Fue la imagen, para mí, del partido, y ocurrió cuando éste acababa de terminar. Luka Modric celebraba la recién conquistada victoria sobre la bocina, así como lo celebra siempre él, con la alegría pura y exaltada de los niños. Cruzando el césped de Montjuic se cruzó con el hombre del que la providencia se valió para ejecutar el Deus ex machina con el que el Madrid remontó el partido, Jude Bellingham: el mejor centrocampista de la historia del club fue entonces cogido en brazos y levantado en volandas por el que es ya el centrocampista, qué coño, el jugador del futuro del club. Y en ese abrazo se fundieron los versos del himno viejo, que nunca pierden modernidad a pesar del tiempo: “veteranos y noveles, miran siempre sus laureles, con respeto y emoción”.
Luka Modric y Jude Bellingham fueron en Barcelona Butch Cassidy y Sundance Kid al final de Dos hombres y un destino, Paul Newman y Robert Redford liándose a tiros con el mundo, ellos solos, pero con un final feliz. Ciertamente Modric y Bellingham son dos hombres con un único destino, la historia del Madrid, es decir del fútbol mundial. Uno ya la ha hecho, el otro, como canta el himno de Manuel Jabois, la tiene por hacer.
Luka Modric y Jude Bellingham fueron en Barcelona Butch Cassidy y Sundance Kid al final de Dos hombres y un destino, Paul Newman y Robert Redford liándose a tiros con el mundo, ellos solos, pero con un final feliz
Bellingham me hace pensar en qué hubiera ocurrido si Modric llega a venir al Madrid con diecinueve años. Cómo habría sido todo de diferente, ¡habiendo sido tan bueno! No sólo se parecen en el talento. Ambos proceden de la tradición inglesa, donde, al menos desde que el fútbol inglés abandonó el Neolítico de los años 70, el centro del campo es un desfiladero entre portería y portería que exige el dominio físico de lo que transcurre por él, una ubicuidad que además remite a la figura fundacional, Alfredo Di Stéfano, por el que según cuentan las escrituras pasaba toda la vida del equipo, el gran motor, el corazón que regulaba las constantes del organismo.
Modric y Bellingham están al principio y al final de las jugadas. Gobiernan con la zancada y su autoridad natural emana de sus gestos, de la forma de moverse entre compañeros y rivales, de la forma de pedir la pelota. Hasta el trallazo de Bellingham para empatar el partido me evocó aquel gol majestuoso de Modric al Manchester en Old Trafford hace diez años, que sirvió para igualar una eliminatoria que el Madrid entonces perdía y que a partir de eso empezó a ganar. La misma violencia seca y definitiva, la misma impresión de nacimiento de algo grande para lo que todavía no hay palabras.
El abrazo de Modric y Bellingham, la alegría jovial con la que festejaron una victoria sabrosa e importante, fue lo mejor de un Clásico vulgar. En efecto, cualquier tiempo pasado fue mejor. Si hubo partido y el Barcelona de Xavi pudo ganarlo fue porque el Madrid se dejó. El gol de Gündogan es un gag de comedia, parece sacado del resumen del partido de ida de los octavos de final de la Copa Libertadores.
El Madrid ya no juega estos partidos con aquella sensación de fin del mundo, de que el suelo desaparece bajo los pies, y el Barcelona tampoco, porque no puede y permanece atrapado en el recuerdo de sus noches oníricas con Guardiola en las que la independencia de Cataluña siempre estaba al final del último pase horizontal a la red. Ya no son aquello, están a varios mundos de distancia. Xavi estaba muy contento en la rueda de prensa porque según él habían dominado y merecido ganar. “Éste es el camino”, les comentó a sus chicos en el vestuario, pero ningún periodista tuvo la ocurrencia de preguntarle hacia dónde.
Xavi estaba muy contento en la rueda de prensa porque según él habían dominado y merecido ganar. “Éste es el camino”, les comentó a sus chicos en el vestuario, pero ningún periodista tuvo la ocurrencia de preguntarle hacia dónde
Sus aficionados, la mayoría, estaban razonablemente satisfechos. “Habían competido”, como si se tratase del Cádiz recibiendo al Madrid en el Carranza. Esto me hace pensar que todo lo que vamos sabiendo del fraude sistemático del campeonato, desde hace tantos años y en todos los órdenes de la competición, ha desactivado la carga emocional. También que, del mismo modo que uno no se motiva igual con el Éibar que con el Bayern, ya lo dijo Benzema, no es lo mismo tener en frente al Barcelona de Guardiola, Messi, Iniesta y Xavi que al de Fermín, Marc, Oriol Romeu, Gavi y Fofito.
Si este Barcelona menor y sin vuelo europeo es el vigente campeón de liga es porque la liga es una mierda y el Madrid, el año pasado, ni quiso competirla ni tampoco le dejaron. El sábado, con su mejor defensa y el mejor portero del mundo de baja para todo el año, sin delantero centro y con su estrella persiguiendo a los fantasmas de su habitación, sólo necesitó ordenarse un poco en torno al viejo rey y que el príncipe parpadeara dos veces. Así se llevó los tres puntos. Si en Barcelona además están contentos, superior.
Si con Modric el Madrid le robó al barcelonismo la estética total de Cruyff y su poesía subversiva de mayo del 68, con Bellingham puede completar la conquista completa del mundo anglosajón que no llevó a cabo del todo con Beckham. Bellingham es como si una inteligencia artificial hubiera codificado la historia del Madrid hibridándola con el siglo XXI.
Bellingham es como si una inteligencia artificial hubiera codificado la historia del Madrid hibridándola con el siglo XXI
En el documental de Netflix en el que Beckham desgrana su vida descubrí algo que no recordaba. En su presentación con el Madrid, Florentino Pérez lo definió brillantemente como un “icono de la postmodernidad”. El sábado, Sudáfrica ganó el mundial de rugby en Francia y su presidente lo celebró en la tribuna de honor haciendo el gesto con el que Bellingham festeja los goles.
Lo llevaba haciendo desde que estaba en el Dortmund, pero ahora que lo hace con el Madrid es cuando es universal. Bellingham abre los brazos y acoge en su seno al mundo entero, abraza con cariño paterno a todos los dolientes, pide a los niños que se acerquen a él y que participen de su naturaleza milagrosa, de la naturaleza milagrosa del Real Madrid. Es un gesto de profundo ecumenismo cuya sencillez es tan poderosa que no necesita de ningún artificio y de ninguna explicación para ser imitado en cada rincón de la aldea global. Por grandes y pequeños, por mujeres y por viejos, de aquí y de allí. Bellingham es un símbolo de la post-postmodernidad y en un mundo que se ensangrienta, él se planta como un coloso abriendo sus brazos fraternalmente. Modric le pasó el testigo pero a ambos todavía les queda una cabalgata juntos hasta el confín del tiempo.
