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Nunca será suficiente

Nunca será suficiente

Escrito por: Antonio Valderrama3 mayo, 2022
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El sábado, cuando el árbitro pitó el final del Real Madrid 4 Español de Barcelona 0, el Bernabéu estalló de gozo: el Real había ganado la Liga. Ancelotti abrazó a su hijo y todo el mundo abrazó a Marcelo, el jugador, desde ese mismo instante, con más títulos conquistados con la camiseta blanca en los 120 años de historia del club. Carletto lloró y yo lloré con él: no se me había pasado por la cabeza, desde 2015, que pudiera verle levantar un título de Liga con el Madrid, y menos en abril. En abril, sacándole 15 puntos al Barcelona y 20 al Atlético de Madrid. ¡En abril! Ganar una Liga en abril, y más con Ancelotti, es uno de esos cometas que sólo se ven una vez en la vida, por eso había que disfrutarlo. Había que ir a Cibeles.

Carletto lloró y yo lloré con él: no se me había pasado por la cabeza, desde 2015, que pudiera verle levantar un título de Liga con el Madrid, y menos en abril. En abril, sacándole 15 puntos al Barcelona y 20 al Atlético de Madrid. ¡En abril!

Y en Cibeles, como era de esperar, nadie pensaba en otra cosa que no fuera el City. Así es como está escrito en el libro del tiempo. El City lo ocupaba todo. El City y la cita del miércoles secuestraban la libido exaltada de una nación en armas que se impulsa hacia adelante en el trampolín del territorio luminoso de la infancia y las historias que en ella le contaron. Después de 32 años sin ganar una Copa de Europa, al rato de tenerla en las manos, ya se estaba pensando en la Octava. Esto no pasa en otro lugar del mundo y este veneno de insatisfacción es el motor de todo lo que ocurre en “la Casa Blanca”. El primero que no paró de hablar del miércoles en pleno césped, con todo el equipo festejando a su alrededor, fue Ancelotti, que está como un niño en la víspera del día de Reyes. Hace un año planeaba su jubilación. Seguramente miraría el Mersey desde su casa en Liverpool, tomándose un negroni viendo llover sobre Liverpool, y pensaría en el Madrid. Los años 13, 14 y 15, los años en que fueron muchas cosas pero pudieron ser más. Los años de la Décima y los años en que se fueron dos Ligas que estaban en la mano como se escurre el agua del mar que uno pretende apretar en un puño. Gota a gota, dolor a dolor. Quizá en aquellos días de mayo estuviera pensando en retirarse al Canadá, donde se ha comprado una casa con su segunda mujer. A lo mejor pensaba en viajar por España, volver a hacer quesos en Reggiolo, aceptar un papel secundario en la próxima película de Paolo Sorrentino. Entonces llamó el Madrid.

¿Lo llamó JAS porque no había nadie más? A estas alturas, ¿a quién le importa? El Madrid empujó a Zidane hasta la puerta de salida y se miró dentro. Dentro sólo estaba Ancelotti, el hijo de campesinos italianos que recogió lo sembrado por Mourinho y lo hizo florecer, el hombre de la primavera que preparó el verano zidanesco, el verano de las noches mágicas con el chamán argelino. Ancelotti “volvió a la vida”, según él mismo ha confesado. Regresó del trastero del fútbol de élite, se escapó por una rendija de los libros de Historia, todo para un último y absurdo baile, para otro tango agarrado con la muerte.

Ancelotti abraza Benzema

El amor de Ancelotti con el Madrid y con el madridismo es como Bizancio tuvo que haber sido la última noche. Es “un resplandor en los rostros”, como cantó Nordbrandt, el flamígero fulgor de Madrid en llamas la noche del PSG, el brillo de la muerte inminente en los rostros de los supervivientes de la noche del Chelsea; la misma oscuridad en los ojos de los iconos que fueron aniquilados en otra noche, como la de la primavera del 14, en que el Barcelona metió también cuatro goles en el Bernabéu. Una melodía con notas repetidas pero que suena distinto porque la conciencia de que puede ser la última es tan fuerte como el olor a cera que atufaba al banderillero valenciano Blanquet. La Liga se ha ganado en todos los grandes campos de España igual que hace casi diez años se perdió en ellos, como si los años alemanes de Ancelotti le hubiesen servido para añadir a su vademécum, el más grueso de entre la aristocracia de los entrenadores del fútbol mundial, algunos cuantos trucos muniqueses para echarle el cerrojo a los campeonatos de la regularidad. El Madrid le regaló a Ancelotti la última oportunidad de volar por encima del teatro del mundo, lo puso de nuevo en órbita, lo sacó a la gran pelea universal cuando se preparaba para cuidar de los nietos.

