Yo he venido aquí a explicar que lo de anoche es más explicable que lo de las otras noches. Ya no sabe uno si decir algo así es sumar o restar méritos al Madrid, emparentado ya para siempre en el inconsciente colectivo, gracias a esta campaña irrepetible, con una versión especialmente irracional de sí mismo que duele un poco matizar. Nunca gusta matizar la literatura, como no gusta que un aguafiestas desvele el truco del ilusionista. Dado que en este realismo mágico para muchedumbres ya sobran trovadores de lo de la magia, yo prefiero centrarme en el realismo.
El Madrid jugó ayer infinitamente mejor que en el partido de ida, y mucho mejor también que en la vuelta ante PSG y Chelsea, victorias inolvidables pero más atribuibles al puro ensalmo colectivo. En ese sentido, y aunque sea menos encantador pensarlo, tiene más sentido (signifique lo que eso signifique) el hecho de que los de Carletto se clasificaran. Jugaron mejor y por tanto —¿por tanto?— pasaron. Defensivamente, y con la excepción del desequilibrio táctico que desembocó en el tanto de Mahrez, los blancos estuvieron impecables, y precisamente hasta ese gol habían jugado a la par con el City. En lo ofensivo, aun sin brillar a gran altura, habían generado ocasiones como para haber empatado la eliminatoria. El hecho de que no lo lograsen hasta agotar el descuento, cuando ya nadie en su sano juicio habría apostado por ese desenlace, sí que parece más atribuible a alquimia, pero el que la empataran no se da de tortas en sí mismo con los méritos futbolísticos contraídos. Algo que, por ejemplo, sí podría decirse de la espectacular remontada ante el PSG.
Yo he venido aquí a explicar que lo de anoche es más explicable que lo de las otras noches. Dado que en este realismo mágico para muchedumbres ya sobran trovadores de lo de la magia, yo prefiero centrarme en el realismo
Ya, ya lo sé. Tras marcar los de Pep, el milagro consistió en no haber encajado el segundo. Es verdad que ahí se dan un par de jugadas en las que el mérito individual de —respectivamente— Mendy y Courtois se combina inefablemente con lo paranormal. Lo de Mendy, en particular, es de Expediente X por partida doble: no se entiende que su despeje en la mismísima línea saliese hacia fuera en lugar de hacia dentro, de igual modo que las leyes de la física jamás justificarán el que al chocar el despeje del francés con la pantorrilla de Foden la pelota saliese despedida en dirección contraria a dicha línea. Qué quieren que les diga, a veces el destino burlón regatea en una baldosa mejor que Maradona. Lo de Courtois ya se entiende mejor, siempre y cuando aceptemos que lo de Casillas con Robben en Sudáfrica se entiende bien: es al fin y al cabo una pierna activándose con cargo a los reflejos más felinos. En esas dos jugadas prácticamente seguidas selló el City su infortunio. Al Madrid no se le dan balas porque las aprovecha, hace girar el tambor del revólver y las deja a merced del gatillo de forma invariable.
El modo en que los blancos las aprovecharon (las balas, digo) es ensalmo, pero también es puro fútbol. Por entonces Carletto ya había movido el banquillo, y quienes había puesto sobre el campo no eran ni el dios Ra ni Dr. Strange, sino personas que van al baño como usted y como yo, a saber: Rodrygo y Camavinga, seres humanos pertenecientes no solo a esta dimensión sino a la lista de convocados para el partido, con su ficha federativa y todo. O sea, que la cosa es mágica porque llueve sobre mojado pero en el fondo es perfectamente mundana. Dos tíos salen del campo por la banda y en su lugar ingresan otros dos, tras comprobarse que los tacos de sus botas tienen la altura reglamentaria. Resulta —¡resulta!— que esos cambios salen bien. Hay poca brujería en eso. Rodrygo marca dos goles y Camavinga se convierte en el hombre del encuentro, dando a Benzema la preasistencia del primero y protagonizando una escapada extraordinaria que, ya en la prórroga, desemboca en el penalti. Rodrygo y Camavinga, justamente los mismos nombres que tuvo el realismo ante el PSG. El brasileño también salió para marcar ante el Chelsea, y si salió para marcar ha de ser porque forma parte de la plantilla. Juni Calafat sonreía en la grada sentado junto a Athos Dumas, quien puede así certificar que el principal artífice de la presencia de Rodrygo en el equipo es asimismo un hombre de carne y hueso, no la deidad azulada y radioactiva que capitanea a los Watchmen en el cómic.
Nacho y Carvajal, protagonistas de sendas actuaciones memorables, son también reales, como lo son el resto de los participantes en este evento tan cercano a la taumaturgia como a lo tangible, tan lejano de lo palpable como de lo sobrenatural. Lo contradictorio no siempre es sobrenatural, aunque a veces se quede cerca. ¿Cómo se explica que Mahrez cometiera un terrible error marcando el gol? Porque todos sabemos que así fue. Un error de bulto, una equivocación mayúscula. De no haber destapado la caja de los truenos, posiblemente habría prevalecido el empate a cero hasta el final, y hoy sería Pep quien tendría puestas sus ilusiones en París. En la capital francesa, Klopp debe aspirar a los penaltis. Es el único modo de no soliviantar al monstruo.
Getty Images.
Courtois (10)
Mantuvo al Madrid vivo. Especialmente prodigiosa su parada con elástico tobillo a Grealish que hubiera liquidado la eliminatoria.
Carvajal (9)
Volvió por sus fueros. Como en los viejos tiempos. Impecable. Asistencia decisiva a Rodrygo.
Nacho (8)
De menos a más. Colocación y sentido táctico, rápido al corte, serio al cruce. Fenomenal. El Bernabéu coreó su nombre.
Militao (8)
Se repuso de un irregular primer tiempo, desconcentrado, para imponerse en una segunda parte imperial. Acabó roto.
Mendy (6)
Sin incidencia en ataque y torpón con el balón ante la presión inglesa. Sin embargo, rebañó milagrosamente de la línea de gol un gol cantado del City en los últimos minutos.
Casemiro (6)
Pundonor. Mejor en defensa que en ataque. Sustituido.
Kroos (6)
De más a menos. Lúcido, entre centrales, apoyó mucho y bien la salida de balón del Madrid. Sustituido.
Modric (6)
Sólo pudo dar muestras de su clase a cuentagotas. Destellos. Cansado. Sustituido.
Valverde (8)
Incansable durante 120 minutos. Feroz. El Pajarito vuela alto.
Vinicius Jr (7)
Lo intenta una y otra vez sin descanso. Se batió muy bien con Walker. Acabó sacándolo del partido.