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Pues hala, el Madrid va a tener que ir por esta Liga. Y no le pagarán por ello. La juega por imperativo legal, pero en este mundo, Facundo, Campazzo, pasan cosas raras, inexplicables, que te obligan a hacer lo que no pensabas o veías lejano.
En este caso, eso: pelear por la Liga, asunto chiripitifláutico para el Madrid entre pitos, flautas y tal. Es como cuando juego al parchís con mis nietos: antes o después sale un cinco y me comen la ficha que estaba una casilla por delante. Una.
Y eso, que fueron a Barcelona, gran ciudad, y ganaron. He preguntado y sí, celebraron lo imprevisto más que el resultado: el árbitro se quedó quieto, también el VAR, el VOR y el VIR en un Barça-Madrid. Fue la sorpresa de la tarde. Cuando eso pasa, gana el Madrid.
Los blancos celebraron lo imprevisto más que el resultado: el árbitro se quedó quieto, también el VAR, el VOR y el VIR en un Barça-Madrid. Fue la sorpresa de la tarde. Cuando eso pasa, gana el Madrid
Del 1-2 de ahora al 2-1 del año pasado no hubo gran distancia. Por un ratito la cosa estuvo 1-2 entonces, pero apareció el Tiralíneas, ese hombre, vio fuera de juego de Asensio. ¡oh!, y se jorobó la cosa. Esta vez estuvieron todos quietos. Los jugadores ayudaron, eso también. En la primera parte, lo más peligroso del Madrid fueron los saques de puerta de Kepa y en la segunda, por parte del Barça, otros saques, los de centro tras los goles, salvedad de un cabezazo al palo de un central.
Es complicado armarla en estas circunstancias. El mismísimo Negreira en sus mejores años hubiera tenido graves problemas. Se pidió un penalti por barba. Empujones en las áreas. Algo inevitable. Las áreas son el metro en hora punta. Todos empujamos. Y algunos se llevan la cartera del prójimo.
Vi el partido en directo y en diferido, no me lo creía. Estuve adelantando y atrasando imágenes hasta el cambio de horario. Y sigo pasmado pues lo normal hubiese sido penalti de Tchouaméni y tarjeta a Camavinga-qué-tío por tirarse ante el bravo Araújo. Sí, sí, el diferido lo vi con el alma en vilo. Temía que finalmente acabaría pasando eso. Pues no. Gil se inhibió y Manzano, también. He preguntado y el hombre no estaba enfermo, felizmente.
Y al final ganó el Madrid como explicó Xavi, mayormente porque Bellingham es muy bueno y le cae la pelota donde está. Mira que bota la pelota, pero el tío se las pinta solo, y la pelota también, para encontrarse. Las imágenes lo demuestran.
El primer gol lo logró desde veintipico metros después de correr a por ella, despejada por Gavi, su sombra. Jude estaba de espaldas a la portería y aprovechando eso, que le cayó dulce, fue, la controló, se dio vuelta, la acomodó y clavósela a Ter Stegen. Todos, el primero Xavi, vimos enseguida que iba a ser gol: le había caído a huevo, bastaba poco menos que empujarla.
Parecido fue el 1-2. Se le ocurrió seguir la jugada y meterse en una zona poblada de defensores azulgrana pues llevaban tiempo en plan, no sé, la Real de Benito Díaz, la Salernitana de los 70, cosa así. Iñigo Martínez fue superado tras el toque de Modric, ahora voy por él, y resultó que el tío de blanco que pasaba por allí, casualmente Jude, fue capaz visto y no visto de:
1.- Darle a la pelota y sin pararla.
2.- Colarla entre las piernas del portero.
3.- No dar ocasión al Tiralíneas de hacer de las suyas pues se había situado por chiripa por detrás del central vasco.
4.-. A su espalda. O sea a traición. Eso también. Poco limpio.
5.- Gol.
6.- Y medio estadio saltando: el crecimiento del madridismo ginecológico es tremendo.
En fin, que fue todo la mar de sorprendente. Ganó el Madrid y confirmé lo que estuve pensando cuando me enteré de que Modric iba a jugar su partido 500 aquí. Para un tipo que llegó para tapar vergüenzas según profetizó un prestigioso periódico barcelonés, la verdad es que no está mal. Finde de 500 por cierto. Tavares llegó a esa cifra de rebotes en la Liga Endesa. También ganó el Madrid.
Ganó el Madrid y confirmé lo que estuve pensando cuando me enteré de que Modric iba a jugar su partido 500 aquí. Para un tipo que llegó para tapar vergüenzas según profetizó un prestigioso periódico barcelonés, la verdad es que no está mal
Supe lo de Luka y me dije: ganarán porque él es el triunfo, el ‘vincitor’ que diría Carletto. Esa cifra sólo podía alcanzarla celebrando. En un momento especial pasó algo muy especial: el partido se disputó en condiciones normalitas. Entonces, ñaka.
No faltó el inevitable episodio racista contra Vinicius. Quizá tampoco logren identificar a los taraos protagonistas. Bueno, como Montjuïc es más pequeño que el Camp Nou, quizá. A aquel le enfocaron la cara y nada, desapareció. Este, pues ya veremos.
Ganó el Madrid. Mi moral respecto a la lotería de Navidad aumenta imparable: si eso pasó, lo otro, el Gordo, este año me toca. No sé si se lo dije: compren el 5. El 00005. De nada.
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De un tiempo a esta parte, el Madrid desoye en cada partido la vieja máxima de Séneca: “Las obras se tienen medio terminadas cuando se han comenzado bien”. Pero, por suerte, como vivimos el otro día en Barcelona, sí se acuerda de Jenofonte y el combate entre eleos y arcadios, aquellos que ya casi se habían dado al baile, que ya habían comenzado los juegos olímpicos porque “nunca pensaron que fueran a venir contra ellos”, escribe el historiador de la Antigua Grecia en Helenicas; “mas los que comparecieron para la lucha ya no la iniciaron en la pista, sino entre la pista y el altar” —que suene el himno, Plácido—. “Aquel día”, prosigue Jenofonte haciendo la crónica del Barça-Real Madrid, “se mostraron los aliados más valerosos”, se refiere a Jude Bellingham, “y atacaron primero con esos”, entonces salió Modric, “y pronto los obligaron a retroceder”, la banda ya era entonces de Camavinga, “y resistiendo a los argivos que acudieron en ayuda”, yo no cabrearía a Rüdiger, “también los dominaron”.
