Hoy os escribo por primera vez, porque ayer fue el día en que mi hija fue bautizada en el madridismo y los sentimientos se me amontonan. Tendré que empezar por contar que la mía fue una vocación tardía pero irrevocable.
Mi padre fue un madridista heterodoxo. Acudió al estadio muchos años, pero para cuando yo le conocí había dejado de hacerlo, por motivos que, como tantas otras cosas que le pasaban por dentro, se fue del mundo sin contarle a nadie. Pero de su fe guardo al menos tres pruebas. Un carnet de socio con antigüedad desde los 50, una camiseta que me regaló cuando cumplí 16 años y una anécdota sobre el estadio.
Tenía mi padre un compañero de grada que estaba obsesionado con Di Stéfano. Cada vez que quería urgir a su equipo, reclamaba a quien llevara la bola que la mandase “¡a Alfredito, a Alfredito!”. Lo interesante del asunto es que Alfredito llevaba años retirado, pero aún seguía viendo su fantasma.
Esta historia siempre me impresionó, y años más tarde pude comprobar algo similar pero a la inversa. Conocí a un amigo que, siempre que alguien perdía una bola, creía que se trataba de Guti. Le tenía una manía visceral e incluso lo veía en los fallos ajenos. En esas dos visiones espectrales de amor y odio más allá de los sentidos fijo yo las coordenadas del madridismo. Lo que lo convierte, en definitiva, en una experiencia alucinógena.
Yo llegué, como decía, tarde. De niño no me interesaba el fútbol, y hasta los 14 años no empecé a verlo. Pero qué año fue ese. El Mundial del 94 fue mi puerta de entrada, y decaído el verano me tocó elegir un equipo al que engancharme. Lo que vino luego fue la Liga de Valdano, con dos delanteros que iban para saldos que se convirtieron en la mejor dupla del universo y un chavalín un poco más mayor que yo que proyectaba en el campo todo mi asombro. La venganza de una goleada devuelta con simetría, en el partido perfecto. Nadie me convencerá de que haya nada más allá.
Pasada esa temporada frenética, le pedí a mi padre dos cosas: que fuéramos juntos al Bernabéu y que me comprara una camiseta.
Los años pasaron. La camiseta (Teka en el frontal y huellitas de Kelme en las mangas) estuvo colgada junto a nuestra tele el 20 de mayo de 1998. Todos sabemos qué pasó ese día, que fue, exactamente, lo que no iba a pasar. Mi padre hablaba de las Copas de Europa, pero pertenezco a una generación que creció sabiendo que aquello no iba a repetirse. "¿Y el Madrid, qué, otra vez campeón de Europa, no?" Que una marca comercial decidiese emplear semejante escarnio como reclamo comercial puede dar una medida a quienes sean más jóvenes del abismo del que hablamos. El Madrid no iba a volver a ser así de grande nunca. Punto.
Hoy la camiseta ha visto ya 7 finales ganadas. Pleno. Desde aquel día, sólo la saco del cajón en las grandes ocasiones, y puede decirse que ha cumplido con perfección su papel como objeto propiciatorio.
Como a tantos otros, la eliminatoria contra el PSG me tenía inquieto. El partido de ida nos sumió en el estado larvario del madridismo: la intolerancia a la derrota. Nos habían pasado por encima. Y sin embargo, aún quedaba el resquicio por el que se cuela la ambición, que es desde donde se ha escrito este pequeño capítulo y, en general, toda la historia del club.
Como a tantos otros, la eliminatoria contra el PSG me tenía inquieto. El partido de ida nos sumió en el estado larvario del madridismo: la intolerancia a la derrota
Las semanas transcurridas, que han parecido meses, han servido para que por ese hueco fueran cayendo gota a gota las ilusiones. La marea que vimos ayer y que sepultó al equipo parisino del glamour y el petróleo ha pasado por ese mismo hueco y está hecha del sudor de nuestros jugadores tanto como de la condensación del aliento de todos los demás. Una tempestad que reveló a los impecables hombres trajeados que bajaban del autobús como unos pendencieros capaces de amenazar de muerte al primero que pillasen por delante. Supongo que todo el mundo necesita pasar 90 minutos en el Bernabéu para saber de qué está hecho.
En algún momento de la semana pasada, creí. Creí hasta el punto de considerar que era una buena idea invitar a mi hija a ver el fútbol conmigo. 14 años como los que yo tuve. Nunca hasta ahora lo ha hecho, y de pronto le apeteció. Y me pidió mi camiseta, y le expliqué de dónde la había sacado y para qué servía. En el último instante, antes de salir de casa, me dijo que no iba a llevarla, porque era para las finales.
La marea que vimos ayer y que sepultó al equipo parisino del glamour y el petróleo ha pasado por ese mismo hueco y está hecha del sudor de nuestros jugadores tanto como de la condensación del aliento de todos los demás
Lo vimos en un bar. Hace una década que no vivo en Madrid. El ambiente era precioso. Aquí abundan los madridistas, los culés y los guiris. La mezcla perfecta para que en el bar se respirase rivalidad, con un grupo de franceses en los que se percibía la emoción y la tensión de cada lance.
Mientras íbamos hacia el bar, ya le advertí que lo normal era que el PSG ganase al Madrid. Visto lo visto en la ida, y con las bajas que tenía el equipo, lo que tenía que pasar es lo que se vio durante 60 minutos. Mbappé tiene una superioridad insultante. Messi y Neymar hicieron una orfebrería de cuando eran lo que fueron y la pelota pareció acabar dentro. El guion se cumplía y mi esperanza era que el Madrid muriera como esperamos de él, acosando el área rival. Si el rival es mejor, como lo era, que no quede nada que reprocharse. En la esperanza de la revancha quedaría sembrada, quizás, la semilla de que mi hija le volviera a apetecer ver un partido con su padre.