Benzema (7)
Más apagado que de costumbre, pero aún así dio el primer gol a Rodrygo y forzó el penalti decisivo.
Rodrygo (10)
El mejor revulsivo. Dos goles para salvar al Madrid. Polivalencia y clase.
Camavinga (9)
Imperial. Recital de personalidad con 19 años. Desatascó al Madrid.
Asensio (6)
Peleó, estorbó y se fajó. Hay noches que eso también vale.
Ceballos (7)
Entró en la prórroga pidiendo el balón y dando a su equipo el respiro y temple que necesitaba. Merece seguir. Tiene sitio.
Vallejo (8)
Entró en lugar del lesionado Militao en los últimos instantes de la prórroga. Menudo marrón. Pero el maño ganó todos sus duelos.
Lucas Vázquez (7)
Peleón. Dio oxígeno.
Ancelotti (8)
Todo le sale bien. Hasta unos cambios que a priori parecieron empeorar al Madrid. Hoy toca puro.
Getty Images.
Cual piraña voraz chapoteando en el bidé de Pep, mordiendo, salió el Madrid al Santiago Bernabéu frente al Manchester City. No era para menos tras el espectacular recibimiento de la afición blanca al autobús del Real en una busiana flamígera sin precedentes, digna de un Emperador de Roma tras victoria de sus legiones en tierras bárbaras, que pone en solfa todas aquellas etiquetas de mejor afición del mundo que se reparten tan alegremente al otro lado del Manzanares.
Los agobios iniciales del Etihad de resonancias arabescas —no es para menos— parecían en los primeros compases apenas un mal sueño. Tan es así que a los pocos minutos Karim desperdició de cabeza un buen centro de Carvajal que a buen seguro hubiera puesto las obras del Bernabéu patas arriba. A su lado, su escudero Vini, valiente, se batía el cobre con Kyle Walker, el lateral titular de los citizens, a mitad de camino entre un estibador de los docklands y el fornido portero de un club de techno del Soho. Ambos, como en Manchester, apretaban asimismo al arquero Ederson, Risky Ederson, apurando sus controles como si quisiera recordar a otra vieja leyenda skyblue bajo los palos; Calamity James. Por el momento no hubo desgracia, quizás por la combinación de tatuaje taleguero que recorre el cuello de Ederson y combina extrasensorialmente con una happy face de guardería —acid house noventoide— bajo la oreja del arquero.
El partido, caliente. El Bernabéu bullía. Y pronto, muy pronto, a los siete minutos una lamentable tangana propia del ADN Barça de Soriano, Txiki y el propio Pep, fue provocada por el internacional francés de la Roja (también vasco para el Athletic) Aymeric Laporte. La trifulca, con bofetada blanda a Modric tras empujón bravío del balcánico incluida, se saldó con una salomónica amarilla para ambos del colegiado italiano Danielle Orsato. El transalpino, cagón durante todo el encuentro, culminó su estrafalaria decisión dándose un cabezazo con Walker al agacharse a recoger el balón.
Mientras tanto, la asfixiante presión de los Pep´s Men sufrida en Manchester no era tal. Con Toni Kroos, lúcido, entre centrales el Madrid ofrecía una pulcra y aseada salida de balón, apenas perturbada por algún apagón de concentración de Militao. Así, a los once minutos, Karim disparo fuera a bote pronto tras una buena conexión en la derecha entre Carvajal y Valverde. A los 17´, Vini resolvía por encima del larguero un atropellado ataque directo merengue, que Rubén Dias achicó como pudo cual fontanero enfrentado a un radiador en erupción. Hasta entonces, sólo un disparo centrado de De Bruyne fue el bagaje de los visitantes.
A partir de la movilidad de Bernardo Silva, comenzó el City a encontrar el compás en su juego
Pep se ajustaba la golilla en su jersey de cuello vuelto.
Sin embargo, un lapsus de Militao obligó a Courtois, habitual hacedor de milagros, a lucirse con un paradón ante Bernardo Silva. A partir de la movilidad del luso, comenzó el City a encontrar el compás en su juego, un ritmo que fue abruptamente interrumpido por una tarascada por detrás de Casemiro sobre Foden para abortar un contraataque. La C de la CKM, viejo zorro, dio cuatro vueltas de campana para sortear la amarilla. Misión cumplida.
Otro que la esquivaría, por la gracia de Orsato, fue Walker con una carga desmesurada contra Vini cuando se marchaba solo. Jugada para Al Cosín, sin duda.
La providencia castigó no obstante al Madrid con un balonazo a Karim en “zona dolorosa” como dijeron los locutores, o a la altura del bañador” como comentaban los cronistas de pressing catch en tu pantalla amiga.
Llegados a este punto y al filo del descanso, sólo precipitar al Bernabéu al abismo de la locura parecía que pudiera equilibrar la eliminatoria, hasta el punto de que en los instantes finales del primer tiempo pudimos ver a Militao de Zamorano y a Carvajal de Laudrup.
Abrazado al caos compareció el Madrid en el segundo tiempo. Fueron los momentos de Vini contra todos en los que una sucesión de jugadas confusas protagonizadas por Modric y el propio Vini pudieron culminar en el gol merengue de no ser por las imprecisiones en el último toque. Sea como fuere, el City comenzaba a sentir el valdánico miedo escénico. Disneylandia era entonces. Pobres. No sabían la que se les venía encima.
Abrazado al caos compareció el Madrid en el segundo tiempo. El City comenzaba a sentir el valdánico miedo escénico
Walker ya resoplaba desesperado cual fuelle navideño ante la batucada constante de Vinicius, una brega, la del brasileño ante el aguerrido inglés, que sufriente acababa siempre volviendo, acabó con el británico, reventado, junto a Pep en el banquillo. Entraba Zinchenko y Cancelo, a banda cambiada, se convertía en el nuevo par del diamante carioca.
A lomos de Vinicius y con Militao en modo mariscal de campo, completamente rehecho de su irregular primer tiempo, Guardiola, pater del tikitaka en su versión tocomocho más somnífera, decidió relevar al incisivo De Bruyne por Gundogan en busca de la misma narcolepsia que buscó hace semanas en el Wanda. Claro que el Metropolitano no es el Bernabéu.
Al otro lado, Carleto, con cien mil chicles, pero sin puro, tocaría la corneta y decidiría la entrada de Rodrygo —man of the mounth— Camavinga y Asensio en detrimento de Casemiro, Kroos y Modric en lo que pareció una triste balada de trompeta que augura cambio de guardia. Por primera vez en mucho tiempo el Madrid se jugaba las lentejas europeas sin la célebre CMK.
