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Diario de un madridista confinado (días 26 a 32)

Diario de un madridista confinado (días 26 a 32)

Escrito por: Francisco Javier Sánchez Palomares18 abril, 2020
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11 de abril de 2020

Sábado. Otro más. Flirteo con un café para que quede poso. Me ducho según las indicaciones redactadas en el BOE. Me perfumo, como Roberto, el Mariscal, aquel gran marcador argentino, y parto raudo hacia la compra semanal.

Estoy de mal humor, hastiado por la situación. La cola para entrar al híper es hectométrica. Tardo una hora en acceder, parece un saque de banda con el Atleti cuando va ganando. Hay una señora con su hija. Ambas tienen la suficiente aptitud para que no sea delito meterse con ellas. Son desesperantes. La niña de 30 años cruza con el carrito vacío una y otra vez la calle Madrid sin importarle que en calzada tienen preferencia los vehículos a motor. La madre lucha por apartarse el pelo mugriento de la frente y se comunica a voces con la espabilada hija y con su pareja por teléfono. Más adelante, y a pesar de la distancia de seguridad, se adhiere a la paciente anterior y empieza a explicarle sus hábitos de compra y su relación vecinal.  Soy un profundo defensor de los derechos humanos, pero todo tiene un límite. ¡Cállese y aguarde la fila en silencio, ser cochambroso e insoportable!

El único hecho reseñable es que compro alcachofas de nuevo. Las alcachofas son el Xabi Alonso de las verduras.

 

12 de abril de 2020

Domingo de Pascua. Desidia, indolencia, abulia. Me despierto, escribo, me acuesto, me duermo, me vuelto a levantar, desayuno. Mi comportamiento parece el de Cassano en el hotel donde vivía cuando estaba contratado por el Real Madrid. Después de comer, otra siesta. El día es como la temporada 90-91 del Real Madrid.

Me encomiendo al billete de 5 libras de George Best que guardo como oro en paño y me acuesto. Ya en la cama imagino a Best en el Madrid. Una especie de Guti, pero a lo bestia. Es el jugador más salvajemente bueno que he conocido nunca. Y el más brillante fuera del terreno de juego. Tanto, que se quemó. George Best y Keith Moon tal vez fuesen la misma persona, pero who knows.

 

13 de abril de 2020

Lunes. Tengo mucho jaleo y además un trabajo de Derecho Público para la universidad. Es como si tuviese a Capello obligándome a no perrear mientras me encuentro agotado y sediento en un desierto a 50 º C con los Hombres G cantando Lawrence de Arabia. Para colmo, el poco tiempo que tengo, lo paso leyendo a Tolstoi y a Dostoievski. Acabo confundiendo los nombres de sus personajes del mismo modo que en España confundimos a Robert de Niro con Al Pacino.

Por la noche vemos de nuevo el 5-1 de España a Dinamarca en el mundial de México 86. El Buitre era nuestro George Best, pero educado. En aquel partido había cuatro jugadores adelantados a su época, que vistos ahora no parecen antiguos: Míchel, Butragueño, Gallego y Laudrup.

Recuerdo el partido original, cuando se jugó en la realidad en directo, en el tiempo que le correspondía; 1986. Lo vi con mi padre en rockies, junto a la mesa baja de cristal que poníamos en verano en el salón y con la luz apagada para que no entrasen mosquitos porque el encuentro se disputó muy de noche en Europa.

 

14 de abril de 2020

Martes. Me despierto y veo un tuit nacionalista catalán que me hace pensar que lo burgués no quita lo demente. Respiro hondo porque hay que asumir que en el mundo también hay maldad.

Me da por leer El Lobo estepario de Hermann Hesse y una frase resuena más alto que las demás: «No estaba ya en condiciones de visitar casas distinguidas, porque en primer lugar siempre estoy de muy mal humor y atacado de gota y de reuma y, en segundo lugar, borracho la mayor parte de las veces». Honestidad brutal, como el disco de Calamaro.

Pero lo más importante del día es que La Galerna, junto con la Fundación Real Madrid, subasta auténticas joyas de jugadores y técnicos legendarios de las secciones de fútbol y baloncesto para recaudar fondos para la lucha contra el maldito coronavirus. Por favor, si pueden, pujen, merece la pena. En todos los sentidos.

 

15 de abril de 2020

Miércoles. Bajón de rendimiento como en la liga que dimitió Florentino. Solo se me ocurren estupideces como que Bertolucci rodó El último emperador en una pescadería y que Cousteau solía decir que la escafandra es lo último que se pierde.

Esto mismo debió de pensar Del Bosque el año 2000 cuando ganó la Copa de Europa con los restos del naufragio.

En el trabajo de la universidad saco otro 9,5. Me doy bastante asco, qué repelente.

 

16 de abril de 2020

Jueves. Sigue sin haber convocatorias ni entrenamientos vespertinos. Me confirman que Marcelo y Hazard tienen un candado en el frigorífico. Isco les vigila. Bien.

Una señora de más de ochenta años de una comunidad de vecinos me llama para interesarse ella por cómo estoy yo, porque dice que siempre la he tratado muy bien y la he ayudado. Me se cae el alma a los pies, el mundo al revés, que se preocupe ella por mí. Cortamos por hoy.

 

17 de abril de 2020

Viernes. Bajo a la farmacia a por medicinas. Por fin consigo mascarillas de proa. Tengo varios pedidos online que aún no han llegado y resulta que a 25 metros de casa la farmacia de toda la vida las vende a 1,5€. Da que pensar. Como cuando se busca fuera lo que tienes en la cantera.

Me dicen que alguien se desvía unos metros de su itinerario para regar las plantas de cierta oficina y que no mueran, pero no quiero darle veracidad a este rumor que le ocurrió a un amigo.

Mi madre llevaba encerrada más tiempo que el conde de Montecristo. Una vez que consigo mascarillas, no me opongo a que salga y le viene bien el aire fresco.

El viernes acaba, gracias a unos torreznos que preparo, como uno de esos trofeos de verano de finales de los ochenta en los que el Madrid de la Quinta y de Beenhakker barrían cualquier forma de vida de la faz de la Tierra. Solo les faltó el convencimiento psicológico de que eran los mejores para haber arrasado también en Europa. No tengo la menor duda.

 

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