Pero caminando hacia el bar también le había dicho que he visto demasiadas veces cosas que no tienen sentido. No hay otra forma de decirlo. "Hoy venimos a ver si hay un milagro". Pero si somos miles, millones, empujando unos hechos imposibles, entonces ya no hablamos de un milagro, sino de otra cosa. Un milagro no tiene explicación, pero lo de ayer sí lo tiene. No tiene sentido, pero se explica solo. Lo de ayer es el Real Madrid.
Sufrimos, reímos, nos divertimos. Mi hija recordará a Benzema besando el balón con los labios y a Luka besándolo con los pies. A Vinícius desatado. A Alaba alzando una silla con la misma emoción que se levanta un trofeo. Un acto de enajenación colectiva, un rapto alucinógeno. Un equipo que se pone por delante en la eliminatoria, pero que sigue atacando, contra toda lógica. Y a quien nadie se lo va a echar en cara, porque es lo que queremos después del padecimiento. Que nos demuestren que nuestra sinrazón tenía razón. Que nos demuestren que los locos eran todos los demás, por no verlo. Una noche como tantas otras del Madrid, pero a la vez la primera para tantos como mi hija. Nadie le podrá discutir que fue la mejor de todas.
Dicen que el corazón tiene un número determinado de pulsaciones tras las cuales, simplemente, agota su vida útil. Ayer gastamos unas cuantas juntos, mi hija y yo. No sé si es una buena idea acortar la vida a base de llenarla de latidos, pero es algo que me gustará poder dejar en herencia, porque es la misma que yo recibí.
Volviendo a casa lo tuvimos claro. Algún día vamos a volver a sacar la camiseta del cajón. Ojalá sea pronto.
Hala Madrid.
Getty Images.
Nunca voy a París si puedo evitarlo porque es una ciudad que me da gafe. Lo tengo comprobado: siempre que voy, me ocurre algo malo. Aunque al menos no me pasa como a Nasser Al Khelaifi, que siempre que va a París tiene la obligación de ver jugar al PSG, y eso sí que es mala suerte. “París bien vale una misa”, que dijo Enrique IV. También pudo haber dicho “París bien vale una mesa” o incluso una silla, que fue lo que debió de pensar ayer David Alaba que valía una victoria contra el Paris Saint Germaine, y en un arrebato agarró una silla del Bernabéu y la mandó a hacer puñetas. Te entiendo, David, a mí también me caen gordos los muebles de jardín.
A pesar de todo, París tiene cosas que están bien. Montmartre, por ejemplo. En lo alto de colina de Montmartre, hace la hueva de siglos, fue decapitado san Dionisio (o saint Denis) y cuenta la leyenda que, tras su ejecución, el santo recogió su cabeza del suelo y se fue andando con ella debajo del brazo desde Montmartre hasta Saint Denis, donde quería ser enterrado. Que eso son unos seis kilómetros, ojo. Yo, cuando pienso en san Dionisio me acuerdo de Sergio Ramos, que desde que perdió la cabeza por irse a París vaga por allí cual mártir acéfalo dando vueltas entre Montmartre y Les Halles, entre Les Halles y Pigalle, entre Pigalle y Eurodisney; buscando un sitio donde descansar en paz y recibir las loas de sus devotos. Pero me estoy desviando.
Decía que París tiene cosas bonitas y una de ellas es, precisamente, la abadía de Saint Denis, lugar de eterno descanso del santo homónimo y que, por si no lo sabían, es el primer edificio gótico del mundo. Saint Denis es un lugar bellísimo.
Su creador, ideólogo y constructor espiritual fue el abad Suger, que era un tipo muy listo. A Suger de Saint Denis en 1122 lo hicieron abad de un monasterio que estaba hecho unos zorros, y él se propuso convertirlo en el templo más fastuoso de toda la cristiandad. Suger no lo sabía, pero su ambición estaba a punto de sentar las bases de lo que llamamos estilo gótico. Suger fue un Bernabéu adelantado. Bernabéu no inventó el Real Madrid, pero lo convirtió en obra de Arte. Suger no inventó los arbotantes ni las vidrieras ni las bóvedas de crucería, pero las combinó en un solo edificio y creó algo glorioso. La abadía de Saint Denis fue el Nuevo Estadio Santiago Bernabéu de la Edad Media.
La abadía de Saint Denis fue el Nuevo Estadio Santiago Bernabéu de la Edad Media
Según las crónicas, Suger de Saint Denis era bajito y de familia humilde (“Dios me sacó del estiércol”, solía decir), lo que no le impidió convertirse en uno de los hombres más grandes de la Historia. En eso me recuerda bastante a Luka Modric: tirando a bajito también, y de familia humilde también; pero que, como Suger de Saint Denis, llegó a ser gracias a su esfuerzo e inteligencia un hombre imponente. Luca Modric es Lukita de Saint Denis.
Para levantar su fastuosa abadía, Suger aplicó lo que se conoce como el método anagógico, el cual, si alguno de ustedes ha desperdiciado su vida al igual que yo estudiando Historia del Arte Medieval, sabrá que es la esencia estética del mundo gótico. El método anagógico de Suger de Saint Denis consiste en elevarse de lo material a lo inmaterial mediante la contemplación de la belleza. Dios es Luz, nos dice Suger, pero tan excelsa que no la podamos concebir, lo único que podemos hacer es contemplar la belleza del mundo, que es un reflejo de la divina luminosidad, y abstraernos en ella para que nos eleve hacia lo inmaterial. Por ejemplo: si yo contemplo una vidriera gótica o un frontal de altar lleno de oro y piedras preciosas, podré hacerme a la idea del aspecto que tiene la Jerusalén Celestial. Eso es el método anagógico (término que, de hecho, significa “de abajo a arriba”).
Suger pensaba en ir de abajo arriba cuando derribó los muros de la vieja Saint Denis para cambiarlos por enormes cristales de colores y llenarla de riquezas y fastuosas obras de arte, y así convertir su abadía en una obra inmortal. Algo así como lo que intentó hacer Al Khelaifi con el PSG, pero a Al Khelaifi no conoce el método anagógico, por eso su PSG no te arrastra hacia la gloria si no que te mantiene atado a este mundo imperfecto. Al Khelaifi quiso hacer una catedral y le salió una tarde de domingo en IKEA.