Sin embargo, a los 72 minutos el recién incorporado Gundogan abrió un amplio pasillo interior para Bernardo Silva, el mejor de los Pep´s Men, que abrió a su vez para Mahrez que se incorporaba fulgurante por la banda de Mendy. Al primer toque, en un disparo seco, tenso y maligno, el argelino batió a Courtois por la escuadra, la única manera de batir al mejor arquero del planeta.
Entonces sucedió.
Un fenómeno completamente paranormal: El Bernabéu celebró el tanto inglés como si fuera propio. Rugieron sus gradas como nunca haciendo bueno el meme que dice que marcar primero ante el Madrid en Chamartín no es más que una trampa endiablada.
Entonces sucedió. Un fenómeno completamente paranormal: El Bernabéu celebró el tanto inglés como si fuera propio. Rugieron sus gradas como nunca haciendo bueno el meme que dice que marcar primero ante el Madrid en Chamartín no es más que una trampa endiablada
Sin embargo, el tiempo transcurría sin mayores sobresaltos sometidos al sopor sobre el verde diseñado por el Santo de Santpedor, hasta el punto de ver a Fernandinho aguantando el balón con malas artes, agazapado en un córner, al más puro estilo Lobo Carrasco.
El Madrid, peligroso cual fiera herida, pero herido de muerte, se mostraba incapaz de lanzar ninguna dentellada contra un rival que, como les sucede a casi todos, se veía tomando un eau Perrier en una terraza de París.
El madridista de corazón Jack Grealish, fichado por una morterada este verano por el equipo de Abu Dabi, pudo acabar en dos ocasiones con el partido y la semifinal. Lo evitó primero Mendy, rebañando milagrosamente sobre la línea su disparo cruzado, y después Courtois con una parada insólita, una más, de portero de fútbol sala. Con el tobillo.
Pep desde la banda se afanaba en pedir narcolepsia a los suyos. Y sucedió que de tanto pedirla, súbitamente su equipo se durmió en los minutos en los que los que vuelan son los sueños del madridismo.
Camavinga, imperial, con una incidencia brutal sobre el partido con apenas 19 años, sirvió un preciso pase largo interior para Karim que, en un delicado primer toque, centró al área para que el más listo de la clase, Rodrygo, se adelantara a todos y empatara el partido en el último minuto. Quedaban seis de descuento. La zona Cesarini ya es zona Real.
Pep desde la banda se afanaba en pedir narcolepsia a los suyos. Y sucedió que de tanto pedirla, súbitamente su equipo se durmió en los minutos en los que los que vuelan son los sueños del madridismo
Así las cosas, con el Manchester City en estado de alarma y presionando hasta Asensio, Carvajal, sólido como antes, sirvió desde la derecha para que en el 92´, de nuevo Rodrygo, se elevara sobre todos para cabecear a la red, empatar la semifinal y convertir la alerta skyblue en pánico en el Bernabéu.
De nuevo Rodrygo y al final Foden, en un saque rápido de una falta, pudieron agitar de nuevo al marcador. Pero el Madrid de los milagros ya se había vuelto a superar y Pep, con cara de tonto. Arrancó la prórroga y pronto una cabalga prodigiosa de Camavinga concluyó con Rodrygo suelto por la derecha. Karim, apagado esta noche, tuvo sin embargo la astucia de adelantarse a Rubén Dias para recibir el pase del hijo de Modric y forzar el penalti.
No se puso nervioso.
3-1 y casi toda la prórroga por jugarse. Courtois nos deleitó con otra mano salvadora en el último minuto de la primera parte de la prolongación.
Acalambrados y exhaustos, Carletto iniciaba en la agonía del encuentro un dramático carrusel de cambios. Ceballos, valiente, entraba por Karim, Lucas por Vini y Vallejo, madre mía, en lugar de un roto Militao. A pesar de lo poco que ha jugado, ¡Jesús! si hay alguien para comerse este marrón desde luego que tiene que ser maño.
Vallejo ganó todos sus duelos mientras el Bernabéu coreaba Nacho, Nacho, Nacho.
Lo merecen todos. Este mágico Madrid estará finalmente en París, milagro a milagro, sufriendo y apretando los dientes, valiente, corajudo, inmortal.
PSG, Chelsea, City; Hay cosas que el dinero no puede comprar.
Hala Madrid.
Siempre.
Getty Images.
Arbitró el italiano Daniele Orsato. En el VAR estuvieron Massimiliano Irrati y Paolo Valeri.
En la primera mitad no estuvo demasiado afortunado por ningún lado. Perdonó dos amarillas a Casemiro y una roja a Laporte por agresión a Modric cuando se encontraba presenciando la escena. La discusión entre el español y el croata se quedó en amarilla para ambos. Además, no señaló una falta clara de Walker sobre Vinicius cuando se iba de cara a portería.
Al comienzo del segundo acto perdonó sendas amarillas a Gabriel Jesús y a Bernardo Silva por dos acciones merecedoras ante Militao y Modric. Los que no corrieron tanta suerte fueron Carvajal y Militao al llegar tarde frente a de Bruyne y Grealish.
En la prórroga, muchas interrupciones y faltas, lo que conllevó amonestación a Valverde en las filas madridistas y Sterling y Zinchenko en las citizen. El penalti en el 93' de Dias a Benzema fue claro tras llegar tarde y golpear abajo al francés. Luego, se reclamó uno por mano de Cancelo que en España se pita pero en Europa parece que hace falta algo más. En los añadidos estuvo correcto aunque en la segunda parte del tiempo extra lo más justo habría sido al menos 4 minutos.
Orsato, REGULAR.
Getty Images.
La cosa épica nunca ha sido lo mío. Los cantares de gesta y yo hemos seguido caminos paralelos. Es un género para el que hay que valer. Lo respeto profundamente, como respeto a los bomberos o los médicos de la UCI sin que dicho respeto, lleno además de admiración, me haya hecho plantearme ni por un segundo el unirme profesionalmente a ellos. Esto no es una arenga.
Esto no es una arenga y sin embargo. A cualquiera se la deslizan los dedos tecleantes hacia el lugar común de las blancas banderas al viento, de las gargantas coreando al unísono el nombre del ejército sagrado al que no es posible no querer porque ha sido campeón de Europa... ¿cómo sigue el cántico?... “por décimo tercera vez” ya no cabe en la métrica... ¿”una y otra vez” quizá?... Mi hija lo canta de otro modo, pero ignoro si hay ortodoxia alguna en su invención, ni si hay posibilidad de compulsarla como la buena, y ni siquiera sé a quién correspondería, en todo caso, el convertir su versión en la versión oficial. Estos cánticos son como el Lazarillo de Tormes, como los chistes, como los memes, como el refranero, como Wikipedia. No tienen autor y son por tanto maleables sin que nadie sepa a quién elevar una queja en caso de inexactitud, y no digamos de mala fe.
