidumbre, un tiempo de expansión, para nosotros, los espectadores, el mundial ha sido una prolongación de las cadenas: un mes de vulgaridad que ha interrumpido nuestro goce (muchas veces sádico, pero ésa es otra cuestión) madridista cotidiano. Este fin de semana, con el partido de Valladolid, nosotros regresamos a nuestro territorio, recuperamos las referencias que nos ayudan a transitar por el mundo semana a semana, las rutinas de los días de los partidos, las previas, todo eso, el ceremonial que alegra nuestras vidas, sin importar demasiado que el viernes sea 30 de diciembre y el año se vaya a terminar.

Sin embargo los futbolistas son individuos que viven fuera de nuestro tiempo común y por lo tanto ajenos a sus reglas. Para ellos, el mes pasado en el Golfo Pérsico, lejos de los entrenamientos en Valdebebas, lejos de los viajes y de las concentraciones, lejos de la tensión permanente sostenida por la prensa, sí que ha sido una prueba: toda Copa del Mundo lo es, por más que se juegue en invierno o en verano. Lo es para todos, sobre todo para quienes, como la mayoría de los figurones de las selecciones modernas, viven todo el año a mucha distancia de las opiniones públicas de sus países, protegidos por el aura del prestigio. Este mundial, no obstante, ha sido una prueba de serias consecuencias para la camada de jóvenes talentos que maceran en Madrid, predestinados a gobernarlo todo.

Hay dos golden boys madridistas que vuelven de Catar con la divisa de la tragedia marcada a fuego en la piel del corazón. Rodrygo y Tchouaméni se han enfrentado allí con la selva oscura que los aguardaba a la mitad del camino del héroe

En particular, hay dos golden boys madridistas que vuelven de Catar con la divisa de la tragedia marcada a fuego en la piel del corazón. Rodrygo y Tchouaméni se han enfrentado allí con la selva oscura que los aguardaba a la mitad del camino del héroe. Ambos son niños nacidos bajo el signo de lo formidable. Desde muy pronto han destacado por encima de los demás, desde muy pronto están en el ojo del huracán, es decir, en el Madrid. Uno acaba de llegar y antes de ponerse por primera vez la camiseta blanca ya era titular en el centro del campo de la Francia campeona del mundo. El otro vino a España con la mayoría de edad recién estrenada y sin que al parecer tuviera mayor importancia. Desde el primer día empezó a meter goles con la sencillez y la facilidad de los elegidos, mostrando una extraordinaria inclinación a los grandes momentos: esas horas de la verdad que muchos fuoriclasse con nombres y trayectorias rimbombantes se llevan buscando toda la vida, sin encontrarlos, como si la Historia los rehuyera. No así Rodrygo, que desde el principio fue uno de esos a los que Napoleón habría preferido tener siempre consigo, por la buena estrella.

Siempre animamos al equipo

Rodrygo y Tchouaméni tuvieron que tirar en Catar penaltis decisivos para sus selecciones. Los fallaron. Uno, en cuartos de final, dejó tocada de muerte a Brasil, que lleva veinte años sin tocar la Copa del Mundo. El otro, en la tanda de penaltis decisiva, en la final, que sigue siendo el partido más importante de todos en la conciencia de toda la humanidad, hizo posible la victoria argentina. Los dos llevan recibiendo golpes mediáticos desde entonces, sobre todo Tchouaméni, con quien se están cebando los “cancheros” argentinos, especialistas por tradición nacional en humillar a los aparentemente frágiles (recuerdo a Simeone con Varane en Lisboa). Los dos demostraron agallas de gigantes y los dos descubrieron que todavía no lo son. A veces los talentos enormes se estrellan y no regresan jamás de estos escollos en el camino. A veces, de ellos salen batiendo las alas.

Los dos demostraron agallas de gigantes y los dos descubrieron que todavía no lo son. A veces los talentos enormes se estrellan y no regresan jamás de estos escollos en el camino. A veces, de ellos salen batiendo las alas

Ambos están ante la primera gran prueba de sus carreras, hasta ahora meteóricas y de progresión brillante y continua. Han probado dimensiones del estrés distintas a la del Madrid. Ambos, poco más que veinteañeros, tomaron una responsabilidad que correspondía a otros con más experiencia, oficio y nombre. Rodrygo tuvo el coraje que le faltó a Neymar, desde hace cinco años un mero spot publicitario, un torero de salón. Rodrygo asumió una decisión que en una nación como la brasileña es casi una cuestión de vida o muerte y el hecho de avanzar sin miedo hacia el borde del precipicio lo dice todo de su propia naturaleza. La principal cualidad de un futbolista del Real Madrid, si se puede hacer antropología de esto, es que no se esconde jamás, tenga el color de piel que tenga, le rece al Dios que le rece o sea del país que sea.

Tchouaméni

Tchouaméni parece un futbolista alemán en lugar de un africano de la Francofonía. Su rostro es el del bronce yoruba de Ife: impenetrable, hierático, con el porte altanero de los reyes nubios, su cara de piedra no desvela ningún sentimiento, como si nos estuviera mirando a todos desde un sitio inalcanzable, mucho más allá del reino de los hombres. En su primer mundial ha sido imprescindible en todos los partidos, jugando toda la final hasta los penaltis. En el Madrid ha sido lo mismo desde que aterrizó en agosto, hasta el punto de que el club dejó ir a uno de los mejores jugadores de su historia, Casemiro, una vez se aseguró la presencia del niño gigante francés en su centro del campo. “El Dibu”, uno de esos antihéroes que emergen de las alcantarillas de todos los mundiales, consiguió confundirlo con su aspecto atrabiliario. Su penalti se convirtió en un duelo crepuscular entre negros morochos y delincuentes de la Pampa de cuento de Borges que ganó el que tenía más calle. Pero Tchouaméni tiene más futuro, de hecho es el dueño del futuro.

Tanto a Tochouaméni como a Rodrygo les va a venir bien este encontronazo. Los héroes necesitan tropezar en su camino

Tanto a él como a Rodrygo les va a venir bien este encontronazo. Los héroes necesitan tropezar en su camino. Toda la brillante camada de noveles excepcionales que ya están ocupando los puestos de mando en el Real Madrid de Carlo Ancelotti ha cuajado un mundial regular. Con Vinicius, Tite tuvo miedo. Miedo de que el mundo viera, por supuesto, que ya es más jugador de lo que Neymar será jamás. Aherrojado a semejante titiritero, Vini sólo pudo ser una comparsa. Su cambio ante Croacia dejó manca a Brasil. Los croatas pudieron respirar, estirarse y golpear. A Valverde le tocó viajar con una selección de zombis y Camavinga sigue sumergido en el marasmo del sophomore, esa maldición de los talentos generacionales que los condena a vagar un tiempo por un desierto de melancolía e indefinición tras romper el techo en su año rookie. Para todos, el mundial ha sido una pausa conveniente, un recordatorio de que son mortales y de que la juventud casi siempre va demasiado rápido. Les ha ofrecido conocimientos prolépticos interesantes: pueden ser como Luka Modric o pueden ser como Neymar. Lo único bueno que ha tenido este campeonato es que caer en mitad de la temporada apenas habrá tiempo para las dudas: todos, Camavinga, Rodrygo, Tchouaméni, Vinicius y Valverde, tienen desde el sábado la oportunidad de continuar donde lo dejaron y comprobar que, en efecto, el fútbol es una sucesión de segundas oportunidades.

 

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Siguiendo la estela marcada por Pablo Rivas, Hank nos ofrece un nuevo ejercicio futbolístico-cinematográfico en el que se establecen paralelismos entre películas y clubes.

 

Buenos días, galernautas. Para este nuevo episodio de cine y clubes, hemos decidido tirar de un director que acostumbra a no dejar indiferente a prácticamente nadie con sus películas: Christopher Nolan. Director británico que se ha ganado un nombre a base de realizar películas que no sólo suelen dar un gran rendimiento económico sino que en muchos casos crea la necesidad de revisionarlas para captar todos los matices.

 

The dark knight rises – FC Barcelona

 

“Si mencionas al diablo… se te puede aparecer”.

 

The dark knight rises

No es casualidad que haya elegido esta película para representar al FC Barcelona, pues no en vano es mi película menos preferida del director británico. Vamos, que es la peor que ha hecho, en mi opinión (y con muchos cuerpos de diferencia sobre la siguiente, además). Mas no ocupa el lugar que ahora contemplan ustedes por mis preferencias cinematográficas, sino por cómo el villano de la película, Bane, interpretado por el gran Tom Hardy, es capaz de manipular el relato a su antojo y convencer a la población criminal de Gotham de que su discurso apocalíptico es la mejor solución a sus problemas. Así es, queridos galernautas, los mismos criminales que en la anterior e infinitamente superior película de la saga (The dark knight) decidían no seguirle el macabro juego al maníaco y esquizofrénico Joker, caracterizado por un inmenso Heath Ledger (que Dios lo tenga en su gloria) en aquella fantástica y tensa escena de los barcos que nos demostró que incluso en la peor calaña de Gotham aún residían la esperanza y un último resquicio de humanidad, en esta ocasión deciden atender a la demente verborrea de Bane y llegar a la conclusión de que es una idea fantástica volar por los aires la ciudad en la que habitan (con ellos dentro, esta parte es la mejor de todas) en la que probablemente es la mayor y más doliente patada que han asestado los hermanos Nolan a un guion. Pero así fue.

El mismo tortazo se ha llevado el pobre Barcelona en Champions que el que se pegó en su día The dark knight rises en los premios de la industria

Bane les vendió la anarquía y destrucción de su ciudad y sociedad y los criminales se lanzaron de cabeza a abrazar semejantes ideales de la misma manera que los culés, que al parecer no habían tenido suficiente con su anterior villano y presidente, Bartomeu, se arrojaron a los brazos de las palancas que elocuentemente su flamante nuevo presidente, Joan Laporta, les vendía como si de la panacea se tratase. A Bane le bastó con una carta (confesión) escrita por el comisario Gordon (aunque la podría haber escrito cualquiera, tal y como la presenta el villano) para volver a la gente a su causa, mientras que Joan no tiró de carta sino de pancarta para convencer al público blaugrana de que su candidatura era la mejor de todas.  Pancarta, abrazo a un maniquí inerte y palancas.