El abad Suger ordenó tallar en la puerta de Saint Denis un poema que día lo siguiente: “que no te deslumbre el oro y el gasto sino la labor de la obra”, como si estuviera hablándole directamente al jeque del Qatar Saint Germaine, oigan.
como Suger de Saint Denis, Modric llegó a ser gracias a su esfuerzo e inteligencia un hombre imponente. Luca Modric es Lukita de Saint Denis
Al Khelaifi no tenía a Suger de Saint Denis para asesorarlo. El Real Madrid, en cambio, tiene a su sucesor espiritual, tiene a Lukita de Saint Denis. Sin él no se explica lo que ocurrió ayer por la noche en el Bernabéu.
Lukita de Saint Denis derriba las paredes del fútbol con cada pase largo para que Karim Benzema las llene de vidrieras fastuosas donde se narra en pura luz la vida de los grandes santos madridistas, como san Gareth Martir (véase mi artículo anterior). Lukita de Saint Denis trae la luz al estadio y lo convierte en una catedral, donde Tibauth Courtois es la aguja del crucero y Militao los arbotantes que la mantienen firmes. Lukita de Saint Denis ayer convirtió el Madrid en un Madrid anagógico, que nos traslado de lo material a lo sobrenatural. Que nos alzó de la burda mortalidad del 1-0 a la gloria luminosa del 3-1.
El abad Suger ordenó tallar en la puerta de Saint Denis un poema que día lo siguiente: “que no te deslumbre el oro y el gasto sino la labor de la obra”, como si estuviera hablándole directamente al jeque del Qatar Saint Germaine, oigan
Ayer, en definitiva, no solo les quitamos la victoria a los parisinos, también les arrebatamos temporalmente la abadía de Saint Denis, primer edificio gótico del mundo, que durante 90 minutos estuvo en el césped del Bernabéu, transformada en un equipo que nos elevó a través de la contemplación de la belleza del buen juego hasta la intuición de la Inmortalidad. Pero no habría sido posible sin, entre otros, el croata con el dorsal número 10 en la camiseta. El hombre bajito y de familia humilde que llegó a lo más alto.
Cuando Suger de Saint Denis murió en 1151, Guillermo de Capra Áurea le dedicó este bellísimo panegírico:
“Pequeño de cuerpo y de familia, limitado por una doble pequeñez, se negó en su pequeñez a ser un hombre pequeño.”
Lukita. Lukita de Saint Denis.
Getty Images.
Los que tengan hijos quizá ya lo hayan escuchado: el evento cultural de la música pop del momento es la tiraera bestial que el puertorriqueño ex Calle 13 Residente le hizo al colombiano J Balvin en un track de 8 minutos producido por Bizarrap, el productor del momento y el hombre cuyos lanzamientos son un sismo en las plataformas de redes sociales. No me crean a mí: ese video ya es el clip musical latino más visto en la historia de Youtube.
Residente –con una carrera prolongada y legendaria, al menos en estos breves tiempos digitales– se encara allí con una serie de rimas salvajes e inapelables, una interminable sucesión de 1-2 con gancho que destroza la imagen de Balvin, la estrella actual del reggaetón. Residente acusa y pega a Balvin por su falta de amor genuino por el arte, por sus versos perezosos que se pegan como chicle, por cantar con autotune y sin micrófono, por vivir del trabajo de los demás, por tratar a los colegas como mercancía, por blando, por pretencioso, por falto de calle y de huevos, por su pelo entintado y por unas 5 cosas más, mínimo.
Rara vez la narrativa de la música popular se cruza tanto con el fútbol de una forma tan perfecta y casi sincrónica: en momentos en los que ese track es tan popular que hasta la cuenta de Twitter del Madrid lo referenció la semana pasada, el nocaut que el Madrid al PSG durante el segundo tiempo en el Bernabéu me hizo recordar una y otra vez ese evento cultural.
Atónito comencé a creer recién en el segundo gol de Benzema, sintiendo la contundencia del golpazo propio de esas escenas de la saga Rocky en las que sabemos que entra la piña buena, la que cambia el partido. Luego de eso, el PSG se quedó atolondrado como tantos de los rivales de Balboa, el miedo y el olvido de la técnica y el oficio personificados en los pies de Marquinhos y en casi todos los signos vitales de Kimpembe, ese que hace un par de semanas quiso guapear a Rodrigo y se reía socarronamente y al que hoy el miedo escénico le puso zancos en las piernas. ‘Mucho delirio de grandeza, poca destreza’, soltaría Residente.
La piña de la eliminación del Madrid al PSG es la epopeya más significativa en lo simbólico desde la Copa del Rey de Mourinho en Valencia. En el tinglado de Ceferin y bajo la histeria propia de dos personas con evidentes carencias vinculares como los perdedores seriales pero también omnipotentes Al-Khelaifi y Leonardo, el Madrid le mostró al mundo qué cosas son las que no se pueden comprar, ni siquiera con una jaula de oro llena de los mejores renegados a sueldo del planeta fútbol.
La piña de la eliminación del Madrid al PSG es la epopeya más significativa en lo simbólico desde la Copa del Rey de Mourinho en Valencia
El Madrid no solo hizo el primer gol y el segundo, sino que hizo el tercero y siguió yéndose arriba del PSG para destrozarlo, inconsciente de lo que podía haber sucedido y corporizando exactamente lo que los aficionados queríamos, sin saberlo. Por un momento me horroricé: tácticamente parecía una locura. Cinco segundos más tarde, el Madrid se apoderó de mí de nuevo. Cuando se pega con bronca, se pega sin astucia pero con la épica a la vuelta de la esquina. Ayer fue más que suficiente porque el rival no tiene idea de lo que es eso ni de cómo invocarlo. El Madrid golpeó automático, con rabia y llevado en volandas por un estadio donde hasta las sillas anduvieron por los aires. Como cuando Rocky ejecutaba la embestida final. Como en ese track de Residente y Bizarrap en el que al minuto 7 se hace imposible no pedir que pare, que está destrozando al pobre Balvin. Como cuando Springsteen canta ‘No surrender’. El Madrid estaba muerto; acto seguido se levantó, destrozó la morgue y salió caminando una vez más.