En todo caso, conste en acta (en este acta que no es una arenga) cómo lo canta mi hija.
Cómo no te voy a querer.
Cómo no te voy a querer
si fuiste campeón de Europa
Y LO VAS A SER.
“Y lo vas a ser”. Está empeñada en que es así como hay que cantarlo y yo, la verdad, no tengo argumentos para desmontar su convencimiento. Me parece la mejor versión posible. Una arenga como Dios y D. Santiago Bernabéu mandan utilizaría ahora, impúdicamente, la ilusión de mi hija para chantajear sentimentalmente a los jugadores del Real Madrid (porque del Real Madrid hablamos, no sé si ya lo habríais deducido) en lo relativo al partido de vuelta de semifinales de Champions que esta noche disputan contra el City. Que sí tenéis que hacer que se cumpla la versión de mi hija, que si cómo no hacer feliz a esta niña y a los millones de niños madridistas que en el mundo son, que si tal y que si cual. Sin embargo, ¿cómo voy a hacer yo responsable a esa plantilla de la felicidad o infelicidad de los niños del mundo, con especial hincapié en los niños que sufren? Semejante demagogia no cabría ni en la arenga más flamígera, una cuajada de tópicos eficaces, las manos al aire al paso del bus, el escudo, el césped como campo de batalla, el legado agotador de Di Stéfano. Yo no soy capaz de hacer esa arenga.
Y sin embargo.
Esta noche, a partir de las nueve, de forma innegable, los jugadores del Real Madrid soportarán sobre sus espaldas el legado onerosísimo de Di Stéfano, y lo harán en medio de manos al aire, gargantas rasgadas, banderas blancas. Llevarán el escudo cosido al pecho, como si fuera el sello incontrovertible de la validez casi irritante de todos estos estereotipos. Cualquier arenga sacaría todo esto a relucir, y lo aprovecharía en su propósito con eficacia demoledora. La gracia de esto consiste, como en el amor, precisamente en que los estereotipos funcionan.
Dejad que el blanco en las gradas os anegue el ánimo sin por ello perder la compostura, seguiría la arenga, y si encajáis el primer golpe no perdáis de vista que ese revés está en nuestro camino hacia el triunfo final, es sólo un aliciente de belleza en al sendero a la gloria
Esto no es una arenga. De serlo, y para ser fiel del todo al patrón de la arenga, estaría escrita en segunda persona del plural, apelando directamente a las mentes, los corazones y hasta las conciencias de los hombres de Ancelotti, en plan “morid por nosotros” (¡morir!, mucho se conjuga la exigencia de la muerte heroica en estas soflamas, a mí personalmente me valdría con que agarraran por mí una gripe benigna, siempre y cuando esta no les impida ganar); en plan “manchad el escudo de sudor y sangre, pero nunca de vergüenza” (¿de qué color es la mancha que deja la vergüenza?); en plan “dadlo todo por la gente que os adora” (a esta última no soy capaz de oponer paréntesis alguno).
Dadlo todo por la gente que os adora, diría, sí, la soflama que este texto no es. Salid al campo (continuaría) espoleados por millones de corazones en todo el planeta (“Uno de los problemas es este: el corazón no tiene forma de corazón”, diría un Julian Barnes empeñado en reventar a matices la eficiencia de los tópicos, f*ck Julian Barnes). Mantened en todo momento los sentidos alerta, el alma incandescente, la mente fría y las pulsaciones bajo control. Dejad que el blanco en las gradas os anegue el ánimo sin por ello perder la compostura, seguiría la arenga, y si encajáis el primer golpe no perdáis de vista que ese revés está en nuestro camino hacia el triunfo final, es sólo un aliciente de belleza en el sendero a la gloria. Porque solo de belleza —de belleza épica— trataría la arenga que este texto nunca será, la arenga cuya música de fondo ya se distorsiona en el estadio de fondo de este escrito.
Cómo no te voy a querer.
Cómo no te voy a querer
si fuiste campeón de Europa
una y otra vez.
Cómo no te voy a querer.
Cómo no te voy a querer
si fuiste campeón de Europa
y lo vas a ser.
¿Cómo lo lleváis?
Nosotros ya histéricos.
Pasad el día de cualquier manera, nada importa hasta las nueve.
PD: Vayan nuestros respetos al Villarreal.
El fútbol es el sustituto de las antiguas luchas de gladiadores y de las justas medievales: una batalla entre países, entre culturas o civilizaciones, representada por una persona o grupo de personas que luchan a muerte. Por suerte, nuestro fútbol es más civilizado que aquello y solo son 11 contra 11 que luchan por meter un balón en una portería.
Pero el modo empleado para dirimir nuestras diferencias no debe despistarnos del objetivo final: someter al enemigo. Y para tal fin, y como antaño las batallas, tiene una mística alrededor representada en forma de cánticos, emblemas, escudos y una liturgia previa que facilita tanto al espectador como a los protagonistas la ardua labor de batallar.
En el fútbol, cada estadio y cada club suele tener su propia mística. Y cuanto más antiguo y de rancio abolengo es esa entidad, mayores son sus tradiciones y costumbres. Y pocos clubes tienen esa mística universal del Real Madrid y el Santiago Bernabéu, estadio levantado de la nada por el presidente del club con el mismo nombre el 14 de diciembre de 1947 y que durante estas siete décadas de existencia ha sido protagonista de numerosas gestas y remontadas.
Decía Emilio Butragueño en una reciente entrevista que para remontar los partidos actuales el club había tenido que vivir previamente otras remontadas. Ese conocimiento del pasado, esa experiencia vivida, transmitida de abuelos a padres y de estos a hijos ha calado en los jugadores y en los aficionados hasta formar parte de los valores del club. O eso que en otros lares gustan de llamar pomposamente ADN. En el Real Madrid, sin embargo, son valores aprendidos y transmitidos de generación en generación.
Y el valor máximo que representa al Real Madrid, que está plasmado en su nuevo himno pero que ha existido desde Santiago Bernabéu —que tuvo que vivir la dura postguerra—, pasando por la leyenda del club don Alfredo Di Stéfano, incluyendo a decenas de jugadores y hasta la actualidad es: “hasta el final, vamos, Real”.