El sábado al descanso yo había perdido toda esperanza. A pesar de que tengo merengue en vez de sangre, cosa que alegra mucho a mi médico de cabecera cada vez que me hurga en el colesterol, no siempre me asiste el ardor guerrero del cronista Jenofonte, y admito que después de 45 minutos de caos —no encuentro otra palabra mejor al ver la arbitraria y alocada distribución de los nuestros en el campo—, me invadía una profunda melancolía. De esas veces que, como si fueras nuevo, te dices: “esto no lo arregla ni D. Alfredo”. Pero, querido amigo blanco, era una trampa, como decía aquel meme maravilloso de Guardiola y Klopp: “¡Jürgen, no les marques gol, es una trampa!”. Y entonces, al poco del pitido inicial del segundo tiempo, como diría mi primo Jenofonte, “comparecieron”. Vaya si comparecieron.
Al descanso yo había perdido toda esperanza. Pero, querido amigo blanco, era una trampa, como decía aquel meme maravilloso de Guardiola y Klopp: “¡Jürgen, no les marques gol, es una trampa!”
Del guerrero Jude se ha escrito todo ya esta semana, y aún me parece poco, que el primer gol es esencialmente Real Madrid. Si tuviéramos que utilizar una imagen de este año para explicar qué es el madridismo, basta con ponerles ese gol, que tiene la rabia, el talento, el valor, la testosterona, el ánimo de levantar al equipo, la fuerza, el ímpetu, la astucia, el honor, y todo aquello que distingue desde más de 120 años al Real Madrid. Es un golpe en la mesa. Un “se acabó la broma”. Un… “me encanta que me deis por muerto”.
Y ahí está la clave. Lo que más cabrea a Xavi de la derrota es que el Barcelona no cayó aplastado por una audaz maniobra táctica, ni por un cómputo de desagracias, ni por nada, digamos, novedoso. El Barcelona cayó por lo de siempre: porque tuvieron la feliz imprudencia de dar por muerto al Real Madrid. Tal vez habrían perdido igual, pero caer víctima de la principal característica del madridismo, conocida y temida hasta por el último chaval de La Masía, es poco menos que una humillación extra.
El Barcelona cayó por lo de siempre: porque tuvieron la feliz imprudencia de dar por muerto al Real Madrid
Xavi no ha hablado del árbitro y yo tampoco voy a hacerlo. Con una excepción, que la hago porque no va dirigida a Gil Manzano, sino a todos o casi todos los árbitros de la liga española. Además tengo curiosidad por saber si alguien más lo ha notado esta temporada: ¿pero es que nadie va a decirles que se quiten de en medio? En todos los partidos de este año, son incontables las jugadas en las que el Madrid bascula en posesión, buscando abrir huecos desde la frontal, cambiando la pelota de lado a lado en pequeños pases, mientras los atacantes hacen la danza de la lluvia tratando de volver locos a los centrales y que se abra un hueco, y cada vez que va a llegar el momento de romper la jugada con un pase, un tiro o una acción rápida, aparece un tipo de amarillo estorbando —y a menudo impidiendo— un pase horizontal en la frontal. No sé si es que la nueva norma es que los árbitros se coman literalmente el balón, pero lo cierto es que, salvo excepciones, siguen pitando exactamente igual de mal que cuando veían el partido casi desde la grada. Cierro el paréntesis anunciando que el próximo día de Liga vestiré una camiseta poco amigable con el lema “¡Quítate de en medio!”; y confío en no estar solo en esto.
Volviendo al clásico que nos ocupa, se abre un precedente sensacional para esta temporada: el de la resistencia. Después de remontar el clásico, con calma y actitud, sin volverse loco, crece y mucho la esperanza sobre la posibilidad de vivir otra temporada de grandes remontadas, si bien nos haría todavía más felices que no fueran necesarias para la victoria.
Como todo se ha dicho de Jude y de Camavinga, y con razón, quiero zanjar mi comentario con un abrazo filial a Lukita Modric, que, al igual que el Madrid, cada vez que lo dan por muerto, resucita. Su entrada en el campo fue indispensable para recuperar el mando del encuentro y pelear la victoria. Sigue siendo tan bueno que, hasta cuando mete la pata, lo hace bien: ese control defectuoso es un prodigio de pase imposible a Jude. Lukita forever.
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Buenos días. Al tomar el café mientras echamos un vistazo a la portada de Marca sentimos una cierta desubicación temporal. No nos referimos al reciente cambio de hora, es una sensación de más calibre. Nos viene a la cabeza el lanzamiento mundial del iPhone, la vida sin unos hijos que ya están en secundaria, un Madrid con cinco Champions menos. Nos entran ganas hasta de buscar un programa de José Luis Moreno en la tele.
Al principio no sabemos por qué, pero en seguida encontramos la causa: según Marca, le van a dar otro Balón de Oro a Messi. La sonrisa de descreimiento se dibuja sola. Aunque la verdad es que de todas las trapacerías, manipulaciones y corruptelas que asolan el fútbol esta es la menos importante. Es una mera anécdota.
Fue necesario un mundial como el Catar, concedido de manera corrupta y erigido sobre la muerte de 6500 semiesclavos, para fabricar un campeonato del mundo ad hoc para Messi. No entramos en los bochornosos arbitrajes que dieron el empujón final necesario.
Imaginamos que en France Football dudaron entre si concedérselo a Messi o al Papu Gómez, que también ha sido campeón del mundo, es argentino, ha tomado sustancias no compatibles con el juego limpio y apenas es unos meses más joven que Leo. Porque concedérselo a Bellingham, Haaland, Mbappé o Vinícius entendemos que estaba descartado de inicio.
Cualquier aficionado, y no digamos ya director deportivo de un club grande, elegiría sin dudar a Messi para reforzar su equipo por delante de los cuatro futbolistas mencionados con anterioridad. Messi, Tomás Reñones, Ramón María Calderé y el Tato Abadía, top de futbolistas con más punch y proyección de la actualidad.
Los culés están encantados, acaban de perder contra el Madrid, pero Leo Messi ganará otro Balón de Oro, hecho infinitamente más importante. Tienen que agradecerle que se pasase la segunda mitad de su estancia en Can Barça guiándolos de fracaso en fracaso europeo mientras los esquilmaba económicamente. Además, el galardón femenino es para Aitana Bonmatí. Todo queda en casa.
