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Sobre los insultos homófobos a Bellerín

Sobre los insultos homófobos a Bellerín

Escrito por: Miguel Cuesta6 septiembre, 2026
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Gracias, Angulo

 

 

Durante años, Iñaki Angulo fue ganando espacio dentro del madridismo de redes sociales. Periodista vinculado en sus inicios al Deportivo Alavés —sobre cuya historia llegó a publicar un libro—, encontró en el Real Madrid una plataforma desde la que construir una comunidad mucho mayor. Para algunos, utilizó al club para hacerse un nombre; para otros, simplemente supo leer mejor que nadie el nuevo ecosistema de la comunicación deportiva. En definitiva, como tantos, se aprovechó del tirón del Real Madrid para crecer en ese nicho de mercado.

Su gran salto de popularidad llegó después de denunciar las presuntas amenazas recibidas por Vinícius tras el episodio racista de El Chiringuito. Aquel día, muchas personas vieron en él una voz valiente: alguien dispuesto a enfrentarse a un medio poderoso para defender a un futbolista que estaba siendo víctima de racismo.

Angulo conectó entonces con una parte importante del madridismo. Gustaba su manera de hablar sin filtros, su vehemencia, su ironía y esa sensación de que se atrevía a decir lo que otros callaban. El problema es que el personaje fue creciendo hasta la deformidad y ha terminado devorando definitivamente a la persona.

Lo han sufrido muchas personas de bien, entre otros el editor de este medio, Jesús Bengoechea, a quien no solo acosa con permanentes insultos en su canal, sino a quien además ha calumniado hace pocos días. Pero ha sido ahora cuando la última gota de odio ha colmado el vaso de la gente de bien. Después del Betis–Real Madrid, Angulo dedicó varios minutos de su directo a referirse a Héctor Bellerín mediante expresiones homófobas, burlándose también de que se pinte las uñas, de los libros que lee y de sus posiciones políticas. No fue un desliz aislado ni una palabra pronunciada accidentalmente en mitad de una discusión. Fue algo que repite constantemente en su contenido.

Conviene decirlo claramente: aquello fue humillación.

Durante demasiado tiempo, su agresividad fue celebrada como autenticidad y acidez. Cada exabrupto generaba reproducciones; cada insulto, risas; cada enemigo nuevo, una comunidad más cohesionada alrededor de él. Como sucede con ese niño cuyas primeras travesuras hacen gracia y que termina descubriendo que intimidar también concede poder, Angulo fue comprobando que cuanto más cruzaba los límites, mayor era la atención recibida. Se convirtió en un bully, en un acosador, en ese niño “popular” de clase que termina teniendo amistades por miedo y no por simpatía (igual que los que insultan a Vini en la grada. Sí, es bullying).

Esto no significa que deba prohibirse cualquier opinión incómoda. Vivimos atrapados entre quienes quieren cancelar inmediatamente al que piensa diferente y quienes llaman “censura” a cualquier crítica dirigida contra ellos. Pero rechazar un discurso degradante no es perseguir una idea. Una democracia debe proteger el derecho a expresar opiniones políticas, incluso las que nos resultan desagradables. Lo que no estamos obligados a aceptar como normal es que una persona utilice su altavoz para convertir la orientación sexual, la apariencia o la ideología de otra en instrumentos de humillación. Porque las palabras no desaparecen en el vacío, se quedan en la mente individual y colectiva.

Las escucha una audiencia muy amplia y, dentro de ella, muchos jóvenes que están aprendiendo qué comportamientos otorgan reconocimiento social. Si comprueban que insultar al diferente proporciona fama, dinero, seguidores y aplausos, el mensaje educativo es devastador.

No se trata únicamente de que alguien pueda “sentirse ofendido”. Esa expresión desplaza la responsabilidad hacia quien recibe el ataque, como si el problema fuera su falta de resistencia emocional. Las personas no solo “se sienten ofendidas”, como ha dicho Angulo en una torpe disculpa: se las ofende. Y quien tiene una comunidad de cientos de miles de seguidores posee una responsabilidad proporcional al alcance de su voz.