‘Hay que hacer una limpieza’ suelta en un momento el boricua, antes de arremeter de nuevo. Como buen madridista no me reconozco como antinada pero desde hace años pienso que este PSG, que hoy no es más que un equipo artificial, hecho a medida de streamers y tiktokers con buenas acciones de marketing, ropa de Jordan Brand y muchas ganas de que todo venga fácil tiene un modelo mentiroso, dañino y caduco del cual seguramente el único (y entendible) aspecto que convenza a su afición sea el de la importación de estrellas. El fútbol se compra y vaya si lo sabremos aquí, pero esto es otra cosa y en parte, la fragilidad de ese equipo con un ataque que vale 350 millones de dólares lo dejó claro. El modelo del PSG quizá siga deambulando entre estertores como los de anoche hasta finalmente conseguir algún título relevante. Pero no este año, no en estas circunstancias y especialmente no si el ‘fútbol del pueblo’, ese que pregonaba el hombre con la billetera abierta de un petroestado, tiene el representante que realmente merece.
Getty Images.
Decía Guti que él prefería jugar 30 minutos en el Madrid que 90 en otro equipo. El propio Real Madrid ha llevado al paroxismo este concepto y ayer demostró que prefiere sublimarse 17 minutos en la Champions que jugar como los equipos mortales todo un año en las demás competiciones.
Sublimarse es la transición de una sustancia directamente del estadio sólido al estado gaseoso sin pasar por el líquido. Y eso es precisamente lo que ayer obró el Madrid. Pasó de estar fuera de Europa a eliminar al PSG sin ni siquiera haber estado inmerso en la pelea, no ya por el partido, sino por la eliminatoria. Un hecho que se entiende —o asimila— perfectamente, pero no se explica, como bien escribe hoy Jesús Bengoechea en “La silla de Alaba”. Aunque si os queréis hacer una idea de lo que sucedió, nada mejor que leer la espléndida crónica de Andrés Torres.
“Igual hay que recordarle a la UEFA quién es el Real Madrid”. Cuando Florentino pronunció estas palabras en la Asamblea del 20 de noviembre pasado, pocos podían pensar que se cumplirían en un momento tan idóneo. Oscar al mejor guion original. En plena batalla por el futuro del fútbol, por un modelo de sociedad y por un conjunto de bienes morales que enfrenta al Real Madrid, y todo lo que representa, contra al PSG, y todo lo que representa —mamporrera UEFA mediante—, se celebró aquella charlotada en doble sesión de sorteo de Champions donde al equipo blanco le tocó primero enfrentarse al Benfica, rival, a priori, asequible. En aquel momento a Ceferin le dio un pinchazo la úlcera y casualmente hubo un error que les permitió repetir el sorteo. A la segunda el Madrid fue emparejado con el PSG, adversario que les pareció más adecuado. Lo que no sabían es que en ese mismo instante acababan de inocular en la bestia el veneno que iba a espolearla para echarles abajo el plan.
La bestia permaneció dormida, aunque no durmiendo, durante el partido de París y buena parte de la vuelta en Madrid. Y cuando despertó nadie pudo pararla, porque el Madrid en trance es imparable. El Madrid en trance es más peligroso que Liam Neeson con una hija secuestrada. El Madrid en trance no ve, no piensa, solo ejecuta. El Madrid en trance deforma el espacio-tiempo, lo pliega y recorre distancias de años luz en un segundo. No existe nada en el universo parecido al Real Madrid.
El éxtasis que sigue al trance nos regaló imágenes históricas como la Alaba agitando al viento una silla plegable de PVC, silla que Jabois propone meter como sea en el escudo del Real Madrid.
Concluido el trance y unos minutos después el partido y la eliminatoria, prosiguió el guion de la venganza del Madrid con la inevitable pataleta del malo de la historia al final de la película. El presidente de la Asociación de Clubes Europeos (ECA) y del PSG, Nasser Al-Khelaifi, bajó a la zona de vestuarios con la rabia que provoca la impotencia corriendo por sus venas. Intentó entrar en el vestuario de los árbitros. Le acompañaba su mascota Leonardo. Ambos se mostraron agresivos y violentos (quién podría imaginarlo, ¿verdad?). Cuando el árbitro les impidió el acceso, el amigo de Ceferin golpeó y rompió el banderín de uno de los asistentes. Un empleado de Madrid estaba grabando el espectáculo y Nasser Al-Khelaifi no dudó en amenazarlo de muerte. Comportamiento ejemplar, el fútbol del pueblo, ya sabéis.
Ni siquiera el deleznable comportamiento del representante europeo de la teocracia catarí empañó la felicidad blanca. El nuevo milagro obrado en el Bernabéu acabó por convertir a más infieles antimadridistas que nunca y también provocó la felicitación de quienes son rivales no exentos de señorío.
Ni siquiera el más descreído puede resistirse al embrujo del Madrid merced a quizá la remontada que mejor define al club y su irracional e inmortal relación con la victoria.
As y Marca no pueden más que asistir con la boca abierta y repetir fascinados “El Madrid es otro mundo” y gritar eufóricos: “¡¡¡ESTO ES EL MADRID!!!”.
De la portada de Mundo Deportivo no hablaremos porque lleva como titular "La quinta marcha", un programa de Telecinco que presentaron Jesús Vázquez, Natalia Estrada y Penélope Cruz allá por 1990.
Y Sport, ¿qué decir de Sport? Pues que tienen la valentía del cobarde y titulan KO sobre fondo negro y una foto de Messi cuando Leo ya no está en el Barça. Les define.