Porque el rasgo distintivo del culé es la autocomplacencia, actitud prohibida en el Madrid y una de las razones de su grandeza. Tras ser remontados por Jude y compañía, Xavi dijo que «Jugando así, ganaremos la liga», y que «fuimos mejores, pero llegaron dos veces y marcaron». Jabois le dio buena respuesta en El País: «Como si un esprínter se quejase de que dominó toda la carrera, pero en los últimos veinte metros apareció como una bala Usain Bolt y le ganó: “Me adelantó sólo una vez y se llevó el oro, el atletismo es muy injusto, yo gané casi toda la carrera”».
Xavi es un maestro de la autocomplacencia, ya alcanzó uno de sus hitos cuando en 2013, después de perder 7-0 contra el Bayern, esgrimió que «El balón fue nuestro, no pudieron dominarnos. Si miramos el resultado nos quedamos en lo superficial». El resultado es igual de superficial al fútbol que el Sol a la vida en la Tierra.
También ha tenido que venir un señor alemán serio, Gündogan, para afearles desde dentro esta autocomplacencia: «Quiero ser honesto pero sin pasarme, porque no me gustaría decir algo que no debería. Vengo del vestuario y obviamente la gente está decepcionada, pero después de un partido tan importante y de un resultado innecesario me gustaría ver más enfado y decepción. Y esto es parte del problema. Tienen que aflorar más emociones cuando pierdes y cuando sabes que puedes jugar mejor y hacerlo mejor en ciertas situaciones, y no reaccionas. Esto luego se traslada al campo. Hay que dar un paso muy grande en este aspecto, porque si no el Real Madrid o incluso el Girona se van a escapar. No vine para perder así».
Quizá Gündogan se acabe de dar cuenta de que no ha fichado por el Real Madrid. Tal vez el desconocimiento del idioma le llevó a rubricar por error un contrato con el FC Barcelona cuando en realidad quería hacerlo con el club blanco.
As dedica su portada al Atleti y es el único de los Cuatro Jimenes del Apocalipsis que no habla de la lesión de Tchouaméni, que llega en uno de sus mejores momentos. El parón de selecciones, por una vez, puede ser beneficioso en este aspecto.
Pasad un buen día.
Uno rara vez sabe cuándo será la última ocasión en la que vea a un ser querido. No se es consciente del último encuentro con el futuro difunto ni de cómo le recordará cuando falte. Con qué cara de tonto mirará al pasado reconstruyendo la escena, esa última escena, lamentándose siempre por haberle dicho aquella estupidez en un momento tan trascendente, pensando muy a posteriori frases ingeniosas, redondas, emotivas pero no demasiado cursis, dignas en cualquier caso de eso siempre tan difícil, tan incómodo, como son las despedidas. Y tampoco se pueden elegir los recuerdos que quedan cosidos a la piel y a la memoria y que, por esas cosas inexplicables de la condición humana, sobreviven inalterables al reloj.
El último recuerdo que tengo de mi abuelo, que no quiere decir la última vez que le vi, data de finales de diciembre de 2007. De un Clásico en el Camp Nou que juntó a tres generaciones de madridistas en un céntrico piso de Valladolid, sufriendo primero y celebrando después, unidos por su amor al Madrid, a su Madrid, y, aunque esto nunca se dijese, hacia ellos mismos.
El Clásico en cuestión, para siempre ya su Clásico, nuestro Clásico, es el del gol de Baptista. El de la Liga de Schuster. La de la camiseta con los ribetes del cuello y las tres rayas de Adidas en violeta, vaya. Yo, ajeno a su cáncer, no podía imaginar que aquellas serían las últimas tardes con mi abuelo, del que heredé nombre y militancia en el credo blanco, por lo que no dediqué ni medio esfuerzo en fijar en la memoria cada detalle de aquellos días.
El recuerdo de aquella Navidad es borroso. No me acuerdo de las conversaciones, ni de dónde pasamos aquel año Nochevieja ni Nochebuena. No me acuerdo de su ropa y temo no acordarme algún día de su voz. Sí me acuerdo de su olor y de su manera de rezongar. Lo que desde luego recuerdo detalle por detalle, como si hubiese sido esta mañana, es cada minuto del partido. El dominio inicial del Madrid, el golazo de Baptista antes del descanso, el arreón estéril del Barça en el segundo tiempo, la exhibición defensiva de Pepe, las paradas de Casillas. Recuerdo un Ronaldinho discutido antes del choque y señalado tras el mismo, y, esto me hace especial gracia, un Camp Nou hasta la bandera pidiendo penalti porque a Casillas se le ocurrió achicar en el lateral del área a Iniesta en limpísima acción, en una coherencia absoluta del público culé ante la costumbre de los años de plomo del Negreirato.
El último recuerdo que tengo de mi abuelo data de finales de diciembre de 2007. De un Clásico en el Camp Nou que juntó a tres generaciones de madridistas, sufriendo primero y celebrando después, unidos por su amor al Madrid, a su Madrid, y, aunque esto nunca se dijese, hacia ellos mismos
Yo, plenamente consciente de la relevancia del partido, celebré como un gol cuando mi abuelo, a los treinta segundos del pitido final, dijo eso tan suyo de “mañana compro el AS”. Cuando el partido era importante y la victoria heroica, el buen hombre nos lo anunciaba así, magnánimo, que al día siguiente habría premio en formato papel, en uno de esos rituales inexplicables y al mismo tiempo entrañables de cada familia que sólo cobran sentido y gracia de puertas para dentro.
Para él comprar el AS del día siguiente debía de ser lo máximo, la prolongación de su gozo sin la angustia de no saber el resultado. Se relamía ante la certeza de madrugar el domingo, ir al quiosco, pedir esta vez, además de lo habitual, la prensa deportiva y, al volver a casa, devorar cada foto, cada columna, cada párrafo del periódico antes de desayunar. Y siempre pendiente del momento en el que me levantase de la cama para ofrecerme, como si fuese el día de Reyes, el tempranero agasajo, como diciendo: mira, nieto mío, mira qué abuelo espléndido tienes, siempre pendiente de ti, que te he comprado el AS. Léetelo todo, eh, no te vayas a privar de nada, que está la vida como para no celebrar estas cosas.
