Pocas cosas te empujan con tanta intensidad hacia la edad real, la de tu DNI, como ver crecer a los futbolistas que admiraste de niño. Mientras escribía estas líneas me he topado con la noticia de que Emilio Butragueño cumplió ayer 63 años. La bofetada del calendario me ha dejado escorado y canoso.
Arena, pista o césped. Todo llevaba desgastados dibujos de Naranjito, o acostadísimas letras de Coca-Cola igualmente desvaídas. Porterías sin red. Porterías sin postes. Porterías sin porterías, mochilas como apóstrofes en la nada. Ropa deportiva, o traje de baño y camiseta, o uniforme escolar, zapatos rotos, y enfado de mamá. Balones pelados, canciones de Hombres G, y odiosos deberes de Matemáticas. Jugaba al fútbol a todas horas, y los días que no llevaba su camiseta jugaba peor. Jugaba además en su misma posición y, al marcar un gol, no hacía el indio Cherokee como todos los futbolistas hoy, sino que, a la manera del Buitre, corría unos metros hasta dar un pequeño saltito vertical levantando discretamente el brazo, en mi caso, no mirando a las gradas atestadas de seguidores, sino hacia la nada absoluta, menos enfervorizada pero más complaciente con mi torpeza goleadora.
Después de él han venido algunos otros capaces de detener el tiempo en la frontal de área, ante una maraña de ansiosos defensas, y arrancar de cero a cien en un instante, dejando paralizados a propios y ajenos, como estatuas de sal, mientras el balón danzaba al fondo de la red. Lo ha hecho mil veces Cristiano Ronaldo, por supuesto, lo hace Mbappé, y hasta lo hacía de maravilla un tipo ya olvidado, pero que me gustaba mucho, el Turu Flores, futbolista sin ningún aspecto de futbolista que brilló durante años en el Deportivo de La Coruña. Pero ninguno de ellos se parece al Buitre, con esa clase tan propia y ese ademán nada físico, como si no estuviera haciendo esfuerzo alguno, como en un partido de patio de colegio.
De un tiempo a esta parte, durante la retransmisión de partidos, temo el momento en que las cámaras se van al palco, porque allí es donde mejor se ve el paso del tiempo, cuando aparece el primer plano de jugadores retirados que fueron estrellas, que nos hicieron gritar de alegría, y que ahora caminan ya hacia la noble edad del aperitivo dominguero y el paseíto al sol con los nietos colgando de las manos; por no hablar de los que se han entregado en exclusiva a lo de los aperitivos y ahora ocupan tres veces el espacio que ocupaban, que son la cima de nuestra melancolía futbolera.
No sé dónde habrán ido a parar mis pósters de la Quinta, las postalillas, aquel precioso llavero con la forma del escudo del Real Madrid que me regaló mi abuelo antes incluso de que tuviera llaves que ensartarle, las botas con la franja morada y blanca, el divertido autógrafo de Paco Buyo, o los recortes de prensa de los lunes después de las grandes goleadas de los nuestros. No sé dónde ha ido a parar todo eso, pero sí sé, en cambio, dónde encontrarlo en la memoria, en medio de recuerdos tan plásticos que podría abrazarlos hoy; porque si cierro los ojos noto con exactitud la textura del papel de revista de aquel póster desplegable –inconfundible la rotura de la grapa, tan agrandada por el tiempo que al final cabía por ella un vagón de la antigua Línea 8-, o el tacto helado del llavero, o la servilleta de “gracias por su visita” autografiada, de cuando las servilletas de los bares eran baratas pero completamente inútiles para cualquiera de sus propósitos originales.
Al ver crecer a nuestras estrellas de ayer nos hundimos en la circunstancia, cruel o feliz, de que envejecemos con ellos. Pero al verlos crecer, también, podemos sonreír al pensar que el madridismo primero de aquellos días no era solo un juego infantil, sino el comienzo –y no lo sabíamos- de una bonita historia de amor que nos ha ido llenando la vida de alegrías una y otra vez, y que todavía hoy sigue agrandando, en llaveros, camisetas y pósters como goles, la vitrina de la memoria de los días felices.
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