Pero no es lo mejor de Sport, lo mollar, la pieza del carnicero la hallamos en la retransmisión en directo que efectuaron de la remontada. Al descanso frotaron la bola de cristal y no se les ocurrió otra cosa que escribir: “Mbappé se va a replantear muy seriamente su fichaje por el conjunto blanco. Los madridistas son hoy por hoy un equipo en descomposición y no dan la impresión de poder ofrecer al internacional francés un proyecto de futuro ganador”. Ni Rappel y la Bruja Lola juntos en plena enajenación mental. Cuánta gloria.
Gracias, Sport, por estas perlas de jocosidad explosiva que nos endulzan el paladar en los duros momentos que vive el mundo. El humor es el mejor compañero de viaje cuando pintan bastos.
La remontada de ayer es histórica, tal vez la más sublime de todas, y eso es mucho decir. Disfrutemos el momento, madridistas, y vayamos colocando en un estante privilegiado de nuestro almario el robo de Karim, la jugada de Modric en el segundo gol, la silla de Alaba o la celebración en el vestuario de Lukita. Estos son los momentos por los que vale la pena una vida entera.
Pasad un buen día.
¡Hala Madrid!
De forma indefectible e intermitente, a veces con frecuencia inaudita y sin parangón, los fieles del Bernabéu se funden con los jugadores en una comunidad de fines y hormonas que inducen el éxtasis deportivo. A diferencia de las ceremonias políticas, mágicas o de cualquier otra índole, habitualmente muy regladas, el fuego que enciende los Misterios del Bernabéu es espontáneo, impredecible, aunque siempre ciega los sentidos de los ajenos a la causa, en especial los que se encuentran en el césped.
Como ayer, la imprevisión conduce al mayor de los encantamientos. Por eso, todos los creyentes permanecían extáticos y estáticos al concluir el encuentro, que no el Misterio, pues las felicitaciones y agradecimientos de jugadores y asistentes tras el silbo postrero también son —esta vez, sí— rito necesario. Rara vez ocurre este fenómeno, sin duda provocado contra los parisinos por la tenacidad en el césped ante la manifiesta inferioridad de muchos minutos.
Sin embargo, una de las reglas inconmovibles fijadas con el denuedo indesmayable de muchas generaciones —a veces, sublimes; a veces, no tanto— es la creencia de que el fuego del misterio se enciende con una chispa que se oculta en cualquier instante, en cualquier lugar, en cualquier gesto de entrega desinteresada. La exigencia es entregarse a la búsqueda del fuego con pasión, sin condiciones. Y ayer se cumplió con lo exigido por el ideal, sin medida, de forma conmovedora por parecer un esfuerzo inútil.
De tanto creer y confiar, el Real Madrid de ayer alcanzó el ideal, lo que imaginamos, lo que exigimos, la honra del escudo y de quienes los precedieron en la misma tarea. Y al prender la chispa de Benzema, tras tanto sufrir y esperar, los corazones se desataron. Los de los seguidores, que convirtieron al templo en el espacio mágico capaz de hacer realidad el conjuro más insospechado; y el de los jugadores —que se habían dejado hasta entonces la piel y los órganos, internos y externos— comenzó a latir con la fuerza incontenible de la historia. La que condujo a Modric, con M de Madrid, a una fantástica galopada que concluyó con éxito Karim.
el Real Madrid ganó porque atesora un complejo de virtudes, tradición y coraje trasmitido de generación en generación, y que ahora mismo tiene en Benzema y Modric sus representantes más selectos.
Como tantas veces, los futbolistas blancos enloquecieron de poderío e ingenio para fabricar multitud de ocasiones. El PSG fue víctima de sus propios millones, con Messi desparecido por completo, una vez más en un partido decisivo. A su compañero brasileño es mejor silenciarlo, tan lejos está su capacidad de su cuenta corriente. El dato no es banal, pues también estaba en juego el enfrentamiento entre dos modelos, y finalmente, el dinero se mostró inservible. Una lección para advenedizos y oportunistas: es la grandeza y la verdad del deporte. Una vez que comienza la pugna, lo que la ha rodeado hasta entonces no sirve para nada.
En definitiva, el Real Madrid ganó porque atesora un complejo de virtudes, tradición y coraje trasmitido de generación en generación, y que ahora mismo tiene en Benzema y Modric sus representantes más selectos. Una riqueza de valor incalculable que ni ahora ni nunca se podrá comprar.
Mucha gente anda a estas horas (escribo de madrugada) a vueltas con la silla de Alaba. Puede parecer solo un gesto espontáneo, transido del dadaísmo que a veces trae la euforia. Hay más. La silla patas arriba de Alaba es el mundo puesto patas arriba por el Madrid. El Madrid ha desafiado una vez más la lógica, los malos augurios (inevitables allá por el minuto 60) y todas las pizarras del panenkismo. Solo me queda esclerosis en las cuerdas vocales y la confianza de que sea pasajero. En 17 minutos desgajados no ya de la tónica general del partido, sino desgajados del mundo, Benzema obró lo inimaginable. Lo obró él con la ayuda del escudo del Madrid, valga la redundancia.
La silla patas arriba de Alaba es el mundo puesto patas arriba por el Madrid
Modric también es el escudo del Madrid. En ambos, en el francés y en el croata, se substanció el pánico de los de Pochettino en su particular espiral al infierno. Podría decirse que pecaron de exceso de confianza tras verse dos goles por delante y después de dos horas (París y Bernabéu) de franca superioridad sobre los blancos, pero no sería cierto. Es imposible que nadie tenga a estas alturas exceso de confianza contra el Madrid, a quien el planeta entero ha visto ejecutar cosas como estas tantas veces. Es el Madrid quien convierte cualquier confianza en excesiva, y lo hace desde la irracionalidad más absoluta. El Madrid entra en el laboratorio y la emprende a hostias contra las probetas. A lo mejor era eso lo que, en medio del éxtasis final en el Bernabéu, estaba haciendo Alaba agarrando esa silla y blandiéndola contra el cielo. Amenazando con volver a romper la crisma a la ciencia.