Recuerdo un Camp Nou hasta la bandera pidiendo penalti porque a Casillas se le ocurrió achicar en el lateral del área a Iniesta en limpísima acción, en una coherencia absoluta del público culé ante la costumbre de los años de plomo del Negreirato
El Clásico de Baptista, el Clásico de mi abuelo, me pilló en un momento de confusión. Andaba, a mis trece años, desubicado, en ese momento de indefinición vital en el que ya es tarde para la infancia y demasiado pronto para la adolescencia. Como esa falta lateral lejana sin aparente peligro que bota entre el punto de penalti y la frontal del área pequeña, en ese territorio inexplorado en el que la defensa no acaba de morir y el portero no acaba de nacer, donde nadie sabe muy bien qué hacer porque nadie les ha explicado muy bien qué se espera de ellos en situaciones así.
Las casas de los viejos siempre huelen raro. No mal necesariamente, raro. El olor de ese piso en Valladolid, como lo de “mañana compro el AS”, es una de esas cosas que se me han quedado en el cerebro. Como el sofá en el que se sentaba con idéntica pose cada día. Los gestos, su lenguaje corporal. Tres, cuatro muletillas. Él, un señor de Valladolid, prácticamente vecino de Delibes, se hizo madridista como tantísimos de su generación, a fuerza de admirar durante tantos años a ese equipo de la capital y de blanco, del que la radio siempre cerraba su alineación con la fórmula Di Stéfano, Puskas y Gento. Él vio en el viejo Zorrilla a Di Stéfano marcar el célebre taconazo, probablemente su gol más icónico.
Y no me vengan con que si eso lo ha dicho media Castilla y que si a ese partido hubiesen acudido todos los aficionados que le dijeron a Di Stéfano algún día “yo estuve en Valladolid el día del taconazo”, el viejo Zorrilla sería Maracaná. Que aún guardamos en vete a saber qué cajón los abonos de aquellas temporadas. Que yo los he visto con estos ojitos tristes.
Me sonrojo cuando escucho a alguien hacer de menos al fútbol, cuando se ignora su condición de elemento vertebrador de tantas familias. Cuando no se entiende que el fútbol es, entre muchísimas cosas más, la mejor medida del tiempo, el más eficaz método para fijar en la memoria momentos felices, pasiones compartidas, seres queridos
Y aquí estoy, dieciséis años después, acordándome de lo bien que le pegó Baptista con el exterior, del olor de las casas a orillas del Pisuerga o de cómo podía caberle en los bolsillos tanta ilusión por comprar un periódico a un señor consciente de que estaba en las últimas, antes de ese enero en el que no quise, no supe o simplemente no pude despedirme de él en condiciones; y en la rabia que me dio que se perdiese la Eurocopa del siguiente verano, con lo que hubiese disfrutado viendo a España, por fin, campeona.
Por eso me sonrojo cuando escucho a alguien hacer de menos al fútbol, cuando se le reduce al pan y circo necesario para entretener al rebaño, a 22 señores corriendo tras un balón, cuando se ignora su condición de elemento vertebrador de tantas y tantas familias. Cuando no se entiende que el fútbol es, entre muchísimas cosas más, la mejor medida del tiempo, el más eficaz método para fijar en la memoria momentos felices, pasiones compartidas, seres queridos. Y siento una ligerísima lástima compasiva por aquellos que jamás conocerán la ilusión común de abuelo y nieto ante el AS de mañana.
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Mi padre siempre añoró la camiseta totalmente blanca y nunca estuvimos de acuerdo en eso. Y tiene sentido que fuera así, porque la primera que yo recuerdo tenía corchetes de Hummel en las mangas y vaquita de Reny Picot en el pecho, así que al niño que yo era le parecía que retirar todo aquello era una salvajada. Lavadoras, concesionarios, leche... la camiseta blanca lo aguantaba todo. Mi viejo exageraba.
Luego nací para el fútbol y me enteré de que los otros dos clubes que aún eran dignos de ese nombre nos aventajaban en eso: habían conseguido mantener sus vestimentas libres de publicidad o casi. Y aprendí a envidiar esa pureza a nuestros dos grandes rivales históricos, el Barça y el Athletic, que eran guardianes de algo a lo que los demás ya habíamos sucumbido. La triste realidad es que nosotros no habíamos aguantado tanto como ellos porque nuestra economía entonces era un drama. Un montón de almas, un montón de cariño, un montón de déficit en el club, como resumió Floro en su bronca. Y así estaban establecidas las cosas hasta que, pasados los años, llegó Laporta con su círculo virtuoso. ¿Se acuerdan ustedes de ese sintagma? Hacer que todo ruede, que todo fluya, que el bien empuje al bien, un mecanismo bien engrasado.
Este artículo no tratará de dilucidar el verdadero significado de aquel ciclo esplendoroso a la luz a las tremendas revelaciones recientes, porque para eso ya está la fiscalía. Pero conviene recordar que la forma en la que el dicharachero presidente del Barcelona abrió la puerta a la publicidad en su camiseta centenaria fue meter ahí nada menos que a Unicef. A Laporta se le puede reconvenir por muchas cuestiones éticas y estéticas, pero nadie puede negarle su audacia, de la que este acuerdo fue un ejemplo planetario. No cabe una trapacería mayor que servirse del logotipo de las Naciones Unidas, la mamá y el niño, para poder disponer luego del espacio para lo que fuese menester. Que al cabo de los años se convirtiera en la Qatar Foundation para luego mutar en Qatar Airways demuestra simplemente los distintos escalones que debían recorrerse para hacer tolerable lo que antaño fue un anatema.
Si los estrenos cinematográficos en las camisetas de los rojiblancos causaron estupor y bastante risa, los hits blaugranas aún no pasan de anécdota. que su uso principal sea contra el Madrid es revelador de quién es quién en el negocio
Nosotros, mientras, vivíamos descarnadamente lo mismo en lo que estamos ahora, la venta sin complejos. Nos habíamos acostumbrado antes. Pero, a pesar de tener los ojos entrenados por los patrocinios variopintos que en el madridismo han sido, al final debo darle la razón a mi padre. De todas las camisetas que he podido ver en cuatro décadas, mi favorita sigue siendo la del centenario, esa anacrónica rareza de frontal blanco inmaculado con la que Zidane metió el gol más hermoso que se haya visto en una final europea (con permiso de Gareth Bale).
