Cuando el abuelo empezó a cogerle manía a Vinícius, todos interpretamos que eran los síntomas de la demencia diagnosticada un año antes. Se te olvida si ya desayunaste o no, vacilas para encontrar las palabras y te parece que Vini es malísimo. Conductas, en definitiva, que denotan cambios cognitivos propios de algún trastorno neurológico degenerativo.
Luego nos dimos cuenta, sobre todo gracias a las redes sociales, de que mi abuelo no era el único. Muchísimos otros madridistas aborrecían también a Vini, y ninguno de ellos tenía Alzheimer ni ninguna otra dolencia de ese tipo, no al menos aparentemente. A todos los nietos nos parecía raro, puesto que Vini nos resultaba cojonudo. Sin embargo, a pesar de que los años pasaban y el brasileño se convertía en la gran estrella del mejor club del mundo, al que hacía campeón de Champions dos veces y ganaba otros muchos títulos, un sector del madridismo de X y del propio estadio se la tenía jurada a nuestro icono sin necesidad de tener diagnosticada ninguna alteración en sus facultades, como sí la tenía diagnosticada el viejo. Su tirria se agrandaba partido a partido. Se había convertido en el mayor de los odiadores del chico.
Los domingos íbamos a su casa a ver el partido con él. Se sentaba en pantuflas en su butaca favorita y se apretaba un whisky mientras seguía en la televisión las evoluciones del equipo de sus amores. Nadie sabía a ciencia cierta qué efectos obraría en su estómago el cóctel de Lagavulin y queitiapina, pero cualquiera se lo quitaba. Uno de los efectos adversos de la mezcla era, aparentemente, y si ello fuera posible, una exacerbación de sus sentimientos negativos.
—¡Mírale! ¡Ya la ha vuelto a perder! Regatea, regatea y regatea y luego nada. Os lo digo: ¡con un lacito!
Lo del lacito era su penúltima obsesión. Eso de que muchos madridistas empaquetarían a Vini y lo mandarían a Arabia Saudí, “por cien millones y con un lacito”, se lo había oído a algún locutor de la cadena Cope, hoy afortunadamente extinta. A mí el sintagma me daba una grima horrible. ¿Vender a Vini? ¿Por qué? ¿Con un lacito, encima?
—¡Con un lacito, ya os digo! Siempre toma la decisión equivocada. ¡Y ya está protestando! ¡Mírale! Necesita apoyo psiquiátrico. Desestabiliza al equipo con sus continuas quejas.
—Pero, abuelo, que le forran a patadas y encima el rival nunca ve tarjeta— le decía el primo Carlos.
—Tiene que aprender a controlarse. Patadas también le daban a Amancio y a Butragueño y no montaba esos circos. Por cierto, ¿qué tal tu madre?
La madre de Carlos (o sea, la tía Claudia, o sea, la hija mayor del abuelo) había muerto varios años atrás, pero de vez en cuando se le olvidaba. ¿Quiénes éramos nosotros para recordarle el drama?
—Está estupendamente, abuelo— respondía Carlos.— Me ha dicho que te dé un beso. Ya sabes lo dolorida que anda con su hernia. Casi no sale de casa. Por eso no viene a verte.
—Ah, es verdad, se me olvidaba. Ya sabes que se me olvida todo. Si mañana se muere, también se me olvidará, jajajaja. ¡Pero mírale! ¡La ha vuelto a perder! Solo tiene una jugada y encima siempre la acaba mal.
Los berrinches que el abuelo se agarraba con Vinícius nos tenían a todos francamente preocupados, no porque se nos presentaran como una gran injusticia (al fin y al cabo, Vini vivía perfectamente ajeno a las diatribas de nuestro patriarca), sino porque podían terminar siendo nocivos para su salud. Por eso vimos el cielo abierto cuando, en el verano de 2026, sucedió algo relativo al jugador pero aparentemente extrafutbolístico, si es que hay algo que pueda acontecer a un profesional del balompié que no revista consecuencia alguna para su carrera. Vinícius, aquel verano, decidió someterse a una intervención estética que le afiló el mentón. Quedó indudablemente más guapo, pero sobre todo quedó, al menos a nuestros ojos, esencialmente irreconocible.
He olvidado de cuál de nosotros nació la idea. Probablemente fuera mi hermana Sonia, siempre tan creativa. Parecía evidente que correspondía aprovechar la circunstancia para ahorrar al abuelo tanto sofoco. Ni le venía bien ni nos agradaba escucharle decir tantas y tan agrias bobadas.
—¿Te has enterado, abuelo? Parece que Florentino te ha hecho caso por fin y hemos traspasado a Vinícius al Bayern.
—Qué me dices…
Los ojos del abuelo brillaron con ese destello que solo confiere la mezcla de las buenas noticias y la mala cabeza. Estábamos en una de tantas visitas de pretemporada en su casa de la calle Ardemans. Hacía un calor del demonio y el ventilador acunaba nuestra conversación y sus delirios.
—Lo que oyes— dije yo.— Hemos vendido a Vini y ya tenemos aquí a su sustituto.
Con un gesto, indiqué a Sonia que interviniera, señal a la que mi hermana respondió mostrando al abuelo, a través de su móvil, la cara retocada y prácticamente nueva del extremo brasileño.
—Este es nuestro nuevo delantero, abuelo— intervino Carlos.— Se trata de Fuchinho, el atacante más prometedor del campeonato de aquel país. Ha deslumbrado desde la banda izquierda del Fluminense. Tiene 19 años, aunque parezca más talludito, y se desenvuelve por la misma zona del campo que lo hacía Vini.