Podrían haber sido estas últimas quizá no la panacea, pero sí alguna especie de cura, o al menos un tratamiento paliativo, para la economía del FC Barcelona, si por lo menos se hubiesen destinado esos ingresos al alivio de sus deudas, pero el particular Joker de los culés, Joan, convenció a sus adeptos más acérrimos, sin esfuerzo aparente, de que la mejor manera de acabar con sus deudas era gastando más aún en fichajes y agrandando esa deuda mientras el aficionado culé medio asentía desnortado y aplaudía hasta que le doliesen las manos. La base del argumento era que fichando mejores jugadores llegarían más ingresos tanto por lo que generan estos jugadores como por lo que se ingresaría por ganar más títulos. Algo así como aquello que comentó nuestro expresidente Mariano Rajoy de que “cuanto peor, mejor para todos…” pero explicado de una forma más bonita y con muchos más fuegos artificiales. En fin, el mismo tortazo se ha llevado el pobre Barcelona en Champions que el que se pegó en su día The dark knight rises en los premios de la industria…

 

Atlético de Madrid – Interstellar

 

“La ley de Murphy no significa que vaya a pasar algo malo, sino que si algo puede pasar, pasará”.

 

Interstellar

Nota del autor: Podría centrar la correlación en los eternos descuentos vividos en el Metropolitano, esos que duran tanto como un segundo en el planeta de agua que visitan Cooper y el resto de protagonistas (ya saben, una hora en ese planeta equivalen a siete años en el nuestro), pero resulta una comparativa tan evidente que he preferido buscar otros aspectos.

Interstellar es una película ciertamente fascinante. Es un film que suele dividir al espectador, al que, si le llega al corazón, la convierte automáticamente en una de sus películas favoritas. Si, por el contrario, no le toca la patata de la forma adecuada, le acabará pareciendo una película fallida. Con buenas intenciones, sí, pero fallida. Y es que Interstellar fue el gran intento de Christopher Nolan de llegar a la luna. De colocar su bandera en el Everest para posteriormente contemplar el horizonte satisfecho y extender las manos mientras tocaba las nubes y el cielo con sus dedos. De la misma manera que le ocurre actualmente al Atleti con Simeone, si en algo falló el director londinense fue en la comunicación. En su discurso.

Porque Interstellar, como el Atleti, parecía que lo tenía absolutamente todo para triunfar: un director tan aclamado y reconocido mundialmente como el Cholo en el mundo del fútbol y un reparto tan estelar como extenso que parecía irrepetible. Algunos lectores no lo recordarán, pero hasta hace no mucho venía imperando por la prensa la irrefutable verdad de que el Atlético tenía la mejor plantilla de la liga española. En Interstellar, en cambio, sí que estaba un Matthew McConaughey que entre 2012 y 2014 venía en modo “mejor actor del mundo”, ese estatus que también han tenido otros actores como Kevin Spacey (1995-1999), Russell Crowe (1999-2001) o Daniel Day-Lewis cada vez que le da por levantarse del sofá y abandonar su retiro temporal. Pero ni siquiera tener al mejor salva a uno cuando la narrativa falla.

Cuando uno fuerza tanto algo, acaba resultando difícil que sea creíble y eso es lo que les acabó pasando y pesando tanto a Nolan en Interstellar como al Cholo Simeone

Se suele echar en cara a Nolan esa tendencia a sobreexplicar sus películas, pero en esta en concreto, su gran error fue tratar de abarcar más allá de donde debía con demasiados personajes. Si la película se hubiera centrado a nivel emocional únicamente en la relación de Cooper con su hija Murph (el que debió ser el principal motor afectivo de la película) seguramente el resultado habría sido más satisfactorio y la unanimidad en torno a esta obra habría sido casi total, pero en lugar de eso, Nolan desvió el tiro en mitad del film hacia el personaje de Anne Hathaway, que también venía enrachada por aquella época, pero que ni siquiera en ese estado pudo sostener ese discurso cholista por lo fallido que defendía al amor como una ciencia tan inequívoca y exacta como las leyes de la física.

Ver a Hathaway perdida en dicha tesitura, soltando más que interpretando aquellos diálogos que ni ella misma parecía creerse, fue tan triste como contemplar al pobre Joao Félix en el Civitas desperdiciando su inmenso talento ofensivo, desorientado en medio de ese laberíntico y defensivo entramado táctico que promueve Diego Simeone. Caso similar al de Jessica Chastain, a la que le sobra talento pero le faltaron escenas para terminar de romper la película como apuntaba en los vídeos que le manda a su padre durante su larga odisea. Un poco como lo que le ha sucedido a Simeone con Marcos Llorente, que venía de dar un rendimiento sobresaliente como centrocampista llegador/segundo delantero, pero al que ha acabado por desperdiciar a base de colocarlo de lateral o carrilero. Al final, cuando uno fuerza tanto algo, acaba resultando difícil que sea creíble y eso es lo que les acabó pasando y pesando tanto al director inglés como al entrenador argentino.

 

Memento – Real Madrid

 

“No me acuerdo de olvidarte”.

 

Memento Nolan

Llegamos a la que quizás es la película más redonda de Chris, no en su forma, pues esa sería Tenet, sino en sus intenciones y resultado final. Sin embargo, lo que llama a hermanar a esta señora película con el club vikingo no es otra cosa que su premisa: un hombre que, desde que sufrió un ataque tras el cuál falleció su mujer, quedó incapacitado para generar nuevos recuerdos. De manera que cada poco tiempo, su cerebro sufre un reinicio y no recuerda nada más posterior a lo que sucedió aquella fatídica noche. Así a bote pronto puede sonar incoherente que esta circunstancia pueda ser relacionada de alguna manera con el Real Madrid, pero resulta tremendamente curioso comprobar cómo este trastorno que sufre el personaje le permite no alejarse en ningún momento de su objetivo vital: vengarse del asesino de su mujer sin dejar de buscarlo hasta encontrarlo.

En primer lugar, esa falta de memoria a corto plazo se asemeja al club al que no apoyamos sino vivimos desde el momento en el que acabamos de levantar una orejona y tanto a aficionados como a jugadores sólo nos sale no regodearnos en lo conseguido sino imaginar cómo será levantar la siguiente. Puedo aseverar, sin temor alguno a equivocarme, que la mayoría de los madridistas tenemos grabado a fuego ese momento en el que, recién sacada una Champions del horno, Carvajal y Nacho, como si fueran Merry y Pippin jugando con los cohetes de Gandalf en El señor de los anillos, se comentan el uno al otro que muy bonita y bien ganada esta copa, sí, pero que hay que ir ya a por otra.

Esta incapacidad para recordar tanto lo bueno como la malo es una característica que comparten club y afición como si de un solo ente se trataran

Esta incapacidad para recordar tanto lo bueno como la malo es una característica que comparten club y afición como si de un solo ente se trataran. No en vano se ha visto en el Bernabéu pitar a auténticas leyendas como Cristiano o Zidane porque un día o dos no le salían bien las cosas. En cuanto al club, esa pérdida de memoria a corto plazo ha impedido que las malas sensaciones enraizasen en el grupo cuando se estaba realizando una mala temporada y es la que ha llevado al Real Madrid a imponerse en Europa cuando la liga estaba ya prácticamente perdida en diciembre o cuando se enfrentaba a rivales supuestamente superiores a los merengues por sensaciones o rendimiento actual. Las consecuciones de las séptima, octava, undécima o decimotercera no hacen más que fortalecer esta tesis.

Porque el Madrid, como Lenny en Memento, no permite que la memoria le distraiga de su objetivo. Cada año, sin importar lo que haya sucedido el anterior, se fija la Champions entre ceja y ceja y no la pierde de vista ni por un segundo durante la temporada. Y al Madrid, como a Lenny en Memento, el buenismo y la inocencia le hacen ser un continuo blanco para que personajes de moral reprobable se aprovechen de ellos. Si en la película de Nolan son personajes con intereses cruzados los que se aprovechan del trastorno y las buenas intenciones de Leonard, en España no son pocos los buitres que gorronean alrededor del club blanco, sacando tajada de la desventaja competitiva en la que parte el mismo en forma de arbitrajes y campañas de desprestigio orquestadas por la prensa. No hay más que ver el caso Vinicius, sin ir más lejos, puesto en el ojo del huracán tanto por los medios deportivos, como por los colegiados y rivales. La falta de respuesta, benevolencia o inacción de Lenny y el Madrid ante estos desafueros a menudo suelen ser confundidas con cobardía o debilidad y tienden a ser motivo de subestimación, pero nada más lejos de la realidad. Pocas cosas hay tan peligrosas en este mundo como alguien que tiene absolutamente claro lo que quiere conseguir sin importar lo que cueste. Y el Real Madrid no se cansa de demostrarlo año tras año.

 

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El liderazgo emerge como una fuerza etérea de dudoso origen que impregna a los liderados y les infunde fuerza y confianza para conseguir la hazaña. Pocas personas pueden ejercer el liderazgo de forma idónea ya que es un atributo que ya está ahí antes de nacer y se ejercita desde el primer lloro hasta que la Parca decida. No todos pueden liderar y no todos lo hacen de la forma correcta. El liderazgo requiere de carisma, solidaridad, talento y muchos otros atributos que no todos llegan a alcanzar con plenitud.

En la época napoleónica se enfrentaron dos líderes en busca del dominio mundial de los océanos: Horatio Nelson por parte de la Inglaterra de Jorge III y Pierre Villeneuve en el lado de la Francia de Napoleón. España también era poseedora de grandes comandantes marinos como Churruca, Gravina o Alcalá-Galiano , pero sus paupérrimos líderes nacionales habían sucumbido ante el Corso. Villeneuve, un capitán que había ascendido gracias a sus amistades y a la imperiosa necesidad de oficiales tras la Revolución francesa era un vicealmirante errático, individualista y con falta de talento. Conocido por su terrible gestión de las maniobras previas antes de la batalla de Trafalgar y de la terrible derrota en el estrecho de Gibraltar. Napoleón llego a decir de él: “Le falta determinación y no tiene coraje moral”. En frente, el gran comandante Nelson, dotado de un talento sobrenatural y valentía admirable, lideró a Inglaterra en las guerras Napoleónicas,  era seguido por sus subalternos con admiración plena y destrozó estratégicamente a Villeneuve. El inglés murió en Trafalgar y subió al Olimpo de la memoria británica y el francés sobrevivió pero más tarde se suicidó o puede que “le suicidaran” unos años después. En los liderazgos franceses e ingleses se ha construido gran parte de la Historia contemporánea mundial y europea, para bien o para mal. Y desde Napoleón y en general, los líderes ingleses han brillado más que los franceses.