Después el tiempo fue pasando para todos. Ahora la camiseta del Barça, como le pasó al Atleti en sus años más locos, se alquila por semanas, merced a un acuerdo con una marca distribuidora de otras marcas. Si los estrenos cinematográficos de los rojiblancos causaron estupor y bastante risa, los hits blaugranas aún no pasan de anécdota —que su uso principal sea contra el Madrid es revelador de quién es quién en el negocio—. Y en la cara B, por aquello de volver a las andadas, asoman otra vez las Naciones Unidas. Justo debajo de los dorsales, el Barça virtuoso de Laporta cede un espacio doblemente culer a los refugiados (¡quién podría verlo mal!), preludiando una ruina a la manera sudamericana, con invasión de cada resquicio.
Sin embargo, este sábado asistimos a algo distinto, un grado más. Y totalmente insólito, si consideramos lo mucho que se insistió en los últimos tiempos (acuérdese también de esto) de que Football is for the fans. Y, sin embargo, ahí tenemos la innovación de la que fuimos testigos en el estadio provisional del Barça. De forma absolutamente alucinógena, el FC Barcelona estrenó, en lo más profundo de su degradación material y moral, la cubrición de la hinchada —dejo a cada cual elegir sus acepciones favoritas para ambos términos— con mensajes extradeportivos.
¡Qué simpático el logotipo de la boca lenguaraz en la camiseta y en todo el estadio! Y qué bonita ficción representar que los Stones son del Barça, con Jagger y Wood de cuerpo presente en el palco, cuando la evidencia es justo la contraria. Es el club el que ya no se pertenece a sí mismo y la grada, el último reducto posible para el sentimentalismo, ha iniciado la última fase de su mercantilización.
el Barça ya no se pertenece a sí mismo y la grada, el último reducto posible para el sentimentalismo, ha iniciado la última fase de su mercantilización
Observo el fenómeno desde la distancia con el alivio de que esta vez no nos haya tocado a nosotros inaugurar este escalón descendente, pero también con tristeza y miedo. Es un hecho que para que algo así sucediese en el Bernabéu “sólo” tendría que mediar una debacle económica como la que atraviesa el eterno rival, a mitad de camino entre ser más que un club y menos que una S.A. Pero, al mismo tiempo, también advierto la punzada al darme cuenta de que el mundo ya ha girado lo suficiente. Mientras nos preparamos para ver el partido, mi hija debate con sus amigos si prefieren el histórico logo de la banda o el de Spotify.
Algún día quizás les tocará a ellos ser quienes no vean salir los equipos al campo porque tengan que pagar, además del precio de su entrada, el peaje de verse obligados a agitar la pancarta del espónsor de turno. No para animar a los jugadores en el césped, sino para animar a los compradores potenciales en sus casas. Si eso llega a ocurrir, el círculo virtuoso de nuestro tiempo se habrá cerrado sobre nosotros y a mí no me quedará más remedio que ir calentando en la banda para lo único que podré hacer ya: sea cual sea el futuro, yo seré el próximo viejo que exagere.
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Los días previos intenté por todos los medios pasarlo por alto, pero finalmente me resultó imposible. Parecía inverosímil que el Barcelona fuese capaz de superar su capacidad de alterar mi espíritu, y sin embargo lo volvieron a conseguir. No les bastaba con manchar mis recuerdos vinculados a diecisiete ligas y copas, no. Tuvieron que extender su molesta influencia a mi grupo preferido, cuya esencia tantas veces nos hemos afanado en explicar que encaja perfectamente con el Madrid. La estampa de Mick Jagger celebrando un gol del Barça constituye una afrenta ignominiosa; si bien he de reconocer que se mitigó, al menos parcialmente, gracias a los goles de Bellingham. Al fin y al cabo, ya se sabe que no siempre puedes conseguir lo que quieres, pero si lo intentas, a veces puedes obtener lo que necesitas. Por otro lado, dado que considero que la música de los Stones es demasiado valiosa como para encerrarla en ese palco repleto de sospecha, espero se me permita la libertad de trasladar sus canciones al césped. Que sirvan siquiera para explicar el partido antes que para un patrocinio absolutamente inexplicable.
I was drowned, I was washed up and left for dead. I fell down to my feet and I saw they bled (…) But it’s all right now, in fact it’s a gas.
Mick Jagger dijo en una entrevista que se trataba de una metáfora sobre el abandono de ciertas drogas y la dificultad que entraña. Por tanto, en primera instancia puede parecer chocante la adjudicación del tema a Kepa. No obstante, si se observa con detenimiento la letra es más sencillo de entender: “estaba ahogado, fui dado por muerto, caí y vi que sangraba… Pero ahora está bien, de hecho, es gracioso”. La inseguridad que el guardameta transmite en cada balón que cruza por alto el área madridista siempre nos hace temer lo peor, y el sábado no fue una excepción… Hasta que la catástrofe acaba evitada por un lanzamiento estrellado en el poste o por una parada cuya voluntariedad se cuestiona de puro heterodoxa.
Pleased to meet you. Hope you guess my name. But what’s puzzling you is the nature of my game.
Los versos anteriores podrían resumir en sí mismos la esencia del Real Madrid, ciertamente. Y, al mismo tiempo, encajan como un guante si se quiere describir al central de formas más extravagantes de toda la liga española. Aunque alguno lo acuse de matar a la hija del zar o a los Kennedys, él se encogerá de hombros y responderá con una sonrisa. En el Lluís Companys fue de los pocos que mantuvo el tipo en una defensa que dejó más huecos de lo deseado. Más de un delantero tendrá pesadillas con su rostro diciendo: “Tell me, sweetie, what’s my name?”.
If you start me up I'll never stop.
El auténtico revulsivo que cambió la dinámica del encuentro y empujó, simplemente con su ímpetu, a los merengues hacia delante y, en última instancia, hacia la victoria. Parece inconcebible que no tenga una plaza fija en el once titular. Ride like the wind at double speed, en la banda o en el medio, pero ya hoy, sin tener que esperar a un futuro no concretado. Start me up no deja de ser una invitación, una petición, una súplica, que los madridistas estamos obligados a trasladar a Ancelotti. Por favor, Carlo, entra en razón y no hagas llorar a hombres adultos.
It is the evening of the day. I sit and watch the children play, doing things I used to do. They think are new.