Esa frase se correlaciona perfectamente con los mismos valores transmitidos por el legendario “espíritu de Juanito”, que entronca con un jugador, Juanito, y una generación de futbolistas que fueron capaces de remontar en sucesivas ocasiones resultados tremendamente adversos hasta la victoria final. Ese espíritu de Juanito es honrado cada partido en el Bernabéu en el minuto 7 y todo madridista que se precie lo conoce.
El valor máximo que representa al Real Madrid, que está plasmado en su nuevo himno pero que ha existido desde Santiago Bernabéu, es: “hasta el final, vamos, Real”
Esa leyenda del Madrid de las noches de Europa y esas remontadas, con toda su parafernalia y liturgia, fue complementada hace ya una década por un nuevo término: la ‘busiana’. Surgido del periodo maravilloso de entreguerras que vivimos en la época de Mourinho, contra todo y contra todos, especialmente contra un Barça dominante y con un Real Madrid todavía en fase de construir a un equipo campeón, ese término es hoy moneda de cambio tras las derrotas europeas.
Aquella primera busiana debió surgir por generación espontánea, como aquella primera vez que en el minuto 7, en el Bernabéu ante el Burgos, se empezó a cantar el Juanito Maravilla. La busiana, o sea, la recepción tumultuosa del autobús del Real Madrid a la llegada del estadio, surgió y se convirtió aquel 30 de abril de 2013, en la previa del partido contra el Borussia Dortmund, en una nueva tradición del Madrid en la Champions League.
El Real Madrid había perdido 4-1 en Alemania, en una primera parte especialmente horrenda, y tenía que remontar ante un rival muy peligroso. Y la busiana fue la respuesta de miles de aficionados movilizados por los futbolistas y el entrenador, y amplificada la reacción y la respuesta por una red social, Twitter, que fue de alguna manera refugio de los madridistas en aquel difícil periodo. El término como tal creo que surgió de la mente creativa de Season, tuitero por excelencia.
Y el evento tenía como objetivo movilizar a la masa social para que animase como si de una batalla se tratase y dar hasta la última gota de sangre (o de voz o apoyo) desde mucho antes de empezar el partido.
Aquella busiana sirvió para que el Real Madrid saliese en su estadio contra el Dortmund como pocas veces en los años recientes, con sangre inyectada en los ojos, atacando a tumba abierta la portería del rival como otrora hicieran los futbolistas blancos en las grandes remontadas de los años 80.
Esa leyenda del Madrid de las noches de Europa y esas remontadas, con toda su parafernalia y liturgia, fue complementada hace ya una década por un nuevo término: la ‘busiana’
Pero a diferencia de aquellas, la remontada quedó inconclusa y el Borussia de Dortmund salió vivo, clasificándose para la final con un 2-0 en contra. No tengo dudas de que el susto en el cuerpo se les quedó durante muchos días a los jugadores alemanes y también la sensación de haber estado jugando al fútbol en un antiguo coliseo romano a punto de ser sacrificados.
La busiana, si bien no logró el objetivo final, que era empujar al equipo hasta la final, sí logró crear un ambiente inolvidable e instaurar una tradición europea de los hinchas blancos por la cual, en las eliminatorias de Champions, se recibiría al autobús con gran algarabía. Especialmente en los partidos de vuelta y en circunstancias adversas, esa busiana tenía que ser el factor diferencial, el empujón definitivo para un Real Madrid al que le hace falta muy poco para entrar en modo místico.
Pero a esa mística natural que rodea al estadio y al club, y que de alguna manera permea en todos los futbolistas, se unía una mística externa. Una liturgia mediante la cual se fusionaban jugadores y aficionados en un momento único, mientras el autobús (bus-busiana) pasaba por la plaza de los Sagrados Corazones varias horas antes del partido.
Un momento de éxtasis en los aficionados, bufanda al viento, garganta encendida, coreando gestas pasadas, y un momento de trance en los jugadores, empujados por miles de almas, proyectando la victoria en el campo, absortos con sus miradas en lo que pasaba a su alrededor, con miles de aficionados creyendo como un solo hombre en la victoria final.
La busiana adquiere más relevancia cuanto más importante es la eliminatoria, cuanto más duro es el rival y cuanto más difícil es el resultado a remontar. Y todos esos ingredientes se dan en el partido crítico del miércoles, en la vuelta de las semifinales ante un Manchester City que fue mejor en la ida y que lleva un gol de ventaja.
Diez años después, este Real Madrid que todavía cuenta en sus filas con Benzema (el único que sigue junto con Marcelo), que inauguró el marcador en aquel partido, puede hacer que la busiana logre su objetivo, clasificar al equipo para la final de la Champions, y vencer la batalla.
Getty Images.
Buenos días, amigos. ¿Recordáis la última liga que ganamos? En tiempo madridista hace un siglo, ¿verdad? Desde el sábado hemos asimilado el logro, procesado las imágenes, catalogado algunas de ellas como icónicas, agradecido las felicitaciones, exigido 36 refuerzos a la directiva y hasta solicitado dos nuevas reformas del Bernabéu. Así somos. Siempre para adelante.
En puridad, el Madrid enciende el habano de la victoria con el fuego que desprende el siguiente reto.
Por ese motivo, entre otros, el manido asunto del pasillo o no pasillo del Atleti nos importa lo mismo que el tiempo que hizo en Marte un 30 de febrero de un año bisiesto impar de hace millones de años. Es pasado. Es otro planeta. Y es el Atleti. Con que no tiren a nadie al río nos conformamos. Tal vez por eso se fueron al Wanda, porque está más lejos del Manzanares. Motivos de seguridad, teniendo en cuenta la naturaleza de ese grupo neonazi que al parecer no existe, pero tiene voz (¿y voto?) en el club porque los hemos visto reunirse con los propios jugadores.
Así las cosas, a nadie extraña esa filtración a Marca regurgitando que “Bajo ningún concepto el Atlético de Madrid va a colaborar en este intento de escarnio que fomenta la crispación”. ¿Por qué somos del Atleti? decía aquel anuncio. Porque no tenéis clase. Como era de esperar en un club de sus características, los rojiblancos dan la vuelta a la tortilla y se hacen las víctimas.
También es cierto que, como decíamos antes, el Atleti alberga un grupo neonazi con voz en el equipo, por lo que no se descarta que no se atrevan a hacer el pasillo por las consecuencias que pudiera tener. Esta gente no se anda con bromas. El miedo es libre.