 

We shall never surrender.

 

El talento de Jude Bellingham es ya archiconocido por el mundo futbolístico y más aún tras el mundial. Pero de lo que vamos a hablar hoy es de liderazgo y este chico de Birmingham ha nacido para capitanear a un buen puñado de marineros y crear una flota invencible. Los regates, las bicicletas, los goles, las carreras son una parte importante del espectáculo, pero en los gestos está la clave. No había podido analizar ni sus gestos ni su comportamiento durante su etapa en Dortmund, solo me había dado tiempo a valorar sus atributos meramente futbolísticos. Pero en el mundial he podido anotar un buen número de acciones donde queda demostrada su categoría como futuro líder del fútbol europeo. Un chaval de 19 años que se acerca a Harry Kane tras el penalti errado, le abraza, le agarra la cabeza y le mira con esa determinación, es un futbolista que ha nacido para comandar un regimiento y dominarlos a todos. En cada partido ha dejado algún detalle como levantar a veteranos del suelo, palmas y ánimos, reprimendas, esfuerzos en defensa y en ataque. Gestos que solo emergen de los elegidos y que muy pocos se pueden permitir antes de los 25 años. Elegante, nada estridente, sin llamar la atención, sin polémica, con muchos kilogramos de carisma. Como Luka Modric.

Bellingham y Harry Kane

En el otro lado del canal de la Mancha hay otro líder, el más talentoso y determinante de todos. No podemos decir que sea un Villeneuve, aunque me haya permitido el símil, porque es uno de los mayores portentos futbolísticos que ha nacido en las últimas décadas y el marino era un mediocre pero, en mi humilde opinión, su liderazgo no es pleno ya que impresiona que sus compañeros no darían la vida por él. Cuando eres una bestia futbolística pero lideras desde el individualismo puedes ganar muchas batallas pero perderás muchas guerras. Y eso es lo que le está pasando a Kylian Mbappé. El francés lidera desde el apabullamiento al rival pero impresiona que sus compañeros no reman ni al ritmo ni en la dirección que el establece. Es un liderazgo parecido al de Cristiano Ronaldo. El individuo por encima del grupo. Hasta la fecha, el francés contribuye a generar grupos dentro de las plantillas, “o ellos o yo”, no cohesiona a los equipos si no que incrementa su toxicidad y dentro del campo juega a ganar él solo el partido. Durante el mundial, no lo he visto en ningún momento bajar a apoyar a sus compañeros o luchar para recuperar un balón aunque sea de forma representativa. No lo vi ni en el Bernabéu cuando Karim Benzema y los suyos decidieron decir su última palabra, ni con Francia en los peores momentos contra Inglaterra y contra Argentina. Sí, en efecto, marcó un hat-trick en la final pero nunca lideró ese partido desde el espíritu. Tchouaméni capitaneó más. Sus compañeros no creen en él como líder, mientras que los jugadores croatas sí creen en Modric, los argentinos creían en Maradona (lo de Messi da para otro artículo sobre liderazgo), los franceses en Zidane o los madridistas en Benzema, Casemiro, Modric o Sergio Ramos.

El Real Madrid no debe dejar pasar la oportunidad con su Nelson, capaz de liderar y luchar codo con codo con sus compañeros, de levantarlos, de abrazarlos, de emitir esa fuerza etérea que impregna a sus soldados

Y esto, añadido a otros factores importantes, es por lo que no quiero a Kylian en el Real Madrid. Aunque creo que como rival lo sufriremos mucho y que nos podemos exponer a su dictadura durante unos cuantos años, su falta de ascendencia sobre los compañeros y su individualismo dentro y fuera del campo me crean rechazo. Mbappé no defendería a Vinicius de las patadas ni le marcaría el territorio a Milner tras su entrada a Benzema. Hay líderes que lo ganaron todo de esa forma menos altruista, como Michael Jordan, pero Jordan era Jordan, rodeado de jugadores que aceptaron su rol y tragaban su constante toxicidad. También tenemos el caso de Kobe Bryant, con un liderazgo individualista en su primera etapa y que fue aprendiendo hasta convertirse en un jugador más cercano y colectivista. Pregúntenselo a Pau Gasol. Y puede que Kylian cambie pero veo un perfil más cercano a su ídolo Cristiano, cuyo egoísmo le funcionó al lado de la CMK y compañía pero que le ha destrozado en el final de su carrera.

Mbappé mundial Catar Francia

El Real Madrid no debe dejar pasar la oportunidad con su Nelson, capaz de liderar y luchar codo con codo con sus compañeros, de levantarlos, de abrazarlos, de emitir esa fuerza etérea que impregna a sus soldados. Jude es un jugador con un aura especial, con mirada y sonrisa de genio, como su admirado Zidane. En una época en la que el histórico liderazgo inglés flaquea: la apuesta debe ser inglesa.

 

Hey Jude

don’t make it bad.

 

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Con ganas de Zorrilla

 

Sí, sí, sí. Estoy con ganas de Zorrilla. Con muchísimas ganas. ¿Les suena? Ya. La ocurrencia no es mía. Podría serlo, pero no. El copyright pertenece a la gente de las redes del Real Valladolid, tipos con ingenio. Con motivo de la visita de la Real Sociedad a Pucela, octubre pasado, la mañana del partido escribieron este tuit: “¿También os habéis levantado con ganas de Zorrilla?”.

Se armó un escándalo. Los absurdos guardianes de no sé qué carajo bramaron. Ganas de Zorrilla, ¡a la hoguera con ellos! El club acabó borrando el mensaje. Fue lo único mal hecho en este episodio: ganaron los majaderos. Y no digo otra cosa porque estamos en las fechas que estamos. Un amigo lo guardó, ahí lo tienen.

¿Qué el estadio se llama Zorrilla, en honor a don José? Ya. Éste y el de antes. ‘Quícir’: usted puede preguntar si se han levantado con ganas de Bernabéu, pero no de Zorrilla. Me apetece homenajear a aquellos artistas aprovechando por donde pasa el Pisuerga, fíjense. Afirmativo: tengo muchas ganas de Zorrilla, de fútbol. De normalidad.

Los absurdos guardianes de no sé qué carajo bramaron. Ganas de Zorrilla, ¡a la hoguera con ellos! El club acabó borrando el mensaje. Fue lo único mal hecho en este episodio: ganaron los majaderos

Será el viernes a las nueve y media de la noche. 30 de diciembre, estadio de la Pulmonía. Tiene arte. El riesgo de partido bastante bajo cero es grande, pero la superanormalidad reinante —el tiempo no es una excepción— anima a pensar que igual se juega con 24 grados a la sombra. Puede ser. Lo normal es que calentitos sólo estén los del VAR, Dios nos proteja.

¿Qué pasará? Pues ni idea. Vamos a abrir un melón raro. Primera vez que todos los equipos se encuentran en la tesitura de arrancar después de mes y medio largo silbando. Unos anduvieron por Catar, otros por el Caribe y el resto, en sus pueblos o desaparecidos. El Madrid acabó raro. Antes de ganar por 2-1 al Cádiz en la despedida empató en casa con el Girona (1-1) y palmó en Vallecas (3-2) en plan tenemos la cabeza donde tenemos.

Cádiz Real Madrid gol Kroos

El Valladolid se despidió con 17 puntos, seis más que el descenso, y cinco jornadas por delante para sumar los 20 en la primera manga: 20 en cada una serían 40 y la permanencia, en el bote. O sea que recibir al Madrid le supone más ganas de divertirse que agobios pensando en la clasificación. Están cumpliendo y bien. Pacheta es un tipo sabio.

Viernes 30. Muchas ganas de Zorrilla, sí

El Madrid arranca como segundo. Tras zumbarle a Barça (3-1), Elche (0-3) y Sevilla (3-1) se atocinó y los azulgrana le superaron en la tabla por dos puntos. Cedió cinco lamentables. Es probable que de no haber ganando el clásico, su final hubiese sido otro, más metido y atento. En fin…

Game over. Sí, claro. El Madrid es mejor que el líder y en un torneo largo debería superarle de 10 veces, 9. Si sale la bola tonta supondrá que Xavi y sus soldados —todos, jaja— lo habrán hecho muy bien y Carletto y los suyos, muy mal. Me sorprendería, pero puede pasar, claro. El fútbol es sorpresa. Fíjense el mundial: íbamos a enseñar al mundo cómo se juega al fútbol y lo hicimos. Pero sólo le ganamos a Costa Rica. De paliza, eso sí.

Viernes 30. Muchas ganas de Zorrilla, sí.

 

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Siempre aprecié como oro en paño las conversaciones con George Karl. Y, desde que fui invitado por J. Bengoechea a involucrarme en La Galerna, sentí el contagio de su fiebre por personajes madridistas. Entrevistas largas, amables, profundas y anecdóticas a la vez. Coincidentes o divergentes expresiones del espíritu del Real Madrid, manifestado en su capilaridad infinita a través del entendimiento y sentimiento de cada cual. George ocupa una posición única, una perspectiva de años y de experiencia en el país que vio nacer y crecer al baloncesto. Un sabio con un currículum de extensión y riqueza sobresalientes que cubre sus palabras con el peso específico de una mente preclara. No hablo en vano ni halago a un amigo: en el mes de septiembre, George Matthew Karl entró a formar parte del Salón de la Fama de Springfield, al que sólo tienen acceso los eximios. Invitados por él, mi excompañero Quique Villalobos y quien esto escribe vivimos junto al galardonado momentos conmovedores. En especial, cuando en su discurso citó su etapa como madridista que detalla en esta conversación vibrante y sincera.