Muchos fotógrafos van por la vida buscando inmortalizar instantes que no solo describan un panorama concreto puntual, sino que representen una metáfora de una realidad mucho mayor. Desde luego, siempre hay que tener cuidado con las metáforas, puesto que las carga el diablo, pero algunos sentimos una punzada de desazón con aquella jugada del primer tiempo en la que Kroos se duerme, los jóvenes cachorros culés le comen la tostada y la pelota termina estrellada en el poste. No confundamos, casi nadie piensa —aún— que Toni se halle superado por la edad; quizá es solo que los pesimistas antropológicos a menudo vemos el apocalipsis detrás de cada esquina. Aunque no resulta descartable que una inteligencia tan extraordinaria como la de Kroos haya tomado nota, al verse, y cada vez más, obligado a ordenar —y desordenar— a pandillas de niños que esprintan pensando que el mundo que están descubriendo ha nacido con ellos.
I have my freedom, but I don't have much time. Faith has been broken, tears must be cried. Let's do some living after we die.
Estoy convencido de que su nuevo rol debe ser muy difícil de aceptar para Luka. Ha pasado de constituir el sol que iluminaba todo el ataque del Madrid a convertirse en un recurso de segundas partes: ora un revulsivo, ora un anestésico. La ineroxabilidad del paso del tiempo lo explica racionalmente, aunque apuesto por que su talante no lo acaba de soportar. Mientras tanto, nos regala momentos puntuales en los que vuelve a manejar el mediocampo sin dejarse arrastrar por esa manada de caballos salvajes que lo rodean, a su lado y enfrente. Dispuesto, en palabras de Jagger, a vivir un poco incluso después de morir.
The way she does just what she’s told. Down to me, the change has come. She’s under my thumb.
Evitemos una lectura literal de la letra, lo que nos podría llevar a discutir sobre su carga misógina, y acomodémosla un punto para aplicarla a Vini. En Barcelona su partido fue decepcionante, y mucho me temo que no se trata de una novedad en lo que llevamos de temporada. El joven que bravamente consiguió sobreponerse a una enorme campaña de burlas y desprecios —aderezados con viles e infames actos racistas—, y que supo ponerlos a todos “bajo su pulgar”, parece de repente haber perdido su desborde y su capacidad de desequilibrio en estas jornadas iniciales del campeonato. Los rivales, que durante los dos años anteriores se tiraban de los pelos desesperados, encuentran ahora más facilidades para distraerlo y para desquiciarlo, sin tener que recurrir a la agresión directa como en el pasado. Por el bien de todos los madridistas, Vinicius debe respirar hondo, reflexionar y pensar fríamente acerca de quién está dominando a quién en este comienzo de curso. Y actuar en consecuencia.
I can’t get no satisfaction. Cause I try, and I try, and I try, and I try. I can’t get no.
El pobre Rodrygo pasó por Montjuic de igual manera que por el resto de estadios de esta temporada. Es decir, prácticamente desapercibido. Su desempeño no provoca satisfacción ni para él ni para todos los que alguna vez hemos depositado esperanzas en su figura. Cada intento que no termina de salir aumenta la frustración del muchacho, al que quizá alguna jornada en el banquillo le serviría, antes que como un castigo, como una forma de huir del foco y como descarga de responsabilidades.
Let's spend the night together. Now I need you more than ever.
El idilio entre el crack inglés y el madridismo parece no tener fin. Tras una primera parte en la que no consiguió acaparar el balón, en el 67' Jude se sacó de la chistera un golazo extraordinario que supuso un punto de inflexión definitivo. En el Bernabéu se entona a Los Beatles, y acaso suponga una venganza merecida contra Jagger y Richards por la traición cometida, pero el Hey, Jude se queda muy corto como declaración de amor. La afición anhela pasar el resto de las noches de la temporada con Bellingham, y nadie mejor que los Stones para expresar, con toda la crudeza necesaria, el deseo.
You can't always get what you want. But if you try, sometimes, you get what you need.
La alineación inicial y los cambios. No hace falta decir nada más.
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Buenos días. Take a sad song and make it better. Es irónico que el resumen perfecto del mal llamado clásico, del Barça, 1-Real Madrid, 2 de ayer, estuviera escrito en 1968 en una de las canciones más icónicas de The Beatles, que su protagonista se llame igual —Jude— que el responsable de ejecutar la profecía compuesta por McCartney hace 55 años, que lo hiciese con el 5 precisamente a la espalda y frente a un rival abrazado comercialmente a los Rolling Stones, conjunto contra el que también «luchaban» The Beatles en 1968.
La realidad debería ser suficiente para que los culés hubiesen llegado al comienzo del partido tarareando aquellos versos de Angie: With no loving in our souls / And no money in our coats /You can’t say we’re satisfied, pero la huida hacia adelante en la que están inmersos —provocada por (supuestamente) la comisión de tan variopintos delitos— los empujó a dar el pistoletazo de salida al duelo con el Start me up bailoteado por Jagger y Wood en el palco, seguido por el balbuceo del himno culé llevado a cabo por sus satánicas majestades en un golpe de efecto que, no vamos a engañarnos, arañó el corazoncito de las personas decentes y amantes de la música.
En aquel momento sentimos antipatía por los Stones —sentimos discrepar puntualmente, Loquillo— mientras los blaugranas presumían de su Sympathy for the Devil. Dicen que el diablo está en los pequeños detalles, pero también en los grandes, como pagar millones de euros durante décadas al estamento arbitral. Hay múltiples razones, pero esta es la más importante para que el partido de ayer no tuviese que haberse disputado jamás.
Cómo decíamos al inicio, el choque era una canción triste. Sabemos que You can’t always get what you want, pero la primera parte del Madrid fue espeluznante. Uno puede verse superado por el rival, pero la actitud funcionarial de los pupilos de Ancelotti hacía hervir la sangre de los aficionados, ávidos de vencer al club más corrupto de todos los tiempos. Al descanso, los madridistas no poseídos por la ira se encontraban sumidos en la tristeza con Paint it black en la cabeza.
Nadie entendía por qué Camavinga no había sido titular. En lugar de quién y dónde es secundario. Lástima que su entrada al campo se debiese a la lesión de Mendy, pero su irrupción fue fundamental, al igual que la de Modric, que ayer jugó su partido número 500 con la camiseta del Real Madrid.
Entonces Jude, el 5 del Madrid, recordó aquellos versos que Paul escribió hace 55 años. Take a sad song a make it better. Se enrabietó y pateó con balón con la ira que sentíamos todos. Gol. Empate a uno. Apenas lo celebró porque Jude sabía que aquello no era suficiente, que el madridismo solo se sacia con la victoria, de modo que no tuvo más remedio que esperar al final, al tiempo que pertenece al Real Madrid, para anotar el 1-2 mientras se escuchaba Time is on my side en el corazón de los blancos.