En fin, todo habría sido tan sencillo —para mantener la relación por los cauces de la educación— como felicitar al Madrid al concluir el partido contra el Espanyol y ya está. Pero no le vamos a pedir peras un olmo que está a veinte puntos, 81-61. Como escribió ayer Tomás Guasch en La Galerna: "parece un Madrid-Maccabi de baloncesto".
Ahora, ninguno tenemos dudas de que si el Barça hubiera sido el campeón, el Atleti le habría hecho pasillo desde el Camp Nou hasta el Wanda, A2 y M-40 mediante. Con peajes y todo. Y los neonazis habrían aplaudido a rabiar en lugar de entonar cánticos racistas o faltar al respeto a los fallecidos.
Clarines y timbales. Cambio de tercio.
As, por su parte, dice que Ancelotti tiene un plan.
Parafraseando a Mike Tyson y sin ánimo de contradecir al diario madrileño —ya que Carlo seguro que tiene un bosquejo mental de lo que necesita el Madrid para vencer el City y pasar a la final de Champions— quizá sería más adecuado afirmar que todos los equipos tienen un plan hasta que reciben la embestida del Real Madrid, hasta que el Madrid los noquea. Y todos sabemos que la capacidad para noquear no guarda necesariamente relación con eso que los cursis llaman jugar bonito. Cuando se desata el tsunami no hay donde esconderse. Por eso lo lógico es fomentar el tsunami, aunque el tsunami se suele originar por causas ajenas a la lógica. En fin, esto es el Madrid, hay que vivirlo y no darle muchas vueltas.
Una manera de empezar a vivirlo es acudir mañana a las 19:00 a la plaza de los Sagrados Corazones, donde se alojan las aurículas y los ventrículos del Bernabéu, para comenzar a bombear sangre al Madrid. La tensión arterial la tenemos ya por las nubes y aún falta día y medio. La busiana de mañana puede, no, mejor ha de ser la más grande jamás contada.
En puridad, el Madrid enciende el habano de la victoria con el fuego que desprende el siguiente reto
De entrada hay que ganar la batalla del arrugamiento escrotal del rival, el Bernabéu debe obstruir el riego sanguíneo del City, sin el cual no hay pizarra ni iPad que valga, por mucho que sea Guardiola quien dibuje las flechitas con el barcelonismo y el antimadridismo —que vienen a ser lo mismo— en la mochila empujando. Porque, como escribe hoy Antonio Valderrama en La Galerna, el City jugará contra “gente que le niega la derrota al dios de la muerte en su propia cara, que juega con esa confianza irracional en uno mismo que sólo poseen los desquiciados, los iluminados, los borrachos y los locos”.
Estos días el cielo de Madrid ruge, lo sabe, tiene hambre de tormenta y de victoria. Esperamos que tras la espera desquiciada que nos aguarda, el equipo ilumine el pase a la final de Champions y nos emborrache una vez más de felicidad para que podamos celebrarlo como locos.
La remontada está ahí, al fondo del pasillo a la derecha.
Pasad un buen día.
El sábado, cuando el árbitro pitó el final del Real Madrid 4 Español de Barcelona 0, el Bernabéu estalló de gozo: el Real había ganado la Liga. Ancelotti abrazó a su hijo y todo el mundo abrazó a Marcelo, el jugador, desde ese mismo instante, con más títulos conquistados con la camiseta blanca en los 120 años de historia del club. Carletto lloró y yo lloré con él: no se me había pasado por la cabeza, desde 2015, que pudiera verle levantar un título de Liga con el Madrid, y menos en abril. En abril, sacándole 15 puntos al Barcelona y 20 al Atlético de Madrid. ¡En abril! Ganar una Liga en abril, y más con Ancelotti, es uno de esos cometas que sólo se ven una vez en la vida, por eso había que disfrutarlo. Había que ir a Cibeles.
Carletto lloró y yo lloré con él: no se me había pasado por la cabeza, desde 2015, que pudiera verle levantar un título de Liga con el Madrid, y menos en abril. En abril, sacándole 15 puntos al Barcelona y 20 al Atlético de Madrid. ¡En abril!
Y en Cibeles, como era de esperar, nadie pensaba en otra cosa que no fuera el City. Así es como está escrito en el libro del tiempo. El City lo ocupaba todo. El City y la cita del miércoles secuestraban la libido exaltada de una nación en armas que se impulsa hacia adelante en el trampolín del territorio luminoso de la infancia y las historias que en ella le contaron. Después de 32 años sin ganar una Copa de Europa, al rato de tenerla en las manos, ya se estaba pensando en la Octava. Esto no pasa en otro lugar del mundo y este veneno de insatisfacción es el motor de todo lo que ocurre en “la Casa Blanca”. El primero que no paró de hablar del miércoles en pleno césped, con todo el equipo festejando a su alrededor, fue Ancelotti, que está como un niño en la víspera del día de Reyes. Hace un año planeaba su jubilación. Seguramente miraría el Mersey desde su casa en Liverpool, tomándose un negroni viendo llover sobre Liverpool, y pensaría en el Madrid. Los años 13, 14 y 15, los años en que fueron muchas cosas pero pudieron ser más. Los años de la Décima y los años en que se fueron dos Ligas que estaban en la mano como se escurre el agua del mar que uno pretende apretar en un puño. Gota a gota, dolor a dolor. Quizá en aquellos días de mayo estuviera pensando en retirarse al Canadá, donde se ha comprado una casa con su segunda mujer. A lo mejor pensaba en viajar por España, volver a hacer quesos en Reggiolo, aceptar un papel secundario en la próxima película de Paolo Sorrentino. Entonces llamó el Madrid.
¿Lo llamó JAS porque no había nadie más? A estas alturas, ¿a quién le importa? El Madrid empujó a Zidane hasta la puerta de salida y se miró dentro. Dentro sólo estaba Ancelotti, el hijo de campesinos italianos que recogió lo sembrado por Mourinho y lo hizo florecer, el hombre de la primavera que preparó el verano zidanesco, el verano de las noches mágicas con el chamán argelino. Ancelotti “volvió a la vida”, según él mismo ha confesado. Regresó del trastero del fútbol de élite, se escapó por una rendija de los libros de Historia, todo para un último y absurdo baile, para otro tango agarrado con la muerte.