—Pero mejor— repuso el abuelo, como sirviendo de altavoz a sus propias esperanzas.
—Pero mejor— le reafirmó Sonia.— Ya no sufrirás más con Vini. Hemos estado viendo vídeos de Fuchinho y te podemos asegurar que es otra cosa.
—Es otra cosa…— repitió el abuelo con avidez, las pupilas extraviadas en el infinito de un idílico porvenir futbolístico.
—Ya verás. El día 22 es el primer partido de la nueva temporada, contra el Espanyol. Vendremos aquí a verlo contigo. Estamos seguros de que Fuchinho te va a encantar.
Fieles a nuestra promesa, aquel 22 de agosto acudimos prestos a la cita con el abuelo. Prestos pero algo nerviosos, claro. Digamos que seguía una política irregular en lo de regir o no regir. Tan probable era que se la diéramos con queso como que se percatara de la añagaza. Al principio pareció enteramente lo segundo, pero estábamos preparados para ello. Sabíamos cómo reaccionar. Habíamos previsto el obstáculo.
—Pero… pero… ¡en la camiseta pone: 7 VINI JR.!
—Claro, abuelo. Aunque a ti no te guste Vini, es una inspiración para los jóvenes cracks en ciernes que salen de Brasil. Fuchinho ha prometido que lucirá el dorsal y el nombre de su ídolo en homenaje a él.
—Esto es como cuando se retira el dorsal de un jugador que ha sido muy importante pero al revés— terció Carlos.— Es un homenaje por presencia de dorsal en lugar de por ausencia. Parece que va a llevar el número y el nombre de su predecesor mientras dure esta campaña, que es su primera en la plantilla. De todos modos tú fíjate en su cara y en su juego. ¡No tienen nada que ver!
En medio de una calma tensa, fuimos verificando cómo el abuelo tragaba. Una sonrisa se fue dibujando en su rostro. Nosotros vivíamos para esa sonrisa. Queríamos tanto al abuelo.
A medida que transcurría la 26/27, el abuelo se enamoraba más y más del desempeño sobre el césped de Fuchinho. El equipo iba primero en liga y pasando ronda tras ronda de Champions, en parte gracias al dribbling eléctrico y la capacidad de desborde del nuevo fichaje.
—Da gloria verle— decía el abuelo, embelesado en regates, golazos y asistencias.— Este chico también es un poco individualista, pero juega con sentido. Se queja al árbitro de vez en cuando, sí, pero no tanto como el otro, y con otros modales. Este sí es digno de nuestros valores.
La historia de amor entre el abuelo y Fuchinho siguió y siguió y siguió. Minimizaba los errores de su nuevo futbolista predilecto, y magnificaba sus aciertos hasta extremos lindantes con el fanatismo. Fuchinho se convirtió en la nueva pasión del abuelo.
—Lo único que no me gusta— nos decía— es eso de que siga llegando el nombre y el número del otro a la espalda. ¡Menudo petardo era aquel! ¡De buena nos libramos con ese traspaso! Estoy deseando que llegue ya el año próximo para que se acabe el homenaje y poder leer en su chepa el nombre de nuestra estrella. ¡Fuchinho!
Cuando expresaba ese último deseo, nos mirábamos con preocupación y disimulo, con un adelanto de sonrojo. Pero en fin. Ya pensaríamos cómo reaccionar cuando se presentara esa tribulación. A cada temporada le basta con sus cuitas, de igual modo que a cada hombre le debería (o no) bastar con su mentón.
No habría por desgracia ocasión de volver a poner a prueba nuestro ingenio para salir del atolladero. No habría próxima temporada. Tras una victoria especialmente convincente del Madrid, con doblete de Fuchinho incluido, el abuelo anunció que se encontraba regular y que se iba a acostar. Con la ayuda de Jenny, la chica que le cuidaba, le ayudamos a ponerse el pijama, le arropamos bajo la manta canturreando el himno de las mocitas y nos despedimos de él hasta el próximo partido. Nunca despertó.
Ya sabéis que en la tienda oficial del Madrid, tras adquirir la camiseta blanca con ribetes verdes y rosas, puedes serigrafiar a la espalda lo que estimes oportuno. La zamarra con el 7 de Fuchinho adornó el féretro en la capilla ardiente, y hasta juraría que el último ídolo del abuelo le dedicó el siguiente gol, con aquel índice al cielo, al hombre a quien tanto quisimos.
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Encantador
Veremos otro Vini con Mourinho. Recibirá consejos en portugués, que no es poco, de otro entrenador que podría ser su padre. El hater seguirá en lo suyo, eso no tiene arreglo, aunque le den su balón de oro de una maldita vez. Pero el abuelo estaría feliz.
Lo mismo el abuelo triunfa este año…
Jajajajja. Que bueno
Roc Nation : Vini y Diomande.
El club negocia con la agencia para sacar a Vini este verano y dejar dinero, a cambio de meter a Diomande, que es otro de sus representados.
Dos plusvalías para la agencia, prima que se lleva Vini por parte del club y el club se queda con su sustituto y dinero que el año que viene no hubiera rascado si no se hubiera llegado al acuerdo. Todos ganan.
No sé si le venderán, pero Vini es y será un jugadorazo y un ídolo. La campaña que ha sufrido es digna de estudiarse en la facultad de Psicología.