El gol del triunfo frente al Barça en el minuto 92. Barcelona 92, como escribió anoche Jesús Bengoechea. «Podéis comprar a Negreira, pero no podréis comprar la grandeza» sentenciaba nuestro editor.
Under my thumb sonaba en la cabeza de Jude, quien, ahora sí, celebraba el gol. I've got to admit it's getting better, probablemente cantase.
Jude saca la lengua a Jagger. Título que escogimos para la crónica de Ramón Álvarez de Mon. Marca, por lo que sea, horas después decidió copiarnos.
No es la primera vez que nos plagian —y no solo Marca— ni será la última. No vamos a pecar de modestos, el talento es un bien escaso que se roba con facilidad y sin consecuencias. Lo fácil es adular al poderoso, jugar al pádel con él, mientras se aprovecha uno del humilde.
Eso sí, con todo respeto, nos vamos a permitir sugerir a los chicos de Gallardo que, ya que copian, la próxima vez elijan una fotografía de Bellingham en la que no parezca que acaba de cruzar el desierto del Sinaí sin agua ni víveres. Quizá el buen rollo de este diario con madridistas tan ilustres como Gil Marín o Nasser Al-Khelaïfi le haya empujado a buscar un resquicio estético para dejar en mal lugar a Jude, ya que no tenían otra manera de meter mano al Madrid.
El titular de As no es para tirar cohetes, «Lord Bellingham», pero es original, y además han elegido una fotografía mejor que la de sus compañeros de ciudad.
Tras la derrota, a la prensa culé no le queda más remedio que aferrarse a la Navidad y ambos rotativos ilustran su portada con un caganer.
Recordemos que la otra cara del single Hey Jude es Revolution, precisamente lo que ha hecho Bellingham en el Real Madrid. La irrupción del inglés en el club blanco es de las más determinantes de su historia. Tiene cosas de D. Alfredo, de Raúl, de Zidane. Apenas lleva unos meses y se ha apropiado del estatus de líder con una naturalidad pasmosa. Los compañeros se lo reconocen, desde los más veteranos, con un saco de Champions en el zurrón, hasta Vinícius.
El propio Vini lo compara ya con Cristiano Ronaldo, «JB5=CR7» le escribió el brasileño a Jude en Instagram. No es descabellado, ayer ganó el partido del mismo modo que Cristiano lo hizo en múltiples ocasiones.
Además, fuera del campo, Bellingham exuda madridismo por los poros. El intercambio de tuits que mantuvo con Tchouaméni ayer solo puede calificarse de glorioso.
Los culés comenzaron cantando Start me up y acabaron berreando (I can’t get no) satisfaction.
Nosotros nos despedimos con una sonrisa, disfrutando de este Bellinghismo sociológico, a la espera del próximo delito del Barça, del CTA, etc.
Pasad un buen día.
Para Sergio.
Ciudad y minuto: Barcelona 92. El momento en el cual marcó el gol de la victoria Jude Bellingham tuvo, en combinación con el lugar, un simbolismo brutal. Fue en la elección como ciudad olímpica de Barcelona 92 (no en este caso el minuto, sino el año) cuando el sistema decidió que había que evitar, por lo civil o por lo criminal, que el equipo rival del club futbolístico de la villa encadenara una liga tras otra de la mano de aquella atrevida Quinta. Optaron por la vía criminal. Negreira empezó a actuar, como peón de lo que Relaño ha remozado ahora con el término “villarato engrasado”. Enorme hallazgo.
El Madrid tenía que ganar para vengar décadas de historia pútrida, la afrenta doble de Tenerife, las ligas posteriores que Gil y Gil ya detectó como “de Negreira”, los pagos cuadruplicados por Laporta, la continuidad 2.0 con el VAR de Clos y Undiano, investigado el primero por incrementos exponenciales de su patrimonio y que ahí sigue, trayendo la historia del oprobio hasta el umbral del presente.
Podéis comprar a Negreira, pero no podréis comprar la grandeza
Había que vengar todo eso, así como la impunidad y repugnante jactancia que lo acompañan. Aunque al principio del partido la célebre sangre en el ojo de Zamorano brillaba por su ausencia, las córneas se inyectaron en rojo tras el descanso. Entraron Modric y (sobre todo) Camavinga, y sobre su excelencia galopó el Madrid. Es curioso que un tipo que no quiere jugar como lateral izquierdo sea capaz de cambiar desde ahí el curso de los acontecimientos. Bien es cierto que desde el pivote es también determinante. Camavinga se puso a jugar y los niños abrieron paso al homo superior, como cantaba Bowie. Bellingham estuvo atento para reventar la escuadra desde su casa primero, y para rebañar un control en semifallo de Luka después. Esto es así, criaturas: podéis comprar a Negreira, pero no podréis comprar la grandeza.
Jagger y Wood se miraban azorados. Prestar tu icono a una panda de ladrones es un error fácilmente lamentable, pero no hay modo de escapar a la ignominia de hacerlo para una panda de ladrones perdedores.
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Arbitró el colegiado Jesús Gil Manzano del comité extremeño. En el VAR estuvo Cuadra Fernández.
Caserito, caserito. En los primeros minutos predominaron las faltas pitadas al Barça cuando caía un jugador culé, pero no así cuando eran los madridistas. Vinicius fue el principal perjudicado. En una acción de esas casi le cuesta un gol a los blancos tras falta de Gavi a Kroos que a continuación Fermín estuvo a centímetros de mandar a la red.
En el apartado disciplinario tuvo claras las tarjetas a Fermín por entrada a Kroos en el 16' y Ferran por placar a Vinicius en el 46'. Sin embargo le perdonó (como es habitual en la Liga) la cartulina a Gavi en varias ocasiones.
La última jugada del primer tiempo fue un penalti de Tchouaméni a Araujo al que agarró de forma descarada en un córner.
En la segunda mitad dejó jugar más y ya no pitaba cualquier toquecito y faltita. Otra vez Gavi se marchó sin tarjeta tras una dura tijera a Vinicius en el 47'. La única amarilla de este tiempo fue para Carvajal por sujetar a Joao Félix de manera reiterada. Y si antes no señaló penalti a favor de los blaugranas, en el 79' le tocó a los merengues: Camavinga trató de irse de Araujo, que agarra, bloquea e impide que el francés siga con su camino cayendo los dos al suelo. Puso el listón alto para ir a los once metros en jugadas parecidas, pero fueron penaltis ambos. El VAR se inhibió.
Gil Manzano, MAL.
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