Y eso lo hace Alaba, que acaba de llegar. Acaba de llegar pero ya se lo sabe. A la hora en que escribo estas líneas, hay tertulianos discutiendo cómo se hace eso de inculcar un modo de ser (el ADN, lo llaman, otro intento vano de biologizar un espíritu) de generación en generación. A diferencia de lo que pasa con otros, al Madrid se le entiende perfectamente, gana de puro furor por ganar (y mucho talento), pero no se le explica.
El Madrid ha desafiado una vez más la lógica, los malos augurios (inevitables allá por el minuto 60) y todas las pizarras del panenkismo
Claro que también hay factores estrictamente futbolísticos. Ancelotti podrá argüir que todo estaba calculado así, que los que revolucionaron el partido desde el banquillo no lo habrían decidido desde la titularidad. Vaya para él este asalto si a cambio promete no volver a encorsetar la bendita locura de ayer con su respeto melindroso al trienio. Alaba puso la silla patas arriba y el Madrid hizo lo propio con el planeta, pero quienes sacudieron el partido fueron Camavinga y Rodrygo. Tienen que jugar porque son el futuro con el que Benzema y Modric construyen el presente desde el pasado. También son el futuro Vinícius y Militao, que es nuestro Zelenski, como dice Jorgeneo. Lucas fue importante también sustituyendo a un Carvajal completamente negado ante un superlativo Mbappé. Kylian ya ha podido constatar lo que intuía, es decir, que noches así con completamente imposibles en el PSG. En eso, por mucho petróleo que tenga, tampoco se distingue el juguete del jeque de ningún otro equipo de medio pelo: noches así son imposibles en ningún otro lugar que no sea el Bernabéu.
Acumulo cuarenta y tantos años de testigo de prodigios vikingos, pero como lo de ayer no recuerdo nada. La esencia de las grandes noches europeas se concentró en una cápsula de bendita enajenación. Decía antes que al Madrid se le entiende pero no se le explica. En esos cuarenta y tantos años, no hay noche que explique como esta esa inexplicabilidad.
Getty Images.
Arbitró el neerlandés Danny Makkelie. En el VAR estuvo Pol van Boekel.
Primeros minutos de dejar jugar, permitiendo mucho el contacto y pitando poco. Muy europeo. Así, la primera amarilla fue por protestar a Paredes en el 6'. Las otras de la primera mitad fueron para Nacho por una entrada tarde a Achraf y a Vinícius por recriminar esa acción al colegiado. Además, el VAR anuló de forma justa un gol de Mbappé por fuera de juego previo de Nuno Mendes en el 33'.
La segunda parte se inició con otro gol anulado a Mbappé en el 54'. Luego una ristra de amarillas: Carvajal por blocar a Mbappé en el 59', a Achraf por derribar a Vinicius en el 80', a Kimpembe por lanzar el balón al brasileño en el 82' y a Lucas por detener a Mbappé cuando el francés se iba en el 87'. Las dos jugadas clave fueron la acción de Donnarumma con Benzema que está al límite de la falta y la no expulsión de Paredes por pisar a Benzema que significaba la segunda del argentino.
Makkelie, REGULAR.
Getty Images.
Courtois (6)
Serio. Esta vez no pudo hacer milagros.
Nacho (7)
Es la posición de la zaga donde peor rinde el canterano. Aún así se aplicó con la eficacia y sobriedad con la que acostumbra. Bien.
Alaba (6)
Casi siempre bien colocado. Se aculó demasiado en el tanto de Mbappé.
Militao (8)
Corrió muchísimos riesgos, pero protagonizó un partido heroico. Jugó lesionado prácticamente desde el principio.
Carvajal (5)
Se vació en el campo. Poca claridad arriba y pérdida fatal en el gol del PSG.
Kroos (5)
Correcto, pero sin brillo. Mermado.
Valverde (7)
Energía e ímpetu.
Modric (8)
Colosal arrancada de campeón para voltear el partido y la eliminatoria. Que no se retire nunca.
Asensio (4)
Dormido.
Vinicius (7)
Valiente e intentándolo una y otra vez. Es lo que se le exige. Asistió a Karim. Madridismo.
Benzema (10)
Hoy por hoy el alma del Madrid. Su fe rescató al equipo. Hat-trick fabuloso.
Camavinga (7)
Fuerza, pero poca presencia. Parece funcionar mejor como titular que como revulsivo.
Rodrygo (7)
Eléctrico. Aportó mucho más que Asensio.
Lucas Vázquez (7)
Aportó frescura. No le perdió la cara a Mbappé y abortó en falta necesaria un contraataque peligroso.
Ancelotti (4)
Previsible. Mantuvo el mismo plan que tan buen resultado dio en París. Claro, que el Bernabéu dinamita cualquier táctica en Europa.
Getty Images.
Correspondió el Real Madrid al impresionante latido de los Sagrados Corazones de una busiana de otros tiempos con un arranque fulgurante. Apenas veinte segundos tardó el 13 veces Campeón de Europa en provocar el suspiro del respetable tras un pase interior inmediato a Vini en prometedor escapada tras saque de centro.
Espoleado el equipo por la hercúlea pancarta de la Grada Fans con la leyenda “Somos los Reyes de Europa” y la Diosa con la bufanda blanca de los titanes, lució más colmillo el Madrid en cuatro minutos que en toda aquella noche de amnesia en el Moulin Rouge de París. Poco después, Militao se desequilibraba en un salto con su compañero Kroos —sí, finalmente Kroos— y demostraba en su caída la fascinante flexibilidad de los ligamentos de su rodilla mientras el hincha merengue contenía el aliento entre el crujir de hoy pocas pipas. Militao, heroico, aguantaría sobre el verde todo el encuentro.
