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Diario de un madridista confinado (día 46)

Diario de un madridista confinado (día 46)

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1 de mayo de 2020

Viernes, primero de mayo, Día Internacional del Trabajador, es decir, hoy rendimos homenaje a Álvaro Arbeloa y a Lucas Vázquez mientras el resto comemos palomitas tumbados en el sofá.

Aprovecho el tiempo que proporciona la festividad para ponerle letra a la música que compuso mi amigo tuitero el segundo día de este diario. Se puede apreciar la prisa que me he dado. Además, es su cumpleaños, felicidades. También escribe muy bien en La Galerna.

Me recomiendan hacer yoga y hago un rato en mi habitación, con la puerta cerrada y sin pregonarlo, que luego me empiezan a preguntar los periodistas y es un tostón. No soy capaz ni de sentarme con las piernas cruzadas como los indios. Los indios norteamericanos, no los de la ruta de las especias ni los del Atleti. Mis articulaciones están gripadas, parezco una morsa a las órdenes de José Mourinho. Por fin hago una postura bien, la última; consiste en tumbarse boca arriba con los ojos cerrados y relajarse. Esa la clavo, incluso puede que me duerma un rato sin querer. Me dicen que no me rinda, que en pocos días se mejora y se notan los resultados.

Tras la primera actividad física en mes y medio —como cuando Ronaldo volvía del carnaval de Brasil— veo en la cuenta de Twitter de El Sereno de Madrid, una lechería de los años 50 de la capital en la cual utilizaban réplicas de Copas de Europa a escala 3:5 para servir la leche. Aquí podemos encontrarnos ante un caso de plagio de la propiedad intelectual e industrial. Bien por parte de los lecheros que copiaron el modelo de la orejona, bien por el lado del diseñador de la copa. Me inclino por esto último. El primer trofeo de la Copa de Europa fue donado por L'Équipe, por lo que no es difícil imaginar que un francés con mala leche visitara Madrid en alguna ocasión, fuese a reponerla por leche de calidad y quedase prendado del diseño de las jarras que utilizaba el señor que le despachó el zumo de vaca. De vuelta a París, y ante una crisis de creatividad, no dudó en plagiar el diseño añadiendo otra asa a la jarra.

El descubrimiento del origen ilícito del trofeo de la Copa de Europa me deja exhausto. Para comer, mi madre ha preparado la pieza del carnicero —en sentido metafórico— en salsa con puré de patata. Exquisito. La carne se deshace según la masticas del mismo modo que lo hacen las expectativas vitales a la par que se crece.

Después, un buen café de La Mexicana acompañado de anís. De la botella del Mono queda poco y compramos otra de anís La Castellana. Ambas posan sobre la mesa con su textura adolescente de acné. Me dicen que cada una de las marcas está asociada en origen a uno de los bandos de la Guerra Civil, motivo por el cual es más agradable que ahora las tomemos a un tiempo. No deja de ser como beber reconciliación nacional.

 

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