También debemos aprender a separar la crítica legítima a un gobierno del desprecio hacia millones de ciudadanos. Se puede cuestionar con toda la dureza necesaria a un dirigente, un partido o una decisión política. Pero una persona que vota unas siglas no es idéntica al político que lucha por conservar el poder. Reducir a los ciudadanos a “rojos incultos”, convertir en “moros peligrosos” a todo un colectivo, invasores, enemigos o inferiores, no mejora el debate público: lo destruye. Y esas palabras clasificadoras de seres humanos las pronuncia Angulo cada vez que tiene ocasión. La historia ya nos ha enseñado lo que ocurre cuando una sociedad comienza a asumir que quien piensa, ama, cree o vive de manera diferente merece menos respeto.

Existe, además, una responsabilidad incómoda en quienes han compartido espacio con Angulo. No corresponde juzgar públicamente las razones por las que algunos colaboradores o amigos continúan apoyándolo o han dejado de apoyarle cuando han visto que la denuncia era generalizada. La amistad verdadera no consiste en reír todas las gracias ni en justificar cualquier comportamiento. Si un amigo está corriendo hacia un precipicio, ayudarlo no es animarlo a acelerar. Así como tampoco es una ayuda abandonarlo en su locura. La amistad valiente a veces consiste en ayudar a que los ojos, y la mentalidad, se abran.

Quizá alguien debería haberle dicho hace tiempo que el personaje se estaba volviendo cruel, que la audiencia ya no se reía con él, sino del daño que era capaz de causar. Que estaba confundiendo valentía con violencia, autenticidad con falta de control y libertad con ausencia de responsabilidad. Que ya no hacía periodismo, aunque invitara a periodistas. Que lo que hacía era ganar dinero a costa de la salud mental de muchos jóvenes.

También me he debatido durante mucho tiempo sobre el silencio y la denuncia. Llevo tiempo señalando sus discursos, al mismo tiempo que soy consciente de que las perversas redes sociales premian la mención, el repost, el comentario…independientemente de que sea una crítica o un halago. Pero el silencio tampoco es la respuesta. Con él, mandamos un mensaje peligroso: que ese macabro lenguaje es lo normal. Y no lo es. Por eso estamos en la obligación de denunciar este comportamiento cuando lo detectemos.

La caída de Iñaki Angulo no debería celebrarse como una venganza. Tampoco debería servir para responder al odio con más odio. Lo verdaderamente valioso sería que este episodio provocara una rectificación sincera, no una disculpa estratégica destinada únicamente a conservar seguidores y patrocinadores como hemos visto en su primera reacción. Algo verídico y productivo.

¿Merece la pena ganar dinero a costa de generar odio y de humillar a ciertas personas? Yo creo que no. Pero el dinero manda y seguirá habiendo personas como él dispuestas a todo. Rectificar, sin embargo, significaría comprender por qué sus palabras fueron inaceptables, asumir el daño causado y modificar de verdad la manera de comunicarse.

Desaparecer no siempre es la mejor solución. A veces es mucho más útil que alguien cambie delante de la misma audiencia que lo vio equivocarse.

Seguramente, si estas líneas le llegan, su primera reacción será de insulto, menosprecio y agresividad. Pero, de verdad Iñaki, me gustaría que no fuera así porque tienes en tu mano la posibilidad de reparar todo el daño que has hecho y ser un ejemplo. Y, si eso pasa, seré el primero en aplaudir tu valentía. Si, en cambio, me insultas…dirá mucho más de ti que de mí. Como es habitual.

Para que exista una segunda oportunidad debe haber primero conciencia, responsabilidad y reparación. Sin ellas, no habrá aprendizaje. Solo habrá otro personaje esperando a ocupar su lugar, preparado para descubrir hasta dónde puede llegar mientras continuemos riéndonos de barbaridades.

Por todo ello le doy las gracias a Angulo. Porque nos ha regalado la oportunidad de que revisemos todos lo que consumimos, lo que reposteamos, lo que nos hace gracia y a lo que damos un like. Haz una cosa conmigo. Cambia las palabras de Iñaki y a quién van dirigidas. Si se mofara de un culé por su condición sexual, si llamara deficientes mentales a los votantes de derechas, si llamara maricón al jugador de tu eterno rival, ¿te haría gracia entonces? Si tu respuesta es sí, también tienes que hacerte un examen interno y recapacitar.

No tengo ninguna fe, pero no por ello voy a dejar de denunciar la violencia. Sí, soy censor del odio.

 

Getty Images

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2 comentarios en: Sobre los insultos homófobos a Bellerín

  1. Hace bastante tiempo que dejé de ver a Angulo, por las razones que se explican aquí. Ahora se ha pasado varios pueblos. Parece una caricatura de sí mismo.

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