El Madrid de Ancelotti es el equipo más peligroso del mundo porque es el único en el que todo, desde el entrenador hasta el que repone la silla de Alaba en la banda, es consciente de que básicamente su propia existencia es un milagro, empezando por la misma presencia de su entrenador en el banquillo

Pero ni siquiera eso, la Liga, una Liga brillante, seria, rotunda, una Liga que sería un broche excelente para una carrera memorable en los banquillos, es suficiente ya para Ancelotti. Si hemos llegado hasta aquí cuando ni en sueños nos lo esperábamos, se habrá dicho, vayamos con todo hasta el final. Y el final es la final, la final de la Copa de Europa. Otra final para el Madrid, otra final para Ancelotti. Otra final para el Madrid, justamente, en París, donde empezó todo en otra primavera de hace muchas vidas, la de 1956. En el puesto fronterizo del país de los sueños espera Guardiola con su ejército de felices replicantes imaginados por Huxley: formidable equipo compuesto por cyborgs incansables alimentados por una superinteligencia diabólica esculpida palmo a palmo por el odio a todo lo que representa el Real Madrid Club de Fútbol. Ancelotti no se conforma con las tres orejonas que decoran el salón de su casa, junto a las cinco grandes ligas que nadie más que él ha conseguido juntar como míster, porque Ancelotti ha penetrado el fondo del misterio madridista: nunca nada será lo suficientemente grande, nunca nada estará lo suficientemente lejos.

Ancelotti sonrisa

El Madrid es una iglesia que fue quemada hace mucho tiempo y que recibe a los turistas del futuro llena de cirios encendidos, indicando que Dios sigue presente en todas partes a pesar de que el velo haya sido rasgado muchas veces. Es por eso por lo que ni siquiera habiendo pasado por encima de su equipo en la ida Guardiola pudo poner cara de contento al finalizar el partido del Etihad: sabía mejor que nadie cuánto les quedaba a los suyos todavía. Cuánto sufrimiento, cuánto desgaste ante una banda de desarrapados a los que para hundirlos en el fondo del mar es necesario atarles un quintal de plomo en el pescuezo. El Madrid de Ancelotti es el equipo más peligroso del mundo porque es el único en el que todo, desde el entrenador hasta el que repone la silla de Alaba en la banda, es consciente de que básicamente su propia existencia es un milagro, empezando por la misma presencia de su entrenador en el banquillo. Un milagro arrancado al destino a bocados de tipos trillados por su propia afición en sus comienzos, como Vinicius, o por gente que lleva sin operarse una mano desde hace tres años por amor al club. Gente que le niega la derrota al dios de la muerte en su propia cara, que juega con esa confianza irracional en uno mismo que sólo poseen los desquiciados, los iluminados, los borrachos y los locos. Hay que forzar los límites de lo racional, por eso el Madrid gana más que nadie. Hay que querer ganar más que nadie para salvar el abismo del miedo, por eso el Madrid gana más que nadie. Hay que amar la Copa de Europa por encima de todas las cosas, como sólo se puede amar lo que nos hace estar vivos, por eso el Madrid tiene más Copas de Europa que nadie. Por eso Ancelotti puede tener más que nadie, por eso el fútbol jamás podrá ser reducido a un algoritmo.

 

Getty Images.

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

3 comentarios en: Nunca será suficiente

  1. Estupendo artículo, da subidón de cara al miércoles. Por otro lado, me emociona ver a Ancelotti tan feliz. Es un sabio y parece ser un tipo estupendo. Me alegro mucho por él y por lo que aporta al Real Madrid: grandeza, sabiduría y humildad.

  2. El Real Madrid roba enormes trozos de gloria, mitos gigantescos a otros clubes para nutrir su historia; los asimila, los magnifica y los hace propios: Figo, Zidane, Ronaldo, Ancelotti... ¿Mbappe y Haaland?

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