Se celebraron por fin las elecciones y las ganó Florentino Pérez. Como dijo él mismo a lo largo de la campaña, los malos han perdido. Pues, efectivamente, la candidatura del Cantero III era una liga de antimadridistas extraordinarios, entendiendo el antimadridismo como el trabajo por el perjuicio del Real Madrid: los madridistas debemos, seamos socios o no, congratularnos de que Rosauro Varo no meta mano en la sala de mandos del club más grande e importante del mundo, y también de que los vestigios del calderonismo se mantengan, por ahora, más allá del limes.
Algo bueno ha tenido el proceso electoral y ha sido el comprobar quién es y dónde está cada uno. Al final, la candidatura de Riquelme era una amalgama de todo lo que acecha tras la grandeza del Madrid: el afán irreductible de empequeñecimiento que siempre regresa como una maldición cíclica, el peligro real de desamortización del club más valioso del deporte profesional en el mundo.
Si Florentino encarna al madridismo que sueña, las dos semanas del candidato Riquelme han sido la puesta en escena del madridismo rencoroso. Junto al presidenciable han desfilado absolutamente todos: Hierro, el que lideró el motín de Mónaco en la Supercopa de Europa de 2002 (que era la primera que ganaba el Madrid en su Historia) cuando estaba a punto de llegar Ronaldo Nazario, por celos de Morientes y el que se despidió amagando con no celebrar la liga de aquel mismo año porque iba a venir Beckham y él estaba por renovar; Raúl, la representación física de la decadencia galáctica y del madridismo vinagre; Casillas, el ínclito santo que tuvo denunciado al club para que el Madrid le pagara a su ex-agente la prima por renovar (con Calderón) que le prometió él mismo…
la candidatura de Riquelme era una amalgama de todo lo que acecha tras la grandeza del Madrid: el afán irreductible de empequeñecimiento que siempre regresa como una maldición cíclica
Esa debía ser, desde luego, la parte institucional de la «españolización» cacareada, eje fundamental del supuesto plan de renovación que El Cantero III traía bajo el brazo para conseguir que el equipo volviera a ser competitivo. El otro gran vector era el fichaje de Klopp, una curiosa promesa habida cuenta de que Klopp, cuando abandonó el Liverpool hace un par de años, reconoció estar harto de la vida del entrenador de élite y que pensaba hacer una vida de jubilado millonario, que es a lo que se dedica con la sinecura que le ofrece el grupo Red Bull. Si Klopp, en el cénit de su trayectoria, nunca pareció contento con la posibilidad de sentarse en la trituradora de entrenadores que es el banquillo del Madrid, habría resultado muy audaz pensar que jubilado como está ahora, iba a atreverse. En fin.
Entre líneas, al candidato Riquelme también se le ha podido leer bien. Más o menos la idea era venderse como la juventud y la frescura en contraste con lo viejo que es Florentino: una estrategia bastante sucia además acompañada con una narrativa, la suya, la de la supuesta renovación generacional, cargada de mensajes tan rancios que al escucharle era como si alguien hubiera abierto un armario lleno de polillas.

Lo más importante de este proceso electoral, el primero en veinte años, estaba en su naturaleza plebiscitaria. Como digo, se enfrentaban dos concepciones del hecho histórico, cultural y social llamado Real Madrid. Dos concepciones antagónicas. El 35% del voto que se ha llevado Riquelme es, no obstante, preocupante. Refleja que las flores marchitas del tardoflorentinismo son una realidad constatable por la masa social. La demagogia de Riquelme ha sabido aprovechar esa ola, sobre todo porque el madridismo no tolera dos temporadas seguidas de nadaplete y decrepitud futbolística. Dos años sin títulos ponen en la picota a cualquiera, incluso a Florentino, que es el hombre más importante de la Historia del Madrid junto a Santiago Bernabéu. Con más razón cuando hay razón, es decir, cuando hay cosas que no se han explicado y decisiones tanto organizativas como puramente deportivas tan incomprensibles y cuyas consecuencias han sido la degradación de la mejor plantilla del mundo hace sólo dos años y la depreciación del mejor patrimonio del club, que son sus jugadores.
El vaticanismo comunicativo del Madrid de Florentino y las dudas en torno a la explotación mercantil del Nuevo Bernabéu, o sobre el papel de Anas Laghari junto al presidente, y sobre todo los planes para el inevitable cambio societario, han dado tantas alas a la candidatura de Riquelme como el fallido fichaje de Mbappé y los dos años de zero titoli. Sin embargo Florentino ha logrado conjurar el ataque de los clones porque su amor y lealtad hacia el Madrid son, fundamentalmente, indubitables. Se suele decir que Florentino Pérez es un hombre muy poderoso que quita y pone periodistas en las redacciones pero la realidad, que hemos comprobado a lo largo de esta campaña electoral, es que apoyando a Riquelme estaban los popes del periodismo convencional como la COPE, el ABC, por supuesto PRISA, pero también los del periodismo alternativo como Vito Quiles, Negre, el eurodiputado Alvise…
Ahora empieza un nuevo mandato florentiniano que tiene toda la pinta de ser un interregno, un período de transición hacia otra forma de Real Madrid tal y como el propio Pérez anunció en campaña: la apertura de un proceso de transformación avalada democráticamente vía referéndum aunque, en realidad, estas elecciones han sido de facto un refrendo de las intenciones de Florentino de anticiparse a un nuevo asalto, esta vez más fuerte, de la smart people de la calle Jorge Juan, de Pozuelo y del Averno del pasado, al Madrid. Como los caminos del madridismo son ríos de nostalgia que van a dar a la mar de la memoria luminosa, Florentino renueva el cargo acompañado de Mourinho, que vuelve de Elba como Napoleón para, quizá, torcerle la mano al Destino y evitar un Waterloo.
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Ganamos todos señor Valderrama. No hay madridistas buenos o malos. Me niego a pensar que un tercio de los socios son rencorosos o quieren lo peor para el club. Es absurdo. El tiempo dirá si nos equivocamos o acertamos, pero no califique a nadie por su voto, eso solo lo descalifica a usted.