Aun con la relevancia de los méritos citados, en mi deseo de entrevistarlo pesaba mucho más lo personal. Las vivencias compartidas con George están incrustadas en mi memoria con un brillo inextinguible. Desde el principio, el Coach ganó nuestra confianza por su conocimiento y su personalidad. Un hombre exigente, familiar, abierto a una experiencia emocionante, trágica, desconcertante, en la que descubrió nuestro deporte y nuestro país. Las costumbres, la comida, la lengua que no pudo aprender. Su pretensión de integración habla de una humildad proverbial, quizás aprendida en una vida con tantos vaivenes.

Por encima de todo, George Karl comprendió al instante la grandeza del Real Madrid y la vocación madridista de unos jugadores que sentíamos el club en las entrañas. Su actitud cautivó nuestra admiración, que devino en amistad gracias a su empeño en que así fuera. Un hombre que mostró coraje y gallardía continuos por más que su devenir madridista distara de lo que soñó. Y, si no me creen, sigan leyendo…

George Karl entrevista

 

Entrenador, ¿tú eres consciente de cuánto se te quiere en Madrid?

Bueno, es mutuo. (Se pone de pie y por primera vez vemos que lleva puesta su camiseta del Madrid, cuyo escudo nos muestra desatando nuestros aplausos). Hay muchas historias respecto a mi estancia en el Real, dividida como recordaréis en dos períodos (89/90 y la mitad de la temporada 91/92), que reflejan hasta qué punto significó mucho para mí. Fue un tiempo de aprendizaje, muy duro en algunos momentos, pero que sin duda estableció los cimientos del entrenador en el que yo me convertiría. Crecí como técnico allí. Llegué siendo un entrenador joven, con un ego fuera de control en algunos aspectos. Era un tipo bastante desagradable en ocasiones. Llegué allí con mi familia y todo era nuevo para nosotros, en un país diferente. Era un reto, sobre todo por el idioma. Me hizo darme cuenta de que necesitaba convertirme en un tipo emocionalmente más estable y equilibrado. No solo por mí, sino también por mi familia. Y para ello tuve que superar anímicamente muchas dificultades. Para empezar, en mi primer mes allí, Drazen (Petrovic) se va a Portland. Y dos meses después, por supuesto, ocurrió lo de Fernando.

Llegaremos a ese punto, pero antes me gustaría comenzar por el verdadero comienzo, que no es ese momento en el tiempo, frente a lo que mucha gente cree. Porque en 1971 ya estuviste en Madrid, para disputar un partido como jugador y contra el Real. Fue en diciembre de 1971, en el mítico Torneo de Navidad que ganaste jugando como base del equipo de la Universidad de Carolina del Norte. Por cierto, te manda recuerdos Vicente Ramos, base con el que te las tuviste tiesas en aquel partido. ¿Qué recuerdo tienes de aquello?

 

¡Un recuerdo buenísimo porque ganamos, a pesar de que no fue un partido fácil! (77-83). Digamos que nosotros éramos estudiantes de universidad y ellos eran hombres. Ellos eran más físicos, en efecto. En aquel Madrid contra el que jugué no solo estaba Ramos, sino también Clifford (Luyk), que acabaría siendo mi segundo entrenador y Wayne (Brabender), que sería quien me relevaría en el banquillo veinte años después. Hay muchas conexiones futuras en aquel partido del 71. Por eso llevo ese recuerdo tan cerca del corazón. Por otro lado, jamás olvidaré el humo que había en el pabellón.

Claro. Entonces estaba permitido fumar en casi todas partes, algo impensable hoy.

Eso es. ¡Recuerdo también que después del partido fuimos a una misa católica! (Imaginamos que era la Misa del Gallo, tratándose como se trataba del día de Nochebuena). No recuerdo dónde estaba la iglesia. Coach (Dean) Smith iba con nosotros. Jugamos tres torneos aquel diciembre y ganamos los tres. Pero aquella Nochebuena en Madrid fue especial. También recuerdo, cómo olvidarlo, que después de la misa fuimos a una fiesta, sabe Dios en qué hotel. Nos subimos a un ascensor seis o siete tíos y el ascensor ¡se desplomó! (Risas). No nos ocurrió nada pero pasamos mucho miedo.

(Risa). Te llevaron a misa a las doce de la noche, te hicieron jugar en un pabellón repleto de humo, casi te conducen a la muerte en un ascensor, y aun así casi veinte años después aceptarías la propuesta de ir a entrenar en esa ciudad loca. ¡Ciertamente estaba en tu camino entrenar a los blancos!

Me sentí muy honrado cuando, en el 89, recibí la propuesta. En su nivel universitario en USA, la Universidad de Carolina del Norte tenía la máxima exigencia, y al Madrid le distinguía la misma exigencia en el baloncesto europeo. Yo sabia que el Madrid era el equivalente europeo a los Lakers o los a Celtics, o lo que los Yankees serían en baseball. Esa exigencia propia del campeón era algo que a mí me hacía disfrutar mucho, y aunque no llegamos a campeonar cuando yo estuve allí (ya hemos dicho que las circunstancias fueron muy difíciles), quedé muy feliz al ver en los años siguientes que el equipo que yo dejé sí fue capaz de conquistar títulos.

George Karl entrevista

Dices que no ganaste títulos en tu tiempo en el Madrid pero sí ganaste, ya como entrenador, en tu segunda temporada, el Torneo de Navidad con los blancos, el mismo que disputaste como jugador con North Carolina.

Es verdad. De hecho, me pregunto si no seré el único que ha logrado el Torneo de Navidad como entrenador y como jugador, curiosamente. (Nota: no lo es, también Lolo Sainz, Clifford Luyk y Wayne Brabender lo lograron desempeñando ambos cometidos, pero sí es el único que lo consiguió con dos equipos distintos). Pero lo que más recuerdo de mis primeros tiempos en España, ya entrenando al Real, es la pasión, el entusiasmo. Jugábamos duro. Esto puede sonar extraño, pero siempre he pensado que jugar duro es un talento, no es solo una actitud, especialmente a un nivel profesional. Mis jugadores siempre jugaban duro. Eran (erais, Joe) tipos enfadados. Y fíjate que ese no era el caso en Yugoslavia, Francia o Italia por entonces. Por entonces no sabía que España iba a convertirse en el equipazo que desafiaría a nuestros jugadores de la NBA, pero ya aprecié que había una intensidad especial en el baloncestista español. No lo he sentido en ningún otro país. Las cosas se podían volver locas por momentos, pero yo gozaba mucho de esa intensidad. ¡Yo mismo me vuelvo loco también en algunos momentos!

¿Qué te sorprendió más de aquel equipo cuando empezaste a entrenarlo en el 89? ¿Qué te parecimos?

Me sorprendió lo que he dicho, y también la gran calidad que había. Recuerdo que el primer partido que jugamos lo hicimos sin los americanos, y que era en una cancha ahí arriba, en el País Vasco. Yo sabia que podíamos ser muy buenos. El Barça tenía a Epi, el Joventut tenía a Montero y Villacampa. Eran excelentes equipos. Recuerdo jugar contra Aíto, que era el entrenador de España en muchos aspectos. Pensé que el baloncesto español era un buen cruce entre el baloncesto universitario en USA y la NBA. Tuve que adaptarme al formato de partido, 40 minutos separados en dos tiempos, y a reglas diferentes en cuanto a los tiempos muertos también. Tenía que aprender. Tenía que acostumbrarme también a atacar defensas en zona, cosa no permitida en el baloncesto del cual venía yo. Es lo que decía antes: ¡tuve que crecer! Tuve que madurar. Y ese aprendizaje fue un pilar en los cimientos de mi carrera futura. Mi carrera, de hecho, no hizo sino crecer de un modo muy positivo desde el momento en que abandoné el Madrid. Y es lógico, porque esa temporada en España me hizo aprender mucho sobre mí mismo, como persona, y sobre mi persona dentro del mundo del baloncesto. Porque claro, yo no dominaba el español, y cuando tienes esa barrera idiomática tienes que aprender a escuchar mejor. Eso te obliga a hacer más preguntas, a centrarte más en las conversaciones. Eso te hace crecer.

Una de las cosas que me vienen a la mente  es que comíamos siempre juntos en los viajes, ¿te acuerdas?

¡Y con un poco de vino! (Risas). Todavía recuerdo las cosas que me hacíais comer. ¿Cómo era aquello con huevos revueltos? ¿O eran huevos fritos encima de algo?

Creo que te refieres a revueltos de gambas y trigueros, y a huevos rotos con jamón. 

Yo qué sé, pero ¡estaba bueno!

George Karl entrevista

 

Tengo un recuerdo imborrable de un día en que estábamos tomando un café en un pequeño pueblo del interior de España, y se nos acercaron unos niños a pedirnos autógrafos. Me dijiste que, a través de los ojos de esos niños, comprendiste lo importante que el Real Madrid es en España.

El Real Madrid es en España una institución más importante de lo que cualquier entidad deportiva profesional representa en Estados Unidos. Aquellos niños de los que hablas plasmaban en sus caras todo el amor y la devoción que el Real Madrid, tanto en fútbol como en baloncesto, suscitan en vuestro país. En América tenemos algo de eso, pero los fans estadounidenses son un poco más volubles. Los seguidores del Madrid son más leales, más apasionados, que nada que yo haya visto en mi país. Mira cómo eran los Madrid-Barça. Puf. Eso es llevar la rivalidad a un nivel superior.

Ha llegado el momento de hablar del día que murió Fernando. ¿Te sientes con fuerzas?

George Karl entrevista

 

(Resopla). Mira, si excluyes el nacimiento de mis hijos, aquellos tres días tras la muerte de Fernando son los más emotivos e intensos de mi vida. Mi hijo Coby tenía una relación muy especial con Fernando. Cuando él entrenaba, Coby andaba por ahí y le cogía los rebotes para que Fernando siguiera lanzando. El día del accidente, estábamos todos, Coby también, en el pabellón, esperando para el partido. Fernando no iba a jugar ese encuentro porque tenía problemas en el tendón de Aquiles, pero tenía que venir al pabellón a entrenar en todo caso. Unos y otros nos fuimos enterando de lo que había pasado. Yo no sabía qué hacer. Los jugadores os empezasteis a marchar en diferentes direcciones, supongo que la mayoría al hospital, pero yo no sabía ni siquiera dónde estaba el hospital, así que no tenía ni idea de adónde ir. Me enteré unos minutos después de que había muerto. Y esa noche… (Hace una pausa y vemos cómo traga saliva en Denver). Esa noche fue la primera vez en que tuve que explicar a Coby que alguien había muerto. A día de hoy Coby, que entonces tenía seis o siete años, recuerda perfectamente ese momento.