El amor de Ancelotti con el Madrid y con el madridismo es como Bizancio tuvo que haber sido la última noche. Es “un resplandor en los rostros”, como cantó Nordbrandt, el flamígero fulgor de Madrid en llamas la noche del PSG, el brillo de la muerte inminente en los rostros de los supervivientes de la noche del Chelsea; la misma oscuridad en los ojos de los iconos que fueron aniquilados en otra noche, como la de la primavera del 14, en que el Barcelona metió también cuatro goles en el Bernabéu. Una melodía con notas repetidas pero que suena distinto porque la conciencia de que puede ser la última es tan fuerte como el olor a cera que atufaba al banderillero valenciano Blanquet. La Liga se ha ganado en todos los grandes campos de España igual que hace casi diez años se perdió en ellos, como si los años alemanes de Ancelotti le hubiesen servido para añadir a su vademécum, el más grueso de entre la aristocracia de los entrenadores del fútbol mundial, algunos cuantos trucos muniqueses para echarle el cerrojo a los campeonatos de la regularidad. El Madrid le regaló a Ancelotti la última oportunidad de volar por encima del teatro del mundo, lo puso de nuevo en órbita, lo sacó a la gran pelea universal cuando se preparaba para cuidar de los nietos.
El Madrid de Ancelotti es el equipo más peligroso del mundo porque es el único en el que todo, desde el entrenador hasta el que repone la silla de Alaba en la banda, es consciente de que básicamente su propia existencia es un milagro, empezando por la misma presencia de su entrenador en el banquillo
Pero ni siquiera eso, la Liga, una Liga brillante, seria, rotunda, una Liga que sería un broche excelente para una carrera memorable en los banquillos, es suficiente ya para Ancelotti. Si hemos llegado hasta aquí cuando ni en sueños nos lo esperábamos, se habrá dicho, vayamos con todo hasta el final. Y el final es la final, la final de la Copa de Europa. Otra final para el Madrid, otra final para Ancelotti. Otra final para el Madrid, justamente, en París, donde empezó todo en otra primavera de hace muchas vidas, la de 1956. En el puesto fronterizo del país de los sueños espera Guardiola con su ejército de felices replicantes imaginados por Huxley: formidable equipo compuesto por cyborgs incansables alimentados por una superinteligencia diabólica esculpida palmo a palmo por el odio a todo lo que representa el Real Madrid Club de Fútbol. Ancelotti no se conforma con las tres orejonas que decoran el salón de su casa, junto a las cinco grandes ligas que nadie más que él ha conseguido juntar como míster, porque Ancelotti ha penetrado el fondo del misterio madridista: nunca nada será lo suficientemente grande, nunca nada estará lo suficientemente lejos.
El Madrid es una iglesia que fue quemada hace mucho tiempo y que recibe a los turistas del futuro llena de cirios encendidos, indicando que Dios sigue presente en todas partes a pesar de que el velo haya sido rasgado muchas veces. Es por eso por lo que ni siquiera habiendo pasado por encima de su equipo en la ida Guardiola pudo poner cara de contento al finalizar el partido del Etihad: sabía mejor que nadie cuánto les quedaba a los suyos todavía. Cuánto sufrimiento, cuánto desgaste ante una banda de desarrapados a los que para hundirlos en el fondo del mar es necesario atarles un quintal de plomo en el pescuezo. El Madrid de Ancelotti es el equipo más peligroso del mundo porque es el único en el que todo, desde el entrenador hasta el que repone la silla de Alaba en la banda, es consciente de que básicamente su propia existencia es un milagro, empezando por la misma presencia de su entrenador en el banquillo. Un milagro arrancado al destino a bocados de tipos trillados por su propia afición en sus comienzos, como Vinicius, o por gente que lleva sin operarse una mano desde hace tres años por amor al club. Gente que le niega la derrota al dios de la muerte en su propia cara, que juega con esa confianza irracional en uno mismo que sólo poseen los desquiciados, los iluminados, los borrachos y los locos. Hay que forzar los límites de lo racional, por eso el Madrid gana más que nadie. Hay que querer ganar más que nadie para salvar el abismo del miedo, por eso el Madrid gana más que nadie. Hay que amar la Copa de Europa por encima de todas las cosas, como sólo se puede amar lo que nos hace estar vivos, por eso el Madrid tiene más Copas de Europa que nadie. Por eso Ancelotti puede tener más que nadie, por eso el fútbol jamás podrá ser reducido a un algoritmo.
Getty Images.
No tengo ni idea de italiano, pero hay palabras de ese idioma primo hermano que me atrapan por su elocuencia. Al contrario que en español, con su sobrio "divertido", el término italiano sugiere un acto que aún no ha terminado, una continuidad a la que no se le presume fin. Qué mejor piropo habrá para elogiar a este Madrid forjado por un italiano. Molto divertente, Carlo.
No podemos saber si a él se lo parece. O si sufre tanto como quienes observamos a su equipo, sin más uñas que comernos desde febrero. Y no lo sabemos porque Carlo huye de la euforia cuando gana y de la iracundia cuando pierde. En esos momentos desconcertantes con los que nos deleita de vez en cuando nuestra defensa, Ancelotti esboza a lo sumo un fastidio equivalente al de un padre al que su hijo le trae a casa un suspenso. Te meten dos goles en diez minutos y te diriges al chaval meneando la cabeza, porque sabes que el muchacho vale y que lo va a levantar a poco que se esfuerce.
Tal vez nazca de ahí su nepotismo de andar por casa, que trae revolucionados a todos los antis del orbe. El míster del Madrid tiene uno de los empleos con mayor volatilidad del mercado laboral. Enchufar a tu hijo en ese banquillo no parece una gran colocación, la verdad, considerando que ni siquiera ganar la Liga o la Copa de Europa le garantizaría a él mismo la continuidad, como bien saben otros ilustres predecesores. Tal vez, Carlo lo mantiene cerca simplemente por padrazo, que debe de ser la forma en que se conduce con sus discípulos. Y de ese mismo modo se ha salido de la tabla clasificatoria este año. Tal como lo habría hecho un adulto compitiendo contra niños, le ha sobrado un mes del calendario. Ancelotti es el padre total de la Liga, en la acepción más moderna del término.
Será preciso recordar los augurios de la pretemporada. El Madrid de Ancelotti iba a ser el mismo que ya conocimos en la década pasada y podía contarse con su derrumbe al final de temporada. Añadamos a ese panorama poco confiable que el club sufrió la desdicha de quedarse con 200 millones de euros en el bolsillo y que Camavinga fue el fichaje de consolación (repítalo mentalmente sin que le entre la risa).
No hace tanto como para haberlo olvidado. Escuchamos entonces que había una tendencia en todo eso. El Madrid y el Barcelona –ambos en el mismo lote, por supuesto–, se alejaban sin remedio de la primera línea de los clubes europeos. Para ser justos, habrá que decir que esta profecía se ha cumplido a medias. También se decía que el último campeón, el Atlético del Cholo, era un equipo heroico, alzado contra todas sus limitaciones históricas. Disponer del entrenador mejor pagado y del fichaje más caro de la Liga eran minucias que, como ha quedado demostrado, no eliminan la huella de un carácter perdedor, ni siquiera cuando se gana.
