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Saltar el tiburón

Saltar el tiburón

Escrito por: Juan Luis Chulilla22 julio, 2026
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Seguro que le ha ocurrido alguna vez, querido lector. Una serie le engancha desde el primer capítulo. Los personajes tienen sentido, los diálogos funcionan y las tramas avanzan con naturalidad. Llega la segunda temporada y todo sigue en su sitio. Incluso la tercera mantiene el nivel. Sin embargo, en algún momento empieza a notar algo extraño. No sabría decir exactamente qué ha cambiado, pero aquello ya no es lo mismo. Los personajes empiezan a tomar decisiones absurdas, aparecen giros de guión previsibles, y cada episodio parece faltarle el aire fresco más que al anterior. Usted sigue viendo la serie un tiempo, quizá por cariño o por inercia, pero en el fondo ya la ha abandonado.

En el mundo anglosajón existe una expresión magnífica para describir ese momento: jumping the shark, "saltar el tiburón".

El origen del término está en un episodio de Happy Days. Después de varias temporadas de éxito, empezó a bajar la audiencia y la respuesta de los guionistas fue que uno de sus protagonistas, Fonzie, llevara a cabo una hazaña memorable: esquiar descalzo sobre el agua y saltar por encima de un tiburón. La ejecución logró el prodigio de empeorar la idea inicial, y en lugar de hazaña hubo risas durante semanas. La escena pretendía revitalizar la serie, pero en lugar de eso precipitó su final. Con el paso de los años, "saltar el tiburón" acabó convirtiéndose en una expresión de la industria para describir el instante en que una obra rompe el pacto que había establecido con su público.

Porque ese es el verdadero asunto.

Las series no venden únicamente entretenimiento. Venden un pacto.

El espectador acepta que los personajes no existen, que los diálogos han sido escritos por alguien y que cada plano responde a una decisión del director. A cambio, exige una única condición: que el universo que le presentan sea coherente consigo mismo. Puede aceptar dragones, viajes en el tiempo o naves espaciales más rápidas que la luz. Lo que no acepta es que las reglas cambien cada vez que el guionista necesita salir de un callejón sin salida o prolongar una serie que debió terminar dos temporadas antes.

Los buenos guionistas conocen perfectamente ese equilibrio. Deben sorprender, pero no traicionar. Pueden introducir giros inesperados siempre que, una vez producidos, parezcan inevitables. Hacer evolucionar a los personajes sin convertirlos en caricaturas de sí mismos. Es una tarea extraordinariamente difícil, porque la tentación de romper las reglas siempre está ahí. Cada temporada necesita mantener la audiencia. Cada plataforma quiere una temporada más. Cada productor piensa que todavía queda algo de dinero encima de la mesa.

Y, sin embargo, cada concesión tiene un precio. No suele pagarse inmediatamente. El espectador rara vez abandona una serie el mismo día en que ésta salta el tiburón. Sigue unos capítulos más. Incluso una temporada entera. Pero la conexión ya se ha roto. El siguiente estreno ya no le encontrará delante del televisor con la misma ilusión.

EL ESPECTADOR PUEDE PERDONAR MUCHAS COSAS. LO QUE NO PERDONA ES QUE EL ESPECTÁCULO ROMPA EL PACTO QUE HABÍA FIRMADO CON ÉL

Volvamos al fútbol. También el fútbol vive de un pacto. Uno mucho más sencillo que el de cualquier serie de televisión.

El fútbol no promete que gane el mejor. No puede hacerlo. Tampoco promete justicia absoluta, porque el error forma parte del juego desde hace más de un siglo. Lo que promete es algo bastante más humilde y, precisamente por ello, mucho más importante: que ambos equipos competirán bajo las mismas reglas y que todos aceptarán el resultado porque creen que esas reglas han presidido el encuentro.

Eso es todo. La incertidumbre, que constituye el principal activo del fútbol, nace exactamente de ahí.

Tendemos a pensar que el fútbol vende estrellas, derechos televisivos o estadios llenos. Es una consecuencia lógica de observar las cifras que mueve esta industria. Sin embargo, ninguno de esos activos existiría sin el anterior. La verdadera mercancía del fútbol es la credibilidad de la competición. Todo lo demás se construye encima.

El Negreirato: lo indebatible y lo debatible

Por eso el fair play no es un adorno moral ni un concepto romántico inventado para discursos institucionales. Es una necesidad empresarial. Es la condición indispensable para que el espectador siga creyendo que merece la pena invertir dos horas de su vida delante de un partido.

No hace falta que exista una corrupción generalizada para poner ese activo en peligro. Basta con que una parte creciente de los aficionados empiece a sospechar que las reglas ya no significan lo mismo para todos. La percepción, en una industria del entretenimiento, acaba siendo casi tan importante como la realidad.

Italia descubrió esa lección hace ya dos décadas.

Cuando estalló el Calciopoli, la Serie A seguía siendo una de las grandes referencias del fútbol mundial. Reunía algunos de los mejores jugadores, de los mejores entrenadores y de los clubes con más historia del continente. Sin embargo, el golpe más profundo no fue deportivo ni judicial. Fue reputacional. Una parte de los espectadores dejó de mirar el campeonato con los mismos ojos. Recuperar esa confianza llevó mucho más tiempo que reconstruir plantillas o equilibrar balances.

EL CALCIOPOLI NO SÓLO DAÑÓ A VARIOS CLUBES. DAÑÓ EL PRODUCTO QUE TODOS ELLOS VENDÍAN

La diferencia es que hoy el fútbol juega un partido mucho más difícil que entonces. Hace veinte años competía, sobre todo, contra otros deportes y unas pocas formas tradicionales de ocio. Hoy compite por el recurso más escaso del siglo XXI: la atención. El adolescente que duda entre ver un partido ya no tiene como única alternativa otra cadena de televisión. Puede abrir TikTok, encender la consola, ver una serie en una plataforma, seguir una carrera de Fórmula 1, un combate de la UFC o un partido de la NBA. El fútbol ya no posee el monopolio emocional de varias generaciones. Y eso cambia completamente las reglas del negocio.

El aficionado de sesenta años probablemente seguirá viendo fútbol aunque proteste cada fin de semana. Lleva media vida emocionalmente invertido en su equipo. El de dieciséis, aún no. Si concluye que el pacto implícito del fútbol se ha deteriorado, simplemente dedicará su tiempo y su dinero a otra forma de entretenimiento que sí conserve el suyo.

Las grandes industrias culturales llevan décadas aprendiendo una lección muy sencilla. Es extraordinariamente difícil conquistar a un espectador. Es mucho más fácil perderlo. El fútbol haría bien en recordarlo antes de descubrir que también él ha saltado el tiburón.

 

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