¿Te acuerdas también del día siguiente?

Claro. Por la mañana tuvimos un encuentro, todos, en el Pabellón. Antonio (Martín) estaba allí junto a sus hermanos, y diría que también su madre. La familia me llevó a un rincón apartado y me dijo cuánto me respetaba y me quería Fernando. Y yo sabía que le caía bien, pero no que se sentía conectado a mí de una manera tan poderosa, no lo supe hasta ese día. Era una habitación pequeña en el pabellón (probablemente en el palco) y la escena duró unos veinte minutos. Clifford vino luego y me habló del funeral, que iba a ser esa noche a las ocho. Yo era un americano recién llegado a Madrid, y como no sabía orientarme por la ciudad pensé que no iba a encontrar el lugar del funeral y no fui, aunque luego supe cómo había sido. Supe que al final la gente había empezado a corear “Fernando está aquí” (Nota: la entrevista es en inglés pero George repite esto en castellano, al igual que la palabra "palacio", que usa para referirse al pabellón).

George Karl entrevista

Allí no estuviste, pero sí al día siguiente en el pabellón donde estaba el féretro y donde tantas personas vinieron a expresar sus condolencias y su respeto a Fernando, con la delegación del Barça al frente.

¿Cuánta gente vino? Sabe Dios. Recuerdo unos veinte autobuses de equipos de la liga.  No sabíamos cómo sacar el féretro del Palacio, ¿te acuerdas?, hasta que espontáneamente jugadores de diferentes equipos lo subieron por las escaleras y lo sacaron al exterior. Era como una película. Alguien tendría que rodarla. Ahí nos subimos en nuestros autobuses y fuimos al cementerio. Yo me asomaba por la ventana y veía a fans siguiéndonos en nuestro camino para dar sepulcro a Fernando. Y no sé si te acuerdas, Joe, pero los autobuses no podían entrar dentro del cementerio porque el arco era demasiado bajo, de manera que todo el mundo descendió de los autobuses, con sus trajes y sus vestidos negros tan impecables, y se adentró entre las tumbas bajo una lluvia fina.

Recuerdo el frío que hacía. Recuerdo también que llovía. 

Había tanta gente que nunca llegamos a donde tuvo lugar el descenso del féretro, sino que nos encontramos a la familia ya cuando volvían de hacerlo. Allí fue cuando nos fuimos al centro de la ciudad, otra vez en el autobús, para comer juntos en el hotel de concentración, ¿te acuerdas, Joe? En cierto punto algunos se fueron a sus habitaciones a descansar un poco, pero los demás nos quedamos contando historias de Fernando. Estaba Chechu. Estaba Quique (Villalobos). Estaba Clifford. Llorábamos. Chechu estaba enfadado (con el destino, supongo). Bebí muchas cervezas. Creo que es la primera y la última vez que me he emborrachado antes de un partido. Una pequeña siesta y nos fuimos a jugar.

Claro. ¡Porque jugábamos contra el Paok esa misma tarde en el Palacio!

Eso es. ¿Recuerdas el prepartido, con las ofrendas florales y la camiseta de Fernando encima de la silla? Yo pensaba: wow, algo muy especial está pasando aquí. Algo tremendamente poderoso. Total, que comienza el encuentro y jugamos de espanto.

Así fue, George. Pero algo pasó en el descanso, ¿te acuerdas? En el segundo tiempo entramos en una especie de trance.

Exacto. En el descanso os dije: “Chicos, cualquiera entendería que perdierais este partido. No habría nadie en el mundo que pudiera culparos por ello. Nadie excepto una persona: Fernando”. Y era así. Él, incluso en esas circunstancias, nos habría dicho que deberíamos ser capaces de superar lo sucedido y ganar. Íbamos perdiendo por quince o dieciséis puntos, pero los siete minutos que jugamos a la vuelta del descanso fueron los mejores que un equipo mío haya disputado jamás. Antonio (Martín) estuvo increíble. Acabamos ganando el partido, y la gente coreaba “¡Fernando está aquí! ¡Fernando está aquí!” Y los jugadores os subisteis a la grada y os abrazasteis a la gente, y trepasteis al palco donde estaba la madre de Fernando. Y la abrazasteis. He contado esta historia cien veces, y siempre que lo cuento alguien me dice que se debería hacer una película sobre esto.

La percepción de aquella tu primera temporada, cuando concluyó, fue que había sido un fracaso. Yo discrepé y discrepo profundamente. Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, veo que hicimos un gran esfuerzo. Lo intentamos de manera ejemplar en medio de la fatalidad. La marcha de Drazen. Lo de Fernando. La grave lesión de Chechu. Con todo, llegamos a la final de la Recopa ante la Knorr de Bolonia y a semifinales de Liga. ¿Qué opinas?

Como entrenador me sentí decepcionado porque no fui capaz de dar con el modo de ganar aquella Final. Pero, mirando atrás, queda la satisfacción retrospectiva de haber mantenido al equipo de una pieza y compitiendo a pesar de tantos acontecimientos negativos. Hicimos un buen trabajo. Y perdimos contra grandes equipos. Yo probablemente manejé a los medios de manera muy mejorable. Busqué más la confrontación de lo que debía haber hecho. Pero es lo que dices, se dieron cita muchas calamidades. Además de las que cuentas, tuvimos otras lesiones menores pero muy inoportunas que nos hicieron afrontar las semifinales ante Joventut con solo siete u ocho jugadores aptos.

“Chicos, cualquiera entendería que perdierais este partido. No habría nadie en el mundo que pudiera culparos por ello. Nadie excepto una persona: Fernando”

Esto no es parte de la entrevista, George. Solo un recuerdo que tengo. En el regreso de nuestra derrota estaba sentado en el aeropuerto triste y pensativo. Te acercaste y me diste el mejor consuelo posible: "Tienes", me dijiste, "que estar muy orgulloso de lo que has hecho estos años". 

Siempre te he tenido un gran respeto porque cuando fichamos a Mike Anderson me dijiste: "No necesitas un base. Yo soy el base". Y tenías razón. Lolo y Clifford te apoyaron y jugaste muy bien para nosotros. Quizá había otros jugadores con más talento, pero tú jugaste de la forma necesaria. Nos lideraste como hacía falta.

El presidente Mendoza no renovó tu contrato al término de aquella temporada, pero sin duda se arrepintió, porque un año más tarde te pidió que volvieras. Y aceptaste.

No solo el presidente me quería de vuelta, sino que me convertí en el punto en común para ambas candidaturas a la presidencia. (Risas, tras las que recordamos, en efecto, el debate electoral en Telemadrid en el que Alfonso Ussía anunció el acuerdo de su candidatura para el retorno de George, a lo que Mendoza respondió con un lacónico “Pero si a Karl también lo tengo firmado yo”. Más risas). Fue una gran etapa de mi vida, de verdad. Sigo teniendo esperanzas de que algún día podamos hacer un documental sobre mi estancia en Madrid.

El Real Madrid es en España una institución más importante de lo que cualquier entidad deportiva profesional representa en Estados Unidos. Aquellos niños de los que hablas plasmaban en sus caras todo el amor y la devoción que el Real Madrid, tanto en fútbol como en baloncesto, suscitan en vuestro país

Ojalá. Volviste un año después, como indicas, pero a mitad de temporada fuiste tú esta vez quien se marchó. ¿Por qué? Te queríamos. Nos rompiste el corazón. (Risas). Supongo que la oferta de los Seattle SuperSonics era irrechazable, aunque también que el maltrato de la prensa, del que antes hablabas, te ayudó a dar el paso.

Lo de la prensa influyó. Nos iba bien, yo había tomado la buena decisión de fichar a Ricky Brown y Mark Simpson, dos tipos con veteranía que nos estaban ayudando mucho, pero los medios no daban tregua. Recuerdo ir a comer con mi familia el día de Año Nuevo (92) y decirles “Bueno, acabaré el año y luego nos vamos”, porque estaba harto de los medios y tampoco me sentía inmensamente respaldado por el club. La cosa se adelantó porque recibí una oferta para ir a entrenar a Seattle. Para entonces ya me habían hablado de ir de asistente de KC Jones, aunque luego resultó que en realidad Jones no me quería. Pero Jones perdió siete partidos seguidos en todo caso, con lo que la oferta volvió a mí pero ahora para ser primer entrenador de los SuperSonics. Sentí que decir que no supondría perder mis opciones en la NBA. Sentí que tenía que irme. La razón no fue económica, porque estaba ganando más dinero en Madrid del que me ofrecían en Seattle. Era por no desligarme de la NBA.

Y bien que hiciste. Estaba clara que esa decisión estaba en tu camino, porque gracias a ella a la larga te convertirías en lo que eres, es decir, uno de los nueve únicos entrenadores de la NBA con más de mil victorias. En concreto, eres el sexto, con 1.175 si no recuerdo mal.

Es algo así. No me sé la cifra de memoria. (Risas).

Yo sabia que el Madrid era el equivalente europeo a los Lakers o los a Celtics, o lo que los Yankees serían en baseball. Esa exigencia propia del campeón era algo que a mí me hacía disfrutar mucho

En el 96, al frente precisamente de los SuperSonics de Seattle, rozaste el Anillo jugando los seis partidos de una apasionante final de la NBA ante los Bulls de tu amigo Jordan. ¿Es el logro de tu carrera que te da más orgullo?

Y jugamos bastante bien, además. Aquí en Denver llegamos a la Final de la Conference con los Lakers, ese fue otro gran momento. ¿Lamento no haber podido ganar el Anillo? Sí, claro. Pero también lamento no haber podido ganar la Copa de Europa. (Sonríe con melancolía).