Ahí encontramos el reverso perfecto del Madrid, que también en la derrota es el más grande. En ese sentido, las pocas que ha concedido el equipo este año han sido monumentales, grandiosas, mastodónticas... y al mismo tiempo insignificantes. Quedarán únicamente para el recuerdo de los equipos menores que lo zarandearon en el Bernabéu porque acudieron al templo madridista con más hambre que el anfitrión.
a generación de mis hijas conoce a algunos de los jugadores más relevantes de la Liga de forma accidental, porque son streamers, igual que le sucede al presidente de la Federación Española de Fútbol.
Haciendo un repaso a las alegrías que ha repartido, ni los más acérrimos antimadridistas podrán negar todo lo que ha hecho este Madrid por la promoción del fútbol como deporte. Sirva como ejemplo de todo ello la inolvidable noche que vivió en La Castellana el equipo abanderado de un país discutible, sin gran tradición en la élite de la élite y construido con saldos de las grandes ligas, que encontraron en la visita al rey de Europa la oportunidad de hacer el partido de sus vidas. Ningún vikingo de bien podrá dejar de quitarse el sombrero y felicitar por su enorme logro al FC Sheriff Tiraspol.
Y es que esta temporada era importante, futbolísticamente hablando. La pandemia nos abandona, esperemos que para no volver, y nos ha puesto en un mundo nuevo. Los jóvenes siguen abandonando en masa el mayor espectáculo de la segunda mitad del siglo XX, y la reclusión forzosa en sus cuartos no ha hecho más que acentuarlo. La generación de mis hijas conoce a algunos de los jugadores más relevantes de la Liga de forma accidental, porque son streamers, igual que le sucede al presidente de la Federación Española de Fútbol.
Aún queda todo muy cerca para darnos cuenta de lo extraño que ha sido y la huella que va a dejarnos. Durante un par de años vivimos la pesadilla de las gradas vacías y el sonido enlatado como agravante distópico y aterrador. El sonido del estadio, que cuando pita o aplaude es la forma más palpable de conciencia colectiva, fue sustituida por un engendro artificial que editorializaba con cada sonido. Cuando la televisión transmitía una queja de la grada, no era porque decenas de miles de personas la hubieran creado espontáneamente, sino porque alguien individual se disfrazaba de masa. El hombre-masa orteguiano quedó ante nosotros concretado a una sola persona sin rostro. Algo así como si las repeticiones que se le sirven al árbitro pudieran manipularse para travestir la realidad con la imagen de la realidad, de forma que una fuese equivalente a la otra. ¡Qué digo Ortega! El fútbol danza en una caverna, pero no esa que se menciona tanto, sino la de Platón.
Por eso dejé de ver partidos en la pandemia. Lo escuchaba ocasionalmente en la radio, pero me impuse la distancia porque el espectáculo me resultaba demasiado inquietante. Y así llegamos al pasado otoño, cuando por fin volvió a verse el espectáculo de un estadio a rebosar coreando a los suyos y tratando de reducir al contrario. Sucedió además en el recinto con mayor aforo de España, como un regreso perfecto a algo similar a la normalidad. Pues bien, ese día el equipo de Carlo demostró de qué estaba hecho. Pasó la plaga y el Madrid seguía estando allí, como el dinosaurio del cuento o como la dinojunta, por no irnos tan lejos.
Pasaron los meses y yo también volví al Bernabéu, después de mucho tiempo sin hacerlo. De esta Liga número 35 sólo presencié un partido en directo, pero fue un compendio exacto de la montaña rusa que ha sido el Madrid. Fue contra el Rayo Vallecano que es, como ha demostrado de cabo a rabo de la temporada, un equipo nada fácil de batir.
La primera mitad fue un vértigo de juego, con múltiples ocasiones. Y vi a Vinicius, que para entonces ya era el jugador por el que pagué mi entrada y por el que pagaré las siguientes, al precio que me las pongan, en cuanto tenga ocasión de acercarme a la capital en día de partido. Esa noche el Madrid sesteó y ganó tan solo porque Toni Kroos sacó una bola bajo palos.
Asistí al clásico partido en el que puedes golear y terminas sufriendo, porque en el vértigo ha construido este equipo su identidad más reconocible. El Madrid de Carlo Ancelotti ha sido todo el año temible y temerario, letal y vulnerable. Uno de los equipos más divertidos que he visto, con varios defensas a los que su trabajo les sabe a poco y una delantera generosa, estajanovista y emotiva a la vez.
Visto lo visto, lo razonable para la trayectoria del equipo hubiera sido ganar el campeonato el último día, el último suspiro, en un partido que empezaran palmando. Pero este Madrid ha destruido toda lógica, incluso la interna de su propio relato, y en una decisión del todo contracultural se ha llevado el trofeo con holgura, con una goleada plácida y primaveral.
El Madrid de Carlo Ancelotti ha sido todo el año temible y temerario, letal y vulnerable. Uno de los equipos más divertidos que he visto, con varios defensas a los que su trabajo les sabe a poco y una delantera generosa, estajanovista y emotiva a la vez.
Para ponerle la guinda a los virajes inesperados y a la guasa, hasta Carlo Ancelotti hizo rotaciones... ma non troppo, porque dejó a Modric en el campo, quizás el hombre al que menos podía arriesgar. Es sí, su ramalazo de ortodoxia e instinto de conservación en el ataque quedaba desmentido de cintura para abajo. Baste explicar que la defensa con la que se decía que afrontaríamos el final de la jornada culminante estaba formada por Marcelo, Lucas Vázquez, Vallejo ¡y Gila! No sé qué más necesitamos para convencernos de que esto es todo divertidísimo.
Llegado a este superlativo en ísimo, advertiré que detesto con saña una frase hecha que no reproduciré por respeto intelectual a quien me lea. Solo diré que pocas modas habrán hecho peor daño que su popularidad, pues destruye la capacidad de expresión de nuestro lenguaje, privándonos de dar lustre a adjetivos que malviven arrinconados en el banquillo del diccionario, esperando esas rotaciones que nunca llegan. Pero sucede que este equipo imprevisible me ha dejado sin nada más que añadir en mi idioma, por lo que tomaré prestado el italiano, que al fin y al cabo también es latín mal hablado.
El Real Madrid de Carlo Ancelotti es divertidísimo no, divertente. Más que nada, porque aún no se ha acabado.