Mientras tanto, impertérrito a tantas emociones, cual estatua de oso y madroño en Sol, Carletto mascaba el enésimo chicle como si bayas del arbolito se trataran, satisfecho de su inmovilismo táctico: un necesariamente mermado Kroos en lugar de Casemiro, y Nacho, la navaja de Albacete del equipo, como lateral izquierdo de emergencia en ausencia de Mendy.
Percutía sin descanso en el lateral contrario un Carvajal deseoso de venganza ante un Mbappé bajo los focos. Incluso se permitió derribarlo ante la pasividad del colegiado holandés Danny Makkelie, aparente y permanentemente en Babia cual turista sobre el puff de un coffe shop amsterdamer. La tarascada generó otra en banda contraria con Vini como damnificado, amarilla para Paredes, y un corrillo de jugadores del PSG rodeando cual enjambre al colegiado, táctica, a buen seguro, importada por Leo y Ney, los amigos de Hernández, aquel que perfeccionara su pasión por la horticultura y la jardinería en cierto secarral catarí.
El Madrid pretendía ser el matón del cole que arrebata la merienda a empujones, pero poco a poco fue perdiendo el brío merced al buen manejo de la pelota de los parisinos. Incrustado Messi en el medio (para poco más está ya), el cacareado astro argentino propició la superioridad en la medular de un rival que comenzaba a atacar alocado y a defender cual pollo sin cabeza. El Madrid era Stallone y la película Máximo Riesgo.
Maxime, valga la redundancia, cuando toque a toque del PSG el anunciado bloque alto de Carletto se convirtió en Torrebruno. Dio el primer aviso Mbappé a los doce minutos, el primero de muchos, ante un Madrid poco a poco encajonado, que, paradójicamente pudo adelantarse a los 24´ con un disparo marca de la casa de Karim. Benzema recogió un balón suelto en la frontal y propició una parada de antología de Donnarumma. Keylor Navas se revolvía mientras tanto incómodo en el banquillo pareciendo mascullar: Puta Vida.
Respondió Lionel con una picadita a ninguna parte a pase de Neymar y Mbappé daba el segundo aviso tras fusilar a gol un centro de Nuno Mendes. El luso estaba en fuera de juego de tiempos modernos, de esos que joroban cual hemorroide que brota súbita cuando te los pitan en contra. Hasta que se percató, Kylian lo celebró efusivo. Menos mal que era madridista de pequeño como nos dijeron en su enternecedor comic navideño.
Finalmente, y de verdad, pudo celebrarlo después el crack francés a los 38 minutos, cuando una temeraria pérdida de Carvajal luciendo carajal en el lateral —con Asensio como Observador Especial de la ONU, Paquito dixit— permitió un mano a mano de Mbappé con Alaba y Courtois, que Donatello resolvió sin contemplaciones con un disparo seco y duro ante el que no hubo esta vez milagros. El Madrid acusó el golpe y pudo dar gracias de no llegar aún más lastimado al descanso.
En los vestuarios, todos los ojos sobre Carletto, buscando el golpe de timón, más vivos si cabe gracias a la eliminación de la norma del valor doble de los goles fuera de casa en caso de empate. El tiempo ya apremiaba. Y por supuesto no hubo cambios; el mismo plan desde París, y Lucas Vázquez calentando. Así marchaban las cosas; susto incluido a los 54 minutos cuando Mbappé regateó a Courtois con una bicicleta digna de un demarraje de Perico Delgado en Tourmalet para anotar el segundo tanto del partido, afortunadamente para un tocado Madrid, en claro fuera de juego.
Sólo Vinicius, contra todos, ofrecía cierta resistencia a la derrota a manos del PSG, no de Neymar, ni de Messi; el PSG de un imperial Mbappé. Debía resultar tan poco halagüeño el panorama que contrario a su costumbre, Carletto decidió cambios a falta de media hora.
Un Kroos exhausto y un nuevamente dormido Marco Asensio daban paso a Camavinga y Rodrygo con la esperanza de cambiar el partido, que no el esquema táctico, ni tampoco el plan de juego de un Madrid asomado al abismo. Y suele suceder, decía Nietzche, que cuando se mira profundo al abismo, éste te devuelve la mirada.
Y así cambió todo.
Directamente al abismo se precipitó Donnarumma a los 62 minutos cuando recibió un balón plácido de su defensa. Contemplativo, el arquero del PSG permitió que Karim, como hiciera ante el red Karius en la hoy sufriente Kiev, le robará la cartera. Como buen italiano, Donnarumma se quedó postrado reclamando una falta imaginaria, mientras Vini recogía el regalo, lo envolvía en papel celofán y se lo devolvía a Benzema para empatar el partido y encender al estadio. Un Bernabéu, que se hubiera desplomado, obras incluidas, si el inmediatamente posterior testarazo de nuevo de Benzema no se hubiera marchado rozando el palo. Súbitamente había partido y eliminatoria. Lucas Vázquez en lugar de un desacertado, y portador de amarilla, Carvajal, a la palestra. Gueye lo hacía en detrimento de Paredes, que, como apuntará nuestro experto Al Cosín, se jugó la segunda amarilla con un pisotón imprudente. Veinte minutos dramáticos y molto longos aún por delante.
El PSG, de pronto impreciso y temeroso, sentía el furor del Bernabéu y el acecho del espíritu de Juanito. Alaba, al lateral y Neymar haciendo lo que mejor sabe: tirarse a la piscina cual Mireia Belmonte.
Así, en el 75´, y sin permiso de Mbappé, sucedió la jugada del partido y de la eliminatoria. Modric recuperó un balón en el balcón del área de Courtois e inició una carrera imparable, tornado entre parisinos, hacia la meta del amico Donnarumma. Rodeado de contrarios cual Oliver Atom sirvió para Vinicius que se plantó en el área y, sorprendentemente, se paró con imprudente prudencia. El joven carioca descargó para Modric. A pesar del tremendo esfuerzo, el hechicero balcánico, clarividente, sirvió un pase interior para que Karim volteara el marcador sin contemplaciones. Rugía el Bernabéu.