Bueno, no la ganaste, pero pocos años después el equipo lo hizo. Ese logro es en parte tuyo también.

Bueno, sí puedo decir que justo antes de marcharme hice un informe en el que recomendaba al vicepresidente Mariano (Jaquotot) que fichara a Sabonis. “Si realmente quieres ganar en Europa, ficha a Sabonis”, le recomendé. Evidentemente, Arvydas fue esencial en el campeonato europeo que llegaría pronto. Creo que puedo pedir un poco de crédito por esto. (Se ríe mientras acerca el dedo índice al pulgar).

¿Qué significó para ti la entrada en el Hall of Fame?

Fue la culminación de mi carrera, y me encantó que Quique (Villalobos) y tú pudierais asistir. Y fue una buena ocasión para contar a todo el mundo lo importante que el Real Madrid ha sido para mí. Incluso me convertí en un fan del soccer (fútbol) gracias a mi estancia allí y a pesar de que, al igual que el de baloncesto, el equipo de fútbol no hizo gran cosa en mi época. (Risas). Me enorgulleció la victoria de España en el Mundial de 2010, jugaban distinto a otras selecciones. Tanto en fútbol como en baloncesto, soy un fiel seguidor del Real Madrid. Tengo la ilusión de que mi hijo Coby pueda algún día entrenar al equipo de baloncesto del Madrid.

Para despedirnos, ¿cuál sería tu mensaje para los seguidores merengues?

Que estoy orgulloso de haber entrenado a ese gran club durante dos años de mi vida. Orgulloso de ser madridista. Mi corazón, en muchos aspectos, sigue en Madrid.

Gracias, George. Esperamos verte pronto por aquí.

 

Entrevista: José Luis Llorente Gento, Jesús Bengoechea

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

Estaban reunidos en el reino de los cielos las leyendas madridistas, lo que ya era una tradición cada vez que jugaba el Real Madrid abajo en la tierra.

Desde dos horas antes del pitido inicial iban llegando desde todos las constelaciones celestiales. Juanito, siempre entusiasta, iba recibiendo a los que iban llegando. Todos con la última camisa que vistieron en su paso por el Real Madrid.

Aranguren, Zamora, Errasti, Cunningham, De Felipe, Rubio, Lazcano, Peña, Manolo Velázquez, hasta Didí. A todos se les pintaba una sonrisa en la cara al llegar. Abrazos y besos para repartir.

En una esquina estaban Joseíto, Miguel Muñoz y Reyes, enfrascados en una discusión comparando al fútbol moderno con el de otros tiempos.

Unos segundos de silencio interrumpieron la algarabía; estaba llegando Don Santiago Bernabéu, de traje, corbata y sombrero.

—¡Hombre, siempre tan elegante, don Santiago! —dijo Juanito.

—¡Es que hoy juega mi Madrid! —replicó.

Los últimos fueron Gento, Puskas, Di Stéfano y Kopa, llegaron juntos y desternillados de risa, venían de ver el clásico celestial Ángeles FC vs. Club Deportivo Arcángeles en el gran Estadio Santísimo.

Abajo en Madrid ya salían a calentar los once que jugarían más tarde el partido que definiría al campeón de invierno. Más allá de conseguir otro título, el equipo blanco necesitaba ganar, pues viajaba en dos días a jugar el Mundialito de Clubes, quería dejar los deberes hechos.

Cañas, tapas y risas se multiplicaban en el recinto celestial. Recordaban viejas anécdotas y compartían experiencias. Estaban tan metidos en el momento que no se dieron cuenta cuando Benzema dió incio al partido, tocando atrás para Modric.

—¡Oye, que ya comenzó el partido! —dijo Puskas.

Desde arriba veían y comentaban. Sufrían y disfrutaban a la par. Su espíritu blanco seguía intacto a pesar de los años.

El primer tiempo transcurrió muy rápido, tan rápido que los madridistas no daban crédito al marcador, 0-3 al descanso. Errores en defensa, desconcentración en la línea media y total desarticulación en el ataque. Un silencio incómodo se apoderó del momento. En millones de hogares, en los bares, en el estadio y hasta en el cielo. Todos los madridistas del mundo hacían su propio análisis de la situación y creaban soluciones tácticas en sus cabezas para ayudar a Ancelotti en las decisiones del banquillo.

La voz experimentada de Miguel Muñoz fue la primera que se oyó:

—Lo primero es mantener la calma. Realmente han sido unos muy malos cuarenta y cinco minutos, pero confīo plenamente en este equipo y en su cuerpo técnico.

Reyes lo interrumpió:

—Perdone Mister, pero algún cambio habría que hacer. No podemos salir al segundo tiempo igual, nos van a meter seis.

Juanito, siempre intempestivo, gritó desde el fondo:

—¡Sí sí, Carletto debe cambiar de esquema a 3-4-3, sacar a Kroos y dar entrada a Camavinga! ¡Necesitamos frescura en la medular!

—Calma, chavales, calma —interrumpió Muñoz—. Entiendo la premura, pero recordemos nuestro ADN. Además, no hay persona en el mundo que conozca más la situación real de los jugadores que Ancelotti. Él es el primer interesado en remontar y sabrá que hacer.

Solo se oyeron algunos murmullos cuando salieron al campo para el segundo tiempo los mismos once jugadores. A los tres minutos, otra desatención defensiva provocó el 0-4 y desató la locura en todos los rincones blancos del mundo. Los jugadores del Real Madrid se veían entre ellos tratando de entender lo que estaba pasando. Carletto, que había estado al borde del campo, fue a sentarse en el banquillo asumiendo su responsabilidad y sin poder hacer mucho más.

Paco Gento pensó en voz alta:

—Solo Dios podrá ayudarnos.

No había terminado de hablar Paco cuando el mismísimo Señor de las Alturas se apareció con una túnica blanca e impoluta.

—¡Saludos, veteranos y noveles! ¿Me llamaron?

La respuesta fue casi unánime:

—Si, necesitamos tu ayuda, ¡debemos remontar cuatro goles en solo cuarenta minutos!

—Ya saben mi afición por el Real Madrid, el club de mis amores, pero también saben que no puedo intervenir en estas cosas. Nunca lo he hecho y nunca lo haré. Soy un aficionado más. Los infinitos logros deportivos son mérito del club y de sus jugadores.

Siguieron las discusiones, todas las leyendas del club daban alguna opinión táctica, incluso Dios se animó a dar un par de sugerencias. Pero seguían pasando los minutos y no se veía ninguna reacción blanca. En ese momento Dios pidió la palabra:

—Les propongo algo: cada recuerdo, cada anécdota, cada imagen que ustedes tengan sobre nuestra historia la transformaré en un copo de nieve para hacérselo llegar a los jugadores. Ellos son los únicos que pueden remontar, solo hace falta refrescarles nuestra historia, nuestro ADN.

De inmediato todos comenzaron a recordar los momentos emblemáticos de la historia blanca: la volea de Zidane, la llegada al aeropuerto con la primera Copa de Europa, la inauguración del Santiago Bernabeu, el Aguanís de Raúl, el empate de Ramos en el 93, las celebraciones en voltereta de Hugo Sanchez, el gol de Marquitos en la final contra el Reims, la estirada de Casillas ante el Sevilla, la corrida por la banda de Bale, el gol de Rodrygo frente al City, el gol de chilena de Cristiano en Turín….

Todos aportaban algo, todos recordaban entusiasmados la inmensa cantidad de momentos mágicos de la historia merengue. Y como si fuera magia, comenzaron a caer pequeños copos de nieve muy blanca sobre el Bernabéu.

El primero en sentir algo fue Carvajal. Sintió un pequeño golpecito en su oreja y al tocar el copo de nieve le vino a su memoria la imagen de cuando puso junto a Di Stefano la primera piedra de la ciudad deportiva. Sintió una energía renovada e interceptó un pase de profundidad del contrario para salir jugando por la banda.

Al mismo tiempo Vinicius recibía la misma señal y su mente se trasladaba al gol de la decimocuarta, sintiendo de manera inmediata el orgullo tremendo de pertenecer al mejor club del mundo.

Todos y cada uno fueron sintiendo lo que ya era una nevada. Fede Valverde recordó el momento cuando le informaron el interés del Real Madrid por él; Modric sintió la misma emoción de su gol contra Manchester United en su primer año de blanco, a Courtois le invadieron imágenes de todas sus paradas en la última temporada, Militao sintió la confianza de sus compañeros en la zaga y subió a cabecear un tiro de esquina que convirtió de manera espectacular. Hazard recogió la pelota de la red y rápidamente la puso en el medio del campo mientras alentaba al público del estadio, que respondió con un alboroto tremendo.

Quedaban treinta minutos y mucho por hacer, pero el ADN blanco ya se había apoderado del equipo. Vinicius tomó un pase de Tchouaméni y dejó a cuatro adversarios atrás para tocársela suavemente a un costado del portero rival. 2-4 y veinte minutos.

El ruido del Bernabéu era una locura, cada pase, cada toque generaba una emoción desbordada. El equipo rival ya sentía el peso y decidió cerrarse atrás para tratar de mantener la ventaja, pero el vendaval blanco era demasiado grande.

En el cielo no paraban de recordar momentos de magia blanca: la chilena de Bale vs. Liverpool, las corridas de Gordillo con las medias caídas, los elegantes controles de Zidane, las infinitas celebraciones de Di Stéfano, las salvadas de Zamora, los pases largos de Xabi Alonso, los pases filtrados de Guti…, y cuantos más recuerdos surgían más ADN se sentía en el césped.

Los nervios del contrario hicieron mella y Karim aprovechó para anotar el tercero. Ya era inevitable la remontada. Seguía nevando de manera copiosa y el Madrid se sentía cada vez más como el Madrid.

Faltando 8 minutos un contragolpe derivó en un penalty contra el arco de Courtois. Como no podía ser de otra manera, Thibaut no solo evitó el gol sino que en la misma jugada salió jugando rápidamente con un pase largo que Rodrigo convirtió en el empate y en la locura merengue. Hasta Carletto salió corriendo a celebrarlo en la esquina del estadio.

Justo cuando anunciaron los cuatro minutos de descuento Luka Modrïc recibió un pase de Valverde en la medular y su chute dió en el larguero, pero Rodrygo estaba cerca y remató de palomita en el aire.

Todo el universo madridista se fundió en un abrazo eterno. Cielo y tierra se fusionaron en una misma celebración, el Real Madrid volvía a remontar en otra noche mágica y se convertía otra vez en Campeón de Invierno.

Juanito buscó a Dios para celebrar con él, pero ya se estaba yendo y solo le guiñó el ojo de manera pícara, con un puño en alto en señal de victoria.

Para el momento de los pitidos finales, el césped del Bernabéu estaba totalmente cubierto de nieve, tan blanco como el uniforme merengue.

El Real Madrid nos regalaba una muy feliz Navidad, esta vez muy blanca, especialmente blanca.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad.

 

Diciembre de 1995. El marido de Laura no entendía por qué ese empeño de su mujer en acudir a media tarde al Palacio de los Deportes de Madrid, a ver un partido entre las selecciones de Australia y de Cuba, cuando a él lo que de verdad le apetecía era ver a su Real Madrid del alma un par de horas más tarde.

—Es por el niño —contestó Laura.

—Pero si solo tiene seis años —replicó airado Javier.

—Le encantará este ambiente, como me gustaba a mí cuando era niña y mi padre me llevaba a los partidos.

El pequeño Javi miraba embobado a la cancha, el calentamiento de los jugadores, el movimiento acelerado, los estiramientos, los chicos recogepelotas. Luego se giraba hacia las gradas superiores y al poco público que había en aquellas horas previas al gran partido del día, el que enfrentaba al Real Madrid contra un equipo brasileño del que nadie sabía gran cosa. El niño fijó su atención en las banderas. Estaba en esa edad en la que su curiosidad lo llevaba a tratar de conocer “todas las banderas de todos los países del mundo”, como solía decir.

—Mis favoritas son las que tienen estrellas, como esas —dijo mientras señalaba las de Cuba y Australia, que colgaban de lo alto del pabellón.

—Bueno, nuestro escudo no tiene estrellas, pero el equipo está repleto de ellas —le contestó socarrón su padre.

Laura había puesto un empeño especial en comprar las localidades en la cuarta fila detrás del banquillo visitante. Su marido no lo sabía, pero el corazón de Laura palpitaba de modo acelerado. Miraba el calentamiento de los jugadores sin pronunciar palabra. Luego observó al equipo técnico del teórico visitante. El entrenador llevaba un traje elegante y junto a él había otros tres miembros ataviados con un chándal azul brillante con unas letras rojas ribeteadas de blanco: CUBA. El más alto de los tres se dio la vuelta con cierto disimulo, pero su vista no recorrió las gradas. Buscó directamente en la cuarta fila.

Era él. Era ella. Leonardo Quiroga clavó su mirada en los ojos de Laura, cuyo corazón casi se le escapa por la boca. Javier y Javi no advirtieron la mirada prolongada que mantuvieron ambos, pues estaban entretenidos con un animador que lanzaba peluches a la grada, pero de haberse girado a su izquierda habrían percibido cómo su mujer y madre había volado metafóricamente del asiento. A 1983.

LAURA: recuerdo aquel día como si fuera ayer. Era la Ciudad Deportiva y nuestros asientos estaban algo más elevados que ahora. No éramos más que unas adolescentes en busca del autógrafo de Fernando Martín.

Leonardo se quedó petrificado, pero trató de disimular mirando hacia el público, al techo, a las banderas, aunque cada pocos segundos volvía la vista a los ojos de Laura.

LEONARDO: recuerdo la primera vez que encontré tu mirada entre el público. Fue en un balón que salió por el lateral y que intenté alcanzar con un salto. Salió hacia tu sitio y trataste de esquivarlo. Sonreíste.

LAURA: yo ya me había fijado en ti durante el juego. Tu elegancia de movimientos, el brillo de tu piel, aquellas patillas de época que me resultaron tan encantadoras. Y un pelo fuerte y oscuro que desde el principio quise estrujar con fuerza entre mis dedos. Me miraste avergonzado tras el rebote del balón en nuestros asientos. Y te disculpaste con el público, pero cuando te girabas para regresar al juego, tus ojos volvieron a mí.

LEONARDO: al acabar el partido, tus amigas fueron al banquillo del Madrid. Me reí con sus gritos de “Fernando, Fernando”, como si fuera un cantante pop. Tú fuiste la única que se acercó a nuestro banquillo, donde no iba nadie, y me pediste una firma en tu carpeta de estudiante.

LAURA: tengo grabado tu mensaje palabra por palabra. “Para Laura, con cariño”. Y en la segunda hoja: “Te espero en Casa Rodri, enfrente del Hotel Continental. Me escaparé a las once y media”.

LEONARDO: arriesgué mucho al huir de la concentración del equipo. En aquellos años estábamos muy vigilados por el delegado del gobierno, que nos acompañaba en cada viaje al extranjero. Me descolgué por el patio interior de la lavandería. Fue una locura.

LAURA: no sé qué hacía en aquel bar a las once y media. Claro que fue una locura, lo sé. No sé qué buscaba, quizás una aventura, quizás me había enamorado.

LEONARDO: nunca te lo dije y jamás lo sabrás, pero al principio solo quería utilizarte. Ganarme tu confianza, que me invitaras a tu casa y cuando no te dieras cuenta, llevarme unas medicinas para mi madre. O dinero, o material escolar para mis sobrinos. Todo aquello que nos faltaba en La Habana.

LAURA: me empeñé en llevarte a un lugar de salsa, en que bailaras conmigo como si todos los cubanos fuerais unos artistas solo por el hecho de ser cubanos. Y tú, con tus dos metros de altura, te movías con una torpeza que acabó de lograr que cayera en tus brazos.

LEONARDO: recuerdo todo lo que hicimos aquella noche como si fuera ayer mismo.

LAURA: “te voy a enseñar el Madrid que no conoces”, te dije.

LEONARDO: jamás se me olvidará la cara de tu amiga cuando le pediste que nos dejara pasar la noche en su casa.

LAURA: y vaya noche, nunca la olvidaré.

LEONARDO: tuve que irme muy temprano, tenía que volver al hotel antes de que en la concentración advirtieran de mi escapada. Todos los integrantes del equipo estábamos avisados del castigo si alguno se fugaba.

LAURA: no quería que te fueras. Me miraste fijamente. Con ternura, con tristeza en la mirada. Nuestros dedos se rozaron por última vez, ¿puedes creer que aún tengo la sensación de tu tacto en la yema de los dedos?

LEONARDO: me costó mucho separarme de ti. Hallé tanta bondad en ti que me olvidé de mis intenciones iniciales. Aún lloro con la despedida.

LAURA: no volví a saber de ti. Te fuiste, tu equipo volvió y no supe nada más de ti. Escribí varias cartas a la Federación Cubana de Baloncesto, pero imagino que no te llegarían.

LEONARDO: ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué no me pediste que me quedara? A la mañana siguiente, al volver al hotel antes de que amaneciera, me sorprendió el delegado del gobierno. Y al regresar a Cuba me retiraron el pasaporte y me prohibieron salir del país durante una década. ¿Por qué no volví a verte?

LAURA: no contestaste nunca a mis cartas, así que dos años después viajé a La Habana con unas amigas. Fue una pesadilla recorrer La Habana e imaginar tu rostro en cada esquina, en cada persona con la que me cruzaba, en cada cancha de baloncesto improvisada en las calles. No sé en qué pensaba, pero quería encontrarte, aunque no supiera muy bien con qué vana ilusión.

LEONARDO: si en aquel momento nuestras vidas se hubieran cruzado de nuevo, todo habría sido distinto. Pedí permiso a la Federación para fichar por un equipo belga que se había interesado por mí, pero me lo denegaron. Albergaba la esperanza de volver a Europa y comenzar una nueva vida. Te habría buscado sin dudarlo.

LAURA: pero mi vida tenía que seguir.

LEONARDO: tendría que permanecer en Cuba, así que traté de olvidarte. Me retiré del baloncesto, me casé, tuve dos niños y ahora entreno a los más jóvenes.

LAURA: lo habría dejado todo por ti. Me casé, tuve un niño maravilloso, pero nunca dejé de pensar en aquella noche.

LEONARDO: cuando me dijeron que volvíamos al Torneo de Navidad del Real Madrid, mi vida entera se trastocó, los recuerdos volvieron a mi mente, aquel ambiente mágico... Sé que era una locura pensar que volvería a verte.

LAURA: no volví a un torneo de Navidad hasta que supe que participaba la selección de Cuba. Fue una locura pensar que volvería a verte, pero…

Y aunque las yemas de sus dedos no volvieron a juntarse, Laura y Leonardo se lo dijeron todo sin cruzar una sola palabra.

Sonó el pitido que anunciaba los tres minutos para el inicio del encuentro.

Por su calidad, hemos decidido publicar este cuento participante en nuestro III Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad

 

El niño entró en el salón y, sin despojarse del todo del mono de escuela, se abalanzó sobre el hombre adormilado bajo el efecto de la felicixina. “¡Abuelo!”, esperó él en vano que le gritara su nieto. Como siempre, sin embargo, escuchó:

—¡Adulto mayor en grado tres a mí coaligado!

—¿Qué quieres, hijo?

El niño aspiró, compuso una mueca de fingida seriedad y adoptó un aire de reconvención.

—Hije, adma, hije. Si te escuchara nuestre formadore…

Con una sonrisa de picardía, tan fingida como la de su nieto, el hombre observó cómo terminaba de desvestirse el niño. Por alguna razón, aquella tarde no terminaba de sentirse feliz. Pero por qué. No me falta de nada, se dijo, con los ojos fijos en aquel tubo que le mantenía eternamente conectado al flujo de felicixina. Cuidan de mí. Por un momento, se preguntó quiénes serían “ellos”. Nadie lo sabía, pero no importaba. Se ocupaban de todo. De todo y de todos.

Mientras miraba a su nieto, decidió que era el mono. No le gustaba. Tan neutro, tan gris, tan ceñido. Tanto como para que se aplanara cualquier rasgo que pudiera llevar a la distorsión del niñe, que pudiera alterarle el juicio, perturbárselo, y hacerle prestar falsos oídos a los aullidos, por lo demás apagados, de lo primitivo. No me acostumbro, se justificó ante su propio e invisible tribunal. Cuando yo era joven…

—¡Adma! —le interrumpió su nieto—. Tienes que ayudarme.