Atronado el PSG apenas pudo sacar de centro. Apurado por la presión de Camavinga y Rodrygo, el balón llegó para Vini, que centró, el balón rebotó en Marquinhos, el eterno deseado culé, y de nuevo Karim, en celestial toque de billar con el exterior, envió el balón justo al poste para voltear, ya no el partido, la eliminatoria.
El bloque Torrebruno se convirtió en hidra multicéfala; el PSG, en un pelele; el estadio, en un infierno y el Madrid, en los Harlem Globetrotters. Pudo incluso caer el cuarto ante un equipo con estrellas, petróleo, chilabas y muchísimo dinero, pero sin escudo ni mística.
Toda la Historia del fútbol le cayó encima.
Ici c´est Madrid. Esto es el Bernabéu. Esto es el Madrid, Kylian.
Somos los Reyes de Europa, lo decíamos al principio.
Getty Images.
Hay que tener un descaro muy notable para titular como he titulado este artículo. Yo entiendo poco de fútbol, y todo hace indicar que bastante menos que Ancelotti. Pero tampoco aspiro a que Ancelotti me lea, como no pretendo que el título genere un clickbait que no merezco desde la óptica de mis conocimientos balompédicos.
Decía que entiendo poco de fútbol, y es verdad, pero a cambio entiendo bastante del Real Madrid, que es mucho más importante que el fútbol. Ya dice Valdano en La Leyenda Blanca que él cree más en la eternidad del Madrid que en la eternidad del fútbol, y esta noche se ofrece una oportunidad óptima para avanzar otro peldaño en términos eternos, suponiendo que lo sempiterno sea una escalera. Es solo un 1-0 en contra, se puede hacer y debería ser posible hacerlo no solo para mayor gloria del Real Madrid, sino para que el fútbol de ricos que deben su riqueza al fútbol se imponga al fútbol de obscenamente ricos que deben su obscena riqueza al petróleo, pura y simplemente. Es el fútbol de escudos, camisetas y estadios como modo de vida frente al fútbol que enchufa a la cuenta corriente de su club (¿y a la de Ceferin?) el tubo del oleoducto, sin más explicaciones, sin más cortapisas, y que encima lo hace a lomos del slogan más cínico del mundo, eso de que el fútbol “es de los fans”. Los fans somos los que hemos hecho ricos, con nuestra ilusión, al Madrid, al Milán, al Bayern, al Liverpool y hasta al Barça. Los que hoy vayan con el PSG serán unos pocos franceses y cuatro turbantes que manejan el juguetito con esa mezcla de iniciativa y desidia sonriente que solo procura el lujo ilimitado. Esos ni son fans ni son nada.
Tratando de responder a lo sugerido en el título, entiendo que la clave es un partido caliente de inicio, de comunión con la grada y de presión asfixiante, como la ensayada con éxito ante la Real. Eso por lo menos de entrada, ya habrá tiempo tal vez después para volver al bloque medio/bajo. Hace falta un gol para empatar y hacen falta dos para ganar. Una táctica contemplativa basada en el contragolpe no nos va a llevar allí. Lo realizado frente a la Real puede haber sido un buen ensayo, sin perder nunca de vista que donde la Real tiene a Oyarzabal o Isaak (magníficos peloteros, cuidado), el PSG tiene a Mbappé, Neymar o Messi, lo que obligará a poner en juego la máxima atención y el máximo talento defensivo, aupados por una energía sin limites. Lo que se logró ante la Real fue gracias en parte a alinear un equipo más físico del habitual (Camavinga), y mi opinión es que el de hoy debe ser dos veces más físico (Camavinga + Valverde). Amo a Kroos como le ama todo el mundo o un poco más -hace poco me preguntaron y lo incluí junto a Casemiro y Modric en mi once madridista histórico-, pero este partido no es para él si no está totalmente recuperado. Es más, podría no serlo ni aunque lo estuviera. Cuando el balón eche a rodar hay que apretar, encimar, morder. Luego, si las cosas van bien, la aportación de Kroos puede en cambio ser muy importante para serenar el partido.
Amo a Kroos como le ama todo el mundo o un poco más -hace poco me preguntaron y lo incluí junto a Casemiro y Modric en mi once madridista histórico-, pero este partido no es para él si no está totalmente recuperado. Es más, podría no serlo ni aunque lo estuviera. Cuando el balón eche a rodar hay que apretar, encimar, morder.
Estas cábalas mediocampistas se justifican, por supuesto, a cuenta de la ausencia de Casemiro, de igual forma que la ausencia de Mendy nos aboca a una serie de cábalas defensivas, no tanto respecto a quiénes deben conformar la línea de atrás (Carvajal, Militao, Nacho y Alaba) sino en qué posiciones deben jugar estos dos últimos. Yo no tengo duda: para fijar a Achraf, y evitar sus peligrosisimas subidas, hay que enfrentarle a las subidas de nuestro mejor lateral izquierdo en la actual plantilla, que es indudablemente Alaba aunque también sea el mejor central junto a Militao. Al lado del brasileño yo pondría a Nacho, seguro de vida, y confiaría en la capacidad de ambos para adelantarse a la recepción del balón por parte de Mbappé, Neymar y Messi, de manera agresiva, constituyendo la última referencia de unas líneas muy juntas.
Faltaría por dilucidar el tercer delantero (Benzema y Vini son innegociables), y pese al buen desempeño reciente de Asensio yo me decantaría por Rodrygo, capaz de imprimir mayor mordiente defensiva y verticalidad.
Ancelotti sabe más, como decía al principio, pero estas son mis ideas, casi seguro que profundamente descartables. Que Carletto haga lo que quiera y que el Bernabéu haga su alquimia. Apuntaba Cosín en el chat de La Galerna que hace tiempo que no la lleva a cabo. Impóngase la contumacia del mito como cae la lluvia desde el cielo de D. Paco.
Hala Madrid.