—Claro. ¿Qué te pasa?

—Nada, es que hoy en el Centro de Democracia nuestre formadore nos ha pedido que preguntemos a nuestres mayores por aquellas cosas que os hacían felices en la época predemocrática y las comparemos con aquellas que nos hacen felices a nosotres ahora.

—¡Ah! —exclamó el anciano.

Por un momento, dudó. ¿Había sido su época verdaderamente predemocrática? Sin duda debía de haber sido así, pues así lo afirmaba su nieto y su nieto era un estudiante modelo. Todos lo eran, en realidad. En sus tiempos, había algunos buenos alumnos, por supuesto, pero la mayoría sufría para aprobar y algunos, incluso, suspendían. Por suerte, el Consejo se había ocupado de eso al poco de asumir la pesada carga del poder ciudadano y aquellos recuerdos eran ya tan solo el vestigio de un tiempo pasado y cruel, tan inmisericorde como por fin superado.

—Déjame pensar…

—Piensa, piensa, adma. Yo voy haciendo hueco aquí —dijo, y se frotó la sien para eliminar datos inútiles en la corteza prefrontal.

 

Menos mal que el Consejo nos controla el almacenaje de información, se alegró en silencio el niño. Luego enseguida, al tratar de imaginar lo difícil que debía de haber sido en la época de su adma manejar todo aquel caudal de conocimiento inservible, se sintió profundamente conmovido.

—Adma, si no tienes ganas ahora…

—No, no, es que no puedo recordar bien cómo se llamaba… —cerró los ojos mientras se masajeaba el hipocampo en sentido inverso al que había descrito su nieto y, a los pocos segundos, gritó de contento—. ¡Eso es! ¡El Real Madrid! ¡El Real Madrid y la Navidad!

—¿El qué?

—El Real Madrid era un equipo de fútbol de antes de que el Consejo asumiera la pesada carga del poder ciudadano. El mejor de todos.

—¿Fútbol? —repitió su nieto con un mohín de asco—. Ay, Adma, en qué mundo viviste… ¿Y la Navidad?

—Para nosotros, el mejor momento del año, hije. Se celebraba el nacimiento de un niño al que algunos consideraban el hijo de dios y eran semanas de alegría, luces y fraternidad. No me mires así. Daba igual creer en aquello o no, de verdad. Ni tu abuela ni yo creíamos, y aun así aquellos días nos inundaban de una felicidad incomparable.

—Pero ahora tienes felicixina todos los días, a todas horas, adma, y no necesitas supersticiones antiguas para ser feliz —y con la posible pena de herir a su abuelo ahogada por la orgullosa seguridad del tiempo nuevo y mejor que le había tocado vivir, le preguntó—: ¿no es esto mucho mejor?

El abuelo tardó un instante en responder. Sabía que era mucho mejor. Sabía también que un compañere del Consejo monitoreaba las conversaciones del bloque y ajustaba la felicixina en función de lo que escuchaba. Te lo agradecemos tanto, compe. Por eso, por todo lo que sabía, inmediatamente se rehízo y respondió:

—Muchísimo.

—Vale, adma. ¡Muchas gracias! Voy a ducharme antes de que lleguen les proges a cenar.

Un beso. Pero no. Cómo se le ocurría ni siquiera desearlo. Los besos llevaban tipificados como microagresión desde los principios del Consejo y había rumores de que pronto pasarían a formar parte del Plan Integral de Reeducación Ciudadana. Pertenecer a la propia familia, agravante. Y cómo no, se dijo. A veces se me va la cabeza. Adónde, adónde se le iba, adónde se te va. Atrás, muy atrás.

Tan atrás como para recordar los días en los que el fútbol —o más bien el Real Madrid— y la Navidad eran los ejes en torno a los que orbitaba lo mejor de su vida. Recordó también cómo, ya en sus primeras horas de asunción de la pesada carga del poder ciudadano, el Consejo, en su desvelo por construir una sociedad mejor y más justa, había establecido los tres criterios en los que cualquier actividad de la vida, pública o privada, se fundamentaría a partir de ahora: diversidad, equidad e inclusión. La triada laica, bromeaba el Consejo. Reíamos: jajajá. Homologuémonos, cantábamos también. ¿Cantábamos? ¿Reíamos?

Palabra del Consejo: “El fútbol, y muy especialmente el Real Madrid, representan los caducos valores de un tiempo masculino, brutal y competitivo, donde la DEI y todos aquellos cuidados que nuestra ciudadanía anhela y requiere se encuentran de todo punto ausentes”. Lo mismo sucedía con la Navidad, afirmaban, promotora y protectora de un tipo único de familia que, con su radical univocidad, ofendía y agraviaba a todas las demás realidades socio-afectivas existentes. Y así era, indudablemente, aunque al principio nadie, tampoco yo, estuviera muy seguro de lo que significaba nada de todo aquello.

Sin embargo, continuó recordando el hombre, pese a las sabias mejoras del Consejo, me acuerdo, por ejemplo, de aquella de retirar el zafio “Real” y sustituirlo por “de la Gente” —¿por qué no le habría gustado eso a él entonces? —, cambiar los rancios himnos de los equipos por inspiradoras batucadas, o ampliar los miembros de la familia divina hasta comprender los treinta y siete géneros sexuales de los que se tenía noticia en el momento —¡que ignorantes éramos! —, la ciudadanía, nosotres, aún lastrada o lastrades por el peso de una tradición incapacitante, perdió, perdimos, el interés. Y en unos pocos años, claro, el recuerdo de aquello, antes incluso de la acertadísima regulación de la memoria impulsada por el Consejo, oh Consejo, se diluyó.

¿Pero por qué lloraba? No me falta de nada. Me cuidan. Se ocupan de mí. No te falta de nada. Te cuidamos. Nos ocupamos de ti. Lo sabía, lo sabía perfectamente. No podía no ser feliz. Y si podía, para eso estaba la felicixina. Sin embargo, por algún motivo oscuro y viejo, en ese momento no notaba los efectos de la droga y, lo que era mucho peor, no quería notarlos. Solo quería llorar, solo quiero llorar. Recordar los tiempos predemocráticos de fútbol, de Navidad, de Real Madrid. Gemía en silencio, temeroso del compañere que escuchaba desde algún lugar, desde todos los lugares. En silencio no, porque el aire se llenó de pronto de un susurro que no era suyo.

—¿Qué te aflige, ciudadane?

—Nada, compañere. Son lágrimas de felicidad —mintió—. No me falta de nada. Me cuidan. Se ocupan de mí.

—Por supuesto, ciudadane. Somos muy afortunades.

—Lo somos —y asustado ante la posibilidad de no poder seguir recordando y llorando, añadió—: por eso no necesito más felicixina. Mi vida es plena, compañere.

—Por supuesto, ciudadane.

Pero el hombre sintió un fogonazo de calor en el brazo. El compañere, por su Bien, había decidido aumentarle la dosis de felicixina. Casi al instante cesaron las lágrimas, cesó el dolor. En el cráneo, hacia donde quedaba el hipocampo, le recorrió un cosquilleo agradable. Alguien, ¿quién?, borraba aquellos tristes recuerdos en la mente del anciano. Pronto no quedaría nada del Real Madrid, del fútbol, ni de la Navidad que pudiera volver a hacerle caer de nuevo en aquel lamentable estado de melancolía. Ellos se ocupaban de todo, le cuidaban, no le faltaba de nada. Lo repetía una y otra vez, a lomos de la felicixina. Era, ciertamente, un tiempo mejor.

Buenos días, amigos. Ayer celebramos Navidad en La Galerna dándonos el lujo de entrevistar ni más ni menos que a George Karl, cuyo reencuentro virtual con su expupilo Joe Llorente, acompañado por Jesús Bengoechea, tiene que entrar por derecho propio en la galería de momentos imprescindibles en los siete años de historia de esta vuestra casa. En las palabras del Hall of Fame inductee, uno de los entrenadores más exitosos en la historia de la NBA, late una devoción por el Real Madrid de tal calibre que avanzamos un estadio más, si ello era posible, en el entendimiento de la enormidad que representa el club blanco. Karl otorga a su año y medio en la institución un papel esencial en su formación como técnico, y equipara la grandeza de la entidad española a la de los Lakers o los Celtics.

Karl ganó dos veces el Torneo de Navidad del Madrid, que tanto añoramos. La primera como jugador en la añeja edición de 1971, cuando era el base rubicundo de la Universidad de Carolina del Norte; la segunda exactamente veinte años después, ya como técnico vikingo. Esta entrevista fue para nosotros como retomar el viejo torneo, como volver a jugarlo de la mano del hombre de las 1.175 victorias en la mejor competición de baloncesto del planeta. Esperamos que el regalo de Navidad que os hicimos esté a la altura del que nos hicimos a nosotros mismos.

Ayer fue también un gran día porque revelamos al ganador de la III Edición del Certamen de Cuentos Madridistas de Navidad, que es Pedro Lancha con esta absoluta maravilla de relato que te encoge el corazón. Pedro ya fue el ganador del año pasado, y aunque no queríamos repetir lo cierto es que no nos ha dado opciones. Parte de los finalistas fueron revelados el sábado, y el resto serán publicados hoy. Agradecemos a los participantes tanto la cantidad como la calidad de los textos presentados.

La prensa deportiva tradicional viene con sus brindis navideños. Honestamente, y con todos los respetos, nosotros nos quedamos con nuestro brindis con Karl. Dice As que Koke hizo historia en 2022, aunque luego no razona su respuesta, como nos pedían que hiciéramos en el cole. Da igual, hombre, es Navidad, y si hay que abrazar la idea de que Koke hizo historia en 2022, se la abraza y que salga el sol por Antioquía, como diría nuestro querido Rafa Moreno.

El que no brinda desde la portada de Marca es Mbappé, que irá o no irá algún día al Madrid. Recomendamos a Kylian que lea nuestra entrevista con George Karl y que aprenda, así, en general.

Pasad un gran día.

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